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jueves, 24 de octubre de 2024

FRANZ KAFKA VISITA TU CENTRO

 


Pasadas las dos menos veinticinco toca un timbre ensordecedor y como un resorte, todos los alumnos se levantan de la mesa para encaminarse a otra aula. El profesor tiene un tiempo inexistente para transitar hasta la siguiente franja horaria. Tarda dos minutos en desplazarse de un pabellón al otro del instituto. Los alumnos no esperan, se empujan, corren por los pasillos, gritan. Es un grupo hablador, se dice. Con este eufemismo se califica a un conjunto de veintitantos preadolescentes que no son capaces de permanecer quietos y silenciosos, o atender más de diez minutos seguidos una explicación. Pueden ser disruptivos, pueden tener déficit de atención, puede que no entiendan el extraño ritual que se desarrolla antes sus ojos, o simplemente estar aburridos tras cinco horas de clase ante unos contenidos que son incapaces de asimilar.

            El profesor ingresa en el pozo sin fondo que es un computador educativo. Previamente comprueba desalentado que en este pabellón del instituto no funciona la wi-fi. Debe compartir los datos de su móvil y generar una wi-fi alternativa. El ordenador desconoce la contraseña de esa nueva wi-fi, por lo que tiene que ingresarla diligentemente. El profesor respira aliviado al pensar que su compañía le ofrece datos ilimitados, pues lleva gastados este mes cerca de 500 megas en la wi-fi móvil que usa en el instituto.

            Superado este trámite, debe ingresar la contraseña para abrir la sesión correspondiente. Ocasionalmente se puede encontrar con que el profesor anterior no haya cerrado su propia sesión y debe proceder a cerrarla para abrir la propia. En segundo lugar, tiene que ir descartando toda una larga retahíla de sugerencias, impedimentos y protocolos vacíos antes de poder usar el navegador. Los computadores educativos suelen estar congelados, son como almas reencarnadas, no recuerdan nada de la sesión anterior, sobre todo si el profesor que ha ocupado el aula en franjas anteriores apaga el equipo. Eso significa que posiblemente esta larga lista de decisiones inútiles se repetirá en todas y cada una de las sesiones que se abran durante la mañana: cuatro, cinco, o más.

            Finalmente, el navegador accede generosamente a ser utilizado tras una nutrida lista de clics en la opción “no permitir”. Tengamos en cuenta que el navegador es pertinaz y siempre querrá suplantar al posible competidor y establecerse como prioritario. Una vez dentro, el profesor accede a la aplicación correspondiente que le permite pasar lista. Hoy no está disponible de inmediato, son vísperas de evaluaciones y el servidor está saturado. Tras varios intentos y un buen desgaste de paciencia, el servidor se desbloquea. El profesor debe ingresar de nuevo su contraseña, una contraseña que ha de cambiar y memorizar cada treinta días. Una vez tecleada la larga sucesión de letras y números, el servidor pide una clave. Esa clave solo se encuentra en el móvil del profesor; este debe entrar en su dispositivo, abrir la aplicación de autentificación de Google y teclear el código que se le pide. Esta vez, el profesor ha sido lento, y el código ha expirado, por lo que tiene que volver a teclear el nuevo código que la aplicación ha generado.

             Han pasado más de diez minutos.

El profesor al fin puede pasar lista. Hay alumnos expulsados, alumnos en intercambio, alumnos finalmente que sí están en lista. Algunos de ellos no han asistido a clase. Hoy faltan un total de trece alumnos por diversas causas, justificadas o no. Justo la mitad del grupo. El profesor duda si adelantar materia o repasar. Finalmente, acuciado por la falta de tiempo acumulada en semanas anteriores, se decide temerariamente por la primera opción.

            Para ilustrar la clase de hoy, este profesor ha de acceder al Aula Virtual, para ello deberá ingresar por tercera vez la misma contraseña, pues Aula Virtual es un ente autónomo, una república independiente dentro de la plataforma general que organiza los centros educativos de su Comunidad Autónoma.

            Aula Virtual tarde en cargarse.

            Han pasado más de quince minutos.

            Descargados los materiales, el docente propone las tareas del día, explica un par de conceptos básicos y espera a que surja alguna pregunta de entre el racimo de los pocos alumnos todavía despiertos. Nadie tiene dudas. Los ejercicios no podrán ser terminados hoy, quedan diez minutos de clase, así que el profesor recomienda que sean terminados en casa para corregirlos al día siguiente. Al profesor le queda la tranquilidad de que, al ser última hora, si olvida cerrar alguna sesión, nadie le va a robar los datos de su cuenta en la Plataforma Educativa. Aun así, cierra con diligencia, una a una, todas las aplicaciones, en lugar de apagar directamente el equipo.

            Quedan unos pocos minutos para que toque el timbre de salida.

            El profesor insta a los alumnos a que suban las sillas sobre los pupitres, de forma que el trabajo de limpieza por la tarde sea menos pesado. Comienza un ruidoso descalabro de tubos de acero pintados de verde y asientos de contrachapado. Acaba el ritual, toca el timbre y todos los alumnos huyen en tropel como si algún monstruo hubiera aparecido de pronto en el aula. El profesor, exhausto, queda abstraído en medio del espacio vacío del centro. Es joven, cumple escrupulosamente todos los protocolos y piensa en la inmensa suerte que ha tenido al conseguir una cierta estabilidad laboral dentro de su condición de interinidad. Utilizará la tarde entera en llevar perfectamente preparados, empacados y deglutidos los contenidos del día siguiente.

Mismo centro, ocho y media de la mañana del día siguiente.

La madre de uno de los alumnos que no asistieron el día anterior a la última clase pregunta por el profesor. En conserjería le informan de que el profesor a quien busca no tiene docencia directa a esa hora. La madre, ya molesta, se enfurece y blasfema, pasa directamente a los despachos de secretaría donde, sin mediar palabra, registra una queja firmada por varios padres más. La ley es clara, y con un cincuenta por ciento del alumnado ausente, el profesor tiene que limitarse a repasar contenidos ya impartidos.

