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sábado, 21 de septiembre de 2024

LOS COLCHONES VAGABUNDOS

 

Si hay algo que nos resulta inconcebible es que un colchón vagabundee. Parece lo más lejano a su esencia silente, sin embargo, lo hacen mucho, de cama en cama, entre habitaciones, de un piso a otro, a veces incluso por las calles. Pocos saben que los colchones abandonados emiten aullidos, suspiros y sollozos, emanan abrazos desasidos surgidos de manchas que se parecen a Australia al atardecer, o a Groenlandia en un día de verano.

                No así los somieres, los somieres solo saben tocar el violín y desafinan con facilidad. Por último, están los cabeceros y los travesaños, que son como cajeros de banco, funcionarios impasibles que asisten con aire impertinente al drama de las parejas o a la ilusión de los niños.

                Esos colchones errantes son como caballos salvajes rapados o como unicornios arcoíris desteñidos. No pertenecen a vida alguna, ni pasada ni por venir. Los vemos tendidos en el suelo de asfalto, mientras de su vientre surgen lágrimas, o apoyados en paredes infames, vomitando madrugadas.

                Hay colchones que permanecen borrachos durante días tirados en una acera, sin que nadie se apiade de ellos. Al final, por puro aburrimiento, la autoridad los retira y los lleva a un lugar desconocido donde quizá les ofrezcan un poco de sopa y un sitio digno donde descansar, porque los colchones también añoran dormir sobre un lecho cálido.

                La ciudad llena de colchones abandonados es un canto fúnebre a la pérdida de la intimidad; los colchones vagabundos son como los perros callejeros, no tienen la culpa de exhalar ese perfume astroso y mugriento. Los colchones no tienen la culpa de almacenar en su bodega todos los sueños: los cálidos, los inocentes, los sucios, los de todas las edades. Los colchones no tienen la culpa de que sus dueños prescindan de ellos, los dejen en la cuneta como mascotas molestas; no tienen la culpa de ser los testigos directos de nuestra más profunda intimidad, y tampoco tienen la culpa de que eso nos moleste tanto.

                Una relación extraña de los colchones callejeros es la que mantienen con los coches. Los vemos descansar junto a sus compañeros de metal, unos tan blandos, de carne muelle, los otros tan férreos, esculpidos en gimnasios de cinturón industrial. A veces, incluso, los colchones se recuestan encima de los capós, descubriendo una intimidad inimaginable que nos arrebata y enternece.

Como en los posos del café, hay quien lee el porvenir de las familias, de las parejas, de los solitarios, en las manchas que sus cuerpos dejaron. Esos chamanes son como seres apátridas que viven escondidos en lugares ignotos; nadie sabe quiénes son, pero deslizan sus augurios de formas variopintas.  A veces, no muchas, junto a algún colchón olvidado, observamos en la pared contigua una mancha sospechosa, como un bocadillo de cómic pintado, pero deshecho, sin bordes definidos. Los augures asegurarán que son parte del alma del colchón, que ha transmigrado, o un pensamiento que no se resiste a abandonar del todo ese cuerpo vermiforme recubierto por una funda decorada con flores. Yo creo simplemente, que los colchones son amantes de los grafitis callejeros, que encuentran consuelo en su presencia, que los buscan, porque algo de vagabundos y de parientes pobres de nuestros sueños tienen también.

                Los ayuntamientos deberían crear, potenciar, una capilla de colchones, un espacio rodeado de todos ellos, esos desterrados, apilados unos sobre otros. Los fieles podrían ir a ese lugar de culto y reflexionar sobre los sueños propios, y ver que no son muy distintos de los de otros infelices e insatisfechos durmientes.

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Fotografias del autor tomadas en Jumilla y Murcia.

miércoles, 10 de abril de 2024

BUSCANDO UNA HUERTA PERDIDA

 


En una de las últimas películas de Akira Kurosawa, Sueños (1990), compuesta por ocho cortos, un niño es reprendido por unos espíritus que representan los melocotoneros arrancados por su familia. La historia se desarrolla durante el Hina matsuri, Día de las Muñecas, que coincide con la antigua celebración del Festival del Melocotón o Momo no sekku. Los espíritus se apiadan del niño cuando este les dice que él no quería que su familia destruyese el jardín de los melocotoneros, y su interés por ellos no era tanto por consumir los frutos, sino por disfrutar del espectáculo de su crecimiento y floración.

                El pasado 4 de abril se estrenaba en la Filmoteca Regional de Murcia el documental ¿Dónde está mi acequia?, subtitulado Anatomía forense de una ciudad. En unos inteligentes planos contrapuestos, el director Joaquín Lisón enfrenta coloristas escenas de las celebraciones del Bando de Huerta, Entierro de la Sardina y Romería de la Fuensanta —donde observamos ricos trajes regionales— frente a panorámicas ocres que muestran la degradación absoluta de la antigua y verdadera huerta. Inmediatamente recordé el sueño del niño Kurosawa y entendí el sentido último tanto del film fantástico del japonés como del documental evocador del murciano. También entendí que la propia proyección en plenas Fiestas de Primavera murcianas era en sí misma una sibilina performance, pues tras los sonidos en la sala del documental de denuncia sonaban en la calle los pitos y charangas despreocupados de esa otra huerta falsa del festejo y el oropel.

