martes, 7 de agosto de 2018

TOLERANCIA O VERDAD




LOS HECHOS...

Iría ya andando el mes de marzo cuando llegó a mi departamento la madre de una alumna de 3º de ESO. Le preocupaban muchas cosas de su hija y dos mías: dos declaraciones en clase. La primera de ellas, en torno al aborto. Los hechos podrían resumirse así: en clase de Ciudadanía[i], una alumna defiende el derecho de la mujer a decidir la interrupción del embarazo, ante lo que dos o tres alumnos y alumnas rebotan como energúmenos para gritar en contra; gritar, pero no argumentar. Mi papel no era convencer sobre una determinada postura en torno al susodicho derecho, pero sí sacar del dogmatismo a quienes vociferaban sin pensar (o evitar que el resto del grupo cayera en él), defendiendo un ideario machista, supersticioso y beligerante. Escogí una estrategia socrática para hacerles caer en la cuenta de que, si bien el concepto de persona es inconmensurable por relación a fenómenos biológicos o físicos (es decir, que unas determinadas características físicas no configuran por sí solas una persona, y por tanto, ni la biología ni la física pueden determinar qué es una persona) existen al menos aspectos materiales que hoy entendemos como condición necesaria para su existencia. Dicho brevemente: la biología establece los límites de la personeidad[ii] en negativo: aquello sin lo cual no puede haber una persona, aunque por sí mismo sea insuficiente para que la haya. “ - Pensad en un ser humano cualquiera, una persona. ¿Seguirá siendo una persona si le quitamos una pierna? - Sí. - ¿Y si le quitamos los dos brazos? - Sí. [...] - ¿Y si le quitamos el cerebro? - ...[Momento de silencio. Reflexión.] No. - Por tanto, según vosotros mismos, difícilmente podremos decir que hay una persona antes de que se haya desarrollado el cerebro. Así que, en estadios muy tempranos del embarazo parece que hay poco lugar a discusión sobre el tema, aunque con el paso del tiempo el asunto vaya sin duda complicándose...”

La segunda cosa preocupante tiene que ver con un comentario en torno a la religión. Digamos que esta fue la escena: explico que el islam no es de por sí necesariamente más violento que el cristianismo y cito el libro de Amin Maalouf “Identidades asesinas” para explicar que durante la Edad Media el islam fue la religión de la tolerancia en la Península Ibérica, mientras que el cristianismo fue la religión del fanatismo y las persecuciones. Añado: en última instancia, las religiones son lo que las personas hacen con las religiones; desde la antropología se estudia, de hecho, la religión como una creación humana que cumple funciones psicológicas y socio-políticas. Desde esta perspectiva, Dios sería una creación del hombre, y no del revés. En definitiva, y sea nuestra fe la que sea, en cualquier caso es al hombre a quien hay que apuntar como responsable de las consecuencias de la religión.


ANÁLISIS DEL PROBLEMA

En lo que a mí me concernía, la señora andaba en desazón, al parecer, porque temía que pudieran estar adoctrinando a su hija, y, añadió, en un tono ciertamente cordial: “para adoctrinarla, en todo caso, ya estamos nosotros [sus padres], ¿no?”. Amable y abierta al diálogo, la señora conversó conmigo durante una hora, después de la cual se fue contenta y tan agradecida hacia mí como yo hacia ella por su amabilidad. Lo que más me sobrecogió de aquel diálogo no fue lo que se dijo, sino lo que se dio a ver bajo la mesa: que lo que a la ilustre señora robaba la tranquilidad no era el modo en que se habían enseñado las ideas, o el intento por imponerlas; lo que en el fuero interno le dolía es que ella no comulgaba con aquellas ideas. En última instancia, la señora reclamaba que no se expusieran ideas que no eran las suyas como especialmente convincentes o válidas. El cometido de aquella madre podría traducirse así: enséñense todas las posturas en torno a un tema o no se hable del tema. Este argumento está a la base de los discursos que defienden la enseñanza del creacionismo como propuesta científicamente aceptable en EEUU y asoma de tanto en tanto en la propuesta de quienes defienden la enseñanza de la religión en el sistema de enseñanza público o la financiación pública de colegios e institutos declaradamente confesionales en nuestro país. El ejemplo anterior es una muestra de su expansión viral a todo espacio educativo, su conversión en cultura popular, en un modo cada vez más aceptado de comprensión del sistema y la práctica educativa.

El presupuesto que subyace es el siguiente: no hay idea más válida que otra, por lo que el criterio que debe regir la enseñanza ha de ser el respeto por igual a toda idea, es decir, la tolerancia.

Simplificando el asunto, la tolerancia viene de la mano con el individualismo liberal moderno. El Estado debe asegurar los derechos de los individuos (de ahí el concepto de individualismo en su versión positiva), de cada individuo, y esto exige impedir la imposición de ningún tipo de coacción sobre el mismo por parte del colectivo social y político. Una de las formas en que se concreta este necesario respeto es el permitir a toda persona mantener sus propias ideas y creencias, sean las que fueren, así como las conductas o hábitos derivadas de las mismas, siempre que no contravengan los derechos de los demás o pongan en peligro el orden público. Es decir, en el plano de las ideas, la tolerancia se asume como un modo de respeto a alguien, porque, ¿qué podría significar el respeto a una idea por sí misma? Exacto: nada. Las ideas no tienen derechos; los derechos son de las personas (al menos, de las personas -hay razones contundentes para defender que también los animales merecen algunos, pero dejaremos ese tema por el momento). Hasta aquí, todo bien.

