lunes, 13 de febrero de 2012

LA CEREMONIA DEL “POTLATCH”



El ritual, denominado “potlatch” en la lengua original, se llevaba a cabo en varias tribus amerindias de la costa del Pacífico Norte hasta que fue prohibido por las autoridades estatales de Canadá y USA. Un miembro importante de la tribu convocaba a sus congéneres a un gran festín durante el que regalaba y repartía sus posesiones. Cuanto mayor era su necesidad de afirmarse, mayor desprendimiento y munificencia practicaba. Si su intención era llegar a ser jefe de la tribu, dejaba todas sus posesiones en manos ajenas. De igual forma, aquél que había sido pasto de la vergüenza pública por alguna actuación deshonrosa regalaba sus bienes para rehabilitarse ante sus iguales. A lo largo de los años, los que una vez fueron invitados a un “potlatch” organizaban a su vez el mismo ritual, de forma que aquél que regalara en su día sus posesiones las recuperaba pasado un tiempo. Los lazos de unión en la comunidad se veían así reforzados en este círculo cerrado de regalos espléndidos. Más de un jefe indio vivió en la absoluta carencia mientras gobernaba a su pueblo. Hasta aquí la información de los antropólogos.
Imaginemos por un momento una trasposición a nuestra sociedad de semejante fórmula. En principio, nos parece del todo descabellada, sin embargo, Juan Antonio Ramírez califica, en “El arte en la época del Capitalismo triunfante”, de “potlatch suave” la costumbre de los grandes coleccionistas privados de donar sus valiosas posesiones al erario público con objeto de que sean disfrutadas por los ciudadanos. La costumbre de invitar a un número desmedido de amigos y familiares a actos sociales de relevancia tales como bautizos, comuniones, bodas y, en los países anglosajones, funerales parece tener cierta lejana reminiscencia con el ritual que nos concierne, sobre todo si ocurre como en la película de Ken Loach, “Lloviendo piedras”, donde una familia contrae una deuda irresoluble para poder organizar un banquete de primera comunión. Aunque puedan parecer similares, nada tienen que ver estos dos tipos de ritual, puesto que ningún occidental convocaría jamás a sus semejantes para repartirles la casa, los muebles y el importe de las cuentas bancarias. Otra cuestión es que deseemos que nuestros políticos pongan en manos del estado sus posesiones particulares a la hora de asumir un cargo, como hacían los jefes indios. El problema es que estos líderes lo hacían para demostrar su dignidad para el cargo y nosotros pensamos en semejante medida tras comprobar la indignidad de no pocos que lo han ocupado.
Contra todo pronóstico, sí hay un pequeño “potlatch” en nuestra sociedad, por más que nos extrañe. Lo llamamos impuestos. Con la contribución al sostenimiento del estado, de la comunidad, del municipio, el ciudadano asume su condición y demuestra su dignidad contribuyendo con parte de su patrimonio. Aquél que, haciéndose pasar por ciudadano, no quiere contribuir, es tratado como un paria o como un impostor, y de alguna manera es apartado de la comunidad. Pagar los impuestos en una sociedad sana con valores democráticos recios equivale a alcanzar la excelencia como ciudadano, y, por consiguiente, poder disfrutar del “potlatch” que otros ciudadanos nos ofrecen gentilmente. Al menos, así sería en la Arcadia feliz de la democracia real. No así en una sociedad depauperada socialmente, donde pagar impuestos se considera una carga insidiosa, una imposición onerosa y ofensiva de un estado del que nadie quiere saber nada si no es para el beneficio ventajoso y en no pocas ocasiones ilícito. La decadencia de nuestros valores se mide en el rechazo a los impuestos. Más de un veinte por ciento de economía sumergida así lo avala. La contribución a las arcas públicas se suele ver como algo indeseable tomando como excusa la mala gestión de los dirigentes, es más, el contribuyente remiso suele dirigir la vista a aquellos que nada tienen y apenas pueden alcanzar la condición de ciudadano, aunque perciban unas pocas migajas, para justificar su negativa. Pagar impuestos religiosamente puede llegar a causar el descrédito del ciudadano entre ciertos círculos. Ésta es la sociedad democrática en la que vivimos. Tras la prohibición del “potlatch”, las tribus que lo practicaban cayeron en una decadencia imparable; a nosotros no nos hará falta que nos lo nieguen: la decadencia ya está aquí.

