domingo, 24 de junio de 2018

DISCURSO PARA MIS ALUMNOS


Una serie de alumnos y alumnas del IES Arzobispo lozano a quienes pronuncié un discurso con motivo de su graduación el pasado 15 de junio de 2018, me han pedido conservar dicho texto como recuerdo. Por ese motivo he decidido publicarlo en este blog para que cualquiera pueda leerlo.


    Buenas tardes a todas y todos, alumnado, madres y padres, profesores, y enhorabuena también a todas y a todos: quienes se gradúan y quienes han trabajado durante meses para que este momento llegara.

    La posibilidad que me han dado Myriam y Fina Amparo, las compañeras de Actividades Extraescolares, de ofreceros hoy este discurso, se convierte para mí en algo muy especial. Este año se cumplen cincuenta de aquel mayo del 68, tan fugaz, pero que cambió la forma de ver el mundo de millones de personas; aquella fue la primera vez que se escucharon en serio las ambiciones, afanes y consignas de estudiantes y adolescentes. Este año yo mismo cumpliré el medio siglo, y hace exactamente veinte que empecé en la Enseñanza Secundaria, después de haber impartido clases en las aulas de los colegios, de la Facultad de Bellas Artes, de la Universidad Popular y de cuanto lugar de aprendizaje que se me pusiera a tiro. Y hace ahora dieciocho años que nació este siglo loco, peligroso y apasionante, justo cuando vosotros, los primeros millennials, o los millennials perfectos (porque no sois hijos del siglo, sino más bien sus hermanos).

    Así pues, en este cruce singular de fechas y flechas quiero apelar a los que nos precedieron porque sólo así se podrá entonar un canto al futuro. Y es que hace casualmente 65 años que se construyó este edificio, aunque no parezca querer jubilarse, y desde entonces entre estos muros se ha vivido el difícil milagro de la enseñanza. Aquí mismo, donde nos encontramos, bajo este techo, miles de jóvenes año tras año vieron abrirse la ilusión de un horizonte incierto a la vez que esperanzador. Y cientos de profesores, madres y padres dejaron por un momento de interpretar el papel que les correspondía y volvieron a sus recuerdos, fueron un poco adolescentes, un poco jóvenes que se querían comer el mundo.

    Yo hoy me permitiré la licencia de recordar sólo a uno de esos profesores, Gregorio Ortigosa, que tan sólo estuvo un par de cursos en Jumilla pero que hizo tanto y tan bueno. Murió el año pasado y jamás me dio clase bajo estos muros, pero fue mi maestro y mi segundo padre, el responsable de que hoy esté aquí y el autor de muchos de los mejores consejos que me han dado, algunos de los cuales intentaré articular esta tarde. Como él, muchos profesores y alumnos ensayaron antes que nosotros la extraña forja de pasado y futuro que se da en la enseñanza; como ellos, también los profesores de este año hemos encarnado esa acción de pasar la antorcha de la que habló el Romanticismo Alemán. Decía Eugenio Trías que los seres humanos somos por naturaleza "limitanei", que en origen, como sabéis de historia, eran los pobladores del "limes" romano, y que Trías moderniza como los habitantes del límite entre el mundo de lo visible y lo desconocido. Pues bien, si hay seres limítrofes por antonomasia, esos son los alumnos, los profesores, y también los padres, confluyendo en un espacio vacilante donde crecen epifanías, anhelos y conatos de derrota. Somos los habitantes de un espacio de riesgo, inestable, cuyo lugar físico se podría encarnar en los pasillos del centro.

    Vamos a  hablar de esos lugares y de esos seres especiales.

    Decía un revolucionario judío hace más o menos dos mil años (otro que fue hermano de un siglo, aunque él no llegaría a saberlo), a sus discípulos: "yo os haré pescadores de hombres". Pues bien, nosotros los profesores somos, en cierta forma, pescadores, pescadores de futuro... Como en la obra de Ernest Hemingway, "El viejo y el mar", que os sonará por inglés, recogemos y soltamos el sedal en un juego incomprensible para la mayoría, buscando esa chispa, esa iluminación momentánea. Y cuando la encontramos, ¡ah!, cuando la encontramos... ese pequeño instante, ese momento inasible nos cura de todos los sinsabores, enfados, derrotas y desesperaciones que constituyen la argamasa fundamental del oficio de enseñar y no pocas veces de la disciplina de aprender.

