jueves, 14 de noviembre de 2013

MERCADO O LA APOTEOSIS DE LA METAFÍSICA


Según una opinión generalizada, la filosofía es una disciplina alejada de los problemas cotidianos del hombre común, sin embargo, esta afirmación es completamente falsa; muy al contrario, la filosofía ha determinado a lo largo de los siglos la estructura del cerebro de millones de personas. Y lo sigue haciendo sin que nosotros lo notemos. Las palabras  que utilizaré en esta entrada están alejadas del lenguaje simplificado que el pensamiento neoliberal ha impuesto en la sociedad del siglo XXI, pero la historia que quiero contar no puede ser expuesta de forma más sencilla. Hablaremos, de la forma más breve y básica posible, de un largo periodo inscrito en eso que llamamos filosofía occidental, nacida en Grecia en algún momento del siglo VII a. C.
A este periodo, que podemos remontar hasta la muerte de Sócrates, se le llama metafísica, y ya con Platón, y el famoso mito de la caverna, se comienza a valorar un supuesto mundo aparente (el mundo de los arquetipos y las ideas) sobre el mundo real y tangible de las cosas físicas.Platón pretende explicar el mundo remitiendo a otro mundo, sea o no probada su existencia, una tendencia que seguirá creciendo en el ordenamiento de Aristóteles en las “categorías” y, con el tiempo, cristalizará con la confluencia del pensamiento judaico y el neoplatonismo griego en el cristianismo, ese movimiento religioso cuyo primer y más activo vertebrador fue Pablo de Tarso.
El siglo XVIII sustituyó el Dios cristiano por la Diosa Razón, dejando a aquél como un lejano arquitecto. La misma ciencia basará sus presupuestos en el sistema de las “categorías”, originado en la obra de Kant pero deudor directo de los arquetipos platónicos, esto es, de la prevalencia del mundo ideal, del mundo de las apariencias, sobre el mundo tangible e inmediato. Ni siquiera los empirismos o la rigurosidad del método científico pudieron con este prejuicio. La Ilustración recupera con energía los llamados Universales, ya expuestos por Platón, de forma que una de sus concreciones más conocidas será la Declaración de los Derechos Humanos. Esta especie de Neoplatonismo dominará la escena intelectual hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la crisis de la Modernidad derriba un edificio hasta entonces incuestionable. Una interpretación de Nietzsche desarrollada desde el punto de vista de los Presocráticos lleva a Martin Heidegger a articular el concepto de “olvido del Ser”, un proceso que se supone emerge ya en Sócrates, en el comienzo de la metafísica tal y como hoy la conocemos. El alejamiento progresivo del mundo intelectual respecto a la realidad circundante, en definitiva, al Ser y sus entes, ya había sido planteado por Husserl con su Fenomenología, esgrimiendo el lema “a las cosas mismas”, pero no con la radicalidad y la frescura de los existencialistas, seguidores de Heidegger, que pretenden hacer filosofía con las cosas más cotidianas, en un brusco golpe de timón respecto a la metafísica como “olvido del ser”. Esta intuición radical, que ha dado los frutos más jugosos del pensamiento europeo del siglo XX:  Post-estructuralismo, Deconstrucción, Postmodernidad, realiza la crítica de una Razón lastrada por los recuerdos platónicos de unas categorías inalterables, inmutables, pero al parecer ya caducas; la propia legitimidad de la Ciencia es sobrepasada por una preocupante radicalización de la Técnica, entendida como Ge-Stell (estructura de emplazamiento, en el escurridizo lenguaje heideggeriano), es decir, como absoluto desprecio del mundo natural, entendido como puro objeto de manipulación, de “puesta a mi servicio” de las cosas, de manipulación irresponsable, pero también como herramienta perfecta de producción de mercancías. A su vez, la Postmodernidad encuentra que teoría de los Universales, llamada por Lyotard “grandes relatos”, ha desaparecido a favor de un planteamiento de la sociedad esencialmente basado en el rendimiento económico, donde sobran este tipo de narrativas.
Esto nos remite a la crítica marxista a la estructura de la producción dentro del sistema capitalista, que  deja al descubierto uno de los aspectos más inquietantes de esta preponderancia de la metafísica como “olvido del ser” que sólo hasta fechas recientes permanecía oculta. De este modo, Marx aparece como un analista de la fase final de la metafísica, donde los Universales, la noción de Dios e incluso la legitimidad de la Ciencia se desmoronan para dejar solamente la última idea metafísica universal: el Capital.
Por un lado, la asunción de la mercancía como referente metafísico radical, la presencia del “valor de cambio” como categoría incuestionable, inviolable, por encima de los “valores de uso”, en su forma de entes cotidianos, al alcance de la mano; por otro, la sospecha de que el propio ente humano, el Dasein, el hombre histórico de los existencialistas despojado ya de las categorías universales, el ciudadano de a pie, al fin y al cabo, es la víctima perfecta de esa conversión en Dios supremo del capital, del valor de cambio en tanto ideal inapelable.
El hombre queda convertido en mero capital humano, objeto de uso intercambiable, colocado por la Técnica para su manipulación, tanto como consumidor cuanto como fuerza de trabajo. Este Universal absoluto que el neoliberalismo ha convertido en Biblia de la etapa avanzada del capitalismo representa la apoteosis de la propia metafísica, como ya predijo Heidegger, apoteosis, final y derrumbamiento al tiempo, sin el cual no es posible una vuelta a la etapa anterior al oscurecimiento del Ser.

