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domingo, 4 de junio de 2023

PUDRIDEROS DE TIEMPO (II)

 


Después de décadas volví a los zaguanes impregnados de polvo. Los bloques eran los mismos, y los mismos sus moradores, mucho más viejos. Otros, por acción de la muerte del anterior, habitaban los pisos desde hacía poco. Se trataba ahora del depósito del correo electoral, no de la encuesta. Similares propósitos, ambos por voluntad y sin pedir ni recibir dinero a cambio. Quizá parpadeando, caí perplejo: estaba ante el mismo fulgor opaco, la misma penumbra dorada, dulzarrona y exangüe.

Los buzones de madera, aunque nuevos, parecían haber envejecido tan deprisa que pudieran tener más edad que los antiguos ya descartados. Los buzones metálicos se pintaban de color cobrizo, o directamente de un marrón castaño, intentando simular un tiempo que no merecían. Todo era simulado y a la vez auténtico. Para comodidad del cartero, algunas series de buzones se extendían a la altura de la cintura, horizontales y no pegados a la pared, como mesas horadadas por ranuras sin sentido. Otros ofrecían, absurdas y cómodas, vistas frontales tras cristales que mostraban sin pudor el interior. Tras esas mirillas descollaban, como peces agonizantes, panfletos de propaganda electoral.

            Comentario aparte ofrecían los espacios. Los zócalos de madera pervivían, opacos y deslucidos, repletos de ralladuras, pero nobles, como la nobleza de un caballero ajado en cuya solapa fallece una flor mustia. Para dar sensación de amplitud, en todos los vestíbulos se habían colocado grandes espejos, una moda que perviviría a lo largo de décadas. Los espejos… limpios, sin una sola grieta o esquina desportillada. El único elemento que no había cambiado a lo largo de los años. Los espejos… que reflejaban el rostro de los habitantes del bloque, día tras día, jornada tras jornada, arruga sobre arruga, implacables e inmisericordes, como la bendición eterna de un párroco desquiciado. Treinta años después, los mismos rostros ajados, desilusionados, empolvorecidos y pálidos, hastiados de sí mismos, pasando por delante de los espejos intransigentes.

            Los escalones. Primero fabricados con un sucedáneo de piedra artificial donde flotaban trozos descartados de mármol rojo. Después sustituidos por piedras nobles. Los escalones pulidos tras cientos de baldes de agua y lustres de fregona. Había algo terrible en todo aquel escenario, buzones, espejos, escalones, zócalos, que no supe ver la primera vez, muchos años atrás, y sentí como un puñetazo en esta ocasión, hace apenas unos días. El aire, el aire enmohecido, el mismo aire irrespirable del primer día, nunca renovado, nunca desbancado de su poltrona estéril. ¿Era un aire muerto? ¿Qué era? Ese tufo de panteón, de los Mendoza en el fuerte de san Francisco, del pudridero de El Escorial, de los catafalcos de la Capilla Real de Granada, del enterramiento renovado en san Juan de la Peña, del Panteón Real de Oña. Ese estancamiento, esa humedad densa, esa ondulación monstruosa de pantano o de cosa del pantano. ¿Era cierto? Después de tantas décadas de limpieza constante nadie había renovado esa atmósfera mortuoria. ¿Cómo era posible que los vecinos no lo notaran? Cada vez que atravesaban el umbral se internaban en un panteón de cementerio, y sus propios nombres estaban allí inscritos, garabateados o tecleados.

            Se debía recurrir a trucos viejos para poder penetrar en esos espacios sórdidos: jamás hablar de propaganda, sustituir publicidad por correo, hablar con eses, ser paciente y servicial. En los timbres, casi nadie contestaba, a la décima, undécima, alguien descolgaba y tras la fórmula, pulsaba el botón. Ciertos inquilinos, tímidos, se excusaban diciendo que la vecindad no quería que abrieran a nadie extraño. No querían, pues, que nadie ajeno entrara en el panteón familiar y respirara el aire irrespirable, y les arrebatara esa última, agónica, bocanada de pasado que les quedaba. Leía los nombres en los buzones, a pesar de la prisa, lejos de lo pragmático: eran nombres de gente que yo conocía, que veía todos los días caminar por las calles. “Ahora sé dónde vives”, pensaba primero irónico; luego, luego pensaba que no era posible, que todos aquellos nombres eran nombres de muertos, y que los muertos no pasean, no pisan las calles. ¿O sí?

            Al salir, siempre, siempre aspiraba un poco de aire envenenado, porque sí, porque yo también era uno de esos muertos embalsamados de pasado y merecía un poco de elixir faraónico, de resina preservadora, de ungüento para momias. Porque yo me lo merecía, sin duda.

Posfacio.

