miércoles, 28 de diciembre de 2022

VÍCTOR COLDEN O LA NOVELA DE NUESTRAS VIDAS

 


Cuando en 2019 Víctor Colden (Madrid, 1967) publicó Inventario del paraíso (Canto y Cuento), pocos de sus lectores podían saber que comenzaba un corpus programático; cuando en 2021 Newcastle edita Veinticinco de hace veinticinco, la sensación de que esa inmersión en la memoria generacional no iba a quedar ahí se hizo presente. Efectivamente, desde hace unos meses el propio autor se ha encargado de anunciar que pronto tendríamos en nuestras manos la tercera tesela de este mosaico; el pasado 14 de diciembre, finalmente Pre-textos saca a la luz Tu sonrisa sin temblar, hasta ahora la novela más completa y más ambiciosa de Colden. Ahora sabemos que estas entregas sucesivas no son en modo alguno un trabajo reciente, una idea generada en unos pocos años, sino el fruto de un contacto constante con la escritura, laborioso e ininterrumpido desde los años de la juventud.

                Muchas son las facetas que hacen de Tu sonrisa sin temblar, además de una obra singular, una novela que parece situarse en el centro del imaginario de toda una generación. Sólo comentaré algunas de ellas, procurando soslayar el germen de este texto lleno de calmada poesía sin perturbar el secreto de su encanto.

                La época ya es notoria: primeros años de la movida, la adolescencia de un grupo de estudiantes de secundaria en un colegio del madrileño barrio de Argüelles. Ahí está la todavía frágil democracia, ETA, los avisos y velados pronunciamientos de los despojos del régimen, pero también la asunción a la vida de una nueva generación, su entusiasmo y sus vaivenes. Por el texto desfilan decenas de discos, de libros, de autores, de pubs, cafeterías, tiendas de música y de moda, librerías, y esas calles inmóviles siempre observando la nueva vida que bulle en sus aceras. Y mucho más, claro.

Es cierto, también están los asesinatos de ETA a dos cuadras de la casa familiar, los conciertos multitudinarios en el Parque del Oeste, una visita quevedesca al Rock-Ola, los grupos de moda españoles, actuando delante de sus narices: Nacha Pop, Mamá, Los secretos, Los Pistones, pero también los de siempre, los anglosajones, Jam, Aztec Camera, The Clash, The Psychedelic Furs, Madness, y tantos otros, cuyos discos se podían comprar en la tienda de la esquina. Y están las maravillosas conversaciones sobre filosofía, narrativa y poesía que recorren la novela, mantenidas por unos jóvenes que ya han leído todo lo que hay que leer, que manejan el inglés con soltura, que se atreven con el italiano por puro gusto, que reverencian la ciudad de Praga por ser la patria de Kafka, que publican de tapadillo relatos, obras de teatro y poesías, como otros lo hicimos, pero, ¡ay!, mucho mejor escritos. Todo eso está en Tu sonrisa sin temblar y, sin embargo, no he dicho nada importante.

Víctor Colden ha borrado sus huellas en esta especie de novela de formación y buceo en la memoria entre el estudiante Törless, el joven Dedalus o el yo proustiano, pero nos ha dejado sabrosas pistas. Los nombres de los personajes remiten con humor y picardía a sus étimos en el mundo real: ese prudente Michi Torozón, por momentos insensato; esos ilustres dinosaurios salidos de un casting de El nombre de la Rosa (El Iguana, El Gran Mono Blanco, El Duque); ese esquinado y ominoso Álvaro Baeza, cuyo nombre sugiere el de un famoso espía; ese Yndurillas con nombre parónimo de otro ubicuo falangista y, ante todo, ese clásico del Siglo de Oro que no veréis en ninguna antología llamado Luis Conde y Conde, otro parónimo divertido. Juegos de palabras, acrósticos, figuras literarias enrevesadas, palabras estrambóticas (boruca, coruscante, primicerio), que se entreveran con los nombres de las calles del barrio por las que los personajes circulan continuamente; los vemos subir por Moreno Robledo o Altamirano, llegar a Princesa, deambular por Ferraz, Tutor o por Martín de los Heros, desayunar en Capri o cenar en Florida Park, en una dulce danza urbana de nombres evocadores.

Esto nos lleva a otro de los aciertos de la novela que hacen que todavía nos sea más fácil encarnarnos en ella: la presencia exacta y meticulosa del barrio. Todo Argüelles está metido aquí y cuando los personajes salen a otras zonas de Madrid, pareciera que cambiaran de ciudad, pero también el Parque del Oeste, sus avenidas, Camoens y Chapí, los oscuros senderos, Paseo de Rosales, como una membrana que lo une a Argüelles. La distancia es corta, pero el tono psicológico de cada espacio es muy distinto; mientras el parque es el lugar de la soledad y la ensoñación, el barrio es el escenario de la vida cotidiana y sus azares. Es en el Parque del Oeste donde asistimos a la asunción de una de las metáforas más sutiles del texto de Colden, ese personaje metido dentro de otro personaje que es Virginia, ese juego de espejos que es su personalidad y que embelesa por completo a Michi, pero permitidme que cubra -en justo paralelismo- con un telón opaco ese tema central de la novela.

