martes, 25 de enero de 2022

ESPIGADORES

 


El pasado 9 de enero, la ensayista Irene vallejo publicaba en El País Semanal, dentro de su sección El Atlas de Pandora, un artículo donde hablaba, con su natural perspicacia y elegante prosa, del exceso de objetos en nuestra sociedad y de la constante obsesión por desecharlos y adquirir otros nuevos, práctica que, como es habitual, relacionaba con referencias sacadas del mundo clásico, en este caso de la antigua Roma, primera empresa multinacional de la historia. La autora de El Infinito en un junco, cita en una parte de su texto el antiguo oficio del espigador, asociado usualmente a la siega del cereal. Eso me hace recordar a uno de nuestros mejores narradores de postguerra, quizá en mejor cuentista, Ignacio Aldecoa, que tantas páginas dedicó a los oficios del campo y de la pesca. Resulta muy recomendable acercarse a su obra a través de la selección que hiciera su esposa, Josefina Rodríguez, también escritora, para la prestigiosa editorial Cátedra. Rescató la autora en su antología una serie de cuentos dispersos que clasificó por temas, a saber: El trabajo, La burguesía, Los condenados, Los viejos y los niños y, por último, Los seres Libres. En todos ellos luce un lenguaje preciso, ajustado, lleno de vocablos que hoy puede que no reconozcamos, pero que enriquecen el texto y lo dotan de detalle: almádana, blocao, estaribel, celemín, portegado, huelgo, chicón y tantos otros. La prosa de Aldecoa es realista, absolutamente realista, al igual que sus temas, que retratan en pequeños flashes la vida pobre y anodina de los españoles de los años cincuenta y sesenta; sin embargo, sus cuentos están impregnados de una poesía sutil y a la vez repleta de sabor, como si de un tinto de crianza se tratara, que es lo que los dota de su inconfundible encanto. Aldecoa no derrocha, no desprecia ni una sola frase, se sirve de los materiales justos, no se deja llevar por adornos innecesarios; al fin y al cabo, lo que hace es acompañar a los personajes y a su peripecia con la prosa adecuada y precisa a su realidad. Se me figura, sólo se me figura, que la narrativa de Aldecoa es el ejemplo más alejado que se pueda encontrar a esa otra realidad actual que tan bien retrata Irene Vallejo.

En esa España tan cercana, pero tan lejana a la vez, el escritor vitoriano se acerca, en efecto, a los trabajadores del campo, de la pesca, de la construcción para hacerlos protagonistas principales. La urraca cruza la carretera, sobre los peones camineros y Seguir pobres, sobre la siega, son dos de sus cuentos más representativos. En esos ámbitos nada sobra, nada se derrocha, los hombres se encuentran vinculados a una inclemencia, una intemperie constante, secos, curtidos; van de campo en campo, de comarca en comarca, bajo un fondo hiriente salido de los óleos de Godofredo Ortega Muñoz, cosechando, picando. Nada queda para los espigadores aquí, aquellos que recogen lo que la siega ha desechado. A pesar de todo, el oficio de espigador es antiquísimo, practicado incluso en épocas de auténtica carestía; de hecho, es un oficio tan ancestral que el insigne folklorista y cantautor Joaquín Díaz lo versiona a partir de un tema del siglo XVI recogido en el cancionero de Francisco de Salinas que podemos escuchar aquí.

Como podemos comprobar al escuchar esta humilde cancioncilla, las espigaderuelas, jóvenes, puede que niñas, entraban en el rastrojo cuando el segador se retiraba para recoger los minúsculos granos sobrantes. El texto recogido por Joaquín Díaz urge precisamente al segador a salir y dejar algo a la pequeña espigadora.

De eso mismo, de espigar y rebuscar, va el documental que aquella gran dama del cine francés, Agnés Varda, llamada “la abuela de la Nouvelle Vague rodara en el año 2000; Los espigadores y la espigadora. Varda, de origen griego, tuvo un extensa carrera -pues su primera película data de 1954 y la última se rodó en 2019-, ganó el León de Oro, el César francés e incluso el Óscar honorífico. En el año 2000 descubre las cámaras digitales domésticas y su apetito de cine la lleva a recorrer media Francia partiendo del célebre cuadro de Millet, Las espigadoras, de 1857, que muestra precisamente a esas esforzadas mujeres agachadas recogiendo el magro fruto tras la cosecha. Desde el entorno rural que muestra Millet, Varda se sumerge en un mundo urbano donde multitud de ciudadanos, ya sea por necesidad, por conciencia o por vocación artística, se acercan a los mercadillos, las grandes superficies comerciales o los portales de las casas de los vecinos a recoger lo que otros han desechado. Así, en un viaje desenfadado, trufado de poesía y del fino humor de Agnés Varda, llegamos a conocer a personajes variopintos de todas las edades y extracciones sociales. Ella misma espiga en sus entrevistas rescatando datos y declaraciones en torno a esa faena de no dejar que se pierda lo que otros despreciaron. La vemos acercarse, incluso recoger ella misma, patatas en un enorme montón desechado junto a la parcela cosechada, manzanas que maduran y caen del árbol con un leve balanceo, tomates abandonados, hortalizas, uva.

