domingo, 10 de mayo de 2015

ESCLAVOS Y PARÁSITOS




Volvemos a las páginas de este blog tras unas semanas dedicado a exposiciones y audiovisuales de los que ya hablaré en su momento.

Hoy quiero traer a colación un tipo de parasitismo animal donde la manipulación del cerebro de la víctima permite al huésped controlar las funciones relacionadas con la conducta. Aunque poco conocidos, son varios los casos en el reino animal donde animales independientes, incluso depredadores voraces son reducidos a patéticos zombies. Un artículo en el número de noviembre de la prestigiosa revista National Geographic, firmado por Karl Zimmer, con mágnificas fotografías de Anand Varma, reúne varios de estos casos y disecciona con detalles las fases de uno estos curiosos fenómenos; el de la Mariquita norteamerica, (Coleomegila maculata) y la temible avispa Dinocampus Coccinellae, especialista en parasitar varias especies de las populares mariquitas.

La historia comienza cuando la avispa adulta introduce un huevo en el abdomen de este beneficioso coleóptero, eficaz depredador de áfidos que en las explotaciones ecológicas se ha convertido en el mejor aliado del agricultor. En todo caso, por muy voraz que sea la mariquita, gran parte del alimento que ingiere va directamente a beneficiar a la larva de la avispa, que paulatinamente va creciendo en su interior. la mariquita sacia su hambre de pulgones sin ser consciente de que algo en su interior la está secando literalmente. Hasta aquí el escenario no es muy distinto al de otros casos de parasitismo en los que el huésped se instala en el intestino de la víctima. El episodio más curioso, y tenebroso, se produce cuando la larva de la avispa, incapaz por su tamaño de vivir dentro del escarabajo, sale al exterior por una hendidura del caparazón. Seguidamente, como ocurre con tantas especies de avispas parásitas que no forman comunidad ni enjambran, la larva teje su capullo de seda.
Pero el huésped no se despega de su benefactor. Muy al contrario, las sustancias que la avispa ha introducido en el cerebro de la mariquita obligan a ésta a permanecer junto al capullo de seda y a defenderlo ferozmente si cualquier depredador osa acercarse. La mariquita, como nos cuenta gráficamente Karl Zimmer en su artículo, "a todos los efectos se ha convertido en el guardaespaldas del parásito". Así permanecerá hasta que la pupa se desarrolle, abandone el capullo vacío y a la víctima paralizada, destinada a una muerte segura. Parece ser que algunos ejemplares sobreviven a la terrible experiencia, me queda la duda de saber si esos mismos individuos pueden volver a caer por segunda vez en las garras de la avispa parásita. Espero que los biólogos nos resuelvan el misterio uno de estos días.

Lo que les he contado, acompañado además de estupendas fotografías, -reproduzco una de ellas en la  cabecera- pasa por ser una de las escenas más patéticas y terroríficas que uno puede ver en el reino animal. Ese ser indefenso, sin otra voluntad que defender a aquél que lo ha desangrado, chupado, y que finalmente lo llevará a la muerte, es sin duda la representación perfecta de un zombie, pero también un animal que, pese a la distancia biológica que nos separa de él llama a un sentimiento de piedad y compasión.

No quiere servir este ejemplo como una metáfora de comportamiento humano alguno, como ya querrán suponer los lectores que me conocen, no es esa mi intención, al contrario, he llegado a la convicción de que el mismo mecanismo que se observa en este reino de insectos tiene lugar en la sociedad que hemos creado, aunque por medios mucho más sofisticados.
El miedo, la incultura y la empatía natural de las masas sociales para seguir al líder que se les ha señalado son cualidades humanas que pueden ser aprovechadas para lograr la inmovilidad de miles de individuos. Pero hay algo más.

Los medios de masas, principalmente, colaboran como es sabido con los poderes establecidos para perpetuar en los puestos de control a los gestores de políticas claramente regresivas, que potencian la desigualdad y condenan a sectores sociales en teros a la marginación. Los intelectuales de corte progresista se estrujan el cerebro intentando entender cómo es posible que los mismos sectores desfavorecidos sigan prestando la confianza y el voto a aquellos que precisamente los han perjudicado. Se inventan terminologías novedosas para intentar explicar cómo es posible la existencia de este fenómeno. Así, por ejemplo, Manuel Vicent, en un artículo publicado en El País titulado Infección, inventa el término "ideología mórbida" para intentar comprender cómo muchos votantes son incapaces de ver "el lado sórdido de los políticos de (su) partido" y siguen con un voto esclavo sin ni siquiera ser conscientes de que se han hecho cómplices de la corrupción. Incluso aquellos más desfavorecidos, como los parados de larga duración, son capaces de seguir confiando en un gobierno que los ha condenado al ostracismo, como demuestra un artículo publicado el 30 de abril de 2014 en Infolibre que desvela que la mayoría de los parados que perdieron su trabajo en 2011 y votaron al PP, van a seguir votándolo en la próxima convocatoria. Las excusas son a veces más tristes que la misma acción irresponsable que lleva a despreciar algo tan íntimo como el voto de un sujeto. Hay quienes exhiben sin pudor las migajas que le han tocado en suerte como si fueran fruto de la caridad y no el resto fraudulento, depauperado y tramposo del derecho a disfrutar de un servicio público irrenunciable.

