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martes, 13 de febrero de 2024

LA VERDAD DEL CARNAVAL

 



I

A poco que nos paramos a analizar la celebración del carnaval en la civilización occidental en los últimos siglos, nos llama la atención una serie de constantes, sea cual sea la geografía, el apego a la tradición o las múltiples formas de evolucionar que ha tenido este antiguo ritual.

                En primer lugar, lo que parece evidente es que, lejos de ser una apoteosis de la impostura o el engaño, el carnaval es más bien el triunfo de la verdad, de una verdad efímera y puede que deformada, pero necesaria como catarsis anual de todas las represiones externas o internas que el individuo de sociedades en las que la mezcla de la tradición grecolatina y judeocristiana -junto al fermento adicional de viejos ritos ancestrales de cada tribu secular- conforma un equilibrio social y psicológico difícil de mantener.

                Durante siglos, el supuesto anonimato de la máscara permitía por unos días a cada cual mostrarse como realmente quería ser, si bien de manera lúdica. El hombre se disfrazaba de mujer, la mujer de hombre, el padre de familia esforzado y serio se convertía en un personaje desbaratado y sinvergüenza, la mujer casta y reservada se dejaba llevar por deseos que no podía confesarse a sí misma; la amargura de tener que aparentar un papel falso día tras día era aliviada durante un corto espacio de tiempo. Este desfogue regulado por los ciclos estacionales era una válvula de escape que la sociedad necesitaba para seguir viva en sus contradicciones; no es otra la razón por la que, a pesar de estar prohibidos durante dictaduras como la de Primo de Rivera o la franquista, los carnavales más iconoclastas no dejaron de celebrarse de manera semiclandestina. Nunca se llegaron a cancelar los de Cádiz y Tenerife, por ejemplo.



                Hay una dialéctica interna en el hecho de disfrazarse que ha llenado miles de páginas de etnógrafos y sociólogos, pero que a nivel puramente poético es de una profundidad encantadora, y es el hecho de que, para desvelarse (es decir, para que aparezca la verdad, en el sentido griego del término) es necesario velarse. El sentido de toda metáfora está encarnado en esa dialéctica. Es más, buena parte del éxito del teatro popular en las sociedades más reprimidas radica en este sano cambio de roles.

                Hoy, en las democracias neoliberales del capitalismo tardío, donde la libertad individual no solo está permitida, sino incentivada como garantía de la diversidad del consumo de productos pensados para cada gusto o preferencia personal, la función del carnaval ha desaparecido tal y como siempre se entendió durante siglos. Carnestolendas o Entroido son hoy una excusa como otra para pasar un sano rato de fiesta que nos aparta de la rutina laboral y de paso permite ingresar unos euros extra a través de la afluencia de turistas. Halloween, el parque temático de Semana Santa, viejas tradiciones recuperadas, siguen ese mismo camino.

Nada más. ¿O nada menos?

La realidad quizá sea algo más compleja. La clave nos la da el desaforado éxito de las celebraciones de los carnavales escolares (no muy distintas de las que festejan Halloween o Semana Santa). No creo que el sentido de estos festejos sea preservar tradiciones que pueden estar en peligro de desaparecer o tienen un especial interés cultural, de hecho, se encuentran prácticamente inscritas al ámbito de la educación primaria. Hace unos cuantos años que nadie celebra el carnaval en mi centro de educación secundaria, incluso algún alumno me pregunta tímidamente, como si fuera algo prohibido, si puede venir disfrazado ese martes de febrero.

No, la clave está en que estas celebraciones (como el día de la castañera, los mercadillos solidarios, y otros artefactos que los maestros han ido pergeñando a lo largo de los últimos tiempos) crean comunidad en una sociedad básicamente atomizada. En este caso, la balanza pretende equilibrar la tendencia al individualismo exacerbado, y lo hace mediante una peculiar forma de individualismo –el mero hecho de disfrazarse-, envuelta en una manera de fomentar el trabajo en equipo y la colaboración de los grupos, pero no solo de los grupos infantiles, sino también, como a nadie escapa, de los grupos de madres y padres, familias y claustro de maestros. Esta voluntad de crear comunidad desaparece en la enseñanza secundaria por el simple hecho de que los padres y madres ya no se dedican a respaldar a los pequeños, y vuelve a aparecer después en la vida adulta mediante la formación de peñas y comparsas. No desenfoquemos, en todo caso, el asunto que nos trae: el carnaval infantil.




II

El pasado lunes 12 de febrero asistí a un espectáculo que no creía posible en una ciudad del sur español –digamos Jumilla, digamos cualquier otra-. Cientos de madres, padres, abuelos y, por supuesto, niños de distintos niveles junto a sus profesores, de las más variadas nacionalidades (malienses, ecuatorianos, senegaleses, colombianos, marroquíes, peruanos, ucranianos, burkineses, rumanos, murcianos), más o menos occidentalizados, o más o menos étnicos, se encontraban pegados, amalgamados, cementados en un hatillo sin reparar los unos en los otros. Ha sido un espectáculo singular ver pequeños senegaleses disfrazados de vikingos, musulmanas de velo riguroso portando el sombrero charro del traje del hijo, ecuatorianos conversando vivamente con marroquíes acompañados de jumillanas nativas sin ningún atisbo de prejuicio xenófobo o racista.

Conozco bien el lugar donde vivo, y he podido ver como personas venidas de los barrios más humildes charlaban animadamente con otras del centro. En un momento dado, se ha producido un curioso desfile: decenas de madres disfrazadas empujaban cochecitos de bebe donde se escondían sus hijos de pocos meses.

El desfile de disfraces era original y colorista, por supuesto, y tenía el valor del trabajo en comunidad, de la confección casera de los trajes, del reciclaje, qué duda cabe; pero lo más importante radicaba en que estas máscaras, estos trampantojos, dejaban ver la verdad desnuda, como siempre lo ha hecho el puro carnaval: una sociedad multiétnica en la que conviven magrebíes o ecuatorianos de segunda generación, establecidos hace lustros, con subsaharianos llegados recientemente, atraídos por el trabajo rural, o ucranianos y otras nacionalidades del este europeo emigrados por fuerza de las circunstancias bélicas o la inestabilidad política.




Jamás, en ningún lugar público o privado, veremos juntas todas estas nacionalidades. Viven aislados en grupos más o menos homogéneos y su contacto en los propios centros escolares es también limitado, pero el sagrado carnaval ha obrado de nuevo este milagro, como lo viene haciendo desde la época prerromana: ha conseguido sacar a la luz la médula última de nuestra sociedad, una sociedad diversa, multiforme, mutante, atravesada por variadas fibras religiosas o sociales, que necesariamente tenderá a la cohesión, si las cosas se hacen bien y aceptamos las múltiples ventajas que esto comporta, o derivará en serios conflictos sociales –como los que se desencadenan regularmente en las afueras de París- si las cosas se hacen mal.

Don Carnaval (o Don Carnal) nos ha hecho un favor:  ha descubierto ya el tipo de sociedad en la que nos movemos y nos la ha ofrecido delante de nuestros ojos, gracias en gran parte a la labor de maestros y comunidades de AMPAs. Lo ha hecho en el sector social más sensible y frágil: la infancia.