El problema es que la consecuencia social que introduce la tolerancia quiera convertirse también en un parámetro epistemológico. Aquí empieza el trastorno: la verdad no entiende de democracia, el conocimiento no depende del número de adeptos ni de las consecuencias que para las creencias de una persona pudiera tener su avance. Si en los discursos y las prácticas que manejamos para intentar conseguir conocimiento aceptamos que toda idea o propuesta es respetable por ser de alguien, si toda idea o propuesta debe ser considerada por ello igualmente válida, renunciamos entonces a todo criterio para distinguir lo que es conocimiento de lo que no lo es, o a la posibilidad de que un conocimiento pueda estar mejor fundamentado que otro. Por tanto, dado que, por un lado, “hay gente pa to”, que decía el torero, y, por otro, el derecho a la libertad de pensamiento asegura que cualquiera puede creer cualquier cosa, al menos a priori toda idea imaginable se halla en igualdad de condiciones por relación a la verdad. En dos palabras: todo vale. Siendo tantas las mentes que han existido, existen y existirán, y viendo las maravillas de que son capaces algunas de ellas, si el criterio de aceptación de una idea consiste en que alguien la defienda, habremos de presuponer que no hay idea mala. Pero, entonces, ¿cómo afecta esto a la educación? Es decir, ¿qué enseñamos?   

Téngase en cuenta, para empezar, que, si todo vale, la educación se convierte en poco más que congregar a un grupo de personas en un tiempo y un espacio para hablar por hablar, para decir cualquier cosa, porque lo mismo vale decir una que otra. Es más, no se entiende siquiera en qué sentido el profesor pudiera estar más cualificado que el alumno, porque eso ya exige asumir que existen criterios que diferencian qué es verdad y qué no lo es, y son esos criterios y los resultados de su aplicación lo que se supone que el profesor ha de transmitir al alumnado.

Hagamos una aclaración de filosofía básica. La epistemología actual considera que existen tres tipos fundamentales de ideas distinguibles por su relación a la verdad. La opinión sería una idea cuyo contenido no puede demostrarse y de la que no se tiene seguridad. La creencia, como la opinión, sería una idea no demostrable, pero, al contrario que en el caso de la opinión, la persona que la detenta está convencido de ella, tiene un sentimiento de certeza respecto de la misma. El conocimiento, finalmente, sería una idea de la que se tiene certeza y cuyo contenido puede demostrarse[iii]. Si ponemos como criterio fundamental de la enseñanza el respeto a las creencias de los demás, entendido ese respeto como un trato meyorativo que iguala toda posible explicación o interpretación de un hecho, entonces estamos renunciando al conocimiento en beneficio de la creencia.




LA SOLUCIÓN

Hay quien pretende que todo es creencia, que no hay en última instancia forma de distinguir grados de conocimiento. Pretende, digo, que no piensa, porque es difícil pensar y mantenerse en una postura como esa. El machismo es fruto de una creencia; la igualdad efectiva entre hombres y mujeres es una realidad. Es más, el machismo no solo parte de una idea falsa, sino que razona de forma falaz: la idea de que una superioridad natural conlleve privilegios en el plano de los derechos esconde premisas de valor, como demuestra el hecho de que desde los valores propugnados por los Derechos Humanos y las sociedades realmente democráticas se justifica exactamente lo contrario, es decir, que la inferioridad natural de alguien en algún aspecto conlleva la exención de algunas obligaciones y la concesión de ciertos privilegios compensatorios. No hay forma de demostrar lo que el machismo defiende, pero sí hay datos para demostrar lo que defiende el feminismo, es decir, la igualdad efectiva de capacidades de hombres y mujeres (y la necesidad derivada de ello de convertir esa igualdad natural en igualdad social y jurídica). 

Aquella madre del inicio, y con ella tantos hoy día, pretenden que el profesor no puede mostrar su posición ante ninguna propuesta explicativa. Sin embargo, y aunque es cierto que la ley prohíbe el “proselitismo” de parte del profesorado, la idea que hay (o debería haber) tras la letra de la ley ha sido convenientemente malinterpretada. El error parte, quizás, del intento por introducir la igualdad democrática en planos donde la democracia no es pertinente: si encontramos a un enfermo y hemos de determinar qué le sucede, la opinión de un médico no es equivalente a la de una camionera, un limpiador o una vendedora de prensa. La fuente del mal es considerar que nadie puede saber más que nadie (más a menudo, que nadie puede saber más que uno mismo). Pero, si nos tomamos esta posición en serio, esto significaría que un profesor de biología, al explicar el funcionamiento del cuerpo humano, debería dedicar tanto tiempo y recursos a explicar los principios de la biología celular como al reiki; la psicología debería explicar los procesos neurobiológicos que han permitido descubrir las técnicas de neuroimagen, los aspectos conductuales no explicables desde esos procedimientos que han sido objeto de explicación científica desde la psicología y el funcionamiento del alma según Platón, la filosofía medieval, el budismo, etc. En física no habrá razón para dedicar más tiempo a la ley de la gravedad y las consecuencias de la curvatura espacio-temporal de Einstein que para hablar de la teoría aristotélica según la cual la Tierra está en el centro del universo y es plana, del sistema ptolemaico, de la propuesta bíblica... Todo ello habrá de tratarse en pie de igualdad, al menos como decíamos al principio, si hay alguien dispuesto a creerlo (pues no es siquiera imaginable presentar todas las teorías imaginables, cosa que en principio habría que hacer siendo coherentes con este pensamiento de la tolerancia antes de todo). En historia acabaría ocurriendo con todo acontecimiento humano lo que ha ocurrido en España con la Guerra Civil, y así el nazismo y el genocidio que provocó serían tan legítimos como la lucha contra el mismo. Sin embargo, nadie en su sano juicio aceptaría la presentación del nazismo y sus víctimas en pie de igualdad como una muestra de objetividad.