    Las Iluminaciones... el poeta Arthur Rimbaud, que conoceréis por francés, fue maestro en ellas; así se llaman sus últimos poemas en prosa, escritos con apenas vuestra edad. Nada escribiría pasados los veinte años, pero dejó textos como este:
“Las voces instructivas desterradas... La ingenuidad física amargamente sosegada... –Adagio. ¡Ah!, el egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡cómo el mundo estaba lleno de flores aquel estío! Los sones y las formas murientes... ¡Un coro, para calmar la impotencia y la ausencia! Un coro de vidrios, de melodías nocturnas... En efecto, los nervios pronto van a estallar.”

    Parece escrito tras un examen de EBAU.

    Los pescadores de futuro encontramos tesoros entre los pupitres, pero también muchas amarguras. La adolescencia no es un camino de rosas, y hasta es posible que no deba serlo. Vuestra promoción, como otras tantas, no lo ha tenido fácil. Ya en los primeros meses, allá en 1º ESO, recuerdo a alumnas acudir a mí en las tardes de biblioteca, llorando, a algunas ni siquiera les daba yo clase. La crueldad es consustancial al desarrollo del hombre. Recuerdo este año una conversación en una terraza, junto a vuestra tutora, con una alumna que afrontaba los más duros reveses de la vida con una templanza y fortaleza que no se encuentra en muchos adultos; sé de compañeras y compañeros que han llevado en absoluto mutismo un autentico calvario.

    No, seamos justos, la vida de un adolescente no es nada fácil.

    Decía Daniel Pennac, que fue el peor de los alumnos y ahora es el mejor de los novelistas, que el mundo de la enseñanza se ve amenazado por múltiples temores. El miedo del alumno a fracasar, a no poder contestar las preguntas, a no llegar a la nota; el miedo del profesor a no ser un buen maestro, a no enseñar como quisiera, y finalmente, el miedo del padre o la madre a que su hijo no sea lo suficientemente fuerte, no cumpla con las esperanzas. Detrás de todos estos miedos, decía Pennac, se encuentra la soledad, la soledad con mayúsculas, que es el más fiel compañero del adolescente, el más sutil asesino de futuros. Y esta soledad sólo se combate con la integración del esfuerzo de todos. En ese pequeño espacio limítrofe, ese lugar de confianza entre profesor y alumno, la soledad, a veces, sólo a veces, como fruto de un hechizo benéfico, desaparece.

    Los profesores no somos entomólogos que clasifican saberes, disecan esfuerzos o realizan una de esas taxonomías de biología sobre sus alumnos. Quizá a veces lo parezca... no somos perfectos. Pero los profesores no somos entes lejanos que observan la vida que se abre paso un poco más allá de sus narices. La enseñanza no funciona así, por mucho que los diseñadores de los currículos intenten, desde sus lejanas cuevas,  implementar los estándares económicos de la empresa en la escuela, estabular las aulas para que parezcan fábricas... no funciona.

    El mecanismo no es sólo de ida. El profesor, la profesora, aprende enseñando, el alumno, la alumna, enseña aprendiendo. Yo he aprendido muchas cosas de mis alumnos, y no es una frase hecha. He aprendido, como ya he dicho, sobre la templanza y la valentía. Una alumna de ojos grandes vestida con velo negro me ha enseñado conceptos del feminismo que no sabía. Este año he escuchado en vosotros conversaciones alegres, avispadas, desde posiciones políticas diametralmente opuestas con una sabiduría que ya no se ve en las tertulias públicas, pero sobre todo he crecido como persona gracias a vosotros, y esto lo digo con la entereza más absoluta.


    Os quiero hablar ahora de un cuento de Jorge Luís Borges. Ya sabéis por literatura que es ese autor argentino que murió hace hoy treinta años. Pues bien, hace setenta, predijo internet en "La Biblioteca de Babel", o el infernal mapa de Google en "El Rigor de la Ciencia", pequeños y magistrales relatos. Ente sus múltiples joyas se encuentra "El acercamiento a Almotásim", una parábola más sobre la hipertextualidad traída a las imágenes de los hombres. Siempre llevo en la cabeza ese relato, especialmente cuando doy clases; he intentado explicarme a mí mismo el porqué en mi blog de la Amalgama, nunca lo he conseguido. Hoy lo intento para vosotros. Borges cuenta la historia de un hindú que se ve avocado a los más bajos niveles de la ignominia, de la ruindad y un buen día escucha en un desconocido la claridad lejana de un fragmento de pensamiento elevado. Nos dice Borges que este hindú "sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro, de ahí postula que este ha reflejado a un amigo, o amigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo".