La salvaje tiranía de los llamados mercados, de las multinacionales como organización supranacional a modo de arquetipo, la ubicuidad completa del capital, la desvinculación absoluta del sistema financiero respecto al mundo real sólo son algunas  de las manifestaciones más claras y tenebrosas de ese final de la metafísica que se producirá no sin violencia, no sin gasto de vidas, no sin sufrimiento; el análisis pormenorizado de esta crisis deberá esperar hasta otro artículo.

domingo, 27 de octubre de 2013

MOSCAS ZOMBIES Y PÉRDIDA DE SENTIDO


Nos encontramos en el tiempo de las moscas erráticas, esa región del año previa al Día de Difuntos en la que los dípteros se tornan más pegajosos. No parecen terminar de morir, aunque tampoco parecen tener exactamente una vida. Hace unos días comentaba un amigo horrorizado cómo había encerrado al anochecer a unas cuantas molestas moscas en una pequeña habitación tras rociar con insecticida. A la mañana siguiente comprobaba con estupor que los insectos no sólo no habían muerto sino que además continuaban con su vuelo estúpido. Mi amigo no sabía que se enfrentaba a moscas zombies, moscas no-muertas que desenredan el monótono ovillo de su corta vida sin rumbo fijo. Las moscas son por definición zumbantes; el zumbido es una actividad que les corresponde y que las empareja, incluso cuando están perfectamente vivas, con los verdaderos zombies. Pero llegado octubre, todavía no masacradas por los primeros fríos, aunque agotada ya su vida natural, porfían en sus instintos ya agotados, se nos acercan y posan sus cuerpos cansados simplemente por encontrar el consuelo del calor de nuestros cuerpos, ya ni siquiera intentan alimentarse. Son cascarones vacíos que todavía planean, carcasas huecas sin objetivo, sin fines. Se dejan capturar, en su lentitud, porque realmente, aunque sigan volando, han perdido el instinto de supervivencia,
    Han perdido el sentido.
Como las moscas zombies, nuestra sociedad, organizada en torno a la estructura del Estado, esa cáscara esclerótica, sigue su camino reproduciendo rumbos aprendidos, pero sin un plan de vuelo específico. La pérdida de sentido ha convertido al Estado, y a todo aquello que intenta proteger y organizar, en una enorme nave zumbante que se acerca al individuo por costumbre, sin voluntad real. Es lo que los postmodernos definieron como “la pérdida de los relatos” o lo que los apóstoles irresponsables del neoliberalismo recuerdan cuando dicen que “se acabaron las ideologías”. Pero la pérdida de sentido, ese vaciamiento interior de nuestra sociedad, no es la consecuencia de la corrupción de las estructuras del estado, pues estas pueden seguir funcionando en lenta agonía durante mucho tiempo, deterioradas, sin rumbo, como un buque en derrota, pero todavía conservando la forma exterior. Caso similar al que  refería Oswald Spengler cuando hablaba de la “pseumorfosis”, una vieja forma histórica que mediatiza lo que está por surgir, que desprovisto todavía de estructura propia, adopta la ya fijada. Al final del  Imperio Romano, por ejemplo, muchos pueblos bárbaros adoptan la cultura latina y el derecho de Roma, pero sin pretores que lo sepan legislar. Una nueva cultura, joven e inexperta, oculta por la anterior.
Caso similar, pero no el nuestro.
No hay cultura nueva alguna que sustituya a la anterior, ya rígida, ya sin fuerzas, no hay nuevos modos, nuevas formas, nuevos pueblos que aporten otros contenidos. Simplemente nos enfrentamos a la pérdida generalizada de sentido. Es como si un idioma hubiera ido perdiendo el significado de todas sus palabras, y los significantes, los vocablos, quedaran suspendidos en el aire como cristales transparentes. Lenguaje zombie, sonidos zumbantes, un rumor continuo de vuelos sin sentido. Sólo una palabra parece todavía conservar el contenido: mercancía.
La pérdida del sentido puede ser narrada también como pérdida de la imagen, de la imagen del mundo, de la noción que nuestros antepasados nos han dejado sobre el mismo. Así lo narra Peter Handke en “La pérdida de la imagen o Por la Sierra de Gredos”, donde una comunidad humana se enfrenta a la desaparición de la noción del mundo que habían transmitido las generaciones anteriores. “¿Por qué motivo estos náufragos ya no tienen lengua? ¿Por qué han echado por la borda la ley y las reglas de la belleza? ¿Cómo están ahí bamboleándose en el mar Muerto de la inabordabilidad?”, se pregunta un personaje de la novela.  “Escuche bien, pues: en el origen de la espantosa fealdad de esta turba de robinsones está la pérdida de la imagen” Así pues, náufragos o robinsones, zombies varados en una isla desierta que Handke sitúa en Hondareda, en plena Sierra de Gredos.  No muy lejos, en la desierta Tierra de Campos palentina, entre ruinas devaluadas de las nobles construcciones de adobe, vemos un ejemplo físico, perfectamente visitable, del daño que puede hacer en un entorno de población tanto la pérdida de la imagen como la de sentido. Un bello artículo de Tamara Crespo, en http://www.fronterad.com/?q=rustico-flamigero-en-tierra-campos nos alerta de las consecuencias de la desaparición de la cultura de los pueblos tal y como la hemos conocido, acelerada por la rapiña del dinero fácil, sin una sustitución por nuevos referentes estructurados.

