martes, 14 de febrero de 2012

VINDICACIÓN DE LOS FENICIOS



La civilización fenicia representa una de esas tristes paradojas que en ocasiones nos depara la historia. Una paradoja que enseña. Ya antes del año 1100 a. de C., las ciudades de la costa del actual Líbano comenzaron a extender sus redes comerciales por todo el Mediterráneo. Su método era infalible, pues las mercancías fenicias solían ser objetos de lujo, poco pesados pero muy valorados, de forma que los largos viajes resultaban rentables. Pero en los barcos fenicios viajó algo más que cuentas de vidrio, ricos paños teñidos de púrpura o exquisitas piezas de orfebrería; desde Tiro, Sidón y Biblos viajó la escritura alfabética hasta las playas de Tartessos. Exportaron su amor por la aventura, la exploración, pero también el gusto y la sofisticación oriental. Fueron los primeros en circunnavegar África, por encargo del faraón Neco, en el año 600 a. de C., y nadie creyó en sus crónicas hasta que se demostró la esfericidad de la tierra. Los fenicios, en su afán civilizador, exportaron a todas sus colonias el sistema democrático más avanzado de la época, sin monarquía, y con el poder dividido en los llamados sufetas o jueces, que se controlaban mutuamente. El Consejo de Ciento y la Asamblea de Ancianos, así como la Asamblea del Pueblo, han pasado a la historia antigua como las instituciones representativas más democráticas, y cuentan los griegos que la crisis de Carthago -los fenicios occidentales- radicó precisamente en la lentitud de estas estructuras, dadas las excesivas consultas al pueblo. Su cultura literaria, como su gusto, fue vasta y diversa, pero nada ha quedado de los inventores de nuestro sistema alfabético, porque la paradoja radica en todo ese corpus germinal desapareció sin dejar rastro por obra del recelo, la envidia y, sobre todo, por la avaricia de sus vecinos, que a la postre han sido sus morosos albaceas. Los textos griegos tildan de ladrones a los fenicios, pero envidian su cultura. Los israelitas, recelosos, describen exclusivamente sus rituales bárbaros, hablando de sacrificios infantiles, sus profetas predicen con saña la total debacle de los vecinos, pero ponen el nombre de una de sus ciudades, Biblos, al libro sagrado. Los asirios someten, como predijeran los israelitas, las ciudades fenicias, que son borradas de la tierra por el Imperio Persa. Los romanos, en fin, arrasan Carthago labrándola con sal pero ensalzan sus dotes militares para hacer más excelsa su propia victoria. En resumen, nada ha quedado de las crónicas fenicias, quemadas o vendidas al peso, y los testimonios sobre un pueblo tan admirable nos han sido legados por sus fieles enemigos.
En este momento, cuando se escenifica en occidente la derrota del pensamiento, la ironía y las comparaciones excéntricas penetran más que los juicios de la razón. En un texto casi elegíaco, F. L. Chivite se preguntaba en La Verdad del pasado sábado qué fue de los intelectuales. Notaba el columnista la ausencia de “gente inteligente y preparada” en las tertulias mediáticas. Si la principal virtud del intelectual es que es insobornable, hemos de concluir con Chivite, que el crédito moral de los formadores de opinión es cero. Quedan los profesores, los educadores, que de costa en costa hacen florecer la cultura, que extienden el alfabeto por las aulas, que pregonan los valores democráticos que ya nadie defiende y elevan el gusto y la sensibilidad de los jóvenes por las más bellas cosas que ofrece la naturaleza, que agrandan su espíritu investigación y de aventura. En un país donde la cultura y la educación son tradicionalmente miradas de reojo, la excelencia provoca el rechazo, y sus frutos, la avaricia. Esos pobres diablos que intentan sostener la cordura de nuestra sociedad son envidiados por los ingenuos y los resentidos, o vilipendiados por políticos vacuos, y puede que con el tiempo la noticia de sus esfuerzos sea dada por quienes los hicieron caer. Los destinos de los fenicios y de los educadores de hoy no por lejanos dejan de tener un triste paralelismo, y son buena vara para medir lo que es capaz de destruir la incultura, la estupidez, la envidia y la codicia de lo ajeno.