¿Seremos capaces se aprender la lección de don Carnaval, ese viejo sabio y milenario? ¿O bien preferiremos cerrar los ojos y escondernos detrás de otras máscaras mucho más peligrosas?


lunes, 24 de julio de 2023

LA SOLEDAD AL SOL

 


Mediados de agosto de 2022, una mañana avanzada en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. Son las once y cae ya ese sol insoportable post-cambio climático. Explanada junto al recinto ferial. Un señor amaestra a un caballo de cara a la cabalgata de la siguiente tarde. Los dueños de varias mascotas sacan a pasear a unos perros ansiosos: han dormido mal por el intenso sonido de las fiestas nocturnos y sus ritmos vitales han cambiado por completo de un día a otro.

                El Ayuntamiento había habilitado un amplio espacio dedicado a un macro botellón. La explanada se encuentra rodeada de contenedores para vidrio y plástico. Los contenedores están casi vacíos, pero a lo largo y ancho del espacio vacío, el sol calienta los miles de envases diseminados por la arena. Botellas vacías de licor, vasos de usar y tirar volcados o aún con restos de combinados, envases de plástico arrugados que contuvieron la más variada pléyade de refrescos gaseosos: de cola, limón, naranja o soda. Los colores también son variados, predomina el verde, también el rosa, y en menor medida el azul, por supuesto los tonos caramelo de las botellas de ron o wiski. El círculo de arena revestido de residuos semeja una de esas islas de plástico de varios kilómetros de diámetro que flotan en el Pacífico.

El sol trepa por los cables eléctricos de los chiringuitos, pero los servicios de limpieza no han llegado todavía. Es un buen momento para tirar unas fotos.


 

        De pronto, en medio de la arena ardiente, alguien divisa un cuerpo. Dos o tres curiosos se acercan. Es una persona acostada de lado, lleva una camisa a rayas y pantalones cortos y zapatillas, moreno, de pelo ensortijado bien cortado. No se mueve. Las moscas danzan sobre él como queriendo animarlo, pero sigue inerte, apenas podemos asegurar que respire. Un señor del que tira un enorme perro comenta: “Este está muerto”, como si hablara de un animal silvestre. El camión de recogida de residuos ha llegado, su sombra lame el cuerpo del yacente y cruza el ruedo, pero nadie hace nada ni se inquieta. Los responsables de la limpieza comienzan su labor ignorando al hombre.

Quien esto escribe decide llamar al 112 para comunicar la incidencia. La conversación resulta extraña, desde el servicio de emergencias aconsejan tocarlo para saber si vive, pero rehúyo ese extremo, me limito a describir su aspecto y situación. Unos instantes después, en su ronda habitual, aparece la Guardia Civil, comentan que han llegado por casualidad, que no han recibido ningún aviso. Me explican también que el yacente es magrebí, que es un viejo conocido, que ha sido detenido varias veces, alguna por abusos sexuales. Le expreso al agente mi temor ante una deshidratación grave por el consumo de alcohol; responden que no, que lo suyo son las pastillas. Y también responden otra cosa: a los del 061 no les va a hacer gracia: suele mostrarse violento y rechaza la ayuda. Contesto que, en todo caso, podría estar en riesgo de muerte por el golde de calor y que por eso he llamado. Es en ese momento cuando escucho la frase más alarmante, mascullada por uno de los agentes: para lo que se pierde, sería lo mejor.

Entretanto, el hombre parece reaccionar y mueve muy lentamente los brazos, como queriendo ocultar el rostro del sol. Nada más. Aparece la ambulancia; con certera profesionalidad, pero con un gesto claro de desagrado, los enfermeros recogen al paciente y lo tienden en una camilla. Sus rostros muestran el disgusto, pero nada dicen; efectivamente, parecen conocer al hombre, que con las pocas fuerzas que tiene hace ademanes de forcejear. Los pocos curiosos, que se mantenían a una distancia prudente, desaparecen al mismo ritmo que las moscas. La ambulancia da media vuelta. Los barrenderos recogen con asombrosa velocidad los kilos y kilos de residuos. Los paradójicos residuos de una diversión. Unos metros más allá, el caballo sigue dando sus vueltas infinitas sobre la tenue paja. Los perros ya han hecho sus necesidades, y es un alivio, porque el sol abrasa y los dueños no están para bromas.


Me pregunto: ¿qué pasó aquí?

Había una probabilidad bastante alta de que un ser humano estuviera agonizando en medio de aquella tebaida del ocio, y nadie quería hacerse cargo de la situación. Solo la curiosidad, no la compasión, acercaba a los curiosos a ese pecio de la humanidad. Los propios responsables consideraban su labor una especie de pérdida de tiempo. Había racismo aquí, un racismo sordo y pesado, había xenofobia; pero, sobre todo, una falta de humanidad sobrecogedora. La cosificación de aquel hombre tendido era tan evidente que parecía increíble que nadie se diera cuenta del espectáculo que se estaba desarrollando ante los ojos de todos. Y cada cual, por supuesto, tenía que seguir con sus asuntos, falsos asuntos, porque todos estaban relacionados con el tiempo libre. El sagrado tiempo libre, que se desarrollaba, como una digestión lenta, en medio de un infierno de calor abrasador y residuos sin fin.

Solo hubo un culpable: el señor que, imprudente, llamó al servicio de urgencias en lugar de dar media vuelta y abandonar el despojo humano a su suerte. Ese señor era yo y me retiré por fin haciéndome preguntas muy serias, porque el entorno, los residuos, los viandantes, el recuerdo del ocio nocturno, los servicios públicos y el sol inclemente configuraban una inquietante alegoría de nuestro tiempo.




viernes, 14 de julio de 2023

LA IMPORTANCIA DE LOS BLEDOS

 


Como va pasando el tiempo,
como tanto con tan poco,
como tampoco puede ser eterno.

 Laura Sam y Juan Escribano

 Molina de Segura, julio, 2023.

Frente al Hospital de Ribera, una señora limpia las baldosas de la acera de casa armada de ímpetu y decisión. Son las seis de la tarde y cae un sol de justicia. Con unas buenas tijeras de podar, corta los brotes de bledos que aquí y allá crecen sin solución de continuidad. Una vez barridos y recogidos los restos vegetales y como el calor aprieta, la señora enchufa una manguera al grifo de su minúsculo patio delantero y refresca las baldosas, mojándose de paso con generosidad las chanclas. Justo enfrente, en la acera del aparcamiento del hospital, detrás de un banco de madera, ha crecido el mayor bledo de toda la manzana. A pocos pasos de allí, en el bar de la esquina de la calle Alicante, se desarrolla un pequeño drama. Un mensajero de UPS ruega a un chico delgado y enclenque que le devuelva su móvil. El joven permanece tranquilamente sentado en un portal mientras el mensajero ofrece hasta 50 euros si se lo devuelve. Se pone de rodillas, implora. “No es por el móvil, el móvil me da igual, son los contactos que llevo, es mi ordenador personal”. Saca un billete, se lo ofrece, con tal de que pueda recuperarlo. La esquina se va llenando de gente mientras la señora sigue gastando su agua -que ha pagado religiosamente- en mojarse los pies sobre la acera.

Entra en escena un camarero que parece conocer al chico, le dice al mensajero que así no, que de esa forma jamás se lo devolverá. Invita al sospechoso a entrar con él en el bar y arreglarlo en secreto, fuera de las miradas. Mientras, el mensajero sigue rogando, porfiando y llorando, se mesa los cabellos: “¡Si no le van a dar por él ni la mitad de lo que le doy yo!”. En todo caso, el chico se niega a moverse. El camarero desaparece tras la esquina y vuelve junto a un personaje nuevo: es musculoso, con el torso desnudo, profusamente tatuado. El nuevo actor alardea enseguida de su capacidad de mando y su resuelta decisión, interpela al chico por su nombre, le grita, y se lo lleva del brazo sin violencia, pero con firmeza, a un edificio cercano.

