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jueves, 24 de octubre de 2024

FRANZ KAFKA VISITA TU CENTRO

 


Pasadas las dos menos veinticinco toca un timbre ensordecedor y como un resorte, todos los alumnos se levantan de la mesa para encaminarse a otra aula. El profesor tiene un tiempo inexistente para transitar hasta la siguiente franja horaria. Tarda dos minutos en desplazarse de un pabellón al otro del instituto. Los alumnos no esperan, se empujan, corren por los pasillos, gritan. Es un grupo hablador, se dice. Con este eufemismo se califica a un conjunto de veintitantos preadolescentes que no son capaces de permanecer quietos y silenciosos, o atender más de diez minutos seguidos una explicación. Pueden ser disruptivos, pueden tener déficit de atención, puede que no entiendan el extraño ritual que se desarrolla antes sus ojos, o simplemente estar aburridos tras cinco horas de clase ante unos contenidos que son incapaces de asimilar.

            El profesor ingresa en el pozo sin fondo que es un computador educativo. Previamente comprueba desalentado que en este pabellón del instituto no funciona la wi-fi. Debe compartir los datos de su móvil y generar una wi-fi alternativa. El ordenador desconoce la contraseña de esa nueva wi-fi, por lo que tiene que ingresarla diligentemente. El profesor respira aliviado al pensar que su compañía le ofrece datos ilimitados, pues lleva gastados este mes cerca de 500 megas en la wi-fi móvil que usa en el instituto.

            Superado este trámite, debe ingresar la contraseña para abrir la sesión correspondiente. Ocasionalmente se puede encontrar con que el profesor anterior no haya cerrado su propia sesión y debe proceder a cerrarla para abrir la propia. En segundo lugar, tiene que ir descartando toda una larga retahíla de sugerencias, impedimentos y protocolos vacíos antes de poder usar el navegador. Los computadores educativos suelen estar congelados, son como almas reencarnadas, no recuerdan nada de la sesión anterior, sobre todo si el profesor que ha ocupado el aula en franjas anteriores apaga el equipo. Eso significa que posiblemente esta larga lista de decisiones inútiles se repetirá en todas y cada una de las sesiones que se abran durante la mañana: cuatro, cinco, o más.

            Finalmente, el navegador accede generosamente a ser utilizado tras una nutrida lista de clics en la opción “no permitir”. Tengamos en cuenta que el navegador es pertinaz y siempre querrá suplantar al posible competidor y establecerse como prioritario. Una vez dentro, el profesor accede a la aplicación correspondiente que le permite pasar lista. Hoy no está disponible de inmediato, son vísperas de evaluaciones y el servidor está saturado. Tras varios intentos y un buen desgaste de paciencia, el servidor se desbloquea. El profesor debe ingresar de nuevo su contraseña, una contraseña que ha de cambiar y memorizar cada treinta días. Una vez tecleada la larga sucesión de letras y números, el servidor pide una clave. Esa clave solo se encuentra en el móvil del profesor; este debe entrar en su dispositivo, abrir la aplicación de autentificación de Google y teclear el código que se le pide. Esta vez, el profesor ha sido lento, y el código ha expirado, por lo que tiene que volver a teclear el nuevo código que la aplicación ha generado.

             Han pasado más de diez minutos.

El profesor al fin puede pasar lista. Hay alumnos expulsados, alumnos en intercambio, alumnos finalmente que sí están en lista. Algunos de ellos no han asistido a clase. Hoy faltan un total de trece alumnos por diversas causas, justificadas o no. Justo la mitad del grupo. El profesor duda si adelantar materia o repasar. Finalmente, acuciado por la falta de tiempo acumulada en semanas anteriores, se decide temerariamente por la primera opción.

            Para ilustrar la clase de hoy, este profesor ha de acceder al Aula Virtual, para ello deberá ingresar por tercera vez la misma contraseña, pues Aula Virtual es un ente autónomo, una república independiente dentro de la plataforma general que organiza los centros educativos de su Comunidad Autónoma.

            Aula Virtual tarde en cargarse.

            Han pasado más de quince minutos.

            Descargados los materiales, el docente propone las tareas del día, explica un par de conceptos básicos y espera a que surja alguna pregunta de entre el racimo de los pocos alumnos todavía despiertos. Nadie tiene dudas. Los ejercicios no podrán ser terminados hoy, quedan diez minutos de clase, así que el profesor recomienda que sean terminados en casa para corregirlos al día siguiente. Al profesor le queda la tranquilidad de que, al ser última hora, si olvida cerrar alguna sesión, nadie le va a robar los datos de su cuenta en la Plataforma Educativa. Aun así, cierra con diligencia, una a una, todas las aplicaciones, en lugar de apagar directamente el equipo.

            Quedan unos pocos minutos para que toque el timbre de salida.

            El profesor insta a los alumnos a que suban las sillas sobre los pupitres, de forma que el trabajo de limpieza por la tarde sea menos pesado. Comienza un ruidoso descalabro de tubos de acero pintados de verde y asientos de contrachapado. Acaba el ritual, toca el timbre y todos los alumnos huyen en tropel como si algún monstruo hubiera aparecido de pronto en el aula. El profesor, exhausto, queda abstraído en medio del espacio vacío del centro. Es joven, cumple escrupulosamente todos los protocolos y piensa en la inmensa suerte que ha tenido al conseguir una cierta estabilidad laboral dentro de su condición de interinidad. Utilizará la tarde entera en llevar perfectamente preparados, empacados y deglutidos los contenidos del día siguiente.

Mismo centro, ocho y media de la mañana del día siguiente.

La madre de uno de los alumnos que no asistieron el día anterior a la última clase pregunta por el profesor. En conserjería le informan de que el profesor a quien busca no tiene docencia directa a esa hora. La madre, ya molesta, se enfurece y blasfema, pasa directamente a los despachos de secretaría donde, sin mediar palabra, registra una queja firmada por varios padres más. La ley es clara, y con un cincuenta por ciento del alumnado ausente, el profesor tiene que limitarse a repasar contenidos ya impartidos.

Quince días después, el ignorante profesor recibe la visita inesperada del inspector.

sábado, 21 de septiembre de 2024

LOS COLCHONES VAGABUNDOS

 

Si hay algo que nos resulta inconcebible es que un colchón vagabundee. Parece lo más lejano a su esencia silente, sin embargo, lo hacen mucho, de cama en cama, entre habitaciones, de un piso a otro, a veces incluso por las calles. Pocos saben que los colchones abandonados emiten aullidos, suspiros y sollozos, emanan abrazos desasidos surgidos de manchas que se parecen a Australia al atardecer, o a Groenlandia en un día de verano.

                No así los somieres, los somieres solo saben tocar el violín y desafinan con facilidad. Por último, están los cabeceros y los travesaños, que son como cajeros de banco, funcionarios impasibles que asisten con aire impertinente al drama de las parejas o a la ilusión de los niños.

                Esos colchones errantes son como caballos salvajes rapados o como unicornios arcoíris desteñidos. No pertenecen a vida alguna, ni pasada ni por venir. Los vemos tendidos en el suelo de asfalto, mientras de su vientre surgen lágrimas, o apoyados en paredes infames, vomitando madrugadas.

                Hay colchones que permanecen borrachos durante días tirados en una acera, sin que nadie se apiade de ellos. Al final, por puro aburrimiento, la autoridad los retira y los lleva a un lugar desconocido donde quizá les ofrezcan un poco de sopa y un sitio digno donde descansar, porque los colchones también añoran dormir sobre un lecho cálido.