lunes, 13 de febrero de 2012

El GRAN MERCADO TE OBSERVA (II)



La Reforma Constitucional sigue su camino y entretanto asistimos a los descontentos con la reforma, miles de ciudadanos reclaman hacer oír su voz en las plazas del país, los sindicatos se manifiestan en contra, varias asociaciones de jueces desaconsejan la reforma, los catedráticos de derecho y de ciencias políticas de distintas facultades redactan artículos contrarios a su tramitación. En el eterno vecino, Francia, el bloque completo de la izquierda política y parte del centro rechaza una reforma de carácter menos radical que la nuestra, señalando, en palabras de Jean-Luc Melenchon, que “el plan de reducción del déficit es un sinsentido dramático, porque agravará las desigualdades, empeorará la recesión y por lo tanto aumentará los déficits”. Por desgracia, a diferencia de nuestros vecinos franceses, los españoles no pensamos. Si lo hiciéramos, descubriríamos que los presupuestos neoliberales en los que se basan las últimas actuaciones de los gobiernos europeos son los causantes precisamente de la actual crisis, que el gasto público no es el culpable de nuestro déficit, sino la desfiscalización progresiva auspiciada por aquella soga de ahorcado llamada Maastricht, en la que se prohibió a los países acogidos financiarse a través de bancos centrales y tener que beber de forma irremediable el agua envenenada de los mercados financieros a intereses abusivos para los países periféricos. Son los mercados financieros los que hacen negocio en esta situación, los que modelan los tipos de la deuda y crean de esta manera a su antojo las situaciones de opinión respecto a los deudores y los que, finalmente, obligan a los estados a reparar sus costosos errores sin que estos reciban nada a cambio. La situación creada se ha dado en llamar “capitalismo financiero”, una fase avanzada del sistema que favorece a los que no producen, los especuladores, y demoniza los actos de la cosa pública por entender que malgasta y resulta ineficaz. Por desgracia para el ciudadano, que es quien sufre los rigores de este totalitarismo económico, el ideal propagado con perverso triunfalismo por Fukuyama en su teoría del “Final de la Historia” ha demostrado ser no sólo falso sino también peligroso, porque su desenlace es la condena a la ruina de todo el globo en beneficio de unos pocos parásitos incapaces de generar riqueza, cosa que sí hace, y nadie ha conseguido demostrar científicamente lo contrario, el estado social. Como deja claro el Manifiesto de Economistas Aterrados, firmado en 2010 por 630 reputados economistas franceses y que a principios de 2011 había sido secundado por 3095 profesionales, los mercados financieros han sustituido a la financiación bancaria, las empresas financian a los accionistas, y no al contrario, como sería lógico; el interés común ha desaparecido, el único objetivo de los empresarios es satisfacer la avidez de los accionistas, muy en la línea de la época del individualismo “hipermoderno” que nos ha tocado vivir. El argumento más evidente de que esta profilaxis enfermiza que es la reforma sólo servirá para empobrecernos más es el absoluto desprecio que el ojo del Gran Mercado ha deparado a la misma. Ni un solo gesto positivo salió de los dueños de nuestra deuda, antes bien, más exigencias.
Finalmente, es desolador comprobar la falta de imaginación y coraje de nuestros gobernantes, la mezquindad con que las disciplinas de partido atenazan a políticos con la carrera agotada, la absoluta falta de ética política de la mayoría del Congreso, que ha permitido que la primera reforma significativa de nuestra Constitución sea auténtico un golpe de estado neoliberal y un insulto a los universales democráticos. Lo peor de todo es estar tan seguro de que esta reforma, además de ser una vergüenza, será el germen de no pocos males, y callar. Por eso estas líneas dolientes y estos aires de luto.