No muy lejos de este fenómeno podemos situar esa situación clásica conocida desde 1973 como Síndrome de Estocolmo, en la que el secuestrado desarrolla sentimientos afectivos o empáticos respecto al captor. Es cierto que no podemos comparar la reacción del cerebro de un coleóptero provocada por la inoculación de enzimas por parte de una avispa, pero el resultado llega a ser igual de desgarrador; recientemente saltó a los medios -ver El Mundo- la noticia de un indigente de Madrid que votaba y colaboraba fielmente desde hacía años con el PP de esta ciudad y que se vio desorientado ante la propuesta de Esperanza Aguirre de limpiarlo de las calles.

Quizá después de todo no sea tan descabellada la idea de Manuel Vicent de catalogar como enfermedad un comportamiento tan alejado de la razón y del sentido común.

domingo, 25 de enero de 2015

LA DERROTA DE LA ILUSTRACIÓN


Una casual coincidencia ha hecho que, en español, las palabras Ilustración, que define el movimiento cultural, político y social iniciado en Europa en el siglo XVIII e ilustración, dibujo destinado a la publicación en libro o en revista, sean homónimas. Si rastreamos el resto de idiomas de los países donde esta suerte de revolución llamada también Siglo de las Luces, nos damos cuenta de que tal coincidencia no se repite (así Lumières, en Francia, Aufklärung en Alemania, Enlightement en Gran Bretaña e Illuminismo en Italia). Resulta paradójico, porque, como dice Josep Fontana, en España realmente no hubo Ilustración, y ese es precisamente uno de los grandes obstáculos que este país ha tenido hasta el día de hoy a la hora de un desarrollo paralelo al de otros estados europeos. Salvo las casi milagrosas generaciones del 98, del 14 y del 27, (fenómeno cultural, no lo olvidemos, único en la Europa de su tiempo por su extensión), segadas las tres brutalmente tras la Guerra Civil, ningún otro evento mayor en materia cultural se ha desarrollado en nuestro suelo. Ni siquiera en los últimos tiempos, los de una supuesta madurez de la democracia española. Muy al contrario, lo que debería ser de forma natural un hormiguero de poetas, ensayistas, polígrafos, investigadores, filósofos, científicos e intelectuales comprometidos, se ha convertido en un erial donde, salvo unos pocos incombustibles en sectores de las facultades de Ciencias Políticas y de Económicas, el resto de los rescoldos de nuestra cultura calla, cobra la magra paga de la Universidad o directamente se marcha aburrido. Es muy triste, por ejemplo, que las únicas manifestaciones organizadas de rechazo de este homicidio de la cultura que se está dando en los últimos años vengan exclusivamente del cine, como si ningún otro sector permaneciera vivo mediáticamente.
No así la ilustración. Los grandes dibujantes humorísticos y los de una ilustración más reflexiva parecen llevar el pulso de la reacción cultural o este amasijo de cadáveres intelectuales en que se convierte por momentos nuestro país. Sólo con citar El Roto o Forges ya sabrán a qué me refiero, pero son tantos y tan variados que renuncio a nombrarlos. A un servidor le gusta especialmente Miguel Brieva. Cada lector que escoja el suyo. Creo que ilustración es el término adecuado para estos viñetistas, dibujantes, humoristas, o tantas otras palabras con que se les define.
Así pues, haciendo el juego malabar, en España, donde la Ilustración fracasó, nos salva la ilustración.
Los salvajes atentados perpetrados en París en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo han demostrado una vez más que el humor y la sátira, como la ironía, son formas privilegiadas de conocimiento; que el ataque venga precisamente de uno de los integrismos más acerados del mundo, el llamado Yihadista, refuerza esta idea. Porque cualquier integrismo –oscurantismo- tiene como enemigo la crítica, la iluminación, el conocimiento. En Francia, no sólo la revista satírica mantiene una de las antorchas de la Ilustración, que es la agitación de las ideas, también existen programas estrella en televisión conducidos por filósofos de fama como Bernard Henri-Levy, al igual que ocurre en Alemania con Rüdiger Safranski o Peter Stoderlijk. La figura del maître à penser francés no ha cuajado en nuestro país más allá de raras excepciones. Nada de eso existe en España. Y no ocurre en gran parte por culpa de otro de los grandes integrismos, el de cierto catolicismo español que, liderado por una jerarquía monolítica, abortó con mano dura las ideas revolucionarias surgidas en Francia y que incluso siglo y medio después apoyó decididamente un régimen oscuro, pacato, cruel, despiadado y letal que a partir de 1936 desarboló las pocas posibilidades que entonces tenía España de convertirse en un país civilizado.
La Ilustración está en crisis, y no es una casualidad, porque en las últimas décadas ha venido a unirse al grupo otro de los integrismos más nocivos: el integrismo neoliberal, que pone por encima de todo, incluida la vida humana, el puro beneficio económico, y más que el económico productivo, el económico especulativo financiero. Las grandes palabras escritas en la Carta de los Derechos Humanos son tinta corrida e inútil ante los mandatos del FMI o de las grandes corporaciones. Los yihadistas que actuaron en París centraron sus ataques en uno de los pocos bastiones visibles que quedan de la vieja Ilustración, un grupo de viñetistas, pero también, sin quizá saberlo, buscaban atentar contra ese nuevo integrismo neoliberal, enemigo a su vez de las Ideas de las Luces, que propugna  y defiende descaradamente un mundo de desigualdades abismales en la falacia de que no es necesaria regulación alguna ante la avaricia de los que lo tienen ya todo.
Pero la verdadera derrota de la Ilustración estriba precisamente en que los países occidentales han reaccionado a los atentados con medidas represoras que acrecientan la separación entre los dos mundos enfrentados. Aunque gestada desde meses antes, el gobierno español ha intentado colocar como una medida justificada el endurecimiento, innecesario a todas luces, del código penal con la introducción de la cadena perpetua, entre otras medidas represoras que sólo buscan la perpetuación en el poder. Otros países planean medidas que atentan directamente contra las libertades del individuo utilizando como excusa el miedo a la pérdida de seguridad. Ya en 2004, en el foro de diálogo Globalidad, identidad, diversidad, Josep Fontana recordaba que la mejor arma contra los integrismos es la Ilustración. Y vuelve a estar de moda el Tratado sobre la Tolerancia de Voltaire, que nos recuerda: “…si la Ilustración no vence a los fanatismos, los fanatismos harán imposible la convivencia humana”.