Pasados unos minutos de incertidumbre, el hombre tatuado vuelve con el móvil y reclama al mensajero una cantidad inferior a la que ofrecía inicialmente. El empleado de UPS, visiblemente aliviado, desembucha la gallina con rapidez y se dirige al camión de reparto, aparcado más abajo del hospital. Tras poner en marcha el vehículo, dobla la esquina del bar y se cruza con el ladrón, que camina lánguido y despreocupado bajo el sol insultante. El chófer le grita enfadado: “¡La funda, me falta la funda!”. El chico ni lo mira y sigue su paso lento y tranquilo, pasa por la acera recién mojada, que la mujer ya ha abandonado, se descalza las míseras chanclas y se moja los pies en los charcos.

¿Qué importa y qué no importa a nuestro alrededor?

El bledo o amaranto - ¡qué bello su nombre menos conocido! - es una planta considera mala hierba o invasora que proviene de Sudamérica y que hace tiempo se adaptó al clima caluroso del Sur de Europa. Es tan antigua su presencia que dio lugar al conocido dicho: Me importa un bledo. Y ese es el valor que le damos, el de algo insignificante y molesto que roba los nutrientes a otras plantas decorativas en nuestros jardines y macetas. Sin embargo, el bledo es una planta con un gran valor nutritivo, alto contenido en hierro y sabor agradable, además, sus espigas se han usado desde antiguo para fabricar un sustituto de la harina de trigo, y en ciertas partes de Centroamérica es un alimento básico tanto para ensaladas como para tortas. Y más de una torta nos daríamos por unas hojas de bledos si nos encontrásemos en medio de un campo inculto sin otra cosa que comer.

Para nuestro azorado mensajero, el móvil que portaba en el bolsillo no era más que un inservible trozo de metal y tierras raras sin más utilidad; eso sí, combinados estos con una tecnología que él mismo se encarga de distribuir. Él se hubiera deshecho con cierta facilidad del amasijo de circuitos, pero en modo alguno de lo que los hacía realmente valiosos, los flotantes datos que el propio usuario había ido introduciendo.

                El empleado de UPS, como tantos otros dueños de estos dispositivos baratos, -entre los que, por supuesto, me cuento- no repara en el daño ambiental que produce la extracción de las tierras raras, ni en la huella de carbono que origina su fabricación, ni en el coste en capital humano. Tampoco la señora que limpia la acera es consciente de que con esos tiernos brotes de una planta invasora, podría preparar una nutritiva y sencilla cena, ni de lo que cuestan los litros de agua que alegremente ha desperdiciado.

Los móviles y los bledos, siendo tan distintos, se parecen mucho por la poca importancia que damos a su presencia como objetos artificiales o naturales; nos da la sensación de que todo se fabrica o crece sin aparente esfuerzo, como si fuera connatural a las cosas existir, servir para nuestros planes, o molestar la frágil perfección de nuestras importantes vidas. Pero quizá, como dejara escrito Jorge Luis Borges en un famoso poema, estas cosas, de una u otra manera, permanecerán, recicladas, salvadas de un vertedero, brotarán de nuevo de unas profundas y obstinadas raíces, nos sobrepasarán, mientras que nosotros nos iremos disipando en la penumbra de una existencia fugaz.

Laura Sam y Juan Escribano, en este reciente single: “Tampoco puede ser eterno”, parecen dejarnos una lección bastante ajustada de lo que quiero decir, de la importancia que tienen las cosas que no importan, de lo poco importante y a la vez esencial que es el trozo de tiempo que nos ha tocado vivir.

domingo, 19 de diciembre de 2021

LA MUERTE DE NUESTRO PELUQUERO

 



La noticia nos llegó por teléfono a través de la persona que nos lo presentó, nuestra amiga Isabel. Javier, nuestro peluquero de toda la vida, sin previo aviso hacía unos pocos días, con apenas cincuenta años de edad. Conocíamos a Javier desde hacía veinte años, y habíamos sido sus clientes habituales durante todo ese tiempo sin interrupción. No somos personas especialmente preocupadas por la imagen exterior, ni tampoco hemos sido unos clientes especialmente asiduos; podían pasar dos o tres meses sin que apareciéramos por su local. A pesar de ello, quizá sí fuimos los más antiguos y fieles entre todos los que frecuentaron alguna vez la peluquería. Por eso mismo nos resulta tan difícil asimilar su muerte.

Nos acercábamos a la capital (en mi pueblo dicen bajábamos) exclusivamente para visitar a Javier, para que nos hiciera el tinte, el corte, nos suministrara diversos champús, cremas y masajes –en los últimos tiempos como pequeñas dosis de drogas amables- con los que fue colonizando nuestra estoica manera de pasar la vida. Allí, en el local, estábamos como en nuestra casa, en una burbuja cálida de confidencias, contando pormenores y anécdotas de las últimas semanas. Javier siempre nos escuchaba con la misma paciencia ligeramente irónica, tranquila, dotada de ese tempo único e intransferible, ligeramente flemático, que formaba parte de su personalidad. A veces dejaba escapar apuntes sobre la sociedad que le rodeaba y con la que convivía día tras día, hora tras hora, detrás de secadores, lavados y tijeras; una sociedad absolutamente superficial, vacua, egoísta hasta la extenuación que soportaba como quien aguanta las molestias del calor veraniego. Nosotros, que éramos de pueblo, constituimos siempre un soplo de aire fresco para él, al menos eso nos quiso transmitir; que fuese una pose o una displicencia, una manera fácil de agasajarnos, nunca nos importó, disfrutar de su personalidad era más importante, y él sabía perfectamente que, dijera lo que dijese, nosotros seguiríamos acudiendo con la misma frecuencia y el mismo agrado.

                Llegaras cuando llegaras, fuera sábado o laborable, mañana o tarde, él siempre estaba allí, podrían pasar semanas y es como si no se hubiera movido, con la misma sonrisa imperturbable, las mismas camisas floreadas, la misma inmoderada afición a cambiar tu look, a ofrecerte algo nuevo, a aconsejarte un producto distinto; no lo podía evitar, era superior a sus fuerzas y bromeábamos con ello.

Javier fue una especie de promesa de eternidad; las estaciones se sucedieron, generaciones de alumnos desfilaron por las aulas, nuestros padres fallecieron, nuestros viejos amigos nos abandonaron, y él siguió allí, indomable, tranquilo. Llegabas a la capital, cruzabas Maestro Alonso y lo veías. Nada cambiaba, era un pilar o un cimiento, el pico lejano de una montaña, un lago cristalino, quién sabe. Isidora me dice que llevaba más tiempo casada con él que conmigo, y es cierto, y tiene sentido. Por eso, cuando nos lo dijeron, supuso una pérdida imposible, una quiebra absurda en nuestro mundo, un choque mental, un extraño sueño inmisericorde. No podía ser, no podía ocurrir. 

Una vez me ofreció una crema antiarrugas y yo le respondí con inconsciente petulancia que yo no necesitaba eso; se rio sanamente desde su eternidad poniéndome delante del espejo ante mi propia caducidad. No estoy hablando ahora de la muerte, que está presente y nos susurra todos los días desde que entramos en la adolescencia, que nos es natural y lógica; hablo del extrañamiento, de la extrañeza hasta límites irracionales. Nunca vimos el rostro de sus hijas, ni estuvimos en su casa, ni conocimos a su mujer, pero los atisbos, los rumores de un mundo inmutable que nunca conoceremos nos llegaron más ciertos y cercanos desde la presencia de Javier que desde las agujas de la torre de una catedral.

