miércoles, 5 de febrero de 2025

RECUERDOS DE MARIENBAD

 


Hace unos días, Providence Ediciones anunciaba la aparición de la 2ª edición de Recuerdos del Futuro, el ensayo que Hilario J. Rodríguez ha escrito sobre El año pasado en Marienbad (1961), el mítico filme de Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet. Podríamos considerar esta publicación como un libro necesario, pero creo más correcto decir que es un libro que necesitamos, no solo quienes hemos visto la película varias veces sino también quienes no han tenido todavía el placer de verla.

                Hilario J. Rodríguez es conocido por la originalidad y elegancia de su prosa, pero es, a mi juicio, en los ensayos donde su altura cultural nos sorprende; no hay más que recordar las desapariciones, esa pequeña joya publicada por Newcastle Ediciones en 2022.  En esta ocasión, con Recuerdos del futuro, el autor ha conseguido el objetivo que todo ensayo artístico debería cumplir y casi ninguno cumple: ser en sí mismo un émulo, un reflejo poético de la obra original, adoptando sus formas y su estructura. Lo dice muy bien Berta García Faet en El arte de encender las palabras (Barlin libros, 2023), cuando confiesa que “…Este ensayo sobre poesía quiere ser poesía”. Y así ocurre con Recuerdos del futuro, porque el propio formato, la distribución de los textos, la manera de hilar las referencias, de este ensayo, remite constantemente a la propia esencia de la película de Resnais y Robbe-Grillet. Me explico.

                Lo primero que sorprende en Recuerdos del futuro es la forma de dividir el texto: las notas ocupan la mitad de la extensión y son en sí una especie de ensayo aparte que, como en Rayuela, la novela de Cortázar, hace que el ensayo pueda ser leído de dos formas diferentes. Como el propio autor señala (p. 44) “hay muchas vías de entrada a la película, pero ninguna de salida”. El texto de Hilario J. Rodríguez aparentemente propone múltiples formas de salida a través de las notas, pero estas no son sino nuevos caminos de entrada al universo Marienbad, pasillos en los que nos perdemos con avidez, con placer y sin remedio. Las notas son una analogía de las llamadas heterotopías, esos otros lugares de la película que se extienden por senderos extraños. Las notas de Recuerdos del futuro son eso, heterotopías, lugares alternativos a propósito de El año pasado en Marienbad.

                El filme de Resnais, para Hilario J. Rodríguez, es un lugar en sí mismo, una especie de sirena varada en 1961, una obra sin relación con todo lo anterior y lo posterior, puro Cine Clásico; “destructora de la historia del cine y de la Nouvelle Vague, El año pasado en Marienbad se construye a sí misma”. Henchida de referentes literarios que parten de la erudición del guionista, Robbe-Grillet, la obra, según el autor, bebe de Borges, de Lovecraft, de Proust y, por supuesto, de Adolfo Bioy Casares, en tanto autor de La invención de Morel, el referente más directo del filme, aunque también cuestionable. El año pasado en Marienbad está llena, según este ensayo, de arquitecturas, redes y senderos; ahí están concernidas las cárceles de Piranesi o los interiores imposibles de El gabinete del Doctor Caligari. También el propio ensayo en sus siete capítulos es una sucesión de salones llenos de espejos, sugerentes e inesperados. Para Hilario J. Rodríguez, este ensayo sobre el mundo de Marienbad (ese balneario que en realidad no existe en la película) es un intento “de aprender de nuevo a escribir, aprender a escribir al dictado de sus hipnóticas imágenes”. No cabe duda de que esa es la razón fundamental de que estos Recuerdos del futuro estén escritos así y nos resulten tan cautivadores. Porque la propia película es “una arquitectura del cerebro, de la memoria”, según el autor.

                Resulta muy placentero transitar los caminos que Recuerdos del futuro nos ofrece, no solo revisando la llamada lista de películas Marienbad (p. 27, 28), que ya es en sí misma un catálogo de lo mejor del cine clásico, sino también a través de las curiosas bifurcaciones entre obra artística y vida que el texto nos va descubriendo. Son varios los ejemplos de estas interacciones, de estas otras heterotopías que analiza y ofrece Hilario J. Rodríguez, entre sueño y realidad. Llaman en especial la atención la referencia de la nota 16: Zona, un libro sobre una película sobre un viaja a una habitación, de Geoff Dyer (Literatura Random House, Madrid, 2013), a propósito de Stalker, de Tarkovsky, o el experimento sugerido en la nota 18 en torno a la obra de Robert Smithson —admirador de la película de Resnais—, dos caminos que se mezclan y difuminan conforme van siendo transitados. Vida y obra entremezcladas, heterotopías, trayectorias, como la extraña producción Souvenirs d’une anneé à Marienbad (2010), donde Françoise Spira, figurante en la película, nos deja un falso y casi involuntario making-off del filme de Resnais y Robbe-Grillet.

                Hilario J. Rodríguez rastrea también los pasillos a ninguna parte que nos llevan azarosamente al campo de concentración de Dachau o al castillo de Schleisstein (donde fueron acumuladas por los nazis miles de obras artísticas), lugares ambos cercanos al verdadero balneario de Marienbad. El autor recuerda a este propósito la intención del citado Smithson de usar el arte para modificar la realidad como límite. Recuerdos del futuro quiere hacer algo así en torno a la isla cinematográfica que es Marienbad (inevitable la referencia a la serie Lost); se trata, en cierto modo, de construir una especie de rizoma de referencias en la más pura acepción de Deleuze y Guattari, en el que vida y ficción llegan a entrelazarse hasta límites inconcebibles, sin centro ni eje apreciable. Así, personajes históricos reproducen escenarios y situaciones de la película: Franz Kafka y Felice Bauer en Marienbad; J. W. von Goethe y Ulrike von Levetzow en Marienbad; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo imitando el triángulo amoroso de la película… W. G. Sebald y su novela Austerlitz, traspasada por referencias de su vida personal.