Así pues, aquí seguimos, en este estado de no-muertos, donde antiguas palabras -democracia, educación universal, emancipación de los seres humanos, y tantas otras- construyen este caparazón quitinoso, renegrido y seco del enorme moscardón zombie en el que nos hemos convertido, incapaces tan sólo de emitir ese zumbido monótono que nos han inoculado y que emitimos en vuelo errático hacia la destrucción: mercancía, mercancía mercancía.

domingo, 20 de octubre de 2013

ADIOS A DORITA


Tras un paréntesis de reflexión que ha durado varios meses, volvemos hoy a las páginas de La Amalgama con la intención volver a meter la cabeza en los rincones dormidos de la estructura de la realidad. Colabora en este nuevo viaje, como en ocasiones anteriores, El Eco de Jumilla, http://www.elecodejumilla.es/periódico digital que alberga este blog como columnista, y al que agradecemos ese hueco que nos ha hecho. Desde mayo pasado, el entorno social, cultural, político y económico ha seguido inexorable el estrecho cauce que parece marcado de antemano desde hace años, un margen cada vez más angosto e intrincado. En estos meses no son pocas las cosas que hemos perdido, que han dejado de funcionar o se han extraviado tras los telones engañosos de los mass-media. Pero también hemos perdido personas.
Una de ellas, tan cerca como ayer, ha sido la jumillana Dorita, una mujer singular cuyo nombre completo era Salvadora García Gil. Dorita fue durante muchos años el primer rostro, enmarcado en un minúsculo arco e iluminado por una débil bombilla, que los aficionados al cine en Jumilla veían antes del programa doble los fines de semana por la tarde. Dorita era la taquillera, y nadie más pudo adornarse con ese apelativo con tanta dignidad. Pero esta señora fue desde luego mucho más. Viuda temprana de José María Bonacasa, que quizás haya sido el mejor fotógrafo de la Jumilla del siglo XX, era una mujer ilustrada que siempre que pudo alentó las artes y las letras, en tiempos en los que, como hoy, los gastos culturales no eran bien entendidos. Durante su breve paso por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Jumilla dejó buena prueba de su amplitud de miras y de su capacidad para considerar la inversión en nuevos creadores como un necesario acto de futuro. Becó a jóvenes artistas con dinero de las arcas del Ayuntamiento, como José María Martínez Monreal, hoy alejado de Jumilla y aquí poco recordado, a pesar de que sus lienzos cuelguen de algunos de los muros más elegantes de la localidad. Tengo en la memoria las pequeñas acuarelas del artista cuando la visitaba en su casa, y recuerdo el sosiego antiguo con que recibía aquella señora. Recuerdo también su ayuda, cuando yo era casi un chiquillo, y como sus palabras de aliento me convencieron todavía más de cual debía ser mi camino.
El olvido es largo, dicen, pero es nuestro deber que aquellos que no lo merecen –y nadie lo merece- no sean pruebas de ese refrán cruel. Muchos años después de trabar una naciente amistad con esta señora, que a mí siempre me despertó un aliento de sobria nobleza, el mismo que despertaron tantas mujeres de izquierdas en esos años lejanos en los que todavía se podía nacer sabio, tuve la tentación de visitarla y hacerle saber la importancia que tuvieron para mí sus palabras. Jamás lo hice. Hoy lo lamento, como lamento día a día ver la pérdida de sentido, la pérdida de imagen, que sufrimos constantemente. Aún así, cada vez que recuerdo aquellas viejas películas de los setenta con sabor a merienda de palomitas y pipas, me viene a la mente su rostro, el rostro de la guardiana del templo de las ilusiones que escondía otro menos conocido de amante de la cultura y de los artistas. Sea ella la madrina de esta nueva etapa de La Amalgama.

