lunes, 3 de marzo de 2014

OPERACIÓN PALACE Y EL TEATRO DE LA DEMOCRACIA


Hace una semana comenzaron a difundirse las reacciones al documental de ficción sobre el Golpe del 23F emitido por La Sexta en el programa Salvados, con la dirección de Jordi Évole. La mayoría de los comentarios versaban sobre el tiempo que cada cual había durado creyéndose lo que denominaban como “broma”. El tono distendido parecía dominar la escena. Sin embargo, no pocas opiniones se dirigían al mal gusto que habían tenido los responsables del programa al tratar un tema altamente sensible en el que algunas figuras ya desaparecidas parecían haber sido denigradas e incluso insultadas. Las críticas de los descontentos llegaban desde los sectores más alejados de la izquierda y la derecha. Ninguno de los comentarios, para mi asombro, parecía encajar con la verdadera clave de un producto audiovisual como Operación Palace.
    Aquellos que hablaron de “broma” desperdiciaron sin duda el enorme potencial crítico del producto; aquellos que se indignaron –unos sinceramente, otros para mantener una lucrativa pose- demostraron tener una concepción del juego democrático muy alejada de la realidad política actual, por trasnochados o simplemente por el poco amor a la democracia que en realidad parecen tener.
    Se comparó hasta la saciedad Operación Palace con Operación Luna (un documental de ficción que intentaba convencer al espectador de que la llegada del hombre a la luna fue un gran montaje). En realidad ambos productos no tiene otra cosa en común que el punto de partida.
   Operación Palace es un fino ejercicio de coherencia, puesto que aborda un suceso esencialmente mediático desde un punto de vista del lenguaje de la Sociedad del Espectáculo. El 23F ha pasado a la historia no sólo por ser un golpe a la joven democracia creada con aquel recurso tan original llamado La Transición, sino fundamentalmente porque fue el primer Golpe de Estado español (y hubieron muchos antes que este) radiado y televisado, con imágenes originales recogidas en el escenario de los hechos. Si no fuera por el carácter mediático de aquel 23F que todos tenemos grabado en imágenes, posiblemente no se hubieran escrito tantos ríos de tinta sobre el mismo. La figura de un espadón entrando en el Congreso de los Diputados fue habitual durante el siglo XIX, por lo que el golpe perpetrado por Tejero era en sí mismo un hecho trasnochado, con aire de antigualla. Lo novedoso fueron las cámaras, los medios. Precisamente esos que Évole ha utilizado para su programa.
    Fijémonos en el incuestionable aspecto de gran teatro que tiene el Congreso de los Diputados, con esas prietas gradas donde es tan fácil esconderse y dormitar, con ese estrado central de orador clásico desde el que los políticos de la República lanzaban sus encendidas réplicas y que hoy sirve para hacer más evidente la pobreza lingüística de estos simulacros de políticos que padecemos. Ese teatro es el catafalco donde nuestra joven y decrépita Democracia se astilla entre las maderas nobles de los escaños.
    Évole ha sido muy fino al recordar que “seguramente otras veces les han mentido y nadie se lo ha dicho”. Básicamente por dos razones, ambas muy coherentes. La primera, porque en los últimos tiempos la frecuencia y el descaro en la mentira se ha desarrollado como una planta venenosa en las inmediaciones de la noble tribuna de oradores, de forma que cualquier ficción urdida en torno a los sucesos acaecidos en 23 de febrero de 1981 en este teatro de la Democracia palidece ante la desfachatez de los declaraciones de nuestros días. En segundo lugar, porque el documental de ficción pergeñado por el periodista de La Sexta –nótese que no hablo en ningún momento de falso documental- comienza con un experimento de laboratorio que demuestra fehacientemente lo crédulos que somos, lo indefensos que estamos ante medios de comunicación rapaces que manipulan y tergiversan sin disimulo una realidad herida de muerte. Nuestra formación audiovisual es tan depauperada, fruto de una culpable e intencionada omisión en el currículo educativo de contenidos relativos a comunicación audiovisual, que cualquier producto de baja calidad que represente una tergiversación manifiesta es aceptado sin rechistar. Razón de más para preocuparnos, porque el juego democrático se desarrolla en la cancha encarnizada de los media, y no en la dignidad de las palabras medidas y del entendimiento. Los ciudadanos aprenden: Operación Palace, a pesar de emitirse por una sola cadena y durar poco más de una hora, tuvo más audiencia que un evento transmitido por todos los medios y que duró varios días: el debate del Estado de la Nación.
    Operación Palace es un producto de gran calidad dentro de su formato, que es la crítica de la actualidad política y social, no podemos decir lo mismo del producto de baja estofa que se nos vende como a ciudadanos rehenes desde los escaños del maltratado Congresos de los Diputados.
    El programa de Évole recuerda las investigaciones de Jean Baudrillard sobre los simulacros, que cristalizaron en la arena práctica en el libro La Guerra del Golfo no ha tenido lugar, donde se demostraba el carácter de gran Viedo-Game que tuvo la Primera Guerra del Golfo, como la definiera Eduardo Subirachs, donde los soldados iraquíes desaparecían enterrados en la arena, donde Estados Unidos tuvo más bajas por accidente de circulación que por combate, donde, en fin, se ensayó la primera retransmisión en directo a escala mundial del espectáculo mediático definitivo. Aquel 1992, tras la caída de la URSS, marcó el llamado Nuevo Orden Mundial, la Era de la Globalización que hoy está muriendo en las calles de Kiev y las costas de Crimea, para volver a la política de bloques.