                Uno tiene por momentos la sensación de que Hilario J. Rodríguez pretende introducir al lector en la película como si fuera una figura más de las que transitan por ella, personajes anónimos entre despreocupados y moribundos, de la misma manera que el enamorado protagonista de La invención de Morel, de manera que circule eternamente por esos pasillos “llenos de espejos múltiples, simetrías” (p. 49). La cita de san Agustín en la página 69 es muy explícita en ese sentido. Hilario J. Rodríguez nos hace ver que “el balneario de la película la única capacidad que parecía tener era la de hacernos olvidar el futuro” (p. 48). Y cita a Smithson: “No hay futuro en Marienbad”. Leyendo el ensayo tenemos la sensación de esa eternidad desesperada, entre banal y angustiosa, que experimentan los personajes y figurantes en el balneario.

                En realidad, Hilario J. Rodriguez pretende, en último término, intentar introducirnos en un anhelo íntimo “quizá yo mismo he sido invitado a ser un personaje de la película” (p. 29). El autor quiere creer que la misma “historia del cine es una historia Marienbad” (p. 28).

                Por último, la magia de este ensayo, la verdadera magia, por encima del intenso contenido poético y artístico que lo sostiene, es que logre convencernos, que logre que su anhelo sea el nuestro, que consiga —según una referencia a Michel Foucault (p. 29) sobre la heterotopía de la cama/océano en la imaginación de los niños— que nosotros mismos formemos ya parte, de alguna manera y tras leer el texto del universo/isla/eternidad que es El año pasado en Marienbad. Y que consiga que los lectores, como quien esto escribe, anhelen a su vez que otros ingresen en el espacio Marienbad y recomienden la película. ¿Qué más puede pedir un ensayista cautivado por el objeto de su reflexión?

jueves, 24 de octubre de 2024

FRANZ KAFKA VISITA TU CENTRO

 


Pasadas las dos menos veinticinco toca un timbre ensordecedor y como un resorte, todos los alumnos se levantan de la mesa para encaminarse a otra aula. El profesor tiene un tiempo inexistente para transitar hasta la siguiente franja horaria. Tarda dos minutos en desplazarse de un pabellón al otro del instituto. Los alumnos no esperan, se empujan, corren por los pasillos, gritan. Es un grupo hablador, se dice. Con este eufemismo se califica a un conjunto de veintitantos preadolescentes que no son capaces de permanecer quietos y silenciosos, o atender más de diez minutos seguidos una explicación. Pueden ser disruptivos, pueden tener déficit de atención, puede que no entiendan el extraño ritual que se desarrolla antes sus ojos, o simplemente estar aburridos tras cinco horas de clase ante unos contenidos que son incapaces de asimilar.

            El profesor ingresa en el pozo sin fondo que es un computador educativo. Previamente comprueba desalentado que en este pabellón del instituto no funciona la wi-fi. Debe compartir los datos de su móvil y generar una wi-fi alternativa. El ordenador desconoce la contraseña de esa nueva wi-fi, por lo que tiene que ingresarla diligentemente. El profesor respira aliviado al pensar que su compañía le ofrece datos ilimitados, pues lleva gastados este mes cerca de 500 megas en la wi-fi móvil que usa en el instituto.

            Superado este trámite, debe ingresar la contraseña para abrir la sesión correspondiente. Ocasionalmente se puede encontrar con que el profesor anterior no haya cerrado su propia sesión y debe proceder a cerrarla para abrir la propia. En segundo lugar, tiene que ir descartando toda una larga retahíla de sugerencias, impedimentos y protocolos vacíos antes de poder usar el navegador. Los computadores educativos suelen estar congelados, son como almas reencarnadas, no recuerdan nada de la sesión anterior, sobre todo si el profesor que ha ocupado el aula en franjas anteriores apaga el equipo. Eso significa que posiblemente esta larga lista de decisiones inútiles se repetirá en todas y cada una de las sesiones que se abran durante la mañana: cuatro, cinco, o más.

            Finalmente, el navegador accede generosamente a ser utilizado tras una nutrida lista de clics en la opción “no permitir”. Tengamos en cuenta que el navegador es pertinaz y siempre querrá suplantar al posible competidor y establecerse como prioritario. Una vez dentro, el profesor accede a la aplicación correspondiente que le permite pasar lista. Hoy no está disponible de inmediato, son vísperas de evaluaciones y el servidor está saturado. Tras varios intentos y un buen desgaste de paciencia, el servidor se desbloquea. El profesor debe ingresar de nuevo su contraseña, una contraseña que ha de cambiar y memorizar cada treinta días. Una vez tecleada la larga sucesión de letras y números, el servidor pide una clave. Esa clave solo se encuentra en el móvil del profesor; este debe entrar en su dispositivo, abrir la aplicación de autentificación de Google y teclear el código que se le pide. Esta vez, el profesor ha sido lento, y el código ha expirado, por lo que tiene que volver a teclear el nuevo código que la aplicación ha generado.

             Han pasado más de diez minutos.

El profesor al fin puede pasar lista. Hay alumnos expulsados, alumnos en intercambio, alumnos finalmente que sí están en lista. Algunos de ellos no han asistido a clase. Hoy faltan un total de trece alumnos por diversas causas, justificadas o no. Justo la mitad del grupo. El profesor duda si adelantar materia o repasar. Finalmente, acuciado por la falta de tiempo acumulada en semanas anteriores, se decide temerariamente por la primera opción.