                Leyendo los cortos capítulos divididos en tres partes que son tres cursos, uno empieza a sospechar que Víctor Colden tiene una llave maestra, un grimorio perdido o un pasadizo secreto arrancado de algún cuento de Borges que le permite acceder a nuestras mentes, digo más, a nuestras vidas, y sacar de ellas trozos perdidos u olvidados. La identificación con los personajes que van apareciendo nos es nítida, no difumina la bruma del tiempo esas facciones: nuestros propios amigos, novias,  novios y compañeros son los que surgen de esas páginas. ¿cómo es esto posible? Uno comprende, mientras lee el texto, que tuvo una Virginia de la que se enamoró y que jamás le hizo caso, un amigo punki como Fredo Mesina que con el tiempo llega a ser el más tierno y entrañable, siempre metido en líos en virtud de su rebeldía y honestidad, o un compañero fiel que comparte descubrimientos literarios (y también amorosos) como Mario Ugarte. También se da el lector cuenta de que conoció en su propia adolescencia a un Luis Baeza, ambiguo y escurridizo, a un Rubén García solitario, callado, pero vehemente, que escondía no pocas desazones, a unas chicas llamadas Sara, Eva o Camila, con las que compartió fiestas, deberes, encuentros y desencuentros. Piensa el lector que cómo fue posible que Víctor Colden supiera que uno tenía un amigo falangista, siendo uno más bien de izquierdas, con el que sin embargo se llevaba bien, al igual que unos compañeros que procedían de ese otro lado que estaba vedado y que era intocable. ¿Cómo era posible que supiera todas esas cosas de un chico pobre de un pueblo agrícola del norte de Murcia y las hiciera aparecer en un colegio privado ubicado en la zona más rica de Madrid? ¿Habría ocurrido con los demás?, se pregunta este lector. ¿Hasta dónde llegaban los secretos tentáculos de este raro demiurgo? Pero era real, mi adolescencia estaba ahí, como sospecho que la de miles de nosotros, un poco más jóvenes y más inocentes y provincianos, pero marcados por las mismas y a la vez distintas experiencias. En Tu sonrisa sin temblar están las revistas literarias que se publicaban a golpe de multicopista, los avisos de bomba que desojaban las aulas en dos minutos, los anónimos, las asonadas, pronunciamientos y travesuras en clase, las incursiones nocturnas al instituto, buscando secretos imposibles, como en un cuento de Cortázar; están las tardes perdidas frente a un mísero café o, cercano el verano, frente a una leche merengada, los agobios de la cercana selectividad, la luz mortecina de las casas de los compañeros haciendo deberes infinitos, la obra teatral de fin de curso, y sí, también las palizas inevitables entre facciones rivales. Todo eso está en este libro poliédrico, como lo estuvo en nuestras vidas y, sin embargo, sigo sin decir nada importante sobre lo que es la novela de Colden.

                La clave que hace distinta a esta novela nos la narra el propio autor en pequeñas digresiones repartidas por los capítulos, cuando reflexiona sobre el fin de la amistad, las bruscas desapariciones en una época fugaz y la paradoja de que esos años sigan presentes, incólumes tras décadas, en su mente , y más extraño todavía, que así sea para los demás actores de esta pieza. Los restos, manuscritos, diarios, los nuevos encuentros, van creando un reflejo de la edad perdida. Colden reconoce que la novela es una labor necesaria antes de que la memoria se vaya definitivamente. Nos damos cuenta de que esa magia aparente no es fruto de la casualidad, que ese estilo transparente, esa prosa depurada, surgen de años de entrenamiento y trabajo callado en busca de la verdad (en la página 150 Hemingway pone voz a ese proceso). Me resisto a hablar de autoficción en esta novela, habría quizá que acuñar un término nuevo: podría ser memoria colectiva, memoria compartida, algo parecido. No importa, los que la hemos leído entendemos de qué se trata, y precisamente por ese efecto indefinible surge esa sensación que notamos de experiencia compartida. Nos parece que los Mario, Rubén, Virginia o Fredo de sus páginas suplantan a nuestros propios compañeros reales, como si estos tuvieran menos fortaleza y dejaran paso a los de Colden. Sus recuerdos secuestran a los nuestros, sus personajes refuerzan las respectivas memorias, empezamos a recordar momentos olvidados, pero ¿son los momentos de Colden o son los propios de cada cual? A estas alturas, tras leer la novela, uno ya no sabe si aquel chaval que nunca se bebía el café y dejaba que se escurriera en el plato era nuestro vecino de pupitre o el vecino de Colden, si aquella búsqueda de la mejor leche merengada la hicimos por nuestra barriada o por las calles de Argüelles. ¿Llegué realmente a disfrutar de los Jam o de Mamá con tan solo quince años, o jamás los escuché hasta hace unos días? Yo ya no lo sé, he empezado a formar parte de un colectivo cada vez más amplio, de una comunidad que, como con Tlön, Ukbar, Orbis Tertius, va extendiendo un mundo que nació en un colegio de Madrid y ahora invade las avenidas de las ciudades españolas. No hay que resistirse, es inevitable, la alquimia de Colden está tan bien armada que ya es imposible escapar de ella.