Que el olvido no sea largo para Dorita, que encuentre paz y que nos hagamos merecedores de su memoria.

sábado, 25 de mayo de 2013

LOMCE, UNA LEY-TRAMPA


Hasta ahora había renunciado a hablar de la controvertida ley LOMCE, cuya aprobación ha sido debatida recientemente en el Congreso de los Diputados. Como docente, consideraba que no iba a disfrutar de la suficiente distancia crítica para analizar una ley de educación. Pero me equivocaba, me equivoca porque la LOMCE no es una ley de educación, ni siquiera es una ley de evaluación, en todo caso, de calificación, y esto con reservas. La LOMCE es, fundamentalmente, una burda tramoya propagandística que busca ocultar los males endémicos de la educación española con supuestas evaluaciones externas al tiempo que se recorta una vez más el presupuesto en educación pública, ya muy mermado por anteriores reducciones.
Suelo hablar de simulacros al referirme a esos dispositivos, que la sociedad de masas  ha desarrollado, y que ocultan los hechos verdaderos tras acontecimientos falsos. Pero la ley LOMCE no es un simulacro, ni siquiera se le parece, porque el simulacro contiene la energía de lo verdadero, y esta ley carece incluso de la más leve apariencia de verdad. Tampoco lo ha pretendido. Por eso sorprende tanto que los pocos sectores que todavía la defienden, las organizaciones de padres católicos, se hayan dejado engañar de forma tan burda. Con el triste argumento de convertir la religión en una asignatura de peso, cuya nota cuenta incluso para la concesión de becas, el ministro Wert ha conseguido que los padres católicos vendan su derecho a una enseñanza pública de calidad por un plato de lentejas. Entretanto, la principal empresa española en gestión de servicios educativos, la Iglesia católica, ha demostrado que le importa poco la formación integral de los alumnos, ha demostrado una profunda irresponsabilidad con respecto a ellos, al favorecer, a cambio de mayor influencia en la enseñanza pública, que esta ley imposible siga su camino. El resto de la sociedad española, e incluyo instituciones como el Consejo de Estado, que criticó y desmontó punto por punto la ley, no son sino rehenes del mayor atentado contra una educación de calidad en décadas.
Como desvela justamente José Luis Villacañas en http://http://www.levante-emv.com/opinion/2013/05/14/seria-mayor-defecto-lomce/997682.html, la primera frase de la ley ya es reveladora: "la educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y el nivel de prosperidad de un país". Con esta frase desaparece toda idea de enseñanza universal e integral, todo rastro del proyecto educativo de la Ilustración, que desde el siglo XVIII ha alimentado las democracias occidentales, y que todavía seguía vivo en la LODE de 2006. Como dice Villacañas, la educación no es el motor de nada, sino "el proceso cooperativo por el que los seres humanos pueden disponer de las bases adecuadas para llegar a vivir como tales a lo largo de su vida. La educación promueve la condición humana", algo tan claro, tan evidente, y que tanto bien ha hecho a las sociedades europeas en estos dos últimos siglos, es desconocido para los gestores de esta ley.

