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miércoles, 5 de febrero de 2025

RECUERDOS DE MARIENBAD

 


Hace unos días, Providence Ediciones anunciaba la aparición de la 2ª edición de Recuerdos del Futuro, el ensayo que Hilario J. Rodríguez ha escrito sobre El año pasado en Marienbad (1961), el mítico filme de Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet. Podríamos considerar esta publicación como un libro necesario, pero creo más correcto decir que es un libro que necesitamos, no solo quienes hemos visto la película varias veces sino también quienes no han tenido todavía el placer de verla.

                Hilario J. Rodríguez es conocido por la originalidad y elegancia de su prosa, pero es, a mi juicio, en los ensayos donde su altura cultural nos sorprende; no hay más que recordar las desapariciones, esa pequeña joya publicada por Newcastle Ediciones en 2022.  En esta ocasión, con Recuerdos del futuro, el autor ha conseguido el objetivo que todo ensayo artístico debería cumplir y casi ninguno cumple: ser en sí mismo un émulo, un reflejo poético de la obra original, adoptando sus formas y su estructura. Lo dice muy bien Berta García Faet en El arte de encender las palabras (Barlin libros, 2023), cuando confiesa que “…Este ensayo sobre poesía quiere ser poesía”. Y así ocurre con Recuerdos del futuro, porque el propio formato, la distribución de los textos, la manera de hilar las referencias, de este ensayo, remite constantemente a la propia esencia de la película de Resnais y Robbe-Grillet. Me explico.

                Lo primero que sorprende en Recuerdos del futuro es la forma de dividir el texto: las notas ocupan la mitad de la extensión y son en sí una especie de ensayo aparte que, como en Rayuela, la novela de Cortázar, hace que el ensayo pueda ser leído de dos formas diferentes. Como el propio autor señala (p. 44) “hay muchas vías de entrada a la película, pero ninguna de salida”. El texto de Hilario J. Rodríguez aparentemente propone múltiples formas de salida a través de las notas, pero estas no son sino nuevos caminos de entrada al universo Marienbad, pasillos en los que nos perdemos con avidez, con placer y sin remedio. Las notas son una analogía de las llamadas heterotopías, esos otros lugares de la película que se extienden por senderos extraños. Las notas de Recuerdos del futuro son eso, heterotopías, lugares alternativos a propósito de El año pasado en Marienbad.

                El filme de Resnais, para Hilario J. Rodríguez, es un lugar en sí mismo, una especie de sirena varada en 1961, una obra sin relación con todo lo anterior y lo posterior, puro Cine Clásico; “destructora de la historia del cine y de la Nouvelle Vague, El año pasado en Marienbad se construye a sí misma”. Henchida de referentes literarios que parten de la erudición del guionista, Robbe-Grillet, la obra, según el autor, bebe de Borges, de Lovecraft, de Proust y, por supuesto, de Adolfo Bioy Casares, en tanto autor de La invención de Morel, el referente más directo del filme, aunque también cuestionable. El año pasado en Marienbad está llena, según este ensayo, de arquitecturas, redes y senderos; ahí están concernidas las cárceles de Piranesi o los interiores imposibles de El gabinete del Doctor Caligari. También el propio ensayo en sus siete capítulos es una sucesión de salones llenos de espejos, sugerentes e inesperados. Para Hilario J. Rodríguez, este ensayo sobre el mundo de Marienbad (ese balneario que en realidad no existe en la película) es un intento “de aprender de nuevo a escribir, aprender a escribir al dictado de sus hipnóticas imágenes”. No cabe duda de que esa es la razón fundamental de que estos Recuerdos del futuro estén escritos así y nos resulten tan cautivadores. Porque la propia película es “una arquitectura del cerebro, de la memoria”, según el autor.

