sábado, 18 de febrero de 2012

LA EMERGENCIA DEL ESTADO-SIMULACRO



Escribo esta columna un primero de noviembre, durante la festividad de Todos los Santos, antigua advocación ya totalmente derruida; desde el año mil por el llamado Día de Difuntos, desde hace dos décadas por el mediático rito irlandés de Halloween, importado a Europa a través de Estados Unidos. Reflexiono sobre las múltiples metáforas superpuestas que sugiere el momento. Recuerdo ahora el ensayo “Perspectivas para la democracia”, publicado en Londres por Eric Hobsbawm en el año 2000. En él se clarifica ya la profunda contradicción en la que viven las democracias liberales, ligadas al llamado estado-nación, modelo en franca decadencia. La democracia neo-liberal actual se encuentra embarcada en un proceso irreversible de autodestrucción puesto que sus dos pilares son conceptos opuestos. Como observa Hobsbawm, el planteamiento básico del sistema actual, basado más en “convicciones teológicas que en pruebas históricas” es que “todo servicio que pueden proporcionar las autoridades públicas es, bien indeseable, bien redundante, pues el mercado puede prestarlo mejor, con mayor eficacia y a menor coste”. La progresiva privatización de servicios tales como correos, prisiones, servicios sociales, jardines, transportes se ha acelerado en los últimos años. Tal es el caso que “el modus operandi de la empresa privada, centrada en la maximización de beneficios, se ha convertido en el modelo al que aspira incluso el gobierno”. En la época de la hiper-modernidad, con el ciudadano transmutado en consumidor, el sufragio de las viejas democracias republicanas ha caído en descrédito, de forma que se considera más efectivo y fiable el sondeo de mercado que el “burdo recuento de papeletas electorales”. Siguiendo una cita del propio Hobsbawm, Francis Fukuyama argumenta que la elección del consumidor de comprar en un supermercado en lugar de un comercio local supone una “elección democrática” con la que los ciudadanos reclaman la soberanía del consumidor. Llegados a este punto, la incompatibilidad del sistema neo-liberal con las democracias clásicas es insostenible, por lo que los gobiernos sólo pueden concluir su propia autodisolución, ya pactada de hecho. Los llamados recortes es una fase más de ese suicidio. Tal acto no puede cometerse de manera inmediata, de modo que la forma de vencer la contradicción hasta que sea posible la desaparición completa de la democracia liberal es el modelo que Baudrillard llamaría estado-simulacro, un organismo falso que oculta al estado democrático clásico y le impide actuar y que en realidad funciona mediante los mecanismos del mercado neoliberal. Este estado simulado es la lápida bajo la que se entierra el estado clásico ya cadáver; nosotros vivimos ocultos bajo esa losa. A partir de aquí, las metáforas. Enlacemos imágenes.
Un quinto de la población española es ya incinerado tras la muerte, mientras que un quinto de nuestra economía está enterrado, o sumergido, oculto tras un simulacro. La figura del vampiro como un ser ni vivo ni muerto se convierte en el paradigma preferido de una juventud estancada, inerte, que sabe que ya ha perdido su futuro. Recordamos España en 1936, cuando se convirtió en un campo de pruebas, con una guerra-ensayo de la Segunda Guerra Mundial que causó centenares de miles de muertos. Grecia es el campo de pruebas del enterramiento no sólo del estado del bienestar, sino del estado tal y como lo conocemos. El estado griego entrará en bancarrota hasta que alguien lo compre y provoque su muerte efectiva y su transformación completa en estado-simulacro. Esta especie de hipnosis del estado –y del ciudadano- recuerda el caso de Míster Valdemar, en el cuento de Poe. Valdemar es hipnotizado en el momento justo de morir, de forma que se prolonga artificialmente su vida durante meses. Finalmente, cuando se le despierta, su cuerpo se convierte de inmediato en un horrible caos putrefacto. El estado-nación ha sido mesmerizado por el capitalismo neoliberal mientras se busca una alternativa rentable al viejo modelo; cuando finalmente la hipnosis (la existencia simulada) concluya, el ciudadano convertido en consumidor (acaso un espejismo más) se enfrentará sin remedio a la obscenidad (reverso del simulacro) del cuerpo putrefacto, realización total del hecho socio-político. No existe comunicación, tan sólo contaminación.

