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miércoles, 10 de abril de 2024

BUSCANDO UNA HUERTA PERDIDA

 


En una de las últimas películas de Akira Kurosawa, Sueños (1990), compuesta por ocho cortos, un niño es reprendido por unos espíritus que representan los melocotoneros arrancados por su familia. La historia se desarrolla durante el Hina matsuri, Día de las Muñecas, que coincide con la antigua celebración del Festival del Melocotón o Momo no sekku. Los espíritus se apiadan del niño cuando este les dice que él no quería que su familia destruyese el jardín de los melocotoneros, y su interés por ellos no era tanto por consumir los frutos, sino por disfrutar del espectáculo de su crecimiento y floración.

                El pasado 4 de abril se estrenaba en la Filmoteca Regional de Murcia el documental ¿Dónde está mi acequia?, subtitulado Anatomía forense de una ciudad. En unos inteligentes planos contrapuestos, el director Joaquín Lisón enfrenta coloristas escenas de las celebraciones del Bando de Huerta, Entierro de la Sardina y Romería de la Fuensanta —donde observamos ricos trajes regionales— frente a panorámicas ocres que muestran la degradación absoluta de la antigua y verdadera huerta. Inmediatamente recordé el sueño del niño Kurosawa y entendí el sentido último tanto del film fantástico del japonés como del documental evocador del murciano. También entendí que la propia proyección en plenas Fiestas de Primavera murcianas era en sí misma una sibilina performance, pues tras los sonidos en la sala del documental de denuncia sonaban en la calle los pitos y charangas despreocupados de esa otra huerta falsa del festejo y el oropel.

                Joaquín Lisón, junto a la productora Conchi Meseguer, llevan años reflexionando sobre el triste devenir del río Segura en sus diversos tramos, desde Pontones, en el nacimiento, hasta su final agónico, que el director sitúa en la propia ciudad de Murcia y no en Guardamar, donde la desembocadura ya no es tal. ¿Dónde está mi acequia? ejecuta un dictamen, no por implacable menos cierto, de esta degradación. Las imágenes de los depauperados tramos no entubados que quedan de las antiguas acequias, molinos o aceñas, se suceden entre un fondo de carreteras mal trazadas, sonidos de claxon y urbanismo desarbolado. La gama de colores terrosos, mortecinos, domina el encuadre, que se ve interrumpido, como fogonazos de un tiempo perdido, por testimonios de ancianos huertanos, de sus propios nietos, y de fotografías en Blanco y Negro de una huerta tan idílica como terrible, algunas de ellas, parte del archivo de la recientemente desaparecida María Manzanera.

                Siguiendo este esquema de montaje, el documental oscila en todo momento dentro de una dialéctica entre la nostalgia del paraíso perdido de la niñez, la injusticia que supone la reducción del huertano a un estereotipo de personaje inculto y residual y, correlativamente, la degradación medioambiental del entorno. La fortaleza plástica del metraje se ve reforzada por la música de Crudo Pimento, que en una de las secuencias más dramáticas emite un grito desgarrador, una glosa del egoísmo contemporáneo mientras vemos una imagen partida de una de las cíclicas inundaciones del río, con un rebaño de cabras huyendo que son también una metáfora de los habitantes de la ciudad superados por las circunstancias.

Especialmente emotivas son las entrevistas a unos pocos ancianos (Patricio, Juan) que todavía recuerdan la huerta murciana en sus mejores días. En estas entrevistas se hace una evocación de esa Arcadia que pudo ser la ribera del Segura hace décadas, donde las gentes se bañaban en las propias acequias y vivían de lo que daba un suelo extremadamente fértil. Estos ancianos que recuerdan una infancia breve llena de trabajo, pero feliz, son, a la postre, el mismo niño Kurosawa que ve como su familia ha arrancado los frutales. Como en la película del japonés, esa familia, en cierto modo fratricida (porque en Sueños hay una intuición de muerte de las hermanas del protagonista), es elíptica, jamás la vemos. Joaquin Lisón tampoco muestra a esa familia de perpetradores del delito (tecnócratas, especuladores, constructores sin alma y sin criterio), la mayoría parientes de huertanos o huertanos de origen. No los muestra, no hablan, no exponen su visión, pero las consecuencias de sus acciones insensatas se observan con toda su crudeza. Aparecen, eso sí, los herederos involuntarios de ese despojamiento, los regantes de las pocas parcelas vivas, que aún hoy notan la presión urbanística, pero también arqueólogos, que desvelan un pasado de esplendor, y activistas que pelean con dolor contra la desaparición del entorno.