Dos días después, llegaron las elecciones. Perdimos, como siempre, aunque también ganamos. Olvidé el aire mortuorio de los vestíbulos, sustituido por la atmósfera aromática de las aulas, plena de hormonas y ansias de poder, pero desde entonces anda rondando mi pituitaria una cierta inquietud, como si alguien me observara desde el interior de algún buzón anónimo.

sábado, 5 de noviembre de 2022

LA LIMPIEZA DE UN BOLÍGRAFO

 



Hará unos días, en una clase de 2º de Bachillerato, observé como una alumna, Diana Nicole, escribía con un bolígrafo sin tinta; el chasis plástico de protección dejaba ver un canutillo limpio y transparente. Le hice ver mi extrañeza, y me contestó que, aunque aparentemente el bolígrafo estaba ya vacío, sí quedaba una pequeña cantidad de tinta cerca de la punta y que pensaba consumir la minúscula reserva. Le insistí en que me avisara cuando eso ocurriera, y efectivamente, tres clases después, me mostró el bolígrafo totalmente descargado, incapaz de trazar línea alguna.

Era algo que hacía años que no veía, un bolígrafo aprovechado al máximo y sin rastro alguno de tinta. Normalmente, estos pequeños artefactos de cotidiana alta tecnología no suelen acabar su vida útil: se extravían, se deterioran prematuramente por el mal uso o, lo que es más común, terminan sus días olvidados en algún rincón del escritorio, en la ranura de un sofá, tras un mueble de poco uso, o lo más hiriente, metidos en un bote junto a un grupo de congéneres marginados.

Un bolígrafo constituye un logro de diseño de producto poco común. El perfecto ensamblaje entre la bola rodante de metal y el cono que permite que la tinta llegue a ella y se expanda alrededor de su esfera es un raro caso de intimidad máxima de los materiales. Su facilidad de construcción y su bajo precio hacen que no reparemos en su perfección.

Vivimos tiempos extraños, la despreocupación generalizada por las cosas, los objetos que nos rodean, contrasta con la cercana -y ya agobiante- carestía que nos espera. Algunas personas, generalmente los adolescentes -tan denostados por muchos “nostálgicos intelectuales” de medio pelo-, ya han entendido que nos aguarda un futuro de austeridad radical, similar a la postguerra europea en el siglo XX. La epidemia de Covid ha enseñado muchas estrategias en este sentido, y son las generaciones más jóvenes las que han interiorizado la grave advertencia que un minúsculo virus nos hizo llegar.

Se me figura que este bolígrafo cristalino, limpio y esencial como un pensamiento tautológico y el gesto no menos limpio y elocuente de Diana Nicole, son un símbolo de esperanza, un vector de posibilidad ante la dura prueba que se nos avecina, y creo que estos gestos minúsculos, estas presencias casi intangibles deben ser evidenciados, presentados, como lo que son: indicios que pueden indicar caminos de salida ante nuestro atolladero.

Se dice que el diseño de un bolígrafo barato no puede ser mejorado, pero es posible que este gesto responsable de cuidar su materialidad hasta el extremo proponga también la posibilidad, a pesar de su bajo costo, de la reutilización mediante una recarga de tinta, sin duda testimonial, pero es posible que los pequeños avances, las soluciones sencillas salidas de la más humilde cotidianeidad, puedan romper la deriva que gobiernos y grandes corporaciones no parecen saber detener.


domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MUERTE DE NUESTRO PELUQUERO

 



La noticia nos llegó por teléfono a través de la persona que nos lo presentó, nuestra amiga Isabel. Javier, nuestro peluquero de toda la vida, sin previo aviso hacía unos pocos días, con apenas cincuenta años de edad. Conocíamos a Javier desde hacía veinte años, y habíamos sido sus clientes habituales durante todo ese tiempo sin interrupción. No somos personas especialmente preocupadas por la imagen exterior, ni tampoco hemos sido unos clientes especialmente asiduos; podían pasar dos o tres meses sin que apareciéramos por su local. A pesar de ello, quizá sí fuimos los más antiguos y fieles entre todos los que frecuentaron alguna vez la peluquería. Por eso mismo nos resulta tan difícil asimilar su muerte.

Nos acercábamos a la capital (en mi pueblo dicen bajábamos) exclusivamente para visitar a Javier, para que nos hiciera el tinte, el corte, nos suministrara diversos champús, cremas y masajes –en los últimos tiempos como pequeñas dosis de drogas amables- con los que fue colonizando nuestra estoica manera de pasar la vida. Allí, en el local, estábamos como en nuestra casa, en una burbuja cálida de confidencias, contando pormenores y anécdotas de las últimas semanas. Javier siempre nos escuchaba con la misma paciencia ligeramente irónica, tranquila, dotada de ese tempo único e intransferible, ligeramente flemático, que formaba parte de su personalidad. A veces dejaba escapar apuntes sobre la sociedad que le rodeaba y con la que convivía día tras día, hora tras hora, detrás de secadores, lavados y tijeras; una sociedad absolutamente superficial, vacua, egoísta hasta la extenuación que soportaba como quien aguanta las molestias del calor veraniego. Nosotros, que éramos de pueblo, constituimos siempre un soplo de aire fresco para él, al menos eso nos quiso transmitir; que fuese una pose o una displicencia, una manera fácil de agasajarnos, nunca nos importó, disfrutar de su personalidad era más importante, y él sabía perfectamente que, dijera lo que dijese, nosotros seguiríamos acudiendo con la misma frecuencia y el mismo agrado.