                Resulta muy placentero transitar los caminos que Recuerdos del futuro nos ofrece, no solo revisando la llamada lista de películas Marienbad (p. 27, 28), que ya es en sí misma un catálogo de lo mejor del cine clásico, sino también a través de las curiosas bifurcaciones entre obra artística y vida que el texto nos va descubriendo. Son varios los ejemplos de estas interacciones, de estas otras heterotopías que analiza y ofrece Hilario J. Rodríguez, entre sueño y realidad. Llaman en especial la atención la referencia de la nota 16: Zona, un libro sobre una película sobre un viaja a una habitación, de Geoff Dyer (Literatura Random House, Madrid, 2013), a propósito de Stalker, de Tarkovsky, o el experimento sugerido en la nota 18 en torno a la obra de Robert Smithson —admirador de la película de Resnais—, dos caminos que se mezclan y difuminan conforme van siendo transitados. Vida y obra entremezcladas, heterotopías, trayectorias, como la extraña producción Souvenirs d’une anneé à Marienbad (2010), donde Françoise Spira, figurante en la película, nos deja un falso y casi involuntario making-off del filme de Resnais y Robbe-Grillet.

                Hilario J. Rodríguez rastrea también los pasillos a ninguna parte que nos llevan azarosamente al campo de concentración de Dachau o al castillo de Schleisstein (donde fueron acumuladas por los nazis miles de obras artísticas), lugares ambos cercanos al verdadero balneario de Marienbad. El autor recuerda a este propósito la intención del citado Smithson de usar el arte para modificar la realidad como límite. Recuerdos del futuro quiere hacer algo así en torno a la isla cinematográfica que es Marienbad (inevitable la referencia a la serie Lost); se trata, en cierto modo, de construir una especie de rizoma de referencias en la más pura acepción de Deleuze y Guattari, en el que vida y ficción llegan a entrelazarse hasta límites inconcebibles, sin centro ni eje apreciable. Así, personajes históricos reproducen escenarios y situaciones de la película: Franz Kafka y Felice Bauer en Marienbad; J. W. von Goethe y Ulrike von Levetzow en Marienbad; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo imitando el triángulo amoroso de la película… W. G. Sebald y su novela Austerlitz, traspasada por referencias de su vida personal.

                Uno tiene por momentos la sensación de que Hilario J. Rodríguez pretende introducir al lector en la película como si fuera una figura más de las que transitan por ella, personajes anónimos entre despreocupados y moribundos, de la misma manera que el enamorado protagonista de La invención de Morel, de manera que circule eternamente por esos pasillos “llenos de espejos múltiples, simetrías” (p. 49). La cita de san Agustín en la página 69 es muy explícita en ese sentido. Hilario J. Rodríguez nos hace ver que “el balneario de la película la única capacidad que parecía tener era la de hacernos olvidar el futuro” (p. 48). Y cita a Smithson: “No hay futuro en Marienbad”. Leyendo el ensayo tenemos la sensación de esa eternidad desesperada, entre banal y angustiosa, que experimentan los personajes y figurantes en el balneario.

                En realidad, Hilario J. Rodriguez pretende, en último término, intentar introducirnos en un anhelo íntimo “quizá yo mismo he sido invitado a ser un personaje de la película” (p. 29). El autor quiere creer que la misma “historia del cine es una historia Marienbad” (p. 28).

                Por último, la magia de este ensayo, la verdadera magia, por encima del intenso contenido poético y artístico que lo sostiene, es que logre convencernos, que logre que su anhelo sea el nuestro, que consiga —según una referencia a Michel Foucault (p. 29) sobre la heterotopía de la cama/océano en la imaginación de los niños— que nosotros mismos formemos ya parte, de alguna manera y tras leer el texto del universo/isla/eternidad que es El año pasado en Marienbad. Y que consiga que los lectores, como quien esto escribe, anhelen a su vez que otros ingresen en el espacio Marienbad y recomienden la película. ¿Qué más puede pedir un ensayista cautivado por el objeto de su reflexión?

jueves, 24 de octubre de 2024

FRANZ KAFKA VISITA TU CENTRO

 


Pasadas las dos menos veinticinco toca un timbre ensordecedor y como un resorte, todos los alumnos se levantan de la mesa para encaminarse a otra aula. El profesor tiene un tiempo inexistente para transitar hasta la siguiente franja horaria. Tarda dos minutos en desplazarse de un pabellón al otro del instituto. Los alumnos no esperan, se empujan, corren por los pasillos, gritan. Es un grupo hablador, se dice. Con este eufemismo se califica a un conjunto de veintitantos preadolescentes que no son capaces de permanecer quietos y silenciosos, o atender más de diez minutos seguidos una explicación. Pueden ser disruptivos, pueden tener déficit de atención, puede que no entiendan el extraño ritual que se desarrolla antes sus ojos, o simplemente estar aburridos tras cinco horas de clase ante unos contenidos que son incapaces de asimilar.