GADAFI Y LA OBSCENIDAD



Más fieles que los afectos, más que los amigos o las promesas, las imágenes nos acompañan hasta la muerte. Se fijan en nuestra mente y aguantan hasta el último suspiro. Para ciertas personas, esta verdad incómoda se convierte en una garantía de leyenda, de transcendencia del olvido, una peculiar manera de ser inmortal. Esa fama es deseada por la mayoría en la sociedad del espectáculo; la proliferación infinita de la fotografía en las redes sociales es consecuencia de ello. Preferimos dejar imágenes a dejar hechos, preferimos que nos recuerden por nuestro rostro más que por nuestras palabras. Pero el rostro es una abstracción, como demostrara el fotógrafo Thomas Ruff. Al igual que cuando pronunciamos repetidamente una palabra llega a perder su significado, así ocurre con la imagen del cuerpo, que llega a convertirse en un dato puro sin nada detrás, sin secreto o seducción. A eso llamamos obscenidad.
El concepto de lo obsceno, al igual que el de simulacro, han sido ampliamente estudiado por Jean Baudrillard y sus seguidores, en un análisis radical de la cultura del espectáculo que hunde sus raíces en los presocráticos, en Heidegger y en el estructuralismo francés. Partimos de la base de que todo acto tiene su lado oculto, que toda acción social responde a una dualidad o diálogo entre verdad revelada –aletheia- y signo oculto. El simulacro se define como algo falso que se apodera de toda la energía de lo verdadero y llega a ocultarlo; su concepto contrario, lo obsceno, define la realización total de lo real, algo ofrecido directamente a la vista, sin distancia alguna, sin un juego oculto que lo complemente. Con lo obsceno nos precipitamos, según Baudrillard, en “el devenir real, absolutamente real” de algo. Con frecuencia, sin embargo, las categorías comienzan a cruzarse y contaminarse en un mundo, el nuestro, donde nadie puede ya discernir entre la escena virtual y la escena real, porque todo es espectáculo mediático. Las imágenes se repiten constantemente, y algo que a priori sería un simulacro deviene con facilidad en una suerte de reflejo de lo obsceno. Entonces sobreviene la pérdida de sentido.
No nos cabe duda de que el coronel Muamar el Gadafi no quiso para sí mismo la muerte que celosamente ha cosechado, pero es seguro que alguna vez la soñó, en la confusa pesadilla premonitoria de todo dictador. Lo que posiblemente no llegó a concebir es la brutal instrumentalización que la imagen de su muerte indigna iba a sufrir. Es posible que la repetición hasta la saciedad, la cercanía alienante de la imagen de su agonía, sea la peor venganza que sus enemigos pudieran perpetrar, más que la propia ignominia de su muerte. Un rostro ensangrentado, una mano que toca la sangre, una masa informe de músculos que gesticula, donde alguien quiere ver un rostro, es todo lo que ha quedado de Gadafi para la historia. El sátrapa libio ha perdido con su muerte su propia entidad como persona, ha sido reducido a un dato puro, sin sentido, sin significado, ha sido tragado por la obscenidad de su imagen representada obsesivamente en los medios. ¿Acaso cabe mayor venganza? Esta escena contrasta con el respeto que un realizador tuvo ante el accidente mortal de Marco Simoncelli en Malasia, cuyas imágenes no fueron emitidas hasta que, horas después, el torrente obsesivo de los medios las capturó. Pero contrasta todavía más con la falta de todo documento en el cerco y muerte, hace unos meses, de Osama Bin Laden (La Amalgama-Bin Laden y los Escenarios) en Afganistán, ejemplo claro de simulacro orquestado. La distancia enorme entre ambas muertes me produce un hondo desasosiego, porque a la postre, en un mundo donde no hay comunicación sino contaminación, ambas muertes pueden ser en realidad simulacros, o ambas ejemplos de lo obsceno, una de ellas por omisión completa, o las dos cosas a la vez. En pactada contrapartida, el coronel Gadafi, dictador abominable, ha sido enterrado en secreto en pleno desierto. Descanse en paz.