No creo que yihadistas y gobiernos hagan caso a Fontana o a Voltaire, así pues: sólo los ilustradores podrán salvar a la Ilustración.

domingo, 4 de enero de 2015

LAS UVAS DE LA CORRUPCIÓN


Desde que el pequeño Lázaro fuera sorprendido engañando al astuto ciego en El Lazarillo de Tormes, la vid se ha asociado no pocas veces con acontecimientos o sentimientos negativos. Tomando a Esopo como ejemplo, el siglo XVIII actualizó la fábula moral de La zorra y las uvas en la que la parra, símbolo de la riqueza inalcanzable, ofrece de manera esquiva el fruto al animal. Y en el siglo XX, John Steinbeck publicaría Las uvas de la Ira, ese retrato tremendo de la Gran depresión en Norteamérica.  Este año, la metáfora positiva del sagrado fruto mediterráneo, las famosas uvas de la suerte de fin de año, se ha visto manchada por la polémica. Desde el invisible conjunto de Cristina Pedroche (que al fin y al cabo no es más que un paso más en ese absurdo de mujeres semidesnudas y hombres con capa propio de estas frías noches navideñas) hasta la irrupción de los comerciales en plenas campanadas en el Canal Sur andaluz (publicidad sobre publicidad que al fin y al cabo es coherente con el espíritu de la celebración televisiva) las campanadas han sido más comidilla de memes que tradición secular.
Con ánimo honesto de ser coherente con los tiempos, añadiré yo mi propia alegoría vitícola de Año Nuevo.
Realizando la liturgia de la compra un par de días antes de fin de año rondaba por la sección de frutería de un mercado cuando observé a un cliente picotear en las uvas blancas, uno o dos granos por cada racimo. Iba recorriendo el señor todo el mostrador, acumulando un buen puñado de granos sueltos, con los que jugó un momento tirándolos al aire antes de tragarlos. El supuesto cliente se enseñaba con afán chulesco ante el resto de los presentes que miraban distraídos hacia otro lado. Ya en charcutería le comenté el lance a la tendera y a alguna clienta aburrida. Las típicas expresiones propias de estos momentos no se hicieron esperar, hasta que la tendera dijo algo que me hizo reflexionar. Se lamentaba la empleada de que el infractor al menos podría haber cogido un trozo de racimo entero y no haber inutilizado varios por puro capricho. Evidentemente, el comentario no ignoraba que el propósito del devastador de uvas aficionado no era en modo alguno saciar el hambre o la gula, sino simplemente fastidiar el producto, hacerlo inservible mediante su menudeo. De hecho, es posible que varios de los granos acabaran dispersos por el suelo de puro hartazgo, habida cuenta del buen manojo que coleccionara el sujeto en el hueco de la mano. Recomendé a una clienta que no comprara en este lado del mostrador de frutas, sino en el opuesto, que previsiblemente no había sufrido el ataque. Tonto error; mi propio racimo, comprado lejos de la que yo imaginaba única zona de operaciones, también presentaba los signos del picoteo.
Dos días después,  he de confesar que uno de mis pensamientos durante las campanadas se fue sin merecerlo al cliente aquel  del mercado, así que ya puestos le dedico este artículo.