            Para ilustrar la clase de hoy, este profesor ha de acceder al Aula Virtual, para ello deberá ingresar por tercera vez la misma contraseña, pues Aula Virtual es un ente autónomo, una república independiente dentro de la plataforma general que organiza los centros educativos de su Comunidad Autónoma.

            Aula Virtual tarde en cargarse.

            Han pasado más de quince minutos.

            Descargados los materiales, el docente propone las tareas del día, explica un par de conceptos básicos y espera a que surja alguna pregunta de entre el racimo de los pocos alumnos todavía despiertos. Nadie tiene dudas. Los ejercicios no podrán ser terminados hoy, quedan diez minutos de clase, así que el profesor recomienda que sean terminados en casa para corregirlos al día siguiente. Al profesor le queda la tranquilidad de que, al ser última hora, si olvida cerrar alguna sesión, nadie le va a robar los datos de su cuenta en la Plataforma Educativa. Aun así, cierra con diligencia, una a una, todas las aplicaciones, en lugar de apagar directamente el equipo.

            Quedan unos pocos minutos para que toque el timbre de salida.

            El profesor insta a los alumnos a que suban las sillas sobre los pupitres, de forma que el trabajo de limpieza por la tarde sea menos pesado. Comienza un ruidoso descalabro de tubos de acero pintados de verde y asientos de contrachapado. Acaba el ritual, toca el timbre y todos los alumnos huyen en tropel como si algún monstruo hubiera aparecido de pronto en el aula. El profesor, exhausto, queda abstraído en medio del espacio vacío del centro. Es joven, cumple escrupulosamente todos los protocolos y piensa en la inmensa suerte que ha tenido al conseguir una cierta estabilidad laboral dentro de su condición de interinidad. Utilizará la tarde entera en llevar perfectamente preparados, empacados y deglutidos los contenidos del día siguiente.

Mismo centro, ocho y media de la mañana del día siguiente.

La madre de uno de los alumnos que no asistieron el día anterior a la última clase pregunta por el profesor. En conserjería le informan de que el profesor a quien busca no tiene docencia directa a esa hora. La madre, ya molesta, se enfurece y blasfema, pasa directamente a los despachos de secretaría donde, sin mediar palabra, registra una queja firmada por varios padres más. La ley es clara, y con un cincuenta por ciento del alumnado ausente, el profesor tiene que limitarse a repasar contenidos ya impartidos.

Quince días después, el ignorante profesor recibe la visita inesperada del inspector.

sábado, 21 de septiembre de 2024

LOS COLCHONES VAGABUNDOS

 

Si hay algo que nos resulta inconcebible es que un colchón vagabundee. Parece lo más lejano a su esencia silente, sin embargo, lo hacen mucho, de cama en cama, entre habitaciones, de un piso a otro, a veces incluso por las calles. Pocos saben que los colchones abandonados emiten aullidos, suspiros y sollozos, emanan abrazos desasidos surgidos de manchas que se parecen a Australia al atardecer, o a Groenlandia en un día de verano.

                No así los somieres, los somieres solo saben tocar el violín y desafinan con facilidad. Por último, están los cabeceros y los travesaños, que son como cajeros de banco, funcionarios impasibles que asisten con aire impertinente al drama de las parejas o a la ilusión de los niños.

                Esos colchones errantes son como caballos salvajes rapados o como unicornios arcoíris desteñidos. No pertenecen a vida alguna, ni pasada ni por venir. Los vemos tendidos en el suelo de asfalto, mientras de su vientre surgen lágrimas, o apoyados en paredes infames, vomitando madrugadas.

                Hay colchones que permanecen borrachos durante días tirados en una acera, sin que nadie se apiade de ellos. Al final, por puro aburrimiento, la autoridad los retira y los lleva a un lugar desconocido donde quizá les ofrezcan un poco de sopa y un sitio digno donde descansar, porque los colchones también añoran dormir sobre un lecho cálido.

                La ciudad llena de colchones abandonados es un canto fúnebre a la pérdida de la intimidad; los colchones vagabundos son como los perros callejeros, no tienen la culpa de exhalar ese perfume astroso y mugriento. Los colchones no tienen la culpa de almacenar en su bodega todos los sueños: los cálidos, los inocentes, los sucios, los de todas las edades. Los colchones no tienen la culpa de que sus dueños prescindan de ellos, los dejen en la cuneta como mascotas molestas; no tienen la culpa de ser los testigos directos de nuestra más profunda intimidad, y tampoco tienen la culpa de que eso nos moleste tanto.

                Una relación extraña de los colchones callejeros es la que mantienen con los coches. Los vemos descansar junto a sus compañeros de metal, unos tan blandos, de carne muelle, los otros tan férreos, esculpidos en gimnasios de cinturón industrial. A veces, incluso, los colchones se recuestan encima de los capós, descubriendo una intimidad inimaginable que nos arrebata y enternece.

Como en los posos del café, hay quien lee el porvenir de las familias, de las parejas, de los solitarios, en las manchas que sus cuerpos dejaron. Esos chamanes son como seres apátridas que viven escondidos en lugares ignotos; nadie sabe quiénes son, pero deslizan sus augurios de formas variopintas.  A veces, no muchas, junto a algún colchón olvidado, observamos en la pared contigua una mancha sospechosa, como un bocadillo de cómic pintado, pero deshecho, sin bordes definidos. Los augures asegurarán que son parte del alma del colchón, que ha transmigrado, o un pensamiento que no se resiste a abandonar del todo ese cuerpo vermiforme recubierto por una funda decorada con flores. Yo creo simplemente, que los colchones son amantes de los grafitis callejeros, que encuentran consuelo en su presencia, que los buscan, porque algo de vagabundos y de parientes pobres de nuestros sueños tienen también.