A estas alturas sigo pensando que, en realidad, sigo sin hablar de lo importante de la novela, pero entiendo que yo poco puedo hacer y que la única forma de acceder a la esencia de sus textos es leerlos uno mismo, ceder sin remedio a su embrujo y participar para siempre de esa comunidad creciente y única que forman los lectores de Tu sonrisa sin temblar.





sábado, 5 de noviembre de 2022

LA LIMPIEZA DE UN BOLÍGRAFO

 



Hará unos días, en una clase de 2º de Bachillerato, observé como una alumna, Diana Nicole, escribía con un bolígrafo sin tinta; el chasis plástico de protección dejaba ver un canutillo limpio y transparente. Le hice ver mi extrañeza, y me contestó que, aunque aparentemente el bolígrafo estaba ya vacío, sí quedaba una pequeña cantidad de tinta cerca de la punta y que pensaba consumir la minúscula reserva. Le insistí en que me avisara cuando eso ocurriera, y efectivamente, tres clases después, me mostró el bolígrafo totalmente descargado, incapaz de trazar línea alguna.

Era algo que hacía años que no veía, un bolígrafo aprovechado al máximo y sin rastro alguno de tinta. Normalmente, estos pequeños artefactos de cotidiana alta tecnología no suelen acabar su vida útil: se extravían, se deterioran prematuramente por el mal uso o, lo que es más común, terminan sus días olvidados en algún rincón del escritorio, en la ranura de un sofá, tras un mueble de poco uso, o lo más hiriente, metidos en un bote junto a un grupo de congéneres marginados.

Un bolígrafo constituye un logro de diseño de producto poco común. El perfecto ensamblaje entre la bola rodante de metal y el cono que permite que la tinta llegue a ella y se expanda alrededor de su esfera es un raro caso de intimidad máxima de los materiales. Su facilidad de construcción y su bajo precio hacen que no reparemos en su perfección.

Vivimos tiempos extraños, la despreocupación generalizada por las cosas, los objetos que nos rodean, contrasta con la cercana -y ya agobiante- carestía que nos espera. Algunas personas, generalmente los adolescentes -tan denostados por muchos “nostálgicos intelectuales” de medio pelo-, ya han entendido que nos aguarda un futuro de austeridad radical, similar a la postguerra europea en el siglo XX. La epidemia de Covid ha enseñado muchas estrategias en este sentido, y son las generaciones más jóvenes las que han interiorizado la grave advertencia que un minúsculo virus nos hizo llegar.

Se me figura que este bolígrafo cristalino, limpio y esencial como un pensamiento tautológico y el gesto no menos limpio y elocuente de Diana Nicole, son un símbolo de esperanza, un vector de posibilidad ante la dura prueba que se nos avecina, y creo que estos gestos minúsculos, estas presencias casi intangibles deben ser evidenciados, presentados, como lo que son: indicios que pueden indicar caminos de salida ante nuestro atolladero.

Se dice que el diseño de un bolígrafo barato no puede ser mejorado, pero es posible que este gesto responsable de cuidar su materialidad hasta el extremo proponga también la posibilidad, a pesar de su bajo costo, de la reutilización mediante una recarga de tinta, sin duda testimonial, pero es posible que los pequeños avances, las soluciones sencillas salidas de la más humilde cotidianeidad, puedan romper la deriva que gobiernos y grandes corporaciones no parecen saber detener.


martes, 25 de enero de 2022

ESPIGADORES

 


El pasado 9 de enero, la ensayista Irene vallejo publicaba en El País Semanal, dentro de su sección El Atlas de Pandora, un artículo donde hablaba, con su natural perspicacia y elegante prosa, del exceso de objetos en nuestra sociedad y de la constante obsesión por desecharlos y adquirir otros nuevos, práctica que, como es habitual, relacionaba con referencias sacadas del mundo clásico, en este caso de la antigua Roma, primera empresa multinacional de la historia. La autora de El Infinito en un junco, cita en una parte de su texto el antiguo oficio del espigador, asociado usualmente a la siega del cereal. Eso me hace recordar a uno de nuestros mejores narradores de postguerra, quizá en mejor cuentista, Ignacio Aldecoa, que tantas páginas dedicó a los oficios del campo y de la pesca. Resulta muy recomendable acercarse a su obra a través de la selección que hiciera su esposa, Josefina Rodríguez, también escritora, para la prestigiosa editorial Cátedra. Rescató la autora en su antología una serie de cuentos dispersos que clasificó por temas, a saber: El trabajo, La burguesía, Los condenados, Los viejos y los niños y, por último, Los seres Libres. En todos ellos luce un lenguaje preciso, ajustado, lleno de vocablos que hoy puede que no reconozcamos, pero que enriquecen el texto y lo dotan de detalle: almádana, blocao, estaribel, celemín, portegado, huelgo, chicón y tantos otros. La prosa de Aldecoa es realista, absolutamente realista, al igual que sus temas, que retratan en pequeños flashes la vida pobre y anodina de los españoles de los años cincuenta y sesenta; sin embargo, sus cuentos están impregnados de una poesía sutil y a la vez repleta de sabor, como si de un tinto de crianza se tratara, que es lo que los dota de su inconfundible encanto. Aldecoa no derrocha, no desprecia ni una sola frase, se sirve de los materiales justos, no se deja llevar por adornos innecesarios; al fin y al cabo, lo que hace es acompañar a los personajes y a su peripecia con la prosa adecuada y precisa a su realidad. Se me figura, sólo se me figura, que la narrativa de Aldecoa es el ejemplo más alejado que se pueda encontrar a esa otra realidad actual que tan bien retrata Irene Vallejo.