El GRAN MERCADO TE OBSERVA



Cuando George Orwell publicó su célebre distopía “1984”, centrada en el poder absoluto del totalitarismo, poco podía imaginar que el reflejo de la misma en el futuro sería precisamente el desmontaje del estado-nación que él llevó a su paroxismo, y que el ojo omnipresente del dictador sería en cambio el de los llamados “mercados”, manifestación fantasmal y ectoplásmica del capitalismo salvaje. Pero lo cierto es que, efectivamente, ese ojo incólume se ha manifestado durante estos días en España, en pleno Congreso de los Diputados. La Reforma Constitucional del artículo 135 de nuestra hasta hoy sagrada Carta Magna (pobres de los que en el pasado pretendieron mancharla con sus propuestas de mejora), que tiene por objeto la eliminación por ley del déficit en las cuentas públicas, es el primer clavo en el ataúd ya desbastado del Estado del Bienestar. Si en la novela de Orwell se hablaba en la llamada “neolengua”, derivada del inglés pero conservando solamente las palabras adecuadas para los fines represivos del régimen, en los términos de la reforma que hoy analizamos se habla en clave de capitalismo neo-liberal, pero en modo alguno en lenguaje democrático. Recordamos de nuevo a Lyotard y su descripción del capitalismo como totalitarismo lingüístico. Siguiendo a Eric Hobsbawm, sabemos que “el ideal de la soberanía del mercado no es un complemento de la democracia liberal, sino una alternativa a este sistema. De hecho, es una alternativa a todo tipo de política, ya que niega la posibilidad de tomar decisiones políticas”. Según las propias palabras de nuestros representantes políticos, la reforma es necesaria a modo de analgésico para el mercado. Si esto es así, y hacemos caso a Hobsbawn, que para eso es el más listo y el más viejo de la clase, nuestros representantes políticos están actuando contra sí mismos y, por tanto, en contra de las personas a las que representan. No es la primera vez que esto ocurre, por supuesto, pero sí son inéditas en nuestra joven y ya decrépita democracia las circunstancias actuales: propuesta realizada en pleno mes vacacional, con un parlamento al borde de su disolución, sin comisiones ni debates profundos (en Alemania se aprobó tras varios meses de serias deliberaciones), con prisas y sin tiempo para buscar consensos, bajo un supuesto mandato de entidades no democráticas, como el Banco Central Europeo (que presta a la banca privada al 1’5 % y a los estados que acoge al 5’5 %) y, sobre todo, con la negativa de un referéndum dirigido a los ciudadanos del país. Estas son algunas de las circunstancias que hacen de esta reforma una especia de golpe de estado a nuestra Constitución. Luego están los agravantes: tan solo 16 diputados frente a 318 han votado, no ya radicalmente en contra, sino a favor de una consulta popular previa. Los argumentos de los partidos mayoritarios en contra de una actividad tan sana como un referéndum son un ejemplo de absoluto desprecio a la voluntad de los ciudadanos: va a crear confusión, no hay obligación legal, está muy claro lo que el pueblo quiere.