CANTA, CIGARRA



Entre los grandes olvidados de nuestra literatura encontramos a un personaje del Siglo de las Luces, Félix María de Samaniego, que fue muy popular, sin embargo, en las aulas españolas entre los años cuarenta y ochenta del pasado siglo, después nada se ha sabido de él. Samaniego representa uno de esos casos tan comunes en nuestra pertinaz pseudo-cultura; el de un escritor del que todo el mundo ha oído hablar y nadie ha leído. Los escolares que ya tengan cierta edad recordarán alguna de sus fábulas, junto a las de su contemporáneo Tomás de Iriarte, en los libros de lengua de EGB, pero la entrada de la LOGSE lo arrumbó en el rincón del ostracismo, y lo más curioso es que lo hizo gracias a un monumental malentendido. Como explica Ernesto Jareño en una de las pocas ediciones que se pueden encontrar de su obra de corte edificante, Samaniego no es el moralista que las escuelas religiosas quisieron ver en él, sino más bien, acorde con los más adelantados de su siglo, un volteriano convencido, un ilustrado agnóstico y más bien anticlerical, un caballero amante de la buena vida campestre y un tanto libertino (véase su poesía erótica recogida en “El jardín de Venus”, tan difícil de encontrar en papel como accesible en la red). En cuanto a sus famosas fábulas, sigue a La Fontaine y a Esopo con la pretensión de formar o al menos aconsejar a los jóvenes pupilos de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, la primera de muchas instituciones de este tipo que intentaron limpiar los pueblos de supersticiones, revitalizar la economía e insertar en la dura mollera española el pensamiento de las luces. La intención de sus fábulas fue captada claramente por los lectores de finales del siglo XVIII y principios del XIX, no así por sus nietos. Quizá uno de los ejemplos más elocuentes lo constituya su versión de la antigua fábula de la cigarra y la hormiga. Hoy por hoy, todo el mundo está de acuerdo en considerar el texto una defensa del trabajo y del ahorro que personifica la hormiga a la par que una crítica de la vida fácil de mantenida de la cigarra. Pero lo que se lee en el texto de Samaniego es algo diferente. Al igual que La Fontaine, el autor alavés parece ponerse en contra de la hormiga, a quien trata de codiciosa, criticando su egoísmo al no querer prestar parte de sus provisiones a la cigarra, a pesar de que le sobran para vivir. En un dístico especialmente emotivo para un escéptico como Samaniego dice de la cigarra que “Nunca conoció el daño, / Nunca supo temerlo”, dejando en ella más bien un retrato de la inocencia de los jóvenes más que de un holgazán adulto, ejemplo de parásito social, que es la interpretación que siempre ha triunfado. La fábula es singular, pues carece de moraleja, y termina con un testimonio de la crueldad de hormiga, cuando condena a la cigarra: “Pues ahora, que yo como, / Baila, pese a tu cuerpo”. Los adolescentes bien formados en los ideales de la Ilustración, a los que se dirigía esta fábula, sí entendieron el mensaje tal y como Samaniego lo dejó escrito, no así nosotros, que siempre hemos dado por supuesta la versión ya desvirtuada de la fábula, popular en el siglo XX. Aquellos loables principios que alimentaron los selectos grupúsculos de ilustrados españoles han desaparecido; por eso, en una sociedad vacía de valores, donde el espíritu volteriano que animó a Samaniego se ha convertido en una especie de costumbre antigua que se sigue por inercia, es muy difícil entender que la fábula de la cigarra y la hormiga fuera un aviso a jóvenes incautos que podrían verse perjudicados por los codiciosos sin moral. En los tiempos que corren, más nos valdrá seguir el consejo del olvidado Samaniego, ahora que nos han apagado las luces de la fiesta.