    Este misterioso hindú seguirá conociendo más y más personas en las que ese perfume lejano se manifiesta con más fuerza conforme avanza, y finalmente encontrará a Almotásim, el hombre que busca. Por filosofía intuiréis que ésta podría ser una versión un tanto esquinada del mito de la caverna, de la búsqueda de un arquetipo o ideal. Pero no es eso lo que me fascina del relato.
No, lo que me mueve a pensar en esta historia es que en realidad, Almotásim está presente delante mío todos los días, está ahí, en un pupitre, cruzando un pasillo, que no hace falta emprender la búsqueda. Sólo hay que desprender las capas que cubren ese embrión, como un buen fenomenólogo, para encontrar lo que se esconde. Sólo hay que estar atento al devenir de cada inteligencia, de cada sensibilidad distinta y valiosa. Almotásim sois todos vosotros, y un día también lo fuimos nosotros, los profesores, y a veces, sólo a veces, lo seguimos siendo. Esta búsqueda tiene que suceder también en el interior de cada uno de vosotros, para hacer factible una de las sentencias más antiguas, el imperativo pindárico: "Llega a ser lo que eres". Todos, en el fondo, sois en potencia Almotásim, y es vuestra misión terminar encontrando esa claridad, ese decoro, esa excelencia que quiere crecer. Mi maestro, Gregorio Ortigosa, creyó encontrar un reflejo de Almotásim en mí y luchó por mi futuro sin pedir nada a cambio; yo, que no soy más que un imitador, me he pasado la vida intentando parecerme a mi maestro, porque entiendo que él decidió pasarme la antorcha, y busco en vosotros, y no pido nada a cambio, porque no puede ser de otra manera.

    Pero en el fondo, cualquier profesor, como yo, como muchos, tan sólo puede obtener destellos, sois vosotros mismos los que tenéis que superar todas esas puerilidades, esas ruindades cotidianas que a todos nos aquejan. Y es cierto, es importante obtener las mejores calificaciones, lograr el éxito en la disciplina que uno elige, pero si no dejamos crecer a ese Almotásim que lleváis dentro, nada tendrá sentido.

    Dicho de otro modo, para que nadie deje de entenderme: no permitáis que la vida os obligue a actuar fuera de vuestras convicciones, de vuestros valores más profundos, si lo hacéis, movidos por el miedo o la inseguridad, pronto obraréis deshonestamente. Dejad que los demás os aconsejen y muestren su inquietud por vuestras decisiones, pero no permitáis que tuerzan vuestro criterio. Sed críticos con el mundo que os rodea, pero primero con vosotros mismos. No os dejéis engañar por las apariencias, ya sabéis que la nuestra es la sociedad del espectáculo, así pues, recordad el concepto de simulacro, que explico todos los principios de curso: lo falso revestido de toda la energía de lo verdadero. Buscad la verdad incansablemente. No desperdiciéis el tiempo en lo que no os convence, porque, como dice vuestra tutora, aquí a mi izquierda, el tiempo no es oro, el oro es el tiempo.
Sé que en esta generación hay buenos atletas, vuestros profesores de educación física os han preparado bien, pero sed atletas, además, de la resistencia, de integridad y de la lealtad. Y hay héroes también de la humanidad, de la inteligencia y la fortaleza entre esos asientos. Os he visto realizar algunas hazañas:

    A esa chica bajita que siempre ha llevado una sonrisa en el rostro y que venció su miedo escénico contando sólo con el valor. A esa chica espigada que ha ayudado a sus compañeros sin pedir nada a cambio, discreta y comprensiva siempre. A ese chico de fina ironía que siempre deja juicios certeros y no se entrega a hipocresías. A esa chica exigente consigo misma que consiguió vencer la ansiedad y culminar la cumbre. A ese chico del que nadie esperaba que acabara bachillerato, del que se decía que no iba a valer y ahora celebra su victoria. A esas chicas que han entendido que la única forma de luchar contra el machismo es dar un paso adelante. A esos chicos que pasaron desapercibidos durante años y hoy recogen el fruto de una labor callada. A esos dos chicos que hace unos días terminaron un cortometraje -sin yo esperarlo ni saberlo- que merecería piropos del mismo David Lynch. Y también a esos heroicos amores fugaces e inestables, y a ese pájaro dorado que volará toda una vida.
Varios quedaron por el camino, varios de ellos siguen luchando, no tienen menos mérito que los demás. Seguirán en el camino y crecerán. Va por ellos también este discurso.