    Pero dejémoslo, porque ese es otro teatro, no más honesto, pero quizá más real que el enorme espectáculo de tramoya que es nuestra pobre Democracia, no más ficticia, pero quizá tan poco creíble como los hechos contados en Operación Palace.

sábado, 8 de febrero de 2014

VENDRÁN MÁS CRISIS Y NOS HARÁN MÁS TONTOS


Pensar no está de moda, no tiene un look propio, un estilo. Hemos dejado de pensar porque no queda bonito, y además hay que trabajar. No hay esperanza aparente para el pensamiento porque, como demostró Heidegger, pensar es ante todo preguntar, es un camino, y el objetivo final importa poco.
                En un tiempo donde sólo quedan objetivos a corto plazo, y todos ellos se inscriben en el rango del beneficio económico, la tarea del pensamiento se nos figura demasiado ardua. ¿No será que, después de todo, la frase de Warhol se puede aplicar a los europeos y en particular a los españoles? Decía el viejo Andy que “comprar es mucho más americano que pensar, y yo soy el colmo de lo americano”, y algo de eso nos tiene que haber sucedido a nosotros. El problema es que, si sólo nos limitamos a comprar, ¿quién nos vende?
                Las crisis suelen llevar consigo la idiotización de las masas, y no es una exageración decir que son una fábrica de tontos: léase el precariado. Conscientemente he parafraseado al gran Rafael Sánchez Ferlosio y el título de su libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Pero esta vez es peor.
Atrapados en la neolengua del mercado, hemos dejado que todos los pilares intelectuales sólidos de nuestra civilización empiecen a hacer aguas. La techumbre se desploma y la casa revienta como los tomates podridos. Es la misma sensación que experimentamos al ver los escombros derruidos de una casa antigua en la que habíamos entrado con anterioridad. Todos aquellos objetos cargados de tiempo, quizá anacrónicos, sí, pero en los que se encarnaba la dulzura de nuestros recuerdos, la magia de una eternidad dormida, han perdido de pronto su encanto convertidos en derrubios. Son los mismos objetos, pero han perdido por completo el sentido, ya no son nada, ya nada evocan. Nuestras instituciones podían estar adormiladas, sufrían un lento deterioro, pero se nos figuraba que había algo de verdad en ellas. Ahora que los buldócer de los fondos buitre, de los mercados caníbales envalentonados por la desregularización, de la lógica del egoísmo elevada al poder, han arrasado con esta casa sosegada, un tanto vieja, que eran las democracias keynesianas, ahora que de nada sirve mirar hacia atrás, porque sólo queda el solar inculto, nos encontramos a la intemperie, desorientados, y cayendo por fin en la cuenta de que hemos perdido el hábito de pensar.
                El ciudadano se convierte en comprador, el hombre en subproducto. El paso siguiente es la esclavitud. Ejemplos sobran de esta transformación. Sólo citaremos unos pocos: las multitudes vociferantes que claman por sus fondos eliminados en las preferentes, recientes marginados; los subsaharianos asesinados en las costas de Ceuta, calificados con cinismo como “inmigrantes ilegales”, perdiendo así su condición de seres humanos. El esclavo tiene prohibido pensar, porque pensar es lo que nos hace humanos. Cuando el esclavo piensa se vuelve sospechoso, y a la postre es necesario eliminarlo.
                El ministro de interior español reconoció recientemente que durante el año 2013 en España se convocaron sobre 44.000 manifestaciones, de las cuales sólo un 0’7 % requirió intervención policial. El dato es llamativo, pero llama a engaño. Todos y cada uno de esos eventos son hechos aislados, esparcidos por la geografía del descontento, de la indignación, fogonazos de asombro al comprobar que hemos sido engañados. Todo eso es razonable, y existe acción, compromiso, debate, es posible que incluso salud democrática de los ciudadanos-consumidores. Pero no hay pensamiento estructurado, no hay un movimiento unificador que fuerce a los hombres a utilizar la razón en casa, en el trabajo o en la calle, que dote de sentido los objetos de nuestra memoria de ciudadanos del mundo. Sólo mediante el pensamiento estos actos aislados cobrarán sentido.
                Hay ejemplos numerosos del renacimiento del movimiento ciudadano, del asociacionismo vecinal. La pregunta que se impone es si llegaremos a tiempo de que todos estos conatos de reacción puedan fundar algo nuevo y renovador. Particularmente, no soy optimista. Los nuevos planes reflejados en leyes como la LOMCE o el anteproyecto de la nueva Ley del Aborto plantean una especie de contrarreforma radical donde el objetivo básico es la cosificación del ser humano; de ahí la eliminación de la filosofía o las artes
en el currículo, la idea de la enseñanza como mecanismo de producción de obreros, no de hombres, de ahí la conversión de la mujer en objeto reproductivo. Si estas armas radicales consiguen sofocar los retazos de pensamiento ciudadano que parecen nacer sólo nos queda el estallido social, que algunos analistas ya auguran. Pero el estallido social equivale al fracaso y a la derrota definitiva del pensamiento. El estallido social es la excusa para la imposición de la dictadura radical sin disimulos, un recurso del poder que ya se vio como ensayo en el abominable toque de queda que el alcalde de Burgos quiso imponer en Gamonal.