LOS OJOS DEL ÉXODO




Nuestro país ha sufrido tradicionalmente un castizo desprecio por la educación como valor primordial en la sociedad. Las pocas iniciativas históricas a favor de un posicionamiento serio de carácter público por la renovación de la educación, entre las que cabe recordar la labor de la Institución Libre de Enseñanza a principios del siglo XX, han sido un grito en el desierto de ese rechazo secular. Todavía hoy, muchos escolares conservan una actitud de desprecio por todo aquello relacionado con la escuela que a la sociedad española le llega a parecer natural, relacionándola con los problemas de la adolescencia, cuando en realidad es un problema marcadamente español; el llamado fracaso escolar no existe en la mayoría de países centroeuropeos, por lo que hemos de concluir que es, como sus otros síndromes asociados (léase la alta tasa de paro) un problema cultural.
Por eso hoy dirijo mi vista hacia lugares lejanos y recuerdo las fotografías que Sebastiâo Salgado tomó en su célebre ciclo titulado Éxodos, donde aparecían las efigies de miles de desplazados de distintas partes del mundo, personas que tuvieron que abandonar su hogar por hambrunas, epidemias, guerras o represiones políticas. Dentro de este ciclo, Salgado tuvo la sensibilidad de dedicar un apartado a los llamados Niños del Éxodo, que, junto a sus familias, tomaron el camino de la deportación a temprana edad. El fotógrafo brasileño eligió una forma de retratar estas tragedias tan original como efectiva: animó a los niños a que se pusieran ante la cámara junto a los objetos e indumentarias más queridos por ellos y, para sorpresa suya, aquellos desfavorecidos desfilaron, en sitios tan alejados entre sí como Natinga, en Sudán o Tyre, en el sur del Libano, donde se encontraban sus campos de refugiados, mostrando sus humildes vestidos con una dignidad inaudita y presentando ante nuestros ojos sus cuadernos escolares, rotos y reutilizados en escuelas improvisadas sin apenas medios: ésos eran sus objetos más queridos, aquellos que les ayudaban a aprender, a educarse y acceder a una cultura que los hiciera más libres, más humanos y, si cabe, más dignos. Las niñas en especial, del campo de Sakhi, al norte de Afganistán o del asentamiento de Barra do Onça, en Brasil, o de tantos lugares olvidados nos decían con los ojos fijos en el objetivo qué era lo que apreciaban, lo que dotaban de valor, lo que consideraban digno de aparecer junto a las vestiduras con que cubrían el cuerpo desnutrido: esas hojas manuscritas con sílabas inseguras.
Esas imágenes hoy son imposibles en la sociedad occidental, y más concretamente en España; es más, consideraríamos a alguien que se retratara en esa guisa como un presuntuoso o un ingenuo, y nos haría recordar aquellos retratos escolares del desarrollismo. Aquí, los niños prefieren fotografiarse con sus ídolos, a los que emular en un futuro: magnates del fútbol y cantantes prefabricados. Sus objetos de culto son el balón y el micrófono. Los libros del colegio son excrecencias que sólo sirven para emitir juicios sobre sus precios desorbitados. No hurgaremos en la herida; la sociedad occidental es ante todo susceptible, resumiremos tan sólo la situación: unos esclavos que luchan por su libertad frente a otros que ansían aumentar su esclavitud.
Pero de algún modo esta actitud parece estar cambiando, nuevamente a resultas de la presión del pensamiento único neoliberal, que aprovecha la crisis para recortar derechos, una estrategia antigua que incomprensiblemente todavía engaña a muchos ciudadanos. Ante la presión de los distintos gobiernos, padres, alumnos y profesores parecen acercar posturas, establecer relaciones que antes definiríamos como frías. Una de las últimas iniciativas es la creación de bancos de libros y material escolar, que existía en contados centros educativos y que ahora parece contemplarse como una necesidad. Aquellos libros que a final de año se desechaban (yo vi en mi infancia a escolares patear cuadernos y prender hogueras con los textos), ahora se atesoran como grano para el invierno, a la espera de que otro los aproveche. Como en tantas ocasiones, nos damos cuenta tarde de todo lo que estamos a punto de perder y que en el pasado hemos derrochado sin valorar.

