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miércoles, 5 de febrero de 2025

RECUERDOS DE MARIENBAD

 


Hace unos días, Providence Ediciones anunciaba la aparición de la 2ª edición de Recuerdos del Futuro, el ensayo que Hilario J. Rodríguez ha escrito sobre El año pasado en Marienbad (1961), el mítico filme de Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet. Podríamos considerar esta publicación como un libro necesario, pero creo más correcto decir que es un libro que necesitamos, no solo quienes hemos visto la película varias veces sino también quienes no han tenido todavía el placer de verla.

                Hilario J. Rodríguez es conocido por la originalidad y elegancia de su prosa, pero es, a mi juicio, en los ensayos donde su altura cultural nos sorprende; no hay más que recordar las desapariciones, esa pequeña joya publicada por Newcastle Ediciones en 2022.  En esta ocasión, con Recuerdos del futuro, el autor ha conseguido el objetivo que todo ensayo artístico debería cumplir y casi ninguno cumple: ser en sí mismo un émulo, un reflejo poético de la obra original, adoptando sus formas y su estructura. Lo dice muy bien Berta García Faet en El arte de encender las palabras (Barlin libros, 2023), cuando confiesa que “…Este ensayo sobre poesía quiere ser poesía”. Y así ocurre con Recuerdos del futuro, porque el propio formato, la distribución de los textos, la manera de hilar las referencias, de este ensayo, remite constantemente a la propia esencia de la película de Resnais y Robbe-Grillet. Me explico.

                Lo primero que sorprende en Recuerdos del futuro es la forma de dividir el texto: las notas ocupan la mitad de la extensión y son en sí una especie de ensayo aparte que, como en Rayuela, la novela de Cortázar, hace que el ensayo pueda ser leído de dos formas diferentes. Como el propio autor señala (p. 44) “hay muchas vías de entrada a la película, pero ninguna de salida”. El texto de Hilario J. Rodríguez aparentemente propone múltiples formas de salida a través de las notas, pero estas no son sino nuevos caminos de entrada al universo Marienbad, pasillos en los que nos perdemos con avidez, con placer y sin remedio. Las notas son una analogía de las llamadas heterotopías, esos otros lugares de la película que se extienden por senderos extraños. Las notas de Recuerdos del futuro son eso, heterotopías, lugares alternativos a propósito de El año pasado en Marienbad.

                El filme de Resnais, para Hilario J. Rodríguez, es un lugar en sí mismo, una especie de sirena varada en 1961, una obra sin relación con todo lo anterior y lo posterior, puro Cine Clásico; “destructora de la historia del cine y de la Nouvelle Vague, El año pasado en Marienbad se construye a sí misma”. Henchida de referentes literarios que parten de la erudición del guionista, Robbe-Grillet, la obra, según el autor, bebe de Borges, de Lovecraft, de Proust y, por supuesto, de Adolfo Bioy Casares, en tanto autor de La invención de Morel, el referente más directo del filme, aunque también cuestionable. El año pasado en Marienbad está llena, según este ensayo, de arquitecturas, redes y senderos; ahí están concernidas las cárceles de Piranesi o los interiores imposibles de El gabinete del Doctor Caligari. También el propio ensayo en sus siete capítulos es una sucesión de salones llenos de espejos, sugerentes e inesperados. Para Hilario J. Rodríguez, este ensayo sobre el mundo de Marienbad (ese balneario que en realidad no existe en la película) es un intento “de aprender de nuevo a escribir, aprender a escribir al dictado de sus hipnóticas imágenes”. No cabe duda de que esa es la razón fundamental de que estos Recuerdos del futuro estén escritos así y nos resulten tan cautivadores. Porque la propia película es “una arquitectura del cerebro, de la memoria”, según el autor.

                Resulta muy placentero transitar los caminos que Recuerdos del futuro nos ofrece, no solo revisando la llamada lista de películas Marienbad (p. 27, 28), que ya es en sí misma un catálogo de lo mejor del cine clásico, sino también a través de las curiosas bifurcaciones entre obra artística y vida que el texto nos va descubriendo. Son varios los ejemplos de estas interacciones, de estas otras heterotopías que analiza y ofrece Hilario J. Rodríguez, entre sueño y realidad. Llaman en especial la atención la referencia de la nota 16: Zona, un libro sobre una película sobre un viaja a una habitación, de Geoff Dyer (Literatura Random House, Madrid, 2013), a propósito de Stalker, de Tarkovsky, o el experimento sugerido en la nota 18 en torno a la obra de Robert Smithson —admirador de la película de Resnais—, dos caminos que se mezclan y difuminan conforme van siendo transitados. Vida y obra entremezcladas, heterotopías, trayectorias, como la extraña producción Souvenirs d’une anneé à Marienbad (2010), donde Françoise Spira, figurante en la película, nos deja un falso y casi involuntario making-off del filme de Resnais y Robbe-Grillet.

                Hilario J. Rodríguez rastrea también los pasillos a ninguna parte que nos llevan azarosamente al campo de concentración de Dachau o al castillo de Schleisstein (donde fueron acumuladas por los nazis miles de obras artísticas), lugares ambos cercanos al verdadero balneario de Marienbad. El autor recuerda a este propósito la intención del citado Smithson de usar el arte para modificar la realidad como límite. Recuerdos del futuro quiere hacer algo así en torno a la isla cinematográfica que es Marienbad (inevitable la referencia a la serie Lost); se trata, en cierto modo, de construir una especie de rizoma de referencias en la más pura acepción de Deleuze y Guattari, en el que vida y ficción llegan a entrelazarse hasta límites inconcebibles, sin centro ni eje apreciable. Así, personajes históricos reproducen escenarios y situaciones de la película: Franz Kafka y Felice Bauer en Marienbad; J. W. von Goethe y Ulrike von Levetzow en Marienbad; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo imitando el triángulo amoroso de la película… W. G. Sebald y su novela Austerlitz, traspasada por referencias de su vida personal.

                Uno tiene por momentos la sensación de que Hilario J. Rodríguez pretende introducir al lector en la película como si fuera una figura más de las que transitan por ella, personajes anónimos entre despreocupados y moribundos, de la misma manera que el enamorado protagonista de La invención de Morel, de manera que circule eternamente por esos pasillos “llenos de espejos múltiples, simetrías” (p. 49). La cita de san Agustín en la página 69 es muy explícita en ese sentido. Hilario J. Rodríguez nos hace ver que “el balneario de la película la única capacidad que parecía tener era la de hacernos olvidar el futuro” (p. 48). Y cita a Smithson: “No hay futuro en Marienbad”. Leyendo el ensayo tenemos la sensación de esa eternidad desesperada, entre banal y angustiosa, que experimentan los personajes y figurantes en el balneario.

                En realidad, Hilario J. Rodriguez pretende, en último término, intentar introducirnos en un anhelo íntimo “quizá yo mismo he sido invitado a ser un personaje de la película” (p. 29). El autor quiere creer que la misma “historia del cine es una historia Marienbad” (p. 28).