domingo, 12 de febrero de 2012

LA TIERRA SE ABRE




Los cataclismos naturales parecen haberse puesto de acuerdo con la acción del hombre en una de esas extrañas coincidencias que muestra la historia en más ocasiones de las que en principio podemos prever. Es como si algún mecanismo desconocido se pusiera a rodar en la naturaleza cada vez que nosotros, en nuestro empeño genético de despedazarnos mutuamente, decidiéramos destruir lo que ella misma produjo con anterioridad. La relación se nos hace evidente en cuanto observamos las consecuencias funestas de los cambios climáticos que la contaminación está produciendo, sin embargo, cuando terremotos y volcanes acompañan a las guerras y las hambrunas en su tarea de borrar de la faz de la tierra no sólo al hombre si no también al medio que lo vio crecer, empezamos a sentirnos especialmente incómodos. Recientemente, los científicos, que se han convertido en los jueces de la realidad, del poco espacio de realidad que nos es permitido ya explorar, han empezado a sospechar una relación de causa efecto entre ciertos fenómenos sísmicos y modificaciones en la presión atmosférica producidas en la zona del terremoto. Si esto se hubiera dicho hace unos veinte años, los señores encargados de hacer pública la investigación hubieran sido tachados de locos. Hoy los escuchamos con atención. Y es que, definitivamente, este mundo, que parece haberse contagiado de la demencia humana, no puede ya ser analizado sino desde el mismo estado de demencia. Por eso no creo que los lectores se escandalicen demasiado si les digo que parece más que pura coincidencia que los algunos de los últimos terremotos se hayan producido, precisamente, en zonas que están siendo devastadas o sometidas a una presión excesiva por parte del hombre, de ciertos hombres, como son los países del área de influencia islámica. Recordamos Pakistán o Turquía, pero después fue Japón, y luego Lorca.

La proximidad de estos últimos desastres nos hace más sensibles a ellos, y nos recuerda que, a pesar de los muros cada día más altos que se empeñan en alzar los integrismos de los dos lados, el nuestro y el de ellos, todos somos hijos de un mismo Dios, o de un mismo Diablo, pobre o rico, pero en todo caso, del mismo. No es suficiente explicar los muertos que se suman cada día a raíz de estos desastres por vía del determinismo geográfico (ya saben, en las zonas de climas difíciles se acumula la pobreza), porque da la casualidad de que no es el desierto lo que une estos puntos distantes, sino la religión y el universo político.


La naturaleza parece estar culminando un proceso de derribo que comenzó con el colonialismo y tomó la cara, en la última mitad de siglo, de un capitalismo deficitario de energía. En un libro lleno de emoción y nostalgia, Los Árabes y las Marismas, Wilfred Thesiger narra el modo de vida, ya desaparecido, de los habitantes de las marismas del Tigris y Éufrates en el sur de Irán, una maravilla natural de quince mil kilómetros de extensión que fue desecada poco después de que el autor lo escribiera en 1964; de hecho, Thesiger no pudo reprimir un triste tono elegiaco al saber que los intereses de las grandes compañías petroleras barrerían de un plumazo ese Edén que había permanecido inalterado durante milenios. La naturaleza se empeña hoy en imitar al hombre, la mayor anomalía, mientras los primeros y más virulentos terroristas llaman terroristas a los hijos de sus víctimas. El mundo islámico no está produciendo suicidas, porque aquellos que se inmolan ya estaban muertos hace décadas; estamos claramente asistiendo a la decadencia de una civilización sofisticada que donó el saber griego a Occidente, sin la cual todavía estaríamos perdidos en la tiniebla. La cultura musulmana no se disolverá por medio del mestizaje, sino por medio de la histeria y la incomprensión y será ese uno de los lastres que acabe también con Occidente. Las recientes revoluciones en el norte de África abren un punto de esperanza efímera que al otro lado del mediterráneo estamos obligados a respetar y apoyar.