LA SATURACIÓN



El fenómeno no es nuevo. Ya desde los años setenta del pasado siglo, venía describiéndose una patología que unificaba de manera extrañamente fluida síntomas mentales y físicos. Nos referimos al fenómeno conocido como Elephant Men. Estos Hombres Elefante no tienen nada que ver con John Merrick, el personaje histórico descrito de forma tan memorable en la película de David Lynch. Son elefantes por propia decisión, o por incapacidad para no serlo; en cualquier caso, no nacieron sino como bebés completamente normales. Su principal característica es la acumulación de datos, pero en un sentido muy amplio de la palabra. Los datos que se acumulan en el cuerpo y la mente de estos hombres son de naturalezas muy variadas, pero tienen siempre un rasgo común: el exceso; son excesivos de forma inmanente, es decir, el principal rasgo que los define y que les es exclusivo es la saturación, su calidad de sobras, de excedentes. Esos son los datos que consumen los Elephant Men. Cuando uno de estos ciudadanos devora sin tino varias hamburguesas, perritos calientes y cualquier otro tipo de comida basura, está acumulando datos. Cuando pasa sentado ante la televisión la mitad de la jornada, ingiriendo un Reality Show, un concurso casposo, una telenovela o cualquier producto asimilable desde la absoluta pasividad, acumula datos. Cuando navega por la red a altas horas de la madrugada entrando en páginas perfectamente prescindibles, nacidas de un hastío cancerígeno, acumula datos. Esa es su función. El cuerpo de un Elephant Man es mastodóntico, pero no por una enfermedad no elegida, sino por el volumen de grasas que ha llegado a almacenar. Su mente registra el mismo grado de acumulación, por lo que mente y cuerpo viven en una armonía extraña y fatal, tan perfecta, tan íntima, que no hay regreso posible para el síndrome. La enfermedad, como otras tantas, no es asumida por el sistema público. Tampoco es tratada por los seguros privados.
Existe un antídoto en estadios tempranos, se llama educación, pero los Elephant Men han tardado muchos años en desarrollar su status, y es difícil que lo pierdan a fuerza de consejos y lecciones de personas ajenas a su círculo. La situación se agrava por la circunstancia de que es un síndrome familiar, con lo que el entorno cierra el círculo de la saturación.
En un libro breve y aleccionador titulado “El otro por sí mismo”, el sociólogo de la postmodernidad, Jean Baudrillard, desarrolló un concepto que se basa en parte en el conocimiento de esta patología. En la sociedad actual, los ciudadanos somos pantallas receptoras de datos, pero el exceso de información, la rapidez en la recepción, la saturación general que impregna al sistema, impiden que los datos que se obtienen sean sometidos al correspondiente procesado, del que debe surgir un output, una respuesta, algo nuevo, una emisión por parte del receptor. Pero no surge nada. Las pantallas receptoras lo guardan todo, los Elephant Men lo acumulan, todo se almacena, ¿a la espera de qué?; demasiado pronto, antes de lo previsto, de forma súbita, sobreviene la muerte, precisamente a causa de la propia saturación. Después de décadas de atesorar datos inútiles, como un coleccionista demente, el individuo desaparece y los datos se pierden en la tierra y el éter. La muerte sin creación, sin respuestas, sin ofrenda alguna al entorno que acogió la vida, es una obscenidad y un lujo desmesurado.
Combatir este orden de cosas es objetivo de una educación sana y responsable, porque no hay otra salida posible a este círculo cerrado de apelaciones sin respuesta. Por desgracia, todos los indicios que sobrevienen en estos momentos, a un ritmo tan acelerado que no podemos procesarlos, son desalentadores, así que cabe la sospecha de que dentro de veinte años todos seremos Elephant Men y que las pantallas receptoras llenarán unas ciudades desiertas y silenciosas.