                Joaquín Lisón, junto a la productora Conchi Meseguer, llevan años reflexionando sobre el triste devenir del río Segura en sus diversos tramos, desde Pontones, en el nacimiento, hasta su final agónico, que el director sitúa en la propia ciudad de Murcia y no en Guardamar, donde la desembocadura ya no es tal. ¿Dónde está mi acequia? ejecuta un dictamen, no por implacable menos cierto, de esta degradación. Las imágenes de los depauperados tramos no entubados que quedan de las antiguas acequias, molinos o aceñas, se suceden entre un fondo de carreteras mal trazadas, sonidos de claxon y urbanismo desarbolado. La gama de colores terrosos, mortecinos, domina el encuadre, que se ve interrumpido, como fogonazos de un tiempo perdido, por testimonios de ancianos huertanos, de sus propios nietos, y de fotografías en Blanco y Negro de una huerta tan idílica como terrible, algunas de ellas, parte del archivo de la recientemente desaparecida María Manzanera.

                Siguiendo este esquema de montaje, el documental oscila en todo momento dentro de una dialéctica entre la nostalgia del paraíso perdido de la niñez, la injusticia que supone la reducción del huertano a un estereotipo de personaje inculto y residual y, correlativamente, la degradación medioambiental del entorno. La fortaleza plástica del metraje se ve reforzada por la música de Crudo Pimento, que en una de las secuencias más dramáticas emite un grito desgarrador, una glosa del egoísmo contemporáneo mientras vemos una imagen partida de una de las cíclicas inundaciones del río, con un rebaño de cabras huyendo que son también una metáfora de los habitantes de la ciudad superados por las circunstancias.

Especialmente emotivas son las entrevistas a unos pocos ancianos (Patricio, Juan) que todavía recuerdan la huerta murciana en sus mejores días. En estas entrevistas se hace una evocación de esa Arcadia que pudo ser la ribera del Segura hace décadas, donde las gentes se bañaban en las propias acequias y vivían de lo que daba un suelo extremadamente fértil. Estos ancianos que recuerdan una infancia breve llena de trabajo, pero feliz, son, a la postre, el mismo niño Kurosawa que ve como su familia ha arrancado los frutales. Como en la película del japonés, esa familia, en cierto modo fratricida (porque en Sueños hay una intuición de muerte de las hermanas del protagonista), es elíptica, jamás la vemos. Joaquin Lisón tampoco muestra a esa familia de perpetradores del delito (tecnócratas, especuladores, constructores sin alma y sin criterio), la mayoría parientes de huertanos o huertanos de origen. No los muestra, no hablan, no exponen su visión, pero las consecuencias de sus acciones insensatas se observan con toda su crudeza. Aparecen, eso sí, los herederos involuntarios de ese despojamiento, los regantes de las pocas parcelas vivas, que aún hoy notan la presión urbanística, pero también arqueólogos, que desvelan un pasado de esplendor, y activistas que pelean con dolor contra la desaparición del entorno.

                ¿Dónde está mi acequia? no es un documental al uso, su voluntad de denuncia y ese canto fúnebre que parece recorrerlo, se materializan en metáforas de una viveza poco común en el género. Al inicio ya vemos el cauce seco de una acequia por el que empieza a discurrir de repente una lengua de agua que arrastra todo tipo de residuos acumulados en el tiempo. Vemos los paredones apenas en pie de los antiguos molinos y norias. Vemos una procesión cruzar por encima de un Segura mancillado, la imagen de un Cristo Azotado representa al propio río; los pasos dudosos de los estantes vestidos con zaragüelles convierten la celebración en un desfile lleno de culpas en honor a la huerta. Vemos los fuegos artificiales del Entierro de la Sardina (una celebración relativamente reciente, muy urbana), fuegos que simbolizan el boom urbanístico indiscriminado que vive la ciudad a partir de mediados del siglo XX. Pero Lisón no se queda ahí: en la parte final del metraje y mediante el efecto de la cámara en movimiento inverso, los fuegos artificiales que antes se abrían como flores en el cielo nocturno, ahora se cierran, y caen a tierra como si de rayos se tratara, en una alegoría del efecto destructivo que provoca el crecimiento descontrolado de la ciudad sobre sí misma.

                Lisón y Meseguer trabajan por decantación, como si de una serie de avenidas de agua consecutivas se tratara. No hay una narración clásica, con un planteamiento y un desenlace, sino más bien cíclica, con estratos sucesivos que se colocan unos sobre otros creando un discurso encadenado de referencias de todo tipo que se repiten con variaciones. Se crea, por tanto, una analogía entre forma y fondo, montaje y significado, que enriquece el relato. Una de esas referencias, quizá la más general —y quizá también el testimonio más gráfico que describe la relación de Murcia con su huerta—, es la del naturalista Joaquín Araujo cuando compara a la ciudad con una garrapata que chupa la sangre de su entorno medioambiental. Todo el metraje se halla atravesado por referencias de la época árabe salidas de la pluma de Ibn Mardanís, rey de la antigua Mursiyya, entre otros; los cambios temporales, adelante, atrás, y muy atrás, son constantes.

Muy al final vemos unos murcianos vestidos con lujoso traje típico bailando frente a la patrona. Uno no pude dejar de pensar en el baile del corto de Kurosawa, el baile que los espíritus de los melocotoneros talados dedican al pequeño, un baile gagaku que en realidad es una despedida y que tiene, a pesar de su colorido y elegancia, algo de marcha fúnebre. Lisón consigue, por su parte, que estas alegres parrandas murcianas tengan también un sentido triste y melancólico, completamente distinto a su intención original, de esta manera decodifica de un plumazo todo ese repertorio exclusivamente turístico creado hoy alrededor de un entorno medioambiental que languidece sin remedio.

                ¿Dónde está mi acequia? es, por tanto, una obra magistral, valiente, profunda y muy necesaria.