EL FINAL DE UNA ERA



Siempre es en los detalles donde se captan mejor los cambios importantes. Pequeños acontecimientos, sucesos anecdóticos. Nuestra época esta llena de esos pequeños jalones que, como la letra pequeñas de los contratos perversos, aclaran los perfiles de la verdad. Uno de estos hitos desconocidos se produjo el pasado lunes en la sala de proyección del Aula de Cultura de la CAM en Jumilla. El último rollo de la magnífica cinta de Iciar Bollain, “También la lluvia”, llegó a su final y el público, una mezcla heterodoxa de alumnos, profesores y amantes del cine, abandonó el local. Subí arriba a saludar a Isidoro Tomás y al nuevo responsable del Aula de Cultura tras la jubilación del anterior. Nada más entrar en la sala cuyo centro ocupa el magnífico proyector de cine que atesora con esmero la institución en manos de Isidoro, éste me enseñó una etiqueta. Mientras nosotros dos atendíamos, el maestro colocaba con su habitual cuidado la etiqueta sobre el flanco metálico de la máquina. Aplaudimos. Con tristeza, con admiración, con amor profundo por el viejo cine. Me hubiera gustado que Ana Ortiz, convaleciente en casa o cualquier otro socio del Cine Club Interiores estuviera presente en ese acto simbólico.
Se trataba de una jubilación. Forzosa, como en realidad lo son todas, porque en realidad nadie se jubila por el gusto, sino por el remedio. La etiqueta, como una medalla, rezaba: “14/10/1994: Los amigos de Peter // 20/6/2011. También la lluvia”. Diecisiete años de servicio. Recuerdo la primera proyección de esta máquina amable, aquellos amigos que se reúnen pasados los años alegres y descubren que, aunque el tiempo no ha pasado en balde, siguen siendo los mismos. Por desgracia, nosotros ya no somos los mismos. Mientras el nuevo responsable del aula decía como para sí mismo: “Ha cumplido bien su trabajo”, Isidoro observaba el proyector como quien se mira en un espejo. Hemos cambiado. A nadie escapa que la razón última de la jubilación del noble proyector debe ser buscada muy lejos, en las sedes de las grandes entidades bancarias que han decidido desprenderse de la competencia supuestamente desleal de las cajas de ahorros, vendidas, con la excusa de su insolvencia, por un mísero precio, a los sabuesos. El aula de cultura ha marcado una época en Jumilla, largos años de quehacer cultural que hicieron mucho bien a Jumilla, y ningún mal a los grandes bancos. Pero al igual que asistimos al enterramiento de las cenizas de la transición y al advenimiento de una nueva etapa del desencanto, de ese desencanto ya experimentado tras la Revolución Francesa y que tantas veces nos ha invadido como figura histórica, somos testigos también de una nueva etapa del final del cine como hecho social, del cine como lugar de encuentro, como celebración cultural. El Cine Club Interiores tendrá que reinventarse ahora, pero también muchas asociaciones que fiaban parte de su trabajo en la labor de las aulas de cultura de las cajas de ahorros. Y todo para que unas cuantas entidades se enriquezcan y crezcan más todavía, en una espiral sin solución, en la deriva ilógica del capitalismo final. ¿Y todo para qué?
Decía Paul Klee que él se sentía más cerca de los no nacidos que de los nacidos. Klee vivió una época de utopías, la nuestra es una etapa distópica, donde ningún futuro esperanzador parece posible. Cuando les contemos a nuestros hijos y nuestros nietos no nacidos, las películas y las exposiciones que vimos, los conciertos que escuchamos, los libros que leímos en esta ya vetusta Aula de Cultura, ellos no nos creerán, pensarán que son leyendas inventadas. Será entonces cuando lloremos recordando nuestra actual impotencia.