Pensé, mientras caían granos y campanadas, que la corrupción y sus cómplices trabajan de la misma forma que este saboteador de uvas. Primero, estropeando todos los niveles, todos los racimos de la sociedad, de las instituciones. Apenas se roba un grano, ya la estructura está malograda. Segundo, la acción del corrupto es por ambición de riquezas, sí, pero no por necesidad, por falta de recursos, sino por puro vicio, ambición gratuita, por demostrar a sus iguales que puede y quiere hacerlo, por el más apestoso de los cinismos, aquel que daña a conciencia y disfruta del momento. Tercero, el corrupto se sabe impune y tienta a la sociedad, exhibe sus caros caprichos, como aquel cliente que hacía volar los granos, vanagloriándose de su habilidad para burlar la justicia y tratando implícitamente a los ciudadanos honrados como a estúpidos incapaces. Cuarto, los observadores más cercanos callan, considerando, o bien que es algo inherente a la sociedad y no se puede luchar contra el mal, o bien, aceptando que tarde o temprano también llegará su momento de meter la mano en el cesto. Quinto, los poderes actúan, en el mejor de los casos, como la tendera de la charcutería: llévate la tajada, pero no estropees todo el género, no invadas las instituciones que protegen a los ciudadanos, no corrompas la justicia, no desfalques la caja de la sanidad o de los servicios sociales –le dicen al corrupto. En el peor de los casos, le dejan actuar en su terreno a la espera de las prebendas correspondientes. Pero no saben o no quieren saber cómo piensa realmente el corrupto. Al igual que el cliente de nuestra metáfora, el corrupto se plantea un reto, necesita demostrar que puede hacer el mayor daño posible a las instituciones en la que no cree, precisamente por eso, porque su cinismo hace que deteste lo que no puede saborear plenamente. El corrupto es pues, un nihilista, un hombre vacío, sin valores, un ser humano seco. Los caprichos vanos, los lujos opulentos y decadentes, las actitudes chulescas, son la forma de llenar esa nevera que es el interior del corrupto. La intención de los poderes de que el corrupto robe haciendo el menor daño posible es ingenua, cómoda y cobarde, o bien directamente delictiva, y es la que legitima a ese corrupto para robar de forma más perversa. Todos los imputados que aparecen en los medios, si bien se examina…, como diría el moralista a la par que libertino Samaniego; cumplen este retrato: Sonia Castedo, Carlos Fabra, Iñaki Urdangarín y CIA, los prebostes de Marbella, y tantos otros que han picado en uvas pasadas de nuestra democracia estropeándonos a todos el futuro y la esperanza.

