domingo, 7 de abril de 2013

APOLOGÍAS DEL EGOÍSMO




A mediados del siglo XX comenzó a extenderse una tendencia para-filosófica llamada objetivismo propagada por una escritora nacida en Rusia y naturalizada en Estados Unidos que usaba el pseudónimo de Ayn Rand. El objetivismo era una apología nada disimulada del egoísmo, que abominaba de toda forma de intervención gubernamental en la vida pública y terminaba propugnando una especie de darwinismo social basado en el capitalismo salvaje más exacerbado. Muchos personajes influyentes de la escena norteamericana se dejaron influir por esta tendencia, entre ellos Alan Greenspan y un buen número de asesores cercanos al presidente Reagan. El rastro de esa influencia se aprecia hoy en día en las ideas del Tea Party, movimiento ultraderechista que tiene sus manantiales de voto en una clase media venida a menos que busca culpables en las clases menos favorecidas y en los inmigrantes, y que acusa al gobierno de un intervencionismo sesgado hacia esas masas sociales. Según Ayn Rand, la caridad es inmoral y el egoísmo racional una razón de vida, según el Tea Party la seguridad social es un peso muerto para el estado que rescata a gandules y perezosos. La existencia del Tea Party es un buen ejemplo de cómo la decadencia de una clase social va muy ligada a la falta de argumentos intelectuales sólidos y a la disolución de sus propios valores que, o simplemente ya no sirven o han sido sustituidos por proclamas populistas de trazo grueso.
La orgullosa Europa miraba con desprecio la ascensión del movimiento Tea Party en la seguridad de que sus viejas meta-narrativas serían suficientes para aguantar el deterioro y desestructuración de una clase media ilustrada, intelectualmente sólida, que ha perdido su influencia en las altas finanzas y los medios de producción pero sigue controlando gran parte de su peso en el sistema de democracias liberales. Esa presunción ingenua ha resultado fatal para las clases medias europeas. Como ya comenté en una entrada anterior, http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/02/la-estrategia-del-lemming.html, Europa parece caminar a una especie de suicido social en el que tiene mucho que ver una nueva clase, que ha adoptado varias de las tesis del movimiento Tea Party, bautizada por la Fundación Friedrich Ebert como el “precariado”. Es difícil precisar como clase social lo que son varios grupos heterogéneos, pero el “precariado” engloba ya tanto a desempleados de larga duración o trabajadores de alta cualificación que desempeñan trabajos muy alejados económica y socialmente de sus expectativas como a universitarios en paro. Poco a poco, el “precariado” crece, y acoge retazos de la ya casi desaparecida clase media (ver el artículo de Ramón Muñoz, “Adiós, clase media adiós” en http://elpais.com/diario/2009/05/31/negocio/1243775665_850215.html). Pero lo llamativo de esta nueva clase social no es su creciente heterogeneidad económica y social, sino su paulatina uniformidad cultural, su capacidad para absorber las frustraciones, el nihilismo, la precariedad de valores y el resentimiento de diferentes capas de un tejido social desmoronado. Según Andrés Ortega en “El regreso de la lucha de clases” http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/02/20/vidayartes/1329766843_742941.html, el “precariado” acumula a una cuarta parte de la población adulta, personas que “no votan ni emiten votos protesta y desconfían de las instituciones políticas”. Los miembros de esta nueva casta son descritos aquí como “nómadas urbanos”, gentes que nada tienen en común salvo cuatro rasgos: la ira, la anomia, la ansiedad y la alienación, características éstas que llevaron al poder a más de un partido fascista en los años treinta del pasado siglo. En esto se diferencia del llamado “proletariado clásico”, una clase social en trance de desaparición, no por falta de rasgos económicos, sino culturales y sociales. Los nacionalismos, los populismos y cualquier tipo de autoritarismo incipiente reclaman ya su botín. Pero lo peor no eso, sino que, como hemos insinuado, la clase media desbancada, los profesionales liberales, grupos de funcionarios, se acercan a esta especie de clase sin clase que es el “precariado”, y se observan los primeros indicios de un Tea Party europeo que hace gala de un desprecio militante de lo colectivo, de lo público, que dispara contra los políticos corruptos siguiendo la moda de los “indignados” pero olvida a los corruptores, empresarios y banqueros enriquecidos a la sombra del capitalismo salvaje desregularizado. Son responsables de un giro inconsciente de grupos de ciudadanos pobres e indefensos hacia la derecha, pero a un tipo de derecha irresponsable e inculta, falta de argumentos y vacía. Alain Garrigou, en el nº 209 de Le Monde Diplomatique en español, da algunas claves en “Lo que ellos llaman derechización”, un extenso artículo sobre el que regresaremos en la próxima entrada, baste citar el siguiente párrafo: “La danza de los prejuicios, en la que una vulgata neoliberal se fusiona con un sentido común grosero, contribuye a la derechización de las mentalidades cuando glorifica el egoísmo”. Los nietos de Ayn Rand, desarmados, desilusionados, resentidos, ignorantes, ingenuos, caminan hacia la autodestrucción de la mano de una apología ciega del egoísmo.