Quince días después, el ignorante profesor recibe la visita inesperada del inspector.

jueves, 2 de mayo de 2024

EL OLVIDO DE AZCÁRATE



Hace años leí un relato. Tres hombres partían de León con el interés de fundar un espacio de libertad y enseñanza en una alejada comarca minera llamada Laciana. Tras el largo trayecto, dormirían en la casa de un cuarto hombre, Francisco Sierra, que estaba dispuesto a poner sobre la mesa el dinero necesario. El relato llevaba por título Lecciones de las cosas, y su autor era Luis Mateo Díez. Dos de los hombres venían directamente de Madrid y eran los creadores de una empresa hoy mítica: la Institución Libre de Enseñanza. Eran, claro está, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío. El tercer hombre era un personaje singular, un leonés, político liberal (hoy diríamos progresista), escritor y filántropo, llamado Gumersindo de Azcárate. Juntos habían sorteado los difíciles caminos serranos hasta llegar a Villablino, la capital de la comarca. El relato cuenta, de manera amable y tranquila, casi con demora, las conversaciones de estos hombres buenos en su tarea de apuntalar los estatutos de lo que serían las escuelas de Villablino, donde niños sin recursos pudieron labrarse durante años una instrucción y un futuro.

                Luis Mateo Díez me ganó con Celama, después descubrí el resto de su vasto reino, como Benet me ganó con Región —ya sabemos que Celama está a unos cuantos kilómetros de Macerta—. Lecciones de las cosas no pertenecía a Celama, sino a un reino mucho más etéreo y vulnerable que floreció durante las dos primeras décadas del siglo XX. El reino de la Residencia de Estudiantes, de los intelectuales comprometidos, de Lorca, J.R.J., Ortega, Ramón y Cajal y, por supuesto, aunque le pilló muy mayor, el reino de Azcárate. La dictadura lo borró de cuajo y durante décadas permaneció en la penumbra, al igual que la Fundación Sierra-Pambley, una de sus provincias más florecientes. Hoy se recuerdan y se honran aquellas empresas del intelecto, y han sido recuperadas por las instituciones del Estado, pero ciertos nombres parecen no escapar del olvido. Uno de ellos es el de Gumersindo de Azcárate, —quizá el leonés más importante de la historia, obviando a los monarcas medievales—. Solo con citar una ley que salió de sus manos sabremos de su importancia: la Ley de represión de la Usura, la Ley Azcárate, de 1908.

                Gumersindo de Azcárate es hoy un hombre completamente olvidado, como tantos, incluso más olvidado que Giner de los Ríos o Cossío. Tampoco su obra parece ser tenida en cuenta. Y quizá es su propia patria uno de los lugares donde menos se le recuerda.

                Visité Villablino en 2023, no buscaba a Don Gumersindo, sino su fundación. Nadie, en bares, mercerías o tiendas de electrodomésticos supo decirme exactamente donde se encontraba, a pesar de que Villablino es un pueblo pequeño y diáfano.

—Allá arriba, en las afueras del pueblo— acertaron a decirme.

Pregunté por Luis Mateo Díez. En una librería, un hombre grande y algo atildado me dijo que no podía con sus libros, que lo respetaba, pero que era demasiado para él.

—Él reconoce que sus libros no son de fácil lectura— concluyó como excusa.

En el pueblo no lo recordaban. Luís Mateo Díez nació y paso sus primeros años en Villablino, entre remontes de carbón y bosques de roble y haya. El escritor, reciente premio Cervantes, establece dos pilares en su obra: la infancia y El Quijote. Nadie recuerda al escritor en su ciudad natal, a pesar de que Celama linda con Laciana. Estos intelectuales leoneses parecen personajes sacados de sus propios relatos, personajes míticos, de fantasía y, sin embargo, muy reales. Personajes salidos de algún filandón en una noche de invierno. En Villablino, en la misma calle en cuesta donde sigue abierta una vieja librería que no tiene un solo libro de Díez, algunas manzanas más arriba, hay un Pub Filandón, está cerrado y se vende.


                La realidad está hecha de la materia de la ficción, y no al revés. Es bien sabido, pero es una verdad que no suele contarse por sospechosa. A pesar de todo, hace poco obtuve pruebas fidedignas de la certeza de este hecho. Fue ayer, preparando una charla sobre el viaje musical de Joaquín Sorolla, para acompañar el programa de la soprano Mariví Blasco y del pianista Ignacio Torner. Escuchaba una conferencia de José García-Velasco, actual presidente de la Institución Libre de Enseñanza, cuando me tropecé, como si me derribara un rayo, con un retrato de Gumersindo de Azcárate, obra encargada por la Hispanic Society al pintor valenciano. El retrato está fechado en 1917, y es posible que Sorolla lo terminara ya muerto el anciano político; la humanidad, la bondad del rostro, resultan más emocionantes cuando se conoce la biografía del retratado. No fue eso lo que me dejó helado.

                Gumersindo de Azcárate, que contaba 87 años cuando fue retratado, me resultaba tremendamente familiar, era un rostro que había visto repetidas veces en fotografías unos días antes. No me quedaba duda. El óleo de Sorolla reproducía el rostro de Luis Mateo Díez en la actualidad, más avejentado quizá, y vestido a la manera de principios del siglo XX, pero era él, la misma nariz curvada y recta a un tiempo, el mismo cabello canoso, el corte de la barba, el rostro alargado y sereno, pero a la vez afable, las lentes leves, que habían modernizado su diseño. Azcárate tenía el rostro mismo de Díez más de un siglo antes de recibir éste el Cervantes. De alguna forma, Sorolla había unido sus vidas, sus trayectorias intelectuales sólidas e impecables, en ese óleo que descansa en Nueva York. Había unido también sus respectivos olvidos, y la misma pacífica indiferencia con que ambos autores se enfrentan al daño que puede hacerles ese viejo mal español. Azcárate y Sorolla veían desde su pasado militante y activo un futuro que desconocían, un futuro sobre el que nunca perdieron la esperanza, quizá porque no les dio tiempo, pues lo peor de nuestra estirpe se derrumbó sobre el país años después de que murieran. Y en medio, como un jalón en el camino, un férreo nexo temporal, estaba el relato, Lecciones de las cosas, la crónica novelada escrita por Díez, con respeto, casi con veneración, buscando en parte sacudir tanto olvido, de la fundación de Gumersindo de Azcárate.

