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miércoles, 10 de abril de 2024

BUSCANDO UNA HUERTA PERDIDA

 


En una de las últimas películas de Akira Kurosawa, Sueños (1990), compuesta por ocho cortos, un niño es reprendido por unos espíritus que representan los melocotoneros arrancados por su familia. La historia se desarrolla durante el Hina matsuri, Día de las Muñecas, que coincide con la antigua celebración del Festival del Melocotón o Momo no sekku. Los espíritus se apiadan del niño cuando este les dice que él no quería que su familia destruyese el jardín de los melocotoneros, y su interés por ellos no era tanto por consumir los frutos, sino por disfrutar del espectáculo de su crecimiento y floración.

                El pasado 4 de abril se estrenaba en la Filmoteca Regional de Murcia el documental ¿Dónde está mi acequia?, subtitulado Anatomía forense de una ciudad. En unos inteligentes planos contrapuestos, el director Joaquín Lisón enfrenta coloristas escenas de las celebraciones del Bando de Huerta, Entierro de la Sardina y Romería de la Fuensanta —donde observamos ricos trajes regionales— frente a panorámicas ocres que muestran la degradación absoluta de la antigua y verdadera huerta. Inmediatamente recordé el sueño del niño Kurosawa y entendí el sentido último tanto del film fantástico del japonés como del documental evocador del murciano. También entendí que la propia proyección en plenas Fiestas de Primavera murcianas era en sí misma una sibilina performance, pues tras los sonidos en la sala del documental de denuncia sonaban en la calle los pitos y charangas despreocupados de esa otra huerta falsa del festejo y el oropel.

                Joaquín Lisón, junto a la productora Conchi Meseguer, llevan años reflexionando sobre el triste devenir del río Segura en sus diversos tramos, desde Pontones, en el nacimiento, hasta su final agónico, que el director sitúa en la propia ciudad de Murcia y no en Guardamar, donde la desembocadura ya no es tal. ¿Dónde está mi acequia? ejecuta un dictamen, no por implacable menos cierto, de esta degradación. Las imágenes de los depauperados tramos no entubados que quedan de las antiguas acequias, molinos o aceñas, se suceden entre un fondo de carreteras mal trazadas, sonidos de claxon y urbanismo desarbolado. La gama de colores terrosos, mortecinos, domina el encuadre, que se ve interrumpido, como fogonazos de un tiempo perdido, por testimonios de ancianos huertanos, de sus propios nietos, y de fotografías en Blanco y Negro de una huerta tan idílica como terrible, algunas de ellas, parte del archivo de la recientemente desaparecida María Manzanera.

                Siguiendo este esquema de montaje, el documental oscila en todo momento dentro de una dialéctica entre la nostalgia del paraíso perdido de la niñez, la injusticia que supone la reducción del huertano a un estereotipo de personaje inculto y residual y, correlativamente, la degradación medioambiental del entorno. La fortaleza plástica del metraje se ve reforzada por la música de Crudo Pimento, que en una de las secuencias más dramáticas emite un grito desgarrador, una glosa del egoísmo contemporáneo mientras vemos una imagen partida de una de las cíclicas inundaciones del río, con un rebaño de cabras huyendo que son también una metáfora de los habitantes de la ciudad superados por las circunstancias.

Especialmente emotivas son las entrevistas a unos pocos ancianos (Patricio, Juan) que todavía recuerdan la huerta murciana en sus mejores días. En estas entrevistas se hace una evocación de esa Arcadia que pudo ser la ribera del Segura hace décadas, donde las gentes se bañaban en las propias acequias y vivían de lo que daba un suelo extremadamente fértil. Estos ancianos que recuerdan una infancia breve llena de trabajo, pero feliz, son, a la postre, el mismo niño Kurosawa que ve como su familia ha arrancado los frutales. Como en la película del japonés, esa familia, en cierto modo fratricida (porque en Sueños hay una intuición de muerte de las hermanas del protagonista), es elíptica, jamás la vemos. Joaquin Lisón tampoco muestra a esa familia de perpetradores del delito (tecnócratas, especuladores, constructores sin alma y sin criterio), la mayoría parientes de huertanos o huertanos de origen. No los muestra, no hablan, no exponen su visión, pero las consecuencias de sus acciones insensatas se observan con toda su crudeza. Aparecen, eso sí, los herederos involuntarios de ese despojamiento, los regantes de las pocas parcelas vivas, que aún hoy notan la presión urbanística, pero también arqueólogos, que desvelan un pasado de esplendor, y activistas que pelean con dolor contra la desaparición del entorno.