                Por último, la magia de este ensayo, la verdadera magia, por encima del intenso contenido poético y artístico que lo sostiene, es que logre convencernos, que logre que su anhelo sea el nuestro, que consiga —según una referencia a Michel Foucault (p. 29) sobre la heterotopía de la cama/océano en la imaginación de los niños— que nosotros mismos formemos ya parte, de alguna manera y tras leer el texto del universo/isla/eternidad que es El año pasado en Marienbad. Y que consiga que los lectores, como quien esto escribe, anhelen a su vez que otros ingresen en el espacio Marienbad y recomienden la película. ¿Qué más puede pedir un ensayista cautivado por el objeto de su reflexión?

sábado, 21 de septiembre de 2024

LOS COLCHONES VAGABUNDOS

 

Si hay algo que nos resulta inconcebible es que un colchón vagabundee. Parece lo más lejano a su esencia silente, sin embargo, lo hacen mucho, de cama en cama, entre habitaciones, de un piso a otro, a veces incluso por las calles. Pocos saben que los colchones abandonados emiten aullidos, suspiros y sollozos, emanan abrazos desasidos surgidos de manchas que se parecen a Australia al atardecer, o a Groenlandia en un día de verano.

                No así los somieres, los somieres solo saben tocar el violín y desafinan con facilidad. Por último, están los cabeceros y los travesaños, que son como cajeros de banco, funcionarios impasibles que asisten con aire impertinente al drama de las parejas o a la ilusión de los niños.

                Esos colchones errantes son como caballos salvajes rapados o como unicornios arcoíris desteñidos. No pertenecen a vida alguna, ni pasada ni por venir. Los vemos tendidos en el suelo de asfalto, mientras de su vientre surgen lágrimas, o apoyados en paredes infames, vomitando madrugadas.

                Hay colchones que permanecen borrachos durante días tirados en una acera, sin que nadie se apiade de ellos. Al final, por puro aburrimiento, la autoridad los retira y los lleva a un lugar desconocido donde quizá les ofrezcan un poco de sopa y un sitio digno donde descansar, porque los colchones también añoran dormir sobre un lecho cálido.

                La ciudad llena de colchones abandonados es un canto fúnebre a la pérdida de la intimidad; los colchones vagabundos son como los perros callejeros, no tienen la culpa de exhalar ese perfume astroso y mugriento. Los colchones no tienen la culpa de almacenar en su bodega todos los sueños: los cálidos, los inocentes, los sucios, los de todas las edades. Los colchones no tienen la culpa de que sus dueños prescindan de ellos, los dejen en la cuneta como mascotas molestas; no tienen la culpa de ser los testigos directos de nuestra más profunda intimidad, y tampoco tienen la culpa de que eso nos moleste tanto.

                Una relación extraña de los colchones callejeros es la que mantienen con los coches. Los vemos descansar junto a sus compañeros de metal, unos tan blandos, de carne muelle, los otros tan férreos, esculpidos en gimnasios de cinturón industrial. A veces, incluso, los colchones se recuestan encima de los capós, descubriendo una intimidad inimaginable que nos arrebata y enternece.

Como en los posos del café, hay quien lee el porvenir de las familias, de las parejas, de los solitarios, en las manchas que sus cuerpos dejaron. Esos chamanes son como seres apátridas que viven escondidos en lugares ignotos; nadie sabe quiénes son, pero deslizan sus augurios de formas variopintas.  A veces, no muchas, junto a algún colchón olvidado, observamos en la pared contigua una mancha sospechosa, como un bocadillo de cómic pintado, pero deshecho, sin bordes definidos. Los augures asegurarán que son parte del alma del colchón, que ha transmigrado, o un pensamiento que no se resiste a abandonar del todo ese cuerpo vermiforme recubierto por una funda decorada con flores. Yo creo simplemente, que los colchones son amantes de los grafitis callejeros, que encuentran consuelo en su presencia, que los buscan, porque algo de vagabundos y de parientes pobres de nuestros sueños tienen también.

                Los ayuntamientos deberían crear, potenciar, una capilla de colchones, un espacio rodeado de todos ellos, esos desterrados, apilados unos sobre otros. Los fieles podrían ir a ese lugar de culto y reflexionar sobre los sueños propios, y ver que no son muy distintos de los de otros infelices e insatisfechos durmientes.

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Fotografias del autor tomadas en Jumilla y Murcia.

jueves, 2 de mayo de 2024

EL OLVIDO DE AZCÁRATE



Hace años leí un relato. Tres hombres partían de León con el interés de fundar un espacio de libertad y enseñanza en una alejada comarca minera llamada Laciana. Tras el largo trayecto, dormirían en la casa de un cuarto hombre, Francisco Sierra, que estaba dispuesto a poner sobre la mesa el dinero necesario. El relato llevaba por título Lecciones de las cosas, y su autor era Luis Mateo Díez. Dos de los hombres venían directamente de Madrid y eran los creadores de una empresa hoy mítica: la Institución Libre de Enseñanza. Eran, claro está, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío. El tercer hombre era un personaje singular, un leonés, político liberal (hoy diríamos progresista), escritor y filántropo, llamado Gumersindo de Azcárate. Juntos habían sorteado los difíciles caminos serranos hasta llegar a Villablino, la capital de la comarca. El relato cuenta, de manera amable y tranquila, casi con demora, las conversaciones de estos hombres buenos en su tarea de apuntalar los estatutos de lo que serían las escuelas de Villablino, donde niños sin recursos pudieron labrarse durante años una instrucción y un futuro.

                Luis Mateo Díez me ganó con Celama, después descubrí el resto de su vasto reino, como Benet me ganó con Región —ya sabemos que Celama está a unos cuantos kilómetros de Macerta—. Lecciones de las cosas no pertenecía a Celama, sino a un reino mucho más etéreo y vulnerable que floreció durante las dos primeras décadas del siglo XX. El reino de la Residencia de Estudiantes, de los intelectuales comprometidos, de Lorca, J.R.J., Ortega, Ramón y Cajal y, por supuesto, aunque le pilló muy mayor, el reino de Azcárate. La dictadura lo borró de cuajo y durante décadas permaneció en la penumbra, al igual que la Fundación Sierra-Pambley, una de sus provincias más florecientes. Hoy se recuerdan y se honran aquellas empresas del intelecto, y han sido recuperadas por las instituciones del Estado, pero ciertos nombres parecen no escapar del olvido. Uno de ellos es el de Gumersindo de Azcárate, —quizá el leonés más importante de la historia, obviando a los monarcas medievales—. Solo con citar una ley que salió de sus manos sabremos de su importancia: la Ley de represión de la Usura, la Ley Azcárate, de 1908.

                Gumersindo de Azcárate es hoy un hombre completamente olvidado, como tantos, incluso más olvidado que Giner de los Ríos o Cossío. Tampoco su obra parece ser tenida en cuenta. Y quizá es su propia patria uno de los lugares donde menos se le recuerda.

                Visité Villablino en 2023, no buscaba a Don Gumersindo, sino su fundación. Nadie, en bares, mercerías o tiendas de electrodomésticos supo decirme exactamente donde se encontraba, a pesar de que Villablino es un pueblo pequeño y diáfano.

—Allá arriba, en las afueras del pueblo— acertaron a decirme.

Pregunté por Luis Mateo Díez. En una librería, un hombre grande y algo atildado me dijo que no podía con sus libros, que lo respetaba, pero que era demasiado para él.

—Él reconoce que sus libros no son de fácil lectura— concluyó como excusa.

En el pueblo no lo recordaban. Luís Mateo Díez nació y paso sus primeros años en Villablino, entre remontes de carbón y bosques de roble y haya. El escritor, reciente premio Cervantes, establece dos pilares en su obra: la infancia y El Quijote. Nadie recuerda al escritor en su ciudad natal, a pesar de que Celama linda con Laciana. Estos intelectuales leoneses parecen personajes sacados de sus propios relatos, personajes míticos, de fantasía y, sin embargo, muy reales. Personajes salidos de algún filandón en una noche de invierno. En Villablino, en la misma calle en cuesta donde sigue abierta una vieja librería que no tiene un solo libro de Díez, algunas manzanas más arriba, hay un Pub Filandón, está cerrado y se vende.


