Mostrando entradas con la etiqueta medio ambiente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta medio ambiente. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de julio de 2023

CUANDO SOPLA EL JALOQUE

 



Mediados de agosto de 2022, una tarde abrasadora en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. El sopor de la siesta se va a prolongar hasta casi la caída del sol, así pues, lo mejor es tener bien cerrados los puestos de artesanías, baratijas, juguetes y pequeños productos tecnológicos. Bajo las gruesas lonas se sobrevive a las peores horas del calor; es el caso de Salimata y Bigue, que llegaron hace años desde Senegal y recorren de feria en feria toda la geografía festiva del sur de España. Se hicieron amigas durante el paso del estrecho, tras vivir varios años en Marruecos; no proceden de la misma aldea, pero montaron su puesto entre las dos. Esta tarde agotadora, bajo la tienda, se encuentran inquietas mientras observan la densa calima: conocen bien la sensación y presienten una violencia inmediata.

En efecto, la lona empieza a agitarse de improviso y a zarandear la frágil estructura metálica. Un fuerte viento se alza y arrastra consigo toda la arena del albañal que se extiende al sur del improvisado recinto ferial. Es un reventón cálido, el calor acumulado explota de golpe en plena plaza llena de mercadillos. Los objetos ruedan por los suelos, se confunden los talabartes de cuero con los collares de cuentas, los relojes baratos con la quincalla de metal. Las teteras vuelcan su aromático contenido. Algún puesto se ha derrumbado y una maraña de brazos y piernas intenta subsanar el pequeño desastre. La lona de Salimata y de Bigue aguanta, pero tras el súbito vendaval llega una lluvia fuerte y caliente que al tocar el suelo eleva un vapor sofocante oloroso a lodo y cuero mal curtido. Como un sueño exótico, las dos senegalesas surgen de debajo del grueso lienzo blanco; ambas se cubren con el clásico kanga, Salimata luce unos vibrantes tonos turquesa, mientras Bigue se viste de color azafrán con adornos de palmetas y espirales. Son altas, y su oscura tez contrasta con los colores de los vestidos largos en una apoteosis de elegancia africana.  Las mujeres sacan el plástico traslúcido que tienen guardado para las raras ocasiones en que se desatan las tormentas de verano y lo extienden con habilidad por encima de la lona. La lluvia rápidamente empapa las prendas, las telas se pegan a los cuerpos como medusas e impiden los movimientos, Salimata se deshace del tocado y luce fugazmente la larga cabellera negra. La lluvia cesa de pronto y se lleva consigo los restos del vendaval. La atmósfera se equilibra y vuelve a la calma sofocante, saturada de humedad. Es como si hubiera soplado el jaloque, pero de forma muy violenta y durante un pequeño espacio de tiempo. Las senegalesas recogen bolsas y enseres y los guardan tras la lona, finalmente, como si fuera el cuerpo blando de un caracol, se repliegan ellas mismas tras la lona para cambiarse, secar los kangas y el pelo y esperar a que oscurezca para montar el puesto.



            En tan solo media hora se ha desplegado ante nuestros ojos una escena africana que el propio Fortuny hubiera envidiado. La tormenta de arena, el ardiente viento sahariano, el calor insoportable, la estudiada fragilidad de los mercadillos, -que en África son diarios y aquí duran una semana al año-, los olores intensos, los colores casi increíbles, la elegancia natural de las gentes subsaharianas, la vida siempre al hilo del desastre y en el aire, la parsimonia y estoicismo con que se aceptan las desgracias.

África está aquí, con nosotros, en el clima, en la precariedad subyacente, en múltiples detalles que no vemos ni entendemos, y es posible que al mismo tiempo no esté, que todo sea un espejismo, una fata morgana del Sáhara, pero en la frontera, en el limes profundo de Murcia y Almería, África habita y se desarrolla de forma natural, y los nativos españoles, incapaces de evolucionar, cobardes, asfixiados por un odio que surge de su propio colapso, no lo ven, como las tribus de la costa de Mesoamérica no vieron las naves de Hernán Cortés porque escapaban por completo a sus esquemas, y por eso los nativos del sur, el sur español, votan a partidos de ultraderecha, que son también como espejismos, como simulacros políticos.

Y a la postre… ¿qué es ya más espejismo aquí?, ¿la vieja democracia europea, herida de muerte en el costado derecho, o los arabescos multicolores del kanga de Bigue o de Salimata?

lunes, 24 de julio de 2023

LA SOLEDAD AL SOL

 


Mediados de agosto de 2022, una mañana avanzada en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. Son las once y cae ya ese sol insoportable post-cambio climático. Explanada junto al recinto ferial. Un señor amaestra a un caballo de cara a la cabalgata de la siguiente tarde. Los dueños de varias mascotas sacan a pasear a unos perros ansiosos: han dormido mal por el intenso sonido de las fiestas nocturnos y sus ritmos vitales han cambiado por completo de un día a otro.