                ¿Dónde está mi acequia? no es un documental al uso, su voluntad de denuncia y ese canto fúnebre que parece recorrerlo, se materializan en metáforas de una viveza poco común en el género. Al inicio ya vemos el cauce seco de una acequia por el que empieza a discurrir de repente una lengua de agua que arrastra todo tipo de residuos acumulados en el tiempo. Vemos los paredones apenas en pie de los antiguos molinos y norias. Vemos una procesión cruzar por encima de un Segura mancillado, la imagen de un Cristo Azotado representa al propio río; los pasos dudosos de los estantes vestidos con zaragüelles convierten la celebración en un desfile lleno de culpas en honor a la huerta. Vemos los fuegos artificiales del Entierro de la Sardina (una celebración relativamente reciente, muy urbana), fuegos que simbolizan el boom urbanístico indiscriminado que vive la ciudad a partir de mediados del siglo XX. Pero Lisón no se queda ahí: en la parte final del metraje y mediante el efecto de la cámara en movimiento inverso, los fuegos artificiales que antes se abrían como flores en el cielo nocturno, ahora se cierran, y caen a tierra como si de rayos se tratara, en una alegoría del efecto destructivo que provoca el crecimiento descontrolado de la ciudad sobre sí misma.

                Lisón y Meseguer trabajan por decantación, como si de una serie de avenidas de agua consecutivas se tratara. No hay una narración clásica, con un planteamiento y un desenlace, sino más bien cíclica, con estratos sucesivos que se colocan unos sobre otros creando un discurso encadenado de referencias de todo tipo que se repiten con variaciones. Se crea, por tanto, una analogía entre forma y fondo, montaje y significado, que enriquece el relato. Una de esas referencias, quizá la más general —y quizá también el testimonio más gráfico que describe la relación de Murcia con su huerta—, es la del naturalista Joaquín Araujo cuando compara a la ciudad con una garrapata que chupa la sangre de su entorno medioambiental. Todo el metraje se halla atravesado por referencias de la época árabe salidas de la pluma de Ibn Mardanís, rey de la antigua Mursiyya, entre otros; los cambios temporales, adelante, atrás, y muy atrás, son constantes.

Muy al final vemos unos murcianos vestidos con lujoso traje típico bailando frente a la patrona. Uno no pude dejar de pensar en el baile del corto de Kurosawa, el baile que los espíritus de los melocotoneros talados dedican al pequeño, un baile gagaku que en realidad es una despedida y que tiene, a pesar de su colorido y elegancia, algo de marcha fúnebre. Lisón consigue, por su parte, que estas alegres parrandas murcianas tengan también un sentido triste y melancólico, completamente distinto a su intención original, de esta manera decodifica de un plumazo todo ese repertorio exclusivamente turístico creado hoy alrededor de un entorno medioambiental que languidece sin remedio.

                ¿Dónde está mi acequia? es, por tanto, una obra magistral, valiente, profunda y muy necesaria.

viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/05 Con Antonio Ruiz Ruiz

"Los cuentos y los mitos son los mapas de la realidad" Antonio Ruiz Ruiz

Tras un sentido homenaje poético y sonoro a la inolvidable profesora de Lengua y Literatura Maria del Carmen Alonso Sánchez, nos sumergimos, de la mano del profesor de Historia Antonio Ruiz (Antuán), en las raices de los personajes y autores del cómic, de la cultura Pop, desde Batman y Supermán a Neil Gaiman, desde La Princesa Mononoke hasta J. R. R. Tolkien, con una perspectiva crítica diferente y sugestiva.