PROPAGANDA Y PENSAMIENTO



Pocas veces encuentra uno palabras que, pareciendo tener alguna relación entre sí, sean tan opuestas como estos dos vocablos que comienzan por “p”. Propaganda y pensamiento siempre han estado a la greña, pero es ahora, precisamente cuando mediante los medios de comunicación de masas la propaganda ha manifestado todo su poder cuando el pensamiento se torna sospechoso y marginal.
Son los dones de nuestras democracias.
Por otra parte, el gran desarrollo alcanzado por su hermana publicidad permite vivir a la propaganda los días más felices de una larga existencia que comenzara allá en el papado de Gregorio XIII, cuando, bajo el nombre de “Propaganda Fidei Comissio”, se institucionalizó el proselitismo religioso. Hoy es posible distinguir al repartidor de folletos profesional del simple allegado cuando te grita por el interfono: ¡Propaganda! El novato exhala un tímido “publicidad”. En el fondo, el profesional tan sólo denigra conscientemente su propio oficio.
La verdadera propaganda, hoy por hoy, sólo se encuentra en el ámbito de la política, y no por casualidad. Ya Lenin la situaba entre los tres grados de la polémica ideológica, estrechamente unida al trabajo teórico y la agitación. Con Goebbels y el célebre lema nazi -“Di una mentira muy grande muchas veces y todo el mundo acabará creyéndola”-, la propaganda terminó de conquistar todo el espacio de la política. Por razones obvias, de espacio y de tiempo, no hubo lugar a partir de entonces para el pensamiento. En todo caso, la esencia de la propaganda es la de adoctrinar e influir a la masa sin necesidad del uso de la fuerza, es propagarse, extenderse e ilusionar antes de que el individuo llegue a pensar. El enemigo de la propaganda es el pensamiento, es la educación, es el humanismo.
Los partidos políticos de Occidente están sumidos en una crisis generalizada de la que no saldrán con la misma estructura o simplemente desaparecerán, la exigua ideología que los sustentaba ha desaparecido y es hoy la base de ONGs y movimientos sociales, que hacen uso de la propaganda en su sentido más puro y clásico. Los líderes políticos se limitan a simular un combate de boxeo sobre la lona mediática; entre manteo y manteo alzan la cabeza y consultan una encuesta. Por eso podemos considerar sin temor a equivocarnos que las campañas son una redundancia, un exceso, una excrecencia del sistema, un tumor que desperdicia enormes cantidades de energía y deja exhausto al cuerpo de la sociedad.
La propuesta es obvia; el espacio, ridículo e irrisorio, destinado a la reflexión, al pensamiento, debe expandirse y ocupar al menos las dos semanas anteriores al ejercicio retórico del voto, desplazando y eliminado el espacio que ocupa la campaña electoral, puesto que, al fin y al cabo, la propaganda llena completamente el resto del año. No cabe duda de que quince días al año de pensamiento no resuelven nada, pero al menos sirven para volver a ritualizar el único acto sagrado de nuestra compleja y vacía sociedad: el voto.
Resulta paradójico que en medio de esta celebración universal de la nada que es la política se desprecie con tanta insistencia el voto en blanco, que a priori sería el vacío, por mucho que algunos de nuestros pensadores más influyentes, como López Aranguren, García Calvo o Escohotado, declararan practicarlo desde hace años. La reflexión sobre la nada es la más alta instancia del pensamiento metafísico y místico, y los grandes santos cristianos la han elevado a cotas vertiginosas. ¿Porqué despreciar entonces el voto en blanco, que es la mística suprema de la democracia? Mucho tendremos que cambiar para que se valoren esos ejercicios de responsabilidad y honestidad que llenan cada día más nuestras urnas.

LA EDAD DE LOS PATRIARCAS


In memoriam Ernesto Sábato.