                El Ayuntamiento había habilitado un amplio espacio dedicado a un macro botellón. La explanada se encuentra rodeada de contenedores para vidrio y plástico. Los contenedores están casi vacíos, pero a lo largo y ancho del espacio vacío, el sol calienta los miles de envases diseminados por la arena. Botellas vacías de licor, vasos de usar y tirar volcados o aún con restos de combinados, envases de plástico arrugados que contuvieron la más variada pléyade de refrescos gaseosos: de cola, limón, naranja o soda. Los colores también son variados, predomina el verde, también el rosa, y en menor medida el azul, por supuesto los tonos caramelo de las botellas de ron o wiski. El círculo de arena revestido de residuos semeja una de esas islas de plástico de varios kilómetros de diámetro que flotan en el Pacífico.

El sol trepa por los cables eléctricos de los chiringuitos, pero los servicios de limpieza no han llegado todavía. Es un buen momento para tirar unas fotos.


 

        De pronto, en medio de la arena ardiente, alguien divisa un cuerpo. Dos o tres curiosos se acercan. Es una persona acostada de lado, lleva una camisa a rayas y pantalones cortos y zapatillas, moreno, de pelo ensortijado bien cortado. No se mueve. Las moscas danzan sobre él como queriendo animarlo, pero sigue inerte, apenas podemos asegurar que respire. Un señor del que tira un enorme perro comenta: “Este está muerto”, como si hablara de un animal silvestre. El camión de recogida de residuos ha llegado, su sombra lame el cuerpo del yacente y cruza el ruedo, pero nadie hace nada ni se inquieta. Los responsables de la limpieza comienzan su labor ignorando al hombre.

Quien esto escribe decide llamar al 112 para comunicar la incidencia. La conversación resulta extraña, desde el servicio de emergencias aconsejan tocarlo para saber si vive, pero rehúyo ese extremo, me limito a describir su aspecto y situación. Unos instantes después, en su ronda habitual, aparece la Guardia Civil, comentan que han llegado por casualidad, que no han recibido ningún aviso. Me explican también que el yacente es magrebí, que es un viejo conocido, que ha sido detenido varias veces, alguna por abusos sexuales. Le expreso al agente mi temor ante una deshidratación grave por el consumo de alcohol; responden que no, que lo suyo son las pastillas. Y también responden otra cosa: a los del 061 no les va a hacer gracia: suele mostrarse violento y rechaza la ayuda. Contesto que, en todo caso, podría estar en riesgo de muerte por el golde de calor y que por eso he llamado. Es en ese momento cuando escucho la frase más alarmante, mascullada por uno de los agentes: para lo que se pierde, sería lo mejor.

Entretanto, el hombre parece reaccionar y mueve muy lentamente los brazos, como queriendo ocultar el rostro del sol. Nada más. Aparece la ambulancia; con certera profesionalidad, pero con un gesto claro de desagrado, los enfermeros recogen al paciente y lo tienden en una camilla. Sus rostros muestran el disgusto, pero nada dicen; efectivamente, parecen conocer al hombre, que con las pocas fuerzas que tiene hace ademanes de forcejear. Los pocos curiosos, que se mantenían a una distancia prudente, desaparecen al mismo ritmo que las moscas. La ambulancia da media vuelta. Los barrenderos recogen con asombrosa velocidad los kilos y kilos de residuos. Los paradójicos residuos de una diversión. Unos metros más allá, el caballo sigue dando sus vueltas infinitas sobre la tenue paja. Los perros ya han hecho sus necesidades, y es un alivio, porque el sol abrasa y los dueños no están para bromas.


Me pregunto: ¿qué pasó aquí?

Había una probabilidad bastante alta de que un ser humano estuviera agonizando en medio de aquella tebaida del ocio, y nadie quería hacerse cargo de la situación. Solo la curiosidad, no la compasión, acercaba a los curiosos a ese pecio de la humanidad. Los propios responsables consideraban su labor una especie de pérdida de tiempo. Había racismo aquí, un racismo sordo y pesado, había xenofobia; pero, sobre todo, una falta de humanidad sobrecogedora. La cosificación de aquel hombre tendido era tan evidente que parecía increíble que nadie se diera cuenta del espectáculo que se estaba desarrollando ante los ojos de todos. Y cada cual, por supuesto, tenía que seguir con sus asuntos, falsos asuntos, porque todos estaban relacionados con el tiempo libre. El sagrado tiempo libre, que se desarrollaba, como una digestión lenta, en medio de un infierno de calor abrasador y residuos sin fin.