                Se nos acaba el tiempo, y me gustaría creer que hoy todavía pensar es más europeo que comprar. 

sábado, 1 de febrero de 2014

¿ES EL CAPITALISMO UN SUEÑO BÁRBARO? (II)


Nos preguntábamos en la entrada anterior si la verdadera Tradición europea es la que nos quieren imponer los partidos de extrema derecha con sus gestos xenófobos y su reducida y excluyente idea de Patria.
Muy al contrario, los rasgos que forjaron durante dos siglos la identidad de Europa, y por los que este continente adquirió su singularidad, son las ideas nacidas en el pensamiento de la Ilustración, de las sucesivas revoluciones burguesas y más tarde obreras, de la construcción histórica de estados de derecho, donde la separación de poderes y el Pacto Social garantizaron la creciente tendencia a la igualdad entre las clases sociales, o la asunción del llamado Estado de Bienestar, donde las sucesivas regulaciones estatales tendieran a impedir el abuso de los más fuertes sobre los débiles y el dominio de la codicia del Capital sobre el Estado Social.
Esos genotipos, y no otros, aunque desarrollados de manera desigual, son los que caracterizan la tradición de la vieja Europa. Así pues, el propio concepto de Estado garante de las libertades y de la igualdad entre ciudadanos es la verdadera tradición europea que hoy está en serio peligro, porque es precisamente esa la tradición que los partidos de derecha y de extrema derecha han decidido desmontar, mientras que los socialdemócratas miran hacia otro lado.
Llegados a este término, conviene recordar la frase de Bernard-Henri Lévy, que insinúa que las revoluciones provienen de sueños bárbaros. Esa frase, elevada a cotas demenciales, es la que está detrás de la consideración por parte de la derecha de que movimientos sociales pacíficos son ejemplos de comportamientos radicales. A estas alturas parece oportuna una reformulación de la frase, que diría algo así:
“…y si el neoliberalismo capitalista fuera, en el fondo, un sueño bárbaro…”
En efecto, todas aquellas libertades, derechos, garantías, que han permitido, aunque sólo sea de forma precaria, disfrutar al hombre común de un poco de libertad y dignidad, de igualdad entre sus semejantes, todas esas conquistas que han costado durante décadas  a tantas personas humildes sangrientos sacrificios, son precisamente las que el capitalismo financiero actual quiere descomponer. Ese edificio que, aunque precario, tanto esfuerzo costó levantar a nuestros antepasados, está siendo demolido de una forma acelerada e implacable por las élites surgidas de los círculos neo-conservadores  de los años ochenta, a los que la caída del Muro de Berlín brindó la excusa perfecta para hacerse con todas las ramas del poder. En España, el gobierno actual, amplificando las acciones de la anterior legislatura, ha adoptado de forma radical ese catecismo sostenido por la llamada Troika, que sólo busca la defensa de los escandalosos privilegios del poder financiero. El resultado, como ya ha denunciado Intermon Oxfam, nos acerca sin duda a la barbarie, porque barbarie y sinsentido es que las 20 personas más ricas del país sean poseedores de la misma riqueza que el 20 % de la población; barbarie es que la ratio de desigualdad s80/20 se sitúe en el 7’2, dos y hasta tres puntos por encima de nuestros países vecinos; esa barbarie en la que se sume un país donde la separación de poderes y el Pacto Social, prácticamente han desaparecido; barbarie, en fin, es desmontar metódica y cínicamente los servicios sociales públicos, la educación y la sanidad en trozos y dárselos como carnaza a la especulación privada.
El modelo es copiado con aplicación en todas las capas de las instituciones, incluidas las administraciones locales gobernadas por el PP, que sostienen, desoyendo todas las evidencias en contra, que los servicios externalizados son más restables o eficaces.
La paulatina erosión a la que se han sometido durante años las instituciones ha provocado su vaciamiento, su pérdida de sentido, y la consecuente sospecha por parte del ciudadano. Ante esta decadencia, el espacio es ocupado por los bárbaros, esto es, los corruptos y los especuladores, porque no olvidemos que el bárbaro no puede ocupar un lugar pleno de sentido. El bárbaro, por definición, ocupa el sitio que la decadencia institucional le ha dejado libre.
Lo más inaudito que ha acontecido a lo largo de este último año es que cuando los movimientos sociales han intentando salvar algunas de las maltratadas garantías que estas instituciones avejentadas abandonaron (derechos sociales mancillados, protección contra los abusos financieros, etc.) han sido tratados de radicales, de tendencias de extrema izquierda. En general, lo que son en realidad es conservadores: no piden nada nuevo, sólo quieren para sí las garantías que les fueron, muy a regañadientes, concedidas. Los movimientos contra los desahucios, por ejemplo, no son progresistas en realidad, y mucho menos radicales: tan sólo reivindican el derecho a la propiedad privada. Por eso no es probable que estos movimientos triunfen de forma aislada, a no ser que se articulen dentro de un lenguaje verdaderamente social, que recupere, por ejemplo, los movimientos vecinales de hace unas pocas décadas. La llamada “neo-lengua capitalista” ha hecho que confundamos movimientos meramente conservadores o simples manifestaciones de asociacionismo con progresistas de izquierdas; esto da idea de a qué grado de deterioro ha conducido a nuestra frágil democracia liberal  la barbarie financiera capitalista.