De hecho, no es cierto que el sistema educativo español no tome partido en sentido valorativo. Los preámbulos, los criterios y hasta los insidiosos estándares de aprendizaje de los textos legales establecen la necesidad de hacer del sistema educativo un medio de defensa de los valores democráticos e ilustrados. Defender, como no queda otra, que tales valores son más deseables que aquellos que imponen modos de pensamiento dogmáticos, antidemocráticos, antiigualitarios, etc., no hace más que dar la razón al argumento que estamos defendiendo: es tanto como poner en práctica la asunción de que no todos los valores merecen el mismo respeto y, con ello, la implicación de que hay criterios para decidir cuáles potenciar. En definitiva, en la medida en que pretendamos que la enseñanza tiene que comprometerse con valores, sean estos cualesquiera, exigiendo a la vez que los valores queden fuera del alcance de la crítica racional, estamos decidiendo arbitrariamente que ha de tolerarse lo que queramos y porque queremos. Es innecesario explicar por qué una educación dejada en manos del voluntarismo es un mero adoctrinamiento y un peligro nada baladí.  

Existe también un subterfugio para asegurar las propias ideas ante la potencia explicativa de algunas teorías científicas. Consiste en sostener que, mientras que en física, química o matemáticas las verdades son inapelables, en filosofía, literatura o arte todo queda al arbitrio de quien enuncia. Me restringiré aquí a la filosofía, para poder hablar con cierto fundamento. Resulta que las normas que establecen la corrección de un razonamiento, recogidas en la lógica (una disciplina con al menos 2.300 años de antigüedad), tienen una objetividad equiparable a la de las matemáticas. Determinadas propuestas puramente filosóficas, incluso en ámbitos tan poco objetivos en apariencia como la metafísica, pueden ser comparables en solidez y repercusión social a la física newtoniana. Enseñar a un alumno lo que dice Kant en la Crítica de la razón pura sobre la existencia de Dios no es simplemente darle una postura más, es enseñarle cómo se soluciona el problema de la existencia de Dios (hablar de Dios desde el punto de vista del conocimiento es, sin más, un sinsentido). Mostrar cómo pensó Kant en relación a este problema es poner en claro cómo hay que pensar en relación a este problema, igual que explicar el heliocentrismo es enseñar cómo ha de pensarse el sistema solar si se quiere pensar bien, porque es enseñar la verdad.

Digámoslo alto y claro: si algo hemos de ser capaces de tolerar es, antes que nada, la verdad. Pero, ¿qué es la verdad?, se preguntará quien lea estas líneas. Cada cual cree estar en posesión de la verdad en aquello que piensa. ¿No llevará la creencia en la existencia de una verdad al dogmatismo de quien tenga el poder de imponerla? Si alguien se ha preguntado así, hace bien. Pero, al contrario de lo que pretende buena parte de la posmodernidad y los acólitos de la oleada new-age que se extiende últimamente, la verdad científica, la verdad filosófica es precisamente el remedio contra toda posibilidad de dogmatismo. En primer lugar, porque la defensa que se hace desde la posición científica de la verdad exige demostración, con lo cual, que se haga claro que una determinada teoría se impone, casi, por sí misma, por criterios racionales objetivos. Claro que este primer paso, aisladamente, puede ser fácilmente soslayable (basta con construir un razonamiento coherente y evitar señalar sus problemas o hacer visibles críticas o propuestas alternativas). Sin embargo, al mismo tiempo hay que unir un segundo elemento fundamental: la actitud crítica (característica fundamental de la ciencia según Popper), que consiste en asumir que toda propuesta explicativa sea considerada siempre como provisional, como una conjetura, la mejor que se tenga. Esto implica la necesidad de buscar siempre las ideas mejor probadas y razonadas y, consecuentemente, la renuncia a las propias ideas si apareciera otra epistemológicamente superior. Es decir, implica reconocer que el propio ego (el que alguien crea algo, el que alguien quiera algo) queda excluido del proceso de valoración de una idea. Volviendo a nuestro contexto concreto, significa que usted, padre, usted, madre, son irrelevantes en la determinación de la validez de las teorías que sus hijos aprenden.

Para aclarar un poco más esta última idea, seamos todavía más precisos y lapidarios: en la enseñanza secundaria, cada profesor es un especialista de la materia que imparte. Quizás cualquiera pueda discutirle su atinencia a la ley, sus métodos de enseñanza, pero discutir aspectos teóricos de la materia que imparte requiere del dominio de ciertos conocimientos sobre la misma. Eso, o poca vergüenza. Padres y madres han de asimilar, antes de dirigirse a un profesional de la enseñanza secundaria, que se está dirigiendo, como inexperto, a un experto, y no como mandatario a un subordinado. Claro que, como funcionario público, ese experto tiene la obligación de trabajar al servicio de los ciudadanos. Pero, como experto teórico, su obligación es hacer valer los conocimientos derivados de los descubrimientos y el trabajo científico, incluso si ha de hacerse contra las creencias de los ciudadanos, sean cuales sean las creencias de uno y de otro, como el ingeniero tendrá que aplicar las leyes físicas pertinentes a la hora de construir un puente, así crea en su fuero interno vivir en un mundo virtual, y así como el médico tendrá que recomendar a sus pacientes no fumar, así ande convencido en su corazón de que nunca ha existido ni existe tal cosa como los pulmones.    