En esa España tan cercana, pero tan lejana a la vez, el escritor vitoriano se acerca, en efecto, a los trabajadores del campo, de la pesca, de la construcción para hacerlos protagonistas principales. La urraca cruza la carretera, sobre los peones camineros y Seguir pobres, sobre la siega, son dos de sus cuentos más representativos. En esos ámbitos nada sobra, nada se derrocha, los hombres se encuentran vinculados a una inclemencia, una intemperie constante, secos, curtidos; van de campo en campo, de comarca en comarca, bajo un fondo hiriente salido de los óleos de Godofredo Ortega Muñoz, cosechando, picando. Nada queda para los espigadores aquí, aquellos que recogen lo que la siega ha desechado. A pesar de todo, el oficio de espigador es antiquísimo, practicado incluso en épocas de auténtica carestía; de hecho, es un oficio tan ancestral que el insigne folklorista y cantautor Joaquín Díaz lo versiona a partir de un tema del siglo XVI recogido en el cancionero de Francisco de Salinas que podemos escuchar aquí.

Como podemos comprobar al escuchar esta humilde cancioncilla, las espigaderuelas, jóvenes, puede que niñas, entraban en el rastrojo cuando el segador se retiraba para recoger los minúsculos granos sobrantes. El texto recogido por Joaquín Díaz urge precisamente al segador a salir y dejar algo a la pequeña espigadora.

De eso mismo, de espigar y rebuscar, va el documental que aquella gran dama del cine francés, Agnés Varda, llamada “la abuela de la Nouvelle Vague rodara en el año 2000; Los espigadores y la espigadora. Varda, de origen griego, tuvo un extensa carrera -pues su primera película data de 1954 y la última se rodó en 2019-, ganó el León de Oro, el César francés e incluso el Óscar honorífico. En el año 2000 descubre las cámaras digitales domésticas y su apetito de cine la lleva a recorrer media Francia partiendo del célebre cuadro de Millet, Las espigadoras, de 1857, que muestra precisamente a esas esforzadas mujeres agachadas recogiendo el magro fruto tras la cosecha. Desde el entorno rural que muestra Millet, Varda se sumerge en un mundo urbano donde multitud de ciudadanos, ya sea por necesidad, por conciencia o por vocación artística, se acercan a los mercadillos, las grandes superficies comerciales o los portales de las casas de los vecinos a recoger lo que otros han desechado. Así, en un viaje desenfadado, trufado de poesía y del fino humor de Agnés Varda, llegamos a conocer a personajes variopintos de todas las edades y extracciones sociales. Ella misma espiga en sus entrevistas rescatando datos y declaraciones en torno a esa faena de no dejar que se pierda lo que otros despreciaron. La vemos acercarse, incluso recoger ella misma, patatas en un enorme montón desechado junto a la parcela cosechada, manzanas que maduran y caen del árbol con un leve balanceo, tomates abandonados, hortalizas, uva.

Agnés Varda, como sin querer, nos pone delante de nuestra realidad, la de una sociedad que no sabe el valor y el esfuerzo que significa cultivar o fabricar un producto y que se desprende de él al más mínimo defecto o mancha. Una lección desde la perspectiva de hace dos décadas para los tiempos de carestía que se nos avecinan. Cuando nos asomamos a las duras condiciones de vida de los trabajadores de Aldecoa, cuando escuchamos la llamada a la solidaridad dentro de una canción del XVI, cuando vemos los rostros curtidos de los entrevistados por Varda, se nos hace más claro el sinsentido de esta sociedad entregada al frenesí del derroche y de la inconsciencia.

Hay que decir que la ley francesa protege secularmente la actividad del espigueo o de la rebusca (así llamada cuando se refiere a árboles). Los ciudadanos tienen todo el derecho, por encima de la opinión de cada cosechero, de recoger el fruto despreciado, marcando incluso unos horarios y unas distancias concretas y regladas. España, país de traperos, rastros y rebuscadores seculares (léanse La busca, de Pío Baroja), no ha tenido nunca legislación precisa sobre el espigueo. En nuestro país, las nuevas leyes contra el desperdicio alimentario pretenden paliar el insoportable panorama de toneladas de alimentos consumibles que acaban en la basura (solo en hogares hablamos de 1.364 millones de kilos/litros de alimentos anuales, según fuentes del Gobierno de España). Cataluña ha promulgado recientemente legislación sobre el tema (Ley 3/2020 de 11 de marzo, de prevención de pérdidas y despilfarro alimentario, en BOE nº 78 de 21 de marzo de 2020) donde se reconoce la práctica del espigueo, aunque con la autorización previa del titular de la explotación.

domingo, 26 de diciembre de 2021

968782897

No recuerdo cuando contrató mi padre el número, en todo caso, hace décadas. Puede que lo hiciera con la idea de que sus hijos, que irían a estudiar fuera del pueblo en fechas próximas, tuvieran una comunicación directa con la casa paterna. Sé que cuando empecé en Granada ya existía. Recuerdo hacer colas nocturnas en las cabinas del barrio de estudiantes para marcarlo, sobre todo aquella vez que se corrió la noticia de que la cabina de la esquina funcionaba sin dinero. Me atracaron incluso al ir a llamar en la del polígono; unos gitanos que volvían de fiesta a quienes entregué la calderilla que llevaba en el bolsillo. Esa noche no recibieron mi voz en la casa del pueblo. También recuerdo la barra del bar en cuyo extremo me apoyaba para llamar desde el teléfono del local. Tengo presente en mi memoria la luz verdosa de los tubos fluorescentes, el olor a fritanga y el ligero, pero constante, crepitar de la línea.