    Muchos os diremos que habéis sido un generación dura, incluso difícil, que ha habido demasiados malos momentos; no importa, todas lo son, ¿y qué mérito tendría si no llegar adonde habéis llegado? ¿Tendría si no algún aliciente seguir adelante? También debéis saber que en esta sociedad donde las formas de exclusión y marginación son cada vez más complejas, existe un etarismo silencioso. No es el etarismo que condena a los ancianos a la soledad, terrible y más conocido, sino el etarismo hacia los jóvenes. Forma parte del entorno y habréis de asumirlo: siempre se os dirá en el sitio más inoportuno que sois vagos, presuntuosos, vanidosos, que no os implicáis en nada, que carecéis de valores. En realidad, no es nuevo; en tiempos de Platón ya era igual. Quizá hayáis notado esos juicios y os duelen, pero os puedo asegurar que, salvo contadas excepciones, el etarismo vive muy lejos de las aulas. Vuestros profesores, entre los que me cuento, os habrán dicho cientos de veces que no atendéis, que habláis demasiado, que no tenéis educación, que sois como muebles, y mil diabluras mas... pero creedme, esas expresiones nacieron siempre del afán por veros ser mejores personas y del desaliento, de la ansiedad al comprobar que todavía os faltaba un poco más. Y creedme también cuando os digo que no nos habéis defraudado, ni a nosotros ni a vuestros padres, que estáis aquí por méritos propios, que nadie os ha regalado nada, que ya podéis dormir todo lo que queráis (vuestro cerebro lo necesita), que podéis hacer todas las fiestas que queráis (vuestro espíritu lo necesita) y que podéis buscar todo el amor que queráis (vuestro cuerpo y no sólo vuestro cuerpo lo necesitan). Creedme también cuando os digo que desde aquí os deseamos la mejor suerte, los mayores logros y el suave tacto de la felicidad (tan fugaz y tan esquiva).

    Y ahora ya para acabar, porque el calor y los nervios aprietan, agitaré un pañuelo simbólicamente. Pienso que he dicho demasiado y sin embargo no he dicho nada. Nunca es fácil para un profesor ver marchar a sus alumnos, por mucho que a veces nos queramos hacer los duros. Son años enteros de esa convivencia fronteriza, a veces en carne viva, a veces en el puro límite. Siempre he dicho que este es un oficio extraño: uno cada vez es más viejo y sus clientes siempre tiene la misma edad. El tendero y su parroquia envejecen juntos, no así nosotros.

    Es junio y llega el invierno para el instituto, las aulas se vacían, los pasillos se quedan desiertos, entre las contraventanas suena un viento tórrido al tiempo que desabrido. Todo queda como en un paréntesis...

    Es entonces cuando me acuerdo de Kamchatka, aquella lejana república rusa donde se han llegado a dar las temperaturas más bajas del mundo. Los pocos lugareños que la habitan cuentan una leyenda antigua. En invierno, en la taiga, ese bosque boreal que estudiasteis en geografía, el viento gélido congela las conversaciones de las gentes, que quedan suspendidas en el aire, inertes. Pasan los meses y llega la primavera, y entonces el bosque, como por encanto, se llena de susurros.

    Pasará este invierno de junio y volverá septiembre, y llegará octubre, que es como un renacer para el viejo edificio; veremos nuevas caras, todo será bullicio, prisas y desconcierto, como vuestro aquel lejano primer año. Y vosotros también volveréis por un momento, nos contaréis cómo es la nueva facultad, los pisos de estudiante, la vida en las capitales, Murcia, Valencia, Madrid... y será entonces, en ese instante, cuando vuestras palabras germinen en primavera...