                Los ayuntamientos deberían crear, potenciar, una capilla de colchones, un espacio rodeado de todos ellos, esos desterrados, apilados unos sobre otros. Los fieles podrían ir a ese lugar de culto y reflexionar sobre los sueños propios, y ver que no son muy distintos de los de otros infelices e insatisfechos durmientes.

___

Fotografias del autor tomadas en Jumilla y Murcia.

jueves, 2 de mayo de 2024

EL OLVIDO DE AZCÁRATE



Hace años leí un relato. Tres hombres partían de León con el interés de fundar un espacio de libertad y enseñanza en una alejada comarca minera llamada Laciana. Tras el largo trayecto, dormirían en la casa de un cuarto hombre, Francisco Sierra, que estaba dispuesto a poner sobre la mesa el dinero necesario. El relato llevaba por título Lecciones de las cosas, y su autor era Luis Mateo Díez. Dos de los hombres venían directamente de Madrid y eran los creadores de una empresa hoy mítica: la Institución Libre de Enseñanza. Eran, claro está, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío. El tercer hombre era un personaje singular, un leonés, político liberal (hoy diríamos progresista), escritor y filántropo, llamado Gumersindo de Azcárate. Juntos habían sorteado los difíciles caminos serranos hasta llegar a Villablino, la capital de la comarca. El relato cuenta, de manera amable y tranquila, casi con demora, las conversaciones de estos hombres buenos en su tarea de apuntalar los estatutos de lo que serían las escuelas de Villablino, donde niños sin recursos pudieron labrarse durante años una instrucción y un futuro.

                Luis Mateo Díez me ganó con Celama, después descubrí el resto de su vasto reino, como Benet me ganó con Región —ya sabemos que Celama está a unos cuantos kilómetros de Macerta—. Lecciones de las cosas no pertenecía a Celama, sino a un reino mucho más etéreo y vulnerable que floreció durante las dos primeras décadas del siglo XX. El reino de la Residencia de Estudiantes, de los intelectuales comprometidos, de Lorca, J.R.J., Ortega, Ramón y Cajal y, por supuesto, aunque le pilló muy mayor, el reino de Azcárate. La dictadura lo borró de cuajo y durante décadas permaneció en la penumbra, al igual que la Fundación Sierra-Pambley, una de sus provincias más florecientes. Hoy se recuerdan y se honran aquellas empresas del intelecto, y han sido recuperadas por las instituciones del Estado, pero ciertos nombres parecen no escapar del olvido. Uno de ellos es el de Gumersindo de Azcárate, —quizá el leonés más importante de la historia, obviando a los monarcas medievales—. Solo con citar una ley que salió de sus manos sabremos de su importancia: la Ley de represión de la Usura, la Ley Azcárate, de 1908.

                Gumersindo de Azcárate es hoy un hombre completamente olvidado, como tantos, incluso más olvidado que Giner de los Ríos o Cossío. Tampoco su obra parece ser tenida en cuenta. Y quizá es su propia patria uno de los lugares donde menos se le recuerda.

                Visité Villablino en 2023, no buscaba a Don Gumersindo, sino su fundación. Nadie, en bares, mercerías o tiendas de electrodomésticos supo decirme exactamente donde se encontraba, a pesar de que Villablino es un pueblo pequeño y diáfano.

—Allá arriba, en las afueras del pueblo— acertaron a decirme.

Pregunté por Luis Mateo Díez. En una librería, un hombre grande y algo atildado me dijo que no podía con sus libros, que lo respetaba, pero que era demasiado para él.

—Él reconoce que sus libros no son de fácil lectura— concluyó como excusa.

En el pueblo no lo recordaban. Luís Mateo Díez nació y paso sus primeros años en Villablino, entre remontes de carbón y bosques de roble y haya. El escritor, reciente premio Cervantes, establece dos pilares en su obra: la infancia y El Quijote. Nadie recuerda al escritor en su ciudad natal, a pesar de que Celama linda con Laciana. Estos intelectuales leoneses parecen personajes sacados de sus propios relatos, personajes míticos, de fantasía y, sin embargo, muy reales. Personajes salidos de algún filandón en una noche de invierno. En Villablino, en la misma calle en cuesta donde sigue abierta una vieja librería que no tiene un solo libro de Díez, algunas manzanas más arriba, hay un Pub Filandón, está cerrado y se vende.


                La realidad está hecha de la materia de la ficción, y no al revés. Es bien sabido, pero es una verdad que no suele contarse por sospechosa. A pesar de todo, hace poco obtuve pruebas fidedignas de la certeza de este hecho. Fue ayer, preparando una charla sobre el viaje musical de Joaquín Sorolla, para acompañar el programa de la soprano Mariví Blasco y del pianista Ignacio Torner. Escuchaba una conferencia de José García-Velasco, actual presidente de la Institución Libre de Enseñanza, cuando me tropecé, como si me derribara un rayo, con un retrato de Gumersindo de Azcárate, obra encargada por la Hispanic Society al pintor valenciano. El retrato está fechado en 1917, y es posible que Sorolla lo terminara ya muerto el anciano político; la humanidad, la bondad del rostro, resultan más emocionantes cuando se conoce la biografía del retratado. No fue eso lo que me dejó helado.