                La ciudad llena de colchones abandonados es un canto fúnebre a la pérdida de la intimidad; los colchones vagabundos son como los perros callejeros, no tienen la culpa de exhalar ese perfume astroso y mugriento. Los colchones no tienen la culpa de almacenar en su bodega todos los sueños: los cálidos, los inocentes, los sucios, los de todas las edades. Los colchones no tienen la culpa de que sus dueños prescindan de ellos, los dejen en la cuneta como mascotas molestas; no tienen la culpa de ser los testigos directos de nuestra más profunda intimidad, y tampoco tienen la culpa de que eso nos moleste tanto.

                Una relación extraña de los colchones callejeros es la que mantienen con los coches. Los vemos descansar junto a sus compañeros de metal, unos tan blandos, de carne muelle, los otros tan férreos, esculpidos en gimnasios de cinturón industrial. A veces, incluso, los colchones se recuestan encima de los capós, descubriendo una intimidad inimaginable que nos arrebata y enternece.

Como en los posos del café, hay quien lee el porvenir de las familias, de las parejas, de los solitarios, en las manchas que sus cuerpos dejaron. Esos chamanes son como seres apátridas que viven escondidos en lugares ignotos; nadie sabe quiénes son, pero deslizan sus augurios de formas variopintas.  A veces, no muchas, junto a algún colchón olvidado, observamos en la pared contigua una mancha sospechosa, como un bocadillo de cómic pintado, pero deshecho, sin bordes definidos. Los augures asegurarán que son parte del alma del colchón, que ha transmigrado, o un pensamiento que no se resiste a abandonar del todo ese cuerpo vermiforme recubierto por una funda decorada con flores. Yo creo simplemente, que los colchones son amantes de los grafitis callejeros, que encuentran consuelo en su presencia, que los buscan, porque algo de vagabundos y de parientes pobres de nuestros sueños tienen también.

                Los ayuntamientos deberían crear, potenciar, una capilla de colchones, un espacio rodeado de todos ellos, esos desterrados, apilados unos sobre otros. Los fieles podrían ir a ese lugar de culto y reflexionar sobre los sueños propios, y ver que no son muy distintos de los de otros infelices e insatisfechos durmientes.

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Fotografias del autor tomadas en Jumilla y Murcia.

martes, 13 de febrero de 2024

LA VERDAD DEL CARNAVAL

 



I

A poco que nos paramos a analizar la celebración del carnaval en la civilización occidental en los últimos siglos, nos llama la atención una serie de constantes, sea cual sea la geografía, el apego a la tradición o las múltiples formas de evolucionar que ha tenido este antiguo ritual.

                En primer lugar, lo que parece evidente es que, lejos de ser una apoteosis de la impostura o el engaño, el carnaval es más bien el triunfo de la verdad, de una verdad efímera y puede que deformada, pero necesaria como catarsis anual de todas las represiones externas o internas que el individuo de sociedades en las que la mezcla de la tradición grecolatina y judeocristiana -junto al fermento adicional de viejos ritos ancestrales de cada tribu secular- conforma un equilibrio social y psicológico difícil de mantener.

                Durante siglos, el supuesto anonimato de la máscara permitía por unos días a cada cual mostrarse como realmente quería ser, si bien de manera lúdica. El hombre se disfrazaba de mujer, la mujer de hombre, el padre de familia esforzado y serio se convertía en un personaje desbaratado y sinvergüenza, la mujer casta y reservada se dejaba llevar por deseos que no podía confesarse a sí misma; la amargura de tener que aparentar un papel falso día tras día era aliviada durante un corto espacio de tiempo. Este desfogue regulado por los ciclos estacionales era una válvula de escape que la sociedad necesitaba para seguir viva en sus contradicciones; no es otra la razón por la que, a pesar de estar prohibidos durante dictaduras como la de Primo de Rivera o la franquista, los carnavales más iconoclastas no dejaron de celebrarse de manera semiclandestina. Nunca se llegaron a cancelar los de Cádiz y Tenerife, por ejemplo.



                Hay una dialéctica interna en el hecho de disfrazarse que ha llenado miles de páginas de etnógrafos y sociólogos, pero que a nivel puramente poético es de una profundidad encantadora, y es el hecho de que, para desvelarse (es decir, para que aparezca la verdad, en el sentido griego del término) es necesario velarse. El sentido de toda metáfora está encarnado en esa dialéctica. Es más, buena parte del éxito del teatro popular en las sociedades más reprimidas radica en este sano cambio de roles.

                Hoy, en las democracias neoliberales del capitalismo tardío, donde la libertad individual no solo está permitida, sino incentivada como garantía de la diversidad del consumo de productos pensados para cada gusto o preferencia personal, la función del carnaval ha desaparecido tal y como siempre se entendió durante siglos. Carnestolendas o Entroido son hoy una excusa como otra para pasar un sano rato de fiesta que nos aparta de la rutina laboral y de paso permite ingresar unos euros extra a través de la afluencia de turistas. Halloween, el parque temático de Semana Santa, viejas tradiciones recuperadas, siguen ese mismo camino.

Nada más. ¿O nada menos?

La realidad quizá sea algo más compleja. La clave nos la da el desaforado éxito de las celebraciones de los carnavales escolares (no muy distintas de las que festejan Halloween o Semana Santa). No creo que el sentido de estos festejos sea preservar tradiciones que pueden estar en peligro de desaparecer o tienen un especial interés cultural, de hecho, se encuentran prácticamente inscritas al ámbito de la educación primaria. Hace unos cuantos años que nadie celebra el carnaval en mi centro de educación secundaria, incluso algún alumno me pregunta tímidamente, como si fuera algo prohibido, si puede venir disfrazado ese martes de febrero.

No, la clave está en que estas celebraciones (como el día de la castañera, los mercadillos solidarios, y otros artefactos que los maestros han ido pergeñando a lo largo de los últimos tiempos) crean comunidad en una sociedad básicamente atomizada. En este caso, la balanza pretende equilibrar la tendencia al individualismo exacerbado, y lo hace mediante una peculiar forma de individualismo –el mero hecho de disfrazarse-, envuelta en una manera de fomentar el trabajo en equipo y la colaboración de los grupos, pero no solo de los grupos infantiles, sino también, como a nadie escapa, de los grupos de madres y padres, familias y claustro de maestros. Esta voluntad de crear comunidad desaparece en la enseñanza secundaria por el simple hecho de que los padres y madres ya no se dedican a respaldar a los pequeños, y vuelve a aparecer después en la vida adulta mediante la formación de peñas y comparsas. No desenfoquemos, en todo caso, el asunto que nos trae: el carnaval infantil.




II

El pasado lunes 12 de febrero asistí a un espectáculo que no creía posible en una ciudad del sur español –digamos Jumilla, digamos cualquier otra-. Cientos de madres, padres, abuelos y, por supuesto, niños de distintos niveles junto a sus profesores, de las más variadas nacionalidades (malienses, ecuatorianos, senegaleses, colombianos, marroquíes, peruanos, ucranianos, burkineses, rumanos, murcianos), más o menos occidentalizados, o más o menos étnicos, se encontraban pegados, amalgamados, cementados en un hatillo sin reparar los unos en los otros. Ha sido un espectáculo singular ver pequeños senegaleses disfrazados de vikingos, musulmanas de velo riguroso portando el sombrero charro del traje del hijo, ecuatorianos conversando vivamente con marroquíes acompañados de jumillanas nativas sin ningún atisbo de prejuicio xenófobo o racista.

Conozco bien el lugar donde vivo, y he podido ver como personas venidas de los barrios más humildes charlaban animadamente con otras del centro. En un momento dado, se ha producido un curioso desfile: decenas de madres disfrazadas empujaban cochecitos de bebe donde se escondían sus hijos de pocos meses.