LA ÉPOCA DORADA DEL CARIÑO



La historia es cíclica. O, como diría Eugeni D’Ors, es pendular. Aparentemente, son tres o cuatro las generaciones que se necesitan para volver al punto de inicio, aunque esa regla no es aplicable hoy por hoy, en un sociedad donde las generaciones se suceden a un ritmo de diez o quince años y no por el clásico patrón de treinta años que corresponde al esquema de abuelo, padre e hijo.
Nuestro ciclo se inició cuando los más viejos del lugar tomaron la decisión de tener descendencia, y adoptaron el modelo que les llegaba desde tiempo inmemorial: el de un padre recto y absoluto que no necesitaba explicarse para imponer su voluntad. Este modelo variaba en función del carácter de los progenitores, como ocurre en otras tantas facetas de la vida, pero el esquema logocéntrico (aquí mando yo, haces lo que yo te digo, vives en mi casa, etc) permanecía inmutable. Si los padres eran personas medianamente equilibradas y lograban expresar sus sentimientos con cierta fluidez, aquello de obedecer por narices se le terminaba semejando al hijo como un bálsamo suave dentro del que pasar la niñez cómodamente y sin sobresaltos.
La asunción del problema viene cuando el padre, o la madre, o los dos juntos, puestos a estar de acuerdo, se convertían en verdaderos tiranos para con sus hijos. Crecían niños hambrientos de cariño, en un desierto de ternura que hoy, aparentemente, nos parece olvidado. Los tiernos infantes, cuando dejaban de ser tiernos y se disponían a su vez a tener descendencia, recurrían a dos sistemas: uno, tomar venganza, que era el menos extendido, lo que prueba que el hombre es más sensato de lo que parece; dos, procurar que a sus hijos no les pasara lo que a ellos, que es una digna interpretación de la teoría de la selección natural y una severa lección para la historia oficial de los políticos, esos señores “caros e inútiles”, como decía Icíar Bollaín. Los discursos paralelos a esa decisión ecuánime nos los conocemos todos: estudia, hijo, que no seas desgraciado como tu padre; apréndete la lección, que seas algo en la vida, etc.
Paradójicamente, esta actitud llevó a la segunda asunción del problema. De igual forma que sus padres se habían extremado con ellos, así ellos se extremaron y mimaron en exceso a sus hijos, rodeados de algodones y melaza, protegidos de las inclemencias del tiempo, ignorantes de las durezas de la vida y de los extremos de las posguerras y las dictaduras. Niños malcriados, tristemente. Amor, esfuerzo, voluntad y sacrificio desperdiciados en unas mentes que se quedan varadas en la adolescencia sin lograr superar la edad del capricho, que se casan, tienen hijos y envejecen en una asepsia cómoda, egoísta y autocomplaciente. Esta generación, escondida en cuerpos todavía jóvenes, puebla las calles de Occidente. Tras la desaparición de las contraculturas, la molicie se ha apoderado de ellos, sin nada mejor en que pensar que en su propia satisfacción.
Ya tienen hijos, y comienzan a crecer. Son niños ignorados e ignorantes del amor de sus padres, pendientes sólo de sí mismos. Estos niños, que pronto llegarán a la adolescencia, han reproducido las carencias de sus abuelos, pero con un velo de seda helado que les cubre el corazón. Son vampiros de cariño, de atención y consideración, ante la indiferencia de sus padres. Esos niños pueblan hoy los albañales de los cinturones urbanos, juegan solos frente a pantallas azules en ausencia de las familias y, a veces, sólo a veces, encuentran algún amigo junto al que construir un paraíso interior. El azar los pone ante ti, y a la primera muestra de empatía, te dan un mundo. La historia es cíclica. O pendular, como diría Eugeni D’Ors, y es envidiable lo que recibirán los hijos de estos niños infelices.