sábado, 16 de marzo de 2013

ESPACIO PÚBLICO Y NO-LUGARES




La reducción del espacio público, del tiempo público, en los últimos años es una realidad tan evidente que no vamos a redundar en todas sus facetas: los multitudinarios recortes ordenados por instituciones internacionales de carácter macroeconómico, la rápida devaluación de la sanidad y la educación públicas en los países del Sur de Europa, las constantes externalizaciones de servicios antes ofrecidos directamente por las instituciones de los estados… No insistiremos en hechos tan evidentes y tan comentados en los medios. Vamos, de la mano de Eugenio Trías, como ya comenzamos en una entrada anterior, a ofrecer ejemplos físicos, tangibles, de verdaderos espacios públicos, espacios comunes, fronteras o franjas entre dos mundos cerrados, que han sido paulatinamente estrechados, sofocados, estrangulados entre las trituradoras de lo privado. En la entrada anterior sugerimos que el límite en el que se inscribe el lugar de la comunidad, el espacio público, era una suerte de balcón privilegiado al cerco hermético de los anhelos, esperanzas y utopías comunes de la humanidad. El cerco del aparecer descrito por Trías era, desde un punto de vista social y económico, el mundo del consumo de masas, que tapa con su espectáculo hoy por hoy cualquier otra asunción social, incluido el mismo estado.
    Un ejemplo elocuente ilustra mi afirmación en un artículo publicado por Philippe Rekacewicz en el número 208 de Le Monde Diplomatique (edición en español). En un ejercicio de la llamada cartografía radical, se analizaba en ese texto la constante reducción del espacio público internacional en los aeropuertos del Norte de Europa a favor de las tiendas Duty Free (libres de impuestos). Por ejemplo, entre 2005 y 2007, en dos remodelaciones, el aeropuerto de Oslo, Gardermoen, vio reducida su terminal internacional de forma tan dramática que tan sólo quedó un estrecho pasillo cuya única función era el paso rápido a la Duty Free. Parecidos procesos se vieron en Estocolmo (Arlanda) o en Berlín Schönefeld) ya en 2013. Los pasajeros, que hasta entonces utilizaban el espacio internacional como zona de relax, de encuentro o cita, de reflexión, de simple ejercicio de su entidad de ciudadanos momentáneamente internacionales, se encuentran ahora prácticamente estabulados, como reses conducidas al pesebre de las Duty Free Shop, que han visto crecer su propio espacio dedicado al puro consumo de forma desmesurada. Las entradas directas a la zona de embarque a través de la terminal pública quedan ahora sutilmente vedadas por muros de carros o puertas reservadas a personal interno, de forma que es obligado el paso por el interior de la tienda libre de impuestos, donde el pasajero, ya bastante atropellado, se carga con pesos innecesarios mientras vacía sus bolsillos o su tarjeta de crédito. Como señala Rekacewicz, nos encontramos en unos aeropuertos donde “los estados se retiraron y la gestión fue (…) terceralizada y confiada a empresas”, de forma que las antiguas zonas públicas se han convirtieron en “ciudades dentro de la ciudad”, ciudades del consumo, megacentros comerciales, aparcamientos de pago, supermercados y tiendas free-tax. Es cierto que el aeropuerto ha sido durante lustros un “territorio entre dos mundos”, un verdadero límite según lo entiende Trías, pero hoy empieza a ser la prueba fehaciente de que el cerco del aparecer convertido en consumo se ha comido ya al cerco hermético, el de los sueños universales del pasajero como ciudadano del mundo, espíritu libre entre terminales. Eso se acabó, el pasajero internacional no es hoy otra cosa que un cliente potencial al que exprimir y conducir a la zona de consumo.
    Esta situación de los aeropuertos actuales recuerda bastante a los conocidos como no-lugares, espacios sin identidad, sin alma, deshumanizados, que han proliferado en la época de la postmodernidad, tanto como los solares incultos, las urbanizaciones perdidas, las estaciones de tren alejadas de las ciudades (la Fernando Zóbel de Cuenca es un gran ejemplo), los grandes vestíbulos desangelados de los museos vacíos, y tantas otras traducciones del vacío existencial tras las cenizas de la modernidad.
    Dice Marc Augé en Los no lugares. Espacios del anonimato, que “si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad  ni como relacional ni como histórico, definirá un no-lugar”. Las viejas terminales agostadas son no-lugares radicales, y los pasajeros, asustados por el hálito de vacío, nada y muerte, huyen despavoridos al interior de las Duty Free Shop, sin saber que han viajado del purgatorio al infierno.