Ante este estado de cosas, hoy que avanzamos ya vacilantes en el 2014, no queda más que acudir a discursos estructurados, programas racionales dentro de verdaderas corrientes humanistas de izquierda -en la línea de formaciones como IU- articuladas con los distintos  movimientos sociales, propuestas donde no nos quedemos tan sólo en intentar recuperar el frágil andamiaje de una democracia vacilante, sino que apostemos de forma clara por la renovación completa de las instituciones, por una regeneración seria y profunda del Pacto Social, por una regulación firme que impida al capitalismo financiero extender esa barbarie de la codicia que es, aunque intente vestirse con el traje de Armani de los pensadores mediocres y los periodistas sobornados, la simple apelación al egoísmo humano más descarnado.

lunes, 27 de enero de 2014

¿ES EL CAPITALISMO UN SUEÑO BÁRBARO? (I)


Para aclarar la larga serie de despropósitos y atentados contra las libertades que se han producido en este país a lo largo del pasado año 2013, es preciso hacer un poco de historia de las ideas. Empecemos por el principio.
A mediados de los años setenta del pasado siglo, un grupo de pensadores de corte conservador comenzó a ocupar las páginas de las revistas francesas con la etiqueta de “jóvenes filósofos”. El más popular de todos ellos, Bernard-Henri Lévy, se alzó en azote de pensadores de la generación anterior que habían demostrado su afinidad con regímenes comunistas o filo-marxistas. Parte de sus dardos cayó sobre J.P. Sartre, Raymond Aron, Gilles Deleuze o Michel Foucault, entre tantos otros. Por muy tibios que parecieran en sus posturas, pocos pensadores de izquierdas parecían salvarse de sus críticas. Hacia 1991, ya definitivamente consagrado, BHL (que así se hacía llmar Lévy en sus tiempos de gloria) publicaría Las aventuras de la libertad  (Edición española en Anagrama, Barcelona, 1992). Entre la serie de entrevistas que contiene este glosario de la intelectualidad francesa del siglo XX, recuerdo la concedida por Michel Foucault, el gran historiador del poder y la sexualidad en occidente. Una frase inquietante encabeza las páginas dedicadas al filósofo francés: …Y si el sueño revolucionario fuera, en el fondo, un sueño bárbaro…”, parece ser ésta, en realidad, la frase que da sentido a todo el libro.
BHL, junto a Alain Finkielkraut o André Glucksmann se posicionarán poco a poco en lugares cada vez más a la derecha, desde su inicial apoyo al liberalismo. Protegidos por Nicolás Sarkozy, que los colma de honores, constituyen sin duda el aparato teórico más visible que acompaña al triunfo, en los últimos veinte años, del neo-conservadurismo nacido en la era Reagan-Thatcher.
En un campo todavía más radical, pero con menor influencia en Europa, nos encontramos a Ayn Rand, la creadora de aquel intento de justificar por cualquier medio el puro egoísmo llamado “objetivismo”, que fue la biblia de los asesores de Ronald Reagan y el origen del “No existe la sociedad” del thatcherismo.