Agnés Varda, como sin querer, nos pone delante de nuestra realidad, la de una sociedad que no sabe el valor y el esfuerzo que significa cultivar o fabricar un producto y que se desprende de él al más mínimo defecto o mancha. Una lección desde la perspectiva de hace dos décadas para los tiempos de carestía que se nos avecinan. Cuando nos asomamos a las duras condiciones de vida de los trabajadores de Aldecoa, cuando escuchamos la llamada a la solidaridad dentro de una canción del XVI, cuando vemos los rostros curtidos de los entrevistados por Varda, se nos hace más claro el sinsentido de esta sociedad entregada al frenesí del derroche y de la inconsciencia.

Hay que decir que la ley francesa protege secularmente la actividad del espigueo o de la rebusca (así llamada cuando se refiere a árboles). Los ciudadanos tienen todo el derecho, por encima de la opinión de cada cosechero, de recoger el fruto despreciado, marcando incluso unos horarios y unas distancias concretas y regladas. España, país de traperos, rastros y rebuscadores seculares (léanse La busca, de Pío Baroja), no ha tenido nunca legislación precisa sobre el espigueo. En nuestro país, las nuevas leyes contra el desperdicio alimentario pretenden paliar el insoportable panorama de toneladas de alimentos consumibles que acaban en la basura (solo en hogares hablamos de 1.364 millones de kilos/litros de alimentos anuales, según fuentes del Gobierno de España). Cataluña ha promulgado recientemente legislación sobre el tema (Ley 3/2020 de 11 de marzo, de prevención de pérdidas y despilfarro alimentario, en BOE nº 78 de 21 de marzo de 2020) donde se reconoce la práctica del espigueo, aunque con la autorización previa del titular de la explotación.

domingo, 26 de diciembre de 2021

968782897

No recuerdo cuando contrató mi padre el número, en todo caso, hace décadas. Puede que lo hiciera con la idea de que sus hijos, que irían a estudiar fuera del pueblo en fechas próximas, tuvieran una comunicación directa con la casa paterna. Sé que cuando empecé en Granada ya existía. Recuerdo hacer colas nocturnas en las cabinas del barrio de estudiantes para marcarlo, sobre todo aquella vez que se corrió la noticia de que la cabina de la esquina funcionaba sin dinero. Me atracaron incluso al ir a llamar en la del polígono; unos gitanos que volvían de fiesta a quienes entregué la calderilla que llevaba en el bolsillo. Esa noche no recibieron mi voz en la casa del pueblo. También recuerdo la barra del bar en cuyo extremo me apoyaba para llamar desde el teléfono del local. Tengo presente en mi memoria la luz verdosa de los tubos fluorescentes, el olor a fritanga y el ligero, pero constante, crepitar de la línea.

Con el paso de los años fui yo el que con más frecuencia comenzó a contestar en ese número. Había ansiedad, urgencia, procuraba ser yo el que descolgara primero en las horas pactadas; también recuerdo buenas y malas noticias, en aquel momento trascendentales para mí, comunicadas a través de aquella línea: trabajo, enfermedad, amor.

Años más tarde volví a ser yo el que llamaba, ahora desde mi casa particular, no desde las calles frías o los bares hostiles. El tiempo fue incluyendo miedo y desazón en esas llamadas que desaparecían al oír la voz tímida y remisa de mi madre. Pero fue a ese número al que llamé para comunicar la muerte de mi abuela, y desde él me llamaron para decirme que mi tía había muerto y que tenía que volver al pueblo, y fue finalmente mi madre la que descolgó para decirnos asustada que mi padre no se movía, que ella creía que… Con el tiempo, los astutos móviles lo fueron relegando a una mera presencia consoladora. Mi madre casi nunca llegaba a tiempo para coger el fijo, así que la llamábamos al móvil, siempre en su bolsillo, agazapado y atento.

                Sobre todo, y por encima de las escaramuzas y traiciones de la vida, el número se ha quedado grabado en mi mente. Recuerdo otros, qué duda cabe, unos con el seis delante, otros con el nueve, en los demás a veces dudo, pero el 968782897 es el rey de todos, es inmanente, imperturbable en mi cerebro. Lo pronuncio a veces: “nueveseisochosieteochodosochonuevesiete”.

Tiene ritmo, belleza, una matemática interna, algún tipo de poder, o al menos es lo que a mí me parece.

Ayer, víspera de nochebuena, recibí un mensaje de texto a mi móvil: la compañía confirmaba que se había tramitado la baja del número 968782897. Hacía meses que la casa estaba vacía y que la única puerta al exterior era un teléfono que jamás respondía. A mediados de diciembre solicité la baja. Un par de semanas antes, mis hermanos y yo firmamos la aceptación y adjudicación de herencia de mi madre. Hoy he llamado por última vez a ese número para constatar lo que ya sabía: “no existe ninguna línea con esa numeración”. Lo he hecho dos veces, buscando quizá una explicación, un sentido, una segunda parte o una prórroga. Hoy es Navidad, dicen, y en este día señalado he cortado el último cable con mi vida anterior, con una etapa en la que el pasado era todavía presente, se le podía interrogar, mirar a la cara. Las puertas de esa casa íntima que es la familia en la que nos criamos, en la que crecimos y nos hicimos una idea del mundo, en la que sufrimos la experiencia de hacerse mayor, se han cerrado en mí para siempre. Un hecho cotidiano, vulgar, como pulsar unos botones o atender a un auricular ha dado el aldabonazo final, irreversible, a ese pesebre en el que nos guarecimos tantos años, a veces remisos y sin quererlo. Ahora sólo queda la intemperie.

domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MUERTE DE NUESTRO PELUQUERO

 



La noticia nos llegó por teléfono a través de la persona que nos lo presentó, nuestra amiga Isabel. Javier, nuestro peluquero de toda la vida, sin previo aviso hacía unos pocos días, con apenas cincuenta años de edad. Conocíamos a Javier desde hacía veinte años, y habíamos sido sus clientes habituales durante todo ese tiempo sin interrupción. No somos personas especialmente preocupadas por la imagen exterior, ni tampoco hemos sido unos clientes especialmente asiduos; podían pasar dos o tres meses sin que apareciéramos por su local. A pesar de ello, quizá sí fuimos los más antiguos y fieles entre todos los que frecuentaron alguna vez la peluquería. Por eso mismo nos resulta tan difícil asimilar su muerte.

Nos acercábamos a la capital (en mi pueblo dicen bajábamos) exclusivamente para visitar a Javier, para que nos hiciera el tinte, el corte, nos suministrara diversos champús, cremas y masajes –en los últimos tiempos como pequeñas dosis de drogas amables- con los que fue colonizando nuestra estoica manera de pasar la vida. Allí, en el local, estábamos como en nuestra casa, en una burbuja cálida de confidencias, contando pormenores y anécdotas de las últimas semanas. Javier siempre nos escuchaba con la misma paciencia ligeramente irónica, tranquila, dotada de ese tempo único e intransferible, ligeramente flemático, que formaba parte de su personalidad. A veces dejaba escapar apuntes sobre la sociedad que le rodeaba y con la que convivía día tras día, hora tras hora, detrás de secadores, lavados y tijeras; una sociedad absolutamente superficial, vacua, egoísta hasta la extenuación que soportaba como quien aguanta las molestias del calor veraniego. Nosotros, que éramos de pueblo, constituimos siempre un soplo de aire fresco para él, al menos eso nos quiso transmitir; que fuese una pose o una displicencia, una manera fácil de agasajarnos, nunca nos importó, disfrutar de su personalidad era más importante, y él sabía perfectamente que, dijera lo que dijese, nosotros seguiríamos acudiendo con la misma frecuencia y el mismo agrado.

                Llegaras cuando llegaras, fuera sábado o laborable, mañana o tarde, él siempre estaba allí, podrían pasar semanas y es como si no se hubiera movido, con la misma sonrisa imperturbable, las mismas camisas floreadas, la misma inmoderada afición a cambiar tu look, a ofrecerte algo nuevo, a aconsejarte un producto distinto; no lo podía evitar, era superior a sus fuerzas y bromeábamos con ello.

Javier fue una especie de promesa de eternidad; las estaciones se sucedieron, generaciones de alumnos desfilaron por las aulas, nuestros padres fallecieron, nuestros viejos amigos nos abandonaron, y él siguió allí, indomable, tranquilo. Llegabas a la capital, cruzabas Maestro Alonso y lo veías. Nada cambiaba, era un pilar o un cimiento, el pico lejano de una montaña, un lago cristalino, quién sabe. Isidora me dice que llevaba más tiempo casada con él que conmigo, y es cierto, y tiene sentido. Por eso, cuando nos lo dijeron, supuso una pérdida imposible, una quiebra absurda en nuestro mundo, un choque mental, un extraño sueño inmisericorde. No podía ser, no podía ocurrir. 

Una vez me ofreció una crema antiarrugas y yo le respondí con inconsciente petulancia que yo no necesitaba eso; se rio sanamente desde su eternidad poniéndome delante del espejo ante mi propia caducidad. No estoy hablando ahora de la muerte, que está presente y nos susurra todos los días desde que entramos en la adolescencia, que nos es natural y lógica; hablo del extrañamiento, de la extrañeza hasta límites irracionales. Nunca vimos el rostro de sus hijas, ni estuvimos en su casa, ni conocimos a su mujer, pero los atisbos, los rumores de un mundo inmutable que nunca conoceremos nos llegaron más ciertos y cercanos desde la presencia de Javier que desde las agujas de la torre de una catedral.

Cada vez que nos duchamos, nos miramos al espejo, nos peinamos, usamos sus productos, ahí está él. Su rostro, su recuerdo, sus aromas, su estilo. El cabello irá creciendo y borrará las ya difusas huellas, los envases se agotarán y las fragancias se perderán, tragadas por los desagües, y el tinte, el color, se irá desvaneciendo vencido por la lluvia del tiempo. Hasta siempre, Javier.






domingo, 14 de febrero de 2021

EPITAFIO PARA UN ZORRO

 

Al contrario que muchos de los aficionados a fatigar los montes, que apenas salen al campo buscan las cumbres como objetivo de su caminar o simplemente discurren por senderos planos y accesibles, yo busco las cicatrices más hondas de la tierra. Me sumerjo en los pliegues de su piel, busco las oscuridades de las cárcavas, a la espera de encontrar el sentido de su origen, remonto ramblas hasta las cuencas de recepción, o las bajo para que las sombras de algún barranco oscurezcan un cielo lejano. Hay en ese caminar una pulsión que no puedo racionalizar, salvo un trasunto psicológico de la vuelta al vientre materno. Creo que las ramblas son los caminos más antiguos, los más remotos y verdaderos, porque pertenecen a la propia tierra y no han sido adheridos como flecos de un traje confeccionado para otro.