                Llegaras cuando llegaras, fuera sábado o laborable, mañana o tarde, él siempre estaba allí, podrían pasar semanas y es como si no se hubiera movido, con la misma sonrisa imperturbable, las mismas camisas floreadas, la misma inmoderada afición a cambiar tu look, a ofrecerte algo nuevo, a aconsejarte un producto distinto; no lo podía evitar, era superior a sus fuerzas y bromeábamos con ello.

Javier fue una especie de promesa de eternidad; las estaciones se sucedieron, generaciones de alumnos desfilaron por las aulas, nuestros padres fallecieron, nuestros viejos amigos nos abandonaron, y él siguió allí, indomable, tranquilo. Llegabas a la capital, cruzabas Maestro Alonso y lo veías. Nada cambiaba, era un pilar o un cimiento, el pico lejano de una montaña, un lago cristalino, quién sabe. Isidora me dice que llevaba más tiempo casada con él que conmigo, y es cierto, y tiene sentido. Por eso, cuando nos lo dijeron, supuso una pérdida imposible, una quiebra absurda en nuestro mundo, un choque mental, un extraño sueño inmisericorde. No podía ser, no podía ocurrir. 

Una vez me ofreció una crema antiarrugas y yo le respondí con inconsciente petulancia que yo no necesitaba eso; se rio sanamente desde su eternidad poniéndome delante del espejo ante mi propia caducidad. No estoy hablando ahora de la muerte, que está presente y nos susurra todos los días desde que entramos en la adolescencia, que nos es natural y lógica; hablo del extrañamiento, de la extrañeza hasta límites irracionales. Nunca vimos el rostro de sus hijas, ni estuvimos en su casa, ni conocimos a su mujer, pero los atisbos, los rumores de un mundo inmutable que nunca conoceremos nos llegaron más ciertos y cercanos desde la presencia de Javier que desde las agujas de la torre de una catedral.

Cada vez que nos duchamos, nos miramos al espejo, nos peinamos, usamos sus productos, ahí está él. Su rostro, su recuerdo, sus aromas, su estilo. El cabello irá creciendo y borrará las ya difusas huellas, los envases se agotarán y las fragancias se perderán, tragadas por los desagües, y el tinte, el color, se irá desvaneciendo vencido por la lluvia del tiempo. Hasta siempre, Javier.






martes, 25 de agosto de 2020

ETIMOLOGÍAS PRIVADAS: SATURIO

El tiempo, que todo lo devora, acostumbra a hacernos burla y respetar lugares remotos y humildes mientras masacra sin piedad las grandes obras de los hombres. De alguna manera, las ruinas pequeñas son menos ruinosas, dentro de su penuria parecen menos devastadas que los grandes gigantes de la desmembración, léanse las abadías británicas. Los lugares humildes no tienen ningún destino intermedio, o desaparecen sin dejar rastro o se conservan milagrosamente como insectos en formol. Es el caso de la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga, ese eremitorio primitivo que hubo de terminar en cenobio y que a pesar de los expolios y del olvido continuado se nos presenta hoy como un puente elevado por encima de los siglos golosos.

En el interior de la singular construcción, pasado el arco ultrasemicircular, más allá de los espectros de pinturas desangradas, de la palmera iniciática y al fondo de ese bosque de columnas de la mezquitilla mozárabe se esconde la gruta minúscula donde algún monje hiciera su retiro del mundo. Entrar en ese espacio oscuro y estrecho me llevó hace casi veinte años a experimentar por un momento, en esa vuelta al embrión o al origen de una manera quizá tangencial, pero sincera, la experiencia de aquellos santones del siglo X y XI.

Más o menos por esas fechas inciertas, días antes o días después, recorrí por vez primera, rodeado de buenos amigos y de las inscripciones de los enamorados sobre los chopos de ribera, el delicioso paseo que va de San Polo a San Saturio, pasado San Juan de Duero. La ermita sobre el río, antes de que trace éste la famosa curva de ballesta, se encastilla desde el siglo XVII sobre una cueva que evoluciona en espiral dentro de una peña a las faldas de la Sierra de Santa Ana o de Peñalba. El lugar cogió pronto justa fama universal, mereciendo los paseos de escritores nacionales e internacionales (como Peter Handke, el reciente Nobel, ese socio intempestivo del Numancia).

No siempre fue así.