Si hacemos una lectura atenta de la ley, descubrimos enseguida cuales serán los efectos negativos de la misma, tal es su simplicidad. Por una lado, la segregación, puesto que los alumnos serán divididos ya en 2º ESO en dos grupos: los ocupantes de puestos de trabajo en el taller, por un lado, y los destinados a los puestos de la tecnocracia, por otro; en tanto la ley no entiende otro lenguaje que el de crear piezas para el engranaje del mercado laboral, sobran todo tipo de refuerzos, apoyos, medidas de atención a la diversidad, que han conseguido llevar al éxito a tantos alumnos destinados al salir del sistema sin titular. Se trata de maquillar cifras, podremos tener más titulados, pero todos serán de bajo perfil de cualificación. Y todo ello, irónicamente, con el argumento de paliar el fracaso escolar. Materias que hasta ahora ocupaban un nicho discreto pero importante en la formación de nuestros jóvenes, como son la tecnología, la música y la plástica, quedan ahora relegadas a meras optativas, de forma que un alumno podrá pasar por la ESO sin asistir a una sola clase que le prepare para un mundo basado en los contenidos audiovisuales de los mass media y en la tecnología. A estas las llama Wert "materias que distraen". La religión ocupa mayor carga horaria, y no es específica (es decir, optativa), que cualquiera de estas materias. Queda reducida igualmente la presencia de las ciencias en el currículo, en patética coherencia con el maltrato constante que el gobierno de España ejerce contra la investigación y la innovación científica en el último año. La supuesta solución de las evaluaciones externas no tiene otro fin que el cuantitativo, no preocupa otra cosa que maquillar números de cara a Europa, y las pruebas se adecuarán, fuera del entramado educativo, sin contar con los propios docentes, a este fin concreto. Una gigantesca tramoya de cartón-piedra, un telón propagandístico para ocultar las miserias del sistema. Ante los aspectos susceptibles de mejora de la LODE de 2006, que ya ha sido desmantelada con los recortes de los dos últimos años, se opta, no por resanar la estructura, sino por cerrar los ojos y mirar hacía otra parte. Podríamos seguir durante muchas páginas, podríamos hablar del desprecio a las ratios, del desprecio a los recursos necesarios, de tantos desprecios... Lo curioso es que la oposición política no haya acertado a criticar mucho más que la preeminencia de la religión o la devaluación de la inmersión lingüística que, siendo graves, no son los aspectos más terroríficos de esta ley imperdonable.