El desfile de disfraces era original y colorista, por supuesto, y tenía el valor del trabajo en comunidad, de la confección casera de los trajes, del reciclaje, qué duda cabe; pero lo más importante radicaba en que estas máscaras, estos trampantojos, dejaban ver la verdad desnuda, como siempre lo ha hecho el puro carnaval: una sociedad multiétnica en la que conviven magrebíes o ecuatorianos de segunda generación, establecidos hace lustros, con subsaharianos llegados recientemente, atraídos por el trabajo rural, o ucranianos y otras nacionalidades del este europeo emigrados por fuerza de las circunstancias bélicas o la inestabilidad política.




Jamás, en ningún lugar público o privado, veremos juntas todas estas nacionalidades. Viven aislados en grupos más o menos homogéneos y su contacto en los propios centros escolares es también limitado, pero el sagrado carnaval ha obrado de nuevo este milagro, como lo viene haciendo desde la época prerromana: ha conseguido sacar a la luz la médula última de nuestra sociedad, una sociedad diversa, multiforme, mutante, atravesada por variadas fibras religiosas o sociales, que necesariamente tenderá a la cohesión, si las cosas se hacen bien y aceptamos las múltiples ventajas que esto comporta, o derivará en serios conflictos sociales –como los que se desencadenan regularmente en las afueras de París- si las cosas se hacen mal.

Don Carnaval (o Don Carnal) nos ha hecho un favor:  ha descubierto ya el tipo de sociedad en la que nos movemos y nos la ha ofrecido delante de nuestros ojos, gracias en gran parte a la labor de maestros y comunidades de AMPAs. Lo ha hecho en el sector social más sensible y frágil: la infancia.

¿Seremos capaces se aprender la lección de don Carnaval, ese viejo sabio y milenario? ¿O bien preferiremos cerrar los ojos y escondernos detrás de otras máscaras mucho más peligrosas?


lunes, 24 de julio de 2023

LA SOLEDAD AL SOL

 


Mediados de agosto de 2022, una mañana avanzada en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. Son las once y cae ya ese sol insoportable post-cambio climático. Explanada junto al recinto ferial. Un señor amaestra a un caballo de cara a la cabalgata de la siguiente tarde. Los dueños de varias mascotas sacan a pasear a unos perros ansiosos: han dormido mal por el intenso sonido de las fiestas nocturnos y sus ritmos vitales han cambiado por completo de un día a otro.

                El Ayuntamiento había habilitado un amplio espacio dedicado a un macro botellón. La explanada se encuentra rodeada de contenedores para vidrio y plástico. Los contenedores están casi vacíos, pero a lo largo y ancho del espacio vacío, el sol calienta los miles de envases diseminados por la arena. Botellas vacías de licor, vasos de usar y tirar volcados o aún con restos de combinados, envases de plástico arrugados que contuvieron la más variada pléyade de refrescos gaseosos: de cola, limón, naranja o soda. Los colores también son variados, predomina el verde, también el rosa, y en menor medida el azul, por supuesto los tonos caramelo de las botellas de ron o wiski. El círculo de arena revestido de residuos semeja una de esas islas de plástico de varios kilómetros de diámetro que flotan en el Pacífico.

El sol trepa por los cables eléctricos de los chiringuitos, pero los servicios de limpieza no han llegado todavía. Es un buen momento para tirar unas fotos.


 

        De pronto, en medio de la arena ardiente, alguien divisa un cuerpo. Dos o tres curiosos se acercan. Es una persona acostada de lado, lleva una camisa a rayas y pantalones cortos y zapatillas, moreno, de pelo ensortijado bien cortado. No se mueve. Las moscas danzan sobre él como queriendo animarlo, pero sigue inerte, apenas podemos asegurar que respire. Un señor del que tira un enorme perro comenta: “Este está muerto”, como si hablara de un animal silvestre. El camión de recogida de residuos ha llegado, su sombra lame el cuerpo del yacente y cruza el ruedo, pero nadie hace nada ni se inquieta. Los responsables de la limpieza comienzan su labor ignorando al hombre.

Quien esto escribe decide llamar al 112 para comunicar la incidencia. La conversación resulta extraña, desde el servicio de emergencias aconsejan tocarlo para saber si vive, pero rehúyo ese extremo, me limito a describir su aspecto y situación. Unos instantes después, en su ronda habitual, aparece la Guardia Civil, comentan que han llegado por casualidad, que no han recibido ningún aviso. Me explican también que el yacente es magrebí, que es un viejo conocido, que ha sido detenido varias veces, alguna por abusos sexuales. Le expreso al agente mi temor ante una deshidratación grave por el consumo de alcohol; responden que no, que lo suyo son las pastillas. Y también responden otra cosa: a los del 061 no les va a hacer gracia: suele mostrarse violento y rechaza la ayuda. Contesto que, en todo caso, podría estar en riesgo de muerte por el golde de calor y que por eso he llamado. Es en ese momento cuando escucho la frase más alarmante, mascullada por uno de los agentes: para lo que se pierde, sería lo mejor.

Entretanto, el hombre parece reaccionar y mueve muy lentamente los brazos, como queriendo ocultar el rostro del sol. Nada más. Aparece la ambulancia; con certera profesionalidad, pero con un gesto claro de desagrado, los enfermeros recogen al paciente y lo tienden en una camilla. Sus rostros muestran el disgusto, pero nada dicen; efectivamente, parecen conocer al hombre, que con las pocas fuerzas que tiene hace ademanes de forcejear. Los pocos curiosos, que se mantenían a una distancia prudente, desaparecen al mismo ritmo que las moscas. La ambulancia da media vuelta. Los barrenderos recogen con asombrosa velocidad los kilos y kilos de residuos. Los paradójicos residuos de una diversión. Unos metros más allá, el caballo sigue dando sus vueltas infinitas sobre la tenue paja. Los perros ya han hecho sus necesidades, y es un alivio, porque el sol abrasa y los dueños no están para bromas.


Me pregunto: ¿qué pasó aquí?

Había una probabilidad bastante alta de que un ser humano estuviera agonizando en medio de aquella tebaida del ocio, y nadie quería hacerse cargo de la situación. Solo la curiosidad, no la compasión, acercaba a los curiosos a ese pecio de la humanidad. Los propios responsables consideraban su labor una especie de pérdida de tiempo. Había racismo aquí, un racismo sordo y pesado, había xenofobia; pero, sobre todo, una falta de humanidad sobrecogedora. La cosificación de aquel hombre tendido era tan evidente que parecía increíble que nadie se diera cuenta del espectáculo que se estaba desarrollando ante los ojos de todos. Y cada cual, por supuesto, tenía que seguir con sus asuntos, falsos asuntos, porque todos estaban relacionados con el tiempo libre. El sagrado tiempo libre, que se desarrollaba, como una digestión lenta, en medio de un infierno de calor abrasador y residuos sin fin.

Solo hubo un culpable: el señor que, imprudente, llamó al servicio de urgencias en lugar de dar media vuelta y abandonar el despojo humano a su suerte. Ese señor era yo y me retiré por fin haciéndome preguntas muy serias, porque el entorno, los residuos, los viandantes, el recuerdo del ocio nocturno, los servicios públicos y el sol inclemente configuraban una inquietante alegoría de nuestro tiempo.




viernes, 14 de julio de 2023

LA IMPORTANCIA DE LOS BLEDOS

 


Como va pasando el tiempo,
como tanto con tan poco,
como tampoco puede ser eterno.

 Laura Sam y Juan Escribano

 Molina de Segura, julio, 2023.