                Gumersindo de Azcárate, que contaba 87 años cuando fue retratado, me resultaba tremendamente familiar, era un rostro que había visto repetidas veces en fotografías unos días antes. No me quedaba duda. El óleo de Sorolla reproducía el rostro de Luis Mateo Díez en la actualidad, más avejentado quizá, y vestido a la manera de principios del siglo XX, pero era él, la misma nariz curvada y recta a un tiempo, el mismo cabello canoso, el corte de la barba, el rostro alargado y sereno, pero a la vez afable, las lentes leves, que habían modernizado su diseño. Azcárate tenía el rostro mismo de Díez más de un siglo antes de recibir éste el Cervantes. De alguna forma, Sorolla había unido sus vidas, sus trayectorias intelectuales sólidas e impecables, en ese óleo que descansa en Nueva York. Había unido también sus respectivos olvidos, y la misma pacífica indiferencia con que ambos autores se enfrentan al daño que puede hacerles ese viejo mal español. Azcárate y Sorolla veían desde su pasado militante y activo un futuro que desconocían, un futuro sobre el que nunca perdieron la esperanza, quizá porque no les dio tiempo, pues lo peor de nuestra estirpe se derrumbó sobre el país años después de que murieran. Y en medio, como un jalón en el camino, un férreo nexo temporal, estaba el relato, Lecciones de las cosas, la crónica novelada escrita por Díez, con respeto, casi con veneración, buscando en parte sacudir tanto olvido, de la fundación de Gumersindo de Azcárate.

                Veo a Luis Mateo Díez recibir el premio Cervantes con esa tranquilidad idílica de la que carezco y pienso que, a sus 81 años, tiene una confianza en la vida, en la forma de afrontar las miserias y derrotas humanas, mucho más firme que la mayoría de los que somos algo más jóvenes que él, o mucho más jóvenes, que es todavía peor.

miércoles, 10 de abril de 2024

BUSCANDO UNA HUERTA PERDIDA

 


En una de las últimas películas de Akira Kurosawa, Sueños (1990), compuesta por ocho cortos, un niño es reprendido por unos espíritus que representan los melocotoneros arrancados por su familia. La historia se desarrolla durante el Hina matsuri, Día de las Muñecas, que coincide con la antigua celebración del Festival del Melocotón o Momo no sekku. Los espíritus se apiadan del niño cuando este les dice que él no quería que su familia destruyese el jardín de los melocotoneros, y su interés por ellos no era tanto por consumir los frutos, sino por disfrutar del espectáculo de su crecimiento y floración.

                El pasado 4 de abril se estrenaba en la Filmoteca Regional de Murcia el documental ¿Dónde está mi acequia?, subtitulado Anatomía forense de una ciudad. En unos inteligentes planos contrapuestos, el director Joaquín Lisón enfrenta coloristas escenas de las celebraciones del Bando de Huerta, Entierro de la Sardina y Romería de la Fuensanta —donde observamos ricos trajes regionales— frente a panorámicas ocres que muestran la degradación absoluta de la antigua y verdadera huerta. Inmediatamente recordé el sueño del niño Kurosawa y entendí el sentido último tanto del film fantástico del japonés como del documental evocador del murciano. También entendí que la propia proyección en plenas Fiestas de Primavera murcianas era en sí misma una sibilina performance, pues tras los sonidos en la sala del documental de denuncia sonaban en la calle los pitos y charangas despreocupados de esa otra huerta falsa del festejo y el oropel.

                Joaquín Lisón, junto a la productora Conchi Meseguer, llevan años reflexionando sobre el triste devenir del río Segura en sus diversos tramos, desde Pontones, en el nacimiento, hasta su final agónico, que el director sitúa en la propia ciudad de Murcia y no en Guardamar, donde la desembocadura ya no es tal. ¿Dónde está mi acequia? ejecuta un dictamen, no por implacable menos cierto, de esta degradación. Las imágenes de los depauperados tramos no entubados que quedan de las antiguas acequias, molinos o aceñas, se suceden entre un fondo de carreteras mal trazadas, sonidos de claxon y urbanismo desarbolado. La gama de colores terrosos, mortecinos, domina el encuadre, que se ve interrumpido, como fogonazos de un tiempo perdido, por testimonios de ancianos huertanos, de sus propios nietos, y de fotografías en Blanco y Negro de una huerta tan idílica como terrible, algunas de ellas, parte del archivo de la recientemente desaparecida María Manzanera.

                Siguiendo este esquema de montaje, el documental oscila en todo momento dentro de una dialéctica entre la nostalgia del paraíso perdido de la niñez, la injusticia que supone la reducción del huertano a un estereotipo de personaje inculto y residual y, correlativamente, la degradación medioambiental del entorno. La fortaleza plástica del metraje se ve reforzada por la música de Crudo Pimento, que en una de las secuencias más dramáticas emite un grito desgarrador, una glosa del egoísmo contemporáneo mientras vemos una imagen partida de una de las cíclicas inundaciones del río, con un rebaño de cabras huyendo que son también una metáfora de los habitantes de la ciudad superados por las circunstancias.

Especialmente emotivas son las entrevistas a unos pocos ancianos (Patricio, Juan) que todavía recuerdan la huerta murciana en sus mejores días. En estas entrevistas se hace una evocación de esa Arcadia que pudo ser la ribera del Segura hace décadas, donde las gentes se bañaban en las propias acequias y vivían de lo que daba un suelo extremadamente fértil. Estos ancianos que recuerdan una infancia breve llena de trabajo, pero feliz, son, a la postre, el mismo niño Kurosawa que ve como su familia ha arrancado los frutales. Como en la película del japonés, esa familia, en cierto modo fratricida (porque en Sueños hay una intuición de muerte de las hermanas del protagonista), es elíptica, jamás la vemos. Joaquin Lisón tampoco muestra a esa familia de perpetradores del delito (tecnócratas, especuladores, constructores sin alma y sin criterio), la mayoría parientes de huertanos o huertanos de origen. No los muestra, no hablan, no exponen su visión, pero las consecuencias de sus acciones insensatas se observan con toda su crudeza. Aparecen, eso sí, los herederos involuntarios de ese despojamiento, los regantes de las pocas parcelas vivas, que aún hoy notan la presión urbanística, pero también arqueólogos, que desvelan un pasado de esplendor, y activistas que pelean con dolor contra la desaparición del entorno.