                ¿Dónde está mi acequia? no es un documental al uso, su voluntad de denuncia y ese canto fúnebre que parece recorrerlo, se materializan en metáforas de una viveza poco común en el género. Al inicio ya vemos el cauce seco de una acequia por el que empieza a discurrir de repente una lengua de agua que arrastra todo tipo de residuos acumulados en el tiempo. Vemos los paredones apenas en pie de los antiguos molinos y norias. Vemos una procesión cruzar por encima de un Segura mancillado, la imagen de un Cristo Azotado representa al propio río; los pasos dudosos de los estantes vestidos con zaragüelles convierten la celebración en un desfile lleno de culpas en honor a la huerta. Vemos los fuegos artificiales del Entierro de la Sardina (una celebración relativamente reciente, muy urbana), fuegos que simbolizan el boom urbanístico indiscriminado que vive la ciudad a partir de mediados del siglo XX. Pero Lisón no se queda ahí: en la parte final del metraje y mediante el efecto de la cámara en movimiento inverso, los fuegos artificiales que antes se abrían como flores en el cielo nocturno, ahora se cierran, y caen a tierra como si de rayos se tratara, en una alegoría del efecto destructivo que provoca el crecimiento descontrolado de la ciudad sobre sí misma.

                Lisón y Meseguer trabajan por decantación, como si de una serie de avenidas de agua consecutivas se tratara. No hay una narración clásica, con un planteamiento y un desenlace, sino más bien cíclica, con estratos sucesivos que se colocan unos sobre otros creando un discurso encadenado de referencias de todo tipo que se repiten con variaciones. Se crea, por tanto, una analogía entre forma y fondo, montaje y significado, que enriquece el relato. Una de esas referencias, quizá la más general —y quizá también el testimonio más gráfico que describe la relación de Murcia con su huerta—, es la del naturalista Joaquín Araujo cuando compara a la ciudad con una garrapata que chupa la sangre de su entorno medioambiental. Todo el metraje se halla atravesado por referencias de la época árabe salidas de la pluma de Ibn Mardanís, rey de la antigua Mursiyya, entre otros; los cambios temporales, adelante, atrás, y muy atrás, son constantes.

Muy al final vemos unos murcianos vestidos con lujoso traje típico bailando frente a la patrona. Uno no pude dejar de pensar en el baile del corto de Kurosawa, el baile que los espíritus de los melocotoneros talados dedican al pequeño, un baile gagaku que en realidad es una despedida y que tiene, a pesar de su colorido y elegancia, algo de marcha fúnebre. Lisón consigue, por su parte, que estas alegres parrandas murcianas tengan también un sentido triste y melancólico, completamente distinto a su intención original, de esta manera decodifica de un plumazo todo ese repertorio exclusivamente turístico creado hoy alrededor de un entorno medioambiental que languidece sin remedio.

                ¿Dónde está mi acequia? es, por tanto, una obra magistral, valiente, profunda y muy necesaria.

viernes, 1 de noviembre de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/08 Con Juana Santa Lozano

"De tus bordes a mis límites existe un universo entero" Juana Santa

Doctora en Bellas Artes, Licenciada en Historia del Arte, Juana Santa es una experta en los pueblos indígenas de Sudamérica, de sus culturas, de su humanidad y singular contacto con la naturaleza. Profesora en Lima, su valiosa experiencia en esta ciudad y en México D. F. es la columna de este deliciosos programa.
Pinchar para escuchar el programa: https://www.ivoox.com/amalgamas-juana-santa-11-marzo-2019-audios-mp3_rf_33337266_1.html

domingo, 13 de noviembre de 2016

CASTOR Y POLLUX EN BATACLAN




Hace un año, la noche del 13 de noviembre, los asistentes a un concierto de la banda Eagles de Death Metal en la sala Bataclan de París fueron víctimas de una masacre perpetrada por una célula  afin al llamado EI (Estado Islámico). Fueron cerca de 80 fallecidos y numerosos heridos -algunos de los cuales todavía hoy permanecen en un hospital-, a los que hay que sumar otras víctimas de acciones perpetradas en cinco restaurantes de la capital. La noticia se extendió rápidamente por las redes y medios de comunicación.