Solo hubo un culpable: el señor que, imprudente, llamó al servicio de urgencias en lugar de dar media vuelta y abandonar el despojo humano a su suerte. Ese señor era yo y me retiré por fin haciéndome preguntas muy serias, porque el entorno, los residuos, los viandantes, el recuerdo del ocio nocturno, los servicios públicos y el sol inclemente configuraban una inquietante alegoría de nuestro tiempo.




viernes, 14 de julio de 2023

LA IMPORTANCIA DE LOS BLEDOS

 


Como va pasando el tiempo,
como tanto con tan poco,
como tampoco puede ser eterno.

 Laura Sam y Juan Escribano

 Molina de Segura, julio, 2023.

Frente al Hospital de Ribera, una señora limpia las baldosas de la acera de casa armada de ímpetu y decisión. Son las seis de la tarde y cae un sol de justicia. Con unas buenas tijeras de podar, corta los brotes de bledos que aquí y allá crecen sin solución de continuidad. Una vez barridos y recogidos los restos vegetales y como el calor aprieta, la señora enchufa una manguera al grifo de su minúsculo patio delantero y refresca las baldosas, mojándose de paso con generosidad las chanclas. Justo enfrente, en la acera del aparcamiento del hospital, detrás de un banco de madera, ha crecido el mayor bledo de toda la manzana. A pocos pasos de allí, en el bar de la esquina de la calle Alicante, se desarrolla un pequeño drama. Un mensajero de UPS ruega a un chico delgado y enclenque que le devuelva su móvil. El joven permanece tranquilamente sentado en un portal mientras el mensajero ofrece hasta 50 euros si se lo devuelve. Se pone de rodillas, implora. “No es por el móvil, el móvil me da igual, son los contactos que llevo, es mi ordenador personal”. Saca un billete, se lo ofrece, con tal de que pueda recuperarlo. La esquina se va llenando de gente mientras la señora sigue gastando su agua -que ha pagado religiosamente- en mojarse los pies sobre la acera.

Entra en escena un camarero que parece conocer al chico, le dice al mensajero que así no, que de esa forma jamás se lo devolverá. Invita al sospechoso a entrar con él en el bar y arreglarlo en secreto, fuera de las miradas. Mientras, el mensajero sigue rogando, porfiando y llorando, se mesa los cabellos: “¡Si no le van a dar por él ni la mitad de lo que le doy yo!”. En todo caso, el chico se niega a moverse. El camarero desaparece tras la esquina y vuelve junto a un personaje nuevo: es musculoso, con el torso desnudo, profusamente tatuado. El nuevo actor alardea enseguida de su capacidad de mando y su resuelta decisión, interpela al chico por su nombre, le grita, y se lo lleva del brazo sin violencia, pero con firmeza, a un edificio cercano.

Pasados unos minutos de incertidumbre, el hombre tatuado vuelve con el móvil y reclama al mensajero una cantidad inferior a la que ofrecía inicialmente. El empleado de UPS, visiblemente aliviado, desembucha la gallina con rapidez y se dirige al camión de reparto, aparcado más abajo del hospital. Tras poner en marcha el vehículo, dobla la esquina del bar y se cruza con el ladrón, que camina lánguido y despreocupado bajo el sol insultante. El chófer le grita enfadado: “¡La funda, me falta la funda!”. El chico ni lo mira y sigue su paso lento y tranquilo, pasa por la acera recién mojada, que la mujer ya ha abandonado, se descalza las míseras chanclas y se moja los pies en los charcos.

¿Qué importa y qué no importa a nuestro alrededor?

El bledo o amaranto - ¡qué bello su nombre menos conocido! - es una planta considera mala hierba o invasora que proviene de Sudamérica y que hace tiempo se adaptó al clima caluroso del Sur de Europa. Es tan antigua su presencia que dio lugar al conocido dicho: Me importa un bledo. Y ese es el valor que le damos, el de algo insignificante y molesto que roba los nutrientes a otras plantas decorativas en nuestros jardines y macetas. Sin embargo, el bledo es una planta con un gran valor nutritivo, alto contenido en hierro y sabor agradable, además, sus espigas se han usado desde antiguo para fabricar un sustituto de la harina de trigo, y en ciertas partes de Centroamérica es un alimento básico tanto para ensaladas como para tortas. Y más de una torta nos daríamos por unas hojas de bledos si nos encontrásemos en medio de un campo inculto sin otra cosa que comer.

Para nuestro azorado mensajero, el móvil que portaba en el bolsillo no era más que un inservible trozo de metal y tierras raras sin más utilidad; eso sí, combinados estos con una tecnología que él mismo se encarga de distribuir. Él se hubiera deshecho con cierta facilidad del amasijo de circuitos, pero en modo alguno de lo que los hacía realmente valiosos, los flotantes datos que el propio usuario había ido introduciendo.