                Veo a Luis Mateo Díez recibir el premio Cervantes con esa tranquilidad idílica de la que carezco y pienso que, a sus 81 años, tiene una confianza en la vida, en la forma de afrontar las miserias y derrotas humanas, mucho más firme que la mayoría de los que somos algo más jóvenes que él, o mucho más jóvenes, que es todavía peor.

sábado, 5 de noviembre de 2022

LA LIMPIEZA DE UN BOLÍGRAFO

 



Hará unos días, en una clase de 2º de Bachillerato, observé como una alumna, Diana Nicole, escribía con un bolígrafo sin tinta; el chasis plástico de protección dejaba ver un canutillo limpio y transparente. Le hice ver mi extrañeza, y me contestó que, aunque aparentemente el bolígrafo estaba ya vacío, sí quedaba una pequeña cantidad de tinta cerca de la punta y que pensaba consumir la minúscula reserva. Le insistí en que me avisara cuando eso ocurriera, y efectivamente, tres clases después, me mostró el bolígrafo totalmente descargado, incapaz de trazar línea alguna.

Era algo que hacía años que no veía, un bolígrafo aprovechado al máximo y sin rastro alguno de tinta. Normalmente, estos pequeños artefactos de cotidiana alta tecnología no suelen acabar su vida útil: se extravían, se deterioran prematuramente por el mal uso o, lo que es más común, terminan sus días olvidados en algún rincón del escritorio, en la ranura de un sofá, tras un mueble de poco uso, o lo más hiriente, metidos en un bote junto a un grupo de congéneres marginados.

Un bolígrafo constituye un logro de diseño de producto poco común. El perfecto ensamblaje entre la bola rodante de metal y el cono que permite que la tinta llegue a ella y se expanda alrededor de su esfera es un raro caso de intimidad máxima de los materiales. Su facilidad de construcción y su bajo precio hacen que no reparemos en su perfección.

Vivimos tiempos extraños, la despreocupación generalizada por las cosas, los objetos que nos rodean, contrasta con la cercana -y ya agobiante- carestía que nos espera. Algunas personas, generalmente los adolescentes -tan denostados por muchos “nostálgicos intelectuales” de medio pelo-, ya han entendido que nos aguarda un futuro de austeridad radical, similar a la postguerra europea en el siglo XX. La epidemia de Covid ha enseñado muchas estrategias en este sentido, y son las generaciones más jóvenes las que han interiorizado la grave advertencia que un minúsculo virus nos hizo llegar.

Se me figura que este bolígrafo cristalino, limpio y esencial como un pensamiento tautológico y el gesto no menos limpio y elocuente de Diana Nicole, son un símbolo de esperanza, un vector de posibilidad ante la dura prueba que se nos avecina, y creo que estos gestos minúsculos, estas presencias casi intangibles deben ser evidenciados, presentados, como lo que son: indicios que pueden indicar caminos de salida ante nuestro atolladero.

Se dice que el diseño de un bolígrafo barato no puede ser mejorado, pero es posible que este gesto responsable de cuidar su materialidad hasta el extremo proponga también la posibilidad, a pesar de su bajo costo, de la reutilización mediante una recarga de tinta, sin duda testimonial, pero es posible que los pequeños avances, las soluciones sencillas salidas de la más humilde cotidianeidad, puedan romper la deriva que gobiernos y grandes corporaciones no parecen saber detener.


domingo, 29 de diciembre de 2019

UN RECUERDO PARA EDICIONS DE PONENT


A la memoria de Paco Camarasa.


Hace ya más de tres años que se nos fue el responsable de una de las aventuras más saludables del panorama editorial español: Paco Camarasa Pina. Desde que en 1995 optara por entrar en el mundo de la historieta con la editorial Joputa CB, junto a Diego de la Torre, su actividad no cesó hasta su muerte. Su logro más importante es la creación y posterior internacionalización de su propia aventura: Edicions de Ponent, ese semillero de autores españoles que desde la humilde ubicación en Onil, donde Paco tenía la imprenta, o Castalla, su residencia, pero siempre en Alicante, demostró lo necesaria que era una apuesta independiente y libre, tanto para autores como para lectores. En 2003 fundará Ponent Mon, cuya filial en Rasquera (Tarragona) es hoy su único hijo vivo.
Lo que quiero destacar hoy de Paco Camarasa no es su extensa pléyade de premios (entre los que se incluye el Yellow Kid de 2005, (considerado el Óscar de los comics), ni su prestigio, fraguado con el trabajo exigente y entregado. Sus ediciones han cosechado multitud de reconocimientos, como el Premio Nacional del Comic de 2010 (entre otros) a El Arte de Volar, de Kim y Altarriba, ya sólo encontrable rebuscando en descatalogados, o el Premio nacional de Ilustración, ese mismo año, para Ana Juan (hoy reconocida internacionalmente) por Snowhite. A estos hitos podemos agregar, en distintas ediciones, los siguientes: Premio a la labor prohistorieta, al mejor guion y al mejor dibujo cómico del Diario de Avisos; Mejor Contribución Cultural del Cómic, XII Premios Cartelera Turia; premios a la mejor obra, guion y autor revelación en el Salón del Cómic de Barcelona; el White Ravens, el Junceda en la categoría de cómic y el Premio Nacional de Cómic de Cataluña.
Tampoco voy a hacer una inmersión especial en su faceta de animador cultural como Presidente de la Asociación de Editores de Cómic de España, o la creación del Centro de Documentación del Cómic en 2008, en Onil.
Y no quiero centrarme tampoco en la encomiable apuesta por los autores españoles por encima de todo, con ediciones de gran calidad, resumida en su frase: «Mientras que la mayoría de las empresas editoriales de cómics españolas se dedican a vender material internacional aquí, nosotros nos dedicamos a editar a autores españoles y vender sus derechos en el extranjero» ver. Es innegable que si más empresas españolas tomaran ese camino este país se convertiría de facto en lo que es en embrión, una potencia mundial en el mundo de la historieta y la ilustración.
Lo que quiero realmente destacar es que la labor de este gigante de la edición fue desde el principio una jugada no solo de riesgo, sino de clara pérdida económica. Cuando se decidió a dar el paso lo hizo sabiendo que podía permitirse perder 3000 o 4000 euros semanales. Lo que animaba a Camarasa era su amor al cómic, como en otros editores españoles, hoy olvidados, lo fue hacia la literatura. Camarasa quería dejar un legado, un legado digno, y abrir el paso a gente válida a lectores necesitados de esos talentos. El beneficio económico no importaba, un lema que hoy parece a muchos algo propio de locos o sonados.
Nadie ignora que este tipo de iniciativas va quedando paulatinamente reducidas a cenizas por la angustiosa presión de los gigantes de la edición y, sobre todo, de la distribución, cuyo único cometido es llenar las arcas con un material tan sensible como frágil. Llegados a este punto, la figura de Paco Camarasa me hace pensar en los héroes clásicos, que ejecutaban hazañas por encima de sus posibilidades.
Tras su muerte, a esta filantrópica empresa llamada Edicions de Ponent le pasó lo que todos sabemos: nadie se hizo cargo de las relaciones contractuales con los autores, ni de las obras vivas, ni de los fondos de editados ver, que fueron en su mayoría a alimentar el confuso mundo de los descatalogados y la segunda mano.  Sólo nos queda disfrutar de lo ya editado, como ejemplo, la inigualable Pareidolia de la multidisciplinar artista Rosana Antolí, el exquisito Míseres, de Francesc Grimalt o Sólo los muertos no hablan, de Ángel Muñoz; o bien, buscar los fondos que todavía se encuentren en el mercado y rezar para que otro loco se acuerde del cómic de autor nacional.

