viernes, 28 de septiembre de 2012

EL FINAL DEL ENTUSIASMO

En recuerdo del fallecimiento de Santiago Carrillo.
Jean-François Lyotard, el teórico de la postmodernidad, analizaba en 1986 la idea kantiana del “entusiasmo” aplicada a lo histórico-político. Partiendo de que una proposición crítica es análoga a una proposición política sólo en el caso de que ésta no sea doctrinal, Lyotard pasa a analizar las ideas histórico-políticas de Kant en cuanto a los cambios en el devenir humano. Kant busca no ya los datos intuitivos sino los propios hechos que indiquen que “la humanidad es la causa (Ursache) y la autora (Urheber) de su progreso". Estos hechos se encuentran en la esfera del acontecimiento (Begebenheit), cercano al famoso “Ereignis”, de Heidegger, a un darse, al “hecho de darse". La aparición, un tanto misteriosa, de este acontecer en Kant será explicada por Lyotard sobre posteriores escritos kantianos que tienen como base el hecho histórico de la Revolución Francesa, ejemplo claro de eclosión del Begebenheit en forma de “entusiasmo”, que valida la proposición de que “la humanidad progresa continuamente hacia un estado mejor". Kant coloca el entusiasmo bajo la categoría de lo sublime, lo que está más allá de los límites de la razón, pero no en el sentido del sentimiento de lo sublime estético aplicado a los objetos, sino considerando sublime ese mismo sentimiento. El entusiasmo entra directamente en las categorías estéticas, coloca las manifestaciones políticas sin forma u orden establecido, en tanto sublimes, dentro de los juicios estéticos. Como en Kant la belleza y el bien están relacionados, aquí es el progreso  y la autonomía de los pueblos el bien buscado, que justifica la preponderancia de estos “afectos fuertes”, desordenados, que Kant no considera en sí mismos base segura de un orden político. Dicho de otra forma, el entusiasmo garantiza el fermento emocional y estético para que el hecho político cristalice en el bien del pueblo. Lyotard es pesimista respecto a la posteridad de la idea del entusiasmo, considera que el último momento en que éste sentimiento se dio en Occidente fue el Mayo del 68. La idea que hoy tenemos de la política, considera Lyotard, está muy alejada de la que tenía Kant, y se inscribe más bien en la esfera de la dominación. Por otra parte, la forma occidental y actual de acercarse al hecho político por parte del pueblo es más bien la del desencanto, la apatía y la tristeza, cuando no, como en los aconteciemientos del reciente 25-S en Madrid, la total desafección. Lyotard no concebía en 1986 como momento de entusiasmo la transición española, y es posible que siguiera sin hacerlo con posterioridad, pero en nuestro país se pueden considerar estos años posteriores a la muerte de Franco como uno de los pocos momentos de verdadero Begebenheit de la historia contemporánea española. Durante esos años de entusiasmo se vio la posibilidad de un pueblo dueño de su destino, a pesar de que el resultado fuera finalmente un edificio con cimientos ruinosos; durante esos años también, una generación completa vivió y fue educada en ese espíritu. La devaluación política ha sido rápida, máxime teniendo en cuenta la apatía generalizada de los ocupantes de la generación anterior, educados en una dictadura; teniendo en cuenta también la rigidez de la estructura política, que llevó a García Trevijano a la definición, en tiempos en que nadie esperaba la degeneración actual, de “partidocracia” . No hay otra vía ante la amenaza más que evidente de la aniquilación social y política de este país que dar un paso atrás postmoderno y plantear una revisión de nuestras bases constitucionales, pero desde el punto de vista de aquel entusiasmo medular que vivieron en su infancia y juventud los que hoy cuentan hoy entre 40 y 50 años. Ese ambiente, ese Zeitgeist,  es la guía que se debe seguir; el otro camino conduce, entre el populismo y el nihilismo fascista, a nuestra destrucción.