Cada vez que nos duchamos, nos miramos al espejo, nos peinamos, usamos sus productos, ahí está él. Su rostro, su recuerdo, sus aromas, su estilo. El cabello irá creciendo y borrará las ya difusas huellas, los envases se agotarán y las fragancias se perderán, tragadas por los desagües, y el tinte, el color, se irá desvaneciendo vencido por la lluvia del tiempo. Hasta siempre, Javier.






martes, 15 de septiembre de 2020

EL ALEPH DE TODOS LOS CHISMORREOS

 



Al tiempo que homenajeamos y reivindicamos a los antepasados, pensando que ellos no nos van a tomar en cuenta semejante atrevimiento, olvidamos voluntariamente su carnalidad, su semejanza implacable, aunque sea remota, con nuestros cuerpos. Hablamos con olímpico desdén de salvajismos, de sangrientas guerras del pasado, olvidando que, como sabía Freud, la cultura es una fina línea que nos separa de la barbarie. A la postre, como dijera el descarnado Coulaincourt de Bayeux, todos somos parientes de todos los difuntos.

Subió una vez más las escaleras que daban a su oscuro cuarto trastero. Lo hacía cada vez con menos frecuencia, pues el acantilado de recuerdos ingratos, de escenas indeseables, de sueños frustrados, de acciones desgraciadas, de movimientos adversos, de errores trágicos, de pasos equívocos, de dibujos mal esbozados, de pensamientos vacíos y enormes, de gestos malsanos, de apuros presuntuosos, de necedades vagas, de estupideces egoístas, de basura existencial, era tan alto y tan pesado, que la sola visión lo acongojaba. Había optado por vivir en un piso estrecho y pobre con tal de poder permitirse un trastero con espacio suficiente como para encajonar tantos escombros olvidados. No era capaz de deshacerse de ellos.

Aquella tarde inspeccionó un rincón de trastero que tenía especialmente descuidado desde hacía años. Era un lugar olvidado porque no le gustaba frecuentar sitios como aquel, donde el resentimiento era tan evidente que hasta él mismo tenía que apartar el rostro debido al hedor, pero aquella tarde se sentía con fuerzas. Al poco se fijó en un mínimo temblor, un brillo quejumbroso que llamó su atención. Parecía una esfera metálica, apenas dos o tres centímetros de diámetro y se hallaba aparcado junto a una estantería de legajos en voladizo. Él no podía saberlo, pero aquella esfera estaba allí desde antes siquiera de construirse el trastero, de edificar ese edificio o el anterior, o el anterior del anterior. La esfera, simplemente, había encontrado su momento. Escuchó un rumor, un bisbiseo de serpiente que subía y bajaba de intensidad. Se acercó un poco más y el rumor creció y se hizo entendible. Empezaba a reconocer las voces amortiguadas de algunos de los vecinos; chiquillos que discutían con sus madres, pensionistas en trance de salir a la calle, hombres y mujeres que volvían de su jornada laboral, jóvenes que estudiaban en un piso compartido. Escuchaba las voces de todas las viviendas a la vez y, sin embargo, no se superponían, permanecían claras y diáfanas unas junto a otras. Al tiempo, supo ya perfectamente a quien pertenecía cada tono, cada expresión, cada grito o susurro improvisado. Conocía el nombre y apellidos exactos de cada uno de ellos, el tono preciso, su modulación y su timbre. Esperó a que cayera la noche, no tenía nada mejor que hacer y además en el trastero, oculto a la luz del día, no podría saber la hora exacta hasta que oyera reunirse a las familias para la cena; justo el momento que él esperaba. Pasaron las horas y la esfera fue dejando de vibrar y apaciblemente pareció entrar en un sueño contenido. Bajó a casa y se tumbó en el lecho, pero apenas pudo dormir.

Al día siguiente, antes de amanecer, vestido apenas con el pijama, subió corriendo de tres en tres escalones hasta la letrina en que se había convertido su trastero. Tenía todo el día por delante, un día placentero durante el cual vivir las vidas de todos los vecinos del bloque en cercana intimidad.

Él todavía no lo sabía, pero había descubierto un Aleph de los chismorreos, un objeto que, semejante al descrito en 1949 por Jorge Luis Borges, le permitía acceder a todos los objetos del universo sin que estos se superpusieran. La única diferencia es que estos eran objetos sonoros emitidos por personas en aquel mismo instante, o como se solía decir entonces, en tiempo real. Años más tarde se acuñaría internacionalmente el término inglés streaming. Eso tampoco lo sabía nuestro hombre: él pensaba que las voces que percibía eran de personas cercanas a su cuarto trastero, de la misma forma que suponía que el Aleph, o lo fuese aquello, era único y personal. De su primer error salió poco a poco afinando su capacidad de observación y ampliando el radio de acción, de su segundo error probablemente jamás saldría, porque desconocía que había múltiples Alephs de los chismorreos distribuidos por los trasteros y sótanos del mundo y que esas esferas escondidas se consultaban siempre por los usuarios en la más estricta soledad culpable.

Pasaron los días y su capacidad de escuchar a un tiempo múltiples conversaciones del orbe se fue perfeccionando. Él creía en su pericia y se vanagloriaba en su interior por tan depurada técnica, pero en realidad era el Aleph de los chimorreos el que modulaba su influjo y acaparaba el resto de las capacidades del observador, de tal modo que se convertía en el único canal de contacto con la realidad circundante de su interlocutor. Porque otra capacidad que parecía tener el Aleph de los chimorreos era la posibilidad de influir, como una mala sombra, sobre las opiniones o actos de aquellos a quienes se escuchaba. No todos los dueños de un Aleph de los chimorreos eran capaces de acceder a ese poder, puesto que la mayoría se conformaba con observar y conseguía mantener un equilibrio entre su vida personal y las horas consagradas a la esfera. Sólo aquellos que estaban más entregados, por su aislamiento o fragilidad, al Aleph de los chismorreos, llegaron a desarrollar aquel poder. Las voces anónimas de estos adelantados se mezclaban en una aparente intimidad con las de algunas de las personas escuchadas, de forma que estas parecían emitir juicios o impresiones sin aparentemente notar que no eran suyos, sino ajenos, y surgidos durante la entrevista de algún lejano desconocido con la esfera.

Quienes hablaban influidos por la voz del Aleph de los chismorreos y, en último término, de su dueño, no eran conscientes de sus frases, no así los familiares o amigos que los escuchaban, que al principio no daban crédito a las palabras apócrifas que pronunciaban normalmente los miembros más locuaces del grupo. Las personas caían frecuentemente en evidentes contradicciones en sus ideas u opiniones, lo que provocaba la perplejidad de los escuchantes y el placer de los dueños de los Alephs de los chismorreos que las emitían.

Con el tiempo, las familias, las parejas y los amigos comenzaron a chocar cada vez con más frecuencia, a discutir por nimios asuntos a los que, sin saber la razón, les imprimían toda la fuerza que no empleaban en otros quehaceres cotidianos, a desconfiar unos de otros antes los cambios de versión de sus palabras. Pasaron los años, y los recuerdos ingratos, las escenas indeseables, los sueños frustrados, las acciones desgraciadas, los movimientos adversos, los errores trágicos, los pasos equívocos, los dibujos mal esbozados, los pensamientos vacíos y enormes, los gestos malsanos, los apuros presuntuosos, las necedades vagas, las estupideces egoístas, la basura existencial, fueron acumulándose sobre las personas como los estratos de un sórdido vertedero en las afueras de una ciudad.

