In memoriam Eugenio Trías
Uno de los conceptos más ricos y sugerentes elaborados en el
pensamiento de fines del siglo XX ha sido el de límite. Una verdadera idea
seminal fruto del trabajo del recientemente desaparecido Eugenio Trías, el más grande de nuestros filósofos después de
Ortega. El concepto de límite, que le valió a Trías la concesión del llamado Nobel de filosofía, el premio Friedrich
Nietzsche, a toda su trayectoria creativa, ha sido aplicado a numerosos campos
de conocimiento tales como la estética, la fenomenología de la religión, la
hermenéutica, la filosofía pura o la música, entre otros. El concepto de límite nace en el mundo de
las ciencias humanas, sin embargo, no ha sido suficientemente desarrollado en
este campo, sobre todo en sociología o en historia, en parte por
desconocimiento y en parte por la reducción radical de líneas de investigación
y puntos de vista originales de estas disciplinas en los últimos años. Este
sinsentido científico no va a ser solucionado en estas líneas, pero ensayaremos
un pequeño esbozo de los que es capaz de generar una verdadera idea seminal .
Básicamente, Trías recupera el concepto de límite no como
frontera, raya que separa dos espacios, culturas o sistemas, sino como una franja
con entidad propia en a que se generan sinergias, acontecimientos, fusiones, y
en la que encontramos habitantes propios. Recuerda Trías el “limes “ romano, aquella frontera cambiante
y movediza entre el mundo de los bárbaros y el Imperio. Vivían allí los “limitanei”, que participaban de ambos
espacios al tiempo que desarrollaban un “modus vivendi” propio en un “locus”
particular. Aunque no se han querido relacionar, hay otros “limes” actuales que
pueden servir de ejemplo, léase la frontera entre Estados Unidos y México o la
que constituye el sur de Europa, en especial el sur de España e Italia y
Sicilia.
En definitiva, Trías aprovecha este viejo concepto para
fundamentar su monumental sistema trasladado a la metafísica; el organigrama
contempla el llamado círculo del aparecer, donde se sitúan todas las cosas
objeto de la percepción y al otro lado, el círculo hermético, donde habita el
misterio, la fe para los creyentes, las utopías y esperanzas del hombre, la
concepción individual del futuro… Entre ambos, esa frontera que es el “limes”,
el lugar donde habita el ser humano, un animal cuya esencia es ese columpiarse
entre el aparecer y el círculo hermético, dotado de la llamada “razón fronteriza”, espacio de diálogo
entre la razón lógica y sus sombras, entre ciencias y arte o religión. Las
traslaciones a las distintas ramas de la filosofía de ese espacio enriquecido
que bebe de ambos círculos han sido múltiples, pero, repito, encuentro una
carencia esencial en las ciencias humanas. Si trasladamos la idea de “limes” al
concepto de espacio democrático como “locus” mental y espacio público como
“locus” social, nos encontramos que el círculo hermético puede ser descrito
como el lugar de la utopía, de los anhelos de tantos hombres libres que se
aventuraron en él para crear la Carta de los Derechos Humanos o los sistemas
democráticos más avanzados. El círculo del aparecer es hoy, en nuestra sociedad
del espectáculo, eso mismo, puro aparecer, el
gran sistema de simulacros sostenido sobre los pilares de la sociedad de
consumo, el capitalismo radical y la conciencia metafísica de la ciencia, que opone sujeto (sujeto
humano-deshumanizado) frente a objeto
(la naturaleza entera como dada para su consumo).
El espacio del “limes” donde realmente vivimos, pensamos y nos relacionamos los hombres, sólo puede ser un espacio democrático sostenido por un “locus” público, de lo contrario, la franja desaparece, el espacio de interacción se reduce a una mera imagen y el círculo hermético, el lugar de las utopías, de los anhelos y de las esperanzas, del espíritu de progreso y de la fe, se oculta, “lethes”, siguiendo a los griegos o se sumerge, siguiendo a los geólogos, como una placa tectónica, que vuelve al interior de la tierra engullida por otra placa que se superpone (el aparecer). El limes es sagrado, no debe tocarse, como sugerí en una entrada anterior, ver http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/02/el-valor-de-cambio-y-lo-sagrado.html, si perdemos el "limes", lo perdemos todo. Y eso es precisamente lo que estamos haciendo, destruyendo sistemáticamente el espacio democrático, el espacio público, aquél que nos permite ser seres humanos plenos, asomados a un futuro misterioso pero lleno de posibilidades. En la próxima entrada analizaremos con más profundidad algunas facetas de este proceso de desintegración.
El espacio del “limes” donde realmente vivimos, pensamos y nos relacionamos los hombres, sólo puede ser un espacio democrático sostenido por un “locus” público, de lo contrario, la franja desaparece, el espacio de interacción se reduce a una mera imagen y el círculo hermético, el lugar de las utopías, de los anhelos y de las esperanzas, del espíritu de progreso y de la fe, se oculta, “lethes”, siguiendo a los griegos o se sumerge, siguiendo a los geólogos, como una placa tectónica, que vuelve al interior de la tierra engullida por otra placa que se superpone (el aparecer). El limes es sagrado, no debe tocarse, como sugerí en una entrada anterior, ver http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/02/el-valor-de-cambio-y-lo-sagrado.html, si perdemos el "limes", lo perdemos todo. Y eso es precisamente lo que estamos haciendo, destruyendo sistemáticamente el espacio democrático, el espacio público, aquél que nos permite ser seres humanos plenos, asomados a un futuro misterioso pero lleno de posibilidades. En la próxima entrada analizaremos con más profundidad algunas facetas de este proceso de desintegración.