domingo, 2 de septiembre de 2012

CASA TOMADA



Uno de los milagros de la literatura y el arte, respecto a las ciencias o las pseudociencias, como la economía, es que los cuentos o las obras pictóricas, los grabados o los poemas, suelen tener una segunda vida, que puede estar alejada siglos enteros de su primera publicación. Es común que esa segunda vida se vea infiltrada por intertextos posteriores, a veces muy alejados del ámbito artístico. Quizá uno de los métodos de creación que más permeables se han mostrado a estos cruces de discursos,  de formas excéntricas de interpretar la realidad, sea el surrealista. Con el apelativo surrealismo no aludo solamente a los autores englobados en el grupo liderado por Bretón, sino a otros autores inclasificables que por su propio afán de independencia no quisieron limitarse dentro de los estrechos límites que siempre impone un movimiento organizado. Henri Michaux es uno de esos surrealistas más allá del movimiento, además de un artista integral, poeta, novelista, ensayista y pintor. Y precisamente algunas de sus obras, nos tientan hoy, pasado el tiempo, a la reflexión madura. En una obrita de 1930, Un tal Plume, Michaux crea un personaje entre chivo expiatorio y Charlot despreocupado que a  la postre es un crítica al naciente ciudadano alienado que hoy puebla el mundo. Plume se ve desbordado continuamente por acontecimientos que no comprende, que en esencial el lector interpreta como absurdos, pero el “héroe” de Michaux tampoco se alarma en exceso, más bien, como en el capítulo Un hombre apacible, Plume se limita a dormitar mientras todo se desploma a su alrededor. En Plume en el restaurante, nuestro personaje pide en una taberna una chuleta,  un plato que no está en el menú; tras servirlo, el chef se coloca a su lado en actitud amenazante; al instante, es el dueño del local el que le aborda. Plume se deshace en excusas cada vez más enrevesadas, cuando, de repente, se da cuenta de que alguien uniformado se halla frente a él. Finalmente, se le da la posibilidad de hacer una llamada y es detenido. Lo más curioso es que los personajes acusadores no llegan a referirse a esa chuleta que no está en el menú y sin embargo le han servido, y por la que Plume se autoacusa y se deja detener sin oponer resistencia. Otros capítulos no menos absurdos irán añadiendo facetas a este Plume carente de suerte.
Otro surrealista no catalogado, Julio Cortázar, publicará medio siglo después una especie de homenaje a Michaux con el título de su obra Un tal Lucas; pero es quizá su primer cuento, publicado en 1951, Casa tomada, lo más cercano al tono del polígrafo francés. El cuento de Cortázar se desarrolla con esa misma cadencia implacable de lo que no tiene remedio. Un par de hermanos que han vivido siempre en la misma casa y no tienen nada más, abandonan sin explicación una a una las habitaciones de la vivienda hasta que cierran la puerta de entrada y tiran la llave. No se nos explica qué hay dentro que los obliga a salir, pero ellos lo tienen asumido. Michaux escribe en la época del nacimiento de los fascismos, mientras que es asumido que el cuento de Cortázar es una crítica a la actitud invasiva del peronismo. Ambas obras cobran un nuevo brillo en estos tiempos de pérdida, donde nuestros derechos, levantados, como la casa familiar, durante generaciones, son extirpados con implacable sigilo, donde decisiones absurdas convertidas en amenazas de los poderosos son asumidas por el ciudadano entre excusas y sospechas de culpa. Hoy, no es metáfora, somos literalmente expulsados de nuestra casa, de nuestra democracia, del ámbito de la razón contra toda lógica, y, resignados, tiramos la llave por la alcantarilla.