En una de esas internadas mentales y físicas entré hace días, muy de mañana en la rambla del Collado de Antolín, umbrosa, secreta, reservada y muy callada. El viento de hacía unas horas había cesado por completo. Todo estaba inmóvil; atochas, matorral noble, las copas de los pinos, y abajo en lo más simple y humilde, incluso los ínfimos restos de las secas herbáceas del mes de febrero.

                Bajaba yo tranquilo por las grandes losas lavadas del cauce, todavía rodeadas de aureolas dejadas por las pasadas nieves cuando una mancha ocre llamó mi atención. Al instante comprendí de qué se trataba, en el tiempo de un relámpago pensé que se movería, pero un zorro, ni aun enfermo, jamás esperaría a la cercanía de un ser humano sin huir. Se encontraba recostado de lado, alargado sin rigidez sobre la suavidad de la losa. Su cuerpo reproducía la leve ondulación gris de la caliza, sinuoso, como simulando un breve sueño, las patas delanteras apoyadas una sobre otra como en el descanso, las traseras levemente estiradas. El hocico se estiraba en un apenas distinguible esfuerzo de agonía, los colmillos asomando con un simulacro de amenaza, fantasmagoría provocada por la huida correosa de los labios hacia atrás provocada por la muerte.

                El sol no había levantado y en el aire se extendía una claridad azulada, traslúcida, que envolvía los troncos grises de los pinos cortados o caídos sobre el cauce. El color de la pinocha mostraba por momentos, engañosamente, esa tonalidad venenosa de la ova en el fondo de las charcas, y un matiz umbroso de bosque boreal. Eso me hizo recordar los viejos cuadros de imágenes dobles en los que se veían las figuras de zorros formados por acumulaciones de hojas que acechaban a las incautas liebres.

Centré mis ojos en la losa.

He visto otros despojos y cadáveres de animales, caídos en una grieta, enroscados sobre sí mismos, evidenciando salvajes agonías, o simplemente despedazados por una fiera mayor. Este túmulo era diferente. La postura era natural, de un ser que acepta una muerte cercana y se deja llevar. Aunque en el anca derecha se veía una negra herida abierta que se extendía como un maleficio, la tersura del pelo se conservaba intacta, ni una sola hoja o brizna había caído encima. Por mucho que yo girara a su derecha o a su izquierda, no perdía aquella postura el aire de paz que la envolvía. Evité acercarme para no romper un extraño cerco sagrado que parecía elevarse a su alrededor.

Fue entonces cuando me asaltó la idea. Aquello era una tumba.

Los animales salvajes no reposan en tumbas, mueren sobre la tierra y sus cuerpos se difuminan con el tiempo. Los animales salvajes no fallecen, no son difuntos, tampoco los domésticos. A nadie se le ocurriría decir que su gato ha fallecido, o llorar a un perro difunto. Parece una falta de respeto al ser humano, como si solo éste mereciera tal apelativo. La raíz de la palabra difunto, del latín defunctus, cumplir o pagar una deuda, no alude en origen a un muerto, sino a alguien que cesa en sus funciones, a un jubilado. En cuanto a los términos fallecer/fallecido, vienen de una raíz más esquiva, fallere, en latín engañar, fingir, con el tiempo faltar. Pensamos hoy en el fallecido como alguien que muere de forma apacible, paulatina, no por un accidente, alguien a quien podemos despedir.

A los animales domésticos se les fabrican tumbas, sí, unas tumbas apócrifas que ellos no entienden. Los dueños lo hacen como desviación de sus propias costumbres. A los animales salvajes no. En la refinada recopilación de Cees Nooteboom titulada Tumbas de poetas y pensadores, el autor nos advierte que estos lugares son extraños en su contradicción, puesto que nos ofrecen una presencia imposible, la presencia de un ausente. Las tumbas son recuerdos, pero son los recuerdos para los humanos o, de una manera muy digresiva, recuerdos de animales humanizados.

Sin embargo, lo que tenía ante mí era una tumba.

                El zorro, el joven zorro, quizá vencido por una de las peleas del celo, o por un inoportuno y despistado cartucho de los últimos días antes de la veda, o por el hambre y el cansancio, había llegado hasta allí para dejarse, para prestar su cuerpo a la tierra. El lugar de su muerte era el lugar donde desaparecería definitivamente.

Una tumba. No hablo solo de la calidad marmórea de la losa, de la presencia del cuerpo sobre ella, como esculpido por algún artista decimonónico, de los calderones, riscos y viejos troncos que rodeaban la gran piedra, de las copas de los árboles más lejanos que facilitaban la penumbra, no hablo solo del silencio impresionante que se imponía al cesar los pasos y el viento, no hablo solo del espacio. Hablo de un espacio de tiempo. Las ramas en pocas horas tamizarían la futura violencia de la luz de mediodía, el sol se apagaría y la noche taparía el túmulo, brillarían las estrellas, amanecería, ninguna bestia había osado acercarse a aquella losa, ni quebrantado el silencio de días, una cúpula sagrada hecha de algún material que los hombres ya no conocemos rodeaba el cuerpo. El zorro era un difunto, había fallecido en la paz de los que no conocen la muerte, sino solo el instinto de vivir. Por un momento envidié su final, lo quise para mí en el día en el que hubiera de venir, solo en la oscuridad y el silencio de un bosque, por un momento. Bajé la cabeza un instante, presenté mis respetos al zorro y me alejé procurando pasar lo más desapercibido posible, sabiendo en el fondo que decenas de pares de ojos me contemplaban callados y quietos como en uno de esos cuadros de doble imagen.