CONCLUSIÓN

A modo de compendio final: la tolerancia es un concepto de naturaleza socio-política que no tiene pertinencia en el ámbito epistemológico (en el ámbito del conocimiento). Si queremos que nuestros estudiantes aprendan, tenemos que asumir que existen ideas correctas y otras que no lo son, que tenemos criterios para diferenciar unas de otras y que esos criterios son (y han de ser) objetivos y, además, que pueden chocar contra las creencias de cualquier ciudadano. Por tanto, el servicio que el sistema educativo debe prestar a la ciudadanía se encuentra con una disyuntiva cuya resolución, en algunos casos, se plantea inevitablemente como una elección excluyente: o se esfuerza por enseñar la verdad, o se asegura de contentar el ideario de todo ciudadano. En estas líneas la apuesta es clara y rotunda: la democracia permite a cada cual seguir pensando como considere en sus adentros y hasta expresarlo y, por tanto, la diversidad y la tolerancia están aseguradas, pero solo un sistema educativo comprometido con la verdad (y, por tanto, dígase de paso, libre de exigencias mercantilistas) asegura hoy día la pervivencia del conocimiento verdadero. Así pues, en lo epistemológico, no hay duda posible: el compromiso de la escuela ha de ser con la verdad, pese a quien pese.

PEQUEÑO EPÍLOGO

Me surge una duda en relación a la historia concreta con que dábamos comienzo a este texto. “Tengo miedo de que adoctrinen a mi hija”, decía la señora. ¿No tendría miedo de que la desadoctrinen? Si alguna virtud podemos presuponer a los centros educativos públicos es, precisamente, carecer de una línea ideológica: en un mismo centro habrá profesores y profesoras creyentes, descreídos, progresistas, conservadores y hasta machistas. ¿A qué ese miedo, entonces? ¿Y si fuera el miedo a dejar a su hija ante el poder de las demostraciones y la argumentación? Entonces, si ese fuera el caso, bien pudiera ser el centro público la puerta por la que la niña escapara al miedo de su madre a que aprendiera a pensar. En ese caso, bendito el disgusto que le di. 

Juan José Gómez Falcón

[i] Quizás alguien se sorprenda al ver este nombre. Ciertamente, la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos de 3º de ESO desapareció en casi toda España. El PP consideró que era una asignatura ideológicamente parcial y la sustituyó por Valores éticos. Los programas son muy similares y el espíritu que pretende guiar la práctica docente en ambas también. En Andalucía, no obstante, se decidió mantener “Ciudadanía” como obligatoria junto con Valores éticos. Desde luego, no hay criterio pedagógico que permita explicar esta decisión que obliga a los alumnos a hacer dos veces a la semana la misma asignatura con nombres diferentes y a los profesores a inventar formas de no repetirse teniendo como referente un programa casi idéntico. La única forma de entenderla apunta a factores de otra índole: el PP suprimió la asignatura porque era una creación del PSOE; el gobierno de Andalucía se negó a suprimirla por esa misma razón. ¿Motivos políticos? Siempre que aceptemos llamar política a esta suerte de pelea caprina, este choque de cráneos vacíos que nada, absolutamente nada, tiene que ver con la polis y que habría ruborizado hasta el asco a los vecinos de Pericles.    

[ii] Utilizo el palabro “personeidad” para evitar la confusión con todas las connotaciones caracteriológicas que lleva consigo el término personalidad.


[iii] Ilustremos esto con tres ejemplos. Opinión: la tortilla de patata está mejor con cebolla. Creencia: sé que puede sonar raro, pero estoy seguro de que mi perro me entiende cuando le hablo. No tengo la más mínima duda. Conocimiento: el agua hierve a 100 grados centrígrados. Puedo demostrártelo cuando quieras.

domingo, 24 de junio de 2018

DISCURSO PARA MIS ALUMNOS


Una serie de alumnos y alumnas del IES Arzobispo lozano a quienes pronuncié un discurso con motivo de su graduación el pasado 15 de junio de 2018, me han pedido conservar dicho texto como recuerdo. Por ese motivo he decidido publicarlo en este blog para que cualquiera pueda leerlo.


    Buenas tardes a todas y todos, alumnado, madres y padres, profesores, y enhorabuena también a todas y a todos: quienes se gradúan y quienes han trabajado durante meses para que este momento llegara.

    La posibilidad que me han dado Myriam y Fina Amparo, las compañeras de Actividades Extraescolares, de ofreceros hoy este discurso, se convierte para mí en algo muy especial. Este año se cumplen cincuenta de aquel mayo del 68, tan fugaz, pero que cambió la forma de ver el mundo de millones de personas; aquella fue la primera vez que se escucharon en serio las ambiciones, afanes y consignas de estudiantes y adolescentes. Este año yo mismo cumpliré el medio siglo, y hace exactamente veinte que empecé en la Enseñanza Secundaria, después de haber impartido clases en las aulas de los colegios, de la Facultad de Bellas Artes, de la Universidad Popular y de cuanto lugar de aprendizaje que se me pusiera a tiro. Y hace ahora dieciocho años que nació este siglo loco, peligroso y apasionante, justo cuando vosotros, los primeros millennials, o los millennials perfectos (porque no sois hijos del siglo, sino más bien sus hermanos).