Soria entera sufrió largos siglos de letargo que la han revestido, no tan paradójicamente como cabría pensar, de ese encanto dormido que aún hoy conserva. San Saturio debió ser durante muchos siglos un solitario peñasco donde algún que otro eremita escondiera sus reumáticos huesos. Tal es así, que hasta el Santo Patrón de Soria, titular de esta ermita de obra barroca cuya advocación peleó durante un tiempo con la de San Miguel, es lo que se llama un santo pretermitido, es decir inexistente si no es por la devoción popular. El cronista más emocionado, salvando a Don Antonio, de la tierra de Soria, caminante de sus páramos, Avelino Hernández, mal editado como tantos hasta fechas recientes, es quién me da una clave del incierto origen del nombre de Saturio, esquivo godo del siglo VI. Recordando las bondades del lugar en esa precisa y singular guía titulada Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Avelino escribe:

Saturno era el Dios de los Infiernos y dicen que si se le adoraba en las profundas simas de la cueva que hay en la sierra de Santa Ana, cortada a tajo por el Duero. He visto escrito que cuando los visigodos se cristianaron se bautizó a Saturno por Saturio. Y si no es verdad puede serlo. (p. 230)

Perdonemos a Avelino mezclar al titán Saturno, dueño del tiempo, con Plutón, pero celebremos su aportación, pues es cosa aceptada que las Saturnales fueron fiestas y cultos liberadores muy arraigados en el mundo romano y post-romano que el cristianismo quiso borrar con empeño. El oscuro Saturio, eso sí, de haber existido, hubiera habitado las mismas tenebrosas cuevas que podrían ser refugio de un Titán.

En todo caso, Saturno ya era un Dios popular en el Lacio antes de la colonización del Cronos griego, y a ese Dios anterior, cuyo nombre nace de satus (sembrado) o de satio (sazón, siembra o cosecha), por tanto vinculado a la opulencia y a fertilidad, debemos las celebraciones del solsticio de invierno, las míticas Saturnalia, donde se celebraba el prodigalidad de la tierra con banquetes generosos, con dádivas y regalos a los parientes, con fiestas sin fin, donde se recordaba la fraternidad humana y el esclavo se sentaba a la mesa del señor para ser servido por este. Todavía en Plácido, de García Berlanga, esa ácida crítica a la mentira navideña, el mendigo se sienta a la mesa de las burguesitas provincianas. Hoy ya ni se nos ocurriría hacerle semejante honor al remoto Saturno.

Saturno quedó en Saturio, la abundancia y la fertilidad derivaron en renuncia a los placeres del mundo, a la comida, a la fiesta y, por supuesto, a la carne. Nunca nombres tan cercanos designaron principios morales tan alejados.

Hoy ya no existen eremitas en Occidente, algunos monjes camaldulenses aislados en el Yermo de Herrera, en Burgos, los ortodoxos pobladores de Meteora en Grecia y poco más, que procuran mitigar los rigores con unas pocas comodidades básicas, a saber: cuarto de baño, agua caliente, estufa de leña, y finalmente, sala de oración, para escribir o leer. Curiosamente, espacios no demasiado alejados de las cabañas o refugios alquilados, comprados e incluso construidos con sus propias manos por variados artistas, escritores o filósofos que tan bien ilustra el ensayo fotográfico Cabañas para pensar, que sacó a la luz Maia ediciones.

En la lejana India, sin embargo, los sadhu, los saturios del hinduismo, santones o monjes que renuncian a todo, incluso a esas mínimas comodidades, proliferan hoy como ayer por los suburbios superpoblados pidiendo limosna para luego refugiarse en el más absoluto y riguroso retiro o abstinencia de los placeres mundanos, una forma de vida que desapareció hace siglos de España. Luego están los que ejercen vida de ermitaño por obligación y un poco por espíritu de resistencia; estos son los habitantes de pueblos agonizantes que la civilización ha olvidado. Avelino Hernández describe a varios de estos en su libro ya citado o en un canto elegíaco titulado La Sierra del Alba. Es Julio Llamazares, quizá, quien mejor ha descrito esta forma de vida resignada de muchos pueblos en invierno y en su invierno con textos como El rio del olvido:

Días interminables, noches largas y oscuras, semanas y semanas encerrados en las casas escuchando la radio y jugando a las cartas y rezando en la noche para que nadie caiga enfermo y se muera sin poder salir de aquí. (p. 129)

Rezando en la noche.

Es cierto que, a la postre, Saturno venció a través de los dos ritos herederos de las viejas Saturnalia (Carnaval y Navidad), si bien descafeinados y ya carentes de todo sentido trascendente. Pero también es cierto que es cada vez más intenso el reflujo que lanza a los hombres, por amor a lo distinto –y a lo distante- a experimentar un retiro aunque sólo sea como experiencia limitada, muchas veces buscando un idílico paraíso campestre sin saber de la verdadera dureza del aislamiento, como prueban la multitud de fracasos en este tipo de experiencias.