Los dueños de los Alephs de los chismorreos, pasadas unas décadas, se habían multiplicado hasta superar en número a aquellos que desconocían su existencia. ¿Y qué fue de nuestro hombre del trastero? Es posible que muriera de inanición pegado a la esfera o bien de un reventón de escuchas. Nadie se enteró, porque siempre estuvo solo. No fue un destino particular, ocurrió con muchos otros dueños antes de que algunos de ellos se dieran cuenta de que el Aleph de los chismorreos no era en realidad un reproductor de las voces del orbe sino simplemente el amplificador de una sola y triste voz, la voz de la barbarie, del lodo esencial que todos los muertos antiguos sintieron, tocaron, vieron o escucharon alguna vez a lo largo de su corta vida.

viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/06. Con Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

"No es que haya muchos hechos, es que hay muchas noticias de un hecho" Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

Las nuevas configuraciones y formas del periodismo, las modernas manifestaciones de la poesía y los poetas digitales como @srtaBebi son tratados con desenvoltura por nuestra joven estudiante de Periodismo y Comunicación con mucho futuro, Inés Sánchez-Manjavacas.

Pinchar en el enlace para escuchar el audio del programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-ines-sanchez-manjavacas-audios-mp3_rf_32463766_1.html

domingo, 4 de junio de 2017

EL IMPERIO DE LOS IMBÉCILES



    Fotografía: Lucía Chovancova

Este texto no pretende ser verdadero en el sentido estricto del término. Muchas de las cosas que se dicen en él, especialmente en el punto cuatro del apartado primero, han sido expuestas con demasiada ligereza, con demasiado poco fundamento. Además, la escritura del texto me plantea algunas preguntas que serían más interesantes de tratar que todo lo dicho aquí. Así, sería interesante ocuparse de cuál puede ser el peligro de la presencia de la imbecilidad en las redes sociales, por ejemplo. Sin embargo, dejo estos defectos a la vista para que el texto pueda servir como incitación a la reflexión y al debate (de hecho, no creo que pueda servir para nada más). Detrás de las ideas que se expresan aquí están Popper, Mosterín, Unamuno, Spinoza y hasta Fernando Savater, mal que me pese. Sin embargo, he evitado hacer referencias concretas a ninguna fuente para no complicar la lectura. Por lo mismo, he intentado hacer uso de un lenguaje sencillo, lo que ha llevado a que a veces el estilo pueda ser excesivamente plano y hasta repetitivo en su vocabulario. Sé que poquísima gente lo leerá, pero, por poca que sea, sigue mereciendo estas aclaraciones, más todavía cuando sé que lo harán sobre todo quienes se sienten obligad@s por su amistad conmigo. Por tanto, colegas, ya me contaréis.

LA IMBECILIDAD

1) La idea según la cual Internet y las redes sociales nos vuelven más tont@s es, mientras no se demuestre lo contrario, un prejuicio sin fundamento. De hecho, es posible que sea necesariamente falsa (es decir, falsa por imperativo lógico). Internet no genera discursos y, por tanto, no produce estupidez ni lo contrario. Internet y las redes sociales no son sino plataformas de expresión de los seres humanos, estos sí, productores de toda clase de brillanteces y necedades.

1.1.) Tanto en la red en general como en las redes sociales existen páginas de divulgación científica, espacios para compartir fuentes de conocimiento de todo tipo (incluyendo libros, películas, artículos, etc.), herramientas para el aprendizaje de idiomas, así como recursos pragmáticos de carácter no cognitivo ni cultural, como son las páginas de búsqueda de empleo, etc. Por otro lado, por supuesto, la red está llena de estupidez, ignorancia y arrogancia bárbara. Lejos de que podamos achacarles sin más la responsabilidad de estas fallas, las redes sociales y la mayoría de los blogs y espacios webs permiten responder los atrevimientos de la estupidez. Incluso la gente inteligente cae de vez en cuando en ella, pero el formato que habilita espacios de respuesta abre la posibilidad a repensarse y avanzar. Una persona normal, y todavía más una inteligente, asumirá la necesidad de revisar su pensamiento o expresiones cuando se le haga patente un posible fallo.

1.1.1) Existe hoy día lo que podríamos llamar prejuicio del formato: a menudo se considera que una idea es necesariamente mejor si aparece en un libro; también hay quien piensa que necesariamente es menos (o nada) fiable si se la encuentra en internet. Este modo de pensar es erróneo. Por ejemplo: a pesar de que la enciclopedia Wikipedia sea siempre tan denostada por algunos sectores de la intelectualidad, muchos de sus artículos cuentan con un página paralela a la entrada de la que estemos haciendo uso en la que se justifican las ideas publicadas y se las discute, criticando a veces su falsedad, inexactitud, etc. En estos debates se hace referencia a fuentes en las que poder comprobar aquello de que se nos intenta convencer; se nos ayuda a informarnos mejor y por nosotros mismos. Sin embargo, un libro no siempre permite tal cosa. Por ejemplo, en la Suma teológica mínima que Kreeft créo con fragmentos de Tomás de Aquino, aquel hace un esfuerzo continuo por dar la razón a Tomás. Tomás dice que “lo espiritual contiene aquello en lo que está el alma, como el alma contiene al cuerpo”. Según Kreeft, pensar que el alma se halla en el cuerpo es como pensar que un programador informático se halla en su hardware. Es evidente que Kreeft rompe aquí con la lógica más elemental: pensar que el cuerpo contienen al alma sería, si aplicamos su símil, como creer que el software está en el hardware, que es lo de hecho pasa. De haber dicho tal cosa en Wikipedia, habría recibido respuesta casi con total seguridad; en el libro, los editores deciden qué se publica y qué no, pudiendo seleccionar las ideas que deseen infundir en el lector y a sabiendas de su falsedad, por ejemplo, porque la edición esté económicamente sustentada por una institución que intenta expandir su ideología.

2) Hay muchas formas de faltar a la inteligencia. Los latinos lo sabían, y por ello crearon diferentes términos que las diferenciaban y hacían patentes. Hoy el uso general del lenguaje iguala, erróneamente, la tontería, la imbecilidad, la gilipollez... Aquí mantendremos la visión diferencial de los latinos.

2.1) En las redes sociales, en concreto, quizás sea la imbecilidad la que impere. La imbecilidad es una concreción diferenciada de la necedad, con sus propias características. Para conocer lo que es la imbecilidad, su especificidad, uno de los recursos más fecundos a nuestra disposición es la genealogía lingüística, la etimología; el latín en este caso. Imbecilitas es debilidad.
El concepto ha sido modelado con el tiempo. Si bien en su origen designaba una debilidad general, propongo aceptar (aunque reconozco no aportar fundamento suficiente para ello) que, en el imaginario actual, la debilidad es vagancia mental; el imbécil no tiene ningún problema, simplemente es vago, no está dispuesto a hacer el esfuerzo de pensar. Por tanto, y mientras aceptemos estos presupuestos, el imbécil es responsable de su imbecilidad (mientras que el necio -también del latín- o el idiota -del griego- no lo son necesariamente).

3) El imbécil no se informa, no cuestiona, no razona. Según algunas propuestas de la filosofía de la ciencia, el rasgo distintivo del científico es la actitud: lo que hace de un proceso de producción cognitiva un hecho científico no es qué se defiende, sino el que se asuma que para ser racional hay que admitir, creer y apoyar aquello que podamos justificar racionalmente (y empíricamente, en muchos casos), y que, consecuentemente, tendríamos que estar dispuest@s a renunciar a aquello que la razón (en su contacto con la realidad) demuestre no ser cierto. La imbecilidad, por tanto, es más una actitud que una condición natural que predetermine el potencial intelectual del sujeto; una actitud que está en las antípodas de la actitud científica.