domingo, 10 de marzo de 2013

LÍMITE Y ESPACIO PÚBLICO



In memoriam Eugenio Trías
 
Uno de los conceptos más ricos y sugerentes elaborados en el pensamiento de fines del siglo XX ha sido el de límite. Una verdadera idea seminal fruto del trabajo del recientemente desaparecido Eugenio Trías, el más grande de nuestros filósofos después de Ortega. El concepto de límite, que le valió a Trías la concesión del llamado Nobel de filosofía, el premio Friedrich Nietzsche, a toda su trayectoria creativa, ha sido aplicado a numerosos campos de conocimiento tales como la estética, la fenomenología de la religión, la hermenéutica, la filosofía pura o la música, entre otros. El concepto de límite nace en el mundo de las ciencias humanas, sin embargo, no ha sido suficientemente desarrollado en este campo, sobre todo en sociología o en historia, en parte por desconocimiento y en parte por la reducción radical de líneas de investigación y puntos de vista originales de estas disciplinas en los últimos años. Este sinsentido científico no va a ser solucionado en estas líneas, pero ensayaremos un pequeño esbozo de los que es capaz de generar una verdadera idea seminal .
     Básicamente, Trías recupera el concepto de límite no como frontera, raya que separa dos espacios, culturas o sistemas, sino como una franja con entidad propia en a que se generan sinergias, acontecimientos, fusiones, y en la que encontramos habitantes propios. Recuerda Trías el “limes “ romano, aquella frontera cambiante y movediza entre el mundo de los bárbaros y el Imperio. Vivían allí los “limitanei”, que participaban de ambos espacios al tiempo que desarrollaban un “modus vivendi” propio en un “locus” particular. Aunque no se han querido relacionar, hay otros “limes” actuales que pueden servir de ejemplo, léase la frontera entre Estados Unidos y México o la que constituye el sur de Europa, en especial el sur de España e Italia y Sicilia.
     En definitiva, Trías aprovecha este viejo concepto para fundamentar su monumental sistema trasladado a la metafísica; el organigrama contempla el llamado círculo del aparecer, donde se sitúan todas las cosas objeto de la percepción y al otro lado, el círculo hermético, donde habita el misterio, la fe para los creyentes, las utopías y esperanzas del hombre, la concepción individual del futuro… Entre ambos, esa frontera que es el “limes”, el lugar donde habita el ser humano, un animal cuya esencia es ese columpiarse entre el aparecer y el círculo hermético, dotado de la llamada “razón fronteriza”, espacio de diálogo entre la razón lógica y sus sombras, entre ciencias y arte o religión. Las traslaciones a las distintas ramas de la filosofía de ese espacio enriquecido que bebe de ambos círculos han sido múltiples, pero, repito, encuentro una carencia esencial en las ciencias humanas. Si trasladamos la idea de “limes” al concepto de espacio democrático como “locus” mental y espacio público como “locus” social, nos encontramos que el círculo hermético puede ser descrito como el lugar de la utopía, de los anhelos de tantos hombres libres que se aventuraron en él para crear la Carta de los Derechos Humanos o los sistemas democráticos más avanzados. El círculo del aparecer es hoy, en nuestra sociedad del espectáculo, eso mismo, puro aparecer, el gran sistema de simulacros sostenido sobre los pilares de la sociedad de consumo, el capitalismo radical y la conciencia metafísica de la ciencia, que opone sujeto (sujeto humano-deshumanizado) frente a objeto (la naturaleza entera como dada para su consumo).
     El espacio del “limes” donde realmente vivimos, pensamos y nos relacionamos los hombres, sólo puede ser un espacio democrático sostenido por un “locus” público, de lo contrario, la franja desaparece, el espacio de interacción se reduce a una mera imagen y el círculo hermético, el  lugar de las utopías, de los anhelos y de las esperanzas, del espíritu de progreso y de la fe, se oculta, “lethes”, siguiendo a los griegos o se sumerge, siguiendo a los geólogos, como una placa tectónica, que vuelve al interior de la tierra engullida por otra placa que se superpone (el aparecer). El limes es sagrado, no debe tocarse, como sugerí en una entrada anterior, ver http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/02/el-valor-de-cambio-y-lo-sagrado.html, si perdemos el "limes", lo perdemos todo. Y eso es precisamente lo que estamos haciendo, destruyendo sistemáticamente el espacio democrático, el espacio público, aquél que nos permite ser seres humanos plenos, asomados a un futuro misterioso pero lleno de posibilidades.  En la próxima entrada analizaremos con más profundidad algunas facetas de este proceso de desintegración.