martes, 14 de febrero de 2012

MISERIA SOCIAL




Aunque no soy partidario del abuso de las cifras estadísticas en las disciplinas que forman el cuerpo de las llamadas Ciencias Sociales, en tanto impidan la asunción de un método específico para las mismas, tantas veces propugnado por diversos autores, tengo que decir que el texto de hoy se verá invadido por la estadística en toda su extensión. La evidencia que aporta la misma al tema así lo requiere.
El pasado marzo, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), lanzó en su barómetro el tema de la implicación social de los españoles, del voluntariado y de la pertenencia a asociaciones sin ánimo de lucro. Aunque el núcleo del barómetro mensual es la política, y últimamente también la economía, una parte del mismo se centra en sondear ciertos temas concretos aparentemente de menor interés para el ciudadano. Sinceramente pienso que la colaboración social debería ocupar más espacio y aparecer con más frecuencia en las encuestas del CIS. Y es que las conclusiones que podemos extraer en ellas sobre la salud social del país son tan rotundas que llaman a la alarma. Así, la pregunta nº 7 sondeaba la asistencia de los españoles a reuniones para realizar actividades colectivas o su participación –por el bien de la comunidad- en recogidas de firmas, limpiezas de parques o similares. Entre un 74’5 % y un 75’7 % de los encuestados respondió no haber participado jamás. Más de la mitad de los encuestados no ha pagado jamás una cuota de una organización sin ánimo de lucro (entre las que encontramos las ONG’s, pero también las asociaciones de vecinos y similares). La pregunta nº 8 se centraba en el voluntariado social, por supuesto sin remuneración. Entre el 87% y el 96’7 % de los encuestados declaró no haber realizado jamás las siguientes actividades de voluntariado: ayudar a personas en exclusión social o con discapacidad y dependencia, cuidar de personas enfermas, trabajar de voluntario en medio ambiente o cuidado de animales, cooperación al desarrollo o protección civil. Las cifras hablan por sí solas, y más si las comparamos con Alemania, donde los jóvenes invierten una tarde semanal en cuidar ancianos de su comunidad.
Si olvidamos por un momento la miseria económica a la que nos abocamos, quizá nos aparezca con más claridad la absoluta miseria social española que esta encuesta pone en denuncia. Un país, paradójicamente, que vivió serios periodos de carestía donde la ayuda mutua entre vecinos y ciudadanos fue esencial para la supervivencia de miles de personas, y que hoy, en una aparente burbuja de bienestar, se permite dejar en manos de un estado cercado cuestiones de primera necesidad con una alegría e inconsciencia verdaderamente preocupantes. Damos la espalda a actividades que sólo ejerciendo como ciudadanos responsables pueden ser resueltas, mientras un pequeño número de españoles comprometidos hacen las tareas por nosotros, y aún nos atrevemos a exigir a esas personas que trabajan por pura responsabilidad social mejor gestión, mayores resultados. Por ejemplo, tan sólo el 15’8 % de los españoles está afiliado a un sindicato frente al 60 % de todos los países nórdicos o el 40 % de Alemania. Sin embargo, somos muy críticos con estas agrupaciones que suelen resolver problemas a personas que jamás se han afiliado. Eso sí, las elecciones sindicales registran entre un 70% y un 75% de votantes, más que las destinadas a elegir representantes políticos. Es decir, que en realidad sí confiamos en ellos, pero no somos capaces de implicarnos ni para pagar una cuota mensual. Un último dato, el grado de afiliación de los empresarios a asociaciones que los agrupan (CEOE o similares) es del 72 %, la cara opuesta al asociacionismo de base y sin ánimo de lucro. Resulta triste comprobar que la miseria económica de los españoles se vea acompañada por tan vergonzosa miseria social.