                ¿Dónde está mi acequia? no es un documental al uso, su voluntad de denuncia y ese canto fúnebre que parece recorrerlo, se materializan en metáforas de una viveza poco común en el género. Al inicio ya vemos el cauce seco de una acequia por el que empieza a discurrir de repente una lengua de agua que arrastra todo tipo de residuos acumulados en el tiempo. Vemos los paredones apenas en pie de los antiguos molinos y norias. Vemos una procesión cruzar por encima de un Segura mancillado, la imagen de un Cristo Azotado representa al propio río; los pasos dudosos de los estantes vestidos con zaragüelles convierten la celebración en un desfile lleno de culpas en honor a la huerta. Vemos los fuegos artificiales del Entierro de la Sardina (una celebración relativamente reciente, muy urbana), fuegos que simbolizan el boom urbanístico indiscriminado que vive la ciudad a partir de mediados del siglo XX. Pero Lisón no se queda ahí: en la parte final del metraje y mediante el efecto de la cámara en movimiento inverso, los fuegos artificiales que antes se abrían como flores en el cielo nocturno, ahora se cierran, y caen a tierra como si de rayos se tratara, en una alegoría del efecto destructivo que provoca el crecimiento descontrolado de la ciudad sobre sí misma.

                Lisón y Meseguer trabajan por decantación, como si de una serie de avenidas de agua consecutivas se tratara. No hay una narración clásica, con un planteamiento y un desenlace, sino más bien cíclica, con estratos sucesivos que se colocan unos sobre otros creando un discurso encadenado de referencias de todo tipo que se repiten con variaciones. Se crea, por tanto, una analogía entre forma y fondo, montaje y significado, que enriquece el relato. Una de esas referencias, quizá la más general —y quizá también el testimonio más gráfico que describe la relación de Murcia con su huerta—, es la del naturalista Joaquín Araujo cuando compara a la ciudad con una garrapata que chupa la sangre de su entorno medioambiental. Todo el metraje se halla atravesado por referencias de la época árabe salidas de la pluma de Ibn Mardanís, rey de la antigua Mursiyya, entre otros; los cambios temporales, adelante, atrás, y muy atrás, son constantes.

Muy al final vemos unos murcianos vestidos con lujoso traje típico bailando frente a la patrona. Uno no pude dejar de pensar en el baile del corto de Kurosawa, el baile que los espíritus de los melocotoneros talados dedican al pequeño, un baile gagaku que en realidad es una despedida y que tiene, a pesar de su colorido y elegancia, algo de marcha fúnebre. Lisón consigue, por su parte, que estas alegres parrandas murcianas tengan también un sentido triste y melancólico, completamente distinto a su intención original, de esta manera decodifica de un plumazo todo ese repertorio exclusivamente turístico creado hoy alrededor de un entorno medioambiental que languidece sin remedio.

                ¿Dónde está mi acequia? es, por tanto, una obra magistral, valiente, profunda y muy necesaria.

martes, 13 de febrero de 2024

LA VERDAD DEL CARNAVAL

 



I

A poco que nos paramos a analizar la celebración del carnaval en la civilización occidental en los últimos siglos, nos llama la atención una serie de constantes, sea cual sea la geografía, el apego a la tradición o las múltiples formas de evolucionar que ha tenido este antiguo ritual.

                En primer lugar, lo que parece evidente es que, lejos de ser una apoteosis de la impostura o el engaño, el carnaval es más bien el triunfo de la verdad, de una verdad efímera y puede que deformada, pero necesaria como catarsis anual de todas las represiones externas o internas que el individuo de sociedades en las que la mezcla de la tradición grecolatina y judeocristiana -junto al fermento adicional de viejos ritos ancestrales de cada tribu secular- conforma un equilibrio social y psicológico difícil de mantener.

                Durante siglos, el supuesto anonimato de la máscara permitía por unos días a cada cual mostrarse como realmente quería ser, si bien de manera lúdica. El hombre se disfrazaba de mujer, la mujer de hombre, el padre de familia esforzado y serio se convertía en un personaje desbaratado y sinvergüenza, la mujer casta y reservada se dejaba llevar por deseos que no podía confesarse a sí misma; la amargura de tener que aparentar un papel falso día tras día era aliviada durante un corto espacio de tiempo. Este desfogue regulado por los ciclos estacionales era una válvula de escape que la sociedad necesitaba para seguir viva en sus contradicciones; no es otra la razón por la que, a pesar de estar prohibidos durante dictaduras como la de Primo de Rivera o la franquista, los carnavales más iconoclastas no dejaron de celebrarse de manera semiclandestina. Nunca se llegaron a cancelar los de Cádiz y Tenerife, por ejemplo.



                Hay una dialéctica interna en el hecho de disfrazarse que ha llenado miles de páginas de etnógrafos y sociólogos, pero que a nivel puramente poético es de una profundidad encantadora, y es el hecho de que, para desvelarse (es decir, para que aparezca la verdad, en el sentido griego del término) es necesario velarse. El sentido de toda metáfora está encarnado en esa dialéctica. Es más, buena parte del éxito del teatro popular en las sociedades más reprimidas radica en este sano cambio de roles.

                Hoy, en las democracias neoliberales del capitalismo tardío, donde la libertad individual no solo está permitida, sino incentivada como garantía de la diversidad del consumo de productos pensados para cada gusto o preferencia personal, la función del carnaval ha desaparecido tal y como siempre se entendió durante siglos. Carnestolendas o Entroido son hoy una excusa como otra para pasar un sano rato de fiesta que nos aparta de la rutina laboral y de paso permite ingresar unos euros extra a través de la afluencia de turistas. Halloween, el parque temático de Semana Santa, viejas tradiciones recuperadas, siguen ese mismo camino.