lunes, 8 de diciembre de 2014

EL BRILLO DE LA BASURA


I
Hace unos días fui testigo de una escena elocuente junto al portal de mi casa. Anochecía y, como vecino cumplidor que soy, había esperado para desprenderme de mi correspondiente porción de basura ciudadana, por cuya gestión pago unos justos impuestos, a la estrecha franja horaria que mi Ayuntamiento impone para depositarla en el contenedor (en mi caso de 20.00 h a 21.00 h). Tenía prisa, pues eran casi las nueve y ya había caído más de una multa en el vecindario por falta de puntualidad. El camión, coprófago insaciable, me dedicaba sus luces desde el final de la calle. Aceleré, pues llevaba también una bolsa de cascos de vidrio.
   Al llegar al contenedor, dos  de esos traperos del aluminio que suelen revisar nuestros restos diarios discutían por una bolsa hinchada. En los contenedores de reciclaje del otro lado de la avenida no se recogen plásticos ni latas, así que yo suelo dejar una pequeña bolsa de latas para los traperos. Esta vez la dejé colgada con disimulo en el contenedor más alejado, pero ellos la vieron. Mientras me alejaba, pude comprobar con estupor como luchaban por ella. Tras mis pasos, las voces de la discusión eran cubiertas, aminoradas, por el ruido de los vehículos que cruzaban la avenida. Vi, desde lejos, que seguían forcejeando cuando llegaba hasta ellos el camión. Yo ya estaba al otro lado de la avenida, allí donde, en un terraplén inculto, se encuentra el punto de reciclaje de mi manzana. Deposité el vidrio y caminé unos pasos, las luces de los faros de los coches me desvelaron un diminuto brillo cobrizo. Me agaché, era una moneda de un céntimo, impecable y lustrosa, como recién salida de fábrica, salvo por un detalle: contrastando con la pureza del metal se observaban dos motas de mugre negra contorneadas alrededor de un nítido y sucio relieve. Es justo la puede contemplar el lector al principio del artículo. Cogí la moneda y me la eché al bolsillo; no están los tiempos para desperdiciar, pensé, pero también me resultó evidente que ese pequeño trozo de cobre simbolizaba una más de las insalvables paradojas de nuestro tiempo.
II
La transparencia se ha convertido en uno de los temas icónicos de la época actual.  No solamente porque pertenecemos a una sociedad transparente y narcisista, la llamada Sociedad del Espectáculo, sino porque la inevitable crisis del capitalismo de fase avanzada que devora a sus ciudadanos ha hecho que la opacidad a la que tiende el estado sea ya imperdonable. Exigimos la máxima transparencia a nuestros políticos y ciudadanos más poderosos, mientras ellos se enrocan en una posición de ocultamiento. Pero la transparencia hoy es otro simulacro, es problemática. Richard Sennet ya lo pronosticaba en los años setenta en su obra capital La caída del hombre público. Vivimos sumergidos en un magma de transparencia y aislamiento a partes iguales. Los edificios se llenan de amplias terrazas que enseguida son selladas con gruesos cristales; viajamos en vehículos-burbuja que dejan ver brillantes carrocerías junto a cristales ahumados; los medios de masas nos ofrecen  rutilantes titulares que ocultan las noticias que nadie quiere que conozcamos. De vez en cuando aparecen destellos fugaces, como las lágrimas, benditas y celestiales gotas de agua en directo, de la presentadora María Casado.
   Pero la basura es diferente. Procuramos ocultarla, pero lo dice todo de nosotros. Cualquiera que haya visitado un vertedero –los ilegales son los más suculentos- notará que los residuos son el espejo de nuestros rostros, el más fiel retrato. Por eso los ocultamos. Como en otras ocasiones, la mafia entendió que la importancia de la basura iba más allá de la lógica higiene y se fijaron en la necesidad perentoria de ocultarla que todos tenemos. Llenó los campos de la Campania de zulos de excrementos y desechos que hoy arruinan aquellos campos, como bien relató Roberto Saviano en Gomorra. Ocultó la imagen, magnificó los efectos. La basura, junto a la droga y el tráfico de armas son nuestros más fieles daimon, nuestros reflejos más certeros, como ya sugerí en el artículo Bin Laden y los escenarios. El brillo, la rutilancia de la basura nos envuelve; es, si cabe, el más visible, el más transparente de nuestros productos. Por eso, al ver en el suelo aquella pequeña moneda comprendí que ese trozo de valor de cambio que alguien, como un residuo, quizá había despreciado ligaba en sí mismo todas las piezas del puzle. Dinero y basura, transparencia y corrupción. Porque, efectivamente, el valor desmesurado que de pronto ha cobrado algo tan ambiguo y esquivo, incluso tan opaco en nuestro tiempo,  como la pura transparencia lo obtiene precisamente por contraste con la corrupción, sinónimo de lo oculto y lo aparte, como la misma basura. Transparencia y basura parecen darse la mano y al mismo tiempo rechazarse, como las caras de una misma moneda. Los movimientos ciudadanos que abogan por la transparencia en las arcas del estado deberían afinar sus términos, deberían hablar de limpieza.

   La prueba definitiva  de que muy al contrario de lo que pensamos, la basura es el más presente de nuestros rostros se encuentra en esa moneda; hoy por hoy no son pocos los municipios que unen la gestión de la basura, su desaparición y reciclaje como servicio de higiene pública, al brillo ciego del dinero, sacrificando los derechos del ciudadano a un buen servicio en favor de los cantos corruptos del metal cobrizo. Basura, dinero y corrupción se dan la mano hoy aquí, como en las tierras de Campania, y ese es un hecho transparente. Dejo caer estas líneas en el basurero de internet, por si alguien las encuentra, pisoteadas y con restos de mugre, en algún rincón de la red y encuentra algo de limpieza en ellas.

sábado, 1 de noviembre de 2014

URNAS FÚNEBRES: DEMOCRACIA EN SUSPENSO


Hoy celebramos la festividad del Día de Difuntos (aunque en las calles me encuentro decenas de niñas vestidas de bruja diciendo que son amigas del diablo). En cualquier caso, el ambiente luctuoso parece extenderse a todos los ámbitos.

Desde hace meses, la idea de la muerte de nuestra democracia, la muerte de la Constitución de 1978, la desmembración o disolución del estado, se extiende como la pólvora. En la anterior entrada se habló de la muerte del voto como instrumento de la democracia representativa, y se insinuó la necesidad de avanzar mediante una nueva concepción del voto o de la libre participación del pueblo hacia una democracia directa. Tal idea, que parecerá extravagante a algunos, no es tan extraña; se practica parcialmente en países tan solventes como Suiza.; incluso en Estados Unidos, el paradigma en Occidente de la democracia representativa, existen fórmulas, como los “town meetings”, en la mayoría de los estados, que permiten la toma directa de decisiones por parte del ciudadano. En la era de la eclosión de las redes sociales, es inaudito que muchos estados del mundo desarrollado sigan sumergidos en la limitación de la democracia representativa, recortando, impidiendo u ocultando las posibilidades que las propias constituciones dejan en sus artículos a la participación activa del pueblo.