 

Con mi agradecimiento a Juan José Bas, agente medioambiental.



martes, 15 de septiembre de 2020

EL ALEPH DE TODOS LOS CHISMORREOS

 



Al tiempo que homenajeamos y reivindicamos a los antepasados, pensando que ellos no nos van a tomar en cuenta semejante atrevimiento, olvidamos voluntariamente su carnalidad, su semejanza implacable, aunque sea remota, con nuestros cuerpos. Hablamos con olímpico desdén de salvajismos, de sangrientas guerras del pasado, olvidando que, como sabía Freud, la cultura es una fina línea que nos separa de la barbarie. A la postre, como dijera el descarnado Coulaincourt de Bayeux, todos somos parientes de todos los difuntos.

Subió una vez más las escaleras que daban a su oscuro cuarto trastero. Lo hacía cada vez con menos frecuencia, pues el acantilado de recuerdos ingratos, de escenas indeseables, de sueños frustrados, de acciones desgraciadas, de movimientos adversos, de errores trágicos, de pasos equívocos, de dibujos mal esbozados, de pensamientos vacíos y enormes, de gestos malsanos, de apuros presuntuosos, de necedades vagas, de estupideces egoístas, de basura existencial, era tan alto y tan pesado, que la sola visión lo acongojaba. Había optado por vivir en un piso estrecho y pobre con tal de poder permitirse un trastero con espacio suficiente como para encajonar tantos escombros olvidados. No era capaz de deshacerse de ellos.

Aquella tarde inspeccionó un rincón de trastero que tenía especialmente descuidado desde hacía años. Era un lugar olvidado porque no le gustaba frecuentar sitios como aquel, donde el resentimiento era tan evidente que hasta él mismo tenía que apartar el rostro debido al hedor, pero aquella tarde se sentía con fuerzas. Al poco se fijó en un mínimo temblor, un brillo quejumbroso que llamó su atención. Parecía una esfera metálica, apenas dos o tres centímetros de diámetro y se hallaba aparcado junto a una estantería de legajos en voladizo. Él no podía saberlo, pero aquella esfera estaba allí desde antes siquiera de construirse el trastero, de edificar ese edificio o el anterior, o el anterior del anterior. La esfera, simplemente, había encontrado su momento. Escuchó un rumor, un bisbiseo de serpiente que subía y bajaba de intensidad. Se acercó un poco más y el rumor creció y se hizo entendible. Empezaba a reconocer las voces amortiguadas de algunos de los vecinos; chiquillos que discutían con sus madres, pensionistas en trance de salir a la calle, hombres y mujeres que volvían de su jornada laboral, jóvenes que estudiaban en un piso compartido. Escuchaba las voces de todas las viviendas a la vez y, sin embargo, no se superponían, permanecían claras y diáfanas unas junto a otras. Al tiempo, supo ya perfectamente a quien pertenecía cada tono, cada expresión, cada grito o susurro improvisado. Conocía el nombre y apellidos exactos de cada uno de ellos, el tono preciso, su modulación y su timbre. Esperó a que cayera la noche, no tenía nada mejor que hacer y además en el trastero, oculto a la luz del día, no podría saber la hora exacta hasta que oyera reunirse a las familias para la cena; justo el momento que él esperaba. Pasaron las horas y la esfera fue dejando de vibrar y apaciblemente pareció entrar en un sueño contenido. Bajó a casa y se tumbó en el lecho, pero apenas pudo dormir.

Al día siguiente, antes de amanecer, vestido apenas con el pijama, subió corriendo de tres en tres escalones hasta la letrina en que se había convertido su trastero. Tenía todo el día por delante, un día placentero durante el cual vivir las vidas de todos los vecinos del bloque en cercana intimidad.

Él todavía no lo sabía, pero había descubierto un Aleph de los chismorreos, un objeto que, semejante al descrito en 1949 por Jorge Luis Borges, le permitía acceder a todos los objetos del universo sin que estos se superpusieran. La única diferencia es que estos eran objetos sonoros emitidos por personas en aquel mismo instante, o como se solía decir entonces, en tiempo real. Años más tarde se acuñaría internacionalmente el término inglés streaming. Eso tampoco lo sabía nuestro hombre: él pensaba que las voces que percibía eran de personas cercanas a su cuarto trastero, de la misma forma que suponía que el Aleph, o lo fuese aquello, era único y personal. De su primer error salió poco a poco afinando su capacidad de observación y ampliando el radio de acción, de su segundo error probablemente jamás saldría, porque desconocía que había múltiples Alephs de los chismorreos distribuidos por los trasteros y sótanos del mundo y que esas esferas escondidas se consultaban siempre por los usuarios en la más estricta soledad culpable.