                La realidad está hecha de la materia de la ficción, y no al revés. Es bien sabido, pero es una verdad que no suele contarse por sospechosa. A pesar de todo, hace poco obtuve pruebas fidedignas de la certeza de este hecho. Fue ayer, preparando una charla sobre el viaje musical de Joaquín Sorolla, para acompañar el programa de la soprano Mariví Blasco y del pianista Ignacio Torner. Escuchaba una conferencia de José García-Velasco, actual presidente de la Institución Libre de Enseñanza, cuando me tropecé, como si me derribara un rayo, con un retrato de Gumersindo de Azcárate, obra encargada por la Hispanic Society al pintor valenciano. El retrato está fechado en 1917, y es posible que Sorolla lo terminara ya muerto el anciano político; la humanidad, la bondad del rostro, resultan más emocionantes cuando se conoce la biografía del retratado. No fue eso lo que me dejó helado.

                Gumersindo de Azcárate, que contaba 87 años cuando fue retratado, me resultaba tremendamente familiar, era un rostro que había visto repetidas veces en fotografías unos días antes. No me quedaba duda. El óleo de Sorolla reproducía el rostro de Luis Mateo Díez en la actualidad, más avejentado quizá, y vestido a la manera de principios del siglo XX, pero era él, la misma nariz curvada y recta a un tiempo, el mismo cabello canoso, el corte de la barba, el rostro alargado y sereno, pero a la vez afable, las lentes leves, que habían modernizado su diseño. Azcárate tenía el rostro mismo de Díez más de un siglo antes de recibir éste el Cervantes. De alguna forma, Sorolla había unido sus vidas, sus trayectorias intelectuales sólidas e impecables, en ese óleo que descansa en Nueva York. Había unido también sus respectivos olvidos, y la misma pacífica indiferencia con que ambos autores se enfrentan al daño que puede hacerles ese viejo mal español. Azcárate y Sorolla veían desde su pasado militante y activo un futuro que desconocían, un futuro sobre el que nunca perdieron la esperanza, quizá porque no les dio tiempo, pues lo peor de nuestra estirpe se derrumbó sobre el país años después de que murieran. Y en medio, como un jalón en el camino, un férreo nexo temporal, estaba el relato, Lecciones de las cosas, la crónica novelada escrita por Díez, con respeto, casi con veneración, buscando en parte sacudir tanto olvido, de la fundación de Gumersindo de Azcárate.

                Veo a Luis Mateo Díez recibir el premio Cervantes con esa tranquilidad idílica de la que carezco y pienso que, a sus 81 años, tiene una confianza en la vida, en la forma de afrontar las miserias y derrotas humanas, mucho más firme que la mayoría de los que somos algo más jóvenes que él, o mucho más jóvenes, que es todavía peor.

viernes, 14 de julio de 2023

LA IMPORTANCIA DE LOS BLEDOS

 


Como va pasando el tiempo,
como tanto con tan poco,
como tampoco puede ser eterno.

 Laura Sam y Juan Escribano

 Molina de Segura, julio, 2023.

Frente al Hospital de Ribera, una señora limpia las baldosas de la acera de casa armada de ímpetu y decisión. Son las seis de la tarde y cae un sol de justicia. Con unas buenas tijeras de podar, corta los brotes de bledos que aquí y allá crecen sin solución de continuidad. Una vez barridos y recogidos los restos vegetales y como el calor aprieta, la señora enchufa una manguera al grifo de su minúsculo patio delantero y refresca las baldosas, mojándose de paso con generosidad las chanclas. Justo enfrente, en la acera del aparcamiento del hospital, detrás de un banco de madera, ha crecido el mayor bledo de toda la manzana. A pocos pasos de allí, en el bar de la esquina de la calle Alicante, se desarrolla un pequeño drama. Un mensajero de UPS ruega a un chico delgado y enclenque que le devuelva su móvil. El joven permanece tranquilamente sentado en un portal mientras el mensajero ofrece hasta 50 euros si se lo devuelve. Se pone de rodillas, implora. “No es por el móvil, el móvil me da igual, son los contactos que llevo, es mi ordenador personal”. Saca un billete, se lo ofrece, con tal de que pueda recuperarlo. La esquina se va llenando de gente mientras la señora sigue gastando su agua -que ha pagado religiosamente- en mojarse los pies sobre la acera.

Entra en escena un camarero que parece conocer al chico, le dice al mensajero que así no, que de esa forma jamás se lo devolverá. Invita al sospechoso a entrar con él en el bar y arreglarlo en secreto, fuera de las miradas. Mientras, el mensajero sigue rogando, porfiando y llorando, se mesa los cabellos: “¡Si no le van a dar por él ni la mitad de lo que le doy yo!”. En todo caso, el chico se niega a moverse. El camarero desaparece tras la esquina y vuelve junto a un personaje nuevo: es musculoso, con el torso desnudo, profusamente tatuado. El nuevo actor alardea enseguida de su capacidad de mando y su resuelta decisión, interpela al chico por su nombre, le grita, y se lo lleva del brazo sin violencia, pero con firmeza, a un edificio cercano.

Pasados unos minutos de incertidumbre, el hombre tatuado vuelve con el móvil y reclama al mensajero una cantidad inferior a la que ofrecía inicialmente. El empleado de UPS, visiblemente aliviado, desembucha la gallina con rapidez y se dirige al camión de reparto, aparcado más abajo del hospital. Tras poner en marcha el vehículo, dobla la esquina del bar y se cruza con el ladrón, que camina lánguido y despreocupado bajo el sol insultante. El chófer le grita enfadado: “¡La funda, me falta la funda!”. El chico ni lo mira y sigue su paso lento y tranquilo, pasa por la acera recién mojada, que la mujer ya ha abandonado, se descalza las míseras chanclas y se moja los pies en los charcos.

¿Qué importa y qué no importa a nuestro alrededor?

El bledo o amaranto - ¡qué bello su nombre menos conocido! - es una planta considera mala hierba o invasora que proviene de Sudamérica y que hace tiempo se adaptó al clima caluroso del Sur de Europa. Es tan antigua su presencia que dio lugar al conocido dicho: Me importa un bledo. Y ese es el valor que le damos, el de algo insignificante y molesto que roba los nutrientes a otras plantas decorativas en nuestros jardines y macetas. Sin embargo, el bledo es una planta con un gran valor nutritivo, alto contenido en hierro y sabor agradable, además, sus espigas se han usado desde antiguo para fabricar un sustituto de la harina de trigo, y en ciertas partes de Centroamérica es un alimento básico tanto para ensaladas como para tortas. Y más de una torta nos daríamos por unas hojas de bledos si nos encontrásemos en medio de un campo inculto sin otra cosa que comer.

Para nuestro azorado mensajero, el móvil que portaba en el bolsillo no era más que un inservible trozo de metal y tierras raras sin más utilidad; eso sí, combinados estos con una tecnología que él mismo se encarga de distribuir. Él se hubiera deshecho con cierta facilidad del amasijo de circuitos, pero en modo alguno de lo que los hacía realmente valiosos, los flotantes datos que el propio usuario había ido introduciendo.