Soria, la provincia, la ciudad, conserva todavía ese halo eremita, nos ofrece ruinas discretas y amables, alguna terrible (como esa enorme fortaleza de Gormaz) y ha conseguido preservar en su despoblación el lejano aroma de aquellos sadhu que la poblaron de forma precaria y anónima. Parece un contrasentido, como esa tensión entre el viejo rito de la abundancia y el nuevo de la abstinencia, que algo tan etéreo como el agreste encanto de la abstinencia de aquellos saturios siga ejerciendo esa atracción en el sistema de la saturación absoluta.

Las palabras engañan, pero en el interior de las mentes evolucionan y crean extraños retruécanos, como esa tensión dispareja entre saturios y saturación que termina explicando el sentido final de nuestra época.

jueves, 23 de abril de 2020

EN LAS CASAS DE LA INFANCIA




En la película Gritos y susurros, de Ingmar Bergman, una niña se esconde detrás de los visillos y contempla un tanto cohibida a su madre sentada a la mesa en el salón rojo. La madre la llama y la niña, obediente, acude. En ese lugar nos encontramos los lectores cuando leemos ciertas obras mal llamadas autobiográficas, porque superan con creces esa etiqueta. En cierto modo, todo aquel que se asome a una obra narrativa se instala en ese precioso lugar tras el visillo, es cierto, pero la diferencia es que en aquellos relatos donde se cuentan hechos inusualmente íntimos, es el propio autor el que se coloca dentro tras la cortina traslúcida. La escena de Bergman es un recuerdo, un flashback cinematográfico, pero su intensidad, su cercanía, nos desarman.

                Gritos y susurros es una película de interiores, de interiores asfixiantes, incluso, donde dos hermanas velan a otra, moribunda, y la atmósfera creada por Sven Nykvist en la fotografía nos hace palpar, casi oler la casa, como en cierta forma ocurre con ese apartamento de Dorothy Vallens en Terciopelo Azul. En ambas cintas, uno de los personajes principales es la casa desde un punto de vista opresor. La casa, que para muchos en estos días se ha convertido en cárcel, en obligado retiro o confinamiento, no parece estar siendo bien tratada en el cine, con ese aluvión de casa encantadas y oscuras, herederas del cuento gótico, que Tim Burton ha reinventado para las generaciones más jóvenes y, sin embargo, siempre hay en esas mansiones un poso de seducción, de atracción inevitable. El siglo XIX está repleto de esos relatos de terror que tantos hemos leído en nuestra juventud. La literatura sobre las casas amables, protectoras al tiempo que vitalistas, abiertas, ricas, ofrece una lista de títulos un poco más corta; pensamos que no hay aventura en disfrutar de la vida cotidiana y, sin embargo, más en estos días, se nos figura un género esencial. Hablaremos hoy, en este día del libro, de unas pocas narraciones, pero para mí elocuentes en esa franja estrecha donde confluyen las experiencias de los propios recuerdos y de las casas de la memoria donde los habitamos.

                Decía Gastón Bachelard, en un libro hoy difícil de encontrar, pero capital en su producción filosófica, La Poética del Espacio, que los poetas y los pintores son fenomenólogos natos, y es cierto que es necesaria mucha capacidad de observación para rescatar los escenarios de la infancia, no sólo en el orden de los acontecimientos, sino también en el orden de los lugares que los vieron desarrollarse. Un libro reciente, del excelente filólogo, escritor y traductor Victor Colden, ha dado en el equilibrio exacto de esa revisión de los pabellones vacíos de la infancia donde caben tantas y tantas vivencias sin peligro de que las estancias rebosen. Decía García Montero en Poesía, Cuartel de Invierno, y también Luis Buñuel en algún lugar de Mi último Suspiro, que “el genio es la infancia encontrada voluntariamente”. Se cumple de manera clara esta máxima en el libro de Colden, su Inventario del Paraíso, una visión tan particular y a la vez tan universal que nos pellizca en los más remotos recuerdos de los lugares de nuestro inestable olvido.

Todas las casas en gran medida son la casa de la infancia, el espacio donde más tiempo hemos pasado en la vida del pensamiento; como escribiera Ambrose Bierce: “De la infancia a la juventud transcurre una eternidad; de la juventud a la edad adulta, una estación del año. La vejez llega en una noche y es increíble”. Es aquí donde Colden acierta y se nos revela como el gran fenomenólogo que es, organizando, un poco aristotélicamente, las sensaciones captadas en pequeños capítulos como cajones de armarios: Árboles, Palabras, Visitantes, Sabores, olores, Placeres, Animales… Lugares. Él diría: como una biznaga de palabras. Es curioso, porque en la obra inaugural de esa “fenomenología de la imaginación” que es La Poética del Espacio, Bachelard, haciendo un recorrido desde el sótano a la buhardilla de una casa-arquetipo, se detiene en los armarios, en los cajones, como trasuntos en miniatura de la propia casa, de los “ensueños”, como él los llama, de ser diminuto y esconderse en los recovecos. Así, cita Bachelard: “El armario –dice Milozs- está lleno del tumulto mudo de los recuerdos.” Y nos recuerda este poema de André Bretón:

L’armoire est pleine de ligne
Il y a même des rayons de lune que se peux deplier.