                El empleado de UPS, como tantos otros dueños de estos dispositivos baratos, -entre los que, por supuesto, me cuento- no repara en el daño ambiental que produce la extracción de las tierras raras, ni en la huella de carbono que origina su fabricación, ni en el coste en capital humano. Tampoco la señora que limpia la acera es consciente de que con esos tiernos brotes de una planta invasora, podría preparar una nutritiva y sencilla cena, ni de lo que cuestan los litros de agua que alegremente ha desperdiciado.

Los móviles y los bledos, siendo tan distintos, se parecen mucho por la poca importancia que damos a su presencia como objetos artificiales o naturales; nos da la sensación de que todo se fabrica o crece sin aparente esfuerzo, como si fuera connatural a las cosas existir, servir para nuestros planes, o molestar la frágil perfección de nuestras importantes vidas. Pero quizá, como dejara escrito Jorge Luis Borges en un famoso poema, estas cosas, de una u otra manera, permanecerán, recicladas, salvadas de un vertedero, brotarán de nuevo de unas profundas y obstinadas raíces, nos sobrepasarán, mientras que nosotros nos iremos disipando en la penumbra de una existencia fugaz.

Laura Sam y Juan Escribano, en este reciente single: “Tampoco puede ser eterno”, parecen dejarnos una lección bastante ajustada de lo que quiero decir, de la importancia que tienen las cosas que no importan, de lo poco importante y a la vez esencial que es el trozo de tiempo que nos ha tocado vivir.

sábado, 5 de noviembre de 2022

LA LIMPIEZA DE UN BOLÍGRAFO

 



Hará unos días, en una clase de 2º de Bachillerato, observé como una alumna, Diana Nicole, escribía con un bolígrafo sin tinta; el chasis plástico de protección dejaba ver un canutillo limpio y transparente. Le hice ver mi extrañeza, y me contestó que, aunque aparentemente el bolígrafo estaba ya vacío, sí quedaba una pequeña cantidad de tinta cerca de la punta y que pensaba consumir la minúscula reserva. Le insistí en que me avisara cuando eso ocurriera, y efectivamente, tres clases después, me mostró el bolígrafo totalmente descargado, incapaz de trazar línea alguna.

Era algo que hacía años que no veía, un bolígrafo aprovechado al máximo y sin rastro alguno de tinta. Normalmente, estos pequeños artefactos de cotidiana alta tecnología no suelen acabar su vida útil: se extravían, se deterioran prematuramente por el mal uso o, lo que es más común, terminan sus días olvidados en algún rincón del escritorio, en la ranura de un sofá, tras un mueble de poco uso, o lo más hiriente, metidos en un bote junto a un grupo de congéneres marginados.

Un bolígrafo constituye un logro de diseño de producto poco común. El perfecto ensamblaje entre la bola rodante de metal y el cono que permite que la tinta llegue a ella y se expanda alrededor de su esfera es un raro caso de intimidad máxima de los materiales. Su facilidad de construcción y su bajo precio hacen que no reparemos en su perfección.

Vivimos tiempos extraños, la despreocupación generalizada por las cosas, los objetos que nos rodean, contrasta con la cercana -y ya agobiante- carestía que nos espera. Algunas personas, generalmente los adolescentes -tan denostados por muchos “nostálgicos intelectuales” de medio pelo-, ya han entendido que nos aguarda un futuro de austeridad radical, similar a la postguerra europea en el siglo XX. La epidemia de Covid ha enseñado muchas estrategias en este sentido, y son las generaciones más jóvenes las que han interiorizado la grave advertencia que un minúsculo virus nos hizo llegar.

Se me figura que este bolígrafo cristalino, limpio y esencial como un pensamiento tautológico y el gesto no menos limpio y elocuente de Diana Nicole, son un símbolo de esperanza, un vector de posibilidad ante la dura prueba que se nos avecina, y creo que estos gestos minúsculos, estas presencias casi intangibles deben ser evidenciados, presentados, como lo que son: indicios que pueden indicar caminos de salida ante nuestro atolladero.

Se dice que el diseño de un bolígrafo barato no puede ser mejorado, pero es posible que este gesto responsable de cuidar su materialidad hasta el extremo proponga también la posibilidad, a pesar de su bajo costo, de la reutilización mediante una recarga de tinta, sin duda testimonial, pero es posible que los pequeños avances, las soluciones sencillas salidas de la más humilde cotidianeidad, puedan romper la deriva que gobiernos y grandes corporaciones no parecen saber detener.


domingo, 8 de diciembre de 2019

GRETA THUNBERG Y LOS DEMÁS



Dedicado al equipo de El bosque habitado, de Radio 3 @BosqueHabitado, que tanto bien nos hace

Al principio me sentí esperanzado. Más tarde, enfurecido. A fecha de hoy me encuentro reafirmado en lo que siempre pensé sobre la activista más joven del planeta.