domingo, 8 de diciembre de 2019

GRETA THUNBERG Y LOS DEMÁS



Dedicado al equipo de El bosque habitado, de Radio 3 @BosqueHabitado, que tanto bien nos hace

Al principio me sentí esperanzado. Más tarde, enfurecido. A fecha de hoy me encuentro reafirmado en lo que siempre pensé sobre la activista más joven del planeta.

Greta Thunberg tiene razón.

La tiene porque es denostada y odiada a partes iguales por negacionistas, izquierda trasnochada, moderados paternalistas, ecologistas de medio pelo y toda suerte de extraños personajes de los que nunca se escuchó una sola palabra de alerta en torno al cambio climático. Verdaderos analfabetos recurren a científicos para acusarla de banalidad, mientras esos mismos científicos callan. Furiosos partidarios de expulsar a todo inmigrante subsahariano que llegue a nuestras costas recurren a la supuesta carta de la africana Kiwa, de 15 años, de la que nadie sabe nada, salvo que su texto es un modelo clásico de manipulación de la condición del tercer mundo. Kiwa le reprocha a Greta tener la piel muy fina por decir que le han robado su infancia, pero no repara en que esos mismos ladrones son los que robaron la suya, evidentemente mucho más difícil. En realidad Greta habla del hurto de los sueños, que no es cosa baladí.

A Greta se la califica de niña, cuando es una mujer de 16 años. Esos mismos críticos no se escandalizan al ver Lolitas anémicas emperifolladas desfilando por las pasarelas. Greta no va al colegio, claro, porque en todo caso iría al instituto, aunque en realidad viaja con un educador que cuida de su formación. Los padres de Greta –esos ogros- buscan fama y dinero, aunque en realidad ya la tienen; él es un actor conocido y ella cantante (actuó en Eurovisión en 2009). Se dice que han instrumentalizado su infancia, pero ninguno de los críticos ha emitido una palabra sobre los padres de Messi, de Nadal, de tantos Joselitos y Mélodis, de los participantes del talent show de turno, donde pequeños autómatas hacen piruetas estrafalarias o endiosados pinches de cocina se prestan a espacios tan falsos y sobreguionizados como Master Chef. Y lo peor de todo, la atacan por su síndrome de Asperger, que confunden con una enfermedad, y que suponen discapacitante para cualquier ejercicio del discurso público. Incluso confiesan algunos que les da “grima”, que “les da miedo”. Tan cacofónico como decir que Steve Jobs no podría ser un prodigio de la informática porque era disléxico o que Albert  Einstein no pudo ser un genio de la física porque suspendió en el instituto y encima su cerebro pesaba menos de la media. La lista de salvajadas sobre Greta Thunberg no tiene fin.

Sin embargo, lo que más me ha sorprendido es la actitud de algunos intelectuales de la élite cultural acusando al sistema de banalizar unos hechos (por otro lado incuestionables) con la figura seráfica de una joven desvalida, futuro juguete roto, una especie de dollie gótica sin el encanto morboso de lo fúnebre. El problema principal de estos intelectuales sin voz que condenan la banalidad de los media en la figura de alguien como Greta -que se desenvuelve bien en ellos y los utiliza para dejar su mensaje- es que pertenecen a esas élites derrotadas de las que habla Christophe Guilluy en No Society, élites que han perdido su influencia, el pulso de los tiempos, sustituidas por movimientos populares mucho más dinámicos y pragmáticos.

En el fondo de la aversión a Greta Thunberg se encuentra el resentimiento de dos generaciones enteras de seres humanos que han disparado todos los niveles de contaminación (ya sea residuos plásticos, agrícolas, concentración de CO2 elevada a 407 partes por millón, y tantos otros parámetros). Resentimiento, que no culpa, como ya nos enseñara Nietzsche en La genealogía de la moral, incapacidad para admitir los errores de todos los grupos activos que desde la Segunda Guerra Mundial no supieron bajar de una espiral consumista e irresponsable trasmitida sin rubor a sus hijos y nietos, los contemporáneos de Greta Thunberg.

Estos activitas, de los que Greta Thunberg no es sino una muestra sobresaliente, no hablan para sus mayores, pues saben que es inútil, hablan a los jóvenes, que todavía, sino inocentes, al menos tienen la capacidad de cambiar. Nadie le ha pedido perdón a esta generación que hereda un sistema imposible, antes bien, todos se han apresurado a exhibir un obsceno paternalismo falto de toda legitimidad.