Con el tiempo, Lévy, cuyo éxito se basó en gran medida en eficaces campañas de publicidad, fue siendo desmontado como figura sobrevalorada, falso filósofo mediático, de poca calidad teórica, falto de seriedad. Las críticas arreciaron cuando se descubrió, por ejemplo, que citaba a autores falsos. De forma similar, Finkielkraut y Glucksmann, que comenzaran su carrera en la izquierda, se dedican después al panfleto para intentar pertrechar las insostenibles ideas de Sarkozy y otros popes de la derecha, contribuyendo de lleno a la llamada derechización del mundo ( ver La derechización del mundo, José Vidal-Beneyto, El País, 24 de marzo de 2007). Tras aquellos fuegos de artificio, hoy, en cambio, se toman en serio otros compañeros generacionales de aquellos “jóvenes filósofos”, cuya tendencia de izquierdas los apartó del éxito y la fama. Badiou, Vattimo o Zizeck no son millonarios, es cierto, pero, como dice José Luis Pardo, http://elpais.com/diario/2011/11/18/opinion/1321570813_850215.html; su peso teórico y su profundidad son muy superiores a sus contemporáneos de la derecha.
Sin embargo hoy, entrado ya 2014, aquella frase de Bernard-Henri Lévy me sigue rondando en la cabeza, por que sí es cierto que la proximidad de un sueño bárbaro ronda por la vieja Europa, un sueño bárbaro que amenaza con destruir todo lo que con paciencia se fuera obteniendo a lo largo de dos siglos. Los elementos de extrema derecha se han ido posicionando entre los votantes europeos sin ocultar ya sus vergonzosos idearios. Le Pen en Francia, Fini en Italia o amplios sectores del PP español se han decidido de una vez a enseñar sus ominosos programas ocultos sin temor a un descalabro electoral. El origen de esta nueva actitud de la derecha hay que buscarlo en el desastre de las propuestas de la socialdemocracia, estrangulada por una contradicción que Hobsbawm analizó hace años (ver Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, Crítica, Barcelona, 2007), es decir, los términos liberalismo y democracia son antitéticos, por tanto,  las democracias liberales, supuesta tabla de salvación de socialdemócratas descafeinados son, muy al contrario, su pira funeraria. En el binomio de contrarios siempre ganará la partida el capital, y esa es la posición que conviene a las opciones de derechas. Sin embargo, y paulatinamente, la demolición de los principios democráticos nos va acercando sin pausa a la pura barbarie.
El gran pastel de estos años oscuros, donde la pérdida de sentido ha agotado por fin los difusos planteamientos del centro político, basados en eufemismos tibios, pertenece ya a la extrema derecha, que ha hecho carne en la nueva clase social ascendente, el precariado, alimentada por la desesperación y el odio focalizado y conducido por los mass-media neo-conservadores. Los yacimientos de votos para partidos populistas de extrema derecha (en España, la nueva incorporación de VOX, con los guiños descarados del PP, y las miradas de reojo de UPyD y Ciutadans), exigen conceptos ambiguos donde cabe casi cualquier cosa, y donde las verdades del programa electoral, a veces inaceptables, sólo se pueden decir con la boca pequeña.
Conceptos muy generales como Patria, Familia o Tradición sirven a los captores de insatisfechos para llenar sus insípidas urnas en un juego demasiado peligroso. Porque cuando hablamos de Patria o Familia, hemos de hablar más bien de patrias y familias, puesto que las formas de entender esos conceptos son múltiples. Pero esa pluralidad, por supuesto, no es el objetivo de estos partidos, que intentan imponer al resto de los ciudadanos una visión muy particular (y desde luego muy restrictiva) de unos conceptos tan amplios que son fácilmente convertibles en símbolos. Muy revelador es el caso del término Tradición, o los fundamentos tradicionales de una sociedad determinada. ¿Cuáles son los fundamentos que han hecho de Europa un modelo a seguir?