Frente al Hospital de Ribera, una señora limpia las baldosas de la acera de casa armada de ímpetu y decisión. Son las seis de la tarde y cae un sol de justicia. Con unas buenas tijeras de podar, corta los brotes de bledos que aquí y allá crecen sin solución de continuidad. Una vez barridos y recogidos los restos vegetales y como el calor aprieta, la señora enchufa una manguera al grifo de su minúsculo patio delantero y refresca las baldosas, mojándose de paso con generosidad las chanclas. Justo enfrente, en la acera del aparcamiento del hospital, detrás de un banco de madera, ha crecido el mayor bledo de toda la manzana. A pocos pasos de allí, en el bar de la esquina de la calle Alicante, se desarrolla un pequeño drama. Un mensajero de UPS ruega a un chico delgado y enclenque que le devuelva su móvil. El joven permanece tranquilamente sentado en un portal mientras el mensajero ofrece hasta 50 euros si se lo devuelve. Se pone de rodillas, implora. “No es por el móvil, el móvil me da igual, son los contactos que llevo, es mi ordenador personal”. Saca un billete, se lo ofrece, con tal de que pueda recuperarlo. La esquina se va llenando de gente mientras la señora sigue gastando su agua -que ha pagado religiosamente- en mojarse los pies sobre la acera.

Entra en escena un camarero que parece conocer al chico, le dice al mensajero que así no, que de esa forma jamás se lo devolverá. Invita al sospechoso a entrar con él en el bar y arreglarlo en secreto, fuera de las miradas. Mientras, el mensajero sigue rogando, porfiando y llorando, se mesa los cabellos: “¡Si no le van a dar por él ni la mitad de lo que le doy yo!”. En todo caso, el chico se niega a moverse. El camarero desaparece tras la esquina y vuelve junto a un personaje nuevo: es musculoso, con el torso desnudo, profusamente tatuado. El nuevo actor alardea enseguida de su capacidad de mando y su resuelta decisión, interpela al chico por su nombre, le grita, y se lo lleva del brazo sin violencia, pero con firmeza, a un edificio cercano.

Pasados unos minutos de incertidumbre, el hombre tatuado vuelve con el móvil y reclama al mensajero una cantidad inferior a la que ofrecía inicialmente. El empleado de UPS, visiblemente aliviado, desembucha la gallina con rapidez y se dirige al camión de reparto, aparcado más abajo del hospital. Tras poner en marcha el vehículo, dobla la esquina del bar y se cruza con el ladrón, que camina lánguido y despreocupado bajo el sol insultante. El chófer le grita enfadado: “¡La funda, me falta la funda!”. El chico ni lo mira y sigue su paso lento y tranquilo, pasa por la acera recién mojada, que la mujer ya ha abandonado, se descalza las míseras chanclas y se moja los pies en los charcos.

¿Qué importa y qué no importa a nuestro alrededor?

El bledo o amaranto - ¡qué bello su nombre menos conocido! - es una planta considera mala hierba o invasora que proviene de Sudamérica y que hace tiempo se adaptó al clima caluroso del Sur de Europa. Es tan antigua su presencia que dio lugar al conocido dicho: Me importa un bledo. Y ese es el valor que le damos, el de algo insignificante y molesto que roba los nutrientes a otras plantas decorativas en nuestros jardines y macetas. Sin embargo, el bledo es una planta con un gran valor nutritivo, alto contenido en hierro y sabor agradable, además, sus espigas se han usado desde antiguo para fabricar un sustituto de la harina de trigo, y en ciertas partes de Centroamérica es un alimento básico tanto para ensaladas como para tortas. Y más de una torta nos daríamos por unas hojas de bledos si nos encontrásemos en medio de un campo inculto sin otra cosa que comer.

Para nuestro azorado mensajero, el móvil que portaba en el bolsillo no era más que un inservible trozo de metal y tierras raras sin más utilidad; eso sí, combinados estos con una tecnología que él mismo se encarga de distribuir. Él se hubiera deshecho con cierta facilidad del amasijo de circuitos, pero en modo alguno de lo que los hacía realmente valiosos, los flotantes datos que el propio usuario había ido introduciendo.

                El empleado de UPS, como tantos otros dueños de estos dispositivos baratos, -entre los que, por supuesto, me cuento- no repara en el daño ambiental que produce la extracción de las tierras raras, ni en la huella de carbono que origina su fabricación, ni en el coste en capital humano. Tampoco la señora que limpia la acera es consciente de que con esos tiernos brotes de una planta invasora, podría preparar una nutritiva y sencilla cena, ni de lo que cuestan los litros de agua que alegremente ha desperdiciado.

Los móviles y los bledos, siendo tan distintos, se parecen mucho por la poca importancia que damos a su presencia como objetos artificiales o naturales; nos da la sensación de que todo se fabrica o crece sin aparente esfuerzo, como si fuera connatural a las cosas existir, servir para nuestros planes, o molestar la frágil perfección de nuestras importantes vidas. Pero quizá, como dejara escrito Jorge Luis Borges en un famoso poema, estas cosas, de una u otra manera, permanecerán, recicladas, salvadas de un vertedero, brotarán de nuevo de unas profundas y obstinadas raíces, nos sobrepasarán, mientras que nosotros nos iremos disipando en la penumbra de una existencia fugaz.

Laura Sam y Juan Escribano, en este reciente single: “Tampoco puede ser eterno”, parecen dejarnos una lección bastante ajustada de lo que quiero decir, de la importancia que tienen las cosas que no importan, de lo poco importante y a la vez esencial que es el trozo de tiempo que nos ha tocado vivir.

domingo, 4 de junio de 2023

PUDRIDEROS DE TIEMPO (II)

 


Después de décadas volví a los zaguanes impregnados de polvo. Los bloques eran los mismos, y los mismos sus moradores, mucho más viejos. Otros, por acción de la muerte del anterior, habitaban los pisos desde hacía poco. Se trataba ahora del depósito del correo electoral, no de la encuesta. Similares propósitos, ambos por voluntad y sin pedir ni recibir dinero a cambio. Quizá parpadeando, caí perplejo: estaba ante el mismo fulgor opaco, la misma penumbra dorada, dulzarrona y exangüe.

Los buzones de madera, aunque nuevos, parecían haber envejecido tan deprisa que pudieran tener más edad que los antiguos ya descartados. Los buzones metálicos se pintaban de color cobrizo, o directamente de un marrón castaño, intentando simular un tiempo que no merecían. Todo era simulado y a la vez auténtico. Para comodidad del cartero, algunas series de buzones se extendían a la altura de la cintura, horizontales y no pegados a la pared, como mesas horadadas por ranuras sin sentido. Otros ofrecían, absurdas y cómodas, vistas frontales tras cristales que mostraban sin pudor el interior. Tras esas mirillas descollaban, como peces agonizantes, panfletos de propaganda electoral.

            Comentario aparte ofrecían los espacios. Los zócalos de madera pervivían, opacos y deslucidos, repletos de ralladuras, pero nobles, como la nobleza de un caballero ajado en cuya solapa fallece una flor mustia. Para dar sensación de amplitud, en todos los vestíbulos se habían colocado grandes espejos, una moda que perviviría a lo largo de décadas. Los espejos… limpios, sin una sola grieta o esquina desportillada. El único elemento que no había cambiado a lo largo de los años. Los espejos… que reflejaban el rostro de los habitantes del bloque, día tras día, jornada tras jornada, arruga sobre arruga, implacables e inmisericordes, como la bendición eterna de un párroco desquiciado. Treinta años después, los mismos rostros ajados, desilusionados, empolvorecidos y pálidos, hastiados de sí mismos, pasando por delante de los espejos intransigentes.

            Los escalones. Primero fabricados con un sucedáneo de piedra artificial donde flotaban trozos descartados de mármol rojo. Después sustituidos por piedras nobles. Los escalones pulidos tras cientos de baldes de agua y lustres de fregona. Había algo terrible en todo aquel escenario, buzones, espejos, escalones, zócalos, que no supe ver la primera vez, muchos años atrás, y sentí como un puñetazo en esta ocasión, hace apenas unos días. El aire, el aire enmohecido, el mismo aire irrespirable del primer día, nunca renovado, nunca desbancado de su poltrona estéril. ¿Era un aire muerto? ¿Qué era? Ese tufo de panteón, de los Mendoza en el fuerte de san Francisco, del pudridero de El Escorial, de los catafalcos de la Capilla Real de Granada, del enterramiento renovado en san Juan de la Peña, del Panteón Real de Oña. Ese estancamiento, esa humedad densa, esa ondulación monstruosa de pantano o de cosa del pantano. ¿Era cierto? Después de tantas décadas de limpieza constante nadie había renovado esa atmósfera mortuoria. ¿Cómo era posible que los vecinos no lo notaran? Cada vez que atravesaban el umbral se internaban en un panteón de cementerio, y sus propios nombres estaban allí inscritos, garabateados o tecleados.