Es sintomático que entre toda la pléyade de haters, de ecolistos que se abalanza sobre Greta Thunberg deseándole que se hunda en el océano, que se intoxique con comida vegana y otras lindezas, no existan educadores activos, profesores que ejercen la enseñanza en los centros de secundaria. Pueden dudar, mostrarse cautos, pero en general atienden a su discurso. Dejad hablar a los profesionales.
Como dice Isidora Navarro, “el capital fagocita las Cumbres”, y es totalmente cierto que ha intentado fagocitar a Greta Thunberg, aunque sin éxito, porque ella es la normal y los demás somos los extraños, los anómalos, los desvalidos, los manipulados. Una simple búsqueda en el motor de google del nombre de Greta Thunberg arroja que la primera palabra relacionada con su nombre es “enferma”. No hay mejor prueba para demostrar lo que sostengo: nosotros somos los verdaderos enfermos.

Por eso insisto en lo que dije al principio: Greta tiene razón, precisamente porque todos, salvo los más jóvenes, la odian.

viernes, 1 de noviembre de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/09. Con Lucía Chovancova

"Donde habito es en el español", Lucía Chovancova

Nacida en Eslovaquia y enamorada del idioma castellano, Lucía Chovancova se licenció en Filología Hispaánica en Granada, donde ejerce como profesora y ultima su tesis sobre cuentos populares. Ha estudiado también Antropología Social y Cultural. Hablar con ella es realizar un viaje exquisito a las intimidades de nuestro idioma y a las músicas centroeuropeas.

Pincha aquí para escuchar el programa: https://www.ivoox.com/amalgamas-lucia-chovancova-audios-mp3_rf_33936826_1.html

PROGRAMA #AMALGAMAS/08 Con Juana Santa Lozano

"De tus bordes a mis límites existe un universo entero" Juana Santa

Doctora en Bellas Artes, Licenciada en Historia del Arte, Juana Santa es una experta en los pueblos indígenas de Sudamérica, de sus culturas, de su humanidad y singular contacto con la naturaleza. Profesora en Lima, su valiosa experiencia en esta ciudad y en México D. F. es la columna de este deliciosos programa.
Pinchar para escuchar el programa: https://www.ivoox.com/amalgamas-juana-santa-11-marzo-2019-audios-mp3_rf_33337266_1.html

viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/07. Con Alberto navarro Elbal

"La regla de oro en mi aula: la empatía" Alberto Navarro Elbal

Experimentado formador de formadores y maestro de Educación Primaria, Alberto Navarro recorre con mirada crítica, fina ironía y perpicacia vital los errores, miserias y triunfos de la educación actual entre un sberbio elenco de canciones míticas.

Pinchar en el enlace para escuchar el audio del programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-alberto-navarro-25-febrero-2019-audios-mp3_rf_32977289_1.html

PROGRAMA #AMALGAMAS/06. Con Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

"No es que haya muchos hechos, es que hay muchas noticias de un hecho" Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

Las nuevas configuraciones y formas del periodismo, las modernas manifestaciones de la poesía y los poetas digitales como @srtaBebi son tratados con desenvoltura por nuestra joven estudiante de Periodismo y Comunicación con mucho futuro, Inés Sánchez-Manjavacas.

Pinchar en el enlace para escuchar el audio del programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-ines-sanchez-manjavacas-audios-mp3_rf_32463766_1.html

domingo, 27 de enero de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/04. Con Pilar Olivares González

 "Podré tardar más o tardar menos, pero al final siempre alcanzo mi objetivo" Pilar Olivares

De la magdalena de Proust a un restaurnte en Larrabetzu, la joven cocinera Pilar Olivares, nos abre las puertas de espacios para muchos desconocidos donde el rigor y la excelencia en el trabajo son la norma. Coordinación de Bartolomé Medina y al control técnico Antonio Munuera. Podéis escuchar el resto de programas en los podcast de Antena Joven.

Para escuchar el programa pincha en el enlace:
 https://www.ivoox.com/amalgamas-pilar-olivares-audios-mp3_rf_31637767_1.html

domingo, 9 de diciembre de 2018

NUEVO PROGRAMA HERMANO: #AMALGAMAS/01

 "Ser consciente provoca cambios" Paqui Ruiz

Un nuevo espacio, esta vez en formato radiofónico, se une a La Amalgama. El programa de Antena Joven Jumilla titulado Amalgamas quiere ser un espacio de encuentro sonoro articulado en formas expresivas variadas: músicas, coloquio, lecturas y referencias. Contaremos con Antonio Munuera en el control técnico y en esta primera entrega Paqui Ruiz, trabajadora social y Técnica de Igualdad en el Ayuntamiento de Jumilla abre la temporada con su visita al programa. Mujer, feminismo, sororidad, juventud  y buenas músicas y lecturas conscientes de ayer y de hoy llenan nuestro ámbito sonoro.

    Para escuchar el programa pincha el anlace de abajo.

Amalgamas programa #01. Con Paqui Ruiz

martes, 7 de agosto de 2018

TOLERANCIA O VERDAD




LOS HECHOS...

Iría ya andando el mes de marzo cuando llegó a mi departamento la madre de una alumna de 3º de ESO. Le preocupaban muchas cosas de su hija y dos mías: dos declaraciones en clase. La primera de ellas, en torno al aborto. Los hechos podrían resumirse así: en clase de Ciudadanía[i], una alumna defiende el derecho de la mujer a decidir la interrupción del embarazo, ante lo que dos o tres alumnos y alumnas rebotan como energúmenos para gritar en contra; gritar, pero no argumentar. Mi papel no era convencer sobre una determinada postura en torno al susodicho derecho, pero sí sacar del dogmatismo a quienes vociferaban sin pensar (o evitar que el resto del grupo cayera en él), defendiendo un ideario machista, supersticioso y beligerante. Escogí una estrategia socrática para hacerles caer en la cuenta de que, si bien el concepto de persona es inconmensurable por relación a fenómenos biológicos o físicos (es decir, que unas determinadas características físicas no configuran por sí solas una persona, y por tanto, ni la biología ni la física pueden determinar qué es una persona) existen al menos aspectos materiales que hoy entendemos como condición necesaria para su existencia. Dicho brevemente: la biología establece los límites de la personeidad[ii] en negativo: aquello sin lo cual no puede haber una persona, aunque por sí mismo sea insuficiente para que la haya. “ - Pensad en un ser humano cualquiera, una persona. ¿Seguirá siendo una persona si le quitamos una pierna? - Sí. - ¿Y si le quitamos los dos brazos? - Sí. [...] - ¿Y si le quitamos el cerebro? - ...[Momento de silencio. Reflexión.] No. - Por tanto, según vosotros mismos, difícilmente podremos decir que hay una persona antes de que se haya desarrollado el cerebro. Así que, en estadios muy tempranos del embarazo parece que hay poco lugar a discusión sobre el tema, aunque con el paso del tiempo el asunto vaya sin duda complicándose...”