Con el paso de los años fui yo el que con más frecuencia comenzó a contestar en ese número. Había ansiedad, urgencia, procuraba ser yo el que descolgara primero en las horas pactadas; también recuerdo buenas y malas noticias, en aquel momento trascendentales para mí, comunicadas a través de aquella línea: trabajo, enfermedad, amor.

Años más tarde volví a ser yo el que llamaba, ahora desde mi casa particular, no desde las calles frías o los bares hostiles. El tiempo fue incluyendo miedo y desazón en esas llamadas que desaparecían al oír la voz tímida y remisa de mi madre. Pero fue a ese número al que llamé para comunicar la muerte de mi abuela, y desde él me llamaron para decirme que mi tía había muerto y que tenía que volver al pueblo, y fue finalmente mi madre la que descolgó para decirnos asustada que mi padre no se movía, que ella creía que… Con el tiempo, los astutos móviles lo fueron relegando a una mera presencia consoladora. Mi madre casi nunca llegaba a tiempo para coger el fijo, así que la llamábamos al móvil, siempre en su bolsillo, agazapado y atento.

                Sobre todo, y por encima de las escaramuzas y traiciones de la vida, el número se ha quedado grabado en mi mente. Recuerdo otros, qué duda cabe, unos con el seis delante, otros con el nueve, en los demás a veces dudo, pero el 968782897 es el rey de todos, es inmanente, imperturbable en mi cerebro. Lo pronuncio a veces: “nueveseisochosieteochodosochonuevesiete”.

Tiene ritmo, belleza, una matemática interna, algún tipo de poder, o al menos es lo que a mí me parece.

Ayer, víspera de nochebuena, recibí un mensaje de texto a mi móvil: la compañía confirmaba que se había tramitado la baja del número 968782897. Hacía meses que la casa estaba vacía y que la única puerta al exterior era un teléfono que jamás respondía. A mediados de diciembre solicité la baja. Un par de semanas antes, mis hermanos y yo firmamos la aceptación y adjudicación de herencia de mi madre. Hoy he llamado por última vez a ese número para constatar lo que ya sabía: “no existe ninguna línea con esa numeración”. Lo he hecho dos veces, buscando quizá una explicación, un sentido, una segunda parte o una prórroga. Hoy es Navidad, dicen, y en este día señalado he cortado el último cable con mi vida anterior, con una etapa en la que el pasado era todavía presente, se le podía interrogar, mirar a la cara. Las puertas de esa casa íntima que es la familia en la que nos criamos, en la que crecimos y nos hicimos una idea del mundo, en la que sufrimos la experiencia de hacerse mayor, se han cerrado en mí para siempre. Un hecho cotidiano, vulgar, como pulsar unos botones o atender a un auricular ha dado el aldabonazo final, irreversible, a ese pesebre en el que nos guarecimos tantos años, a veces remisos y sin quererlo. Ahora sólo queda la intemperie.

domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MUERTE DE NUESTRO PELUQUERO

 



La noticia nos llegó por teléfono a través de la persona que nos lo presentó, nuestra amiga Isabel. Javier, nuestro peluquero de toda la vida, sin previo aviso hacía unos pocos días, con apenas cincuenta años de edad. Conocíamos a Javier desde hacía veinte años, y habíamos sido sus clientes habituales durante todo ese tiempo sin interrupción. No somos personas especialmente preocupadas por la imagen exterior, ni tampoco hemos sido unos clientes especialmente asiduos; podían pasar dos o tres meses sin que apareciéramos por su local. A pesar de ello, quizá sí fuimos los más antiguos y fieles entre todos los que frecuentaron alguna vez la peluquería. Por eso mismo nos resulta tan difícil asimilar su muerte.

Nos acercábamos a la capital (en mi pueblo dicen bajábamos) exclusivamente para visitar a Javier, para que nos hiciera el tinte, el corte, nos suministrara diversos champús, cremas y masajes –en los últimos tiempos como pequeñas dosis de drogas amables- con los que fue colonizando nuestra estoica manera de pasar la vida. Allí, en el local, estábamos como en nuestra casa, en una burbuja cálida de confidencias, contando pormenores y anécdotas de las últimas semanas. Javier siempre nos escuchaba con la misma paciencia ligeramente irónica, tranquila, dotada de ese tempo único e intransferible, ligeramente flemático, que formaba parte de su personalidad. A veces dejaba escapar apuntes sobre la sociedad que le rodeaba y con la que convivía día tras día, hora tras hora, detrás de secadores, lavados y tijeras; una sociedad absolutamente superficial, vacua, egoísta hasta la extenuación que soportaba como quien aguanta las molestias del calor veraniego. Nosotros, que éramos de pueblo, constituimos siempre un soplo de aire fresco para él, al menos eso nos quiso transmitir; que fuese una pose o una displicencia, una manera fácil de agasajarnos, nunca nos importó, disfrutar de su personalidad era más importante, y él sabía perfectamente que, dijera lo que dijese, nosotros seguiríamos acudiendo con la misma frecuencia y el mismo agrado.

                Llegaras cuando llegaras, fuera sábado o laborable, mañana o tarde, él siempre estaba allí, podrían pasar semanas y es como si no se hubiera movido, con la misma sonrisa imperturbable, las mismas camisas floreadas, la misma inmoderada afición a cambiar tu look, a ofrecerte algo nuevo, a aconsejarte un producto distinto; no lo podía evitar, era superior a sus fuerzas y bromeábamos con ello.