Pinchar en el enlace para escuchar el programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-antonio-ruiz-audios-mp3_rf_31915295_1.html

sábado, 1 de noviembre de 2014

URNAS FÚNEBRES: DEMOCRACIA EN SUSPENSO


Hoy celebramos la festividad del Día de Difuntos (aunque en las calles me encuentro decenas de niñas vestidas de bruja diciendo que son amigas del diablo). En cualquier caso, el ambiente luctuoso parece extenderse a todos los ámbitos.

Desde hace meses, la idea de la muerte de nuestra democracia, la muerte de la Constitución de 1978, la desmembración o disolución del estado, se extiende como la pólvora. En la anterior entrada se habló de la muerte del voto como instrumento de la democracia representativa, y se insinuó la necesidad de avanzar mediante una nueva concepción del voto o de la libre participación del pueblo hacia una democracia directa. Tal idea, que parecerá extravagante a algunos, no es tan extraña; se practica parcialmente en países tan solventes como Suiza.; incluso en Estados Unidos, el paradigma en Occidente de la democracia representativa, existen fórmulas, como los “town meetings”, en la mayoría de los estados, que permiten la toma directa de decisiones por parte del ciudadano. En la era de la eclosión de las redes sociales, es inaudito que muchos estados del mundo desarrollado sigan sumergidos en la limitación de la democracia representativa, recortando, impidiendo u ocultando las posibilidades que las propias constituciones dejan en sus artículos a la participación activa del pueblo.

La citada Constitución Española del 78, esa misma que bajo la excusa de su propia protección ha sido vejada y pisoteada en los últimos años, contempla en su artículo 23.1 el derecho de los ciudadanos a la participación directa en los asuntos políticos como alternativa al modelo representativo. El olvido de este artículo y del propio preámbulo de la Constitución ha permitido encastillarse al actual gobierno del PP en una negativa constante a consultas de variado color desde Comunidades Autónomas tan dispares como Cataluña o Canarias. El tema está demasiado presente en los medios de comunicación como para que abundemos en él. Las consultas ciudadanas no vinculantes deben ser permitidas porque el espíritu de la Constitución Española así lo exige, y porque están reflejados en sus títulos. Que estemos o no de acuerdo con lo que se vota o propone a modo de consulta, referéndum o plebiscito es siempre secundario. Se habla desde el gobierno de dejar en suspenso tal o cual consulta mientras el Tribunal Constitucional decide, se habla de votos antidemocráticos, en una de esas increíbles paradojas que vimos en nuestra anterior entrada, reflejo del amor-odio que los perseguidores del poder tienen hacia el sistema que les permite obtenerlo.

Todo argumento es baladí, todo carece de sentido, toda defensa, por parte del gobierno, de nuestra moribunda democracia es una farsa, un simulacro más.

Lo cierto es que la Constitución Española permanece realmente en cuerpo presente, en animación suspendida, desde que en agosto de 2011 los dos partidos mayoritarios, con extremadas prisas y un antidemocrático golpe de estado neoliberal entre las manos, forzaran la modificación del artículo 135 para permitir un límite de endeudamiento público impuesto por la presión de los mercados. La reforma de este artículo cambiaría radicalmente el espíritu de nuestra constitución, garante de un “Estado social de derecho”. Después de 2011, este “Estado” se convierte únicamente en una máquina ciega cuyo objetivo principal es el pago de la deuda pública. Esto atenta de lleno contra nuestra Constitución, que en el segundo párrafo de su Preámbulo  alude a su función de garantía de “un orden económico y social justo”; desde el inicio, todo queda laminado de cuajo.  No en vano, desde entonces España es, junto a Portugal y Grecia, el estado con menor gasto público social de Europa. Y todo esto sin consulta alguna a los ciudadanos, negando todo derecho de decisión a los mismos, puesto que cualquier reforma constitucional se debía hacer bajo referéndum.

Por tanto, hoy por hoy, y como dije en un artículo de hace justo un año (ver Zombis, vampiros y otros simulacros democráticos) el Estado Español se ha convertido en un cadáver en animación suspendida, mesmerizado antes de su propia muerte, que se sostiene por medios anormales, una cáscara inerte que esconde (y cada día el mal avanza) un insoportable océano de putrefacción y corrupción. Que sus propios asesinos pretendan defender  esta Constitución Amortajada impidiendo consultas directas al pueblo, del tipo que sean, es simplemente un sainete.

