Según una opinión generalizada, la filosofía es una
disciplina alejada de los problemas cotidianos del hombre común, sin embargo,
esta afirmación es completamente falsa; muy al contrario, la filosofía ha
determinado a lo largo de los siglos la estructura del cerebro de millones de
personas. Y lo sigue haciendo sin que nosotros lo notemos. Las palabras que utilizaré en esta entrada están alejadas del
lenguaje simplificado que el pensamiento neoliberal ha impuesto en la sociedad
del siglo XXI, pero la historia que quiero contar no puede ser expuesta de
forma más sencilla. Hablaremos, de la forma más breve y básica posible, de un largo
periodo inscrito en eso que llamamos filosofía occidental, nacida en Grecia en
algún momento del siglo VII a. C.
A este periodo, que podemos remontar hasta la muerte de
Sócrates, se le llama metafísica, y ya con Platón, y el famoso mito de la
caverna, se comienza a valorar un supuesto mundo aparente (el mundo de los
arquetipos y las ideas) sobre el mundo real y tangible de las cosas físicas.Platón pretende explicar el mundo remitiendo a otro mundo, sea o
no probada su existencia, una tendencia que seguirá creciendo en el
ordenamiento de Aristóteles en las “categorías” y, con el tiempo, cristalizará
con la confluencia del pensamiento judaico y el neoplatonismo griego en el
cristianismo, ese movimiento religioso cuyo primer y más activo vertebrador fue
Pablo de Tarso.
El siglo XVIII sustituyó el Dios cristiano por la Diosa
Razón, dejando a aquél como un lejano arquitecto. La misma ciencia basará sus
presupuestos en el sistema de las “categorías”, originado en la obra de Kant
pero deudor directo de los arquetipos platónicos, esto es, de la prevalencia
del mundo ideal, del mundo de las apariencias, sobre el mundo tangible e
inmediato. Ni siquiera los empirismos o la rigurosidad del método científico
pudieron con este prejuicio. La Ilustración recupera con energía los llamados
Universales, ya expuestos por Platón, de forma que una de sus concreciones más
conocidas será la Declaración de los Derechos Humanos. Esta especie de
Neoplatonismo dominará la escena intelectual hasta bien entrado el siglo XIX,
cuando la crisis de la Modernidad derriba un edificio hasta entonces
incuestionable. Una interpretación de Nietzsche desarrollada desde el punto de
vista de los Presocráticos lleva a Martin Heidegger a articular el concepto de
“olvido del Ser”, un proceso que se supone emerge ya en Sócrates, en el
comienzo de la metafísica tal y como hoy la conocemos. El alejamiento progresivo
del mundo intelectual respecto a la realidad circundante, en definitiva, al Ser
y sus entes, ya había sido planteado por Husserl con su Fenomenología,
esgrimiendo el lema “a las cosas mismas”, pero no con la radicalidad y la
frescura de los existencialistas, seguidores de Heidegger, que pretenden hacer
filosofía con las cosas más cotidianas, en un brusco golpe de timón respecto a
la metafísica como “olvido del ser”. Esta intuición radical, que ha dado los
frutos más jugosos del pensamiento europeo del siglo XX: Post-estructuralismo, Deconstrucción,
Postmodernidad, realiza la crítica de una Razón lastrada por los recuerdos
platónicos de unas categorías inalterables, inmutables, pero al parecer ya
caducas; la propia legitimidad de la Ciencia es sobrepasada por una preocupante
radicalización de la Técnica, entendida como Ge-Stell (estructura de
emplazamiento, en el escurridizo lenguaje heideggeriano), es decir, como
absoluto desprecio del mundo natural, entendido como puro objeto de
manipulación, de “puesta a mi servicio” de las cosas, de manipulación
irresponsable, pero también como herramienta perfecta de producción de
mercancías. A su vez, la Postmodernidad encuentra que teoría de los Universales,
llamada por Lyotard “grandes relatos”, ha desaparecido a favor de un
planteamiento de la sociedad esencialmente basado en el rendimiento económico,
donde sobran este tipo de narrativas.
Esto nos remite a la crítica marxista a la estructura de la
producción dentro del sistema capitalista, que deja al descubierto uno de los aspectos más
inquietantes de esta preponderancia de la metafísica como “olvido del ser” que
sólo hasta fechas recientes permanecía oculta. De este modo, Marx aparece como
un analista de la fase final de la metafísica, donde los Universales, la noción
de Dios e incluso la legitimidad de la Ciencia se desmoronan para dejar
solamente la última idea metafísica universal: el Capital.
Por un lado, la asunción de la mercancía como referente
metafísico radical, la presencia del “valor de cambio” como categoría
incuestionable, inviolable, por encima de los “valores de uso”, en su forma de entes
cotidianos, al alcance de la mano; por otro, la sospecha de que el propio ente
humano, el Dasein, el hombre histórico de los existencialistas despojado ya de
las categorías universales, el ciudadano de a pie, al fin y al cabo, es la
víctima perfecta de esa conversión en Dios supremo del capital, del valor de cambio
en tanto ideal inapelable.
El hombre queda convertido en mero capital humano, objeto de
uso intercambiable, colocado por la Técnica para su manipulación, tanto como
consumidor cuanto como fuerza de trabajo. Este Universal absoluto que el
neoliberalismo ha convertido en Biblia de la etapa avanzada del capitalismo
representa la apoteosis de la propia metafísica, como ya predijo Heidegger,
apoteosis, final y derrumbamiento al tiempo, sin el cual no es posible una
vuelta a la etapa anterior al oscurecimiento del Ser.
La salvaje tiranía de los llamados mercados, de las
multinacionales como organización supranacional a modo de arquetipo, la
ubicuidad completa del capital, la desvinculación absoluta del sistema
financiero respecto al mundo real sólo son algunas de las manifestaciones más claras y
tenebrosas de ese final de la metafísica que se producirá no sin violencia, no
sin gasto de vidas, no sin sufrimiento; el análisis pormenorizado de esta
crisis deberá esperar hasta otro artículo.