ESAS LUCES AZULES




Hoy no hablaremos de televisión basura, no hablaremos de la omnipotencia mediática del fútbol, que margina los demás deportes al mundo de las reseñas, hoy no hablaremos de la dictadura de la prensa rosa en las franjas horarias más concurridas.
Hoy quiero contar solamente cómo, hace unos días, salí de casa al oscurecer y dirigí la vista hacia uno de los bloques circundantes; había seis luces iluminando las correspondientes ventanas. Haciendo un viaje al pasado, el lector imaginará el color de esas luces de hogar, de un pálido tono anaranjado, fruto del tungsteno de las bombillas. Lo que yo veía, sin embargo, era un conjunto de cinco tenues luces azuladas que relampagueaban tras los visillos medio corridos y otra luz esquinada de color naranja, que destacaba por ser excepción. Era sugestiva la conjunción de colores, los destellos rítmicos del haz azul, la danza abstracta de los electrones en los televisores de los salones a oscuras. Eso vi, y pensé primero en el error de esos espectadores que no habían encendido una lámpara auxiliar para mitigar el efecto nocivo de la iluminación del televisor en la oscuridad, luego recordé la famosa regla de los dos metros, distancia mínima aconsejada entre el aparato y quien lo mira. Pero, francamente, no le di a esto mayor importancia, habida cuenta de que la mayoría de los espectadores no pueden cumplir esta recomendación, porque en las atestadas salas de estar, entre sofás-mundo y aparadores-transatlántico, no hay manera humana de que medien dos metros entre la tele y el acomodado espectador, a no ser que injerte su cabeza al cojín más aplastado, medida que ningún ingeniero agrónomo recomendaría. Pensando un poco más, decidí que tampoco era preocupante que aquellas cinco familias se estuvieran quemando la vista delante de la pantalla de fósforo, porque, a la postre, practicaban la adoración al lar vencedor, al dios supremo que conquistó los hogares de la ciudad y del campo.
Pensé otra cosa, pensé, lo que ya es esfuerzo, que este Dios nuestro de la Televisión, del que todos comulgamos, es un Dios maleducado, al contrario que los cientos de exquisitos y sofisticados lares de Roma; pensé que es un Dios cruel, capaz de llevar al linchamiento a una persona inocente en un juicio mediático paralelo, como hemos visto tantas veces; pensé, en fin, que este Dios-televisión es como un animal doméstico al que hay que enseñar a cagar y mear en su cajita, porque si no pondrá la casa perdida, que es como un niño adolescente y malcriado que nos hecha en cara sin piedad todos los errores y debilidades que tuvimos con él cuando contaba diez años menos.
Mientras observaba en silencio los relámpagos sobre el cielo raso de los salones vi claramente que somos nosotros los educadores del Dios-Televisión, y que de nosotros depende que emita a través de sus divinos cables improperios y blasfemias o pastelillos de cabello de ángel y huesos de santo. Y es que, al final, los que configuran las listas de audiencia son los creyentes. Así pues, ya está bien de zaherir con culebrinas a este Dios omnipotente, omnipresente y omnívoro, ya está bien de hacernos las víctimas y simular que somos corderos sacrificiales de su apetito sagrado, ya está bien de gritar “yo no he sido”, mirar para otro lado y pedir más carnaza, porque quien esté libre que tire la primera piedra, y si resulta que el vecino prefiere ver la tele a menos de un metro y verla a oscuras porque así se siente más unido a su Dios, hará siempre lo que se puede esperar de él, porque todo Dios es el espejo del pueblo que lo adora, igual que toda democracia es imagen de la sociedad que la sustenta. Nos ha tocado adorar a un Dios infante, nos ha tocado enseñarle y que él aprenda de nosotros, lo que Él nos dé es cosa nuestra, pero pobre del pueblo que maleduque a su Dios en la niñez, porque toda su cólera caerá sobre aquél cuando madure.