Greta Thunberg tiene razón.

La tiene porque es denostada y odiada a partes iguales por negacionistas, izquierda trasnochada, moderados paternalistas, ecologistas de medio pelo y toda suerte de extraños personajes de los que nunca se escuchó una sola palabra de alerta en torno al cambio climático. Verdaderos analfabetos recurren a científicos para acusarla de banalidad, mientras esos mismos científicos callan. Furiosos partidarios de expulsar a todo inmigrante subsahariano que llegue a nuestras costas recurren a la supuesta carta de la africana Kiwa, de 15 años, de la que nadie sabe nada, salvo que su texto es un modelo clásico de manipulación de la condición del tercer mundo. Kiwa le reprocha a Greta tener la piel muy fina por decir que le han robado su infancia, pero no repara en que esos mismos ladrones son los que robaron la suya, evidentemente mucho más difícil. En realidad Greta habla del hurto de los sueños, que no es cosa baladí.

A Greta se la califica de niña, cuando es una mujer de 16 años. Esos mismos críticos no se escandalizan al ver Lolitas anémicas emperifolladas desfilando por las pasarelas. Greta no va al colegio, claro, porque en todo caso iría al instituto, aunque en realidad viaja con un educador que cuida de su formación. Los padres de Greta –esos ogros- buscan fama y dinero, aunque en realidad ya la tienen; él es un actor conocido y ella cantante (actuó en Eurovisión en 2009). Se dice que han instrumentalizado su infancia, pero ninguno de los críticos ha emitido una palabra sobre los padres de Messi, de Nadal, de tantos Joselitos y Mélodis, de los participantes del talent show de turno, donde pequeños autómatas hacen piruetas estrafalarias o endiosados pinches de cocina se prestan a espacios tan falsos y sobreguionizados como Master Chef. Y lo peor de todo, la atacan por su síndrome de Asperger, que confunden con una enfermedad, y que suponen discapacitante para cualquier ejercicio del discurso público. Incluso confiesan algunos que les da “grima”, que “les da miedo”. Tan cacofónico como decir que Steve Jobs no podría ser un prodigio de la informática porque era disléxico o que Albert  Einstein no pudo ser un genio de la física porque suspendió en el instituto y encima su cerebro pesaba menos de la media. La lista de salvajadas sobre Greta Thunberg no tiene fin.

Sin embargo, lo que más me ha sorprendido es la actitud de algunos intelectuales de la élite cultural acusando al sistema de banalizar unos hechos (por otro lado incuestionables) con la figura seráfica de una joven desvalida, futuro juguete roto, una especie de dollie gótica sin el encanto morboso de lo fúnebre. El problema principal de estos intelectuales sin voz que condenan la banalidad de los media en la figura de alguien como Greta -que se desenvuelve bien en ellos y los utiliza para dejar su mensaje- es que pertenecen a esas élites derrotadas de las que habla Christophe Guilluy en No Society, élites que han perdido su influencia, el pulso de los tiempos, sustituidas por movimientos populares mucho más dinámicos y pragmáticos.

En el fondo de la aversión a Greta Thunberg se encuentra el resentimiento de dos generaciones enteras de seres humanos que han disparado todos los niveles de contaminación (ya sea residuos plásticos, agrícolas, concentración de CO2 elevada a 407 partes por millón, y tantos otros parámetros). Resentimiento, que no culpa, como ya nos enseñara Nietzsche en La genealogía de la moral, incapacidad para admitir los errores de todos los grupos activos que desde la Segunda Guerra Mundial no supieron bajar de una espiral consumista e irresponsable trasmitida sin rubor a sus hijos y nietos, los contemporáneos de Greta Thunberg.

Estos activitas, de los que Greta Thunberg no es sino una muestra sobresaliente, no hablan para sus mayores, pues saben que es inútil, hablan a los jóvenes, que todavía, sino inocentes, al menos tienen la capacidad de cambiar. Nadie le ha pedido perdón a esta generación que hereda un sistema imposible, antes bien, todos se han apresurado a exhibir un obsceno paternalismo falto de toda legitimidad.

Es sintomático que entre toda la pléyade de haters, de ecolistos que se abalanza sobre Greta Thunberg deseándole que se hunda en el océano, que se intoxique con comida vegana y otras lindezas, no existan educadores activos, profesores que ejercen la enseñanza en los centros de secundaria. Pueden dudar, mostrarse cautos, pero en general atienden a su discurso. Dejad hablar a los profesionales.
Como dice Isidora Navarro, “el capital fagocita las Cumbres”, y es totalmente cierto que ha intentado fagocitar a Greta Thunberg, aunque sin éxito, porque ella es la normal y los demás somos los extraños, los anómalos, los desvalidos, los manipulados. Una simple búsqueda en el motor de google del nombre de Greta Thunberg arroja que la primera palabra relacionada con su nombre es “enferma”. No hay mejor prueba para demostrar lo que sostengo: nosotros somos los verdaderos enfermos.