Nada más. ¿O nada menos?

La realidad quizá sea algo más compleja. La clave nos la da el desaforado éxito de las celebraciones de los carnavales escolares (no muy distintas de las que festejan Halloween o Semana Santa). No creo que el sentido de estos festejos sea preservar tradiciones que pueden estar en peligro de desaparecer o tienen un especial interés cultural, de hecho, se encuentran prácticamente inscritas al ámbito de la educación primaria. Hace unos cuantos años que nadie celebra el carnaval en mi centro de educación secundaria, incluso algún alumno me pregunta tímidamente, como si fuera algo prohibido, si puede venir disfrazado ese martes de febrero.

No, la clave está en que estas celebraciones (como el día de la castañera, los mercadillos solidarios, y otros artefactos que los maestros han ido pergeñando a lo largo de los últimos tiempos) crean comunidad en una sociedad básicamente atomizada. En este caso, la balanza pretende equilibrar la tendencia al individualismo exacerbado, y lo hace mediante una peculiar forma de individualismo –el mero hecho de disfrazarse-, envuelta en una manera de fomentar el trabajo en equipo y la colaboración de los grupos, pero no solo de los grupos infantiles, sino también, como a nadie escapa, de los grupos de madres y padres, familias y claustro de maestros. Esta voluntad de crear comunidad desaparece en la enseñanza secundaria por el simple hecho de que los padres y madres ya no se dedican a respaldar a los pequeños, y vuelve a aparecer después en la vida adulta mediante la formación de peñas y comparsas. No desenfoquemos, en todo caso, el asunto que nos trae: el carnaval infantil.




II

El pasado lunes 12 de febrero asistí a un espectáculo que no creía posible en una ciudad del sur español –digamos Jumilla, digamos cualquier otra-. Cientos de madres, padres, abuelos y, por supuesto, niños de distintos niveles junto a sus profesores, de las más variadas nacionalidades (malienses, ecuatorianos, senegaleses, colombianos, marroquíes, peruanos, ucranianos, burkineses, rumanos, murcianos), más o menos occidentalizados, o más o menos étnicos, se encontraban pegados, amalgamados, cementados en un hatillo sin reparar los unos en los otros. Ha sido un espectáculo singular ver pequeños senegaleses disfrazados de vikingos, musulmanas de velo riguroso portando el sombrero charro del traje del hijo, ecuatorianos conversando vivamente con marroquíes acompañados de jumillanas nativas sin ningún atisbo de prejuicio xenófobo o racista.

Conozco bien el lugar donde vivo, y he podido ver como personas venidas de los barrios más humildes charlaban animadamente con otras del centro. En un momento dado, se ha producido un curioso desfile: decenas de madres disfrazadas empujaban cochecitos de bebe donde se escondían sus hijos de pocos meses.

El desfile de disfraces era original y colorista, por supuesto, y tenía el valor del trabajo en comunidad, de la confección casera de los trajes, del reciclaje, qué duda cabe; pero lo más importante radicaba en que estas máscaras, estos trampantojos, dejaban ver la verdad desnuda, como siempre lo ha hecho el puro carnaval: una sociedad multiétnica en la que conviven magrebíes o ecuatorianos de segunda generación, establecidos hace lustros, con subsaharianos llegados recientemente, atraídos por el trabajo rural, o ucranianos y otras nacionalidades del este europeo emigrados por fuerza de las circunstancias bélicas o la inestabilidad política.




Jamás, en ningún lugar público o privado, veremos juntas todas estas nacionalidades. Viven aislados en grupos más o menos homogéneos y su contacto en los propios centros escolares es también limitado, pero el sagrado carnaval ha obrado de nuevo este milagro, como lo viene haciendo desde la época prerromana: ha conseguido sacar a la luz la médula última de nuestra sociedad, una sociedad diversa, multiforme, mutante, atravesada por variadas fibras religiosas o sociales, que necesariamente tenderá a la cohesión, si las cosas se hacen bien y aceptamos las múltiples ventajas que esto comporta, o derivará en serios conflictos sociales –como los que se desencadenan regularmente en las afueras de París- si las cosas se hacen mal.

Don Carnaval (o Don Carnal) nos ha hecho un favor:  ha descubierto ya el tipo de sociedad en la que nos movemos y nos la ha ofrecido delante de nuestros ojos, gracias en gran parte a la labor de maestros y comunidades de AMPAs. Lo ha hecho en el sector social más sensible y frágil: la infancia.

¿Seremos capaces se aprender la lección de don Carnaval, ese viejo sabio y milenario? ¿O bien preferiremos cerrar los ojos y escondernos detrás de otras máscaras mucho más peligrosas?


domingo, 22 de octubre de 2023

TODOS LOS GUETOS

 


Ante la situación actual del conflicto Palestino-israelí, creo que es importante para el ciudadano, entre tanta exaltación, desinformación y, sobre todo, y lo más alarmante, censura y prohibición, posicionarse de alguna manera.

            En mi caso, sólo serán unas imágenes y breves apuntes sobre textos de lectura reciente que me han llevado a escribir esta breve nota.