domingo, 15 de julio de 2012

1914, UN SIGLO DESPUÉS



Hace un tiempo, un amigo me regaló un libro de Stefan Zweig, el escritor austriaco que sufrió el exilio de manos de los nazis. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido. La obra, titulada El mundo del ayer, es un repaso intelectual y cultural al siglo XX, desde su inicio hasta la Segunda Guerra Mundial, un maravilloso viaje junto a gran parte de las personas que moldearon la etapa final de la modernidad, de la que, queramos o no, somos hijos. El viaje comienza, en un capítulo titulado El mundo de la seguridad, con una seria advertencia, que coincide con una descripción del mundo inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial. Una advertencia que, cruzando el siglo, llega a las orillas de nuestra época.
Efectivamente, la primera década del siglo XX en Centroeuropa estuvo marcada por una sensación de seguridad, de duración, de estabilidad; cada cual tenía su labor definida, nadie se salía de su pequeño y confortable espacio de funcionamiento, los estados eran sólidos, los seguros cubrían todo tipo de posibles desgracias, aminorando la amenaza de lo impredecible. “Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados”, escribe Zweig. “Quien tenía casa la consideraba un hogar seguro para sus hijos y nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación”, recuerda más adelante. De hecho, la sensación de seguridad era el bien más preciado de millones de personas, porque el acceso al bienestar se hizo posible para todas las clases sociales. Un panorama no muy alejado de la visión del “final de la historia” que pintara el iluso Francis Fukuyama, precisamente al final del siglo XX. Pero todo aquello cambió de repente. Con la amarga distancia de los años, Stefan Zweig piensa que es fácil reírse, en el tiempo en que él escribe, en plena Segunda Guerra Mundial, de aquellas ilusiones. Zweig, en los años cuarenta pertenece a una generación que ha descartado la palabra “seguridad” de su vocabulario; una generación que, abatida, da la razón a Freud cuando afirma “ver en nuestra cultura y nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podría ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno”. El autor austriaco utiliza la triste metáfora del castillo de naipes para ilustrar la ilusión que destrozó el estallido de la Gran Guerra. La más grande asunción intelectual y artística de Centroeuropa, creada en su mayoría por judíos como Zweig,  se dio en Viena en los años anteriores a 1914, y todo ello desapareció en el espacio de unos pocos años. Hoy, a dos años de celebrar el centenario de aquel brutal giro de la historia, la advertencia de Zweig semeja una fea amenaza;  hace apenas un lustro nadie se lo hubiera planteado, pero las gentes hablan ya del final de un sueño, de una época que ya no conoceremos. Es un lugar común que las lecciones de la historia sólo se escuchan cuando nada tiene remedio, como también es un lugar común tratar de apocalípticos a los que avisan. Estamos en una encrucijada que puede acabar con todo, y sin embargo, no pocos ilusos, muchos de ellos con estudios superiores, excusan e incluso apoyan con estúpido frenesí el desmontaje cultural y social que se está produciendo a nuestro alrededor en aras de los errores económicos de otros, sin ser conscientes siquiera de que es esa fina capa la que nos separa de otro 1914. Y aún decía Stefan Zweig: “Sin embargo, a pesar de que nuestros padres habían servido a una ilusión, se trataba de una ilusión magnífica y noble, mucho más humana y fecunda que las consignas de hoy.”.