La expresión fue acuñada por Ernst Jünger, que a la sazón alcanzó los 103 años de edad. Comentaba el polígrafo alemán que él ya no pertenecía a la llamada tercera edad, sino que había ingresado en la Edad de los Patriarcas. Pienso que esta afirmación podría ser trasladada a una serie de pensadores que, nacidos con el siglo XX, han sido testigos de los acontecimientos más terribles de nuestra historia y sin embargo, no sólo han sobrevivido, sino que han sacado fuerzas para liderar la renovación social y cultural necesaria en sus países. Quizá el caso paradigmático lo represente Hans-Georg Gadamer, algo más joven que Jünger, pues nació en 1900. Gadamer es el padre de la hermenéutica moderna, la ciencia de la interpretación de los textos. Su primer libro importante fue publicado en 1960, cuando el autor contaba una edad apreciable, pero su mente se mantuvo activa otros cuarenta años, llegando a la Edad de los Venerables en plenas facultades. Alcanzó los 102 años y sobrevivió a sus discípulos de la generación siguiente: Jacques Derrida, Michel Foucault, Gilles Deleuze... que murieron relativamente jóvenes. Si algo tiene en común los pertenecientes a esta generación es la capacidad para alcanzar la longevidad, metal y física, no a través del deporte intensivo o las dietas milagrosas, sino gracias al ejercicio del pensamiento y el compromiso ético. Un ejemplo clarificador lo constituye Ernesto Sábato, que murió el pasado mes de mayo a la apreciable edad de 99 años, después de haber publicado unos pocos libros que lo colocaron en el olimpo de la literatura mundial, y de haber redactado un rigoroso informe sobre las víctimas de la dictadura de este país del Cono Sur. Sábato fue el último superviviente de la Edad de Oro de la literatura argentina, como Francisco Ayala lo fue de la Generación del 27 española. Ayala, que murió en 2009 a la edad de 103 años, mantuvo la simpatía y reciedumbre moral de los sabios, la impecable coherencia de los clásicos, la mirada crítica de los que no se rinden y el respeto de sus semejantes. ¿Fue eso lo que los hizo vivir? Represaliados por dictaduras, desplazados por conflictos internacionales (Jünger combatió en las dos guerra mundiales), supieron sacar de sí mismos el milagroso entusiasmo que los hizo reconstituirse y adoptar, a edades avanzadas, posiciones éticas dignas de admiración en medio mundo. Eduardo Galeano comentaba hace unos días, a propósito de los acampados de Plaza Catalunya, que veía en ellos precisamente el entusiasmo, perdido en este mundo de desencantos, ese entusiasmo que en su origen griego vendría a significar “tener a los dioses adentro”. Aquellos patriarcas que vinieron con los dioses, cuya medicina fue la resistencia a los opresores, la reflexión por encima de todo, los largos paseos, la vida sosegada, parecen tener hoy un reflejo en los “vintuagenarios”, así llamados por Albert Pla, viejos prematuros devorados por el sistema que parecen resucitar en nuestras plazas. Resulta llamativo que los indignados tomen el relevo de la antorcha de manos de Stephane Hessel, viejo resistente de 94 años, firmante de la Carta de Derechos Humanos de 1948, o de José Luís Sampedro, nuestro intachable economista y escritor de la misma edad. Si estos jóvenes, criados en una sociedad inmisericorde que desprecia a sus ancianos, ven en los patriarcas sus modelos, quizá después de todo este mundo de locos tenga todavía solución.