    Así pues, en este cruce singular de fechas y flechas quiero apelar a los que nos precedieron porque sólo así se podrá entonar un canto al futuro. Y es que hace casualmente 65 años que se construyó este edificio, aunque no parezca querer jubilarse, y desde entonces entre estos muros se ha vivido el difícil milagro de la enseñanza. Aquí mismo, donde nos encontramos, bajo este techo, miles de jóvenes año tras año vieron abrirse la ilusión de un horizonte incierto a la vez que esperanzador. Y cientos de profesores, madres y padres dejaron por un momento de interpretar el papel que les correspondía y volvieron a sus recuerdos, fueron un poco adolescentes, un poco jóvenes que se querían comer el mundo.

    Yo hoy me permitiré la licencia de recordar sólo a uno de esos profesores, Gregorio Ortigosa, que tan sólo estuvo un par de cursos en Jumilla pero que hizo tanto y tan bueno. Murió el año pasado y jamás me dio clase bajo estos muros, pero fue mi maestro y mi segundo padre, el responsable de que hoy esté aquí y el autor de muchos de los mejores consejos que me han dado, algunos de los cuales intentaré articular esta tarde. Como él, muchos profesores y alumnos ensayaron antes que nosotros la extraña forja de pasado y futuro que se da en la enseñanza; como ellos, también los profesores de este año hemos encarnado esa acción de pasar la antorcha de la que habló el Romanticismo Alemán. Decía Eugenio Trías que los seres humanos somos por naturaleza "limitanei", que en origen, como sabéis de historia, eran los pobladores del "limes" romano, y que Trías moderniza como los habitantes del límite entre el mundo de lo visible y lo desconocido. Pues bien, si hay seres limítrofes por antonomasia, esos son los alumnos, los profesores, y también los padres, confluyendo en un espacio vacilante donde crecen epifanías, anhelos y conatos de derrota. Somos los habitantes de un espacio de riesgo, inestable, cuyo lugar físico se podría encarnar en los pasillos del centro.

    Vamos a  hablar de esos lugares y de esos seres especiales.

    Decía un revolucionario judío hace más o menos dos mil años (otro que fue hermano de un siglo, aunque él no llegaría a saberlo), a sus discípulos: "yo os haré pescadores de hombres". Pues bien, nosotros los profesores somos, en cierta forma, pescadores, pescadores de futuro... Como en la obra de Ernest Hemingway, "El viejo y el mar", que os sonará por inglés, recogemos y soltamos el sedal en un juego incomprensible para la mayoría, buscando esa chispa, esa iluminación momentánea. Y cuando la encontramos, ¡ah!, cuando la encontramos... ese pequeño instante, ese momento inasible nos cura de todos los sinsabores, enfados, derrotas y desesperaciones que constituyen la argamasa fundamental del oficio de enseñar y no pocas veces de la disciplina de aprender.

    Las Iluminaciones... el poeta Arthur Rimbaud, que conoceréis por francés, fue maestro en ellas; así se llaman sus últimos poemas en prosa, escritos con apenas vuestra edad. Nada escribiría pasados los veinte años, pero dejó textos como este:
“Las voces instructivas desterradas... La ingenuidad física amargamente sosegada... –Adagio. ¡Ah!, el egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡cómo el mundo estaba lleno de flores aquel estío! Los sones y las formas murientes... ¡Un coro, para calmar la impotencia y la ausencia! Un coro de vidrios, de melodías nocturnas... En efecto, los nervios pronto van a estallar.”

    Parece escrito tras un examen de EBAU.

    Los pescadores de futuro encontramos tesoros entre los pupitres, pero también muchas amarguras. La adolescencia no es un camino de rosas, y hasta es posible que no deba serlo. Vuestra promoción, como otras tantas, no lo ha tenido fácil. Ya en los primeros meses, allá en 1º ESO, recuerdo a alumnas acudir a mí en las tardes de biblioteca, llorando, a algunas ni siquiera les daba yo clase. La crueldad es consustancial al desarrollo del hombre. Recuerdo este año una conversación en una terraza, junto a vuestra tutora, con una alumna que afrontaba los más duros reveses de la vida con una templanza y fortaleza que no se encuentra en muchos adultos; sé de compañeras y compañeros que han llevado en absoluto mutismo un autentico calvario.

    No, seamos justos, la vida de un adolescente no es nada fácil.

    Decía Daniel Pennac, que fue el peor de los alumnos y ahora es el mejor de los novelistas, que el mundo de la enseñanza se ve amenazado por múltiples temores. El miedo del alumno a fracasar, a no poder contestar las preguntas, a no llegar a la nota; el miedo del profesor a no ser un buen maestro, a no enseñar como quisiera, y finalmente, el miedo del padre o la madre a que su hijo no sea lo suficientemente fuerte, no cumpla con las esperanzas. Detrás de todos estos miedos, decía Pennac, se encuentra la soledad, la soledad con mayúsculas, que es el más fiel compañero del adolescente, el más sutil asesino de futuros. Y esta soledad sólo se combate con la integración del esfuerzo de todos. En ese pequeño espacio limítrofe, ese lugar de confianza entre profesor y alumno, la soledad, a veces, sólo a veces, como fruto de un hechizo benéfico, desaparece.

    Los profesores no somos entomólogos que clasifican saberes, disecan esfuerzos o realizan una de esas taxonomías de biología sobre sus alumnos. Quizá a veces lo parezca... no somos perfectos. Pero los profesores no somos entes lejanos que observan la vida que se abre paso un poco más allá de sus narices. La enseñanza no funciona así, por mucho que los diseñadores de los currículos intenten, desde sus lejanas cuevas,  implementar los estándares económicos de la empresa en la escuela, estabular las aulas para que parezcan fábricas... no funciona.