            El profesor ingresa en el pozo sin fondo que es un computador educativo. Previamente comprueba desalentado que en este pabellón del instituto no funciona la wi-fi. Debe compartir los datos de su móvil y generar una wi-fi alternativa. El ordenador desconoce la contraseña de esa nueva wi-fi, por lo que tiene que ingresarla diligentemente. El profesor respira aliviado al pensar que su compañía le ofrece datos ilimitados, pues lleva gastados este mes cerca de 500 megas en la wi-fi móvil que usa en el instituto.

            Superado este trámite, debe ingresar la contraseña para abrir la sesión correspondiente. Ocasionalmente se puede encontrar con que el profesor anterior no haya cerrado su propia sesión y debe proceder a cerrarla para abrir la propia. En segundo lugar, tiene que ir descartando toda una larga retahíla de sugerencias, impedimentos y protocolos vacíos antes de poder usar el navegador. Los computadores educativos suelen estar congelados, son como almas reencarnadas, no recuerdan nada de la sesión anterior, sobre todo si el profesor que ha ocupado el aula en franjas anteriores apaga el equipo. Eso significa que posiblemente esta larga lista de decisiones inútiles se repetirá en todas y cada una de las sesiones que se abran durante la mañana: cuatro, cinco, o más.

            Finalmente, el navegador accede generosamente a ser utilizado tras una nutrida lista de clics en la opción “no permitir”. Tengamos en cuenta que el navegador es pertinaz y siempre querrá suplantar al posible competidor y establecerse como prioritario. Una vez dentro, el profesor accede a la aplicación correspondiente que le permite pasar lista. Hoy no está disponible de inmediato, son vísperas de evaluaciones y el servidor está saturado. Tras varios intentos y un buen desgaste de paciencia, el servidor se desbloquea. El profesor debe ingresar de nuevo su contraseña, una contraseña que ha de cambiar y memorizar cada treinta días. Una vez tecleada la larga sucesión de letras y números, el servidor pide una clave. Esa clave solo se encuentra en el móvil del profesor; este debe entrar en su dispositivo, abrir la aplicación de autentificación de Google y teclear el código que se le pide. Esta vez, el profesor ha sido lento, y el código ha expirado, por lo que tiene que volver a teclear el nuevo código que la aplicación ha generado.

             Han pasado más de diez minutos.

El profesor al fin puede pasar lista. Hay alumnos expulsados, alumnos en intercambio, alumnos finalmente que sí están en lista. Algunos de ellos no han asistido a clase. Hoy faltan un total de trece alumnos por diversas causas, justificadas o no. Justo la mitad del grupo. El profesor duda si adelantar materia o repasar. Finalmente, acuciado por la falta de tiempo acumulada en semanas anteriores, se decide temerariamente por la primera opción.

            Para ilustrar la clase de hoy, este profesor ha de acceder al Aula Virtual, para ello deberá ingresar por tercera vez la misma contraseña, pues Aula Virtual es un ente autónomo, una república independiente dentro de la plataforma general que organiza los centros educativos de su Comunidad Autónoma.

            Aula Virtual tarde en cargarse.

            Han pasado más de quince minutos.

            Descargados los materiales, el docente propone las tareas del día, explica un par de conceptos básicos y espera a que surja alguna pregunta de entre el racimo de los pocos alumnos todavía despiertos. Nadie tiene dudas. Los ejercicios no podrán ser terminados hoy, quedan diez minutos de clase, así que el profesor recomienda que sean terminados en casa para corregirlos al día siguiente. Al profesor le queda la tranquilidad de que, al ser última hora, si olvida cerrar alguna sesión, nadie le va a robar los datos de su cuenta en la Plataforma Educativa. Aun así, cierra con diligencia, una a una, todas las aplicaciones, en lugar de apagar directamente el equipo.

            Quedan unos pocos minutos para que toque el timbre de salida.