                El empleado de UPS, como tantos otros dueños de estos dispositivos baratos, -entre los que, por supuesto, me cuento- no repara en el daño ambiental que produce la extracción de las tierras raras, ni en la huella de carbono que origina su fabricación, ni en el coste en capital humano. Tampoco la señora que limpia la acera es consciente de que con esos tiernos brotes de una planta invasora, podría preparar una nutritiva y sencilla cena, ni de lo que cuestan los litros de agua que alegremente ha desperdiciado.

Los móviles y los bledos, siendo tan distintos, se parecen mucho por la poca importancia que damos a su presencia como objetos artificiales o naturales; nos da la sensación de que todo se fabrica o crece sin aparente esfuerzo, como si fuera connatural a las cosas existir, servir para nuestros planes, o molestar la frágil perfección de nuestras importantes vidas. Pero quizá, como dejara escrito Jorge Luis Borges en un famoso poema, estas cosas, de una u otra manera, permanecerán, recicladas, salvadas de un vertedero, brotarán de nuevo de unas profundas y obstinadas raíces, nos sobrepasarán, mientras que nosotros nos iremos disipando en la penumbra de una existencia fugaz.

Laura Sam y Juan Escribano, en este reciente single: “Tampoco puede ser eterno”, parecen dejarnos una lección bastante ajustada de lo que quiero decir, de la importancia que tienen las cosas que no importan, de lo poco importante y a la vez esencial que es el trozo de tiempo que nos ha tocado vivir.

martes, 25 de enero de 2022

ESPIGADORES

 


El pasado 9 de enero, la ensayista Irene vallejo publicaba en El País Semanal, dentro de su sección El Atlas de Pandora, un artículo donde hablaba, con su natural perspicacia y elegante prosa, del exceso de objetos en nuestra sociedad y de la constante obsesión por desecharlos y adquirir otros nuevos, práctica que, como es habitual, relacionaba con referencias sacadas del mundo clásico, en este caso de la antigua Roma, primera empresa multinacional de la historia. La autora de El Infinito en un junco, cita en una parte de su texto el antiguo oficio del espigador, asociado usualmente a la siega del cereal. Eso me hace recordar a uno de nuestros mejores narradores de postguerra, quizá en mejor cuentista, Ignacio Aldecoa, que tantas páginas dedicó a los oficios del campo y de la pesca. Resulta muy recomendable acercarse a su obra a través de la selección que hiciera su esposa, Josefina Rodríguez, también escritora, para la prestigiosa editorial Cátedra. Rescató la autora en su antología una serie de cuentos dispersos que clasificó por temas, a saber: El trabajo, La burguesía, Los condenados, Los viejos y los niños y, por último, Los seres Libres. En todos ellos luce un lenguaje preciso, ajustado, lleno de vocablos que hoy puede que no reconozcamos, pero que enriquecen el texto y lo dotan de detalle: almádana, blocao, estaribel, celemín, portegado, huelgo, chicón y tantos otros. La prosa de Aldecoa es realista, absolutamente realista, al igual que sus temas, que retratan en pequeños flashes la vida pobre y anodina de los españoles de los años cincuenta y sesenta; sin embargo, sus cuentos están impregnados de una poesía sutil y a la vez repleta de sabor, como si de un tinto de crianza se tratara, que es lo que los dota de su inconfundible encanto. Aldecoa no derrocha, no desprecia ni una sola frase, se sirve de los materiales justos, no se deja llevar por adornos innecesarios; al fin y al cabo, lo que hace es acompañar a los personajes y a su peripecia con la prosa adecuada y precisa a su realidad. Se me figura, sólo se me figura, que la narrativa de Aldecoa es el ejemplo más alejado que se pueda encontrar a esa otra realidad actual que tan bien retrata Irene Vallejo.

En esa España tan cercana, pero tan lejana a la vez, el escritor vitoriano se acerca, en efecto, a los trabajadores del campo, de la pesca, de la construcción para hacerlos protagonistas principales. La urraca cruza la carretera, sobre los peones camineros y Seguir pobres, sobre la siega, son dos de sus cuentos más representativos. En esos ámbitos nada sobra, nada se derrocha, los hombres se encuentran vinculados a una inclemencia, una intemperie constante, secos, curtidos; van de campo en campo, de comarca en comarca, bajo un fondo hiriente salido de los óleos de Godofredo Ortega Muñoz, cosechando, picando. Nada queda para los espigadores aquí, aquellos que recogen lo que la siega ha desechado. A pesar de todo, el oficio de espigador es antiquísimo, practicado incluso en épocas de auténtica carestía; de hecho, es un oficio tan ancestral que el insigne folklorista y cantautor Joaquín Díaz lo versiona a partir de un tema del siglo XVI recogido en el cancionero de Francisco de Salinas que podemos escuchar aquí.

Como podemos comprobar al escuchar esta humilde cancioncilla, las espigaderuelas, jóvenes, puede que niñas, entraban en el rastrojo cuando el segador se retiraba para recoger los minúsculos granos sobrantes. El texto recogido por Joaquín Díaz urge precisamente al segador a salir y dejar algo a la pequeña espigadora.

De eso mismo, de espigar y rebuscar, va el documental que aquella gran dama del cine francés, Agnés Varda, llamada “la abuela de la Nouvelle Vague rodara en el año 2000; Los espigadores y la espigadora. Varda, de origen griego, tuvo un extensa carrera -pues su primera película data de 1954 y la última se rodó en 2019-, ganó el León de Oro, el César francés e incluso el Óscar honorífico. En el año 2000 descubre las cámaras digitales domésticas y su apetito de cine la lleva a recorrer media Francia partiendo del célebre cuadro de Millet, Las espigadoras, de 1857, que muestra precisamente a esas esforzadas mujeres agachadas recogiendo el magro fruto tras la cosecha. Desde el entorno rural que muestra Millet, Varda se sumerge en un mundo urbano donde multitud de ciudadanos, ya sea por necesidad, por conciencia o por vocación artística, se acercan a los mercadillos, las grandes superficies comerciales o los portales de las casas de los vecinos a recoger lo que otros han desechado. Así, en un viaje desenfadado, trufado de poesía y del fino humor de Agnés Varda, llegamos a conocer a personajes variopintos de todas las edades y extracciones sociales. Ella misma espiga en sus entrevistas rescatando datos y declaraciones en torno a esa faena de no dejar que se pierda lo que otros despreciaron. La vemos acercarse, incluso recoger ella misma, patatas en un enorme montón desechado junto a la parcela cosechada, manzanas que maduran y caen del árbol con un leve balanceo, tomates abandonados, hortalizas, uva.

Agnés Varda, como sin querer, nos pone delante de nuestra realidad, la de una sociedad que no sabe el valor y el esfuerzo que significa cultivar o fabricar un producto y que se desprende de él al más mínimo defecto o mancha. Una lección desde la perspectiva de hace dos décadas para los tiempos de carestía que se nos avecinan. Cuando nos asomamos a las duras condiciones de vida de los trabajadores de Aldecoa, cuando escuchamos la llamada a la solidaridad dentro de una canción del XVI, cuando vemos los rostros curtidos de los entrevistados por Varda, se nos hace más claro el sinsentido de esta sociedad entregada al frenesí del derroche y de la inconsciencia.