viernes, 1 de marzo de 2013

DESDE LA DISTANCIA, GOYA NOS OBSERVA


In memoriam Stephane Hessel
La historia es caprichosa, es posible que por eso muchos, por conveniencia, cada día le hagan menos caso. Pero la historia busca sus caminos secretos para transmitirnos sus consejos, unas veces mediante lugares y acontecimientos, otras, en fin a través de personas.  Hace exactamente doscientos años terminó la Guerra de la Independencia española, un 20 de octubre; aquel 1813 se iniciaba, un 5 de enero, con la abolición por las Cortes de Cádiz del Tribunal de la Inquisición (que volvería a renacer legislativamente antes de una nueva derogación en 1820). El año terminaba con la abdicación, el 29 de diciembre, de José I Bonaparte, el testaferro impuesto a España por su hermano Napoleón. Aquel año definitivo (y todos los que le precedieron) fue documentado por el primer reportero gráfico de la historia: Francisco de Goya.
En las paredes del Museo del Prado cuelga como un grito un cuadro fundamental con el título de Los fusilamientos de la Moncloa. Es una obra inaugural de muchos movimientos, desde el Romanticismo al Expresionismo, es la primera pintura al óleo que puede ser considerada un auténtico reportaje de guerra, pero es sobre todo, la más certera y sincera representación de la suerte adversa del pueblo español que un artista o poeta haya sido capaz de crear. Muchas otras obras, desde el Guernica de Picasso a La Libertad guiando al Pueblo, de Delacroix o El Fusilamiento de Maximiliano I, de Manet, se lo deben todo.
El pasado 23 de febrero, el pueblo español se alzó una vez más en una multitudinaria expresión de malestar, no muy diferente a la  que contempló Goya en 1808. Esta vez se ha bautizado “marea ciudadana”, en otras ocasiones se ha hablado de sublevación, levantamiento o insurrección, hoy se eluden esas expresiones por hallarse el país en un régimen democrático, siendo sustituidas por el término “protesta”. Pero como en otras ocasiones, Francisco de Goya, encaramado en su pedestal de la Puerta Norte del Museo del Prado, que le ofrece unas vistas privilegiadas del Paseo del Prado, ha visto pasar niños, jubilados, familias enteras, parados, funcionarios, mineros, bomberos, jóvenes sin futuro, ciudadanos alarmados, enfurecidos, asombrados, estupefactos, juntos bajo pancartas multicolores.
En la distancia, Goya nos observa.
La tarde del 23 de febrero de 1981, Goya vio pasar un autobús repleto de guardias civiles, treinta y dos años después, contempla desde su atalaya los ríos de gentes variopintas que suben por el Paseo del Prado hacia Neptuno. Según fuentes oficiales, 1400 efectivos de policía custodian las calles ante una marea que los medios, a diferencia de otras ocasiones, no se atreven a cuantificar. Se habla de miles de personas; ¿acaso algunos miles, cientos de miles, cientos de cientos de miles?, poco importa.
Como otras veces, Goya nos observa.
El pintor recuerda en estos trances los rostros ocultos de los soldados franceses, de espaldas al público como anónima máquina de muerte, que disparan contra el símbolo del pueblo, un hombre de rostro atezado vestido con una camisa blanca suelta. Las furgonetas azules, llamadas “lecheras” desfilan y aparcan a las espaldas de la estatua de Don Francisco. En la madrugada se escucharán las cargas de las fuerzas del orden.
Como tantas veces, Goya nos observa.
Don Francisco recuerda ahora otra de sus pinturas, ésta vez sin encargo oficial, que muestra a dos mozos en un duelo a garrotazos, hundidos hasta las rodillas en un lodazal del que no pueden –ni quieren- salir. Están doblemente condenados, por su odio y por su inmovilidad irredenta. Premonición de todas las guerras civiles de este país, del encasillamiento cerril, del sustrato reaccionario que nos sigue lastrando.
Piensa Don Francisco en el interior de su alma de bronce que hay demasiadas coincidencias, que todo vuelve y retorna, los soldados y los policías, el pueblo inculto, los represaliados por el poder invisible. Piensa Don Francisco desde su atalaya del Prado que seguimos presos del lodazal y que el duelo eterno de las dos Españas vive su enésima edición.
Desde la distancia, como tantas otras veces, Goya nos observa.

martes, 12 de febrero de 2013

RAJOY, FORMATOS Y SIMULACROS.