            El profesor insta a los alumnos a que suban las sillas sobre los pupitres, de forma que el trabajo de limpieza por la tarde sea menos pesado. Comienza un ruidoso descalabro de tubos de acero pintados de verde y asientos de contrachapado. Acaba el ritual, toca el timbre y todos los alumnos huyen en tropel como si algún monstruo hubiera aparecido de pronto en el aula. El profesor, exhausto, queda abstraído en medio del espacio vacío del centro. Es joven, cumple escrupulosamente todos los protocolos y piensa en la inmensa suerte que ha tenido al conseguir una cierta estabilidad laboral dentro de su condición de interinidad. Utilizará la tarde entera en llevar perfectamente preparados, empacados y deglutidos los contenidos del día siguiente.

Mismo centro, ocho y media de la mañana del día siguiente.

La madre de uno de los alumnos que no asistieron el día anterior a la última clase pregunta por el profesor. En conserjería le informan de que el profesor a quien busca no tiene docencia directa a esa hora. La madre, ya molesta, se enfurece y blasfema, pasa directamente a los despachos de secretaría donde, sin mediar palabra, registra una queja firmada por varios padres más. La ley es clara, y con un cincuenta por ciento del alumnado ausente, el profesor tiene que limitarse a repasar contenidos ya impartidos.

Quince días después, el ignorante profesor recibe la visita inesperada del inspector.

domingo, 22 de octubre de 2023

TODOS LOS GUETOS

 


Ante la situación actual del conflicto Palestino-israelí, creo que es importante para el ciudadano, entre tanta exaltación, desinformación y, sobre todo, y lo más alarmante, censura y prohibición, posicionarse de alguna manera.

            En mi caso, sólo serán unas imágenes y breves apuntes sobre textos de lectura reciente que me han llevado a escribir esta breve nota.

            Paseando por la judería de Segovia, una de las más notables, y también de las peor tratadas en su momento, llama la atención las muchas puertas que conservan en sus cerraduras vestigios del pasado hebreo. Se cuenta que los sefardíes conservaron la llave de sus casas con la esperanza de volver algún día. Estas puertas –como la que se reproduce en la imagen- hoy nos hablan un lenguaje perverso. Ver la imagen de la llave junto al bajorrelieve de un pez nos recuerda que el Estado Israelí (que no es equivalente del Pueblo Judío como Hamas no lo es del Pueblo Palestino) mantiene entre sus fronteras y el mar una cárcel a cielo abierto de diez kilómetros de anchura llamada Franja de Gaza. La memoria preservó a los judíos de la extinción como identidad cultural, y es la tozuda memoria la que avisa del genocidio que ellos mismos están ahora mismo llevando a cabo en esa cárcel.

            En un pasaje de Color. Historia de la paleta cromática, de Victoria Finlay, tomando, imagino, como fuente al clásico Los judíos en España, de Joseph Pérez, la autora nos ilustra un momento crucial de la historia de España en el que las carabelas de Colón tuvieron que maniobrar a la salida del puerto de Palos por las muchas barcas que allí se concentraban en plena escapada judía desde Cádiz. El destino de estos judíos fue el Norte de África: el Magreb y el Reino de Fez (donde fueron maltratados), Túnez, Argel, Orán, y, sobre todo, el Imperio Otomano, donde pudieron vivir, prosperar e incluso tener esclavos cristianos: territorios todos de creencia islámica mayoritaria. El sultán Bayaceto II estaba especialmente encantado con la diáspora judía, pues pensaba –y con razón- que Fernando el Católico había sido poco inteligente al dilapidar de forma tan gratuita la riqueza de su país. El espacio del que ahora el Estado Israelí quiere expulsar a toda costa al Pueblo Palestino formaba parte del Imperio Otomano en época de la Diáspora Sefardí. Nuevamente la historia nos ofrece curiosas paradojas.

            Posiblemente en la memoria del pueblo judío todavía se guarde el buen trato que en aquellos territorios del Islam se le dio a sus antepasados, es evidente que, muy al contrario, el Estado Israelí lo ha olvidado por completo.