    El mecanismo no es sólo de ida. El profesor, la profesora, aprende enseñando, el alumno, la alumna, enseña aprendiendo. Yo he aprendido muchas cosas de mis alumnos, y no es una frase hecha. He aprendido, como ya he dicho, sobre la templanza y la valentía. Una alumna de ojos grandes vestida con velo negro me ha enseñado conceptos del feminismo que no sabía. Este año he escuchado en vosotros conversaciones alegres, avispadas, desde posiciones políticas diametralmente opuestas con una sabiduría que ya no se ve en las tertulias públicas, pero sobre todo he crecido como persona gracias a vosotros, y esto lo digo con la entereza más absoluta.


    Os quiero hablar ahora de un cuento de Jorge Luís Borges. Ya sabéis por literatura que es ese autor argentino que murió hace hoy treinta años. Pues bien, hace setenta, predijo internet en "La Biblioteca de Babel", o el infernal mapa de Google en "El Rigor de la Ciencia", pequeños y magistrales relatos. Ente sus múltiples joyas se encuentra "El acercamiento a Almotásim", una parábola más sobre la hipertextualidad traída a las imágenes de los hombres. Siempre llevo en la cabeza ese relato, especialmente cuando doy clases; he intentado explicarme a mí mismo el porqué en mi blog de la Amalgama, nunca lo he conseguido. Hoy lo intento para vosotros. Borges cuenta la historia de un hindú que se ve avocado a los más bajos niveles de la ignominia, de la ruindad y un buen día escucha en un desconocido la claridad lejana de un fragmento de pensamiento elevado. Nos dice Borges que este hindú "sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro, de ahí postula que este ha reflejado a un amigo, o amigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo".

    Este misterioso hindú seguirá conociendo más y más personas en las que ese perfume lejano se manifiesta con más fuerza conforme avanza, y finalmente encontrará a Almotásim, el hombre que busca. Por filosofía intuiréis que ésta podría ser una versión un tanto esquinada del mito de la caverna, de la búsqueda de un arquetipo o ideal. Pero no es eso lo que me fascina del relato.
No, lo que me mueve a pensar en esta historia es que en realidad, Almotásim está presente delante mío todos los días, está ahí, en un pupitre, cruzando un pasillo, que no hace falta emprender la búsqueda. Sólo hay que desprender las capas que cubren ese embrión, como un buen fenomenólogo, para encontrar lo que se esconde. Sólo hay que estar atento al devenir de cada inteligencia, de cada sensibilidad distinta y valiosa. Almotásim sois todos vosotros, y un día también lo fuimos nosotros, los profesores, y a veces, sólo a veces, lo seguimos siendo. Esta búsqueda tiene que suceder también en el interior de cada uno de vosotros, para hacer factible una de las sentencias más antiguas, el imperativo pindárico: "Llega a ser lo que eres". Todos, en el fondo, sois en potencia Almotásim, y es vuestra misión terminar encontrando esa claridad, ese decoro, esa excelencia que quiere crecer. Mi maestro, Gregorio Ortigosa, creyó encontrar un reflejo de Almotásim en mí y luchó por mi futuro sin pedir nada a cambio; yo, que no soy más que un imitador, me he pasado la vida intentando parecerme a mi maestro, porque entiendo que él decidió pasarme la antorcha, y busco en vosotros, y no pido nada a cambio, porque no puede ser de otra manera.

    Pero en el fondo, cualquier profesor, como yo, como muchos, tan sólo puede obtener destellos, sois vosotros mismos los que tenéis que superar todas esas puerilidades, esas ruindades cotidianas que a todos nos aquejan. Y es cierto, es importante obtener las mejores calificaciones, lograr el éxito en la disciplina que uno elige, pero si no dejamos crecer a ese Almotásim que lleváis dentro, nada tendrá sentido.

    Dicho de otro modo, para que nadie deje de entenderme: no permitáis que la vida os obligue a actuar fuera de vuestras convicciones, de vuestros valores más profundos, si lo hacéis, movidos por el miedo o la inseguridad, pronto obraréis deshonestamente. Dejad que los demás os aconsejen y muestren su inquietud por vuestras decisiones, pero no permitáis que tuerzan vuestro criterio. Sed críticos con el mundo que os rodea, pero primero con vosotros mismos. No os dejéis engañar por las apariencias, ya sabéis que la nuestra es la sociedad del espectáculo, así pues, recordad el concepto de simulacro, que explico todos los principios de curso: lo falso revestido de toda la energía de lo verdadero. Buscad la verdad incansablemente. No desperdiciéis el tiempo en lo que no os convence, porque, como dice vuestra tutora, aquí a mi izquierda, el tiempo no es oro, el oro es el tiempo.
Sé que en esta generación hay buenos atletas, vuestros profesores de educación física os han preparado bien, pero sed atletas, además, de la resistencia, de integridad y de la lealtad. Y hay héroes también de la humanidad, de la inteligencia y la fortaleza entre esos asientos. Os he visto realizar algunas hazañas:

    A esa chica bajita que siempre ha llevado una sonrisa en el rostro y que venció su miedo escénico contando sólo con el valor. A esa chica espigada que ha ayudado a sus compañeros sin pedir nada a cambio, discreta y comprensiva siempre. A ese chico de fina ironía que siempre deja juicios certeros y no se entrega a hipocresías. A esa chica exigente consigo misma que consiguió vencer la ansiedad y culminar la cumbre. A ese chico del que nadie esperaba que acabara bachillerato, del que se decía que no iba a valer y ahora celebra su victoria. A esas chicas que han entendido que la única forma de luchar contra el machismo es dar un paso adelante. A esos chicos que pasaron desapercibidos durante años y hoy recogen el fruto de una labor callada. A esos dos chicos que hace unos días terminaron un cortometraje -sin yo esperarlo ni saberlo- que merecería piropos del mismo David Lynch. Y también a esos heroicos amores fugaces e inestables, y a ese pájaro dorado que volará toda una vida.
Varios quedaron por el camino, varios de ellos siguen luchando, no tienen menos mérito que los demás. Seguirán en el camino y crecerán. Va por ellos también este discurso.