Javier fue una especie de promesa de eternidad; las estaciones se sucedieron, generaciones de alumnos desfilaron por las aulas, nuestros padres fallecieron, nuestros viejos amigos nos abandonaron, y él siguió allí, indomable, tranquilo. Llegabas a la capital, cruzabas Maestro Alonso y lo veías. Nada cambiaba, era un pilar o un cimiento, el pico lejano de una montaña, un lago cristalino, quién sabe. Isidora me dice que llevaba más tiempo casada con él que conmigo, y es cierto, y tiene sentido. Por eso, cuando nos lo dijeron, supuso una pérdida imposible, una quiebra absurda en nuestro mundo, un choque mental, un extraño sueño inmisericorde. No podía ser, no podía ocurrir. 

Una vez me ofreció una crema antiarrugas y yo le respondí con inconsciente petulancia que yo no necesitaba eso; se rio sanamente desde su eternidad poniéndome delante del espejo ante mi propia caducidad. No estoy hablando ahora de la muerte, que está presente y nos susurra todos los días desde que entramos en la adolescencia, que nos es natural y lógica; hablo del extrañamiento, de la extrañeza hasta límites irracionales. Nunca vimos el rostro de sus hijas, ni estuvimos en su casa, ni conocimos a su mujer, pero los atisbos, los rumores de un mundo inmutable que nunca conoceremos nos llegaron más ciertos y cercanos desde la presencia de Javier que desde las agujas de la torre de una catedral.

Cada vez que nos duchamos, nos miramos al espejo, nos peinamos, usamos sus productos, ahí está él. Su rostro, su recuerdo, sus aromas, su estilo. El cabello irá creciendo y borrará las ya difusas huellas, los envases se agotarán y las fragancias se perderán, tragadas por los desagües, y el tinte, el color, se irá desvaneciendo vencido por la lluvia del tiempo. Hasta siempre, Javier.






domingo, 14 de febrero de 2021

EPITAFIO PARA UN ZORRO

 

Al contrario que muchos de los aficionados a fatigar los montes, que apenas salen al campo buscan las cumbres como objetivo de su caminar o simplemente discurren por senderos planos y accesibles, yo busco las cicatrices más hondas de la tierra. Me sumerjo en los pliegues de su piel, busco las oscuridades de las cárcavas, a la espera de encontrar el sentido de su origen, remonto ramblas hasta las cuencas de recepción, o las bajo para que las sombras de algún barranco oscurezcan un cielo lejano. Hay en ese caminar una pulsión que no puedo racionalizar, salvo un trasunto psicológico de la vuelta al vientre materno. Creo que las ramblas son los caminos más antiguos, los más remotos y verdaderos, porque pertenecen a la propia tierra y no han sido adheridos como flecos de un traje confeccionado para otro.

En una de esas internadas mentales y físicas entré hace días, muy de mañana en la rambla del Collado de Antolín, umbrosa, secreta, reservada y muy callada. El viento de hacía unas horas había cesado por completo. Todo estaba inmóvil; atochas, matorral noble, las copas de los pinos, y abajo en lo más simple y humilde, incluso los ínfimos restos de las secas herbáceas del mes de febrero.

                Bajaba yo tranquilo por las grandes losas lavadas del cauce, todavía rodeadas de aureolas dejadas por las pasadas nieves cuando una mancha ocre llamó mi atención. Al instante comprendí de qué se trataba, en el tiempo de un relámpago pensé que se movería, pero un zorro, ni aun enfermo, jamás esperaría a la cercanía de un ser humano sin huir. Se encontraba recostado de lado, alargado sin rigidez sobre la suavidad de la losa. Su cuerpo reproducía la leve ondulación gris de la caliza, sinuoso, como simulando un breve sueño, las patas delanteras apoyadas una sobre otra como en el descanso, las traseras levemente estiradas. El hocico se estiraba en un apenas distinguible esfuerzo de agonía, los colmillos asomando con un simulacro de amenaza, fantasmagoría provocada por la huida correosa de los labios hacia atrás provocada por la muerte.

                El sol no había levantado y en el aire se extendía una claridad azulada, traslúcida, que envolvía los troncos grises de los pinos cortados o caídos sobre el cauce. El color de la pinocha mostraba por momentos, engañosamente, esa tonalidad venenosa de la ova en el fondo de las charcas, y un matiz umbroso de bosque boreal. Eso me hizo recordar los viejos cuadros de imágenes dobles en los que se veían las figuras de zorros formados por acumulaciones de hojas que acechaban a las incautas liebres.

Centré mis ojos en la losa.

He visto otros despojos y cadáveres de animales, caídos en una grieta, enroscados sobre sí mismos, evidenciando salvajes agonías, o simplemente despedazados por una fiera mayor. Este túmulo era diferente. La postura era natural, de un ser que acepta una muerte cercana y se deja llevar. Aunque en el anca derecha se veía una negra herida abierta que se extendía como un maleficio, la tersura del pelo se conservaba intacta, ni una sola hoja o brizna había caído encima. Por mucho que yo girara a su derecha o a su izquierda, no perdía aquella postura el aire de paz que la envolvía. Evité acercarme para no romper un extraño cerco sagrado que parecía elevarse a su alrededor.

Fue entonces cuando me asaltó la idea. Aquello era una tumba.