Hay que decir que la ley francesa protege secularmente la actividad del espigueo o de la rebusca (así llamada cuando se refiere a árboles). Los ciudadanos tienen todo el derecho, por encima de la opinión de cada cosechero, de recoger el fruto despreciado, marcando incluso unos horarios y unas distancias concretas y regladas. España, país de traperos, rastros y rebuscadores seculares (léanse La busca, de Pío Baroja), no ha tenido nunca legislación precisa sobre el espigueo. En nuestro país, las nuevas leyes contra el desperdicio alimentario pretenden paliar el insoportable panorama de toneladas de alimentos consumibles que acaban en la basura (solo en hogares hablamos de 1.364 millones de kilos/litros de alimentos anuales, según fuentes del Gobierno de España). Cataluña ha promulgado recientemente legislación sobre el tema (Ley 3/2020 de 11 de marzo, de prevención de pérdidas y despilfarro alimentario, en BOE nº 78 de 21 de marzo de 2020) donde se reconoce la práctica del espigueo, aunque con la autorización previa del titular de la explotación.

martes, 25 de agosto de 2020

ETIMOLOGÍAS PRIVADAS: SATURIO

El tiempo, que todo lo devora, acostumbra a hacernos burla y respetar lugares remotos y humildes mientras masacra sin piedad las grandes obras de los hombres. De alguna manera, las ruinas pequeñas son menos ruinosas, dentro de su penuria parecen menos devastadas que los grandes gigantes de la desmembración, léanse las abadías británicas. Los lugares humildes no tienen ningún destino intermedio, o desaparecen sin dejar rastro o se conservan milagrosamente como insectos en formol. Es el caso de la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga, ese eremitorio primitivo que hubo de terminar en cenobio y que a pesar de los expolios y del olvido continuado se nos presenta hoy como un puente elevado por encima de los siglos golosos.

En el interior de la singular construcción, pasado el arco ultrasemicircular, más allá de los espectros de pinturas desangradas, de la palmera iniciática y al fondo de ese bosque de columnas de la mezquitilla mozárabe se esconde la gruta minúscula donde algún monje hiciera su retiro del mundo. Entrar en ese espacio oscuro y estrecho me llevó hace casi veinte años a experimentar por un momento, en esa vuelta al embrión o al origen de una manera quizá tangencial, pero sincera, la experiencia de aquellos santones del siglo X y XI.

Más o menos por esas fechas inciertas, días antes o días después, recorrí por vez primera, rodeado de buenos amigos y de las inscripciones de los enamorados sobre los chopos de ribera, el delicioso paseo que va de San Polo a San Saturio, pasado San Juan de Duero. La ermita sobre el río, antes de que trace éste la famosa curva de ballesta, se encastilla desde el siglo XVII sobre una cueva que evoluciona en espiral dentro de una peña a las faldas de la Sierra de Santa Ana o de Peñalba. El lugar cogió pronto justa fama universal, mereciendo los paseos de escritores nacionales e internacionales (como Peter Handke, el reciente Nobel, ese socio intempestivo del Numancia).

No siempre fue así.

Soria entera sufrió largos siglos de letargo que la han revestido, no tan paradójicamente como cabría pensar, de ese encanto dormido que aún hoy conserva. San Saturio debió ser durante muchos siglos un solitario peñasco donde algún que otro eremita escondiera sus reumáticos huesos. Tal es así, que hasta el Santo Patrón de Soria, titular de esta ermita de obra barroca cuya advocación peleó durante un tiempo con la de San Miguel, es lo que se llama un santo pretermitido, es decir inexistente si no es por la devoción popular. El cronista más emocionado, salvando a Don Antonio, de la tierra de Soria, caminante de sus páramos, Avelino Hernández, mal editado como tantos hasta fechas recientes, es quién me da una clave del incierto origen del nombre de Saturio, esquivo godo del siglo VI. Recordando las bondades del lugar en esa precisa y singular guía titulada Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Avelino escribe:

Saturno era el Dios de los Infiernos y dicen que si se le adoraba en las profundas simas de la cueva que hay en la sierra de Santa Ana, cortada a tajo por el Duero. He visto escrito que cuando los visigodos se cristianaron se bautizó a Saturno por Saturio. Y si no es verdad puede serlo. (p. 230)

Perdonemos a Avelino mezclar al titán Saturno, dueño del tiempo, con Plutón, pero celebremos su aportación, pues es cosa aceptada que las Saturnales fueron fiestas y cultos liberadores muy arraigados en el mundo romano y post-romano que el cristianismo quiso borrar con empeño. El oscuro Saturio, eso sí, de haber existido, hubiera habitado las mismas tenebrosas cuevas que podrían ser refugio de un Titán.

En todo caso, Saturno ya era un Dios popular en el Lacio antes de la colonización del Cronos griego, y a ese Dios anterior, cuyo nombre nace de satus (sembrado) o de satio (sazón, siembra o cosecha), por tanto vinculado a la opulencia y a fertilidad, debemos las celebraciones del solsticio de invierno, las míticas Saturnalia, donde se celebraba el prodigalidad de la tierra con banquetes generosos, con dádivas y regalos a los parientes, con fiestas sin fin, donde se recordaba la fraternidad humana y el esclavo se sentaba a la mesa del señor para ser servido por este. Todavía en Plácido, de García Berlanga, esa ácida crítica a la mentira navideña, el mendigo se sienta a la mesa de las burguesitas provincianas. Hoy ya ni se nos ocurriría hacerle semejante honor al remoto Saturno.

Saturno quedó en Saturio, la abundancia y la fertilidad derivaron en renuncia a los placeres del mundo, a la comida, a la fiesta y, por supuesto, a la carne. Nunca nombres tan cercanos designaron principios morales tan alejados.

Hoy ya no existen eremitas en Occidente, algunos monjes camaldulenses aislados en el Yermo de Herrera, en Burgos, los ortodoxos pobladores de Meteora en Grecia y poco más, que procuran mitigar los rigores con unas pocas comodidades básicas, a saber: cuarto de baño, agua caliente, estufa de leña, y finalmente, sala de oración, para escribir o leer. Curiosamente, espacios no demasiado alejados de las cabañas o refugios alquilados, comprados e incluso construidos con sus propias manos por variados artistas, escritores o filósofos que tan bien ilustra el ensayo fotográfico Cabañas para pensar, que sacó a la luz Maia ediciones.

En la lejana India, sin embargo, los sadhu, los saturios del hinduismo, santones o monjes que renuncian a todo, incluso a esas mínimas comodidades, proliferan hoy como ayer por los suburbios superpoblados pidiendo limosna para luego refugiarse en el más absoluto y riguroso retiro o abstinencia de los placeres mundanos, una forma de vida que desapareció hace siglos de España. Luego están los que ejercen vida de ermitaño por obligación y un poco por espíritu de resistencia; estos son los habitantes de pueblos agonizantes que la civilización ha olvidado. Avelino Hernández describe a varios de estos en su libro ya citado o en un canto elegíaco titulado La Sierra del Alba. Es Julio Llamazares, quizá, quien mejor ha descrito esta forma de vida resignada de muchos pueblos en invierno y en su invierno con textos como El rio del olvido:

Días interminables, noches largas y oscuras, semanas y semanas encerrados en las casas escuchando la radio y jugando a las cartas y rezando en la noche para que nadie caiga enfermo y se muera sin poder salir de aquí. (p. 129)

Rezando en la noche.

Es cierto que, a la postre, Saturno venció a través de los dos ritos herederos de las viejas Saturnalia (Carnaval y Navidad), si bien descafeinados y ya carentes de todo sentido trascendente. Pero también es cierto que es cada vez más intenso el reflujo que lanza a los hombres, por amor a lo distinto –y a lo distante- a experimentar un retiro aunque sólo sea como experiencia limitada, muchas veces buscando un idílico paraíso campestre sin saber de la verdadera dureza del aislamiento, como prueban la multitud de fracasos en este tipo de experiencias.