El giro radical ante esta situación de cuerpo presente se impone. En todo caso, si no es posible una refundación radical del sistema, se deben buscar modos participación democrática acordes con nuestro tiempo. Así, el e-voto, fácil de desarrollar e implantar siempre que se preserve el anonimato y la seguridad. Plataformas como Agora Voitng o Appgreee lo hacen posible en pequeños ámbitos. Si no está institucionalizado ya a nivel estatal es por el miedo que levanta entre nuestra estirpe (lo prefiero a “casta”) de gobernantes y falsas plañideras que asiste al entierro de nuestro Estado Social.

Es fundamental la implantación de la “revocatoria”, mediante la cual los ciudadanos por voto directo pueden destituir a un gobernante que no está cumpliendo con sus funciones. Es posible que en España, un país con tanto voto cautivo y con una forma tan conservadora de entender el juego democrático, esta medida no fuera muy efectiva, pero no teman los asistentes al sepelio, las encuestas vaticinan que los dolientes aprenden rápido: ningún partido con ambición de gobierno tendrá nada que hacer si no implementa esta y otras muchas medidas de democracia directa.

sábado, 1 de febrero de 2014

¿ES EL CAPITALISMO UN SUEÑO BÁRBARO? (II)


Nos preguntábamos en la entrada anterior si la verdadera Tradición europea es la que nos quieren imponer los partidos de extrema derecha con sus gestos xenófobos y su reducida y excluyente idea de Patria.
Muy al contrario, los rasgos que forjaron durante dos siglos la identidad de Europa, y por los que este continente adquirió su singularidad, son las ideas nacidas en el pensamiento de la Ilustración, de las sucesivas revoluciones burguesas y más tarde obreras, de la construcción histórica de estados de derecho, donde la separación de poderes y el Pacto Social garantizaron la creciente tendencia a la igualdad entre las clases sociales, o la asunción del llamado Estado de Bienestar, donde las sucesivas regulaciones estatales tendieran a impedir el abuso de los más fuertes sobre los débiles y el dominio de la codicia del Capital sobre el Estado Social.
Esos genotipos, y no otros, aunque desarrollados de manera desigual, son los que caracterizan la tradición de la vieja Europa. Así pues, el propio concepto de Estado garante de las libertades y de la igualdad entre ciudadanos es la verdadera tradición europea que hoy está en serio peligro, porque es precisamente esa la tradición que los partidos de derecha y de extrema derecha han decidido desmontar, mientras que los socialdemócratas miran hacia otro lado.
Llegados a este término, conviene recordar la frase de Bernard-Henri Lévy, que insinúa que las revoluciones provienen de sueños bárbaros. Esa frase, elevada a cotas demenciales, es la que está detrás de la consideración por parte de la derecha de que movimientos sociales pacíficos son ejemplos de comportamientos radicales. A estas alturas parece oportuna una reformulación de la frase, que diría algo así:
“…y si el neoliberalismo capitalista fuera, en el fondo, un sueño bárbaro…”
En efecto, todas aquellas libertades, derechos, garantías, que han permitido, aunque sólo sea de forma precaria, disfrutar al hombre común de un poco de libertad y dignidad, de igualdad entre sus semejantes, todas esas conquistas que han costado durante décadas  a tantas personas humildes sangrientos sacrificios, son precisamente las que el capitalismo financiero actual quiere descomponer. Ese edificio que, aunque precario, tanto esfuerzo costó levantar a nuestros antepasados, está siendo demolido de una forma acelerada e implacable por las élites surgidas de los círculos neo-conservadores  de los años ochenta, a los que la caída del Muro de Berlín brindó la excusa perfecta para hacerse con todas las ramas del poder. En España, el gobierno actual, amplificando las acciones de la anterior legislatura, ha adoptado de forma radical ese catecismo sostenido por la llamada Troika, que sólo busca la defensa de los escandalosos privilegios del poder financiero. El resultado, como ya ha denunciado Intermon Oxfam, nos acerca sin duda a la barbarie, porque barbarie y sinsentido es que las 20 personas más ricas del país sean poseedores de la misma riqueza que el 20 % de la población; barbarie es que la ratio de desigualdad s80/20 se sitúe en el 7’2, dos y hasta tres puntos por encima de nuestros países vecinos; esa barbarie en la que se sume un país donde la separación de poderes y el Pacto Social, prácticamente han desaparecido; barbarie, en fin, es desmontar metódica y cínicamente los servicios sociales públicos, la educación y la sanidad en trozos y dárselos como carnaza a la especulación privada.
El modelo es copiado con aplicación en todas las capas de las instituciones, incluidas las administraciones locales gobernadas por el PP, que sostienen, desoyendo todas las evidencias en contra, que los servicios externalizados son más restables o eficaces.
La paulatina erosión a la que se han sometido durante años las instituciones ha provocado su vaciamiento, su pérdida de sentido, y la consecuente sospecha por parte del ciudadano. Ante esta decadencia, el espacio es ocupado por los bárbaros, esto es, los corruptos y los especuladores, porque no olvidemos que el bárbaro no puede ocupar un lugar pleno de sentido. El bárbaro, por definición, ocupa el sitio que la decadencia institucional le ha dejado libre.
Lo más inaudito que ha acontecido a lo largo de este último año es que cuando los movimientos sociales han intentando salvar algunas de las maltratadas garantías que estas instituciones avejentadas abandonaron (derechos sociales mancillados, protección contra los abusos financieros, etc.) han sido tratados de radicales, de tendencias de extrema izquierda. En general, lo que son en realidad es conservadores: no piden nada nuevo, sólo quieren para sí las garantías que les fueron, muy a regañadientes, concedidas. Los movimientos contra los desahucios, por ejemplo, no son progresistas en realidad, y mucho menos radicales: tan sólo reivindican el derecho a la propiedad privada. Por eso no es probable que estos movimientos triunfen de forma aislada, a no ser que se articulen dentro de un lenguaje verdaderamente social, que recupere, por ejemplo, los movimientos vecinales de hace unas pocas décadas. La llamada “neo-lengua capitalista” ha hecho que confundamos movimientos meramente conservadores o simples manifestaciones de asociacionismo con progresistas de izquierdas; esto da idea de a qué grado de deterioro ha conducido a nuestra frágil democracia liberal  la barbarie financiera capitalista.