            Se debía recurrir a trucos viejos para poder penetrar en esos espacios sórdidos: jamás hablar de propaganda, sustituir publicidad por correo, hablar con eses, ser paciente y servicial. En los timbres, casi nadie contestaba, a la décima, undécima, alguien descolgaba y tras la fórmula, pulsaba el botón. Ciertos inquilinos, tímidos, se excusaban diciendo que la vecindad no quería que abrieran a nadie extraño. No querían, pues, que nadie ajeno entrara en el panteón familiar y respirara el aire irrespirable, y les arrebatara esa última, agónica, bocanada de pasado que les quedaba. Leía los nombres en los buzones, a pesar de la prisa, lejos de lo pragmático: eran nombres de gente que yo conocía, que veía todos los días caminar por las calles. “Ahora sé dónde vives”, pensaba primero irónico; luego, luego pensaba que no era posible, que todos aquellos nombres eran nombres de muertos, y que los muertos no pasean, no pisan las calles. ¿O sí?

            Al salir, siempre, siempre aspiraba un poco de aire envenenado, porque sí, porque yo también era uno de esos muertos embalsamados de pasado y merecía un poco de elixir faraónico, de resina preservadora, de ungüento para momias. Porque yo me lo merecía, sin duda.

Posfacio.

Dos días después, llegaron las elecciones. Perdimos, como siempre, aunque también ganamos. Olvidé el aire mortuorio de los vestíbulos, sustituido por la atmósfera aromática de las aulas, plena de hormonas y ansias de poder, pero desde entonces anda rondando mi pituitaria una cierta inquietud, como si alguien me observara desde el interior de algún buzón anónimo.

sábado, 27 de mayo de 2023

PUDRIDEROS DE TIEMPO (I)

 


En lo más alto del Puerto del Escudo, como saben todos los que pasan por esos despoblados de Valdebezana, se encuentra la Pirámide de los Italianos, aquel mausoleo franquista que albergó los cuerpos de los trescientos ochenta y cuatro soldados del país transalpino caídos en la batalla de Santander.

Subí una tarde de tormenta y me acerqué a ese lugar con fama de ominoso. El aura de mal fario de la pirámide abandonada se dejaba sentir enseguida. La hierba había reverdecido por la lluvia y los espinos y zarzas presentaban el sugestivo tallo negro al estar mojados, pero la silueta de la pirámide discretamente escalonada dominaba el paraje. Al fondo, los lodos del Embalse del Ebro en pleno retroceso quedaban iluminados por rayos de sol furtivos y huidizos. El sedimento del tiempo se había adueñado de todo el ámbito, convirtiendo lo que fuera un espacio de homenaje en un no-lugar de los más clásicos. En una curva cercana, otros veinte militares italianos perecieron en un accidente en 1971, lo que hizo que, con el tiempo, la pirámide dejara de ser un cementerio para convertirse en una ruina y al paraje le crecieran más sedimentos de mal rollo.

La entrada está tapiada con cemento gris, bajo la gran eme mussoliniana; encima hay una pequeña abertura, un agujero, por el que entran y salen pequeños pájaros. Todo está vandalizado y los nombres de mujeres desconocidas trepan por los escalones: Lola, Vale, Mónica. Alguien ha escrito más arriba un “te quiero mucho”. ¿Quién puede ser capaz de declarar su amor a alguien en semejante lugar? En la parte trasera, las losas de caliza que recubren el armazón de hormigón caen sin remedio, dejando ver un enfoscado de cemento descuidado y pobre, una verdadera chapuza que ni la carestía del momento en que se construyó, el final de la Guerra Civil, puede explicar. El monumento, como otros tantos del franquismo, fue construido por prisioneros (esclavos que hicieron que saliera muy barato erigirlo).

Sólo por ese motivo no debería de existir desde hace décadas, sobre todo teniendo en cuenta que los cuerpos fueron exhumados.

Al menos eso pensaba yo antes de visitar el lugar, previamente a ver una exposición fotográfica en Medina de Pomar.

Ahora he cambiado de idea. Ahora pienso que ese mausoleo truncado (que además es Bien de Interés Cultural desde hace unos meses) tiene que seguir ahí, debe permanecer porque es una obra en progreso, una especie de performance no planificada, en la que sólo la intemperie puede actuar. La Pirámide de los Italianos es lo que se podría llamar un pudridero, un pudridero de tiempo. Ha sido vandalizada, pero la inclemencia es lo que más la ha afectado, y este avance inexorable hacia la ruina es lo que hace que su presencia cobre más sentido. Dejar que las zarzas invadan los escalones y penetren en el interior, que las palomas aniden, que las últimas losas caigan al suelo para que los nostálgicos de lo desconocido se las lleven a casa, es el mejor destino para este lugar que viene de una época desparecida que nunca volverá. ¿Es un lugar de memoria? No lo creo. ¿Es un lugar para reflexionar? Posiblemente, como reflexionaba Leopardi ante un sepulcro antiguo. Todo ello es posible, pero sobre todo, la pirámide es un pudridero de tiempo, donde las sucesivas infamias humanas se van sedimentando como los lodos que deja el embalse en su retirada. Cada vez que una losa cae y deja al descubierto la obscenidad del hormigón y de las circunstancias de su construcción, una enseñanza y una advertencia crece entre los espinos, un recuerdo de lo vano, lo patético y ridículo que es el odio, y lo perversa que puede llegar a ser la mente humana fanatizada e ignorante.

martes, 15 de septiembre de 2020

EL ALEPH DE TODOS LOS CHISMORREOS

 



Al tiempo que homenajeamos y reivindicamos a los antepasados, pensando que ellos no nos van a tomar en cuenta semejante atrevimiento, olvidamos voluntariamente su carnalidad, su semejanza implacable, aunque sea remota, con nuestros cuerpos. Hablamos con olímpico desdén de salvajismos, de sangrientas guerras del pasado, olvidando que, como sabía Freud, la cultura es una fina línea que nos separa de la barbarie. A la postre, como dijera el descarnado Coulaincourt de Bayeux, todos somos parientes de todos los difuntos.

Subió una vez más las escaleras que daban a su oscuro cuarto trastero. Lo hacía cada vez con menos frecuencia, pues el acantilado de recuerdos ingratos, de escenas indeseables, de sueños frustrados, de acciones desgraciadas, de movimientos adversos, de errores trágicos, de pasos equívocos, de dibujos mal esbozados, de pensamientos vacíos y enormes, de gestos malsanos, de apuros presuntuosos, de necedades vagas, de estupideces egoístas, de basura existencial, era tan alto y tan pesado, que la sola visión lo acongojaba. Había optado por vivir en un piso estrecho y pobre con tal de poder permitirse un trastero con espacio suficiente como para encajonar tantos escombros olvidados. No era capaz de deshacerse de ellos.