Soria, la provincia, la ciudad, conserva todavía ese halo eremita, nos ofrece ruinas discretas y amables, alguna terrible (como esa enorme fortaleza de Gormaz) y ha conseguido preservar en su despoblación el lejano aroma de aquellos sadhu que la poblaron de forma precaria y anónima. Parece un contrasentido, como esa tensión entre el viejo rito de la abundancia y el nuevo de la abstinencia, que algo tan etéreo como el agreste encanto de la abstinencia de aquellos saturios siga ejerciendo esa atracción en el sistema de la saturación absoluta.

Las palabras engañan, pero en el interior de las mentes evolucionan y crean extraños retruécanos, como esa tensión dispareja entre saturios y saturación que termina explicando el sentido final de nuestra época.

jueves, 23 de abril de 2020

EN LAS CASAS DE LA INFANCIA




En la película Gritos y susurros, de Ingmar Bergman, una niña se esconde detrás de los visillos y contempla un tanto cohibida a su madre sentada a la mesa en el salón rojo. La madre la llama y la niña, obediente, acude. En ese lugar nos encontramos los lectores cuando leemos ciertas obras mal llamadas autobiográficas, porque superan con creces esa etiqueta. En cierto modo, todo aquel que se asome a una obra narrativa se instala en ese precioso lugar tras el visillo, es cierto, pero la diferencia es que en aquellos relatos donde se cuentan hechos inusualmente íntimos, es el propio autor el que se coloca dentro tras la cortina traslúcida. La escena de Bergman es un recuerdo, un flashback cinematográfico, pero su intensidad, su cercanía, nos desarman.

                Gritos y susurros es una película de interiores, de interiores asfixiantes, incluso, donde dos hermanas velan a otra, moribunda, y la atmósfera creada por Sven Nykvist en la fotografía nos hace palpar, casi oler la casa, como en cierta forma ocurre con ese apartamento de Dorothy Vallens en Terciopelo Azul. En ambas cintas, uno de los personajes principales es la casa desde un punto de vista opresor. La casa, que para muchos en estos días se ha convertido en cárcel, en obligado retiro o confinamiento, no parece estar siendo bien tratada en el cine, con ese aluvión de casa encantadas y oscuras, herederas del cuento gótico, que Tim Burton ha reinventado para las generaciones más jóvenes y, sin embargo, siempre hay en esas mansiones un poso de seducción, de atracción inevitable. El siglo XIX está repleto de esos relatos de terror que tantos hemos leído en nuestra juventud. La literatura sobre las casas amables, protectoras al tiempo que vitalistas, abiertas, ricas, ofrece una lista de títulos un poco más corta; pensamos que no hay aventura en disfrutar de la vida cotidiana y, sin embargo, más en estos días, se nos figura un género esencial. Hablaremos hoy, en este día del libro, de unas pocas narraciones, pero para mí elocuentes en esa franja estrecha donde confluyen las experiencias de los propios recuerdos y de las casas de la memoria donde los habitamos.

                Decía Gastón Bachelard, en un libro hoy difícil de encontrar, pero capital en su producción filosófica, La Poética del Espacio, que los poetas y los pintores son fenomenólogos natos, y es cierto que es necesaria mucha capacidad de observación para rescatar los escenarios de la infancia, no sólo en el orden de los acontecimientos, sino también en el orden de los lugares que los vieron desarrollarse. Un libro reciente, del excelente filólogo, escritor y traductor Victor Colden, ha dado en el equilibrio exacto de esa revisión de los pabellones vacíos de la infancia donde caben tantas y tantas vivencias sin peligro de que las estancias rebosen. Decía García Montero en Poesía, Cuartel de Invierno, y también Luis Buñuel en algún lugar de Mi último Suspiro, que “el genio es la infancia encontrada voluntariamente”. Se cumple de manera clara esta máxima en el libro de Colden, su Inventario del Paraíso, una visión tan particular y a la vez tan universal que nos pellizca en los más remotos recuerdos de los lugares de nuestro inestable olvido.

Todas las casas en gran medida son la casa de la infancia, el espacio donde más tiempo hemos pasado en la vida del pensamiento; como escribiera Ambrose Bierce: “De la infancia a la juventud transcurre una eternidad; de la juventud a la edad adulta, una estación del año. La vejez llega en una noche y es increíble”. Es aquí donde Colden acierta y se nos revela como el gran fenomenólogo que es, organizando, un poco aristotélicamente, las sensaciones captadas en pequeños capítulos como cajones de armarios: Árboles, Palabras, Visitantes, Sabores, olores, Placeres, Animales… Lugares. Él diría: como una biznaga de palabras. Es curioso, porque en la obra inaugural de esa “fenomenología de la imaginación” que es La Poética del Espacio, Bachelard, haciendo un recorrido desde el sótano a la buhardilla de una casa-arquetipo, se detiene en los armarios, en los cajones, como trasuntos en miniatura de la propia casa, de los “ensueños”, como él los llama, de ser diminuto y esconderse en los recovecos. Así, cita Bachelard: “El armario –dice Milozs- está lleno del tumulto mudo de los recuerdos.” Y nos recuerda este poema de André Bretón:

L’armoire est pleine de ligne
Il y a même des rayons de lune que se peux deplier.

            Las preguntas a las que nos expone Bachelard ante su análisis de la casa son múltiples y todas esenciales, insertadas en capítulos en apariencia inocentes: casa y universo; los rincones; la concha; la miniatura; la inmensidad íntima… En realidad, nos coloca ante nuestra propia existencia corporal como continente de la consciencia, nos reduce al espacio más esencial y después nos proyecta a nuestro exterior inmediato: nuestra habitación, nuestra casa… La referencia a Bousquet, aquel poeta que cuyo universo era una cama, es elocuente: “Nadie me ve cambiar. Pero, ¿quién me ve? Yo soy mi escondite.” Y Víctor Colden nos da una respuesta en su libro, porque a través de una síntesis resuelve ese gran drama que planteó Edmund Husserl: “La mayoría de los hombres pasan por la vida como si estuvieran medio dormidos”. ¿Qué integra esta síntesis? Recordamos ahora la mirada de la niña de Bergman. En el Inventario del Paraíso, la mirada desinhibida del niño que ya es mayor –pero a la vez niño-, comienza por desgranar todos los lugares importantes de la casa, los impregnados de la observación y la experiencia primera, los que están enlazados con alguna vivencia: la hamaca del abuelo, que los pequeños acechan escondidos, el tocador de la abuela Lola, la entrada de arriba, la fábrica del garaje… La casa y sus habitantes quedan unidos, indisolubles, desde el principio, en la memoria de Michi, el niño que fue. Lo que nos enseña Colden desde la primera página es sus rincones, una palabra que para el niño conserva toda la plenitud de la aventura, del descubrimiento, porque un rincón es el contrario de un no-lugar, es un espacio cargado de significado. Nos cuenta Bachelard: “El rincón se convierte en un armario de recuerdos. Habiendo franqueado los mil umbrales del desorden de las cosas polvorientas, los objetos-recuerdos ponen el pasado en orden.”