Pasaron los días y su capacidad de escuchar a un tiempo múltiples conversaciones del orbe se fue perfeccionando. Él creía en su pericia y se vanagloriaba en su interior por tan depurada técnica, pero en realidad era el Aleph de los chimorreos el que modulaba su influjo y acaparaba el resto de las capacidades del observador, de tal modo que se convertía en el único canal de contacto con la realidad circundante de su interlocutor. Porque otra capacidad que parecía tener el Aleph de los chimorreos era la posibilidad de influir, como una mala sombra, sobre las opiniones o actos de aquellos a quienes se escuchaba. No todos los dueños de un Aleph de los chimorreos eran capaces de acceder a ese poder, puesto que la mayoría se conformaba con observar y conseguía mantener un equilibrio entre su vida personal y las horas consagradas a la esfera. Sólo aquellos que estaban más entregados, por su aislamiento o fragilidad, al Aleph de los chismorreos, llegaron a desarrollar aquel poder. Las voces anónimas de estos adelantados se mezclaban en una aparente intimidad con las de algunas de las personas escuchadas, de forma que estas parecían emitir juicios o impresiones sin aparentemente notar que no eran suyos, sino ajenos, y surgidos durante la entrevista de algún lejano desconocido con la esfera.

Quienes hablaban influidos por la voz del Aleph de los chismorreos y, en último término, de su dueño, no eran conscientes de sus frases, no así los familiares o amigos que los escuchaban, que al principio no daban crédito a las palabras apócrifas que pronunciaban normalmente los miembros más locuaces del grupo. Las personas caían frecuentemente en evidentes contradicciones en sus ideas u opiniones, lo que provocaba la perplejidad de los escuchantes y el placer de los dueños de los Alephs de los chismorreos que las emitían.

Con el tiempo, las familias, las parejas y los amigos comenzaron a chocar cada vez con más frecuencia, a discutir por nimios asuntos a los que, sin saber la razón, les imprimían toda la fuerza que no empleaban en otros quehaceres cotidianos, a desconfiar unos de otros antes los cambios de versión de sus palabras. Pasaron los años, y los recuerdos ingratos, las escenas indeseables, los sueños frustrados, las acciones desgraciadas, los movimientos adversos, los errores trágicos, los pasos equívocos, los dibujos mal esbozados, los pensamientos vacíos y enormes, los gestos malsanos, los apuros presuntuosos, las necedades vagas, las estupideces egoístas, la basura existencial, fueron acumulándose sobre las personas como los estratos de un sórdido vertedero en las afueras de una ciudad.

Los dueños de los Alephs de los chismorreos, pasadas unas décadas, se habían multiplicado hasta superar en número a aquellos que desconocían su existencia. ¿Y qué fue de nuestro hombre del trastero? Es posible que muriera de inanición pegado a la esfera o bien de un reventón de escuchas. Nadie se enteró, porque siempre estuvo solo. No fue un destino particular, ocurrió con muchos otros dueños antes de que algunos de ellos se dieran cuenta de que el Aleph de los chismorreos no era en realidad un reproductor de las voces del orbe sino simplemente el amplificador de una sola y triste voz, la voz de la barbarie, del lodo esencial que todos los muertos antiguos sintieron, tocaron, vieron o escucharon alguna vez a lo largo de su corta vida.

martes, 25 de agosto de 2020

ETIMOLOGÍAS PRIVADAS: SATURIO

El tiempo, que todo lo devora, acostumbra a hacernos burla y respetar lugares remotos y humildes mientras masacra sin piedad las grandes obras de los hombres. De alguna manera, las ruinas pequeñas son menos ruinosas, dentro de su penuria parecen menos devastadas que los grandes gigantes de la desmembración, léanse las abadías británicas. Los lugares humildes no tienen ningún destino intermedio, o desaparecen sin dejar rastro o se conservan milagrosamente como insectos en formol. Es el caso de la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga, ese eremitorio primitivo que hubo de terminar en cenobio y que a pesar de los expolios y del olvido continuado se nos presenta hoy como un puente elevado por encima de los siglos golosos.

En el interior de la singular construcción, pasado el arco ultrasemicircular, más allá de los espectros de pinturas desangradas, de la palmera iniciática y al fondo de ese bosque de columnas de la mezquitilla mozárabe se esconde la gruta minúscula donde algún monje hiciera su retiro del mundo. Entrar en ese espacio oscuro y estrecho me llevó hace casi veinte años a experimentar por un momento, en esa vuelta al embrión o al origen de una manera quizá tangencial, pero sincera, la experiencia de aquellos santones del siglo X y XI.

Más o menos por esas fechas inciertas, días antes o días después, recorrí por vez primera, rodeado de buenos amigos y de las inscripciones de los enamorados sobre los chopos de ribera, el delicioso paseo que va de San Polo a San Saturio, pasado San Juan de Duero. La ermita sobre el río, antes de que trace éste la famosa curva de ballesta, se encastilla desde el siglo XVII sobre una cueva que evoluciona en espiral dentro de una peña a las faldas de la Sierra de Santa Ana o de Peñalba. El lugar cogió pronto justa fama universal, mereciendo los paseos de escritores nacionales e internacionales (como Peter Handke, el reciente Nobel, ese socio intempestivo del Numancia).

No siempre fue así.