Añadido: ante lo expresado en este último párrafo puede argumentarse que defender que toda demostración tenga que hacerse desde la razón es un presupuesto injustificado. Téngase en cuenta, por un lado, que estamos hablando de defender o probar ideas y opiniones, productos racionales. Además, hasta hoy no conozco otro instrumento para demostrarlas que no sea por medio del desarrollo argumental de la razón (incluso la intuición empírica puede presentar problemas al respecto), pero estoy abierto a aceptar que pueda haberlas, si se prueba adecuadamente.

3.1) Siendo así, la imbecilidad es un modo de ejercer el pensamiento y, en principio, no tiene ninguna relación, ni para bien ni para mal, con el contenido de lo que se piensa. No son las ideas concretas que alguien tenga lo que nos hace imbéciles. Se puede ser imbécil de izquierdas o derechas, ateo, agnóstico o creyente, y hasta feminista o ecologista.

4)  La actitud crítica propia de la ciencia a la que acabamos de hacer referencia exige, a su vez, una humildad que suele ser síntoma de un estado personal de madurez. La renuncia a la invulnerabilidad de la propia imagen o la aceptación de las propias limitaciones son experiencias que el/la imbécil desconoce. La necesidad de la propia reafirmación anula la posibilidad de buscar la verdad con honestidad.

4.1) El imbécil no quiere saber, quiere tener razón. La dinámica identitaria por la cual se pretende defender ante todo la integridad ideológica, el equilibrio psicológico y metafísico propio suelen tener a la base el egoísmo como valor: las ideas que se defienden se consideran valiosas ante todo por ser de un@ mism@. Este modo de proceder, a menudo inconsciente, comporta un alto grado de infantilismo (muy relacionado, me atrevería a decir, con el egoísmo ya citado): uno de los síntomas propios de la madurez es el llegar a ser capaz de distinguir entre el propio deseo y la realidad y aceptar las consecuencias de esa separación. Por el contrario, el niño no quiere que se haga lo que es racional hacer o lo que la realidad impone, sino lo que satisfaga su deseo o beneficie su imagen o reconocimiento.

4.2) Imbecilidad y autocrítica son términos perfectamente antagónicos. Aunque la imbecilidad, el infantilismo y el egoísmo son fenómenos diferentes, el imbécil suele buscar que le repitan lo que ya piensa, como al niño le gusta que le digan que hace muy bien cualquier cosa que haga. Es común en política, por ejemplo, que una persona solo se interese por escuchar a quienes vayan a repetir lo que la persona ya cree. De hecho, el imbécil se tiene a sí mismo como criterio de verdad: correcto es lo que coincida con sus ideas o le agrade.

4.3) Es común encontrar en la exposición y defensa de un discurso una incapacidad de hacer distinción del valor de la propia persona y de sus ideas y expresiones concretas. Incluso entre la gente racional es común confundir la crítica a las ideas o expresiones de una persona con un ataque personal. Pero calificar una idea como tontería, por ejemplo, no es llamar tonta a la persona que la mantiene. Como dijo el filósofo aquel, las ideas son criticables; respetables son las personas.

5) El establecimiento del criterio del egoísmo (casi de la egolatría) como principio desde el cual se analiza el mundo pone en suspenso la razón. La imbecilidad no necesita la razón. Ni darla ni recibirla. Es impermeable a los argumentos, a los razonamientos y, por tanto, es inútil fundamentar una revisión o refutación de sus ideas con información o argumentación; demostrar, tener o no tener razón. Sin embargo, existen criterios que permiten determinar el valor de verdad de una idea, teoría, etc. La verdad se da en el espacio de la objetividad. La imbecilidad se encierra en la subjetividad.

5.1) Yo puedo pensar lo que quiera, dice el/la imbécil. Cierto, cualquiera puede pensar lo que quiera. Esta creencia está en la base del derecho a la libertad de pensamiento, pero no aporta ni la más mínima base de certeza a idea alguna: lo que sea verdad no depende de lo que tú pienses. Ni tú, ni nadie.

Escolio: el imbécil se cree libre allí donde rigen leyes (naturales, sociales o de otro tipo -como las leyes matemáticas, por ejemplo) que son absolutamente necesarias y están fuera del poder humano. Por eso para el imbécil cualquier expresión o idea queda fundamentada con sólo añadir es mi opinión, así se esté negando la ley de la gravedad.

6) El imbécil no atiende a dobles sentidos ni a contextos. De lo contrario, no sería imbécil. Es más, le es conveniente la interpretación parcial e interesada, así como la descontextualización, ya que se permite tergiversar cualquier manifestación cultural y convertirla en un instrumento para, supuestamente, justificar y defender su idea (realmente, solo para reforzarlas, para enrocarlas).

LAS REDES.

1) Internet no crea estupidez, pero algunos de sus formatos establecen condiciones que podrían favorecerla o potenciarla. Me centraré en el caso de Facebook, que es el que mejor conozco.

2) Facebook utiliza una serie de algoritmos (cada vez en mayor número y más complejos - el antiguo Edge Rank ha sido complementado con nuevos criterios) para determinar la visibilidad de la publicaciones de los usuarios. Estos algoritmos desarrollan un modo de operar que encierra cada vez más al usuario en sus propios gustos. La personalización del funcionamiento de la red hace que a cada usuario se le hagan más visibles aquellos formatos con los que más interactúa, es decir: alguien que a menudo marque “me gusta” en fotos pero nunca interactúe con enlaces desde su espacio de Facebook verá cada vez más fotos y menos enlaces. Pero, en este caso, el formato sí condiciona de forma sustancial el contenido: hay ideas o problemas que no caben en un meme. Quien se informa a través de micro-mensajes engastados en imágenes no puede tener fundamento para aceptar lo que acepta (aunque sí para rechazar lo que rechaza, el algunos casos y siempre que usen bien la lógica), independientemente de que la idea sea acertada o no. Encontramos así en difusión un tipo de imbecilidad abstracta que consiste, fundamentalmente, en la identificación con ideas anónimas no razonadas.

Corolario: se me aparece como un tema interesantísimo la medida y los modos de impacto del formato sobre el receptor. Es decir, ¿convence más una frase por estar presentada con un buen diseño? ¿No convencen a muchas personas publicaciones que no habrían aceptado como parte de una conversación en un bar? ¿Qué tiene que ver con eso el hecho de que esa información aparezca por escrito y -en ocasiones- respetando las reglas de la gramática y el orden discursivo? Dado que el tema es demasiado complejo, no entraré en él.

Corolario segundo: este modo de operar recuerda al de la publicidad: primero se estudia cuáles son los gustos de los clientes, con lo que se crea un mensaje que se sabe, con más o menos margen de error, que funcionará. A su vez, tal mensaje crea (o re-crea) esos gustos, en ocasiones haciéndolos moverse en alguna medida, con lo que el círculo casi se cierra (casi, porque los pequeños cambios obligan a la publicidad a renovarse, debido a y como consecuencia de los cambios de preferencias de los consumidores). Si no hay propiamente un círculo, al menos podemos pensar en un avance en espiral.