                La narración de Colden no se inscribe en la ficción ni la autobiografía, ni en ese extraño monstruo que dio en llamarse autoficción, no es una novela al uso, es un género distinto que hunde sus raíces en textos como los de Natalia Ginzburg, que descubrí gracias a este Inventario del Paraíso. En la más genuina de las obras de Ginzburg, Léxico familiar, la autora pasea a través de los momentos íntimos de su familia, de sus hermanos, sus padres, los vecinos. Las vivencias y recuerdos desfilan por las estancias de la casa familiar con una naturalidad -a la vez íntima en extremo y despegada- que nos hace sentirnos por momentos unos invasores. Pero es la propia Natalia Ginzburg (Levi de nacimiento) la que ocupa el papel de esa niña de Gritos y Susurros, porque asume con radicalidad el papel de observadora de las numerosas discusiones de familia, las travesuras de los hermanos, momentos cómicos y las manías de su padre, el celo por el mezzorado, los poemas balbuceantes y pegadizos, los jerséis, las manzanas, el frío de la casa… la narradora se dedica a grabar esas escaramuzas como si de una grabadora doméstica se tratara hasta que, sin aviso previo, (en la página 160 de la edición de Lumen), pronuncia, ya casada, dos palabras como respuesta a una pregunta de su hermano: “Más rica”. Desde entonces, el libro cambia, se vuelve más pesimista, son los años de la persecución fascista, los años de los detenidos y desaparecidos, de los muertos. Nosotros, lectores, que éramos como uno más de la familia, que comíamos los smarren sentados a su mesa, de repente nos sentimos cohibidos porque nos están contando la tragedia que sufrió la mejor generación intelectual italiana del siglo XX en el periodo de entreguerras e inmediata postguerra, y lo hemos visto pasar entre pijamas, sábanas colgadas y ropa interior limpia llevada a la cárcel. La frase final de Léxico familiar nos trae al principio: “¡la de veces que he oído contar esa historia!”

Los textos de Colden y Ginzburg comparten varias cosas, pero una de ellas es su amor por las palabras o las frases hechas de la familia, por esas palabras que parecen adquirir corporeidad, una textura maleable y a la vez firme que las hace resistir años, de modo que, pronunciadas incluso décadas después, nos hacen regresar también, como la magdalena de Proust, al inicio de la historia. En Léxico familiar son incluso poemas tontos que vuelven cada cierto número de páginas –y de años-.

Yo soy don Carlos Tadrid
y soy estudiante en Madrid.


En Inventario del paraíso, el afán de recuperar esas palabras personales llega a convertirse en una verdadera investigación: Ataití-itiatá, Aceitazo, Gloria, Rollo, Cojo, Leshe… Palabras que en el “léxico familiar” interno tienen significados y códigos superpuestos que no entenderíamos si no fuera porque Colden, primoroso, deteniéndose en cada detalle, nos los deshoja y pincha para nuestro disfrute como flores de la biznaga. Están también los animales: la salamanquesa, el camaleón y, sobre todo, la bisha, que pululan por las estancias y el jardín de ese paraíso de la infancia que es la casa de Las Palmeras, la casa de veraneo de los abuelos malagueños. O los olores, que Colden ha guardado en una alacena secreta de su memoria (esos cajones de Bachelard…) en botes que podemos abrir y aspirar. O los sabores: el pan con aceite y azúcar, los rosquitos… El inventario se hace insondable y cuando uno termina, como en todos los buenos libros, queda apenado y desea volver al camino inicial, a la primera página, porque nada hay como la primera lectura de un libro, la lectura del niño, aunque, por desgracia, no podemos volver a esa niñez del lector sino evocándola, como hago yo ahora en estos textos.

Todos conservamos la casa de la infancia, aun cuando la vida nos haya hecho mirar hacia otros horizontes demasiado pronto, aun cuando esa infancia terminara antes de tiempo o nos hubiéramos vuelto hipermétropes por comodidad. Colden y Ginzburg nos enseñan el valor de esos momentos ya casi olvidados; a través de ellos volvemos a recordar nuestros porches, nuestras alacenas, armarios, camas deshechas, palomares, desvanes, por muy pronto que los abandonáramos. En este sentido, se me figuran textos casi terapéuticos.

Suelo incitar a mis alumnos a hacer una especie de paseo de Rauschenberg desde el instituto a su casa. Les insisto en que se fijen en esos pequeños detalles en los que no reparan durante el trayecto, aunque lo hagan todos los días. Los resultados suelen ser asombrosos. Estos tres libros que he seguido son nuestro propio paseo, nos enseñan a detenernos y a reflexionar sobre las miserias y tristezas de los descuidos de nuestra percepción, pero también los triunfos, porque a través de su universalidad se nos abren de nuevo los sésamos olvidados de nuestras primeras percepciones. Entonces se dibuja en nuestra mente una casa, puede que la de Colden, o la de Ginzburg, pero con un poco de suerte la nuestra, olvidada bajo mil enseres. “Pedir al niño que dibuje una casa es pedirle que dibuje el sueño más profundo donde quiere albergar su felicidad (…)”, dice Mme. Balif a través de Bachelard.

Llevamos semanas de confinamiento y empezamos a odiar incluso la existencia de nuestros domicilios, que nos oprimen como camisas de fuerza. Intentaremos olvidar estos días en cuanto podamos, pero quizá sea un error, quizá un ejercicio que nos salve sea colocar nuestro entorno en paréntesis y realizar una suerte de epojé al estilo fenomenológico; blindar esos trazos de experiencia en nuestro interior, quizá nos sean de mucha ayuda en un futuro que desconocemos. Recuerdo ahora un artículo que escribí hace más de veinte años en torno a los cuentos populares, decía yo entonces que “el escepticismo es un duro pecado, pero como actitud ante la vida es una penitencia. En los cuentos no existe tal cosa, la cuestión no está en creer o en no creer, sino en experienciar.” Seamos pues, ante estos duros momentos de nuestra vida azarosa, frente a un futuro incierto, una vez más, niños, y atesoremos estas experiencias limítrofes como un seguro hacia lo que está por venir. Colden, Ginzburg y otros autores nos ayudarán sin duda.


Jumilla, Día del Libro de 2020, sobrepasada la cuarentena en confinamiento.


BIBLIOGRAFÍA:

Bachelard, G., La poética del Espacio, FCE, México, 1993
Colden, V., Inventario del Paraíso, Libros Canto y Cuento, Jerez, 2019
Ginzburg, N., Léxico familiar, Lumen, Barcelona, 2019
Medina, B., Entre fenomenología y poiesis, apuntes sobre los cuentos populares, en revista Anaquel, nº 2, Ciudad Real, 1999