            Las preguntas a las que nos expone Bachelard ante su análisis de la casa son múltiples y todas esenciales, insertadas en capítulos en apariencia inocentes: casa y universo; los rincones; la concha; la miniatura; la inmensidad íntima… En realidad, nos coloca ante nuestra propia existencia corporal como continente de la consciencia, nos reduce al espacio más esencial y después nos proyecta a nuestro exterior inmediato: nuestra habitación, nuestra casa… La referencia a Bousquet, aquel poeta que cuyo universo era una cama, es elocuente: “Nadie me ve cambiar. Pero, ¿quién me ve? Yo soy mi escondite.” Y Víctor Colden nos da una respuesta en su libro, porque a través de una síntesis resuelve ese gran drama que planteó Edmund Husserl: “La mayoría de los hombres pasan por la vida como si estuvieran medio dormidos”. ¿Qué integra esta síntesis? Recordamos ahora la mirada de la niña de Bergman. En el Inventario del Paraíso, la mirada desinhibida del niño que ya es mayor –pero a la vez niño-, comienza por desgranar todos los lugares importantes de la casa, los impregnados de la observación y la experiencia primera, los que están enlazados con alguna vivencia: la hamaca del abuelo, que los pequeños acechan escondidos, el tocador de la abuela Lola, la entrada de arriba, la fábrica del garaje… La casa y sus habitantes quedan unidos, indisolubles, desde el principio, en la memoria de Michi, el niño que fue. Lo que nos enseña Colden desde la primera página es sus rincones, una palabra que para el niño conserva toda la plenitud de la aventura, del descubrimiento, porque un rincón es el contrario de un no-lugar, es un espacio cargado de significado. Nos cuenta Bachelard: “El rincón se convierte en un armario de recuerdos. Habiendo franqueado los mil umbrales del desorden de las cosas polvorientas, los objetos-recuerdos ponen el pasado en orden.”

                La narración de Colden no se inscribe en la ficción ni la autobiografía, ni en ese extraño monstruo que dio en llamarse autoficción, no es una novela al uso, es un género distinto que hunde sus raíces en textos como los de Natalia Ginzburg, que descubrí gracias a este Inventario del Paraíso. En la más genuina de las obras de Ginzburg, Léxico familiar, la autora pasea a través de los momentos íntimos de su familia, de sus hermanos, sus padres, los vecinos. Las vivencias y recuerdos desfilan por las estancias de la casa familiar con una naturalidad -a la vez íntima en extremo y despegada- que nos hace sentirnos por momentos unos invasores. Pero es la propia Natalia Ginzburg (Levi de nacimiento) la que ocupa el papel de esa niña de Gritos y Susurros, porque asume con radicalidad el papel de observadora de las numerosas discusiones de familia, las travesuras de los hermanos, momentos cómicos y las manías de su padre, el celo por el mezzorado, los poemas balbuceantes y pegadizos, los jerséis, las manzanas, el frío de la casa… la narradora se dedica a grabar esas escaramuzas como si de una grabadora doméstica se tratara hasta que, sin aviso previo, (en la página 160 de la edición de Lumen), pronuncia, ya casada, dos palabras como respuesta a una pregunta de su hermano: “Más rica”. Desde entonces, el libro cambia, se vuelve más pesimista, son los años de la persecución fascista, los años de los detenidos y desaparecidos, de los muertos. Nosotros, lectores, que éramos como uno más de la familia, que comíamos los smarren sentados a su mesa, de repente nos sentimos cohibidos porque nos están contando la tragedia que sufrió la mejor generación intelectual italiana del siglo XX en el periodo de entreguerras e inmediata postguerra, y lo hemos visto pasar entre pijamas, sábanas colgadas y ropa interior limpia llevada a la cárcel. La frase final de Léxico familiar nos trae al principio: “¡la de veces que he oído contar esa historia!”

Los textos de Colden y Ginzburg comparten varias cosas, pero una de ellas es su amor por las palabras o las frases hechas de la familia, por esas palabras que parecen adquirir corporeidad, una textura maleable y a la vez firme que las hace resistir años, de modo que, pronunciadas incluso décadas después, nos hacen regresar también, como la magdalena de Proust, al inicio de la historia. En Léxico familiar son incluso poemas tontos que vuelven cada cierto número de páginas –y de años-.

Yo soy don Carlos Tadrid
y soy estudiante en Madrid.