En una muy próxima entrada responderemos a esta y otras preguntas

martes, 14 de enero de 2014

CANTERAS DE LOS BÁRBAROS: CÓRDOBA Y GAMONAL


Quien tenga oportunidad de visitar el remodelado Museo Arqueológico de Córdoba se encontrará con todo un yacimiento “in situ” en el sótano del edificio. Se trata del teatro romano de la ciudad, cuya ubicación se desconocía hasta hace unos años y que apareció en terrenos aledaños al antiguo Museo Arqueológico. Los visitantes pueden recorrer mediante pasarelas los restos de las gradas e intuir la desaparecida magnificencia de la orchestra y la escena, cuyos cimientos guardan todavía la plaza Jerónimo Páez y la calle Marqués del Villar.
Entre los restos, ciertamente muy desfigurados por el paso de las civilizaciones, se exhibe un horno de cal algo posterior al propio teatro; ¿qué pinta esta instalación artesanal en medio de las gradas de un teatro romano? Para explicarlo tendremos que narrar una de tantas tristes historias que la incuria humana nos ha servido a lo largo de la historia con necia insistencia.
El declive del Imperio Romano trajo consigo a partir del siglo V el abandono de los espacios de cultura públicos que se habían desarrollado a lo largo de cientos de años. Ágoras o foros, teatros, palestras, elementos heredados por Roma del mundo griego se fueron convirtiendo entonces en amplias plazas devastadas por algo peor que el mal de la piedra: la pérdida de sentido. Pasado un siglo ya nadie recordaba el cometido de aquellos centros de significación, derivando de plazas en vertederos y albañales. La cultura del reciclaje, practicada por los bárbaros parcialmente romanizados, llenó de capiteles las basílicas visigodas y las mezquitas musulmanas. El teatro de Córdoba, como otros tantos en la península, se convirtió en la cantera de los palacetes y casas nobles de la vecindad. El mármol de la cávea desapareció, una vez desmontada por completo la escena. Pero esto no fue todo. La piedra caliza que sostenía las gradas usadas siglos antes por los ciudadanos de Roma alimentó finalmente los hornos de cal para dotar de materia prima los encalados de las casas cordobesas. Convertido en un terraplén, el que otrora fuera noble espacio público terminó sirviendo de cimiento al palacio de los Páez de Castillejo.
Llegados a este punto, el carácter simbólico de estas piedras redescubiertas se impone. Hace dos milenios, los legados griego y romano crearon nuestra idea de espacio público, de lugar de creación de sentido cultural y social. Estos edificios, cargados de poder icónico para los pueblos, son los responsables últimos de nuestra forma de entender la civilización; foros para la política, palestras para la educación, teatros para el arte, circos y anfiteatros para el deporte y el ocio.  Han sido también el modelo para entender los rudimentos del Estado social. Nunca estuvo tan clara la identificación entre espacio físico y espacio intelectual.
La historia nos dice que fueron los pueblos bárbaros (literalmente extranjeros que desconocían la lengua vernácula, ya fuera el griego o después el latín) los que se ocuparon del desmontaje del Imperio. Pero la pérdida de sentido ya se había producido antes de su llegada. Hace milenio y medio, los bárbaros llegaron de afuera, hoy están dentro.
No es posible establecer un paralelismo estricto entre aquel Imperio fundamentalmente esclavista y el actual sistema del capitalismo avanzado, pero algunas claves nos servirán para entender este desmoronamiento generalizado del Estado de Bienestar y otros estados al que asistimos entre perplejos, indignados y desolados. Porque es cierto que hoy no podemos hablar ya de bárbaros, puesto que no existen los extranjeros más allá del limes en un mundo globalizado, pero podemos hablar, en cambio, de excluidos, y aquí, la profunda grieta surgida en el seno mismo del estado social nos da la alarma; es tan veloz, tan descontrolada la grieta de la desigualdad, el deterioro de los derechos fundamentales, la desaparición de los servicios públicos básicos garantizados por el viejo estado del pacto social, que no podemos dejar de acordarnos de ese teatro sometido durante decenas y decenas de años al pillaje descontrolado. Efectivamente, los bárbaros están dentro –en cierto modo Todorov tenía razón-; son los propios políticos, dirigidos por un casta intocable de usureros, son la propia masa despojada de imagen y de sentido –que damos en llamar precariado-, son los periodistas devaluados adictos a la sopa boba, los intelectuales mudos, temerosos de su cátedra, son los corruptos, en fin, que sólo entienden el espacio público como cantera para blanquear sus negros asuntos. Éstos, y no otros, son los nuevos bárbaros.
Un caso de actualidad, entre otros tantos, viene a traernos al presente estas viejas historias de excavaciones y ruinas: las zanjas abiertas en las calles del barrio de Gamonal. Tradicional cantera de obreros en Burgos en el pasado, el barrio sufrió el desencanto y la pérdida de imagen que ha llevado a tanta gente humilde a confiar mediante su pobre voto en opciones políticas nada dispuestas a defender sus derechos. Gamonal ha visto durante los últimos dos años como un alcalde del PP, Javier Lacalle, recortaba sin tregua servicios sociales. Ahora, con la sombra oblicua del empresario Méndez Pozo –presunto corrupto- el alcalde se embarca en un supuesto Bulevar que esconde en el vientre subterráneo un aparcamiento privado, con plazas de garaje para a comprar a un precio de salida de 20.000 euros, inasumible para las humildes gentes de Gamonal. El estallido social se produce tras meses de mutismo insolente por parte del consistorio. Todo un ejemplo de gestión de espacios públicos, como a la hora de compartir los escasos aparcamientos mediante turnos, a la hora de defender mediante el asociacionismo vecinal los intereses del barrio, ha sido violentado por Javier Lacalle, que fue votado con evidente miopía en el barrio. El descontento social no es casual, y nos demuestra lo que tantos intelectuales sostienen: que la desobediencia civil está justificada ante la injusticia.
Gamonal no es un ejemplo aislado, pero sí muy ilustrativo, de los efectos que provoca la obsesión delirante por recortar los espacios públicos –los físicos y los sociales-, efectos rayanos en el absurdo, como los que comenté en una entrada anterior, http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2013/03/espacio-publico-y-no-lugares.html, en la que se analizaba la reducción del espacio internacional de los aeropuertos hasta una extensión irrisoria a favor de las tiendas duty free.
En estos tiempos de derrumbamiento generalizado, no está de más revisar las lecciones que nos da la historia, como ese triste, desangelado, cruel destino del mayor teatro de Hispania. Es posible que así nos demos cuenta de que nuestras circunstancias no son tan lejanas a las de aquellos ciudadanos romanos que verían, sin duda angustiados, como todo lo que conocían se desvanecía, cómo todo se derrumbaba a la espera de la llegada impetuosa de los bárbaros, porque el bárbaro, no lo olvidemos, se limita a ocupar el espacio vacío.