Hace ya diez días que el actual presidente del gobierno español habló desde el interior de una sala sellada a una concurrencia de periodistas ubicados en otra sala sin comunicación con la primera. Dicho así, las posiciones relativas de compareciente y medios resultan como mínimo extrañas. Cabe pensar en un micrófono en la sala que recoja las posibles preguntas. No es el caso. La comparecencia no admite preguntas, su formato es la declaración ¿Declaración tras una puerta sellada? ¿Cómo es posible? La pregunta sería obvia sin el dato que convierte esta puesta en escena en un auténtico juego de espejos barroco; una imagen del presidente emitida por la pantalla plana de una televisión HD de al menos 40 pulgadas, domina la sala de prensa. La imagen no es el presidente, claro está; la lección número uno de los estudios de semiótica aplicados al icono es que una imagen no es la realidad. La imagen del presidente habla, emite sonidos. ¿Es la voz del presidente? ¿Es un sonido virtual? Realmente no podemos saberlo. El notario, aquel que autentifica los mensajes, no puede darnos la razón. Dicho de otra forma, en una sociedad donde los propios ciudadanos son cada vez más los dueños de sus propias noticias, el papel del periodista es certificar que los mensajes que los distintos canales envían son auténticos o tienen alguna relación con la realidad. Puesto que los medios convocados en la sala de prensa no pueden acceder a la presencia del presidente (nótese el juego de palabras), no tenemos forma segura de saber si esta imagen que nos habla corresponde a la realidad de ese presidente.
Se hace urgente en este punto recordar de nuevo a Jean Baudrillard y su ya clásica teoría de los simulacros, porque si, como dice el sociólogo francés, un simulacro es “más real que lo real”, y a su vez es completamente falso; si coincidimos en que un simulacro es “lo falso revestido de toda la energía de lo verdadero”, la supuesta comparecencia del presidente Rajoy se puede nombrar como el simulacro perfecto. De hecho, parece un ejemplo de libro no sólo de la absoluta incultura semiótica y audiovisual de los asesores de Mariano Rajoy, sino también de cómo un simulacro puede alcanzar mayores dosis de coherencia, de presencia, de solidez, que la propia realidad. Una prueba de esta coherencia: el adjetivo “falso” es el más usado en esta “falsa comparecencia”; otra prueba, la frase que se cuela entre los reporteros es: “Hoy el formato es la noticia”, por tanto, la elección de la pantalla plana no es casual, porque lo que caracteriza al simulacro es su cercanía obscena, su hiperrealidad, que oculta un vacío absoluto. La frase es una clara referencia a aquella otra de Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”. El propio motivo de la comparecencia de Rajoy, los llamados “papeles de Bárcenas”, deviene en un largo conflicto entre certeza y falsedad.
Así pues, como comunicadores, los asesores de Rajoy quizá son unos ineptos, sin embargo, como generadores de simulacros son magistrales, porque, ¿acaso no querían otra cosa que conseguir un simulacro perfecto? ¿Acaso importaba algo el contenido de la noticia? La declaración carecía de importancia, todo el mundo sabía que se no podía decir otra cosa que “falso, falso, falso”.
La escena parece una reedición perversa de Las Meninas de Velázquez. En el óleo, los reyes aparecen reflejados en un espejo al final de la sala, se supone que porque están posando para el pintor, pero están fuera del espacio del cuadro, no pertenecen al mismo, se sitúan, digamos, a las espaldas del propio  espectador. Comparando, diríamos que Rajoy es el Rey reflejado, Velázquez encarna a los periodistas y los espectadores del cuadro son los ciudadanos. En cuanto a las propias Meninas, ¿porqué no la plana mayor del Partido Popular? Sólo una diferencia elocuente: Velázquez podría dialogar con el Rey mientras lo pinta, los periodistas tan sólo pueden grabar el espejo-pantalla.
Y es en este punto donde la semiótica de este juego de espejos alcanza su mayor grado de monstruosa y obscena coherencia. Hasta ahora hemos visto la escena como parapeto, simulacro vacío que emite vacías fórmulas, que nos hipnotiza e impide ver más allá. Pero pensemos por un momento que no es así, que lo que consideramos simulacro no es sino un mero biombo transparente o bien un cristal donde se refleja a su vez otra imagen simulada. Si es así, lo que deviene en simulacro no es esa pantalla hiperpresente, sino lo que está detrás de ella. La pantalla tan sólo es otro espejo más, el espejo de una simulación. Porque el verdadero y terrible simulacro es ese presidente tapado, oculto, encerrado tras una pared e incapaz de dirigirse a alguien que no sea su propia escena (como todos los simulacros que conocemos), incapaz de emitir mensajes reales, sino sólo frases hechas que quieren ocultar que él mismo es “lo falso”, que él mismo no es sino una mentira, como la democracia de la que ha nacido; un simulacro, una falsedad más fuerte que la realidad, que la triste y simple realidad escondida de este país…