La segunda cosa preocupante tiene que ver con un comentario en torno a la religión. Digamos que esta fue la escena: explico que el islam no es de por sí necesariamente más violento que el cristianismo y cito el libro de Amin Maalouf “Identidades asesinas” para explicar que durante la Edad Media el islam fue la religión de la tolerancia en la Península Ibérica, mientras que el cristianismo fue la religión del fanatismo y las persecuciones. Añado: en última instancia, las religiones son lo que las personas hacen con las religiones; desde la antropología se estudia, de hecho, la religión como una creación humana que cumple funciones psicológicas y socio-políticas. Desde esta perspectiva, Dios sería una creación del hombre, y no del revés. En definitiva, y sea nuestra fe la que sea, en cualquier caso es al hombre a quien hay que apuntar como responsable de las consecuencias de la religión.


ANÁLISIS DEL PROBLEMA

En lo que a mí me concernía, la señora andaba en desazón, al parecer, porque temía que pudieran estar adoctrinando a su hija, y, añadió, en un tono ciertamente cordial: “para adoctrinarla, en todo caso, ya estamos nosotros [sus padres], ¿no?”. Amable y abierta al diálogo, la señora conversó conmigo durante una hora, después de la cual se fue contenta y tan agradecida hacia mí como yo hacia ella por su amabilidad. Lo que más me sobrecogió de aquel diálogo no fue lo que se dijo, sino lo que se dio a ver bajo la mesa: que lo que a la ilustre señora robaba la tranquilidad no era el modo en que se habían enseñado las ideas, o el intento por imponerlas; lo que en el fuero interno le dolía es que ella no comulgaba con aquellas ideas. En última instancia, la señora reclamaba que no se expusieran ideas que no eran las suyas como especialmente convincentes o válidas. El cometido de aquella madre podría traducirse así: enséñense todas las posturas en torno a un tema o no se hable del tema. Este argumento está a la base de los discursos que defienden la enseñanza del creacionismo como propuesta científicamente aceptable en EEUU y asoma de tanto en tanto en la propuesta de quienes defienden la enseñanza de la religión en el sistema de enseñanza público o la financiación pública de colegios e institutos declaradamente confesionales en nuestro país. El ejemplo anterior es una muestra de su expansión viral a todo espacio educativo, su conversión en cultura popular, en un modo cada vez más aceptado de comprensión del sistema y la práctica educativa.

El presupuesto que subyace es el siguiente: no hay idea más válida que otra, por lo que el criterio que debe regir la enseñanza ha de ser el respeto por igual a toda idea, es decir, la tolerancia.

Simplificando el asunto, la tolerancia viene de la mano con el individualismo liberal moderno. El Estado debe asegurar los derechos de los individuos (de ahí el concepto de individualismo en su versión positiva), de cada individuo, y esto exige impedir la imposición de ningún tipo de coacción sobre el mismo por parte del colectivo social y político. Una de las formas en que se concreta este necesario respeto es el permitir a toda persona mantener sus propias ideas y creencias, sean las que fueren, así como las conductas o hábitos derivadas de las mismas, siempre que no contravengan los derechos de los demás o pongan en peligro el orden público. Es decir, en el plano de las ideas, la tolerancia se asume como un modo de respeto a alguien, porque, ¿qué podría significar el respeto a una idea por sí misma? Exacto: nada. Las ideas no tienen derechos; los derechos son de las personas (al menos, de las personas -hay razones contundentes para defender que también los animales merecen algunos, pero dejaremos ese tema por el momento). Hasta aquí, todo bien.

El problema es que la consecuencia social que introduce la tolerancia quiera convertirse también en un parámetro epistemológico. Aquí empieza el trastorno: la verdad no entiende de democracia, el conocimiento no depende del número de adeptos ni de las consecuencias que para las creencias de una persona pudiera tener su avance. Si en los discursos y las prácticas que manejamos para intentar conseguir conocimiento aceptamos que toda idea o propuesta es respetable por ser de alguien, si toda idea o propuesta debe ser considerada por ello igualmente válida, renunciamos entonces a todo criterio para distinguir lo que es conocimiento de lo que no lo es, o a la posibilidad de que un conocimiento pueda estar mejor fundamentado que otro. Por tanto, dado que, por un lado, “hay gente pa to”, que decía el torero, y, por otro, el derecho a la libertad de pensamiento asegura que cualquiera puede creer cualquier cosa, al menos a priori toda idea imaginable se halla en igualdad de condiciones por relación a la verdad. En dos palabras: todo vale. Siendo tantas las mentes que han existido, existen y existirán, y viendo las maravillas de que son capaces algunas de ellas, si el criterio de aceptación de una idea consiste en que alguien la defienda, habremos de presuponer que no hay idea mala. Pero, entonces, ¿cómo afecta esto a la educación? Es decir, ¿qué enseñamos?   

Téngase en cuenta, para empezar, que, si todo vale, la educación se convierte en poco más que congregar a un grupo de personas en un tiempo y un espacio para hablar por hablar, para decir cualquier cosa, porque lo mismo vale decir una que otra. Es más, no se entiende siquiera en qué sentido el profesor pudiera estar más cualificado que el alumno, porque eso ya exige asumir que existen criterios que diferencian qué es verdad y qué no lo es, y son esos criterios y los resultados de su aplicación lo que se supone que el profesor ha de transmitir al alumnado.

Hagamos una aclaración de filosofía básica. La epistemología actual considera que existen tres tipos fundamentales de ideas distinguibles por su relación a la verdad. La opinión sería una idea cuyo contenido no puede demostrarse y de la que no se tiene seguridad. La creencia, como la opinión, sería una idea no demostrable, pero, al contrario que en el caso de la opinión, la persona que la detenta está convencido de ella, tiene un sentimiento de certeza respecto de la misma. El conocimiento, finalmente, sería una idea de la que se tiene certeza y cuyo contenido puede demostrarse[iii]. Si ponemos como criterio fundamental de la enseñanza el respeto a las creencias de los demás, entendido ese respeto como un trato meyorativo que iguala toda posible explicación o interpretación de un hecho, entonces estamos renunciando al conocimiento en beneficio de la creencia.