    Muchos os diremos que habéis sido un generación dura, incluso difícil, que ha habido demasiados malos momentos; no importa, todas lo son, ¿y qué mérito tendría si no llegar adonde habéis llegado? ¿Tendría si no algún aliciente seguir adelante? También debéis saber que en esta sociedad donde las formas de exclusión y marginación son cada vez más complejas, existe un etarismo silencioso. No es el etarismo que condena a los ancianos a la soledad, terrible y más conocido, sino el etarismo hacia los jóvenes. Forma parte del entorno y habréis de asumirlo: siempre se os dirá en el sitio más inoportuno que sois vagos, presuntuosos, vanidosos, que no os implicáis en nada, que carecéis de valores. En realidad, no es nuevo; en tiempos de Platón ya era igual. Quizá hayáis notado esos juicios y os duelen, pero os puedo asegurar que, salvo contadas excepciones, el etarismo vive muy lejos de las aulas. Vuestros profesores, entre los que me cuento, os habrán dicho cientos de veces que no atendéis, que habláis demasiado, que no tenéis educación, que sois como muebles, y mil diabluras mas... pero creedme, esas expresiones nacieron siempre del afán por veros ser mejores personas y del desaliento, de la ansiedad al comprobar que todavía os faltaba un poco más. Y creedme también cuando os digo que no nos habéis defraudado, ni a nosotros ni a vuestros padres, que estáis aquí por méritos propios, que nadie os ha regalado nada, que ya podéis dormir todo lo que queráis (vuestro cerebro lo necesita), que podéis hacer todas las fiestas que queráis (vuestro espíritu lo necesita) y que podéis buscar todo el amor que queráis (vuestro cuerpo y no sólo vuestro cuerpo lo necesitan). Creedme también cuando os digo que desde aquí os deseamos la mejor suerte, los mayores logros y el suave tacto de la felicidad (tan fugaz y tan esquiva).

    Y ahora ya para acabar, porque el calor y los nervios aprietan, agitaré un pañuelo simbólicamente. Pienso que he dicho demasiado y sin embargo no he dicho nada. Nunca es fácil para un profesor ver marchar a sus alumnos, por mucho que a veces nos queramos hacer los duros. Son años enteros de esa convivencia fronteriza, a veces en carne viva, a veces en el puro límite. Siempre he dicho que este es un oficio extraño: uno cada vez es más viejo y sus clientes siempre tiene la misma edad. El tendero y su parroquia envejecen juntos, no así nosotros.

    Es junio y llega el invierno para el instituto, las aulas se vacían, los pasillos se quedan desiertos, entre las contraventanas suena un viento tórrido al tiempo que desabrido. Todo queda como en un paréntesis...

    Es entonces cuando me acuerdo de Kamchatka, aquella lejana república rusa donde se han llegado a dar las temperaturas más bajas del mundo. Los pocos lugareños que la habitan cuentan una leyenda antigua. En invierno, en la taiga, ese bosque boreal que estudiasteis en geografía, el viento gélido congela las conversaciones de las gentes, que quedan suspendidas en el aire, inertes. Pasan los meses y llega la primavera, y entonces el bosque, como por encanto, se llena de susurros.

    Pasará este invierno de junio y volverá septiembre, y llegará octubre, que es como un renacer para el viejo edificio; veremos nuevas caras, todo será bullicio, prisas y desconcierto, como vuestro aquel lejano primer año. Y vosotros también volveréis por un momento, nos contaréis cómo es la nueva facultad, los pisos de estudiante, la vida en las capitales, Murcia, Valencia, Madrid... y será entonces, en ese instante, cuando vuestras palabras germinen en primavera...



    Muchas gracias!