Soria entera sufrió largos siglos de letargo que la han revestido, no tan paradójicamente como cabría pensar, de ese encanto dormido que aún hoy conserva. San Saturio debió ser durante muchos siglos un solitario peñasco donde algún que otro eremita escondiera sus reumáticos huesos. Tal es así, que hasta el Santo Patrón de Soria, titular de esta ermita de obra barroca cuya advocación peleó durante un tiempo con la de San Miguel, es lo que se llama un santo pretermitido, es decir inexistente si no es por la devoción popular. El cronista más emocionado, salvando a Don Antonio, de la tierra de Soria, caminante de sus páramos, Avelino Hernández, mal editado como tantos hasta fechas recientes, es quién me da una clave del incierto origen del nombre de Saturio, esquivo godo del siglo VI. Recordando las bondades del lugar en esa precisa y singular guía titulada Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Avelino escribe:

Saturno era el Dios de los Infiernos y dicen que si se le adoraba en las profundas simas de la cueva que hay en la sierra de Santa Ana, cortada a tajo por el Duero. He visto escrito que cuando los visigodos se cristianaron se bautizó a Saturno por Saturio. Y si no es verdad puede serlo. (p. 230)

Perdonemos a Avelino mezclar al titán Saturno, dueño del tiempo, con Plutón, pero celebremos su aportación, pues es cosa aceptada que las Saturnales fueron fiestas y cultos liberadores muy arraigados en el mundo romano y post-romano que el cristianismo quiso borrar con empeño. El oscuro Saturio, eso sí, de haber existido, hubiera habitado las mismas tenebrosas cuevas que podrían ser refugio de un Titán.

En todo caso, Saturno ya era un Dios popular en el Lacio antes de la colonización del Cronos griego, y a ese Dios anterior, cuyo nombre nace de satus (sembrado) o de satio (sazón, siembra o cosecha), por tanto vinculado a la opulencia y a fertilidad, debemos las celebraciones del solsticio de invierno, las míticas Saturnalia, donde se celebraba el prodigalidad de la tierra con banquetes generosos, con dádivas y regalos a los parientes, con fiestas sin fin, donde se recordaba la fraternidad humana y el esclavo se sentaba a la mesa del señor para ser servido por este. Todavía en Plácido, de García Berlanga, esa ácida crítica a la mentira navideña, el mendigo se sienta a la mesa de las burguesitas provincianas. Hoy ya ni se nos ocurriría hacerle semejante honor al remoto Saturno.

Saturno quedó en Saturio, la abundancia y la fertilidad derivaron en renuncia a los placeres del mundo, a la comida, a la fiesta y, por supuesto, a la carne. Nunca nombres tan cercanos designaron principios morales tan alejados.

Hoy ya no existen eremitas en Occidente, algunos monjes camaldulenses aislados en el Yermo de Herrera, en Burgos, los ortodoxos pobladores de Meteora en Grecia y poco más, que procuran mitigar los rigores con unas pocas comodidades básicas, a saber: cuarto de baño, agua caliente, estufa de leña, y finalmente, sala de oración, para escribir o leer. Curiosamente, espacios no demasiado alejados de las cabañas o refugios alquilados, comprados e incluso construidos con sus propias manos por variados artistas, escritores o filósofos que tan bien ilustra el ensayo fotográfico Cabañas para pensar, que sacó a la luz Maia ediciones.

En la lejana India, sin embargo, los sadhu, los saturios del hinduismo, santones o monjes que renuncian a todo, incluso a esas mínimas comodidades, proliferan hoy como ayer por los suburbios superpoblados pidiendo limosna para luego refugiarse en el más absoluto y riguroso retiro o abstinencia de los placeres mundanos, una forma de vida que desapareció hace siglos de España. Luego están los que ejercen vida de ermitaño por obligación y un poco por espíritu de resistencia; estos son los habitantes de pueblos agonizantes que la civilización ha olvidado. Avelino Hernández describe a varios de estos en su libro ya citado o en un canto elegíaco titulado La Sierra del Alba. Es Julio Llamazares, quizá, quien mejor ha descrito esta forma de vida resignada de muchos pueblos en invierno y en su invierno con textos como El rio del olvido:

Días interminables, noches largas y oscuras, semanas y semanas encerrados en las casas escuchando la radio y jugando a las cartas y rezando en la noche para que nadie caiga enfermo y se muera sin poder salir de aquí. (p. 129)

Rezando en la noche.

Es cierto que, a la postre, Saturno venció a través de los dos ritos herederos de las viejas Saturnalia (Carnaval y Navidad), si bien descafeinados y ya carentes de todo sentido trascendente. Pero también es cierto que es cada vez más intenso el reflujo que lanza a los hombres, por amor a lo distinto –y a lo distante- a experimentar un retiro aunque sólo sea como experiencia limitada, muchas veces buscando un idílico paraíso campestre sin saber de la verdadera dureza del aislamiento, como prueban la multitud de fracasos en este tipo de experiencias.

Soria, la provincia, la ciudad, conserva todavía ese halo eremita, nos ofrece ruinas discretas y amables, alguna terrible (como esa enorme fortaleza de Gormaz) y ha conseguido preservar en su despoblación el lejano aroma de aquellos sadhu que la poblaron de forma precaria y anónima. Parece un contrasentido, como esa tensión entre el viejo rito de la abundancia y el nuevo de la abstinencia, que algo tan etéreo como el agreste encanto de la abstinencia de aquellos saturios siga ejerciendo esa atracción en el sistema de la saturación absoluta.