Y es posible también que nos acordemos de Sigmund Freud, para quien la civilización no es sino la fina capa que nos separa de la barbarie 

domingo, 15 de diciembre de 2013

ALMACENES DE ADOLESCENCIAS


Cocheras destartaladas, almacenes abandonados, pisos vacíos con demasiados achaques, algún bajo sin comercio: éstos son los lugares donde prolifera lo que en numerosas ciudades y pueblos españoles se suele llamar local, club o cualquier eufemismo parecido. Menos ambigua, más cercana a la realidad, es la denominación popular que recibe en la zona norte de Murcia y sur de Albacete, que es la que adoptaremos.
Hablamos de garuto, vocablo tradicional y común en la zona aunque no aparece en el recopilatorio Palabra de calle, de Emiliano Hernández, editado por la Academia de Alfonso X El Sabio. El término surge de la corrupción de la palabra garito, usado éste último para designar un lugar de mala reputación o de juego ilegal, un local de ocio destartalado o sitios similares. Así pues, ya desde su origen, los garutos llevan a cuestas ese aire lumpen y barriobajero que los adolescentes utilizan para nombrar locales autogestionados como pequeñas asociaciones de ocio, aunque las generaciones anteriores también la usaron para definir casas pobres y de mala construcción. En la España de los tres millones y medio de viviendas vacías, el garuto hace fortuna entre los más jóvenes.
Usualmente, los pocos muebles de que disponen son préstamos a fondo perdido de alguna abuela, o hurtos a contenedores de escombros, o precarias creaciones a partir de restos de otros muebles; parece que la sensación de abandono tiene que ser ley. Aunque las circunstancias difieren, según hablemos de cocheras o de pisos prestados ya amueblados. El garuto es por definición un antro sumergido, oculto, y cuando uno pregunta a los adolescentes, suelen esquivar de principio la cuestión. Los datos van surgiendo a través de la confianza, y resultan sorprendentes. Un chico afirma que en Jumilla hay más de veinte garutos alquilados por adolescentes entre los once y los diecisiete años. Con la mayoría de edad, el fenómeno se esfuma. Otra chica confiesa que es socia en un piso amueblado situado en la periferia. Una cochera, afirma otro, puede albergar hasta treinta adolescentes, que van y vienen, entran y salen, pasándose un reducido número de llaves y pagando un alquiler abusivo de trescientos euros mensuales. Por supuesto, siempre hay una madre o padre como firmante. Las distintas circunstancias de estos clubs semiclandestinos nos recuerdan a las que dieron lugar a algunos de los movimientos musicales más afamados del siglo XX, desde el underground neoyorquino a las movidas españolas.
Las razones de la proliferación de esta especie de clubs menesterosos es obvia. En las capitales pequeñas o en los pueblos medianos y grandes, hoy por hoy, los locales dedicados a adolescentes sencillamente no existen. En el pasado, nacieron ciertos espacios públicos al calor de la Transición, unas veces bajo la protección de las llamadas Casas de la Juventud, otras a través de asociaciones vecinales; con el tiempo y la presión de las empresas del ocio privado, han desaparecido. Hace décadas, los garutos tenían su razón de ser para la organización de fiestas en fechas señaladas, como las navideñas; hoy, su vida útil se extiende a todo el año. En el mundo rural, en cambio, no han sido necesarios, porque las calles de las aldeas no han perecido todavía bajo el hielo nihilista de nuestros neones.
Un chico me contaba una razón evidente mientras miraba fuera de campo, a un horizonte inexistente, como un jubilado, exactamente como un jubilado: “Es que en invierno en la calle hace mucho frío”.
Los garutos suelen ser considerados como escuela de cínicos o de desalmados, a veces opino que es justo lo contrario; son la alternativa, rudimentaria, pobre, a las burbujas de internet, a los paraísos de amistad incierta en los que los adolescentes se encierran, escondidos tras la muleta de una pantalla. Muchos de estos solitarios vagan por las calles, las frías calles, ignorando el entorno. El garuto protege de esa soledad metálica de los adolescentes, rodeada de un mobiliario urbano inmisericorde, de las luces lejanas e inalcanzables de un ocio que les está vedado. En el garuto prolifera una humanidad menesterosa, una amistad seca, casi helada, que poco a poco va desgranado scherzos amorosos. Los garutos son también los úteros de la triste inmensidad de los despropósitos, de hazañas en precario, de historias que contar en los ratos muertos de los recreos.
Nuestros adolescentes, alejados del caleidoscopio de vulgaridades de los adultos, sobreviven malamente dentro de estos antros medio abandonados, pero extienden su horizonte, aprenden formas de vida que quizá, si nadie lo remedia, y quién sino ellos lo puede ya remediar, marcarán un futuro desolado del que la generación de sus padres es responsable.