Por eso insisto en lo que dije al principio: Greta tiene razón, precisamente porque todos, salvo los más jóvenes, la odian.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

FECHAS FATÍDICAS




Anteayer finalizó una jornada más de tensión entre distintos sectores de la sociedad española. Se celebraba el 11 de septiembre, la Diada. El día transcurrió entre las acostumbradas invectivas de ambos bandos a las que estamos acostumbrados desde hace años. Al otro lado de océano, el huracán Irma devastaba el mar Caribe. Los medios de comunicación silenciaron, en cambio, otras efemérides que tan solo unos años antes parecían imprescindibles: los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 o el ya olvidado asalto al Palacio de la Moneda de Santiago de Chile en 1973 y la consecuente muerte del presidente electo Salvador Allende.
El tiempo cíclico de la sociedad rural donde las celebraciones se repetían anualmente con un marcado carácter ritual a dejado de tener importancia en nuestra sociedad y ha dado paso al éxtasis hipermoderno de la novedad constante.
A pesar de todo, la luctuosa superstición de las fechas se ha conservado y se decanta en precipitados de signos casi cabalísticos. 11M y 11S son dos de los más utilizados. El pasado mes de agosto fue pródigo en el nacimiento de estas fechas fatídicas. Un jueves a mediados de mes, una furgoneta desbocada atravesó las Ramblas de Barcelona dejando el pavimento sembrado de cadáveres. Era el 17-8-17, un número simétrico y extraño sobre el que nadie reparó pero que servirá de reclamo publicitario en posteriores homenajes. Al día siguiente se cumplía inexorable el aniversario de un crimen sin resolver. 18 del 8 hacía 81 años Federico García Lorca era asesinado sin que su cadáver haya todavía aparecido.
Nueve días antes, la escalada de tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte alcanzaba una nueva cota de excitación y locura. Donald Trump anunciaba (ver declaraciones) al país asiático que de seguir con sus amenazas "Se encontrarán con una furia y un fuego jamás visto en este mundo" era la respuesta a las pruebas balísticas del régimen de Pyongyang, vistas como una clara invitación a la guerra nuclear. Nadie vio o nadie quiso ver esta vez la evidente broma macabra que escondían las palabras de Trump: fueron pronunciadas 72 años después del lanzamiento de la bomba de Nagasaki, el 9 de agosto de 1945. Nadie reparó en la referencia oculta de Trump, por muy clara que fuera, al vincular palabras tan gruesas con un ataque nuclear provocado en su día contra Japón, otro país asiático.
Dicen que el olvido es largo, pero en este caso el de los medios de masas es además culpable, porque mostrar la irresponsabilidad de palabras tan graves precisamente en un día de luto mundial como el 9 de agosto nos hubiera hecho reflexionar sobre la ligereza con que los países se enzarzan en conflictos irreversibles.
El 9 de agosto se hubiera perdido como una fecha más en la constante sucesión de años si no fuera porque el 16 de julio de 1945 llegó a su culminación el Proyecto Manhattan con el Experimento Trinity. Ese día de verano en el paraje de la Jornada del Muerto, en Alamogordo (Nuevo Méjico) se hizo explosionar una bomba de plutonio idéntica a Fat Man -la que semanas después caería sobre la populosa ciudad de Nagasaki-. Ese 16 de julio se marca como fecha de inicio de la era nuclear, de la muerte de cientos de miles de personas, de las centrales de fusión, de la carrera de armamento de la guerra fría, , de las catástrofes de Chernóbil y Fukushima, de la amenaza, en fin, de la destrucción completa del planeta.
Mientras los militares aplaudían el éxito de una prueba sobre la que se mostraron escépticos desde el principio -pues creían que nada pasaría tras activar la bomba- los científicos guardaban silencio o lloraban. El eminente físico Kenneth Bainbridge exclamó que "ahora todos somos unos hijos de puta". Robert Hoppenheimer recordó una frase de los Vedas: "Me he convertido en muerte, soy el destructor de mundos". La mayoría guardó un silencio absoluto durante un mes. Lo peor es saber lo que los científicos barajaban como desenlace del experimento antes de que se produjera. Entre los pronósticos estaban la destrucción de una amplia parte de Estados Unidos a la desaparición de la vida en el planeta. Y sin embargo siguieron. Los efectos reales fueron: un hongo nuclear de 12 metros de altura, un cráter de 3 metros de profundidad y 330 metros de diámetro, una onda de choque que se sintió a 160 kilómetros de distancia, la fusión total del suelo de la arena -cuyo fruto, la trinitita, se vende hoy en subastas- y la inauguración de una era en la que todavía nos hallamos sumergidos, a la que pertenecen procesos como actual la escalada de tensión entre Washington y Pyongyang. De hecho, la última explosión nuclear conocida fue la supuesta detonación subterránea de una bomba H en Corea del Norte, ver enlace.
Nadie memoriza el 16 de julio de 1945 en los colegios, nadie ha pensado nunca en recuperar la memoria de lo que pasó ese día, cuando los hombres se creyeron dioses pero se convirtieron en demonios. Tras cientos de filmes sobre la Segunda Guerra Mundial, el experimento no ha merecido nunca una obra de ficción que lo acerque al gran público, salvo una excepción. Dentro de la tercera temporada de la serie de culto Twin Peaks, recientemente finalizada, el cineasta David Lynch dedicó el capítulo 8, que ya forma parte de la historia de la televisión, a la explosión del Experimento Trinity y a sus consecuencias. La serie escenifica la modificación del tejido de la realidad tras la detonación hasta desencadenar el mal absoluto y la llegada de siniestros personajes como Bob y los vagabundos negros. Este nuevo tejido de la realidad parece estar fabricado con garmombozia, una pasta de maiz, dolor y sufrimiento inventada por Lynch y Max Frost en una película anterior. El famoso episodio 8 describe con lentitud inexorable la expansión del hongo atómico y se sumerge en las profundidades de un caos que llega a resultar tan bello como las imágenes precursoras de Stanley Kubrik en 2001 Una odisea del Espacio y Terrence Malick en El árbol de la vida. Si estas obras significaban un canto a la vida, la evolución y la renovación, una utopía optimista, la propuesta de Lynch es una distopía absolutamente negativa y desesperanzada al ritmo del subyugante Treno a las víctimas de Hiroshima, de Penderecky. Lo que más inquieta esque el origen de esta recreación distópica está estrictamente sacado de nuestra propia realidad. ¿En qué nos hemos convertido?