Aquella tarde inspeccionó un rincón de trastero que tenía especialmente descuidado desde hacía años. Era un lugar olvidado porque no le gustaba frecuentar sitios como aquel, donde el resentimiento era tan evidente que hasta él mismo tenía que apartar el rostro debido al hedor, pero aquella tarde se sentía con fuerzas. Al poco se fijó en un mínimo temblor, un brillo quejumbroso que llamó su atención. Parecía una esfera metálica, apenas dos o tres centímetros de diámetro y se hallaba aparcado junto a una estantería de legajos en voladizo. Él no podía saberlo, pero aquella esfera estaba allí desde antes siquiera de construirse el trastero, de edificar ese edificio o el anterior, o el anterior del anterior. La esfera, simplemente, había encontrado su momento. Escuchó un rumor, un bisbiseo de serpiente que subía y bajaba de intensidad. Se acercó un poco más y el rumor creció y se hizo entendible. Empezaba a reconocer las voces amortiguadas de algunos de los vecinos; chiquillos que discutían con sus madres, pensionistas en trance de salir a la calle, hombres y mujeres que volvían de su jornada laboral, jóvenes que estudiaban en un piso compartido. Escuchaba las voces de todas las viviendas a la vez y, sin embargo, no se superponían, permanecían claras y diáfanas unas junto a otras. Al tiempo, supo ya perfectamente a quien pertenecía cada tono, cada expresión, cada grito o susurro improvisado. Conocía el nombre y apellidos exactos de cada uno de ellos, el tono preciso, su modulación y su timbre. Esperó a que cayera la noche, no tenía nada mejor que hacer y además en el trastero, oculto a la luz del día, no podría saber la hora exacta hasta que oyera reunirse a las familias para la cena; justo el momento que él esperaba. Pasaron las horas y la esfera fue dejando de vibrar y apaciblemente pareció entrar en un sueño contenido. Bajó a casa y se tumbó en el lecho, pero apenas pudo dormir.

Al día siguiente, antes de amanecer, vestido apenas con el pijama, subió corriendo de tres en tres escalones hasta la letrina en que se había convertido su trastero. Tenía todo el día por delante, un día placentero durante el cual vivir las vidas de todos los vecinos del bloque en cercana intimidad.

Él todavía no lo sabía, pero había descubierto un Aleph de los chismorreos, un objeto que, semejante al descrito en 1949 por Jorge Luis Borges, le permitía acceder a todos los objetos del universo sin que estos se superpusieran. La única diferencia es que estos eran objetos sonoros emitidos por personas en aquel mismo instante, o como se solía decir entonces, en tiempo real. Años más tarde se acuñaría internacionalmente el término inglés streaming. Eso tampoco lo sabía nuestro hombre: él pensaba que las voces que percibía eran de personas cercanas a su cuarto trastero, de la misma forma que suponía que el Aleph, o lo fuese aquello, era único y personal. De su primer error salió poco a poco afinando su capacidad de observación y ampliando el radio de acción, de su segundo error probablemente jamás saldría, porque desconocía que había múltiples Alephs de los chismorreos distribuidos por los trasteros y sótanos del mundo y que esas esferas escondidas se consultaban siempre por los usuarios en la más estricta soledad culpable.

Pasaron los días y su capacidad de escuchar a un tiempo múltiples conversaciones del orbe se fue perfeccionando. Él creía en su pericia y se vanagloriaba en su interior por tan depurada técnica, pero en realidad era el Aleph de los chimorreos el que modulaba su influjo y acaparaba el resto de las capacidades del observador, de tal modo que se convertía en el único canal de contacto con la realidad circundante de su interlocutor. Porque otra capacidad que parecía tener el Aleph de los chimorreos era la posibilidad de influir, como una mala sombra, sobre las opiniones o actos de aquellos a quienes se escuchaba. No todos los dueños de un Aleph de los chimorreos eran capaces de acceder a ese poder, puesto que la mayoría se conformaba con observar y conseguía mantener un equilibrio entre su vida personal y las horas consagradas a la esfera. Sólo aquellos que estaban más entregados, por su aislamiento o fragilidad, al Aleph de los chismorreos, llegaron a desarrollar aquel poder. Las voces anónimas de estos adelantados se mezclaban en una aparente intimidad con las de algunas de las personas escuchadas, de forma que estas parecían emitir juicios o impresiones sin aparentemente notar que no eran suyos, sino ajenos, y surgidos durante la entrevista de algún lejano desconocido con la esfera.

Quienes hablaban influidos por la voz del Aleph de los chismorreos y, en último término, de su dueño, no eran conscientes de sus frases, no así los familiares o amigos que los escuchaban, que al principio no daban crédito a las palabras apócrifas que pronunciaban normalmente los miembros más locuaces del grupo. Las personas caían frecuentemente en evidentes contradicciones en sus ideas u opiniones, lo que provocaba la perplejidad de los escuchantes y el placer de los dueños de los Alephs de los chismorreos que las emitían.

Con el tiempo, las familias, las parejas y los amigos comenzaron a chocar cada vez con más frecuencia, a discutir por nimios asuntos a los que, sin saber la razón, les imprimían toda la fuerza que no empleaban en otros quehaceres cotidianos, a desconfiar unos de otros antes los cambios de versión de sus palabras. Pasaron los años, y los recuerdos ingratos, las escenas indeseables, los sueños frustrados, las acciones desgraciadas, los movimientos adversos, los errores trágicos, los pasos equívocos, los dibujos mal esbozados, los pensamientos vacíos y enormes, los gestos malsanos, los apuros presuntuosos, las necedades vagas, las estupideces egoístas, la basura existencial, fueron acumulándose sobre las personas como los estratos de un sórdido vertedero en las afueras de una ciudad.

Los dueños de los Alephs de los chismorreos, pasadas unas décadas, se habían multiplicado hasta superar en número a aquellos que desconocían su existencia. ¿Y qué fue de nuestro hombre del trastero? Es posible que muriera de inanición pegado a la esfera o bien de un reventón de escuchas. Nadie se enteró, porque siempre estuvo solo. No fue un destino particular, ocurrió con muchos otros dueños antes de que algunos de ellos se dieran cuenta de que el Aleph de los chismorreos no era en realidad un reproductor de las voces del orbe sino simplemente el amplificador de una sola y triste voz, la voz de la barbarie, del lodo esencial que todos los muertos antiguos sintieron, tocaron, vieron o escucharon alguna vez a lo largo de su corta vida.

domingo, 8 de diciembre de 2019

GRETA THUNBERG Y LOS DEMÁS



Dedicado al equipo de El bosque habitado, de Radio 3 @BosqueHabitado, que tanto bien nos hace

Al principio me sentí esperanzado. Más tarde, enfurecido. A fecha de hoy me encuentro reafirmado en lo que siempre pensé sobre la activista más joven del planeta.

Greta Thunberg tiene razón.

La tiene porque es denostada y odiada a partes iguales por negacionistas, izquierda trasnochada, moderados paternalistas, ecologistas de medio pelo y toda suerte de extraños personajes de los que nunca se escuchó una sola palabra de alerta en torno al cambio climático. Verdaderos analfabetos recurren a científicos para acusarla de banalidad, mientras esos mismos científicos callan. Furiosos partidarios de expulsar a todo inmigrante subsahariano que llegue a nuestras costas recurren a la supuesta carta de la africana Kiwa, de 15 años, de la que nadie sabe nada, salvo que su texto es un modelo clásico de manipulación de la condición del tercer mundo. Kiwa le reprocha a Greta tener la piel muy fina por decir que le han robado su infancia, pero no repara en que esos mismos ladrones son los que robaron la suya, evidentemente mucho más difícil. En realidad Greta habla del hurto de los sueños, que no es cosa baladí.