jueves, 1 de noviembre de 2012

ZOMBIS, VAMPIROS Y OTROS SIMULACROS DEMOCRÁTICOS


Entre las figuras más complejas a la vez que populares que han difundido los medios de masas actuales se encuentran los zombis, vampiros y otros seres fronterizos nacidos al amparo del género de terror. Sus relaciones metafóricas con la realidad son más que evidentes, sobre todo si establecemos comparaciones a nivel económico, social y político. Son numerosos los ensayos y artículos que han tratado el tema, pero citaremos aquí solamente las reflexiones de José Saturnino Martínez García en Le Monde Diplomatique, edición española del mes de octubre. Este autor nos recuerda, para empezar, el origen del zombi como esclavo que simula su muerte para ser libre. Sus congéneres extienden la leyenda de que es un ser sin alma controlado por un brujo. La actual versión del zombi, aquella que hizo famosa George Romero, nos introduce en la idea de algún tipo de enfermedad o mal secreto que deja a los hombres no solo sin alma, sino también sin cerebro, o al menos con el indispensable paleocórtex que les permita deambular. Los nuevos zombis, los de Michael Jackson, son además caníbales. José Saturnino Martínez nos hace una primera referencia social que me parece muy acertada, en tanto remite a las relaciones muertas en el ámbito urbano alienado de los solitarios dúplex o  adosados (explotado ampliamente en el cine), o  nos recuerda a las personas con las que se ha perdido la amistad, que vagan alrededor nuestro como cáscaras vacías. Dicho en palabras del ensayista: “la genta a la que queremos ya no está ahí, están sus cuerpos, pero no la relación personal”. Si utilizamos la terminología de Baudrillard podemos decir que un zombi es un simulacro de ser humano, un simulacro de la existencia.
A propósito de Walking Dead, el popular cómic y serie norteamericanos, José Saturnino Martínez se interna en una hábil disección del estado europeo post-crisis, donde el orden político ha sido sustituido por el orden policial, siendo la crisis la amenaza irracional exterior encarnada por los muertos vivientes en el supuesto del Apocalipsis Zombi. Conocemos demasiado bien este argumento que esgrimen los gobiernos sin ideas de esta Europa terminal; puesto que la amenaza es tan grande, se deben unir las fuerzas de tal manera que cualquier disensión, debate, opinión contraria (es decir, lo constitutivo del orden político) quedan fuera de toda posibilidad, porque el gobierno, ante la situación de emergencia, asume todo el control e impone “una única solución como natural, pues no hay alternativa”. La “polémica sobre lo común” ha quedado derogada. El articulista de Le Monde Diplomatique sólo ve una diferencia entre el orden de cosas de Walking Dead y la situación de la que es metáfora, nuestro propio orden social; mientras en el primero no hay gobierno, y los propios ciudadanos construyen el orden policial, en el segundo caso sí lo hay. Difiero de su análisis sólo en un punto, y remito a la entradas de este blog de hace un año, http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2012/02/la-emergencia-del-estado-simulacro.html en la que, aparte de hablar de soslayo de los consumidores-zombis, del consumo como forma de democracia neoliberal, se plantea la posibilidad de algo parecido a un estado zombi, controlado por un brujo exterior, llámese Troika, llámese mercados deudores. Para clarificar el símil hay que remitir al conocido cuento de Poe en el que un moribundo, Míster Valdemar, es mesmerizado en el momento mismo de morir. La hipnosis aguanta artificialmente el cuerpo en un estado fronterizo entre vida y muerte hasta que el final del experimento, meses después, nos devuelve a la realidad del cuerpo, un  “horrible caos putrefacto”. Esa es la situación de algunas democracias europeas, entre ellas la española, un simulacro de estado que, como una cáscara, oculta la corrupción y la decrepitud del interior. La hipnosis a la que están sometidos sus miembros, zombis-esclavos a la antigua usanza caribeña, impide el desmoronamiento prematuro en tanto la tercera figura de esta triada del horror, el vampiro, un símbolo demasiado claro y presente, pueda seguir succionando el fluido vital. Lo peor en este cuerpo infrahumano es que dentro de él conviven los zombis y los vampiros, en una intimidad que no promete nada bueno; una vez más la realidad supera a sus metáforas.