            Paseando por la judería de Segovia, una de las más notables, y también de las peor tratadas en su momento, llama la atención las muchas puertas que conservan en sus cerraduras vestigios del pasado hebreo. Se cuenta que los sefardíes conservaron la llave de sus casas con la esperanza de volver algún día. Estas puertas –como la que se reproduce en la imagen- hoy nos hablan un lenguaje perverso. Ver la imagen de la llave junto al bajorrelieve de un pez nos recuerda que el Estado Israelí (que no es equivalente del Pueblo Judío como Hamas no lo es del Pueblo Palestino) mantiene entre sus fronteras y el mar una cárcel a cielo abierto de diez kilómetros de anchura llamada Franja de Gaza. La memoria preservó a los judíos de la extinción como identidad cultural, y es la tozuda memoria la que avisa del genocidio que ellos mismos están ahora mismo llevando a cabo en esa cárcel.

            En un pasaje de Color. Historia de la paleta cromática, de Victoria Finlay, tomando, imagino, como fuente al clásico Los judíos en España, de Joseph Pérez, la autora nos ilustra un momento crucial de la historia de España en el que las carabelas de Colón tuvieron que maniobrar a la salida del puerto de Palos por las muchas barcas que allí se concentraban en plena escapada judía desde Cádiz. El destino de estos judíos fue el Norte de África: el Magreb y el Reino de Fez (donde fueron maltratados), Túnez, Argel, Orán, y, sobre todo, el Imperio Otomano, donde pudieron vivir, prosperar e incluso tener esclavos cristianos: territorios todos de creencia islámica mayoritaria. El sultán Bayaceto II estaba especialmente encantado con la diáspora judía, pues pensaba –y con razón- que Fernando el Católico había sido poco inteligente al dilapidar de forma tan gratuita la riqueza de su país. El espacio del que ahora el Estado Israelí quiere expulsar a toda costa al Pueblo Palestino formaba parte del Imperio Otomano en época de la Diáspora Sefardí. Nuevamente la historia nos ofrece curiosas paradojas.

            Posiblemente en la memoria del pueblo judío todavía se guarde el buen trato que en aquellos territorios del Islam se le dio a sus antepasados, es evidente que, muy al contrario, el Estado Israelí lo ha olvidado por completo.

            No voy a nombrar el Holocausto para no alargar esta nota en exceso, pero sí recordar que los primeros Guetos no fueron alemanes ni datan del siglo XX, sino italianos (de ghetto “fundición en hierro”) de principios del siglo XVI para ubicar a los muchos judíos españoles que terminaron recalando en la península italiana, en los territorios que no eran de la Corona de Aragón, único espacio europeos que se los recibió al principio. Un posible habitante de uno de los primeros guetos pudo ser Juan Leonardo de Martinengo, un artesano sefardí expulsado en 1492, que acabó viviendo en Cremona donde enseñó el secreto de la construcción de violines a los hermanos Amatti, recogido con el tiempo por Guarnieri y Stradivari; no está de más recordar a este misterioso personaje, ni a Victoria Finlay, que lo rescató de las tinieblas para el público general.

            La Franja de Gaza es el mayor gueto de la historia y no ha sido mejor tratado que otros guetos históricos de triste memoria. Su creador, con la aquiescencia europea, por ejemplo, es el Estado Israelí.

Se habla mucho ahora de deshumanización; yo incluiría también objetualización o cosificación como término cercano, y tengo mis razones. Si el gueto es el primer paso de la deshumanización de las comunidades, la manipulación mediática es el principal vector de su objetualización. Y en este caso, nadie se salva. Los musulmanes hoy están siendo absolutamente deshumanizados, no solo por Israel, sino por todo occidente, la confusión de un ente como Hamas con un pueblo entero, a pesar de ser tan burda, no es inocente ni gratuita. Pero también el Pueblo Judío está siendo deshumanizado, hay judíos muy críticos con las actuaciones del Estado Israelí, en Israel y en otros países, pero son acallados. Tanto el Pueblo Palestino como el Pueblo Israelí están siendo radicalmente objetualizados, en tanto comunidad y también como individuos y ciudadanos. Los medios de ultraderecha en Estados Unidos, Italia o España pagan cientos de cuentas en redes sociales para llevar a cabo esa objetualización que concierne a sus intereses, sembrando el terror en la población occidental. Tenemos claro que Hamas es un grupo terrorista, pero parece que olvidamos que el terrorismo también se ejerce sin el sacrificio de seres humanos.

Hace unos días, en una clase de secundaria, varios alumnos se dirigieron a mí diciendo que tenían miedo y que no querían morir con solo 17 años, que España estaba en alerta máxima por ataques yihadistas. Yo les tranquilicé diciendo que, si ese peligro existía -que habría que comprobarlo con fuentes oficiales-, se trataría en todo caso de los llamados “lobos solitarios”, y que en España había miles de ciudades, aldeas y pueblos, y existían más posibilidades de ser atropellado por un coche que de ser víctima de uno de esos lobos. Quién sabe si en algún estado europeo a día de hoy me hubieran abierto expediente por esas palabras, de momento, hay periodistas gráficos despedidos en USA por hacer una caricatura de Netanyahu. Resulta curioso comparar esa censura con la salvaje condena que Charlie Hebdo sufrió por unas caricaturas de Mahoma.

            En cualquier caso, con mucha diferencia, la mayor objetualización, deshumanización, secuestro y genocidio la sufre actualmente el Pueblo Palestino que habita la Franja de Gaza, por parte del Estado Israelí y sus aliados estratégicos, y obviar y ocultar ese hecho por parte de Occidente será un descrédito, una culpa, un baldón que permanecerá por mucho tiempo como una importante duda sobre la credibilidad de nuestras democracias.

Imagen:

Cerradura de la Judería de Segovia, @ B. Medina, 2017.

Bibliografía:

Pérez, Joseph (2005). Los judíos en España, Marcial Pons, Madrid.

Finlay, Victoria (2023), Color. Historia de la paleta cromática, Capitán Swing, Madrid. Traducción de Eva Acosta.