2.1) Por tanto, quien no suele leer periódicos, blogs o revistas de información tendrá menos posibilidad todavía de hacerlo. Consecuentemente, sus propias ideas en torno a temas que conozca a través de las publicaciones de Facebook quedarán al menos tan poco fundamentadas como lo estaban antes. Es posible que surja incluso otro efecto: cuando el sujeto encuentra ideas que ya tenía asumidas, puede generarse una sensación de convicción y afinidad que haga que ya no solo la publicación concreta, sino el tipo de publicación ganen su confianza. Eso podría facilitar que ideas que el sujeto no se había planteado sean aceptadas al ser transmitidas por medio de ese formato. El perjuicio que Facebook añade no está en la creación de imbecilidad, sino en su enorme capacidad de difusión.

2.2 ) Sin haberlo pretendido, Facebook funciona en este caso como un cortafuegos entre el usuario y la información. Repitamos que se trata de cierto tipo de usuario, es decir, que Facebook no ha generado ese carácter supino de la ignorancia, pero sí le permite que se refuerce. Yendo a un ejemplo sencillo, existen páginas de Facebook con frases preparadas expresando todo tipo de ideas. La mayoría de los textos que presenta suele ser tan simple que solo podrá considerarse digna de valor por quien ve allí lo que ya cree o tiene un modo de pensar o de sentir muy similar. Estas frases son al pensamiento lo que la comida precocinada a la alimentación. Es cierto que los refranes no necesariamente eran más verdaderos. De hecho, suele ser sencillo encontrar, para cada refrán, otro que lo contradice. Sin embargo, los refranes suelen expresar ideas tan generales que obligan a un mínimo de interpretación en relación a un contexto para poder ser aplicados. En ese proceso de interpretación pueden también encontrarse falsos o inexactos. Por otro lado, muchos de ellos son joyas del uso popular del lenguaje. Estas frases, sin embargo, suelen transmitir ideas específicas que no dan lugar a nada más que pensar. Además, su valor creativo es a menudo (casi) nulo. 

2.2.1.1) Veamos el siguiente ejemplo. A un sabio le preguntaron por qué se pierden los amigos. Él respondió: “si se pierden no era amigos, porque los amigos son para siempre”. Este caso no es especialmente [cutre] por su formato si se lo compara con otros. Sin embargo, tiene el defecto de decirnos cómo tenemos que interpretar la amistad y, lo que es peor, transmitiéndonos una idea de lo que es la amistad que, si nos atenemos a los hechos, es absolutamente falsa y, si nos limitamos al campo de la reflexión teórica, está absolutamente injustificada (como no podía ser de otra forma, ya que cualquier justificación exige de un mínimo de extensión imposible en este formato). Para que se vea a qué me refiero cuando hablo de frases poco afortunadas en el formato, véase la siguiente: Por un momento, pensé que en serio significaba algo para ti. Da qué pensar descubrir que esta publicación tiene 3.200 me gustas y se ha compartido 944 veces. Cierto que no hay nada de peligrosa en ella, pero es difícil imaginar qué puede llevar a alguien a recurrir a ella, como no sea la presentación de la misma. Por no citar lo siguiente: “¡GRÁBATELO! Nada vuelve ha [sic] ser igual dos veces”.

2.2.2) Todo lo que tiene que hacer una persona para difundir una idea como la anterior es pulsar el botón de “compartir”. Con ello, la frase llega en formato de imagen a otro conjunto de imbéciles que repetirá la operación y hará que la velocidad y el alcance de la difusión de la idea (y el efecto inhibidor del pensamiento) se multipliquen. No es necesario añadir nada ni justificar lo difundido. Tampoco servirá de mucho intentar hacer circular una explicación que fundamente dicha idea o que revele sus posibles errores, porque su formato hará que no llegue a quienes están preferentemente usando estas frases. Esto es especialmente grave cuando los posts tratan temas de importancia y repercusión social. Por ejemplo, existen muchos posts circulando por la red que ridiculizan el feminismo desde una comprensión totalmente viciada del mismo. Si tú, lector, usas Facebook, es tan probable que hayas topado con uno de esos posts que dicen que la muerte de hombres a manos de mujeres debería considerarse también violencia de género, que no es necesario que traiga uno aquí para demostrarlo. Otro ejemplo con el que ocurre lo mismo es el de las plantas y remedios naturales y/o milagrosos para curar el cáncer (a menudo, se nos dice, ocultados por gobiernos y farmacéuticas, pero sin que nunca se demuestre nada).

3) Hemos reflejado uno de los tipos de imbecilidad más comunes en las redes sociales (la aceptación no razonadas de ideas anónimas en circulación). Otro de los tipos más comunes es un modo de imbecilidad específica que consiste en convertir en referentes informativos o intelectuales a otros imbéciles. No entraremos aquí en el tratamiento del mero argumento de autoridad (el hecho de creer que algo es cierto por venir de una determinada persona o fuente), ya que esta falacia no es en absoluto propia de Facebook (existe desde tiempos inmemoriales y funciona hoy día por doquier).

3.1.) Uno de los formatos más empleados por este tipo de autoridades imbéciles es el vídeo blog. Este soporte suele difundirse con gran facilidad y favorece que se consigan miles de seguidores. La persona encargada a menudo expone, critica, explica, etc., hablando directamente a cámara. Las publicaciones suelen ser periódicas y tratan temas de actualidad. Los que dominan entre los imbéciles no emplean ningún tipo de lenguaje técnico ni suelen fundamentar sus discursos en ningún tipo de fuente. Su comprensión no presupone ningún esfuerzo de investigación por parte de quien ve el vídeo y, dado que suele expresar ideas vagas, sin fundamentar e incluso sin argumentar, no lo espera tampoco después. Un ejemplo claro de este tipo de personaje es Álvaro Ojeda. Este periodista de Ok diario (el periódico del ínclito Eduardo Inda) apoya su fundamentación en el tono y la familiaridad del lenguaje y la cultura, es decir, habla gritando y repite los tópicos más tradicionales del imaginario español. Si vemos por ejemplo este vídeo, encontraremos a dicho personaje defendiendo que “el cáncer es un negocio. Y punto, y punto, y punto”. De los cinco minutos que dura el vídeo, casi tres se dedican a repetir lo mismo. De hecho, la leyenda del vídeo dice: ...A LOS HIJOS DE PUTA, A LOS DEMAGOGOS....Y A LA FAMILIA BOSÉ QUE LUCHÓ HERÓICAMENTE CONTRA EL CANCER...ESE PUTO NEGOCIO QUE NO ENFERMEDAD. Llega a afirmar incluso, sin justificarlo en ningún momento, que tienen (según parece, las farmacéuticas y los gobiernos) el remedio para curarlo. En los comentarios una oncóloga le recuerda que, si va a decir tales cosas, debería al menos aportar algún dato. Pero hay otro imbécil dispuesto a rescatar a su ídolo, y responde diciendo: J. C.: Como "dato", el sida en menos de 10 años ha sido controlado, el cancer [sic] en 30 no... qué raro que una enfermedad contagiosa si [sic] se controle y el cancer [sic] no... plantea serias dudas. Otro comentario todavía más hilarante si cabe es el siguiente: S. Q.: Puedes ser oncolola [sic] pero si no te dan las herramientas nececesarias q las hay y os tienen en un laboratorio perdiento tiempony dinero . Y la culpa no es vuestra pero como digo....no os dan las herramientas. Por qué esta persona sabe más que una oncóloga sobre los recursos disponibles para la lucha contra el cáncer es algo que no podemos llegar a saber leyendo el comentario. Viendo tales comentarios, no es de extrañar que este vídeo cuente con 5.000likes a día 28 de marzo de 2017 y se haya compartido 2.408 veces, en algunos casos añadiendo comentarios como totalmente de acuerdo.