LA FÁBULA DE LA MERCANCÍA ABSOLUTA



Érase una vez un humilde ganadero que poseía un establo poblado de vacas y cabras. Alimentábase el señor de productos propios y de trueques que realizaba con sus vecinos hortelanos. Vivían todos en concordia en una soleada aldea llamada Pigs, trabajando sus tierras y cuidando sus animales. Había, sin embargo, en alguna aldea no muy lejos de allí, otro granjero que, cansado del trabajo diario y envidioso de la prosperidad del resto, inventó una estrategia para prosperar rápidamente sin esfuerzo, porque su obsesión era la falta de tiempo. Se hizo vendedor y ofreció a los aldeanos de Pigs un jugoso postre que llamó Golosinas de Aire. No tenía sabor, ni forma, ni siquiera se sostenía en una materia concreta, lo que lo hacía radicalmente novedoso, puesto que el producto del ganadero de Pigs más apreciado por sus congéneres era el yogur griego, dulzón, untuoso y de un blanco ya muy visto. El caso es que las inocuas Golosinas de Aire empezaron a triunfar, al principio canjeadas por leche, aceite, vinos y otros productos de primera necesidad (entre los que siempre se incluía alguna caja de whisky irlandés). El vendedor pudo ampliar su fábrica de golosinas y dotarla de unas imponentes naves tardomodernistas, con las fachadas cubiertas de tuberías, válvulas y depósitos de acero inoxidable. Ningún granjero o agricultor de la aldea de Pigs podía acceder, a pesar de tales lujos, al interior de la fábrica, puesto que el vendedor, como buen comerciante, distribuía a todos los rincones de la comarca sus inefables golosinas que, como eran de aire, viajaban en un sí es no es a las aldeas más alejadas. El caso es que si los habitantes de Pigs hubieran podido acceder al interior de la factoría no se hubiesen encontrado con un lago de chocolate, como en la fabrica de Willy Wonka, sino con un tenebroso vacío a oscuras que algunos, en voz baja y temerosos, comentaban que contenía una cosa llamada Mercancía Absoluta. Claro es que las naves tenían que estar por fuerza vacías, puesto que fabricaban Golosinas de Aire.
Pasó el tiempo. La fábrica se hizo mucho más grande, más brillante y más misteriosa. Ahora, los habitantes de Pigs ni siquiera podían verla a lo lejos, porque una alambrada de aire cercaba las instalaciones. Mientras tanto, los establos y huertos de Pigs seguían con su aspecto rudimentario de techos de paja y carrizo, de empalizadas de troncos. El yogur griego de nuestro ganadero era, a pesar de todo, muy apreciado en la comarca, extrañamente más apreciado que las Golosinas de Aire. Vistas las cosas, el vendedor, que siempre necesitaba más y más tiempo, convenció a algunos holgazanes envidiosos para que hablaran mal del ganadero, y de paso de los humildes hortelanos de Pigs. Como a nadie la gusta que hablen mal de uno mismo, los granjeros compraron costosos tejados y sobrediseñadas empalizadas para sus explotaciones, de forma que los envidiosos, que ya parecían convencer a una parte de los ciudadanos de Pigs, no los trataran de sucios o desaliñados. Pero las cubiertas de acero sólo se encontraban en la fábrica de Golosinas de Aire, y el yogur griego, con tantas habladurías, se canjeaba muy mal con estos dulces sin sabor, así que ya no quedaban excedentes de leche para canjear con los hortelanos. Llegó un momento en que a nuestro ganadero, que había forrado por completo su granja de chapas de metal, se le empezaron a morir las reses por falta de oxígeno, y no pudo satisfacer las exigencias cada vez más acuciantes del vendedor. Los envidiosos de Pigs hicieron muy bien su trabajo, a sueldo de suculentas Golosinas de Aire, porque en poco tiempo el ganadero -y también sus amigos hortelanos- empezaron a ser tildados de roñosos, de malos pagadores, de gente sin palabra. Conforme se extendían los rumores, las chapas de metal, por arte de maravilla, se iban convirtiendo en Golosinas de Aire, pero el ganadero se dio cuenta justo en ese instante de que estos dulces maravillosos no se pueden comer, ni oler, ni coger. Recurrió desesperado a sus vacas, porque el hambre le acuciaba, pero vio horrorizado como sus vecinos hortelanos, antes amigos suyos, le robaban, famélicos, las pocas vacas que seguían vivas. Desesperado, se sentó en el suelo a ramonear unas briznas de paja mientras pensaba lo tontos que todos habían sido al pensar que una golosina de aire es algo que se pueda comer.