En Inventario del paraíso, el afán de recuperar esas palabras personales llega a convertirse en una verdadera investigación: Ataití-itiatá, Aceitazo, Gloria, Rollo, Cojo, Leshe… Palabras que en el “léxico familiar” interno tienen significados y códigos superpuestos que no entenderíamos si no fuera porque Colden, primoroso, deteniéndose en cada detalle, nos los deshoja y pincha para nuestro disfrute como flores de la biznaga. Están también los animales: la salamanquesa, el camaleón y, sobre todo, la bisha, que pululan por las estancias y el jardín de ese paraíso de la infancia que es la casa de Las Palmeras, la casa de veraneo de los abuelos malagueños. O los olores, que Colden ha guardado en una alacena secreta de su memoria (esos cajones de Bachelard…) en botes que podemos abrir y aspirar. O los sabores: el pan con aceite y azúcar, los rosquitos… El inventario se hace insondable y cuando uno termina, como en todos los buenos libros, queda apenado y desea volver al camino inicial, a la primera página, porque nada hay como la primera lectura de un libro, la lectura del niño, aunque, por desgracia, no podemos volver a esa niñez del lector sino evocándola, como hago yo ahora en estos textos.

Todos conservamos la casa de la infancia, aun cuando la vida nos haya hecho mirar hacia otros horizontes demasiado pronto, aun cuando esa infancia terminara antes de tiempo o nos hubiéramos vuelto hipermétropes por comodidad. Colden y Ginzburg nos enseñan el valor de esos momentos ya casi olvidados; a través de ellos volvemos a recordar nuestros porches, nuestras alacenas, armarios, camas deshechas, palomares, desvanes, por muy pronto que los abandonáramos. En este sentido, se me figuran textos casi terapéuticos.

Suelo incitar a mis alumnos a hacer una especie de paseo de Rauschenberg desde el instituto a su casa. Les insisto en que se fijen en esos pequeños detalles en los que no reparan durante el trayecto, aunque lo hagan todos los días. Los resultados suelen ser asombrosos. Estos tres libros que he seguido son nuestro propio paseo, nos enseñan a detenernos y a reflexionar sobre las miserias y tristezas de los descuidos de nuestra percepción, pero también los triunfos, porque a través de su universalidad se nos abren de nuevo los sésamos olvidados de nuestras primeras percepciones. Entonces se dibuja en nuestra mente una casa, puede que la de Colden, o la de Ginzburg, pero con un poco de suerte la nuestra, olvidada bajo mil enseres. “Pedir al niño que dibuje una casa es pedirle que dibuje el sueño más profundo donde quiere albergar su felicidad (…)”, dice Mme. Balif a través de Bachelard.

Llevamos semanas de confinamiento y empezamos a odiar incluso la existencia de nuestros domicilios, que nos oprimen como camisas de fuerza. Intentaremos olvidar estos días en cuanto podamos, pero quizá sea un error, quizá un ejercicio que nos salve sea colocar nuestro entorno en paréntesis y realizar una suerte de epojé al estilo fenomenológico; blindar esos trazos de experiencia en nuestro interior, quizá nos sean de mucha ayuda en un futuro que desconocemos. Recuerdo ahora un artículo que escribí hace más de veinte años en torno a los cuentos populares, decía yo entonces que “el escepticismo es un duro pecado, pero como actitud ante la vida es una penitencia. En los cuentos no existe tal cosa, la cuestión no está en creer o en no creer, sino en experienciar.” Seamos pues, ante estos duros momentos de nuestra vida azarosa, frente a un futuro incierto, una vez más, niños, y atesoremos estas experiencias limítrofes como un seguro hacia lo que está por venir. Colden, Ginzburg y otros autores nos ayudarán sin duda.


Jumilla, Día del Libro de 2020, sobrepasada la cuarentena en confinamiento.


BIBLIOGRAFÍA:

Bachelard, G., La poética del Espacio, FCE, México, 1993
Colden, V., Inventario del Paraíso, Libros Canto y Cuento, Jerez, 2019
Ginzburg, N., Léxico familiar, Lumen, Barcelona, 2019
Medina, B., Entre fenomenología y poiesis, apuntes sobre los cuentos populares, en revista Anaquel, nº 2, Ciudad Real, 1999