BANCOS DE NIEBLA




Ha llegado la estación de los bancos de niebla. Evaporación y condensación difuminan los contornos de la realidad. La nada de la bruma nos aleja del contacto con la materia. Dubitativos y confusos, caminamos a tientas. Empeñadas en ocultar lo existente, las guedejas imprecisas ocultan la verdad de los campos. A ratos, sólo a ratos, el híspido cielo de la lejana Islandia ahuyenta la bruma y deja ver un tímido sol que viene del hielo.
El proceso de abstracción del valor de cambio, del dinero, ha recorrido un largo camino digno de estudio; desde las viejas monedas que menguaban de peso gracias a las caricias de los codiciosos, pasando por las monedas de bordes seriados, para evitar el sutil robo, hasta el papel moneda, cada vez más pequeño y uniforme, que termina mecido por el viento, como una pluma. En nuestros días, la abstracción ha provocado su total desaparición, escondido tras las tarjetas de crédito, pasaportes al reino escondido de los bancos de niebla. La tradicional sospecha hacia el valor-moneda provocó a lo largo de los siglos su progresivo ocultamiento y su conversión en bonos, derechos, cartas de pago, que a modo de eufemismo trataban de dotar de limpieza un bien considerado esencialmente sucio. La abstracción del valor de cambio y su progresiva expansión en detrimento del valor de uso es una singladura paralela al desarrollo de la modernidad, del triunfo de la clara y limpia razón sobre las impurezas de las supersticiones. Limpieza del discurso, del lenguaje arquitectónico, de las antiguas costumbres ampulosas. Abstracción y pureza del pensamiento científico al tiempo que desmaterialización del dinero; una asociación, como hoy vemos, peligrosa. El valor de cambio se ha convertido en materia especulativa que necesita de la desregularización legal para hacer desaparecer por completo toda referencia al valor de uso. La amalgama de términos económicos que pretenden ocultar la suciedad bajo una capa brumosa no puede borrar el más antiguo y feo nombre dado a este proceso: usura.
Ningún cristiano que se preciara pudo, al menos de forma directa, practicar ese oficio indigno, sólo permitido a infieles; de ahí que los judíos cargaran con semejante tarea, bajo pena de vivir apartados y de cosechar el odio ancestral de la chusma. El oficio de vender la nada, de vender niebla, de prestar ventajosamente y obtener a cambio beneficios perpetuos. Así nos lo hace ver Ildefonso Falcones en su libro “La catedral del mar”, donde ensaya una hermosa defensa de los judíos en la Edad Media. El autor catalán, experimentado abogado y hombre de recias convicciones religiosas, demostraba, en declaraciones para Onda Cero hace unos días, su asombro ante la actual situación económica, donde se da la paradoja de que los ciudadanos, a través de sus gobiernos, subvencionan los errores irresponsables de los bancos para que después éstos culpen a los ciudadanos de dilapidar el dinero (el mismo que les dieron) irresponsablemente. Desde hace ya mucho tiempo, y a pesar de los breves periodos de control, la progresiva desregularización ha ido convirtiendo los sistema financieros en una nube de usureros que en cualquier sociedad histórica hubieran sido condenados a la marginación. No así en esta época del capitalismo “hipermoderno” en su etapa de crisis sistémica definitiva. Usura, la misma que campa felizmente en una globalización falaz sin posibilidad de marco jurídico que pueda doblegarla, la misma que declara indignos a los honestos mientras les roba la cartera, la misma que ha creado esta bruma impertinente que impide ver a tantos millones de ignorantes una realidad monstruosa. Usura, que dejó en una jaula a la intemperie a Ezra Pound, el mejor poeta inglés del siglo XX. Usura, la misma que, a través de esta bruma de los mas-media, impide que sepamos que la lejana Islandia, asediada por los intentos de desregularización, por las ansias de rescate y por la destrucción del estado del bienestar, derrocó tres gobiernos seguidos hasta conseguir meter en la cárcel y hacer pagar a los banqueros culpables, preservando la independencia del estado. Mientras los islandeses viven hoy tranquilos, el frío sol del norte se cuela tímidamente entre las guedejas de niebla que genera este pantano venenoso de la codicia y la usura.