Ante este estado de cosas, hoy que avanzamos ya vacilantes en el 2014, no queda más que acudir a discursos estructurados, programas racionales dentro de verdaderas corrientes humanistas de izquierda -en la línea de formaciones como IU- articuladas con los distintos  movimientos sociales, propuestas donde no nos quedemos tan sólo en intentar recuperar el frágil andamiaje de una democracia vacilante, sino que apostemos de forma clara por la renovación completa de las instituciones, por una regeneración seria y profunda del Pacto Social, por una regulación firme que impida al capitalismo financiero extender esa barbarie de la codicia que es, aunque intente vestirse con el traje de Armani de los pensadores mediocres y los periodistas sobornados, la simple apelación al egoísmo humano más descarnado.

lunes, 27 de enero de 2014

¿ES EL CAPITALISMO UN SUEÑO BÁRBARO? (I)


Para aclarar la larga serie de despropósitos y atentados contra las libertades que se han producido en este país a lo largo del pasado año 2013, es preciso hacer un poco de historia de las ideas. Empecemos por el principio.
A mediados de los años setenta del pasado siglo, un grupo de pensadores de corte conservador comenzó a ocupar las páginas de las revistas francesas con la etiqueta de “jóvenes filósofos”. El más popular de todos ellos, Bernard-Henri Lévy, se alzó en azote de pensadores de la generación anterior que habían demostrado su afinidad con regímenes comunistas o filo-marxistas. Parte de sus dardos cayó sobre J.P. Sartre, Raymond Aron, Gilles Deleuze o Michel Foucault, entre tantos otros. Por muy tibios que parecieran en sus posturas, pocos pensadores de izquierdas parecían salvarse de sus críticas. Hacia 1991, ya definitivamente consagrado, BHL (que así se hacía llmar Lévy en sus tiempos de gloria) publicaría Las aventuras de la libertad  (Edición española en Anagrama, Barcelona, 1992). Entre la serie de entrevistas que contiene este glosario de la intelectualidad francesa del siglo XX, recuerdo la concedida por Michel Foucault, el gran historiador del poder y la sexualidad en occidente. Una frase inquietante encabeza las páginas dedicadas al filósofo francés: …Y si el sueño revolucionario fuera, en el fondo, un sueño bárbaro…”, parece ser ésta, en realidad, la frase que da sentido a todo el libro.
BHL, junto a Alain Finkielkraut o André Glucksmann se posicionarán poco a poco en lugares cada vez más a la derecha, desde su inicial apoyo al liberalismo. Protegidos por Nicolás Sarkozy, que los colma de honores, constituyen sin duda el aparato teórico más visible que acompaña al triunfo, en los últimos veinte años, del neo-conservadurismo nacido en la era Reagan-Thatcher.
En un campo todavía más radical, pero con menor influencia en Europa, nos encontramos a Ayn Rand, la creadora de aquel intento de justificar por cualquier medio el puro egoísmo llamado “objetivismo”, que fue la biblia de los asesores de Ronald Reagan y el origen del “No existe la sociedad” del thatcherismo.