Los animales salvajes no reposan en tumbas, mueren sobre la tierra y sus cuerpos se difuminan con el tiempo. Los animales salvajes no fallecen, no son difuntos, tampoco los domésticos. A nadie se le ocurriría decir que su gato ha fallecido, o llorar a un perro difunto. Parece una falta de respeto al ser humano, como si solo éste mereciera tal apelativo. La raíz de la palabra difunto, del latín defunctus, cumplir o pagar una deuda, no alude en origen a un muerto, sino a alguien que cesa en sus funciones, a un jubilado. En cuanto a los términos fallecer/fallecido, vienen de una raíz más esquiva, fallere, en latín engañar, fingir, con el tiempo faltar. Pensamos hoy en el fallecido como alguien que muere de forma apacible, paulatina, no por un accidente, alguien a quien podemos despedir.

A los animales domésticos se les fabrican tumbas, sí, unas tumbas apócrifas que ellos no entienden. Los dueños lo hacen como desviación de sus propias costumbres. A los animales salvajes no. En la refinada recopilación de Cees Nooteboom titulada Tumbas de poetas y pensadores, el autor nos advierte que estos lugares son extraños en su contradicción, puesto que nos ofrecen una presencia imposible, la presencia de un ausente. Las tumbas son recuerdos, pero son los recuerdos para los humanos o, de una manera muy digresiva, recuerdos de animales humanizados.

Sin embargo, lo que tenía ante mí era una tumba.

                El zorro, el joven zorro, quizá vencido por una de las peleas del celo, o por un inoportuno y despistado cartucho de los últimos días antes de la veda, o por el hambre y el cansancio, había llegado hasta allí para dejarse, para prestar su cuerpo a la tierra. El lugar de su muerte era el lugar donde desaparecería definitivamente.

Una tumba. No hablo solo de la calidad marmórea de la losa, de la presencia del cuerpo sobre ella, como esculpido por algún artista decimonónico, de los calderones, riscos y viejos troncos que rodeaban la gran piedra, de las copas de los árboles más lejanos que facilitaban la penumbra, no hablo solo del silencio impresionante que se imponía al cesar los pasos y el viento, no hablo solo del espacio. Hablo de un espacio de tiempo. Las ramas en pocas horas tamizarían la futura violencia de la luz de mediodía, el sol se apagaría y la noche taparía el túmulo, brillarían las estrellas, amanecería, ninguna bestia había osado acercarse a aquella losa, ni quebrantado el silencio de días, una cúpula sagrada hecha de algún material que los hombres ya no conocemos rodeaba el cuerpo. El zorro era un difunto, había fallecido en la paz de los que no conocen la muerte, sino solo el instinto de vivir. Por un momento envidié su final, lo quise para mí en el día en el que hubiera de venir, solo en la oscuridad y el silencio de un bosque, por un momento. Bajé la cabeza un instante, presenté mis respetos al zorro y me alejé procurando pasar lo más desapercibido posible, sabiendo en el fondo que decenas de pares de ojos me contemplaban callados y quietos como en uno de esos cuadros de doble imagen.

 

Con mi agradecimiento a Juan José Bas, agente medioambiental.



martes, 15 de septiembre de 2020

EL ALEPH DE TODOS LOS CHISMORREOS

 



Al tiempo que homenajeamos y reivindicamos a los antepasados, pensando que ellos no nos van a tomar en cuenta semejante atrevimiento, olvidamos voluntariamente su carnalidad, su semejanza implacable, aunque sea remota, con nuestros cuerpos. Hablamos con olímpico desdén de salvajismos, de sangrientas guerras del pasado, olvidando que, como sabía Freud, la cultura es una fina línea que nos separa de la barbarie. A la postre, como dijera el descarnado Coulaincourt de Bayeux, todos somos parientes de todos los difuntos.

Subió una vez más las escaleras que daban a su oscuro cuarto trastero. Lo hacía cada vez con menos frecuencia, pues el acantilado de recuerdos ingratos, de escenas indeseables, de sueños frustrados, de acciones desgraciadas, de movimientos adversos, de errores trágicos, de pasos equívocos, de dibujos mal esbozados, de pensamientos vacíos y enormes, de gestos malsanos, de apuros presuntuosos, de necedades vagas, de estupideces egoístas, de basura existencial, era tan alto y tan pesado, que la sola visión lo acongojaba. Había optado por vivir en un piso estrecho y pobre con tal de poder permitirse un trastero con espacio suficiente como para encajonar tantos escombros olvidados. No era capaz de deshacerse de ellos.

Aquella tarde inspeccionó un rincón de trastero que tenía especialmente descuidado desde hacía años. Era un lugar olvidado porque no le gustaba frecuentar sitios como aquel, donde el resentimiento era tan evidente que hasta él mismo tenía que apartar el rostro debido al hedor, pero aquella tarde se sentía con fuerzas. Al poco se fijó en un mínimo temblor, un brillo quejumbroso que llamó su atención. Parecía una esfera metálica, apenas dos o tres centímetros de diámetro y se hallaba aparcado junto a una estantería de legajos en voladizo. Él no podía saberlo, pero aquella esfera estaba allí desde antes siquiera de construirse el trastero, de edificar ese edificio o el anterior, o el anterior del anterior. La esfera, simplemente, había encontrado su momento. Escuchó un rumor, un bisbiseo de serpiente que subía y bajaba de intensidad. Se acercó un poco más y el rumor creció y se hizo entendible. Empezaba a reconocer las voces amortiguadas de algunos de los vecinos; chiquillos que discutían con sus madres, pensionistas en trance de salir a la calle, hombres y mujeres que volvían de su jornada laboral, jóvenes que estudiaban en un piso compartido. Escuchaba las voces de todas las viviendas a la vez y, sin embargo, no se superponían, permanecían claras y diáfanas unas junto a otras. Al tiempo, supo ya perfectamente a quien pertenecía cada tono, cada expresión, cada grito o susurro improvisado. Conocía el nombre y apellidos exactos de cada uno de ellos, el tono preciso, su modulación y su timbre. Esperó a que cayera la noche, no tenía nada mejor que hacer y además en el trastero, oculto a la luz del día, no podría saber la hora exacta hasta que oyera reunirse a las familias para la cena; justo el momento que él esperaba. Pasaron las horas y la esfera fue dejando de vibrar y apaciblemente pareció entrar en un sueño contenido. Bajó a casa y se tumbó en el lecho, pero apenas pudo dormir.