4) Quisiera destacar, como tercer caso, una concreción del modo anónimo de difusión de la imbecilidad que merece una atención especial. Se trata de aquellas publicaciones que son asumidas por los usuarios de Facebook como confirmación de sus prejuicios y que, sin embargo, no son sino prejuicios también.
4.1) Hace unos días ha estado circulando por las redes un vídeo que decía mostrar a un musulmán golpeando a dos enfermeras españolas. El vídeo aparecía con la leyenda “Musulmán dando las gracias por su acogida en Europa”. Según cazahoax.com, el vídeo fue puesto en circulación junto con esta leyenda por la cuenta de Twitter @SoydeDERECHAS. En cualquier caso, lo realmente alarmante es ver la rapidez con la que se propagó. Lo encontré en el muro de un amigo, y ya tenía un comentario que decía: normal, es que son moros, es decir, gentuza. Dejemos de lado la torpe confusión de musulmán y moro (marroquí). Lo realmente interesante es que, en cuanto se entraba en el vídeo, era evidente que no había absolutamente ningún elemento para poder creer que estuviera grabado en España. Lo poco que podía oírse no sonaba ni a marroquí, ni a árabe, ni a español. Es más, de hecho, apenas se oía nada, porque el sonido había sido previamente distorsionado. Poco tiempo después de su primera publicación se supo que se trataba de un sujeto ruso en un hospital de Rusia (ver enlace). Sin embargo, como decíamos, existe gente ávida de motivos que justifiquen sus prejuicios racistas y xenófobos, por lo que cualquier supuesta demostración les resulta convincente. Como decíamos más arriba, el imbécil no atiende a razones: no le importa la solidez de la demostración; para que sea válida, basta con que demuestre lo que él quiere ver demostrado. Esto supone una renuncia de la razón en favor de la autoconfirmación.

4.2) Veamos otro caso. Una noticia de www.esdiario.com ponía en alerta a sus lectores ante una posible estafa informativa por parte de los medios. Según el artículo de esdiario, los medios habían difundido que dos diputadas de Podemos y una de Compromís habían viajado a la sede de la ONU, desde donde habrían vuelto expresamente y de forma adelantada para votar contra la reforma del sector de la estiba. El título de la noticia reza: “La vergonzosa historia de la foto de las tres diputadas que fulmina a Podemos”. La cabecera del texto en su publicación de Facebook por la página Anti-podemos dice: Se ha vendido que las parlamentarias podemitas adelantaban sus vuelos para poder tumbar el decreto del Gobierno de los estibadores. Pero la realidad es distinta: viaje de lujo, gratis total. La más mínima noción de lógica evidencia que no existe ninguna relación entre lo que supuestamente se está demostrando y lo que de hecho se expresa: se intenta demostrar que no es cierto que las diputadas hayan vuelto expresamente para la votación exponiendo que su viaje fue lujoso. En este caso, todavía más que en el anterior, el desarrollo del argumento es tan arbitrario y ruin, que aceptarlo como prueba de algo exige una firme voluntad de hacerlo. Para que se vea la torpeza con más claridad, pensemos que nadie aceptaría un argumento de tal tipo en su vida cotidiana. Si construimos un argumento paralelo, con la misma estructura lógica, podríamos decir, por ejemplo: tu amigo dice que ha venido para verte, pero en realidad viene en coche. A pesar de ello, la publicación cuenta con 2.400 “me gusta” y se ha compartido 2.186 veces.

CONSIDERACIONES FINALES

- He de reconocer que, en un primer momento, pensé que el rasgo que permitía que los imbéciles imperasen en Facebook era cuantitativo. Sin embargo, ni siquiera en un escrito tan poco serio como este podemos pasar por alto el hecho de que saber si el uso de Facebook se atiene en más casos al modo de proceder de la imbecilidad o al crítico requiere de un sondeo serio, lo cual sobrepasa la implicación a la que estoy dispuesto aquí. Además, habría que prefijar unos criterios de análisis que no son evidentes: ¿habría que atender a los perfiles en que mayoritariamente se actúa desde la imbecilidad, a los casos concretos de un perfil dado, seguir el periplo de difusión de una materialización concreta de la imbecilidad (como las que hemos visto arriba? Podemos afirmar, sin embargo, que es un aspecto cualitativo el que se lo pone fácil a los imbéciles: el modo en que se difunden las ideas en Facebook; las herramientas por las que se difunden y las dinámicas habituales de uso.

- No creo que haya fundamentación suficiente para decir que Facebook es, de hecho, el imperio de los imbéciles. Lo único que podemos afirmar es que el modo en que funciona Facebook favorece a quien asume esos modos poco razonados de pensar, argumentar y difundir ideas. Es su imperio porque no se puede vencer a un imbécil en Facebook desde la crítica racional. Se puede demostrar que, sin lugar a dudas, una idea que se difunde en un post es falsa sin que eso impida que mucha gente siga compartiendo el post e identificándose con él. Es su imperio porque las leyes del mismo están hechas a su medida. 

- En ningún momento he pretendido defender que Facebook es un lugar de imbéciles. No me explayaré trayendo aquí los muchos halagos que creo que le debo por sus múltiples virtudes. Simplemente, añadiré que la situación de Facebook es, a mi parecer, bastante satisfactoria: si se selecciona bien a los amigos, se puede aprender y estar informado sobre cuestiones a las que una persona por sí misma es difícil que llegue (tanto en profundidad como en variedad), y tener debates y coloquios profundos, interesantes y respetuosos.

 - ¿Qué se puede hacer para combatir la imbecilidad en un sitio como Facebook? A mi parecer, aunque la batalla está perdida, sí cabe a posibilidad de crear prácticas y hábitos paralelos, haciendo al menos tres cosas:
1) Intentar responder cada estupidez que se publique sin más. Es importante no perder de vista que no hablamos de combatir ideas equivocadas, sino una actitud. Tod@s nos equivocamos. Lo que intentamos conseguir luchando contra la imbecilidad es que convirtamos en hábito la necesidad de pensar antes de aceptar o criticar una idea y de difundirla, y de tomarse en serio el intento de pensar con rigor. Sin duda es un trabajo que cansa, pero merece la pena: el prurito de islamofobia que recorrió Francia tras los atentados de Charlie Hebdo demuestra que la imbecilidad esconde actitudes y pensamientos que pueden activarse en cualquier momento.

2) Procurar cuidar el formato de las ideas fundamentadas e intentar hacer contra-campañas contra las campañas de imbecilidades que funcionan a menudo. Asimismo, creo que es importante hacer partícipes a nuestros contactos de las aberraciones contra la razón que encontramos a menudo en redes, en periódicos, en televisión... Toda persona ve de vez cuando con claridad aspectos que al resto (o a much@s) se les escapan. Si compartimos esas ideas, estaremos contribuyendo a visibilizar un uso sano y agudo de la razón.

3) Probablemente, lo más importante: no actuar como imbéciles. Es deber de toda persona el verter razón en el mundo (y en Facebook) para, al menos, compensar la imbecilidad. Esto es especialmente importante en debates y diálogos. A nadie le gusta perder un debate, es cierto. Sin embargo, no hay mayor contribución a la actitud crítica y racional que acostumbrarse, por un lado, a intentar fundamentar todo aquello que defendamos, así como reconocer nuestra ignorancia en aquellos temas que no dominemos; por otro, a aceptar que podemos equivocarnos y asumir sin problemas ante la otra persona que tiene razón. Si lo aceptamos, nos hemos repensado, nos hemos corregido y hemos mejorado, así que, l@s verdader@s ganadores/as somos nosotr@s.   

Juan José Gómez falcón
Filósofo y Antropólogo