A Greta se la califica de niña, cuando es una mujer de 16 años. Esos mismos críticos no se escandalizan al ver Lolitas anémicas emperifolladas desfilando por las pasarelas. Greta no va al colegio, claro, porque en todo caso iría al instituto, aunque en realidad viaja con un educador que cuida de su formación. Los padres de Greta –esos ogros- buscan fama y dinero, aunque en realidad ya la tienen; él es un actor conocido y ella cantante (actuó en Eurovisión en 2009). Se dice que han instrumentalizado su infancia, pero ninguno de los críticos ha emitido una palabra sobre los padres de Messi, de Nadal, de tantos Joselitos y Mélodis, de los participantes del talent show de turno, donde pequeños autómatas hacen piruetas estrafalarias o endiosados pinches de cocina se prestan a espacios tan falsos y sobreguionizados como Master Chef. Y lo peor de todo, la atacan por su síndrome de Asperger, que confunden con una enfermedad, y que suponen discapacitante para cualquier ejercicio del discurso público. Incluso confiesan algunos que les da “grima”, que “les da miedo”. Tan cacofónico como decir que Steve Jobs no podría ser un prodigio de la informática porque era disléxico o que Albert  Einstein no pudo ser un genio de la física porque suspendió en el instituto y encima su cerebro pesaba menos de la media. La lista de salvajadas sobre Greta Thunberg no tiene fin.

Sin embargo, lo que más me ha sorprendido es la actitud de algunos intelectuales de la élite cultural acusando al sistema de banalizar unos hechos (por otro lado incuestionables) con la figura seráfica de una joven desvalida, futuro juguete roto, una especie de dollie gótica sin el encanto morboso de lo fúnebre. El problema principal de estos intelectuales sin voz que condenan la banalidad de los media en la figura de alguien como Greta -que se desenvuelve bien en ellos y los utiliza para dejar su mensaje- es que pertenecen a esas élites derrotadas de las que habla Christophe Guilluy en No Society, élites que han perdido su influencia, el pulso de los tiempos, sustituidas por movimientos populares mucho más dinámicos y pragmáticos.

En el fondo de la aversión a Greta Thunberg se encuentra el resentimiento de dos generaciones enteras de seres humanos que han disparado todos los niveles de contaminación (ya sea residuos plásticos, agrícolas, concentración de CO2 elevada a 407 partes por millón, y tantos otros parámetros). Resentimiento, que no culpa, como ya nos enseñara Nietzsche en La genealogía de la moral, incapacidad para admitir los errores de todos los grupos activos que desde la Segunda Guerra Mundial no supieron bajar de una espiral consumista e irresponsable trasmitida sin rubor a sus hijos y nietos, los contemporáneos de Greta Thunberg.

Estos activitas, de los que Greta Thunberg no es sino una muestra sobresaliente, no hablan para sus mayores, pues saben que es inútil, hablan a los jóvenes, que todavía, sino inocentes, al menos tienen la capacidad de cambiar. Nadie le ha pedido perdón a esta generación que hereda un sistema imposible, antes bien, todos se han apresurado a exhibir un obsceno paternalismo falto de toda legitimidad.

Es sintomático que entre toda la pléyade de haters, de ecolistos que se abalanza sobre Greta Thunberg deseándole que se hunda en el océano, que se intoxique con comida vegana y otras lindezas, no existan educadores activos, profesores que ejercen la enseñanza en los centros de secundaria. Pueden dudar, mostrarse cautos, pero en general atienden a su discurso. Dejad hablar a los profesionales.
Como dice Isidora Navarro, “el capital fagocita las Cumbres”, y es totalmente cierto que ha intentado fagocitar a Greta Thunberg, aunque sin éxito, porque ella es la normal y los demás somos los extraños, los anómalos, los desvalidos, los manipulados. Una simple búsqueda en el motor de google del nombre de Greta Thunberg arroja que la primera palabra relacionada con su nombre es “enferma”. No hay mejor prueba para demostrar lo que sostengo: nosotros somos los verdaderos enfermos.

Por eso insisto en lo que dije al principio: Greta tiene razón, precisamente porque todos, salvo los más jóvenes, la odian.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

PROGRAMA #AMALGAMAS/02 Con Carlos Gil Gandía

"La desvertabración del derecho internacional a través del olvido" Carlos Gil

El profesor de la UMU y experto en derecho europeo Carlos Gil Gandía nos hace un recorrido apasionate por los flujos migratorios actuales, las trampas del nacionalismo, Sánchez Ferlosio o la España vacía sin que falte buena música consciente. Coordinación de Bartolomé Medina y al control Antonio Munuera.

para escuchar el programa pincha en el enlace:

https://www.ivoox.com/amalgamas-programa-2-carlos-gil-gandia-audios-mp3_rf_30897728_1.html

domingo, 14 de octubre de 2018

LAS MURALLAS DE SAMARIS





Corría el año 1983 cuando un pequeño estallido removía el mundo del cómic tras la publicación del primer álbum de la serie Las ciudades oscuras, que dos autores francobelgas, Benoît Peeters y François Schuiten, desarrollarían en las décadas posteriores. Ese primer tomo, titulado Las murallas de Samaris, impecable en su factura, exacto y milimétrico tanto en guión como en dibujo, ha conseguido saltar por encima de las peripecias de las ediciones agotadas (recientemente Norma Editorial lo ha reeditado para España) y de la imparable mutación de los gustos gráficos y de la edad de los aficionados al mundo del cómic. Sus virtudes lo han convertido en un clásico que, como escribe Sergio Benítez (ver enlace), "ha ganado en potencia, resultando el mensaje que en última instancia se puede destilar de éstas páginas tan válido y actual como lo fuera hace treinta años". No sólo eso, Las murallas de Samaris se reviste hoy de una nueva capa de significados que la convierten en una certera alegoría del mundo occidental actual, una segunda vida que posiblemente los propios autores no soñaron pero que da idea de su calidad como obra de arte universal.
               La historia comienza en la ciudad de Xhystos, una urbe de burócratas primorosamente descrita por el dibujo de Schuiten, con su arquitectura de acero y cristal (ya veremos que este es el primer detalle a tener en cuenta), donde vive Franz, a quien se le encarga la misión de visitar la vecina -y muy lejana- Samaris. La novia de nuestro protagonista, muy enfadada porque éste ha aceptado la misión, rompe con él; no en vano su hermana, la bella Clara, desapareció en Samaris y nadie volvió a verla. El caso es que los últimos visitantes que se allegaron a la vecina urbe no han regresado, por lo que se supone que algo raro está ocurriendo en Samaris. Con la promesa de una ascenso social, Franz emprende un larguísimo y agotador viaje por tren, avión y barco, atravesando vastedades desiertas hasta enfrentar las murallas de Samaris, que aunque visibles desde lejos no parecen alcanzables. La viñeta que reproduzco es ya evidente: un enorme muro desnudo se yergue imponente sobre la frágil patera de Franz.


               Pero finalmente, el viajero penetra en la ciudad, aparentemente una urbe civilizada, con hermosos edificios dieciochescos. Consigue encontrar alojamiento en lo que parece el único hotel de Samaris, anómalo para una ciudad tan imponente. Enseguida se hace extraña la actitud de las gentes, distantes al par que ociosas, ajenas en cierto modo al entorno, enfrascadas en actividades de funcionario o escribiente o en juegos de azar o de salón. Todo son breves saludos, conversaciones insulsas y superficiales. Conoce a una joven llamada Carla, curiosamente muy parecida a su cuñada perdida, con la que intenta entablar una conversación más profunda sin éxito, haciendo que ella, tan huidiza como los demás, se asuste. Franz pasea por la ciudad, no hay niños, nadie ejerce trabajos manuales y los edificios se repiten con monotonía a su paso. Llega el viajero a arrancar el marco de alguna ventana para encontrar detrás un muro, al igual que en su propia habitación, tapiada por las humedades. Franz se siente cada vez más oprimido, más molesto a la vez que adormecido. Finalmente, en un arrebato, consigue derribar un muro del hotel, curiosamente frágil, y accede a la cruda realidad: la ciudad es un enorme simulacro, un conjunto de decorados unidos a mecanismos que hacen que el entorno urbano de la ciudad cambie cada día y encierre a los habitantes en un entramado kafkiano. Cuando por fin el viajero llega al núcleo de esa gran tramoya que es Samaris, como podemos ver en la viñeta, y comprende por qué el emblema de la ciudad es una planta carnívora llamada drosera, que atrae a sus víctimas con tentáculos edulcorados. Todos los habitantes de la ciudad son víctimas del mecanismo infernal de Samaris, enajenados por la imagen que la ciudad ha creado para que no escapen. Franz lo hace después de varias peripecias y regresa a Xhystos, donde le espera una horrible revelación, pero esa ya es empresa del lector entregado.