            No voy a nombrar el Holocausto para no alargar esta nota en exceso, pero sí recordar que los primeros Guetos no fueron alemanes ni datan del siglo XX, sino italianos (de ghetto “fundición en hierro”) de principios del siglo XVI para ubicar a los muchos judíos españoles que terminaron recalando en la península italiana, en los territorios que no eran de la Corona de Aragón, único espacio europeos que se los recibió al principio. Un posible habitante de uno de los primeros guetos pudo ser Juan Leonardo de Martinengo, un artesano sefardí expulsado en 1492, que acabó viviendo en Cremona donde enseñó el secreto de la construcción de violines a los hermanos Amatti, recogido con el tiempo por Guarnieri y Stradivari; no está de más recordar a este misterioso personaje, ni a Victoria Finlay, que lo rescató de las tinieblas para el público general.

            La Franja de Gaza es el mayor gueto de la historia y no ha sido mejor tratado que otros guetos históricos de triste memoria. Su creador, con la aquiescencia europea, por ejemplo, es el Estado Israelí.

Se habla mucho ahora de deshumanización; yo incluiría también objetualización o cosificación como término cercano, y tengo mis razones. Si el gueto es el primer paso de la deshumanización de las comunidades, la manipulación mediática es el principal vector de su objetualización. Y en este caso, nadie se salva. Los musulmanes hoy están siendo absolutamente deshumanizados, no solo por Israel, sino por todo occidente, la confusión de un ente como Hamas con un pueblo entero, a pesar de ser tan burda, no es inocente ni gratuita. Pero también el Pueblo Judío está siendo deshumanizado, hay judíos muy críticos con las actuaciones del Estado Israelí, en Israel y en otros países, pero son acallados. Tanto el Pueblo Palestino como el Pueblo Israelí están siendo radicalmente objetualizados, en tanto comunidad y también como individuos y ciudadanos. Los medios de ultraderecha en Estados Unidos, Italia o España pagan cientos de cuentas en redes sociales para llevar a cabo esa objetualización que concierne a sus intereses, sembrando el terror en la población occidental. Tenemos claro que Hamas es un grupo terrorista, pero parece que olvidamos que el terrorismo también se ejerce sin el sacrificio de seres humanos.

Hace unos días, en una clase de secundaria, varios alumnos se dirigieron a mí diciendo que tenían miedo y que no querían morir con solo 17 años, que España estaba en alerta máxima por ataques yihadistas. Yo les tranquilicé diciendo que, si ese peligro existía -que habría que comprobarlo con fuentes oficiales-, se trataría en todo caso de los llamados “lobos solitarios”, y que en España había miles de ciudades, aldeas y pueblos, y existían más posibilidades de ser atropellado por un coche que de ser víctima de uno de esos lobos. Quién sabe si en algún estado europeo a día de hoy me hubieran abierto expediente por esas palabras, de momento, hay periodistas gráficos despedidos en USA por hacer una caricatura de Netanyahu. Resulta curioso comparar esa censura con la salvaje condena que Charlie Hebdo sufrió por unas caricaturas de Mahoma.

            En cualquier caso, con mucha diferencia, la mayor objetualización, deshumanización, secuestro y genocidio la sufre actualmente el Pueblo Palestino que habita la Franja de Gaza, por parte del Estado Israelí y sus aliados estratégicos, y obviar y ocultar ese hecho por parte de Occidente será un descrédito, una culpa, un baldón que permanecerá por mucho tiempo como una importante duda sobre la credibilidad de nuestras democracias.

Imagen:

Cerradura de la Judería de Segovia, @ B. Medina, 2017.

Bibliografía:

Pérez, Joseph (2005). Los judíos en España, Marcial Pons, Madrid.

Finlay, Victoria (2023), Color. Historia de la paleta cromática, Capitán Swing, Madrid. Traducción de Eva Acosta.

martes, 15 de septiembre de 2020

EL ALEPH DE TODOS LOS CHISMORREOS

 



Al tiempo que homenajeamos y reivindicamos a los antepasados, pensando que ellos no nos van a tomar en cuenta semejante atrevimiento, olvidamos voluntariamente su carnalidad, su semejanza implacable, aunque sea remota, con nuestros cuerpos. Hablamos con olímpico desdén de salvajismos, de sangrientas guerras del pasado, olvidando que, como sabía Freud, la cultura es una fina línea que nos separa de la barbarie. A la postre, como dijera el descarnado Coulaincourt de Bayeux, todos somos parientes de todos los difuntos.