La citada Constitución Española del 78, esa misma que bajo la excusa de su propia protección ha sido vejada y pisoteada en los últimos años, contempla en su artículo 23.1 el derecho de los ciudadanos a la participación directa en los asuntos políticos como alternativa al modelo representativo. El olvido de este artículo y del propio preámbulo de la Constitución ha permitido encastillarse al actual gobierno del PP en una negativa constante a consultas de variado color desde Comunidades Autónomas tan dispares como Cataluña o Canarias. El tema está demasiado presente en los medios de comunicación como para que abundemos en él. Las consultas ciudadanas no vinculantes deben ser permitidas porque el espíritu de la Constitución Española así lo exige, y porque están reflejados en sus títulos. Que estemos o no de acuerdo con lo que se vota o propone a modo de consulta, referéndum o plebiscito es siempre secundario. Se habla desde el gobierno de dejar en suspenso tal o cual consulta mientras el Tribunal Constitucional decide, se habla de votos antidemocráticos, en una de esas increíbles paradojas que vimos en nuestra anterior entrada, reflejo del amor-odio que los perseguidores del poder tienen hacia el sistema que les permite obtenerlo.

Todo argumento es baladí, todo carece de sentido, toda defensa, por parte del gobierno, de nuestra moribunda democracia es una farsa, un simulacro más.

Lo cierto es que la Constitución Española permanece realmente en cuerpo presente, en animación suspendida, desde que en agosto de 2011 los dos partidos mayoritarios, con extremadas prisas y un antidemocrático golpe de estado neoliberal entre las manos, forzaran la modificación del artículo 135 para permitir un límite de endeudamiento público impuesto por la presión de los mercados. La reforma de este artículo cambiaría radicalmente el espíritu de nuestra constitución, garante de un “Estado social de derecho”. Después de 2011, este “Estado” se convierte únicamente en una máquina ciega cuyo objetivo principal es el pago de la deuda pública. Esto atenta de lleno contra nuestra Constitución, que en el segundo párrafo de su Preámbulo  alude a su función de garantía de “un orden económico y social justo”; desde el inicio, todo queda laminado de cuajo.  No en vano, desde entonces España es, junto a Portugal y Grecia, el estado con menor gasto público social de Europa. Y todo esto sin consulta alguna a los ciudadanos, negando todo derecho de decisión a los mismos, puesto que cualquier reforma constitucional se debía hacer bajo referéndum.

Por tanto, hoy por hoy, y como dije en un artículo de hace justo un año (ver Zombis, vampiros y otros simulacros democráticos) el Estado Español se ha convertido en un cadáver en animación suspendida, mesmerizado antes de su propia muerte, que se sostiene por medios anormales, una cáscara inerte que esconde (y cada día el mal avanza) un insoportable océano de putrefacción y corrupción. Que sus propios asesinos pretendan defender  esta Constitución Amortajada impidiendo consultas directas al pueblo, del tipo que sean, es simplemente un sainete.

El giro radical ante esta situación de cuerpo presente se impone. En todo caso, si no es posible una refundación radical del sistema, se deben buscar modos participación democrática acordes con nuestro tiempo. Así, el e-voto, fácil de desarrollar e implantar siempre que se preserve el anonimato y la seguridad. Plataformas como Agora Voitng o Appgreee lo hacen posible en pequeños ámbitos. Si no está institucionalizado ya a nivel estatal es por el miedo que levanta entre nuestra estirpe (lo prefiero a “casta”) de gobernantes y falsas plañideras que asiste al entierro de nuestro Estado Social.

Es fundamental la implantación de la “revocatoria”, mediante la cual los ciudadanos por voto directo pueden destituir a un gobernante que no está cumpliendo con sus funciones. Es posible que en España, un país con tanto voto cautivo y con una forma tan conservadora de entender el juego democrático, esta medida no fuera muy efectiva, pero no teman los asistentes al sepelio, las encuestas vaticinan que los dolientes aprenden rápido: ningún partido con ambición de gobierno tendrá nada que hacer si no implementa esta y otras muchas medidas de democracia directa.

sábado, 4 de octubre de 2014

URNAS FÚNEBRES


Siempre he pensado que la paradoja es la figura más apropiada para definir nuestro siglo. Gilles Lipovetsky abunda, no sin desenfado, en esta idea en su ensayo La felicidad paradójica, donde se pone en tela de juicio esa necesidad imperiosa del hombre hiper-moderno de ser mejor y más feliz cayendo, sin esperarlo, en la depresión más profunda. Los regímenes políticos occidentales de fines del siglo XX y principios del XXI, es decir, las democracias liberales, son esencialmente paradójicos, como bien supo leer Eric Hobsbawm, puesto que están basados en términos contradictorios e irreconciliables.
                La condición paradójica de nuestras democracias es, en todo caso, poliédrica. ¿Cómo explicar sino la profunda aversión de los representantes políticos a las consultas directas, plebiscitos e incluso encuestas que pueden acercar pueblo y poder? ¿Cómo explicar el desamparo en el que se encuentra, en nuestra sociedad, el sano ejercicio del voto? No olvidemos que la democracia solamente es representacional porque el número de ciudadanos es muy elevado, en cualquier otra circunstancia, la opción lógica es el sistema asambleario. El voto no es otra cosa que un contrato en blanco, sin firma, un acto de confianza ciega en alguien a quien uno no conoce. Es cierto, como dijo José Saramago en su obra Ensayo sobre la lucidez, que el único acto libre del votante, el hecho de introducir la papeleta en la urna, es rápidamente amortizado por el sistema, deglutido y expulsado, como un residuo, por las urnas, a modo de fagocito. Saramago planteaba en su ensayo, publicado hace ahora diez años, otra sugestiva paradoja; la que se produciría si en unas elecciones el 83% del electorado votara en blanco. ¿El sistema se caería, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos habrían ejercido su derecho con diligencia?
Las paradojas no acaban aquí. Si nos centramos más concretamente en la relación de los media en esta sociedad del espectáculo en la que vivimos, nos encontramos con tremendos desajustes. Por un lado, los políticos que quieren, como es el caso de Pablo Iglesias, iniciar su carrera optan por los contratos en cadenas televisivas, mientras que los partidos que ven mermado su saldo en votos buscan las franjas de audiencia más ventajosas, como las pintorescas intervenciones de un recién nacido Pedro Sánchez en El Hormiguero, de Antena 3; por otro lado, los colegios electorales, con sus urnas pasadas de moda, ofrecen una imagen de dejadez, de abandono y ostracismo lamentable que contrasta vivamente con los iridiscentes platós de televisión donde los candidatos exhiben sus galas imitando al pavo real.