Con el tiempo, Lévy, cuyo éxito se basó en gran medida en eficaces campañas de publicidad, fue siendo desmontado como figura sobrevalorada, falso filósofo mediático, de poca calidad teórica, falto de seriedad. Las críticas arreciaron cuando se descubrió, por ejemplo, que citaba a autores falsos. De forma similar, Finkielkraut y Glucksmann, que comenzaran su carrera en la izquierda, se dedican después al panfleto para intentar pertrechar las insostenibles ideas de Sarkozy y otros popes de la derecha, contribuyendo de lleno a la llamada derechización del mundo ( ver La derechización del mundo, José Vidal-Beneyto, El País, 24 de marzo de 2007). Tras aquellos fuegos de artificio, hoy, en cambio, se toman en serio otros compañeros generacionales de aquellos “jóvenes filósofos”, cuya tendencia de izquierdas los apartó del éxito y la fama. Badiou, Vattimo o Zizeck no son millonarios, es cierto, pero, como dice José Luis Pardo, http://elpais.com/diario/2011/11/18/opinion/1321570813_850215.html; su peso teórico y su profundidad son muy superiores a sus contemporáneos de la derecha.
Sin embargo hoy, entrado ya 2014, aquella frase de Bernard-Henri Lévy me sigue rondando en la cabeza, por que sí es cierto que la proximidad de un sueño bárbaro ronda por la vieja Europa, un sueño bárbaro que amenaza con destruir todo lo que con paciencia se fuera obteniendo a lo largo de dos siglos. Los elementos de extrema derecha se han ido posicionando entre los votantes europeos sin ocultar ya sus vergonzosos idearios. Le Pen en Francia, Fini en Italia o amplios sectores del PP español se han decidido de una vez a enseñar sus ominosos programas ocultos sin temor a un descalabro electoral. El origen de esta nueva actitud de la derecha hay que buscarlo en el desastre de las propuestas de la socialdemocracia, estrangulada por una contradicción que Hobsbawm analizó hace años (ver Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, Crítica, Barcelona, 2007), es decir, los términos liberalismo y democracia son antitéticos, por tanto,  las democracias liberales, supuesta tabla de salvación de socialdemócratas descafeinados son, muy al contrario, su pira funeraria. En el binomio de contrarios siempre ganará la partida el capital, y esa es la posición que conviene a las opciones de derechas. Sin embargo, y paulatinamente, la demolición de los principios democráticos nos va acercando sin pausa a la pura barbarie.
El gran pastel de estos años oscuros, donde la pérdida de sentido ha agotado por fin los difusos planteamientos del centro político, basados en eufemismos tibios, pertenece ya a la extrema derecha, que ha hecho carne en la nueva clase social ascendente, el precariado, alimentada por la desesperación y el odio focalizado y conducido por los mass-media neo-conservadores. Los yacimientos de votos para partidos populistas de extrema derecha (en España, la nueva incorporación de VOX, con los guiños descarados del PP, y las miradas de reojo de UPyD y Ciutadans), exigen conceptos ambiguos donde cabe casi cualquier cosa, y donde las verdades del programa electoral, a veces inaceptables, sólo se pueden decir con la boca pequeña.
Conceptos muy generales como Patria, Familia o Tradición sirven a los captores de insatisfechos para llenar sus insípidas urnas en un juego demasiado peligroso. Porque cuando hablamos de Patria o Familia, hemos de hablar más bien de patrias y familias, puesto que las formas de entender esos conceptos son múltiples. Pero esa pluralidad, por supuesto, no es el objetivo de estos partidos, que intentan imponer al resto de los ciudadanos una visión muy particular (y desde luego muy restrictiva) de unos conceptos tan amplios que son fácilmente convertibles en símbolos. Muy revelador es el caso del término Tradición, o los fundamentos tradicionales de una sociedad determinada. ¿Cuáles son los fundamentos que han hecho de Europa un modelo a seguir?