SEMILLAS EN EL HIELO



Adelantábamos la posibilidad de establecer un paralelismo entre la pérdida de la diversidad de discursos a causa del capitalismo como totalitarismo lingüístico y la pérdida de biodiversidad, de riqueza genética, sobre todo en agricultura y ganadería. Este último fenómeno no es nuevo, y la literatura científica sobre el mismo es muy extensa, no es para menos, porque su impacto sobre nuestra forma de vida está siendo muy grave, a pesar de que la mayoría de la población poco sabe de él. Analizada por Charles Siebert en el último número de Nathional Geografic, la divulgación de esta pandemia genética que es la pérdida de toda la tradición biológica que el mundo ha acumulado en 10.000 años se torna esencial. También aquí, y en un proceso similar, el capitalismo como discurso totalitario condena a la desaparición manifestaciones de la “diferencia” (por usar un término cercano a Lyotrad y la postmodernidad). En este caso, la “diferencia” representa miles de variedades autóctonas creadas por generaciones de agricultores de todo el mundo que han desaparecido o desaparecerán en los próximos años a favor de variedades dominantes seleccionadas por dos cualidades fundamentales: continuidad en la forma y el aspecto y facilidad de transporte. Discurso convencional, pensamiento único, producto uniforme. La selección y posterior destrucción de especies por parte de la producción capitalista no tiene en cuenta el sabor o las cualidades culinarias de cada producto, ni, por supuesto, la posibilidad de preservar la variedad de colores o formas, sino sólo su fácil venta. Inevitablemente, las variedades clásicas, más sabrosas, más beneficiosas para el ser humano, y auténticos tesoros a la hora de mantener mediante cruces la diferencia genética, están condenadas a desaparecer. El problema ya fue detectado por Cary Fowler en los años setenta, quien se embarcó en un proyecto hoy famoso llamado Cámara Mundial de Semillas, con sede en el frío norte, en el archipiélago de Svalbard (Noruega). Entonces fue tratado de visionario; hoy, el Arca de las Semillas, como a veces se la denomina, es uno de esos lugares míticos que mezclan la esperanza humana imperecedera y el espanto más desalentador. Protegidas bajo la capa de eterno permafrost, las viejas semillas que sembraran nuestros abuelos a mano, que los indígenas de culturas ancestrales guardaran como metal precioso, descansan seguras ante una eventual y cada día más cercana catástrofe alimentaria. Duermen, pero a su modo velan por nuestro futuro. De alguna forma, estamos reaccionando como los monjes de dispersos monasterios en la Edad Oscura posterior a la caída de Roma, recopilando, copiando y guardando fragmentos del saber humano, del pensamiento, de la genética, de la cultura.
Según cuenta Colin Thubron en su deslumbrante libro de viajes “En Siberia”, los nativos de la lejana península de Kamchatka, donde las temperaturas invernales se cuentan entre las más bajas en tierras habitadas cuentan la leyenda de que las palabras pronunciadas en el invierno se congelan nada más ser pronunciadas y caen a tierra en un sonido de cristales para florecer como susurros en primavera… Marcelo Piñeyro rodó en 2002 “Kamchatka”, que juega con la metáfora de Julio Cortázar en “Casa tomada”, y convierte, en la imaginación de un niño, la helada península en un lugar de refugio, en el último territorio libre de la dictadura, más allá de toda esperanza racional. Svalbard y Kamchatka tienen mucho en común; son sueños para una humanidad cercada, lugares utópicos, blancos y lejanos que, traspasado el horizonte de la desesperación, parecen apuntar una regeneración para un mundo, el nuestro, empobrecido, anodino, aterradoramente uniforme, aburrido hasta la extenuación. Ese mundo de hambrunas, de pensamiento devastado, ese mundo uniformado, plano, es el que hemos creado a través del espejismo de la globalización de un capitalismo que no ofrece recambio ni futuro.
Hasta que las palabras germinen en primavera.

