lunes, 13 de febrero de 2012

CAPITALISMO Y LENGUAJE



En un pequeño libro compuesto por cartas reunidas en 1985, el padre de la postmodernidad, Jean François Lyotard trataba de clarificar conceptos fundamentales de esta línea de pensamiento a varios adolescentes. El título de la recopilación, “La postmodernidad (explicada a los niños)”, es elocuente; evidentemente, las cartas iban dirigidas a lo que en España hubiéramos llamado alumnos de “Altas Capacidades” y en Francia no eran sino jóvenes bien formados con padres sensibles a la importancia de la alta cultura y del pensamiento en la educación. A Alexandre Demoule, actualmente un famoso experto en bio-medicina, le enviaba Lyotard un “Memorándum sobre la legitimidad” en el que distinguía dos tipos de totalitarismo; el nazi-estalinista, definido como político, y el capitalismo, del que Lyotard dice: “el principio según el cual todo objeto y toda acción son aceptables (permitidos) si pueden entrar en el intercambio económico, no es totalitario en un sentido político sino que lo es en términos de lenguaje, puesto que apela a la hegemonía completa del discurso económico”. Lyotard señala que este discurso tiene como norma básica expandirse sobre cualquier otro juego lingüístico, “(por ejemplo, hoy en día, los conocimientos tecno-científicos) y neutralizar su poder de acontecimiento por medio del pago. La extensión del mercado, evidentemente, no tiene nada que ver con la universalidad republicana”. El texto se escribió hace más de veinticinco años, sin embargo, los fenómenos que explica al chico francés han seguido desarrollándose hasta límites que Lyotard no podía prever. Es un hecho, criticado duramente por los postmodernos, que el discurso científico ha dejado de existir como tal fuera del mercado, de forma que hoy podemos hablar de técnicos en ciertas materias científicas, pero raramente de verdaderos científicos. Hace años, el terreno de las “ciencias del espíritu”, según terminología alemana, o “humanidades”, según acepción latina, parecía protegido por el estado-nación que alberga la Universidad. Hoy, tras el protocolo de Bolonia, eso ya no es así. En tiempos de Lyotard todavía se usaba la figura del ciudadano como encarnación de los universales de la Ilustración, hoy, en los tiempos hipermodernos, como bien sentencia Gilles Lipovetsky, el ciudadano ha sido sustituido por la figura del consumidor.
La principal consecuencia, sin embargo, de lo expuesto por Lyotard, no es la evolución de la estructura del capitalismo: hay otro efecto más profundo. No se nos escapa, desde Heidegger, que hablar de lenguaje no es sólo hablar de pensamiento, sino del propio ser, de Da-sein. El lenguaje es la casa del ser. Siendo esto así, la expansión del discurso capitalista, la eliminación práctica de otros discursos adyacentes, trae consigo con el tiempo cambios en la estructura del propio pensamiento del hombre, y al final, de su esencia. Hoy por hoy, la mayoría de nosotros somos incapaces de generar ciertos pensamientos perfectamente lógicos y comprensibles en siglos pasados, y si lo hacemos somos condenados a la absoluta incomprensión. Esto no es nuevo, ya Michel Foucault investigó estos cambios epistemológicos; según el autor francés, las “epistemes” son como eras del pensamiento. Lo que ocurre es que el cambio epistemológico actual supone un radical empobrecimiento, una reducción inaudita de nuestro ámbito de conocimiento. Si seguimos el tópico y, haciendo caso a Wittgenstein, los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, se está produciendo una pérdida irreversible de “mundo”, en tanto riqueza secular del pensamiento humano. Asistimos a ella impertérritos, sin darnos cuenta que no es una pérdida trágica, como la que, tras la caída del Imperio Romano llevó a la “época oscura”, sino una imposición totalitarista e interesada. Hay una frontera entre lo que se puede y lo que no se puede decir. Si seguimos esta línea de discurso, terminaremos hablando de atentados contra la humanidad, en tanto conjunto de saberes. Dejo aquí la cuestión y propongo una reflexión próxima, el establecimiento de un paralelismo entre pérdida de saberes y discursos (pérdida de mundo) y pérdida de biodiversidad genética.

3 comentarios:

  1. Publicado originalmente en Siete Días el 15 de julio de 2011.

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  2. Sí bien entiendo y asevero el acierto de tus afirmaciones, no puedo si no pedirte no la deteccion de los problemas, si no la indicación de las soluciones.

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  3. En eso estamos, empieza por la información boca a boca de los más jóvenes. Luego te contaré más en privado.

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