sábado, 9 de junio de 2012

TIEMPO DE DESTRUCCIÓN



Se cumplen ahora 50 años de la publicación, en 1962, de “Tiempo de Silencio”, la novela de Luis Martín-Santos que rompe con el realismo social de la época e introduce claramente la renovación  literaria iniciada por James Joyce. La obra apareció mutilada, y hasta después del franquismo no se pudo leer entera, pero Martin-Santos murió sin terminar otra obra más oscura y pesimista, “Tiempo de destrucción”. En ambas, el autor nos ofrece una visión existencialista de un género humano sumergido en la miseria de su condición como “estado de yecto”, como dejado caer en un mundo que lo subyuga. Fue una versión muy hispánica de los conceptos acuñados por Martin Heidegger. 
Mientras reflexionaba sobre la vigencia actual de Martín-Santos, en un mundo a todas luces dominado por la “caída del hombre”, cayó en mis manos un libro que no esperaba, “Delito de Silencio”. Se trata de un pequeño manifiesto escrito por Federico Mayor Zaragoza. Me sorprendió gratamente encontrar en este autor las mismas ideas, sólo que todavía más firmes, más claras y radicales, que en pequeños textos anteriores aunque prácticamente contemporáneos de Stephane Hessel o José luís Sampedro. Los autores anteriores han sido vilipendiados con frecuencia por la “inteligencia” oficial, esa nube de comentaristas políticos sin ninguna idea original, con una nula claridad de criterios que no coincidan con los intereses económicos de las plataformas mediáticas que los alimentan. Ese rebaño de mediocres que menudea por los platos televisivos aparta de su lado como algo incómodo textos firmados por un compromisario de la Declaración Universal de los derechos Humanos, diplomático de larga carrera, como Hessel, o declaraciones de un Catedrático en Economía por varias universidades europeas, galardonado con los más importantes premios españoles del mundo de las letras, como Sampedro, que ha publicado numerosos libros, y últimamente en torno a la idea de “economía humanista”, peligroso pecado que le ha llevado a ser denostado por los convencidos de la excelencia del actual modelo neoliberal. A esos convencidos se refiere Mayor Zaragoza en 2011 cuando dice que
“Ha llegado el momento de impedir y sancionar el acoso que el <mercado>, a través de conspicuas agencias de <calificación>, ejerce entre los políticos, <rescatadores> empobrecidos que deben aplicarse, a riesgo de hundimiento financiero, en recortar sus presupuestos. Los que preconizaban <menos estado y más mercado>, asegurando que éste se autorregularía y que se eliminarían los paraísos fiscales, deben rectificar públicamente y corregir los graves desperfectos ocasionados.”
 Más adelante aboga Mayor Zaragoza por la supresión de las plutocracias nacidas en la era Reagan y una regeneración completa de organismos como las Naciones Unidas. No he oído a nadie todavía criticar a Mayor Zaragoza de izquierdista radical, de ingenuo utopista o de vaya usted a saber qué otras cosas que la “inteligencia” neoliberal se inventa para desacreditar voces coherentes y serias. Recuerdo haberlo escuchado en 1998 en El Escorial junto a José Antonio Marina; allí defendía ya, frente a cientos de estudiantes de Bachillerato, la enseñanza pública contra los ataques que se cernían sobre ella. El tiempo parece darle tristemente la razón. Pero Mayor Zaragoza fue Diputado en el primer parlamento de nuestra transición,  Ministro de Educación entre 1981 y 1982, Diputado en el Parlamento Europeo y Director General de la UNESCO entre 1987 y 1991. Es conocido que Mayor Zaragoza es miembro del Opus Dei. Quizá por todas esas razones no lo quieran demonizar los rebaños mediáticos, quién sabe. Lo que sí debemos tener claro es que el Delito de Silencio nos lleva directamente al Tiempo de Destrucción; lean pues a Mayor Zaragoza.

domingo, 3 de junio de 2012

HIJOS DE GOLDMAN SACHS



Resulta curioso cómo, ante situaciones disparatadas, donde todo atisbo de sentido se desvanece, un pequeño detalle nos introduce de lleno en una sensación de coherencia que resulta todavía más alarmante. Hace apenas dos semanas, a la escritura de estas líneas, aunque la aceleración disparatada de los acontecimientos (el “éxtasis de las cosas”, que diría Baudrillard), se nos presenta ya muy lejano, el banco de inversiones norteamericano Goldman Sachs fue contratado por Luis de Guindos para tasar las cuentas de Bankia, con la esperanza de aportar la luz de la certeza en un entramado de sospechas y mentiras. No era la primera vez. Ya había sido llamado en los casos de Catalunya Bank y NovaGalicia, entidades que gozaron de sus nada baratos servicios, como lo hace el Tesoro con frecuencia.
Medidas coherentes, sin duda, con esa coherencia arrebatada, desesperada, que dan estos tiempos en los que ya nadie puede creer en nada, y cada nuevo salto en el vacío supera en audacia, estupidez o desvergüenza al anterior. Absolutamente coherente resulta, pues, que una entidad que se ha erigido a nivel mundial como uno de los principales causantes de las distintas crisis financieras de los últimos años, uno de los artífices indudables de las sucesivas burbujas arropadas por Wall Street (la tecnológica, la inmobiliaria, ahora la naciente del mercado de las materias primas…) se convierta en el tasador del mayor agujero de nuestra historia financiera.
Goldman Sachs nació de la nada en 1882 de manos de un inmigrante judío alemán. Antes de 1929 se embarcó en la creación de fondos de inversión llamados Goldman Sachs Trading Corporation, Shenandoah Corporation y Blue Ridge Corporation. Estas entidades no eran sino alias independientes de la madre principal que sólo tuvieron un cometido, actuar en las sombras para especular con los fondos creados por Goldman y que terminaron con unas pérdidas de 485 000 millones de dólares. A pesar de todo. Goldman Sachs fue uno de los pocos causantes del  crac de 1929 que sobrevivieron para contarlo. En años posteriores, durante los que el susto de 1929 imprimió cordura a las entidades financieras, Goldman Sachs hizo famoso el lema de “codicia a largo plazo”, con la voluntad del respeto hacia las empresas serias. Tras el proceso de desregulación neoliberal de la era Reagan todo eso se acabó, y Goldman Sachs fue el primero en lanzarse a una serie de prácticas que en cualquier sistema cabal hubieran sido fraudulentas y penadas por la ley. Técnicas que permitían en pocas semanas un incremento del beneficio  del 281 % en los fondos a ellos confiados por empresas que, a la postre, nada valían, técnicas basadas en el engaño y el soborno como el “escalonamiento” o “laddering”, el “hilado” o “spinning”, o las vergonzosas “comisiones intangibles” o “soft dollar commissions”. Con tales tretas, tras el pinchazo de varias burbujas, Goldman Sachs y otros hermanos menores provocaron la evaporación del 40 % de la riqueza financiera de Estados Unidos. Mientras Lehman Brothers y AIG cayeron, Goldman Sachs salió ileso para comenzar de nuevo el proceso. Sus antiguos consejeros se convirtieron con el tiempo en presidentes de los bancos centrales de Canadá e Italia, o director de la bolsa de Nueva York, o jefe del Gabinete del Tesoro, o presidente de la Reserva Federal, según la lista aportada por Matt Taibbi. Este autor, en su libro Cleptopía, utiliza una metáfora radical para explicar quién es Goldman Sachs: un calamar vampiro pegado a la faz del mundo. Y ahora, un ex-consejero de Lehman Brothers, una de sus víctimas, lo pone de maestro de ceremonias de la defunción del mayor monstruo financiero de nuestra historia. Eso es la coherencia.