               En ese mismo instante yo me hallaba en mi domicilio visionando una ópera a través del conocido canal Mezzo de música clásica cuando mi esposa me avisó que en twitter empezaban a extenderse confusas noticias sobre un atentado. En pocos minutos los canales generalistas de televisión se llenaron con la confirmación de las masacres.

               La casualidad quiso que la ópera que yo visionaba en ese momento fuera precisamente una versión de Castor y Pollux, del francés J. P. Rameau, grabada en 2014 en el parisino Théâtre del Champs Elyseés bajo la dirección de Hervé Niquet. De inmediato, el sistema de analogías comenzó a conmoverse en mi mente y a evolucionar por sí mismo. De inmediato supe que la conexión entre la obra de Rameau y las causas y consecuencias del atentado de Bataclan era profunda. Dudé de publicar estas impresiones en su momento y he esperado un año, más calmado, a ponerlas por escrito.

               J. P. Rameau fue un compositor del siglo XVIII francés, muy prolífico a pesar de haberse dedicado a la ópera ya mayor. Su estilo es más calmado, menos barroco, que el de su predecesor Lully, con lo que se le enmarca en el llamado Clasicismo; aunque es una obra muy personal, alejada de la corriente italiana de moda en aquel tiempo. Pero no es esto lo más llamativo para mí, porque resulta que Rameau es el verdadero compositor de la Ilustración; un teórico reconocido que publicó obras influyentes antes de su etapa lírica; un hombre culto que frecuentó a autores como Voltaire y Rousseau, o a los padres de la Enciclopèdie, Diderot, D'Alembert o Grimm, y se empapó bien de sus revolucionarias ideas a pesar de que polemizó agriamente más tarde con ellos desde uno de los bandos de la "Querelle des Bouffons".
          
    
            En 1737 compuso una de sus mejores obras, la historia de los gemelos Castor y Pollux, la obra que yo visionaba el 13 de noviembre y que desarrolla un argumento que me hizo pensar. Ambos son hijos de Zeus, sin embargo, uno es inmortal (Pollux) y el otro mortal (Castor). Aman a la misma mujer, Telaira, pero ella sólo ama a Castor. El conflicto de la obra comienza precisamente cuando éste muere en batalla. Ante la muerte de su hermano, Pollux pide en matrimonio a Telaira, pero ella, en lugar de aceptar, le ruega que interceda ante Zeus para que devuelva a la vida al malogrado Castor, su amor verdadero. Y Pollux, que ama a Castor tanto como a Telaira lleva a cabo el ruego, a pesar de que eso implica decir adios al matrimonio.  Zeus replica que nada puede hacer, que el destino está por encima y que la única solución (ese rígido sentido del equilibrio de los mitos griegos) es que cambie su suerte por la de su hermano. Pollux se decide por amor a Castor. Febe, diosa de la juventud, y los soldados espartanos intentan impedirsin éxito que Pollux cumpla su propósito y penetre en el Hades. Encuentra a Castor precisamente en los Campos Elíseos, la parte bienaventurada del Hades. Castor se niega al cambio pero acepta ver a su amada en vida por un sólo día. Aquí llega el momento de los equívocos, porque Febe, que amaba a Pollux, al ver a Castor se suicida (es decir, penetra en el Hades), mientras que Telaira, al conocer que Castor sólo estará un día con ella, piensa que no la ama. Finalmente, como justo premio a la lealtad entre Castor y Pollux, Zeus desciende y proclama la inmortalidad de los hermanos.
    