martes, 7 de mayo de 2013

FIGURAS DEL NUEVO SIGLO: EL EMIGRANTE




Se ha dicho que nos corresponde una época en la que los héroes han dejado de tener su lugar, han desaparecido. Todo hombre aparentemente perfecto es tarde o temprano señalado por los amos de la prensa y condenado al ostracismo; los últimos casos referidos a los deportistas, ejemplo de héroes con pies de barro, son bien conocidos. En el otro extremo, cualquier personaje anónimo, sin ninguna cualidad especial,  es elevado a los altares por los engranajes mediáticos, como parodia exquisitamente Woody Allen en Desde Roma con amor. En una época sin héroes nos queda el concepto de figura. El gran creador de figuras del siglo XX es Ernst Jünger, y son suyas las tres grandes figuras que caracterizaron este siglo: el Trabajador, el Soldado Desconocido y El Emboscado. Son conceptos que engloban a muchos hombres individuales, con cualidades especiales, con una fuerza peculiar, bajo un mismo epígrafe, pero que no dejan de ser seres sin nombre, abandonados a sí mismos. Nos toca pensar cuales son las grandes figuras del nuevo siglo, y empezaremos por una de ellas: el Emigrante.
    Por algún extraño azar del destino, el pasado 1 de mayo, la 2 de TVE emitía un documental ya programado en otras ocasiones sobre la primera oleada de emigrantes españoles a Alemania, que comenzara a principio de los años sesenta. En este documental se echaba mano de testimonios verídicos de emigrantes y de hijos naturalizados, en contraste con la versión oficial deformada y frívola que las películas y el No-Do transmitían de un fenómeno tan importante. En la voz de los viejos trabajadores y trabajadoras volvían a aparecer las casetas para animales adaptadas a hombres, los horarios imposibles, la segregación de sexos que impedía toda relación normal, la exclusión de grupos enteros fuera de las ciudades y de todo contacto social, las condiciones de trabajo casi esclavistas, la infinita ignorancia, la alienación, la culpa. Estos primeros pioneros, movidos por la desesperación, salían de un país que no podía asumirlos con nada más en la maleta que la impotencia de sus propios padres, que no tenían otra opción que vivir del dinero que se les enviaba de fuera. El régimen nunca disimuló que aquellos hombres y mujeres eran un problema que su marcha había resuelto, así que no se preocuparon de ellos hasta la década siguiente, cuando, ante el hecho de que los emigrados comenzaban a tomar conciencia a través de las JOC (Juventudes Obreras Cristianas) y del Partido Comunista, la ya balbuceante dictadura creó las Casas de España donde, según los propios emigrantes, eran captados aquellos que todavía no pensaban. Hacia el año setenta y cinco comenzó el regreso de muchos, en parte porque la crisis mundial del petróleo trajo consigo menor demanda de mano de obra, en parte porque en los programas de los partidos políticos alemanes nació el eslogan populista que hemos visto surgir en España en los últimos años de las bocas de los ignorantes y del precariado: los extranjeros nos roban los puestos de trabajo. En Alemania, además, parece que robaban a las mujeres y a la orgullosa identidad local, tal era el peligroso embrujo de los españoles.
    Las posteriores oleadas, más reducidas y con condiciones de trabajo infinitamente mejores, han sido sondeadas con excelencia por el programa Salvados en La inmigración española a Alemania, entre ellas podemos inscribir el fenómeno de la “fuga de cerebros”. Hasta ahora ha sido otra la emigración española que hemos conocido. Pero todo ha cambiado: las condiciones de trabajo, tras el giro neo-liberal completo de nuestro tiempo, vuelven a ser precarias y abusivas, la demanda de mano de obra no responde ya a un boom económico, sino a un recambio de obreros, donde el mercado busca a los más débiles, a los que tienen poco que perder porque ya lo han perdido todo. No es este el perfil de los emigrantes de la dictadura, que lucharon por algo desde la nada, que se quitaron el pan de la boca para alimentar a sus propios padres, que supieron agruparse y salvar la desidia moral y cultural en que habían caído. Esa es la Figura del Emigrante que aquí glosamos. Pero la nueva diáspora de la juventud española no es igual. Para nada. Han crecido en un mundo aparentemente perfecto, donde su familia les ha dado todo, donde han conocido, si bien cada vez más precarias, libertades que ninguna generación anterior soñó. Ellos buscan, no ya la mejora, sino la vida que han vivido, y van a encontrar un mundo similar al que sufrieron sus abuelos en los sesenta: precariedad, rechazo, explotación, alienación (entonces física, hoy digital). Es muy posible que se encuentren con la ignorancia y el rechazo del estado que los vio nacer, ese mismo estado que tanto está haciendo para que salgan y no vuelvan, porque, al igual que en el final de la dictadura, su presencia dentro del país es el problema. Programas como Españoles por el Mundo, proclaman una visión de la emigración tan deforme como la de las películas del destape, pero mucho más eficaz; la educación estatal, a través de la perversa ley LOMCE, no es sino una espoleta para soltar lastre; las ayudas del estado español para emigrantes, simplemente no van a existir. Estos nuevos grupos tienen el reto de ascender a la categoría de Emigrante, con la dignidad que la acompaña, o convertirse en ratas del laboratorio del capitalismo terminal. Hay algo seguro; en ese camino van a estar solos.