sábado, 26 de mayo de 2012

UNA PELI DE TOROS


Venimos observando en los últimos años una progresiva e inexorable politización de todos los aspectos de la sociedad española, por muy nimios y asépticos que sean. El recurso de considerar la alteridad (política, social, cultural) como un problema es peligroso en sí mismo, por cuanto provoca pérdida de cohesión social y polarización entre los distintos sectores de nuestra párvula democracia. Da la impresión de que la transición española fue una especie de curso acelerado de cultura democrática para alumnos discapacitados, puesto que a día de hoy, pasados treinta y cinco años, nuestro aprendizaje de las reglas democráticas en tanto garantías de equidad, de respeto, de vertebración de los grupos, de acercamiento de las distintas posiciones, se puede traducir en un suspenso.
    Uno de los últimos jalones de este proceso imparable ha sido la polémica carpetovetónica de los silbidos al himno español en un partido de fútbol. Ciertos medios de comunicación no son en modo alguno ajenos a estas polémicas entre castizas y carnavalescas. Tal es el caso de La Razón, un medio cuyas portadas hace tiempo que engrosan los trabajos científicos sobre manipulación mediática. En su edición del pasado 15 de mayo, el citado diario llevó a portada una comparación de cifras de ingresos entre el cine español y la fiesta de los toros. La ocurrencia llevaba implícito un peligroso sesgo, puesto que cualquier lector podía darse cuenta al leer el amplio despliegue de páginas interiores que la intención era la identificación de los toros como un espectáculo “de derechas”, y el cine español como un negocio “de izquierdas”. Tal afirmación, aparte de ser una estupidez, es, desde luego, nociva, tanto para los toros como para el cine. Pero es que además, los argumentos según los cuales el cine español recauda mucho menos que los toros, son simplemente un invento mal montado, y el propio diario, en su despliegue de datos de la página 34, lo demostraba sin proponérselo. Se suponía que la recaudación del cine español era de 80 millones frente a 350 de los toros. Consultando los datos del propio periódico observábamos que, sin embargo, el número de espectadores en salas de cine era de 110 millones, en tanto los asistentes a las corridas se quedaban en 10 millones, último lugar entre los espectáculos reseñados, además del fútbol, el teatro y los conciertos. Nos encontrábamos, por ejemplo, que el número de proyecciones en España se acercaba a los 4.600.000 frente a los 1848 festejos taurinos, suponemos que en cifras anuales, porque el medio no lo citaba. La razón olvidaba para estas cifras marcar una división entre cine español y extranjero que sí había hecho en portada. Así, nos enteramos de que la recaudación total del mundo del cine es, solamente contando películas no españolas (pero proyectadas en nuestras salas) de 662 millones, un volumen de negocio muy superior al de los toros. El artículo es dañino no sólo por la politización sino porque desliza una interpretación, a tenor de las cifras, de espectáculo elitista para los toros y de producto popular de masas para el cine. Por otra parte, La Razón oculta intencionadamente el volumen de ingresos más importante de las producciones fílmicas españolas, la venta de DVDs, el consumo a través de videoclubs y televisiones, que no tiene un espectáculo presencial como los toros. La obsesión por las cifras ha llevado a una comparación imposible, que más que criticar supuestas subvenciones al cine 8como era intención en el diario), perjudica a los toros, haciendo más evidente su vulnerabilidad.