    Muchas gracias!

viernes, 2 de marzo de 2018

UNA HISTORIA DE DISCRIMINACIONES




Digamos que está ocurriendo en la puerta de un supermercado. Digamos que durante cualquier mañana de sábado, concretamente el último del mes de enero. Pongamos que en el municipio de Jumilla (aunque podría ocurrir en cualquier lugar). Pongamos que un grupo de personas pretenden recoger alimentos para una causa solidaria.
Añadamos ahora que el colectivo se llama Lo Nuestro, que es un grupo xenófobo, que los alimentos recogidos sólo se entregarán a españoles que lo demuestren enseñando su DNI y que el colectivo no tiene permiso para realizar tal actividad.
No estamos en Minnesota, pero la situación descrita más arriba es real y ha acontecido (como en otros lugares y en otras fechas) sin que las autoridades decidan disolver a los convocantes: tenían permiso de concentración. Durante unos días, Lo Nuestro ha hecho propaganda de una actividad aparentemente generosa, justificando la concentración como una "protesta contra los recortes del gobierno".
Paralelamente, decenas de jóvenes que no pertenecen a organización o partido alguno, van agrupándose en un ejemplo más de lo que yo llamo desinvolture digital, actualizando el término acuñado por Ernst Jünger cuando en los años treinta vio aglomerarse azarosamente en la berlinesa Alexander Platz, un numeroso grupo de transeúntes. Un poco por suerte, otro poco por whatsapp, la calle Fueros, corta y estrecha, se está poblado de racimos de personas que controlan la posible llegada de los integrantes de Lo Nuestro. La única identificación concreta que admiten como grupo estos transeúntes espontáneos es la de antifascistas o "antifas". Yo remarcaré otra concreción, aun a sabiendas de que suelen ser reacios a ellas: son jóvenes.
Lo Nuestro es una asociación en constante crecimiento, un grupo que no duda en dejar claras sus aspiraciones: expulsar a los inmigrantes en tanto culpables del paro y de la precariedad de los ciudadanos españoles. Poco más. De manera sigilosa, los líderes de la organización de tendencia fascista reclutan jóvenes incautos, adolescentes con problemas de identidad o presos de una crisis familiar o económica. La organización se extiende por diversas ciudades del sureste español, como nos cuenta La Crónica del pajarito, y en Murcia hay barrios enteros controlados por sus miembros más jóvenes.
Vivo de la enseñanza, por eso estoy acostumbrado a las manifestaciones inconscientes de etarismo hacia los jóvenes por parte, no sólo de los profanos que preguntan en la barra de un bar, sino también de los propios padres e incluso de muchos profesores. Se puede pensar que el etarismo de nuestra sociedad se circunscribe a las personas de la tercera edad, pero una discriminación oscura y muy irresponsable envuelve a los jóvenes españoles. Son calificados como vagos, cómodos, insolidarios, mal preparados, indisciplinados, pasivos y toda la retahíla de términos que ya se usaban en iguales circunstancias en los venerables tiempos de Platón.
Quizá el ejemplo más elocuente de discriminación hacia los jóvenes españoles es que el cincuenta por ciento permanezca en paro.