Subió una vez más las escaleras que daban a su oscuro cuarto trastero. Lo hacía cada vez con menos frecuencia, pues el acantilado de recuerdos ingratos, de escenas indeseables, de sueños frustrados, de acciones desgraciadas, de movimientos adversos, de errores trágicos, de pasos equívocos, de dibujos mal esbozados, de pensamientos vacíos y enormes, de gestos malsanos, de apuros presuntuosos, de necedades vagas, de estupideces egoístas, de basura existencial, era tan alto y tan pesado, que la sola visión lo acongojaba. Había optado por vivir en un piso estrecho y pobre con tal de poder permitirse un trastero con espacio suficiente como para encajonar tantos escombros olvidados. No era capaz de deshacerse de ellos.

Aquella tarde inspeccionó un rincón de trastero que tenía especialmente descuidado desde hacía años. Era un lugar olvidado porque no le gustaba frecuentar sitios como aquel, donde el resentimiento era tan evidente que hasta él mismo tenía que apartar el rostro debido al hedor, pero aquella tarde se sentía con fuerzas. Al poco se fijó en un mínimo temblor, un brillo quejumbroso que llamó su atención. Parecía una esfera metálica, apenas dos o tres centímetros de diámetro y se hallaba aparcado junto a una estantería de legajos en voladizo. Él no podía saberlo, pero aquella esfera estaba allí desde antes siquiera de construirse el trastero, de edificar ese edificio o el anterior, o el anterior del anterior. La esfera, simplemente, había encontrado su momento. Escuchó un rumor, un bisbiseo de serpiente que subía y bajaba de intensidad. Se acercó un poco más y el rumor creció y se hizo entendible. Empezaba a reconocer las voces amortiguadas de algunos de los vecinos; chiquillos que discutían con sus madres, pensionistas en trance de salir a la calle, hombres y mujeres que volvían de su jornada laboral, jóvenes que estudiaban en un piso compartido. Escuchaba las voces de todas las viviendas a la vez y, sin embargo, no se superponían, permanecían claras y diáfanas unas junto a otras. Al tiempo, supo ya perfectamente a quien pertenecía cada tono, cada expresión, cada grito o susurro improvisado. Conocía el nombre y apellidos exactos de cada uno de ellos, el tono preciso, su modulación y su timbre. Esperó a que cayera la noche, no tenía nada mejor que hacer y además en el trastero, oculto a la luz del día, no podría saber la hora exacta hasta que oyera reunirse a las familias para la cena; justo el momento que él esperaba. Pasaron las horas y la esfera fue dejando de vibrar y apaciblemente pareció entrar en un sueño contenido. Bajó a casa y se tumbó en el lecho, pero apenas pudo dormir.

Al día siguiente, antes de amanecer, vestido apenas con el pijama, subió corriendo de tres en tres escalones hasta la letrina en que se había convertido su trastero. Tenía todo el día por delante, un día placentero durante el cual vivir las vidas de todos los vecinos del bloque en cercana intimidad.

Él todavía no lo sabía, pero había descubierto un Aleph de los chismorreos, un objeto que, semejante al descrito en 1949 por Jorge Luis Borges, le permitía acceder a todos los objetos del universo sin que estos se superpusieran. La única diferencia es que estos eran objetos sonoros emitidos por personas en aquel mismo instante, o como se solía decir entonces, en tiempo real. Años más tarde se acuñaría internacionalmente el término inglés streaming. Eso tampoco lo sabía nuestro hombre: él pensaba que las voces que percibía eran de personas cercanas a su cuarto trastero, de la misma forma que suponía que el Aleph, o lo fuese aquello, era único y personal. De su primer error salió poco a poco afinando su capacidad de observación y ampliando el radio de acción, de su segundo error probablemente jamás saldría, porque desconocía que había múltiples Alephs de los chismorreos distribuidos por los trasteros y sótanos del mundo y que esas esferas escondidas se consultaban siempre por los usuarios en la más estricta soledad culpable.