He sido, por propia voluntad, componente de mesas electorales en numerosas convocatorias, circunstancia que me ha permitido observar con calma y reflexionar –en las numerosas horas muertas que nos ofrece la elevada abstención- sobre la estructura creada alrededor del hecho mismo del voto. Para empezar, como ya he insinuado, el espectáculo que el ciudadano encuentra a la entrada del aula reformada, es desolador: un conjunto de viejos pupitres arrumbados en una esquina y cuatro o cinco ciudadanos elevados a notarios del voto que no disimulan su desagrado al sufrir semejante condena en lugar de disfrutar de un día de campo o de una buena siesta. Nadie disimula, el hastío y las ganas de salir corriendo suelen ser generalizados dentro de este precario cuerpo notarial; en cuanto a los que consideran una labor honrosa o al menos un deber no eludible su presencia en la mesa electoral, pronto callan, a riesgo de ser considerados unos ingenuos, o peor, unos aguafiestas. Sobre los votantes, cualquiera que haya presidido una mesa electoral sabe del extraño automatismo que acompaña a los que se acercan a la mesa, a veces en sentido literal: he visto inválidos inconscientes entrar en camilla con un carnet y un sobre en la punta de unos dedos agarrotados, todo un símbolo de la esclerosis irremediable del sistema.
El recuento de votos es un ejercicio digno de un sainete. Los interventores de los grandes partidos se acercan ávidos hasta la urna y demuestran su experiencia ante los jóvenes e inexpertos representantes de los partidos nuevos o minoritarios, aquellos que son flor de un día o están condenados, gracias a las mieles de la draconiana Ley D´Hondt, eficaz elemento de distorsión democrática, al rincón más apartado de los hemiciclos. Hay prepotencia de unos, timidez, resignación y rabia de los otros; solamente he visto el miedo y el desconcierto en las últimas elecciones europeas. Los votos, las famosas papeletas, ya exangües, ya perimidos, se tienden sobre la mesa, delante de la urna, como cadáveres. Conforme se ordenan y los montones aumentan se produce una extraña metamorfosis: las papeletas aparecen exactamente como fajos de billetes, billetes de banco, contratos sin valor intrínseco, representaciones diferidas. Los votos ya no representan a personas, son simples números, masas de poder perfectamente calculables. Los interventores vigilan celosamente cualquier movimiento, cualquier posible trasvase. Inapreciablemente, la noche ha caído, lo que da al aula destartalada un aspecto lóbrego, inquietante; los presentes tienen ganas de irse, se aceleran, se equivocan, otra vez a empezar, caen los primeros datos de escrutinio. Todo el proceso destila una esclerosis, una modorra, un agarrotamiento, que sólo son despertados cuando se canta un voto en blanco. Entonces sí, entonces el rostro de los interventores de los grandes partidos se demuda en una mueca de desprecio imposible de ocultar. Los representantes de los partidos pequeños sólo esperan escapar a la humillación de que en la suma aparezcan más votos en blanco que propios.
Nadie quiere votos en blanco, de hecho, se intentan escatimar considerándolos como nulos, hasta que un presidente avieso o un interventor honesto los devuelve a su lugar. La reacción no es de extrañar; el voto en blanco representa la encarnación en números de lo que, de forma sutil, se masca en la atmósfera del aula: el fracaso del sistema, el ostracismo irremediable de esta democracia paradójica, que necesita el voto como un alimento de legitimidad al tiempo que lo teme y lo rechaza, bulimia de votos a la vez que anorexia electoral, por la abstención, sí, pero sobre todo por el desprecio que los poderosos sienten por el ejercicio democrático.