domingo, 20 de mayo de 2012

POSTALES



El pasado 17 de mayo se celebró el Día Internacional de Internet, un medio que nos ha cambiado de arriba abajo en sus apenas tres décadas de vida. La posibilidad de transmitir datos, conversar e incluso vernos en tiempo real a miles de kilómetros de distancia era algo inaudito no hace tanto tiempo. Internet ha cambiado nuestro lenguaje, nuestra forma de pensar, pero con más evidencia todavía nuestros usos y costumbres. Podemos localizar con facilidad a los jóvenes del entorno con sólo ingresar en la lista de chats de una red social, observaremos que están todos conectados; no hará falta buscarlos por las calles. De igual forma, gracias a los avances de la telefonía móvil, que se ha convertido ya en el principal soporte de la red, podemos observar nítidamente en las mesas de un café o el banco de un jardín a los absortos usuarios desarrollando sus pases mágicos sobra la pantalla táctil. Si trajéramos a un ciudadano de los años setenta a la actualidad para observar los usos de nuestros contemporáneos, no entendería nada de este cambio tan radical. Y esto no es ciencia ficción, sino la realidad cotidiana. Internet ha posibilitado la existencia de movimientos hasta hace una década imprevisibles, léase la Primavera Árabe o el 15-M español, una de las pocas ideas que hemos exportado además de la palabra “siesta”. Efectivamente, un proyecto original bien gestionado en las redes puede convertirse en cuestión de semanas en un acontecimiento mundial. Pero quiero aquí hacer el camino contrario, volver a los viejos sistemas. En el IES Arzobispo Lozano, una profesora se ha empeñado en recuperar para el público joven el formato postal, en lenta agonía por la competencia del correo digital. Isidora Navarro, junto a otros profesores y alumnos, ha invitado a través de las redes sociales, Twitter, Facebook, Tuenti, y de una cuenta de correo, laspostalesdelarzobispo@gmail.com, a toda la comunidad educativa del citado centro, a todos aquellos que han tenido alguna relación, siquiera anecdótica con el mismo, a celebrar el Día Internacional de Internet enviando un correo digital a alguno de estos medios indicando con su nombre y apellidos que curiosamente va a participar en un proyecto basado en el envío de postales. Isidora y los promotores del proyecto Las Postales del Arzobispo han elegido el camino contrario; usan Internet para popularizar el tradicional correo postal. La colección de postales recibidas en el centro entre los días 17 de mayo y 12 de agosto, Día Mundial de la Juventud, se expondrá a partir del 9 de octubre, que celebra precisamente el Día Mundial del Correo.
El envío de postales es un ritual que los jóvenes desconocen, la mayoría no lo ha experimentado jamás, y ni siquiera saben donde colocar la dirección postal. La emoción de depositar ese objeto tridimensional, ameno al tacto y a la vista en un buzón, un objeto real que viaja, tangible, no una serie de ceros y unos electrónicos, y esperar que llegue a su destino a través de un previsible viaje de sacos y trenes les es desconocida, al igual que la sorpresa de abrir el buzón de casa y descubrir en su interior la sorpresa de la amistad o del recuerdo. Porque una postal, es cierto, requiere cierto trabajo, buscar un momento tranquilo y relajado en una ciudad lejana, escribir y pegar el sello, actos que implican una voluntad de amistad y de conmemoración.
Una cosa más. Aquellos que quieran enviar su postal al centro escribirán esta dirección:
IES Arzobispo Lozano, Las Postales del Arzobispo, Av. De Levante, 20, 30520 Jumilla, Murcia.