En el desencuentro generacional medran grupos como Lo Nuestro, porque lo cierto es que ésta es una historia de jóvenes. Jóvenes usados descaradamente con la aquiescencia de unos adultos que miran hacia otro lado, con la negligencia de unas fuerzas de seguridad que son enviadas a aplicar duros correctivos a la Plataforma Pro-soterramiento descuidando otros escenarios. Es una historia de jóvenes porque sólo los jóvenes de la capital y los municipios de Murcia han visto en directo la capacidad de los grupos de extrema derecha, grupos que no dudan en insultar y apalear norteafricanos, mujeres ataviadas con velo o cualquier persona cuya indumentaria delate al desafortunado que los encuentre. Tengo chicas en clase que, ante el acoso de estos grupos, salen a las calles de Murcia armadas con pequeñas navajas o espray de pimienta, sobre todo en barrios como La Flota, chicas magrebíes y chicas españolas, aplicadas y pacíficas alumnas que un día se vieron desbordadas por una realidad a flor de calle.
Los medios no ayudan. La resonancia a nivel nacional del problema se limita a visibilizar reyertas entre grupos de extrema derecha y de extrema izquierda, la paliza a la chica neonazi apellidada "La Intocable" y poco más. No se realiza un análisis en profundidad visto desde la perspectiva de un problema social serio. Despectivamente, el mundo adulto archiva el caso como peleas entre radicales. Los padres aconsejan a sus hijos que "no se metan", considerando que se trata tan solo de un burbuja marginal. Nadie quiere admitir que no estamos ante un sarpullido adolescente, sino ante la amenaza creciente que nace del fermento del profundo nihilismo de una amplia franja de nuestra sociedad conocida como precariado. Es un error grave considerar al precariado como una nueva clase económica; es una clase social y no es tan nueva, sus bisabuelos fueron los votantes de Adolf Hitler.
Los adultos miran con paternalismo las concentraciones de unos jóvenes que se declaran antifascistas. En ocasiones los recriminan. Es una faceta de más del etarismo del que he hablado, anclado en la incomunicación entre generaciones.
Yo conozco a esos jóvenes. Los he visto explicar ante las fuerzas de seguridad la razón de su concentración, sin aspavientos, con tranquilidad. Los he visto ante la Guardia Civil descubrirse el rostro que habían cubierto momentáneamente porque los grupos fascistas tienen la costumbre de apuntar nombres y direcciones de quienes no comulgan con su ideario.
Yo conozco a esos jóvenes. Los veo todos los días estudiando en clase, sus noches están ocupadas por los temas de bachillerato o de la facultad, no por riñas de bar de esquina. Son respetuosos y amables en la clase, participan de las fiestas y de la cultura de la comunidad a la que pertenecen, no discriminan a sus semejantes, y sobre todo, no son tontos. Tampoco son idealistas. Simplemente quieren una sociedad mejor que la que han encontrado.
Pero yo conozco también a esos otros jóvenes. Los he visto en los pasillos, expulsados de clase por indisciplina, levantando el brazo con su saludo militar, atendiendo mudos a la lección de historia sobre el fascismo de los años treinta y despreciando el resto de temas. He leído sus escritos en los pupitres. Los he visto, en fin, danzar sonámbulos ante la puerta de unos recreativos, cerca de los encargados de captar carne joven, no mucho más mayores que ellos, jóvenes que han perdido el futuro en alguna negra esquina, que no ampliarán su campo de referencias y cuyo espacio de confort es el odio.
Dentro de unos años ya será tarde, por eso es una buena noticia que grupos pacíficos y serios de jóvenes antifascistas se organicen y planten cara a una verdad que los adultos no pueden ver porque no pisan las mismas calles, porque no viven el mismo mundo.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