miércoles, 24 de abril de 2013

EL AVANCE DE LOS CÍNICOS


                Cuando en un artículo anterior, la apoteosis de egoísmo, analizábamos la asunción de una nueva clase social, el precariado, dimos algunos trazos sobre las principales características que aglutinan a  una serie muy heterogénea de individuos bajo ese neologismo. Señalábamos también que el precariado no es exactamente una clase social, a pesar de que se ha sido situado en estudios recientes como una de las nuevas siete clases sociales. Pero el precariado es algo más y algo menos que una clase social. De hecho, a mi entender, el precariado, haciendo analogía con los no-lugares, de los recientemente hablábamos, es una no-clase, un conjunto de individuos cuya principal razón de ser es no identificarse con nada que no sea su propio beneficio, una franja social que tiene a gala no confiar en ninguna de las otras clase, y mucho menos en el aglutinador de todas ellas, el Estado. El precariado es el principal bebedero donde la ultraderecha ha ganado lugar en Europa, pero también, como señala Alain Garrigou (ver entrada anterior), el avance de esta opción política radical se ha ralentizado, en gran parte por la imposibilidad de unificar tanto interés particular. Jirones de otras clases sociales empiezan a confundirse con ese precariado que al principio parecía representar a las personas sin recursos y opción vital. La tan traída y llevada desaparición de los valores se aprecia claramente en las posiciones del precariado, y esos valores son sustituidos por lemas de trazo grueso, que calan fácilmente en las mentes simples. Así, como señala Garrigou, se es “sensible a la raza, pero no a la clase”; se habla de “los abusos cometidos por los extranjeros, los holgazanes, los asistidos”; se comenta, sin rubor, que “son los sin papeles los que actualmente son los únicos que pueden gozar de un sistema financiado al 100 %”. El pensamiento se transforma en prejuicio, el sentimiento de culpa en rencor, en un proceso que ya Nietzsche analizara en La genealogía de la moral. En este contexto, la tentación del pesimismo se hace insoportable para muchos. Pero ya dice García Montero en http://www.infolibre.es/noticias/opinion/2013/04/05/pesimismo_optimismo_2040_1023.html que “Estos días tristes no reclaman optimismo o pesimismo, sino valores”. A aquel que utiliza el pesimismo del otro para imponer su criterio se le llama cínico.
    El cínico es la figura negativa por excelencia de nuestro tiempo. Decía Todorov que “el miedo a los bárbaros nos convierte en bárbaros”, y es cierto, pero además estos bárbaros son pastoreados por los cínicos, ellos son los pastores del pesimismo, pero también del resentimiento, de la culpa, y de algo todavía más peligroso: el orgullo herido. El modelo de pensamiento del precariado y de restos aledaños de otras clases sociales es muy simple: No confío en el estado, no confío en los extranjeros sin papeles, en los pobres que viven de la Seguridad Social, porque sospecho que en toda esa gratitud social puede esconderse un engaño, y si soy engañado y no me doy cuenta, es que soy estúpido, porque han hecho con mi dinero lo que yo no quiero, por tanto, entre ser un estúpido y creer en la bondad del sistema social y la posibilidad de que todos estemos siendo engañados y manipulados, prefiero la segunda opción, la menos arriesgada. Nos encontramos con individuos que han perdido todo resto de valores, individuos cuya única posesión es una exigua cantidad de dinero ganada con terribles esfuerzos. El cínico se aprovecha de este modelo de pensamiento, aunque parte de él, porque en origen es un personaje frustrado. El cínico busca erigirse como líder de todos los frustrados, y su mensaje es rápidamente codificado. Éste es el triste proceso que aúpa a la extrema-derecha en media Europa. Y como dice García Montero: “Perdida la capacidad de decisión, el fatalismo justifica cualquier estrategia propia de los cínicos y los relativistas. Los aguafiestas del pensamiento aprenden pronto a reírse de todo para no sentir responsabilidad ante nada”. El cinismo avanza, y avanza el espíritu del precariado. El pensamiento y los valores retroceden. Sólo hay un antídoto ante esta amenaza: educación y cultura. ¿Están nuestros dirigentes dispuestos a atajarla? ¿O es que el cinismo dirige ya a nuestros dirigentes?