sábado, 11 de febrero de 2017

MANIPULACIÓN MEDIÁTICA Y ENERGÍA NUCLEAR



Estamos acostumbrados a escuchar el término manipulación de la realidad asociado a los media, es un lugar común que de vez en cuando se regurgita sin plantear nunca en la opinión pública en qué términos reales se presenta. No vamos a estudiar aquí un fenómeno que ha llenado tesis enteras en el ámbito académico, pero sí al menos recordaremos tres estrategias básicas de destrucción y deformación de las noticias que generan las agencias o los reporteros. La primera es la más simple: la omisión de la noticia de determinado acontecimiento, o en todo caso su ocultamiento de las portadas de prensa o de los horarios de máxima audiencia. La segunda, más sutil, consiste en generar una noticia pantalla que logre modificar o desactivar el efecto de las noticias indeseadas que hayan podido filtrarse. La tercera trata de sacar ventaja de la desinformación de la audiencia, introduciendo conceptos ambiguos o directamente distorsionados y erróneos sin que nadie lo perciba. La mayoría de los medios de comunicación  tiene unas líneas rojas perfectamente claras que no se han de cruzar, unos temas tabú que no deben ser tratados, y los métodos descritos son sólo parte de los medios utilizados a modo de guadaña para no cruzar los límites impuestos.

               Todos conocemos algunas de esas líneas rojas, que son muchas, pero pocas veces se nos brindan ejemplos claros del uso de estos férreos cortafuegos. Vamos a exponer un caso muy claro que ha llenado los foros de opinión durante la semana pasada.

               El pasado 3 de febrero se filtraba en las redes sociales un grave acontecimiento en la central nuclear de Fukushima. En realidad no se trataba de un nuevo accidente, sino de la consecuencia extrema del producido el 11 de marzo de 2011 cuya noticia recorrió el globo. En esta nueva vuelta de tuerca, los gestores de la central japonesa reconocían que había un agujero de uno o dos metros (según las fuentes) de diámetro en la cubierta metálica bajo el recipiente del reactor nº 2 y que "no sabían" donde estaba el combustible (ver enlace). La radiación alcanzó en la zona de protección la cifra de 530 sieverts por hora, muy superior al máximo pico de 73 sieverts por hora,  posterior al accidente de 2011. la cifra es desorbitante, porque los grados de daño biológico en humanos se miden en microsieverts, con lo que más de 10 sieverts es la muerte segura.