En una muy próxima entrada responderemos a esta y otras preguntas

martes, 14 de enero de 2014

CANTERAS DE LOS BÁRBAROS: CÓRDOBA Y GAMONAL


Quien tenga oportunidad de visitar el remodelado Museo Arqueológico de Córdoba se encontrará con todo un yacimiento “in situ” en el sótano del edificio. Se trata del teatro romano de la ciudad, cuya ubicación se desconocía hasta hace unos años y que apareció en terrenos aledaños al antiguo Museo Arqueológico. Los visitantes pueden recorrer mediante pasarelas los restos de las gradas e intuir la desaparecida magnificencia de la orchestra y la escena, cuyos cimientos guardan todavía la plaza Jerónimo Páez y la calle Marqués del Villar.
Entre los restos, ciertamente muy desfigurados por el paso de las civilizaciones, se exhibe un horno de cal algo posterior al propio teatro; ¿qué pinta esta instalación artesanal en medio de las gradas de un teatro romano? Para explicarlo tendremos que narrar una de tantas tristes historias que la incuria humana nos ha servido a lo largo de la historia con necia insistencia.
El declive del Imperio Romano trajo consigo a partir del siglo V el abandono de los espacios de cultura públicos que se habían desarrollado a lo largo de cientos de años. Ágoras o foros, teatros, palestras, elementos heredados por Roma del mundo griego se fueron convirtiendo entonces en amplias plazas devastadas por algo peor que el mal de la piedra: la pérdida de sentido. Pasado un siglo ya nadie recordaba el cometido de aquellos centros de significación, derivando de plazas en vertederos y albañales. La cultura del reciclaje, practicada por los bárbaros parcialmente romanizados, llenó de capiteles las basílicas visigodas y las mezquitas musulmanas. El teatro de Córdoba, como otros tantos en la península, se convirtió en la cantera de los palacetes y casas nobles de la vecindad. El mármol de la cávea desapareció, una vez desmontada por completo la escena. Pero esto no fue todo. La piedra caliza que sostenía las gradas usadas siglos antes por los ciudadanos de Roma alimentó finalmente los hornos de cal para dotar de materia prima los encalados de las casas cordobesas. Convertido en un terraplén, el que otrora fuera noble espacio público terminó sirviendo de cimiento al palacio de los Páez de Castillejo.
Llegados a este punto, el carácter simbólico de estas piedras redescubiertas se impone. Hace dos milenios, los legados griego y romano crearon nuestra idea de espacio público, de lugar de creación de sentido cultural y social. Estos edificios, cargados de poder icónico para los pueblos, son los responsables últimos de nuestra forma de entender la civilización; foros para la política, palestras para la educación, teatros para el arte, circos y anfiteatros para el deporte y el ocio.  Han sido también el modelo para entender los rudimentos del Estado social. Nunca estuvo tan clara la identificación entre espacio físico y espacio intelectual.
La historia nos dice que fueron los pueblos bárbaros (literalmente extranjeros que desconocían la lengua vernácula, ya fuera el griego o después el latín) los que se ocuparon del desmontaje del Imperio. Pero la pérdida de sentido ya se había producido antes de su llegada. Hace milenio y medio, los bárbaros llegaron de afuera, hoy están dentro.