viernes, 2 de marzo de 2018

UNA HISTORIA DE DISCRIMINACIONES




Digamos que está ocurriendo en la puerta de un supermercado. Digamos que durante cualquier mañana de sábado, concretamente el último del mes de enero. Pongamos que en el municipio de Jumilla (aunque podría ocurrir en cualquier lugar). Pongamos que un grupo de personas pretenden recoger alimentos para una causa solidaria.
Añadamos ahora que el colectivo se llama Lo Nuestro, que es un grupo xenófobo, que los alimentos recogidos sólo se entregarán a españoles que lo demuestren enseñando su DNI y que el colectivo no tiene permiso para realizar tal actividad.
No estamos en Minnesota, pero la situación descrita más arriba es real y ha acontecido (como en otros lugares y en otras fechas) sin que las autoridades decidan disolver a los convocantes: tenían permiso de concentración. Durante unos días, Lo Nuestro ha hecho propaganda de una actividad aparentemente generosa, justificando la concentración como una "protesta contra los recortes del gobierno".
Paralelamente, decenas de jóvenes que no pertenecen a organización o partido alguno, van agrupándose en un ejemplo más de lo que yo llamo desinvolture digital, actualizando el término acuñado por Ernst Jünger cuando en los años treinta vio aglomerarse azarosamente en la berlinesa Alexander Platz, un numeroso grupo de transeúntes. Un poco por suerte, otro poco por whatsapp, la calle Fueros, corta y estrecha, se está poblado de racimos de personas que controlan la posible llegada de los integrantes de Lo Nuestro. La única identificación concreta que admiten como grupo estos transeúntes espontáneos es la de antifascistas o "antifas". Yo remarcaré otra concreción, aun a sabiendas de que suelen ser reacios a ellas: son jóvenes.
Lo Nuestro es una asociación en constante crecimiento, un grupo que no duda en dejar claras sus aspiraciones: expulsar a los inmigrantes en tanto culpables del paro y de la precariedad de los ciudadanos españoles. Poco más. De manera sigilosa, los líderes de la organización de tendencia fascista reclutan jóvenes incautos, adolescentes con problemas de identidad o presos de una crisis familiar o económica. La organización se extiende por diversas ciudades del sureste español, como nos cuenta La Crónica del pajarito, y en Murcia hay barrios enteros controlados por sus miembros más jóvenes.
Vivo de la enseñanza, por eso estoy acostumbrado a las manifestaciones inconscientes de etarismo hacia los jóvenes por parte, no sólo de los profanos que preguntan en la barra de un bar, sino también de los propios padres e incluso de muchos profesores. Se puede pensar que el etarismo de nuestra sociedad se circunscribe a las personas de la tercera edad, pero una discriminación oscura y muy irresponsable envuelve a los jóvenes españoles. Son calificados como vagos, cómodos, insolidarios, mal preparados, indisciplinados, pasivos y toda la retahíla de términos que ya se usaban en iguales circunstancias en los venerables tiempos de Platón.
Quizá el ejemplo más elocuente de discriminación hacia los jóvenes españoles es que el cincuenta por ciento permanezca en paro.
En el desencuentro generacional medran grupos como Lo Nuestro, porque lo cierto es que ésta es una historia de jóvenes. Jóvenes usados descaradamente con la aquiescencia de unos adultos que miran hacia otro lado, con la negligencia de unas fuerzas de seguridad que son enviadas a aplicar duros correctivos a la Plataforma Pro-soterramiento descuidando otros escenarios. Es una historia de jóvenes porque sólo los jóvenes de la capital y los municipios de Murcia han visto en directo la capacidad de los grupos de extrema derecha, grupos que no dudan en insultar y apalear norteafricanos, mujeres ataviadas con velo o cualquier persona cuya indumentaria delate al desafortunado que los encuentre. Tengo chicas en clase que, ante el acoso de estos grupos, salen a las calles de Murcia armadas con pequeñas navajas o espray de pimienta, sobre todo en barrios como La Flota, chicas magrebíes y chicas españolas, aplicadas y pacíficas alumnas que un día se vieron desbordadas por una realidad a flor de calle.
Los medios no ayudan. La resonancia a nivel nacional del problema se limita a visibilizar reyertas entre grupos de extrema derecha y de extrema izquierda, la paliza a la chica neonazi apellidada "La Intocable" y poco más. No se realiza un análisis en profundidad visto desde la perspectiva de un problema social serio. Despectivamente, el mundo adulto archiva el caso como peleas entre radicales. Los padres aconsejan a sus hijos que "no se metan", considerando que se trata tan solo de un burbuja marginal. Nadie quiere admitir que no estamos ante un sarpullido adolescente, sino ante la amenaza creciente que nace del fermento del profundo nihilismo de una amplia franja de nuestra sociedad conocida como precariado. Es un error grave considerar al precariado como una nueva clase económica; es una clase social y no es tan nueva, sus bisabuelos fueron los votantes de Adolf Hitler.
Los adultos miran con paternalismo las concentraciones de unos jóvenes que se declaran antifascistas. En ocasiones los recriminan. Es una faceta de más del etarismo del que he hablado, anclado en la incomunicación entre generaciones.
Yo conozco a esos jóvenes. Los he visto explicar ante las fuerzas de seguridad la razón de su concentración, sin aspavientos, con tranquilidad. Los he visto ante la Guardia Civil descubrirse el rostro que habían cubierto momentáneamente porque los grupos fascistas tienen la costumbre de apuntar nombres y direcciones de quienes no comulgan con su ideario.
Yo conozco a esos jóvenes. Los veo todos los días estudiando en clase, sus noches están ocupadas por los temas de bachillerato o de la facultad, no por riñas de bar de esquina. Son respetuosos y amables en la clase, participan de las fiestas y de la cultura de la comunidad a la que pertenecen, no discriminan a sus semejantes, y sobre todo, no son tontos. Tampoco son idealistas. Simplemente quieren una sociedad mejor que la que han encontrado.
Pero yo conozco también a esos otros jóvenes. Los he visto en los pasillos, expulsados de clase por indisciplina, levantando el brazo con su saludo militar, atendiendo mudos a la lección de historia sobre el fascismo de los años treinta y despreciando el resto de temas. He leído sus escritos en los pupitres. Los he visto, en fin, danzar sonámbulos ante la puerta de unos recreativos, cerca de los encargados de captar carne joven, no mucho más mayores que ellos, jóvenes que han perdido el futuro en alguna negra esquina, que no ampliarán su campo de referencias y cuyo espacio de confort es el odio.
Dentro de unos años ya será tarde, por eso es una buena noticia que grupos pacíficos y serios de jóvenes antifascistas se organicen y planten cara a una verdad que los adultos no pueden ver porque no pisan las mismas calles, porque no viven el mismo mundo.