               Es posible que Benoît Peteers leyera a Baudrillard y su concepto de simulacro, que hacia los ochenta estaba en plena actualidad, o también que quisiera enseñarnos una parábola de la alienación de las ciudades modernas, tan burocratizadas y cuadriculadas en su funcionamiento como son las ciudades oscuras que inventa, reflejando también la sospecha de la realidad consustancial a la época de la modernidad avanzada; es posible que quiera pasar a cuento visual el texto de El Proceso, de Kafka, o todo a la vez, lo cierto es que junto a Schuiten parece haber proyectado en una alegoría todas las contradicciones actuales de esta Unión Europea en la que vivimos hoy, incluso del propio sistema capitalista. Veamos algunas coincidencias.
               Para empezar, Xhystos se nos presenta como la realización del sueño de la arquitectura decimonónica de acero y cristal, presentada a demás en un estilo modernista propio del mejor Victor Horta. Esto nos recuerda el reciente texto de Peter Sloterdijk sobre El palacio de Cristal (ver: El Mundo interior del capital: Para una Teoría Filosófica de la Globalización, Siruela, madrid, 2010), inspirado en aquella proeza londinense construida para la Exposición Universal de 1851, nacimiento de la arquitectura de hierro y cristal. Sloterdijk metaforiza en la construcción británica la estructura del capitalismo globalizado. El autor alemán sostiene que el sistema ha sustituido el viejo mundo metafísico por una burbuja de cristal en cuyo interior el ciudadano dispone de todo lo necesario y de la capacidad de adquirirlo, por muy lejano que se encuentre. Pero este mundo interior depende de un mundo exterior del que se tiene que alimentar necesariamente, y al que accede de forma remota, a través de grandes emporios como Amazon, Alí Babá, Google y el resto de gestores de internet u otros medios de comunicación mundializados. Este "espacio ordenado domésticamente y climatizado artificialmente" no es, según Sloterdijk, "un ágora ni una feria de ventas al aire libre, sino un invernadero que ha arrastrado hacia adentro todo lo que era exterior" (p. 30). Tanto Xhystos como Samaris tienen en el cómic de Schuiten y Peteers esa apariencia de espacio cerrado, acristalado y desinfectado.
               Pero este sistema tiene ganadores, que habitan la burbuja, y perdedores, que quedan fuera, en el exterior, y a veces, como era de esperar, esos habitantes externos penetran en el interior de la burbuja, como ocurre en la elocuente imagen de Franz entrando a Samaris en barca. Cuando esto ocurre -inmigrantes en el Mediterráneo, atentados yihadistas, refugiados sirios- la alarma es generalizada. No ocurre así en Samaris, donde el peregrino parece encontrar un cobijo -al estilo del buen samaritano- aunque sólo sea momentáneamente, pero esto es así porque Samaris es una ciudad mental antes que real, hoy diríamos virtual. El interés de Samaris es atraer víctimas que alimenten su sistema, que haga que sus tramoyas y decorados luzcan y funcionen, para después, con el tiempo, excretar a esos mismos visionarios cuando han sido exprimidos y no son de utilidad, exactamente como el capitalismo globalizado, que expulsa hacia los bordes de las ciudades los escombros que de los que no sirven, haciéndolos habitar los no-lugares del no-consumo.
               En todo caso, incluso el viajero que todavía tiene la suerte de vivir dentro de la ciudad-teatro se encuentra ante un panorama desolador, donde nadie parece hacerle caso, y peor, nadie parece ser nada. En este punto es donde nos llega un nuevo nivel de significación en esta metáfora de Occidente, y en concreto de la vieja Europa, que es Las murallas de Samaris. La ciudad-decorado se nos figura un trasunto claro de la deteriorada Unión Europea, con sus burócratas pasivos, sus leyes inútiles y esa extraña postura paradójica hacia los refugiados, acogidos y expulsados a la vez. Nos engañamos si pensamos que alguna vez Europa ha sido el "buen samaritano" de Occidente. Como nos aclara Slavoj Žižek, el más importante crítico de la globalización capitalista (ver Los refugiados y el terror, Anagrama, Barcelona, 2018), esa Unión Europea "democrática" defensora de los derechos humanos y del Estado del Bienestar "nunca ha existido" (p. 16). Žižek recuerda que Europa se encuentra anclada entre Estados Unidos y China, los dos modelos de capitalismo actual y que su única oportunidad es superar la oposición entre el modelo anglo-sajón y el modelo franco-alemán, algo que ya vemos que parece imposible. Así pues, Europa -Samaris- se encuentra encarcelada entre lo que nos quiere hacer creer que es y lo que es en realidad -entre su realidad y su simulacro-. Al igual que Samaris, Europa es el típico sistema estático en el cual la resolución de la paradoja implica la desaparición. los viajeros que llegan a Samaris buscan la verdad que se oculta tras el simulacro, pero se ven frustrados, porque detrás sólo hay tabiques de ladrillos y puertas tapiadas. De la misma forma, los refugiados que cruzan el Mediterráneo no sólo huyen de una situación catastrófica; buscan en Europa un sueño; en realidad, como apunta Žižek, no se conforman con Francia, España o los Balcanes, quieren ir más allá. "La ardua lección que aprenden los refugiados es que 'Noruega no Existe', ni siquiera en Noruega" (p. 62). Los pocos que consiguen escapar de la anodina realidad de Samaris descubren que, en realidad, Samaris no existe. La Europa que los propios ciudadanos del interior del invernadero, de nuestro palacio de cristal, creen conocer no existe ni ha existido, fruto de la revelación de este engaño monumental llega la furia -al igual que Franz en Samaris-, los propios europeos optan por la violencia cuando descubren la tramoya, la trampa, y caen en manos de los tentáculos de la extrema derecha, de Marine le Pen, de Salvini, de Vox.
                 Ésta es nuestra condición, tan magistralmente expuesta en ese cómic que ya es un clásico y que tantas lecciones nos depara. pero todavía queda un "tour de force" final. Cuando Franz regresa a Xhytos, tras un viaje de vuelta atroz, sigue notando esa opresión que sentía en samaris. Pide hablar con el consejo de la ciudad y allí, en una escena plenamente kafkiana (ver viñeta)


descubre lo que ya intuía, que las dos ciudades forman parte del mismo sistema de simulacros y que definitivamente está fuera, sin remedio, sin lugar. La solución a la crisis de los refugiados, como también apunta Žižek, se encuentra fuera de Europa -y a la vez dentro-. Para resolverla no sirven ni los paños calientes de una izquierda ingenua y timorata ni los exabruptos de la nueva extrema derecha. Los refugiados huyen de los problemas que el interior de la cúpula les ha creado: la crisis mundial del mercado de alimentos, las luchas de las potencias por el control de las materias primas, la disputa por el agua en plena África y tantos otros. Si Europa logra redimirse luchando por resolver esos problemas quizá consiga volver a creer en las narrativas de la Ilustración y sea capaz de mirarse a sí misma. La solución puede parecer utópica -como advierte Žižek- pero la alternativa es sucumbir aplastados entre los dos grandes bloques capitalistas mientras se desploma, en un ruido de cartones, tanto simulacro, tanto decorado y tanta máscara. Aprendamos de Samaris.