LA SOLUCIÓN

Hay quien pretende que todo es creencia, que no hay en última instancia forma de distinguir grados de conocimiento. Pretende, digo, que no piensa, porque es difícil pensar y mantenerse en una postura como esa. El machismo es fruto de una creencia; la igualdad efectiva entre hombres y mujeres es una realidad. Es más, el machismo no solo parte de una idea falsa, sino que razona de forma falaz: la idea de que una superioridad natural conlleve privilegios en el plano de los derechos esconde premisas de valor, como demuestra el hecho de que desde los valores propugnados por los Derechos Humanos y las sociedades realmente democráticas se justifica exactamente lo contrario, es decir, que la inferioridad natural de alguien en algún aspecto conlleva la exención de algunas obligaciones y la concesión de ciertos privilegios compensatorios. No hay forma de demostrar lo que el machismo defiende, pero sí hay datos para demostrar lo que defiende el feminismo, es decir, la igualdad efectiva de capacidades de hombres y mujeres (y la necesidad derivada de ello de convertir esa igualdad natural en igualdad social y jurídica). 

Aquella madre del inicio, y con ella tantos hoy día, pretenden que el profesor no puede mostrar su posición ante ninguna propuesta explicativa. Sin embargo, y aunque es cierto que la ley prohíbe el “proselitismo” de parte del profesorado, la idea que hay (o debería haber) tras la letra de la ley ha sido convenientemente malinterpretada. El error parte, quizás, del intento por introducir la igualdad democrática en planos donde la democracia no es pertinente: si encontramos a un enfermo y hemos de determinar qué le sucede, la opinión de un médico no es equivalente a la de una camionera, un limpiador o una vendedora de prensa. La fuente del mal es considerar que nadie puede saber más que nadie (más a menudo, que nadie puede saber más que uno mismo). Pero, si nos tomamos esta posición en serio, esto significaría que un profesor de biología, al explicar el funcionamiento del cuerpo humano, debería dedicar tanto tiempo y recursos a explicar los principios de la biología celular como al reiki; la psicología debería explicar los procesos neurobiológicos que han permitido descubrir las técnicas de neuroimagen, los aspectos conductuales no explicables desde esos procedimientos que han sido objeto de explicación científica desde la psicología y el funcionamiento del alma según Platón, la filosofía medieval, el budismo, etc. En física no habrá razón para dedicar más tiempo a la ley de la gravedad y las consecuencias de la curvatura espacio-temporal de Einstein que para hablar de la teoría aristotélica según la cual la Tierra está en el centro del universo y es plana, del sistema ptolemaico, de la propuesta bíblica... Todo ello habrá de tratarse en pie de igualdad, al menos como decíamos al principio, si hay alguien dispuesto a creerlo (pues no es siquiera imaginable presentar todas las teorías imaginables, cosa que en principio habría que hacer siendo coherentes con este pensamiento de la tolerancia antes de todo). En historia acabaría ocurriendo con todo acontecimiento humano lo que ha ocurrido en España con la Guerra Civil, y así el nazismo y el genocidio que provocó serían tan legítimos como la lucha contra el mismo. Sin embargo, nadie en su sano juicio aceptaría la presentación del nazismo y sus víctimas en pie de igualdad como una muestra de objetividad.

De hecho, no es cierto que el sistema educativo español no tome partido en sentido valorativo. Los preámbulos, los criterios y hasta los insidiosos estándares de aprendizaje de los textos legales establecen la necesidad de hacer del sistema educativo un medio de defensa de los valores democráticos e ilustrados. Defender, como no queda otra, que tales valores son más deseables que aquellos que imponen modos de pensamiento dogmáticos, antidemocráticos, antiigualitarios, etc., no hace más que dar la razón al argumento que estamos defendiendo: es tanto como poner en práctica la asunción de que no todos los valores merecen el mismo respeto y, con ello, la implicación de que hay criterios para decidir cuáles potenciar. En definitiva, en la medida en que pretendamos que la enseñanza tiene que comprometerse con valores, sean estos cualesquiera, exigiendo a la vez que los valores queden fuera del alcance de la crítica racional, estamos decidiendo arbitrariamente que ha de tolerarse lo que queramos y porque queremos. Es innecesario explicar por qué una educación dejada en manos del voluntarismo es un mero adoctrinamiento y un peligro nada baladí.  

Existe también un subterfugio para asegurar las propias ideas ante la potencia explicativa de algunas teorías científicas. Consiste en sostener que, mientras que en física, química o matemáticas las verdades son inapelables, en filosofía, literatura o arte todo queda al arbitrio de quien enuncia. Me restringiré aquí a la filosofía, para poder hablar con cierto fundamento. Resulta que las normas que establecen la corrección de un razonamiento, recogidas en la lógica (una disciplina con al menos 2.300 años de antigüedad), tienen una objetividad equiparable a la de las matemáticas. Determinadas propuestas puramente filosóficas, incluso en ámbitos tan poco objetivos en apariencia como la metafísica, pueden ser comparables en solidez y repercusión social a la física newtoniana. Enseñar a un alumno lo que dice Kant en la Crítica de la razón pura sobre la existencia de Dios no es simplemente darle una postura más, es enseñarle cómo se soluciona el problema de la existencia de Dios (hablar de Dios desde el punto de vista del conocimiento es, sin más, un sinsentido). Mostrar cómo pensó Kant en relación a este problema es poner en claro cómo hay que pensar en relación a este problema, igual que explicar el heliocentrismo es enseñar cómo ha de pensarse el sistema solar si se quiere pensar bien, porque es enseñar la verdad.