FECHAS FATÍDICAS




Anteayer finalizó una jornada más de tensión entre distintos sectores de la sociedad española. Se celebraba el 11 de septiembre, la Diada. El día transcurrió entre las acostumbradas invectivas de ambos bandos a las que estamos acostumbrados desde hace años. Al otro lado de océano, el huracán Irma devastaba el mar Caribe. Los medios de comunicación silenciaron, en cambio, otras efemérides que tan solo unos años antes parecían imprescindibles: los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 o el ya olvidado asalto al Palacio de la Moneda de Santiago de Chile en 1973 y la consecuente muerte del presidente electo Salvador Allende.
El tiempo cíclico de la sociedad rural donde las celebraciones se repetían anualmente con un marcado carácter ritual a dejado de tener importancia en nuestra sociedad y ha dado paso al éxtasis hipermoderno de la novedad constante.
A pesar de todo, la luctuosa superstición de las fechas se ha conservado y se decanta en precipitados de signos casi cabalísticos. 11M y 11S son dos de los más utilizados. El pasado mes de agosto fue pródigo en el nacimiento de estas fechas fatídicas. Un jueves a mediados de mes, una furgoneta desbocada atravesó las Ramblas de Barcelona dejando el pavimento sembrado de cadáveres. Era el 17-8-17, un número simétrico y extraño sobre el que nadie reparó pero que servirá de reclamo publicitario en posteriores homenajes. Al día siguiente se cumplía inexorable el aniversario de un crimen sin resolver. 18 del 8 hacía 81 años Federico García Lorca era asesinado sin que su cadáver haya todavía aparecido.
Nueve días antes, la escalada de tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte alcanzaba una nueva cota de excitación y locura. Donald Trump anunciaba (ver declaraciones) al país asiático que de seguir con sus amenazas "Se encontrarán con una furia y un fuego jamás visto en este mundo" era la respuesta a las pruebas balísticas del régimen de Pyongyang, vistas como una clara invitación a la guerra nuclear. Nadie vio o nadie quiso ver esta vez la evidente broma macabra que escondían las palabras de Trump: fueron pronunciadas 72 años después del lanzamiento de la bomba de Nagasaki, el 9 de agosto de 1945. Nadie reparó en la referencia oculta de Trump, por muy clara que fuera, al vincular palabras tan gruesas con un ataque nuclear provocado en su día contra Japón, otro país asiático.
Dicen que el olvido es largo, pero en este caso el de los medios de masas es además culpable, porque mostrar la irresponsabilidad de palabras tan graves precisamente en un día de luto mundial como el 9 de agosto nos hubiera hecho reflexionar sobre la ligereza con que los países se enzarzan en conflictos irreversibles.
El 9 de agosto se hubiera perdido como una fecha más en la constante sucesión de años si no fuera porque el 16 de julio de 1945 llegó a su culminación el Proyecto Manhattan con el Experimento Trinity. Ese día de verano en el paraje de la Jornada del Muerto, en Alamogordo (Nuevo Méjico) se hizo explosionar una bomba de plutonio idéntica a Fat Man -la que semanas después caería sobre la populosa ciudad de Nagasaki-. Ese 16 de julio se marca como fecha de inicio de la era nuclear, de la muerte de cientos de miles de personas, de las centrales de fusión, de la carrera de armamento de la guerra fría, , de las catástrofes de Chernóbil y Fukushima, de la amenaza, en fin, de la destrucción completa del planeta.
Mientras los militares aplaudían el éxito de una prueba sobre la que se mostraron escépticos desde el principio -pues creían que nada pasaría tras activar la bomba- los científicos guardaban silencio o lloraban. El eminente físico Kenneth Bainbridge exclamó que "ahora todos somos unos hijos de puta". Robert Hoppenheimer recordó una frase de los Vedas: "Me he convertido en muerte, soy el destructor de mundos". La mayoría guardó un silencio absoluto durante un mes. Lo peor es saber lo que los científicos barajaban como desenlace del experimento antes de que se produjera. Entre los pronósticos estaban la destrucción de una amplia parte de Estados Unidos a la desaparición de la vida en el planeta. Y sin embargo siguieron. Los efectos reales fueron: un hongo nuclear de 12 metros de altura, un cráter de 3 metros de profundidad y 330 metros de diámetro, una onda de choque que se sintió a 160 kilómetros de distancia, la fusión total del suelo de la arena -cuyo fruto, la trinitita, se vende hoy en subastas- y la inauguración de una era en la que todavía nos hallamos sumergidos, a la que pertenecen procesos como actual la escalada de tensión entre Washington y Pyongyang. De hecho, la última explosión nuclear conocida fue la supuesta detonación subterránea de una bomba H en Corea del Norte, ver enlace.
Nadie memoriza el 16 de julio de 1945 en los colegios, nadie ha pensado nunca en recuperar la memoria de lo que pasó ese día, cuando los hombres se creyeron dioses pero se convirtieron en demonios. Tras cientos de filmes sobre la Segunda Guerra Mundial, el experimento no ha merecido nunca una obra de ficción que lo acerque al gran público, salvo una excepción. Dentro de la tercera temporada de la serie de culto Twin Peaks, recientemente finalizada, el cineasta David Lynch dedicó el capítulo 8, que ya forma parte de la historia de la televisión, a la explosión del Experimento Trinity y a sus consecuencias. La serie escenifica la modificación del tejido de la realidad tras la detonación hasta desencadenar el mal absoluto y la llegada de siniestros personajes como Bob y los vagabundos negros. Este nuevo tejido de la realidad parece estar fabricado con garmombozia, una pasta de maiz, dolor y sufrimiento inventada por Lynch y Max Frost en una película anterior. El famoso episodio 8 describe con lentitud inexorable la expansión del hongo atómico y se sumerge en las profundidades de un caos que llega a resultar tan bello como las imágenes precursoras de Stanley Kubrik en 2001 Una odisea del Espacio y Terrence Malick en El árbol de la vida. Si estas obras significaban un canto a la vida, la evolución y la renovación, una utopía optimista, la propuesta de Lynch es una distopía absolutamente negativa y desesperanzada al ritmo del subyugante Treno a las víctimas de Hiroshima, de Penderecky. Lo que más inquieta esque el origen de esta recreación distópica está estrictamente sacado de nuestra propia realidad. ¿En qué nos hemos convertido?