domingo, 7 de abril de 2013

APOLOGÍAS DEL EGOÍSMO




A mediados del siglo XX comenzó a extenderse una tendencia para-filosófica llamada objetivismo propagada por una escritora nacida en Rusia y naturalizada en Estados Unidos que usaba el pseudónimo de Ayn Rand. El objetivismo era una apología nada disimulada del egoísmo, que abominaba de toda forma de intervención gubernamental en la vida pública y terminaba propugnando una especie de darwinismo social basado en el capitalismo salvaje más exacerbado. Muchos personajes influyentes de la escena norteamericana se dejaron influir por esta tendencia, entre ellos Alan Greenspan y un buen número de asesores cercanos al presidente Reagan. El rastro de esa influencia se aprecia hoy en día en las ideas del Tea Party, movimiento ultraderechista que tiene sus manantiales de voto en una clase media venida a menos que busca culpables en las clases menos favorecidas y en los inmigrantes, y que acusa al gobierno de un intervencionismo sesgado hacia esas masas sociales. Según Ayn Rand, la caridad es inmoral y el egoísmo racional una razón de vida, según el Tea Party la seguridad social es un peso muerto para el estado que rescata a gandules y perezosos. La existencia del Tea Party es un buen ejemplo de cómo la decadencia de una clase social va muy ligada a la falta de argumentos intelectuales sólidos y a la disolución de sus propios valores que, o simplemente ya no sirven o han sido sustituidos por proclamas populistas de trazo grueso.
La orgullosa Europa miraba con desprecio la ascensión del movimiento Tea Party en la seguridad de que sus viejas meta-narrativas serían suficientes para aguantar el deterioro y desestructuración de una clase media ilustrada, intelectualmente sólida, que ha perdido su influencia en las altas finanzas y los medios de producción pero sigue controlando gran parte de su peso en el sistema de democracias liberales. Esa presunción ingenua ha resultado fatal para las clases medias europeas. Como ya comenté en una entrada anterior, http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/02/la-estrategia-del-lemming.html, Europa parece caminar a una especie de suicido social en el que tiene mucho que ver una nueva clase, que ha adoptado varias de las tesis del movimiento Tea Party, bautizada por la Fundación Friedrich Ebert como el “precariado”. Es difícil precisar como clase social lo que son varios grupos heterogéneos, pero el “precariado” engloba ya tanto a desempleados de larga duración o trabajadores de alta cualificación que desempeñan trabajos muy alejados económica y socialmente de sus expectativas como a universitarios en paro. Poco a poco, el “precariado” crece, y acoge retazos de la ya casi desaparecida clase media (ver el artículo de Ramón Muñoz, “Adiós, clase media adiós” en http://elpais.com/diario/2009/05/31/negocio/1243775665_850215.html). Pero lo llamativo de esta nueva clase social no es su creciente heterogeneidad económica y social, sino su paulatina uniformidad cultural, su capacidad para absorber las frustraciones, el nihilismo, la precariedad de valores y el resentimiento de diferentes capas de un tejido social desmoronado. Según Andrés Ortega en “El regreso de la lucha de clases” http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/02/20/vidayartes/1329766843_742941.html, el “precariado” acumula a una cuarta parte de la población adulta, personas que “no votan ni emiten votos protesta y desconfían de las instituciones políticas”. Los miembros de esta nueva casta son descritos aquí como “nómadas urbanos”, gentes que nada tienen en común salvo cuatro rasgos: la ira, la anomia, la ansiedad y la alienación, características éstas que llevaron al poder a más de un partido fascista en los años treinta del pasado siglo. En esto se diferencia del llamado “proletariado clásico”, una clase social en trance de desaparición, no por falta de rasgos económicos, sino culturales y sociales. Los nacionalismos, los populismos y cualquier tipo de autoritarismo incipiente reclaman ya su botín. Pero lo peor no eso, sino que, como hemos insinuado, la clase media desbancada, los profesionales liberales, grupos de funcionarios, se acercan a esta especie de clase sin clase que es el “precariado”, y se observan los primeros indicios de un Tea Party europeo que hace gala de un desprecio militante de lo colectivo, de lo público, que dispara contra los políticos corruptos siguiendo la moda de los “indignados” pero olvida a los corruptores, empresarios y banqueros enriquecidos a la sombra del capitalismo salvaje desregularizado. Son responsables de un giro inconsciente de grupos de ciudadanos pobres e indefensos hacia la derecha, pero a un tipo de derecha irresponsable e inculta, falta de argumentos y vacía. Alain Garrigou, en el nº 209 de Le Monde Diplomatique en español, da algunas claves en “Lo que ellos llaman derechización”, un extenso artículo sobre el que regresaremos en la próxima entrada, baste citar el siguiente párrafo: “La danza de los prejuicios, en la que una vulgata neoliberal se fusiona con un sentido común grosero, contribuye a la derechización de las mentalidades cuando glorifica el egoísmo”. Los nietos de Ayn Rand, desarmados, desilusionados, resentidos, ignorantes, ingenuos, caminan hacia la autodestrucción de la mano de una apología ciega del egoísmo.