Pasaron los días y su capacidad de escuchar a un tiempo múltiples conversaciones del orbe se fue perfeccionando. Él creía en su pericia y se vanagloriaba en su interior por tan depurada técnica, pero en realidad era el Aleph de los chimorreos el que modulaba su influjo y acaparaba el resto de las capacidades del observador, de tal modo que se convertía en el único canal de contacto con la realidad circundante de su interlocutor. Porque otra capacidad que parecía tener el Aleph de los chimorreos era la posibilidad de influir, como una mala sombra, sobre las opiniones o actos de aquellos a quienes se escuchaba. No todos los dueños de un Aleph de los chimorreos eran capaces de acceder a ese poder, puesto que la mayoría se conformaba con observar y conseguía mantener un equilibrio entre su vida personal y las horas consagradas a la esfera. Sólo aquellos que estaban más entregados, por su aislamiento o fragilidad, al Aleph de los chismorreos, llegaron a desarrollar aquel poder. Las voces anónimas de estos adelantados se mezclaban en una aparente intimidad con las de algunas de las personas escuchadas, de forma que estas parecían emitir juicios o impresiones sin aparentemente notar que no eran suyos, sino ajenos, y surgidos durante la entrevista de algún lejano desconocido con la esfera.

Quienes hablaban influidos por la voz del Aleph de los chismorreos y, en último término, de su dueño, no eran conscientes de sus frases, no así los familiares o amigos que los escuchaban, que al principio no daban crédito a las palabras apócrifas que pronunciaban normalmente los miembros más locuaces del grupo. Las personas caían frecuentemente en evidentes contradicciones en sus ideas u opiniones, lo que provocaba la perplejidad de los escuchantes y el placer de los dueños de los Alephs de los chismorreos que las emitían.

Con el tiempo, las familias, las parejas y los amigos comenzaron a chocar cada vez con más frecuencia, a discutir por nimios asuntos a los que, sin saber la razón, les imprimían toda la fuerza que no empleaban en otros quehaceres cotidianos, a desconfiar unos de otros antes los cambios de versión de sus palabras. Pasaron los años, y los recuerdos ingratos, las escenas indeseables, los sueños frustrados, las acciones desgraciadas, los movimientos adversos, los errores trágicos, los pasos equívocos, los dibujos mal esbozados, los pensamientos vacíos y enormes, los gestos malsanos, los apuros presuntuosos, las necedades vagas, las estupideces egoístas, la basura existencial, fueron acumulándose sobre las personas como los estratos de un sórdido vertedero en las afueras de una ciudad.

Los dueños de los Alephs de los chismorreos, pasadas unas décadas, se habían multiplicado hasta superar en número a aquellos que desconocían su existencia. ¿Y qué fue de nuestro hombre del trastero? Es posible que muriera de inanición pegado a la esfera o bien de un reventón de escuchas. Nadie se enteró, porque siempre estuvo solo. No fue un destino particular, ocurrió con muchos otros dueños antes de que algunos de ellos se dieran cuenta de que el Aleph de los chismorreos no era en realidad un reproductor de las voces del orbe sino simplemente el amplificador de una sola y triste voz, la voz de la barbarie, del lodo esencial que todos los muertos antiguos sintieron, tocaron, vieron o escucharon alguna vez a lo largo de su corta vida.

domingo, 29 de diciembre de 2019

UN RECUERDO PARA EDICIONS DE PONENT


A la memoria de Paco Camarasa.