Las palabras engañan, pero en el interior de las mentes evolucionan y crean extraños retruécanos, como esa tensión dispareja entre saturios y saturación que termina explicando el sentido final de nuestra época.

martes, 18 de agosto de 2020

ETIMOLOGÍAS PRIVADAS: ADELA

Siempre he considerado la etimología un vasto semillero donde cultivar no sólo los imaginarios colectivos, sino también los individuales. Las palabras adquieren para cada usuario una textura, un ambiente o un perfume peculiar, y es entonces cuando uno busca su raíz y aparecen nuevas ramificaciones seductoras. Es lo que me ocurrió con el nombre Adela, que en mi infancia asocié con una vecina (a mi juicio muy mayor) que se ceñía los todavía negros cabellos con el clásico rodete. No mucho después la asocié a uno de esos tipos segovianos que Ignacio Zuloaga plasmara en sus cuadros noventayochistas; en concreto, la Hilandera de falda verdosa que retrató en 1911. Un día, asomado al patio al que daban las puertas traseras de las casas del vecindario, contemplé una extraña escena. Aquella Adela, que yo ya tenía por algo así como una de las Moiras hiladoras del destino, había desenredado los cabellos en toda su extensión. Observé como llegaban hasta las rodillas y que adquirían un temple aceitoso, como los de las mujeres simbolistas de Julio Romero de Torres, al mojarse y apelmazarse bajo el jarro de agua que la propia Adela sostenía. La sensualidad del cabello sobre el cuerpo ajado de la vieja me produjo una alucinación que todavía recuerdo, pasados quizá cuarenta años. Fue mi primera intuición casi infantil de que la Castilla del Norte y la Andalucía del Sur y del Oriente tenían un nexo en común. Aquello era un imaginario privado, no un sustrato cultural, porque yo no conocía a los pintores más que de ilustraciones de libros y no sabía nada de sus intenciones artísticas, al igual que no conocía Castilla o Andalucía más que por los mapas de la escuela. El lenguaje sujetó algunos de esos mimbres por la aliteración que producen las palabras Adela, abuela e hilandera, de tal forma que Castilla, o lo que yo imaginaba que era Castilla, terminó apropiándose del nombre de mi vecina, difunta desde hace al menos dos décadas.

Pasaron unos años y, ya en la adolescencia, vinieron nuevas referencias casi al unísono. Por un lado, la valiente heroína, ensayo de mujer liberada de principios del siglo XX, Adèle Blanc-Sec (como el vino, decía ella), creada por Jacques Tardi, cuyos comics devoraba con pasión gracias a la clemencia de un amigo. Por otro lado, unas cintas -compradas en una gasolinera- de un grupo cuya única garantía para mí es que era castellano y hacía música de raíz. Escuchaba aquellas jotas segovianas y la imagen de la hilandera intentaba asomar su agreste perfil. Por entonces yo ya conocía bien a Zuloaga e intentaba imitar, con poco éxito, su pincelada terrosa, gruesa y potente, cercana a una especie de Van Gogh mesetario. En una de las cintas de aquel Nuevo Mester de Juglaría aparecía un romance titulado Una niña se ha muerto, donde una chiquilla enfermaba de amor por la súbita indiferencia de Juan, su pretendiente. Muy avanzado el romance, el inconsciente Juan aireaba su culpa exclamando aquello de “Adela mía, que no pensaba yo que te morías”. El nombre entró en mi imaginario suavemente, con dulzura, sin la truculencia del caso que la canción contaba, rejuveneciendo de paso la memoria de mi anciana vecina. Casi podía ver a aquella adolescente pálida, seguramente muy flaca, vestida de negro, que se hallaba en cama porque su novio le ponía unos cuernos pequeñitos, aterciopelados, pero cuernos, con Dolores. Tampoco podía saber yo que años atrás el impagable Joaquín Díaz ya había grabado otra versión del romance con el nombre de La pobre Adela, ni que el romance tenía múltiples versiones a lo largo de la geografía española. Desde entonces, el nombre quedó indeleblemente unido a mi imagen de Castilla; en mi mente, todas las mujeres castellanas se han llamado un poco Adela, incluso aquella joven dependienta de una panadería cercana a la casa de mi abuela que me dijo, siendo un yo crío -quien sabe la razón- que yo tenía acento segoviano.

El caso es que el nombre me estuvo rondando durante lustros lanzando sus redes desde los lugares más inesperados: igual me llegaba desde un corrido que recordara a las mujeres-soldado de la revolución mejicana, las Adelitas, que se me aparecía en el nombre de una presentadora de televisión o en una especie peculiar de pingüino.

Opté un día por indagar en la etimología de tan recurrente patronímico y me encontré con una raíz germana, la verdadera, y otra árabe, apócrifa, pero muy sugerente. Adela deriva de la raíz athal, que en las lenguas germanas significa siempre nobleza. Así pues, diríamos que se puede traducir como “la que es noble o tiene nobleza”. Curiosamente, existe el nombre árabe Adel, de origen libanés, que sólo por una casualidad puede sonar similar a Adela, y que deriva de la palabra adl (justicia o equidad).

Poco importa que nada tengan en común ambas raíces, porque la etimología privada las ha unido a su manera y entendimiento para recrear en esta Adela inventada, hiladora morena, espigada y rural, una figura paralela a lo que durante muchos años fue para mí el mito íntimo de Castilla, esa tierra donde coincidieron y se acrisolaron de manera muy especial las influencias orientales, islámicas y judías con los posos de culturas llegadas del norte de los Pirineos sobre el terreno bien abonado del mundo romano. Algo no muy diferente, en fin, de lo que nos describe, con su prosa apacible y luminosa, José Jiménez Lozano en su Guía Espiritual de Castilla.