No es posible establecer un paralelismo estricto entre aquel Imperio fundamentalmente esclavista y el actual sistema del capitalismo avanzado, pero algunas claves nos servirán para entender este desmoronamiento generalizado del Estado de Bienestar y otros estados al que asistimos entre perplejos, indignados y desolados. Porque es cierto que hoy no podemos hablar ya de bárbaros, puesto que no existen los extranjeros más allá del limes en un mundo globalizado, pero podemos hablar, en cambio, de excluidos, y aquí, la profunda grieta surgida en el seno mismo del estado social nos da la alarma; es tan veloz, tan descontrolada la grieta de la desigualdad, el deterioro de los derechos fundamentales, la desaparición de los servicios públicos básicos garantizados por el viejo estado del pacto social, que no podemos dejar de acordarnos de ese teatro sometido durante decenas y decenas de años al pillaje descontrolado. Efectivamente, los bárbaros están dentro –en cierto modo Todorov tenía razón-; son los propios políticos, dirigidos por un casta intocable de usureros, son la propia masa despojada de imagen y de sentido –que damos en llamar precariado-, son los periodistas devaluados adictos a la sopa boba, los intelectuales mudos, temerosos de su cátedra, son los corruptos, en fin, que sólo entienden el espacio público como cantera para blanquear sus negros asuntos. Éstos, y no otros, son los nuevos bárbaros.
Un caso de actualidad, entre otros tantos, viene a traernos al presente estas viejas historias de excavaciones y ruinas: las zanjas abiertas en las calles del barrio de Gamonal. Tradicional cantera de obreros en Burgos en el pasado, el barrio sufrió el desencanto y la pérdida de imagen que ha llevado a tanta gente humilde a confiar mediante su pobre voto en opciones políticas nada dispuestas a defender sus derechos. Gamonal ha visto durante los últimos dos años como un alcalde del PP, Javier Lacalle, recortaba sin tregua servicios sociales. Ahora, con la sombra oblicua del empresario Méndez Pozo –presunto corrupto- el alcalde se embarca en un supuesto Bulevar que esconde en el vientre subterráneo un aparcamiento privado, con plazas de garaje para a comprar a un precio de salida de 20.000 euros, inasumible para las humildes gentes de Gamonal. El estallido social se produce tras meses de mutismo insolente por parte del consistorio. Todo un ejemplo de gestión de espacios públicos, como a la hora de compartir los escasos aparcamientos mediante turnos, a la hora de defender mediante el asociacionismo vecinal los intereses del barrio, ha sido violentado por Javier Lacalle, que fue votado con evidente miopía en el barrio. El descontento social no es casual, y nos demuestra lo que tantos intelectuales sostienen: que la desobediencia civil está justificada ante la injusticia.
Gamonal no es un ejemplo aislado, pero sí muy ilustrativo, de los efectos que provoca la obsesión delirante por recortar los espacios públicos –los físicos y los sociales-, efectos rayanos en el absurdo, como los que comenté en una entrada anterior, http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2013/03/espacio-publico-y-no-lugares.html, en la que se analizaba la reducción del espacio internacional de los aeropuertos hasta una extensión irrisoria a favor de las tiendas duty free.
En estos tiempos de derrumbamiento generalizado, no está de más revisar las lecciones que nos da la historia, como ese triste, desangelado, cruel destino del mayor teatro de Hispania. Es posible que así nos demos cuenta de que nuestras circunstancias no son tan lejanas a las de aquellos ciudadanos romanos que verían, sin duda angustiados, como todo lo que conocían se desvanecía, cómo todo se derrumbaba a la espera de la llegada impetuosa de los bárbaros, porque el bárbaro, no lo olvidemos, se limita a ocupar el espacio vacío.

Y es posible también que nos acordemos de Sigmund Freud, para quien la civilización no es sino la fina capa que nos separa de la barbarie