CAPITALISMO Y LENGUAJE



En un pequeño libro compuesto por cartas reunidas en 1985, el padre de la postmodernidad, Jean François Lyotard trataba de clarificar conceptos fundamentales de esta línea de pensamiento a varios adolescentes. El título de la recopilación, “La postmodernidad (explicada a los niños)”, es elocuente; evidentemente, las cartas iban dirigidas a lo que en España hubiéramos llamado alumnos de “Altas Capacidades” y en Francia no eran sino jóvenes bien formados con padres sensibles a la importancia de la alta cultura y del pensamiento en la educación. A Alexandre Demoule, actualmente un famoso experto en bio-medicina, le enviaba Lyotard un “Memorándum sobre la legitimidad” en el que distinguía dos tipos de totalitarismo; el nazi-estalinista, definido como político, y el capitalismo, del que Lyotard dice: “el principio según el cual todo objeto y toda acción son aceptables (permitidos) si pueden entrar en el intercambio económico, no es totalitario en un sentido político sino que lo es en términos de lenguaje, puesto que apela a la hegemonía completa del discurso económico”. Lyotard señala que este discurso tiene como norma básica expandirse sobre cualquier otro juego lingüístico, “(por ejemplo, hoy en día, los conocimientos tecno-científicos) y neutralizar su poder de acontecimiento por medio del pago. La extensión del mercado, evidentemente, no tiene nada que ver con la universalidad republicana”. El texto se escribió hace más de veinticinco años, sin embargo, los fenómenos que explica al chico francés han seguido desarrollándose hasta límites que Lyotard no podía prever. Es un hecho, criticado duramente por los postmodernos, que el discurso científico ha dejado de existir como tal fuera del mercado, de forma que hoy podemos hablar de técnicos en ciertas materias científicas, pero raramente de verdaderos científicos. Hace años, el terreno de las “ciencias del espíritu”, según terminología alemana, o “humanidades”, según acepción latina, parecía protegido por el estado-nación que alberga la Universidad. Hoy, tras el protocolo de Bolonia, eso ya no es así. En tiempos de Lyotard todavía se usaba la figura del ciudadano como encarnación de los universales de la Ilustración, hoy, en los tiempos hipermodernos, como bien sentencia Gilles Lipovetsky, el ciudadano ha sido sustituido por la figura del consumidor.
La principal consecuencia, sin embargo, de lo expuesto por Lyotard, no es la evolución de la estructura del capitalismo: hay otro efecto más profundo. No se nos escapa, desde Heidegger, que hablar de lenguaje no es sólo hablar de pensamiento, sino del propio ser, de Da-sein. El lenguaje es la casa del ser. Siendo esto así, la expansión del discurso capitalista, la eliminación práctica de otros discursos adyacentes, trae consigo con el tiempo cambios en la estructura del propio pensamiento del hombre, y al final, de su esencia. Hoy por hoy, la mayoría de nosotros somos incapaces de generar ciertos pensamientos perfectamente lógicos y comprensibles en siglos pasados, y si lo hacemos somos condenados a la absoluta incomprensión. Esto no es nuevo, ya Michel Foucault investigó estos cambios epistemológicos; según el autor francés, las “epistemes” son como eras del pensamiento. Lo que ocurre es que el cambio epistemológico actual supone un radical empobrecimiento, una reducción inaudita de nuestro ámbito de conocimiento. Si seguimos el tópico y, haciendo caso a Wittgenstein, los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, se está produciendo una pérdida irreversible de “mundo”, en tanto riqueza secular del pensamiento humano. Asistimos a ella impertérritos, sin darnos cuenta que no es una pérdida trágica, como la que, tras la caída del Imperio Romano llevó a la “época oscura”, sino una imposición totalitarista e interesada. Hay una frontera entre lo que se puede y lo que no se puede decir. Si seguimos esta línea de discurso, terminaremos hablando de atentados contra la humanidad, en tanto conjunto de saberes. Dejo aquí la cuestión y propongo una reflexión próxima, el establecimiento de un paralelismo entre pérdida de saberes y discursos (pérdida de mundo) y pérdida de biodiversidad genética.