Hace ya más de tres años que se nos fue el responsable de una de las aventuras más saludables del panorama editorial español: Paco Camarasa Pina. Desde que en 1995 optara por entrar en el mundo de la historieta con la editorial Joputa CB, junto a Diego de la Torre, su actividad no cesó hasta su muerte. Su logro más importante es la creación y posterior internacionalización de su propia aventura: Edicions de Ponent, ese semillero de autores españoles que desde la humilde ubicación en Onil, donde Paco tenía la imprenta, o Castalla, su residencia, pero siempre en Alicante, demostró lo necesaria que era una apuesta independiente y libre, tanto para autores como para lectores. En 2003 fundará Ponent Mon, cuya filial en Rasquera (Tarragona) es hoy su único hijo vivo.
Lo que quiero destacar hoy de Paco Camarasa no es su extensa pléyade de premios (entre los que se incluye el Yellow Kid de 2005, (considerado el Óscar de los comics), ni su prestigio, fraguado con el trabajo exigente y entregado. Sus ediciones han cosechado multitud de reconocimientos, como el Premio Nacional del Comic de 2010 (entre otros) a El Arte de Volar, de Kim y Altarriba, ya sólo encontrable rebuscando en descatalogados, o el Premio nacional de Ilustración, ese mismo año, para Ana Juan (hoy reconocida internacionalmente) por Snowhite. A estos hitos podemos agregar, en distintas ediciones, los siguientes: Premio a la labor prohistorieta, al mejor guion y al mejor dibujo cómico del Diario de Avisos; Mejor Contribución Cultural del Cómic, XII Premios Cartelera Turia; premios a la mejor obra, guion y autor revelación en el Salón del Cómic de Barcelona; el White Ravens, el Junceda en la categoría de cómic y el Premio Nacional de Cómic de Cataluña.
Tampoco voy a hacer una inmersión especial en su faceta de animador cultural como Presidente de la Asociación de Editores de Cómic de España, o la creación del Centro de Documentación del Cómic en 2008, en Onil.
Y no quiero centrarme tampoco en la encomiable apuesta por los autores españoles por encima de todo, con ediciones de gran calidad, resumida en su frase: «Mientras que la mayoría de las empresas editoriales de cómics españolas se dedican a vender material internacional aquí, nosotros nos dedicamos a editar a autores españoles y vender sus derechos en el extranjero» ver. Es innegable que si más empresas españolas tomaran ese camino este país se convertiría de facto en lo que es en embrión, una potencia mundial en el mundo de la historieta y la ilustración.
Lo que quiero realmente destacar es que la labor de este gigante de la edición fue desde el principio una jugada no solo de riesgo, sino de clara pérdida económica. Cuando se decidió a dar el paso lo hizo sabiendo que podía permitirse perder 3000 o 4000 euros semanales. Lo que animaba a Camarasa era su amor al cómic, como en otros editores españoles, hoy olvidados, lo fue hacia la literatura. Camarasa quería dejar un legado, un legado digno, y abrir el paso a gente válida a lectores necesitados de esos talentos. El beneficio económico no importaba, un lema que hoy parece a muchos algo propio de locos o sonados.
Nadie ignora que este tipo de iniciativas va quedando paulatinamente reducidas a cenizas por la angustiosa presión de los gigantes de la edición y, sobre todo, de la distribución, cuyo único cometido es llenar las arcas con un material tan sensible como frágil. Llegados a este punto, la figura de Paco Camarasa me hace pensar en los héroes clásicos, que ejecutaban hazañas por encima de sus posibilidades.
Tras su muerte, a esta filantrópica empresa llamada Edicions de Ponent le pasó lo que todos sabemos: nadie se hizo cargo de las relaciones contractuales con los autores, ni de las obras vivas, ni de los fondos de editados ver, que fueron en su mayoría a alimentar el confuso mundo de los descatalogados y la segunda mano.  Sólo nos queda disfrutar de lo ya editado, como ejemplo, la inigualable Pareidolia de la multidisciplinar artista Rosana Antolí, el exquisito Míseres, de Francesc Grimalt o Sólo los muertos no hablan, de Ángel Muñoz; o bien, buscar los fondos que todavía se encuentren en el mercado y rezar para que otro loco se acuerde del cómic de autor nacional.

viernes, 1 de noviembre de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/09. Con Lucía Chovancova

"Donde habito es en el español", Lucía Chovancova

Nacida en Eslovaquia y enamorada del idioma castellano, Lucía Chovancova se licenció en Filología Hispaánica en Granada, donde ejerce como profesora y ultima su tesis sobre cuentos populares. Ha estudiado también Antropología Social y Cultural. Hablar con ella es realizar un viaje exquisito a las intimidades de nuestro idioma y a las músicas centroeuropeas.

Pincha aquí para escuchar el programa: https://www.ivoox.com/amalgamas-lucia-chovancova-audios-mp3_rf_33936826_1.html

viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/06. Con Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

"No es que haya muchos hechos, es que hay muchas noticias de un hecho" Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

Las nuevas configuraciones y formas del periodismo, las modernas manifestaciones de la poesía y los poetas digitales como @srtaBebi son tratados con desenvoltura por nuestra joven estudiante de Periodismo y Comunicación con mucho futuro, Inés Sánchez-Manjavacas.

Pinchar en el enlace para escuchar el audio del programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-ines-sanchez-manjavacas-audios-mp3_rf_32463766_1.html