            Las analogías simbólicas se amontonan ante estos referentes. Como ya escribí en otra ocasión, los atentados en Francia por parte del EI tienen como objetivo destruir los referentes europeos de la Ilustración ( ver http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2015/01/la-derrota-de-la-ilustracion.html ), como bien lo demostrarían meses antes en la sede de Charlie Hebdo. La sala Bataclan es otro ejemplo de tolerancia y libertad creativa, en este caso musical. Casi trescientos años antes Rameau, el compositor ilustrado, junto al libretista Gentil-Bernard y bajo consejo del filósofo Voltaire dejaban claras pistas en la fábula de los gemelos divinos. Ambos representan dos destinos contrapuestos, dos clases de hombres cuyo papel choca. Uno podemos asimilarlo el pueblo llano mortal o a un hombre caído en desgracia, otro a la nobleza, o bien, al hombre de éxito, triunfante. Lo curioso es que por el amor que se procesan buscan la concordia y la renuncia a sus destinos trazados. Ciertamente Zeus (el Orden, el Rey o el Estado, pero también la Razón o los ideales ilustrados) es quien redime al caído y lanza a ambos a la inmortalidad.

            Para terminar, los gemelos, llamados Dióscuros, son los encargados clásicos de guiar a las almas al Hades, así que de alguna forma también estuvieron presentes aquella fatídica noche en la sala de fiestas parisiana.
         
  
             La versión de la ópera que yo escuché durante el atentado se había representado en el Théâtre del Champs-Elyseés al tiempo que los ataques franceses en Siria, excusa del EI para los atentados. Dos años después, los terroristas convirtieron la sala Bataclan en un verdadero Hades, un infierno aterrador. Con el paso de las horas se supo que los terroristas eran en realidad franceses crecidos en el extraradio de París y captados posteriormente por el EI. Descubrí entonces que la fábula de Castor y Pollux era perfectamente trasladable a la actualidad francesa tras el cambio de las políticas de asimilación en favor de las de integración. El asimilacionismo implicaba jurar lealtad a Francia  y a los ideales de la República, que son los heredados de la Ilustración, pero con el tiempo se abandonó esta idea en favor de una política de integración mal entendido que ha creado un cinturón de guetos de ciudadanos oriundos del Magreb que no sienten como suyos esos antiguos ideales. Cortázar, Kundera y Kristeva, por poner ejemplos elocuentes, se sentían plenamente franceses tras su jura a la República; los magrebíes del extrarradio se sienten extranjeros en su tierra.

               El objetivo inicial de aquel asimilacionismo no fue otro que elevar al mortal Castor a la altura de inmortal Pollux. Convertir a los inmigrantes en ciudadanos nobles, completos merecedores de todos los derechos y orgullosos de sus deberes. La integración puede pretender respetar las culturas de origen, pero lo que en realidad hace es apartar literalmente a sus componentes del centro de la República. Esto se acentúa porque los propios valores ilustrados del estado (la Libertad, Igualdad y Fraternidad) se han vuelto laxos y caducos. Una buena parte de los ciudadanos finge respetarlos pero no cree en ellos. Francia se ha convertido, en palabras de españoles que la conocen bien, en un animal bicéfalo, -¿Castor y Pollux?- que siente orgullo por sus Valores pero al tiempo reniega de ellos, los ve como una pesada carga. El origen de la ultraderecha crece en esa contradicción y termina por convertir al país en el bifronte Jano. La contradicción se ha extendido al otro hijo de la Ilustración del mundo civilizado: Estados Unidos. No es casualidad que un xenófobo confeso como Donald Trump, que pretende expulsar a musulmanes y mexicanos del país, haya ganado unas elecciones. No es casualidad que la ultraderechista Marine Le Pen se postule como seria candidata a ocupar el Palacio del Elíseo. Ambas victorias representarían la derrota de los dos únicos grandes sistemas donde la vieja Ilustración todavía es respetada y tenida en cuenta, los dos únicos estados donde la democracia es tenida (al menos sobre el papel) por algo sagrado.

    Personificadas en la suerte de los Dióscuros, de Castor y de Pollux vi yo aquella triste noche de hace un año todas estas contradicciones y comprendí que la única salvación posible es seguir la enseñanza de esta vieja fábula, donde los Universales, las nacientes ideas ilustradas, son capaces de salvar a los hombres de la miseria o la desgracia y llevarlos al destino más digno y noble. Por desgracia, nos precipitamos con alegría a arrojar a ambos gemelos, a Castor y también a Pollux, a lo más profundo del Tártaro.