Digámoslo alto y claro: si algo hemos de ser capaces de tolerar es, antes que nada, la verdad. Pero, ¿qué es la verdad?, se preguntará quien lea estas líneas. Cada cual cree estar en posesión de la verdad en aquello que piensa. ¿No llevará la creencia en la existencia de una verdad al dogmatismo de quien tenga el poder de imponerla? Si alguien se ha preguntado así, hace bien. Pero, al contrario de lo que pretende buena parte de la posmodernidad y los acólitos de la oleada new-age que se extiende últimamente, la verdad científica, la verdad filosófica es precisamente el remedio contra toda posibilidad de dogmatismo. En primer lugar, porque la defensa que se hace desde la posición científica de la verdad exige demostración, con lo cual, que se haga claro que una determinada teoría se impone, casi, por sí misma, por criterios racionales objetivos. Claro que este primer paso, aisladamente, puede ser fácilmente soslayable (basta con construir un razonamiento coherente y evitar señalar sus problemas o hacer visibles críticas o propuestas alternativas). Sin embargo, al mismo tiempo hay que unir un segundo elemento fundamental: la actitud crítica (característica fundamental de la ciencia según Popper), que consiste en asumir que toda propuesta explicativa sea considerada siempre como provisional, como una conjetura, la mejor que se tenga. Esto implica la necesidad de buscar siempre las ideas mejor probadas y razonadas y, consecuentemente, la renuncia a las propias ideas si apareciera otra epistemológicamente superior. Es decir, implica reconocer que el propio ego (el que alguien crea algo, el que alguien quiera algo) queda excluido del proceso de valoración de una idea. Volviendo a nuestro contexto concreto, significa que usted, padre, usted, madre, son irrelevantes en la determinación de la validez de las teorías que sus hijos aprenden.

Para aclarar un poco más esta última idea, seamos todavía más precisos y lapidarios: en la enseñanza secundaria, cada profesor es un especialista de la materia que imparte. Quizás cualquiera pueda discutirle su atinencia a la ley, sus métodos de enseñanza, pero discutir aspectos teóricos de la materia que imparte requiere del dominio de ciertos conocimientos sobre la misma. Eso, o poca vergüenza. Padres y madres han de asimilar, antes de dirigirse a un profesional de la enseñanza secundaria, que se está dirigiendo, como inexperto, a un experto, y no como mandatario a un subordinado. Claro que, como funcionario público, ese experto tiene la obligación de trabajar al servicio de los ciudadanos. Pero, como experto teórico, su obligación es hacer valer los conocimientos derivados de los descubrimientos y el trabajo científico, incluso si ha de hacerse contra las creencias de los ciudadanos, sean cuales sean las creencias de uno y de otro, como el ingeniero tendrá que aplicar las leyes físicas pertinentes a la hora de construir un puente, así crea en su fuero interno vivir en un mundo virtual, y así como el médico tendrá que recomendar a sus pacientes no fumar, así ande convencido en su corazón de que nunca ha existido ni existe tal cosa como los pulmones.    

CONCLUSIÓN

A modo de compendio final: la tolerancia es un concepto de naturaleza socio-política que no tiene pertinencia en el ámbito epistemológico (en el ámbito del conocimiento). Si queremos que nuestros estudiantes aprendan, tenemos que asumir que existen ideas correctas y otras que no lo son, que tenemos criterios para diferenciar unas de otras y que esos criterios son (y han de ser) objetivos y, además, que pueden chocar contra las creencias de cualquier ciudadano. Por tanto, el servicio que el sistema educativo debe prestar a la ciudadanía se encuentra con una disyuntiva cuya resolución, en algunos casos, se plantea inevitablemente como una elección excluyente: o se esfuerza por enseñar la verdad, o se asegura de contentar el ideario de todo ciudadano. En estas líneas la apuesta es clara y rotunda: la democracia permite a cada cual seguir pensando como considere en sus adentros y hasta expresarlo y, por tanto, la diversidad y la tolerancia están aseguradas, pero solo un sistema educativo comprometido con la verdad (y, por tanto, dígase de paso, libre de exigencias mercantilistas) asegura hoy día la pervivencia del conocimiento verdadero. Así pues, en lo epistemológico, no hay duda posible: el compromiso de la escuela ha de ser con la verdad, pese a quien pese.

PEQUEÑO EPÍLOGO

Me surge una duda en relación a la historia concreta con que dábamos comienzo a este texto. “Tengo miedo de que adoctrinen a mi hija”, decía la señora. ¿No tendría miedo de que la desadoctrinen? Si alguna virtud podemos presuponer a los centros educativos públicos es, precisamente, carecer de una línea ideológica: en un mismo centro habrá profesores y profesoras creyentes, descreídos, progresistas, conservadores y hasta machistas. ¿A qué ese miedo, entonces? ¿Y si fuera el miedo a dejar a su hija ante el poder de las demostraciones y la argumentación? Entonces, si ese fuera el caso, bien pudiera ser el centro público la puerta por la que la niña escapara al miedo de su madre a que aprendiera a pensar. En ese caso, bendito el disgusto que le di. 

Juan José Gómez Falcón

[i] Quizás alguien se sorprenda al ver este nombre. Ciertamente, la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos de 3º de ESO desapareció en casi toda España. El PP consideró que era una asignatura ideológicamente parcial y la sustituyó por Valores éticos. Los programas son muy similares y el espíritu que pretende guiar la práctica docente en ambas también. En Andalucía, no obstante, se decidió mantener “Ciudadanía” como obligatoria junto con Valores éticos. Desde luego, no hay criterio pedagógico que permita explicar esta decisión que obliga a los alumnos a hacer dos veces a la semana la misma asignatura con nombres diferentes y a los profesores a inventar formas de no repetirse teniendo como referente un programa casi idéntico. La única forma de entenderla apunta a factores de otra índole: el PP suprimió la asignatura porque era una creación del PSOE; el gobierno de Andalucía se negó a suprimirla por esa misma razón. ¿Motivos políticos? Siempre que aceptemos llamar política a esta suerte de pelea caprina, este choque de cráneos vacíos que nada, absolutamente nada, tiene que ver con la polis y que habría ruborizado hasta el asco a los vecinos de Pericles.    

[ii] Utilizo el palabro “personeidad” para evitar la confusión con todas las connotaciones caracteriológicas que lleva consigo el término personalidad.


[iii] Ilustremos esto con tres ejemplos. Opinión: la tortilla de patata está mejor con cebolla. Creencia: sé que puede sonar raro, pero estoy seguro de que mi perro me entiende cuando le hablo. No tengo la más mínima duda. Conocimiento: el agua hierve a 100 grados centrígrados. Puedo demostrártelo cuando quieras.