Sirva como ilustración de este cruce entre un sistema electoral ya muerto y la falta de libertad que supone, paradoja insalvable, la fotografía de cabecera, realizada por mis alumnos Juan Antonio Hernández y Juan Manuel Vargas, que como jóvenes nacidos en la era digital detectan en su obra la incoherencia del sistema.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

UN CURA EN ATIENZA


Avanza septiembre y Atienza se sumerge de nuevo en su realidad, un pequeño pueblo serrano del norte de Guadalajara, agreste y remoto, tocado por la belleza de lo inalcanzable. Apenas durante un par de meses, los propios del estío, Atienza ha sido un pueblo jovial y luminoso, con restaurantes llenos de viejos conocidos que han venido de la capital o de turistas ansiosos de paz y paisajes serranos. Atienza, en verano, es el pueblo de los museos; cobija hasta cinco entre sus recias casonas de sillar. Los museos atraen a otro tipo de viajeros, los amantes del arte antiguo y de historias medievales; de los fósiles raros o de las costumbres ancestrales. Pero no siempre fue así. Hasta bien entrados los setenta, Atienza fue, como tantos, un pueblo sometido al pillaje y al olvido de gobernantes civiles y religiosos.
    Hasta que cayó por allí, D. Agustín González, que tras terminar la carrera de medicina se había iniciado en el sacerdocio.
    Cuentan los vecinos que antes que este D. Agustín hubo otro párroco, que era de Imón, y que obedecía a ciegas los mandatos del Obispo de Sigüenza: vendió una iglesia y dejó que el retablo se lo llevara otro pueblo, convirtió en dinero para el obispo una custodia y otras joyas. Cuando hace treinta y cinco años D. Agustín entró en San Juan Bautista, la única parroquia viva del pueblo, las cosas empezaron a cambiar. El nuevo párroco se enfrentó al obispo, se empeñó, sin ayuda de nadie, oponiendo tozudez a la estulticia, en poner en valor el patrimonio de Atienza, retechando iglesias románicas y creando en su interior tres museos en fechas sucesivas: primero San Gil, después San Bartolomé y por último la Santísima Trinidad. A las vetustas colecciones de arte religioso añadió, gracias a la generosidad de D. Rafael Criado, un médico amigo suyo aficionado a la paleontología, uno de los mejores museos de fósiles de España. Y todo sin la ayuda de nadie, ni vecinos ni gobernantes. Cuando estos museos empezaron  atraer visitantes, tan necesarios en este lugar perdido, las autoridades reaccionaron y se subieron al tren; a rebufo, la Diputación Provincial y la Junta de Comunidades crearon el Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional y habilitaron un espacio para un nuevo Museo Etnográfico. Gracias al empeño de aquel hombre, el turismo fluye ahora en julio y agosto durante los fines de semana de gran parte del resto del año.
    Cumplidos los ochenta años, superadas cuatro operaciones de cáncer, el párroco de Atienza, jubilado, atiende diez parroquias en la zona y todavía tiene tiempo para atender eventos culturales. Un fin de semana de agosto somos testigos de hasta qué punto hoy Atienza es un lugar vivo y cosmopolita a su manera. Se había programado un concierto de órgano en San Juan Bautista;  a las teclas, la doctora en Artes Musicales Riyehee Hong, prestigiosa coreana formada en Houston. Terminado el concierto, el anciano cura aún tiene ganas de guiar en los vericuetos técnicos al asistente de la intérprete. En la Plaza del Trigo, de una belleza que supera su justa fama, D. Agustín se acerca a un anciano y lo saluda amistosamente. Resulta ser el muy veterano pintor José María Falgas, uno de los más famosos artistas vivos nacidos en Murcia. Entablamos una tan sorprendente como curiosa conversación entre murcianos y pintores. Falgas pasó aquí una temporada en su juventud, que recuerda junto a la atencina Paquita. Más tarde, arreglamos el mundo junto a Mariano, el justo, cabal y noble taxista jubilado en Leganés, que aún conserva su casa natal de Atienza.
    Septiembre avanza, los turistas se fueron, y los últimos veraneantes cierran sus casas para todo el invierno. Atienza puede tener en agosto unos cuatrocientos vecinos, el resto del año no llegan a cien. Es fácil festejar a D. Agustín en los días soleados, pero él y unos cuantos ancianos más resistirán los rigores del viento del norte en absoluta soledad, aislados como en tantos otros lugares por la incuria de un país que condenó a la desaparición a un mundo rural que no merece tal destino. La España del ladrillo, del AVE, de las vías rápidas hacia las playas, del turismo indiscriminado ha echado a perder miles de pueblos como Atienza. Una vez que los caciques levantaron el vuelo dejando tras de sí los baldíos nadie fue capaz de proponer una alternativa. Tan sólo una reducida lista de maestros de escuela, médicos, entusiastas desinteresados, curas o ingenieros agrónomos salvó del más negro destino algunos de estos lugares. Ahora que los planes Leader han continuado la labor iniciada, ya nadie recuerda a estos pequeños héroes rurales.

    Sirva pues de ejemplo este cura de Atienza, que aún atiende a sus enfermos, como persona y también como símbolo de un milagro que ningún político oportunista debería siquiera soñar con reclamar.