jueves, 9 de abril de 2020

CLÁSICOS DEL CONFINAMIENTO



En la penumbra de nuestras estancias, durante estas cuarentenas que nos remiten a tiempos pasados, las mentes se difuminan y vuelan sobre los textos del confinamiento. Recordamos a Petrarca, a Camus o Thomas Mann sin dejar de pensar en estos libros como novelas de ficción, cuando todos ellos están inspirados en hechos reales.
Hoy quiero evocar a los autores más que a sus obras, a esos hombres y mujeres que vivieron ocultos en el silencio de sus casas durante largos años, muchas veces obligados, algunas por una decisión propia generada por la presión del entorno. No hablaré aquí de los eremitas de la Tebaida ni del Thoreau de Walden, porque sus encierros y los textos que generaron respondieron a decisiones personales profundamente meditadas, no a la necesidad biológica o social. Citaré, eso sí, a esos gigantes de la literatura que, incapacitados o segregados, dieron al mundo obras únicas que de otra forma no habrían podido ser escritas.
Recuerdo a Joë Bousquet, el poeta francés herido en la gran Guerra que pasó décadas postrado en cama sin salir de una habitación oscura a la luz de una lámpara, desde la que construyó sus densos poemas. Regreso a Marcel Proust, cuyos largos periodos de postración dieron final a la gran saga de la memoria recobrada que es su obra. También Emily Dickinson pasó décadas sin salir de su casa, por propia iniciativa, sí, pero obligada por la presión del ambiente social. Sus poemas no hubieran existido sin ese aislamiento físico. Es cierto, como también ocurrió con Lovecraft o con Hildegarda von Bingen, ¡qué distintos y qué separados en el tiempo!, que esos confinamientos se vieron compensados por una intensa actividad epistolar.
A pesar del mérito de sus textos y de sus ejemplos de fortaleza y voluntad, no voy a hablar ahora de ninguno de ellos, sino de otro autor totalmente diferente que me ha acompañado desde la niñez. Hablaré y citaré únicamente su último libro, escrito en la sordidez de un hospital donde lo aparcaba un cáncer de próstata. Regular, gracias a Dios es el último libro de José Antonio Labordeta, el gran andarín aragonés, profesor de enseñanza secundaria, activista, político, cantautor, personaje del cine y la televisión, polígrafo.
Labordeta terminó lo que él dio en llamar unas “memorias compartidas” apenas un par de meses antes de morir. El texto viaja entre sus recuerdos ordenados en etapas concretas de su vida y el estéril confinamiento en el sórdido hospital zaragozano. Cuando el lector viaja por sus memorias sabe, en todo momento, que Labordeta escribe durante los últimos meses de su vida; sin embargo, el escritor jamás nombra el inevitable y cercano final de su situación, aunque lo frecuente. Habla con absoluta naturalidad de las buenas relaciones con sus oncólogos, del paulatino recorte de su libertad de movimientos, como si de un cuento de Cortázar se tratase, de su poca presencia física, de su menguante vitalidad, y lo hace siempre con humor, con esperanza y con una inevitable ironía maña. Se permite toda clase de pequeñas anécdotas, porque éstas no son unas memorias al uso; por ejemplo, la divertida entrevista (página 112) que tuvo nada más llegar a París y que reproduzco:

El vestíbulo estaba repleto de propaganda de Argelia francesa, y sin intimidarme mucho llegué a la oficina donde me recibirían para resolver el papeleo. Saqué todos y cada uno de los expedientes, y de pronto vi que la secretaria se retenía la risa como podía: la causa era mi notable en la clase de religión de quinto de carrera.
—¿Es cierto?
—Ciertísimo. Si no me hubiese sabido las Bienaventuranzas ahora no podría presentarles la documentación completa.

Muy cerca del final del libro, la reclusión se inscribe dentro de su propio piso, y es ahí, en una página inolvidable, donde Labordeta termina entroncando con Bousquet, Proust y tantos otros atletas del confinamiento. Caen frases inmisericordes y a la vez vitalistas sin respiro para el lector: “Cada día lucho más contra esta indecente forma de hacerme viejo, casi anciano, y uno de mis deberes cotidianos es recorrer el pasillo de mi casa —lo recorro veinte veces por la mañana y otras veinte por la tarde—”. Unas líneas más abajo, en esa página 213, se permite una dura y realista metáfora existencial: “Cuando uno no tiene más que su casa como recorrido y vida, hace de ésta un lugar tan hermoso como el más hermoso (…). Mi casa, como digo, es mi refugio y también mi condena y todos los días, tras finalizar mi paseo de veinte pasillos, acepto que ese paseo ficticio es mi vida y quiero hacerlo todos los días y me doy cuenta de que cada vez necesito menos cosas para ser feliz.”
Labordeta deja una lección de vida hacia el futuro, precisamente en el momento en que él ya ha agotado el suyo propio; una lección que se nos figura fundamental para arrostrar estos tiempos de penuria. Regular, gracias a Dios fue el primer libro que terminé dentro del confinamiento y que me ayudó a entender que, por mala que fuera nuestra situación, siempre podríamos afrontarla con un atisbo de la entereza con que la encaró el viejo cantautor.
Vayan estas líneas en recuerdo de José Antonio Labordeta, de Luis Eduardo Aute y de otros luchadores por la libertad que hoy ya no están con nosotros.

En mi piso de Jumilla, día 27 del confinamiento por la epidemia de coronavirus.