BIN LADEN Y LOS ESCENARIOS



Si algo caracteriza los llamados “tiempos hipermodernos” es la paradoja, figura que de alguna manera absorbe una serie de tensiones, de contradicciones no resueltas, que determinan nuestra época. Una de ellas es la constante superposición y sustitución entre lo visible y lo que no debe ser visto en un mundo donde lo invisible se supone prohibido. La reciente muerte de Bin Laden escenifica claramente esta tensión paradójica. Resultan tan llamativas las presencias como las ausencias. La imagen de la cúpula del gobierno norteamericano, viendo a través de unas pantallas lo que a nosotros nos está vedado, y además con aparente estupor, como el gesto de Hillary Clinton pone de manifiesto, delimita, saturado de “hiperrealidad”, el espacio del simulacro. Cualquier televidente, cualquier lector, quisiera traspasar el límite de la pantalla y colocarse a las espaldas de los estadistas, sólo para descubrir qué ven en los rectángulos fosforescentes. Si eso fuera posible, los eventuales invitados a la fiesta mediática descubrirían, como en un espejo, su propia imagen reflejada. Para abundar más, se ofrecen a los televidentes trasuntos de realidad en modelos digitales que narran la acción armada con no disimulada artificialidad, buscando más el alejamiento de la realidad que su imitación. No es casual. En el centro de la contradicción, el cadáver de Bin Laden sumergiéndose en las aguas. Ocultado, escondido a la visión, velado. La negativa a enseñar el rostro destrozado es la pieza menos débil, porque la adoración de la sociedad actual (en la religión y en la mercancía) al icono valida el ocultamiento.
Asistimos al último acto de un drama cuyas reglas se establecieron hace ahora exactamente veinte años, en la Primera Guerra del Golfo, el primer conflicto orquestado en formato de Video-Game. En la no-guerra, que no es fría ni un conflicto tradicional, los rehenes sustituyen a los guerreros, de hecho, siguiendo a Baudrillard, estos desaparecen del escenario literalmente enterrados en la arena por legiones de tractores, de la misma forma que el no-guerrero Bin Laden, tras ocultarse bajo tierra en cuevas inaccesibles, es arrojado al océano, ¡vaya sorpresa!, desde la borda de un buque militar. El rehén es el protagonista, hasta tal punto que todos acabamos convertidos en rehenes de los mass-media. Forma parte del mismo atrezzo el hecho de que los tanques y cañones antiaéreos de cartón-piedra engañaran a los servicios secretos, como lo es el majestuoso decorado de cretona y folio con membrete que defendió la presencia de armamento nuclear iraquí en la Segunda Guerra del Golfo. La tensión entre lo visible y lo oculto transgrede las reglas clásicas de la percepción, de forma que lo invisible u oculto se convierte en obsceno, mientras que la presencia de lo visual se vuelve misteriosa, intangible. Nuevamente, el orden de lo virtual no imita, sino que sustituye a la realidad: ha venido para quedarse.
Tras un muro muy visible, en Via Cupa dell’Arco, en Secondigliano, al norte de Nápoles, se encuentra la suntuosa mansión, hoy deshabitada, de Cosimo di Lauro, capo de la Camorra. Nadie sabía donde se escondía, desconocían la existencia de la villa, aunque todos los días cientos de personas pasaban por delante del muro. Los “carabinieri” dieron con la dacha por casualidad. No lejos, en Via Limitone di Arzano, se levantan las famosas Casas Celestes, el mayor núcleo de distribución de droga de Europa. Un lugar tristemente mítico. Dí con él, y con la villa de Di lauro, tras un sencillo rastreo a través de las imágenes de satélite de Google Maps, siguiendo los datos dejados por Roberto Saviano en su libro Gomorra. Lo que todos tenían a unos pasos e ignoraban, el satélite ya lo había localizado tiempo atrás, perfecto, luminoso, absolutamente visible. Variaciones de la extrañeza de lo revelado tras lo oculto. Invito al lector a sobrevolar con el satélite de Google el norte de Islamabad, quizá se sorprenda al encontrar la destartalada villa donde muriera acribillado, oculto e invisible, el último enemigo público del siglo.