Al día siguiente, antes de amanecer, vestido apenas con el pijama, subió corriendo de tres en tres escalones hasta la letrina en que se había convertido su trastero. Tenía todo el día por delante, un día placentero durante el cual vivir las vidas de todos los vecinos del bloque en cercana intimidad.

Él todavía no lo sabía, pero había descubierto un Aleph de los chismorreos, un objeto que, semejante al descrito en 1949 por Jorge Luis Borges, le permitía acceder a todos los objetos del universo sin que estos se superpusieran. La única diferencia es que estos eran objetos sonoros emitidos por personas en aquel mismo instante, o como se solía decir entonces, en tiempo real. Años más tarde se acuñaría internacionalmente el término inglés streaming. Eso tampoco lo sabía nuestro hombre: él pensaba que las voces que percibía eran de personas cercanas a su cuarto trastero, de la misma forma que suponía que el Aleph, o lo fuese aquello, era único y personal. De su primer error salió poco a poco afinando su capacidad de observación y ampliando el radio de acción, de su segundo error probablemente jamás saldría, porque desconocía que había múltiples Alephs de los chismorreos distribuidos por los trasteros y sótanos del mundo y que esas esferas escondidas se consultaban siempre por los usuarios en la más estricta soledad culpable.

Pasaron los días y su capacidad de escuchar a un tiempo múltiples conversaciones del orbe se fue perfeccionando. Él creía en su pericia y se vanagloriaba en su interior por tan depurada técnica, pero en realidad era el Aleph de los chimorreos el que modulaba su influjo y acaparaba el resto de las capacidades del observador, de tal modo que se convertía en el único canal de contacto con la realidad circundante de su interlocutor. Porque otra capacidad que parecía tener el Aleph de los chimorreos era la posibilidad de influir, como una mala sombra, sobre las opiniones o actos de aquellos a quienes se escuchaba. No todos los dueños de un Aleph de los chimorreos eran capaces de acceder a ese poder, puesto que la mayoría se conformaba con observar y conseguía mantener un equilibrio entre su vida personal y las horas consagradas a la esfera. Sólo aquellos que estaban más entregados, por su aislamiento o fragilidad, al Aleph de los chismorreos, llegaron a desarrollar aquel poder. Las voces anónimas de estos adelantados se mezclaban en una aparente intimidad con las de algunas de las personas escuchadas, de forma que estas parecían emitir juicios o impresiones sin aparentemente notar que no eran suyos, sino ajenos, y surgidos durante la entrevista de algún lejano desconocido con la esfera.

Quienes hablaban influidos por la voz del Aleph de los chismorreos y, en último término, de su dueño, no eran conscientes de sus frases, no así los familiares o amigos que los escuchaban, que al principio no daban crédito a las palabras apócrifas que pronunciaban normalmente los miembros más locuaces del grupo. Las personas caían frecuentemente en evidentes contradicciones en sus ideas u opiniones, lo que provocaba la perplejidad de los escuchantes y el placer de los dueños de los Alephs de los chismorreos que las emitían.

Con el tiempo, las familias, las parejas y los amigos comenzaron a chocar cada vez con más frecuencia, a discutir por nimios asuntos a los que, sin saber la razón, les imprimían toda la fuerza que no empleaban en otros quehaceres cotidianos, a desconfiar unos de otros antes los cambios de versión de sus palabras. Pasaron los años, y los recuerdos ingratos, las escenas indeseables, los sueños frustrados, las acciones desgraciadas, los movimientos adversos, los errores trágicos, los pasos equívocos, los dibujos mal esbozados, los pensamientos vacíos y enormes, los gestos malsanos, los apuros presuntuosos, las necedades vagas, las estupideces egoístas, la basura existencial, fueron acumulándose sobre las personas como los estratos de un sórdido vertedero en las afueras de una ciudad.

Los dueños de los Alephs de los chismorreos, pasadas unas décadas, se habían multiplicado hasta superar en número a aquellos que desconocían su existencia. ¿Y qué fue de nuestro hombre del trastero? Es posible que muriera de inanición pegado a la esfera o bien de un reventón de escuchas. Nadie se enteró, porque siempre estuvo solo. No fue un destino particular, ocurrió con muchos otros dueños antes de que algunos de ellos se dieran cuenta de que el Aleph de los chismorreos no era en realidad un reproductor de las voces del orbe sino simplemente el amplificador de una sola y triste voz, la voz de la barbarie, del lodo esencial que todos los muertos antiguos sintieron, tocaron, vieron o escucharon alguna vez a lo largo de su corta vida.