jueves, 9 de abril de 2020

CLÁSICOS DEL CONFINAMIENTO



En la penumbra de nuestras estancias, durante estas cuarentenas que nos remiten a tiempos pasados, las mentes se difuminan y vuelan sobre los textos del confinamiento. Recordamos a Petrarca, a Camus o Thomas Mann sin dejar de pensar en estos libros como novelas de ficción, cuando todos ellos están inspirados en hechos reales.
Hoy quiero evocar a los autores más que a sus obras, a esos hombres y mujeres que vivieron ocultos en el silencio de sus casas durante largos años, muchas veces obligados, algunas por una decisión propia generada por la presión del entorno. No hablaré aquí de los eremitas de la Tebaida ni del Thoreau de Walden, porque sus encierros y los textos que generaron respondieron a decisiones personales profundamente meditadas, no a la necesidad biológica o social. Citaré, eso sí, a esos gigantes de la literatura que, incapacitados o segregados, dieron al mundo obras únicas que de otra forma no habrían podido ser escritas.
Recuerdo a Joë Bousquet, el poeta francés herido en la gran Guerra que pasó décadas postrado en cama sin salir de una habitación oscura a la luz de una lámpara, desde la que construyó sus densos poemas. Regreso a Marcel Proust, cuyos largos periodos de postración dieron final a la gran saga de la memoria recobrada que es su obra. También Emily Dickinson pasó décadas sin salir de su casa, por propia iniciativa, sí, pero obligada por la presión del ambiente social. Sus poemas no hubieran existido sin ese aislamiento físico. Es cierto, como también ocurrió con Lovecraft o con Hildegarda von Bingen, ¡qué distintos y qué separados en el tiempo!, que esos confinamientos se vieron compensados por una intensa actividad epistolar.
A pesar del mérito de sus textos y de sus ejemplos de fortaleza y voluntad, no voy a hablar ahora de ninguno de ellos, sino de otro autor totalmente diferente que me ha acompañado desde la niñez. Hablaré y citaré únicamente su último libro, escrito en la sordidez de un hospital donde lo aparcaba un cáncer de próstata. Regular, gracias a Dios es el último libro de José Antonio Labordeta, el gran andarín aragonés, profesor de enseñanza secundaria, activista, político, cantautor, personaje del cine y la televisión, polígrafo.
Labordeta terminó lo que él dio en llamar unas “memorias compartidas” apenas un par de meses antes de morir. El texto viaja entre sus recuerdos ordenados en etapas concretas de su vida y el estéril confinamiento en el sórdido hospital zaragozano. Cuando el lector viaja por sus memorias sabe, en todo momento, que Labordeta escribe durante los últimos meses de su vida; sin embargo, el escritor jamás nombra el inevitable y cercano final de su situación, aunque lo frecuente. Habla con absoluta naturalidad de las buenas relaciones con sus oncólogos, del paulatino recorte de su libertad de movimientos, como si de un cuento de Cortázar se tratase, de su poca presencia física, de su menguante vitalidad, y lo hace siempre con humor, con esperanza y con una inevitable ironía maña. Se permite toda clase de pequeñas anécdotas, porque éstas no son unas memorias al uso; por ejemplo, la divertida entrevista (página 112) que tuvo nada más llegar a París y que reproduzco:

El vestíbulo estaba repleto de propaganda de Argelia francesa, y sin intimidarme mucho llegué a la oficina donde me recibirían para resolver el papeleo. Saqué todos y cada uno de los expedientes, y de pronto vi que la secretaria se retenía la risa como podía: la causa era mi notable en la clase de religión de quinto de carrera.
—¿Es cierto?
—Ciertísimo. Si no me hubiese sabido las Bienaventuranzas ahora no podría presentarles la documentación completa.

Muy cerca del final del libro, la reclusión se inscribe dentro de su propio piso, y es ahí, en una página inolvidable, donde Labordeta termina entroncando con Bousquet, Proust y tantos otros atletas del confinamiento. Caen frases inmisericordes y a la vez vitalistas sin respiro para el lector: “Cada día lucho más contra esta indecente forma de hacerme viejo, casi anciano, y uno de mis deberes cotidianos es recorrer el pasillo de mi casa —lo recorro veinte veces por la mañana y otras veinte por la tarde—”. Unas líneas más abajo, en esa página 213, se permite una dura y realista metáfora existencial: “Cuando uno no tiene más que su casa como recorrido y vida, hace de ésta un lugar tan hermoso como el más hermoso (…). Mi casa, como digo, es mi refugio y también mi condena y todos los días, tras finalizar mi paseo de veinte pasillos, acepto que ese paseo ficticio es mi vida y quiero hacerlo todos los días y me doy cuenta de que cada vez necesito menos cosas para ser feliz.”
Labordeta deja una lección de vida hacia el futuro, precisamente en el momento en que él ya ha agotado el suyo propio; una lección que se nos figura fundamental para arrostrar estos tiempos de penuria. Regular, gracias a Dios fue el primer libro que terminé dentro del confinamiento y que me ayudó a entender que, por mala que fuera nuestra situación, siempre podríamos afrontarla con un atisbo de la entereza con que la encaró el viejo cantautor.
Vayan estas líneas en recuerdo de José Antonio Labordeta, de Luis Eduardo Aute y de otros luchadores por la libertad que hoy ya no están con nosotros.

En mi piso de Jumilla, día 27 del confinamiento por la epidemia de coronavirus.


viernes, 1 de noviembre de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/09. Con Lucía Chovancova

"Donde habito es en el español", Lucía Chovancova

Nacida en Eslovaquia y enamorada del idioma castellano, Lucía Chovancova se licenció en Filología Hispaánica en Granada, donde ejerce como profesora y ultima su tesis sobre cuentos populares. Ha estudiado también Antropología Social y Cultural. Hablar con ella es realizar un viaje exquisito a las intimidades de nuestro idioma y a las músicas centroeuropeas.

Pincha aquí para escuchar el programa: https://www.ivoox.com/amalgamas-lucia-chovancova-audios-mp3_rf_33936826_1.html

viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/06. Con Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

"No es que haya muchos hechos, es que hay muchas noticias de un hecho" Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

Las nuevas configuraciones y formas del periodismo, las modernas manifestaciones de la poesía y los poetas digitales como @srtaBebi son tratados con desenvoltura por nuestra joven estudiante de Periodismo y Comunicación con mucho futuro, Inés Sánchez-Manjavacas.

Pinchar en el enlace para escuchar el audio del programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-ines-sanchez-manjavacas-audios-mp3_rf_32463766_1.html

domingo, 27 de enero de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/04. Con Pilar Olivares González

 "Podré tardar más o tardar menos, pero al final siempre alcanzo mi objetivo" Pilar Olivares

De la magdalena de Proust a un restaurnte en Larrabetzu, la joven cocinera Pilar Olivares, nos abre las puertas de espacios para muchos desconocidos donde el rigor y la excelencia en el trabajo son la norma. Coordinación de Bartolomé Medina y al control técnico Antonio Munuera. Podéis escuchar el resto de programas en los podcast de Antena Joven.

Para escuchar el programa pincha en el enlace:
 https://www.ivoox.com/amalgamas-pilar-olivares-audios-mp3_rf_31637767_1.html

miércoles, 26 de diciembre de 2018

PROGRAMA #AMALGAMAS/02 Con Carlos Gil Gandía

"La desvertabración del derecho internacional a través del olvido" Carlos Gil

El profesor de la UMU y experto en derecho europeo Carlos Gil Gandía nos hace un recorrido apasionate por los flujos migratorios actuales, las trampas del nacionalismo, Sánchez Ferlosio o la España vacía sin que falte buena música consciente. Coordinación de Bartolomé Medina y al control Antonio Munuera.

para escuchar el programa pincha en el enlace:

https://www.ivoox.com/amalgamas-programa-2-carlos-gil-gandia-audios-mp3_rf_30897728_1.html

domingo, 9 de diciembre de 2018

NUEVO PROGRAMA HERMANO: #AMALGAMAS/01

 "Ser consciente provoca cambios" Paqui Ruiz

Un nuevo espacio, esta vez en formato radiofónico, se une a La Amalgama. El programa de Antena Joven Jumilla titulado Amalgamas quiere ser un espacio de encuentro sonoro articulado en formas expresivas variadas: músicas, coloquio, lecturas y referencias. Contaremos con Antonio Munuera en el control técnico y en esta primera entrega Paqui Ruiz, trabajadora social y Técnica de Igualdad en el Ayuntamiento de Jumilla abre la temporada con su visita al programa. Mujer, feminismo, sororidad, juventud  y buenas músicas y lecturas conscientes de ayer y de hoy llenan nuestro ámbito sonoro.

    Para escuchar el programa pincha el anlace de abajo.

Amalgamas programa #01. Con Paqui Ruiz