Dejemos, por tanto,  que se abran paso a la vida en los garutos de nuestros suburbios.

sábado, 30 de noviembre de 2013

NIHILISMO MERCANTIL


Terminamos con esta entrada una serie de tres sobre la paulatina transformación de la metafísica occidental en puro culto al capital. En artículos anteriores relatamos de manera sucinta el proceso que desde Grecia ha llevado a esta extenuante apoteosis (que puede ser entendida también como decadencia, pues su momento estelar podría coincidir precisamente con el principio de su desaparición). Vimos como las nobles Ideas de Platón derivaron pronto en la vulgarización del mundo de los arquetipos, sustituido por la idea excluyente de un Dios único. Vimos también como los Universales (y entre ellos los relativos a la idea misma de Hombre y sus derechos) caían en descrédito tras la crisis de la Modernidad, precisamente porque se dejaba de creer en ellos al fallar la base del mundo real en lo que Heidegger llamara “olvido del Ser”. Vimos también como en la fase de la mal llamada Postmodernidad, todos aquellos “metarrelatos” que sostenían una civilización renovada en la época de la Ilustración terminaban por desmoronarse dejando como único legado la preponderancia del Capital sobre cualquier contenido de saber humanista, una suerte de Nihilismo Mercantil.
Vivimos en las cenizas, en los escombros de aquellas viejas construcciones, lo que ocurre es que todavía no nos hemos dado cuenta, puesto que las estructuras funcionan –como he sugerido en otras ocasiones- a modo de artefactos zombies: Estado, libertades del individuo, Leyes Universales. Se llama artefacto, a uno o más pixels corruptos o carentes de datos dentro de una imagen digital; bien, pues a ese tipo de artefactos me refiero, simulacros de información, apariencias vacías de verdad o de sentido. Puede el lector bucear en la idea leyendo la entrada http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/11/zombis-vampiros-y-otros-simulacros.html.
La conversión del Valor de Cambio en un ente autónomo separado de toda realidad física es un hecho, un momento fundamental en la victoria del Nihilismo en occidente. Las enormes convulsiones que han afectado al sistema financiero mundial no son sino algunas de las consecuencias, cuyo análisis sucinto ensayé en http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/06/hijos-de-goldman-sachs.html.
Las manifestaciones de esta apoteosis de la metafísica no sólo se observan en la creciente ventaja del mundo digital –o virtual- sobre el real (proceso sobre el que han corrido tantos ríos de tinta negra o flujo de datos en pantallas que no pasaré de la cita); o en la burocratización infinita de los Estados -totalitarios o no-; o en la conversión paulatina de las relaciones humanas en procesos de intercambio de datos en redes sociales, circunstancia sobre la que llama la atención Dolors Reig en una reciente y muy interesante tertulia en el programa, impagable programa de La 2, Torres y Reyes, cuando dice que las redes sociales son muy atractivas al ser humano, pues el hombre es comunicativo por naturaleza, ver http://www.rtve.es/alacarta/videos/torres-y-reyes/torres-reyes-homo-interruptus/2180330/
No, las pruebas de esta fase avanzada, coincidente con la época del “Capitalismo Triunfante”, anidan en los detalles más nimios. Así, la reciente imposición a los usuarios de varios bancos y cajas (léase, por ejemplo, Banco Sabadell y La Caixa) de una comisión que grava las imposiciones en efectivo. Es decir, que sea o no sea cliente directo del banco, aquella persona que necesita realizar en persona un ingreso es penalizada con dos euros. Y digo penalizada porque, según todas las consultas que he podido realizar, la medida no tiene justificación alguna ni aparece reflejada a modo de recibo en el documento de ingreso. Se han dado situaciones verdaderamente draconianas en estas entidades: personas que debían ingresar tasas para (pongamos como ejemplo) asociaciones sin ánimo de lucro cuyo montante no era superior a euro y medio se veían obligadas a abonar los dos euros.
Me resulta especialmente gratificante hacer el viaje de esas alturas metafísicas a la realidad más sencilla e inmediata, no sólo porque admiro el modo de filosofar existencialista, aquel estilo de pensar que admiraban los discípulos de Sartre cuando hacía filosofía de una taza de café, sino precisamente porque pone más en evidencia el escándalo del absurdo en el que nos encontramos. Los bancos tan sólo aspiran a dejar de ver a sus clientes y despedir a sus empleados, para convertirse en entidades fantasma pero absolutamente necesarias para la supervivencia del sistema, organismos agazapados en las interioridades de las redes sociales, sin un lugar físico al que dirigirse salvo la sede central impenetrable tras un sólido muro cortina estilo Mies Van der Rohe: esos bloques de los distritos financieros son posiblemente el símbolo más perfecto, el reflejo más estilizado de esta etapa última de la metafísica. Lo curioso es que los pálidos usuarios apenas aciertan a exteriorizar sus quejas, argumentando que otros bancos no cobran la comisión, sin saber que, en realidad, la imposición de la tasa, desde su primera aparición, ya había conquistado el territorio de combate.

Está cercano el momento en el que ese dinero virtual experimente su independencia total de los objetos, de los Valores de Uso, posiblemente entonces la Metafísica del Capital haya cerrado el ciclo. ¿Y después? Nadie lo sabe, pero es bueno recordar a Nietzsche, un atleta del Nihilismo, que parece diseccionarnos desde el pasado cuando dice en Crepúsculo de los Dioses: Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?... ¡No!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!”.