               La noticia, de la máxima gravedad y trascendencia no alcanzó a ningún medio de comunicación generalista de occidente, circunscribiéndose a las redes sociales y a medios alternativos, por los que se extendió como un mal sueño (ver enlace). Según los informes filtrados, el combustible radiactivo podría haber alcanzado el mar. Si el colapso se confirmaba y la gravedad del mismo aumentaba, nos encontraríamos ante el mayor accidente nuclear de la historia, muy por encima de Chernobil. Entre los comentarios de los aficionados al seguimiento de los niveles radioactivos de Fukushima se ha empezado a filtrar la idea de que Tepco, la empresa que gestiona Fukushima, podría haber tirado la toalla y plantearse el extremo de dejar que el combustible acabe llegando al mar con la esperanza (fúnebre idea en este contexto) de que el agua del océano la diluya. Si esto se llegara a producirse, o si se está produciendo ya, significaría la destrucción del hábitat de grandes zonas del Pacífico y las consecuencias serían sufridas por toda la humanidad.
Lo inaudito, lo increíble, es que nadie en televisión -el medio más efectivo hoy en día- dijo una sola palabra sobre el acontecimiento. La autocensura fue absoluta. Estamos ante la estrategia del ocultamiento.

               Entretanto, en España, las declaraciones del ministro de energía Álvaro Nadal (ver enlace),  advirtiendo a los ciudadanos de que tendrían que acostumbrarse a que el precio de la energía eléctrica tuviera picos de subida, preparaban una nueva noticia que, esta vez sí, sería propagada por las televisiones generalistas a diestro y siniestro: la reapertura de la central de Garoña (ver enlace) El Consejo Nacional de la Energía Nuclear, habitado por burócratas que no son expertos en la materia, dio el visto bueno el 9 de febrero a reabrir la central nuclear más vieja de España, obviando los numerosos informes en contra y dejando en manos del gobierno una decisión que afecta de manera capital a la seguridad de todos los españoles. En este caso, la noticia pantalla fue la declaración del ministro de energía apenas un tres días antes, que modificaba el sentido de la reapertura de Garoña, haciéndola parecer una medida que podría abaratar el precio de la electricidad.

               El toque final, tan sólo un día después, se produjo a raíz del accidente en la central nuclear de Flammaville, en Francia, de la que en parte nos alimentamos los españoles. La noticia (ver enlace) fue venteada con alegría con bastantes medios. La razón radica en que en esta ocasión se trataba de un accidente benigno, lejos del reactor y sin riesgo de fuga radiactiva. La noticia quería contraprogramar los rumores filtrados sobre Fukushima al tiempo que convencer de que este tipo de accidentes son los comunes en la energía nuclear y que el reactor siempre se encuentra fuera de peligro, con lo que no existe el riesgo radiactivo. Estamos ante la principal forma de manipulación pura en los medios: aprovechar la ignorancia colectiva sobre el tema y dar un versión distorsionada.


               La triste verdad es que un solo accidente nuclear con fuga radiactiva ya es demasiado. En las centrales nucleares del mundo se producen cientos de accidentes menores a lo largo del año, pero bastaría uno solo en el que la fuga radiactiva no pudiera ser controlada como para golpear gravemente a todo el planeta. Por eso es tan importante dar a conocer la amenaza de colapso en Fukushima de la que nadie parece haberse enterado.

martes, 12 de enero de 2016

BELENES TRISTES


Acaban las fiestas navideñas y muchas familias, empresas o centros educativos se disponen a guardar de nuevo las figuras y pequeñas maquetas del belén. Es un acto no exento de cierto aire elegíaco, una especie de condena al inframundo para estos paisajes idílicos rurales que han poblado la imaginación de los niños en las hipertrofiadas fechas del cambio de año.
    Deslizar la vista por las imitaciones de prados verdes, de riachuelos cantarines, de cumbres nevadas, de oficios perdidos desde hace décadas, ahora en jovial marcha por unos días, gracias a la magia de pequeños motores, es una fuente de minúsculos placeres para todo aquel que ha visto bosques en el hueco de una teja o selvas en el musgo de una losa. Para miles de niños exclusivamente urbanos, un Belén es también un viaje a la mítica Arcadia.
    El fraile italiano Giovanni di Pietro Bernardone, conocido como San francisco de Asís, tuvo la idea de montar el pesebre, una recreación del medio rural de la Palestina de Jesucristo adaptada a los usos y costumbres de Europa en el siglo XII, de manera que el mensaje bíblico fuera más directo; desde entonces, la forma de vida del mundo medieval, que en las zonas rurales evolucionó poco hasta finales del siglo XIX, ha popularizado el belén en el entorno cultural católico. Y lo llamamos Belén, así, como la aldea, igual que podríamos llamarlo Trujillo, o Albarracín.
    Durante el siglo XX, una pátina de nostalgia ha cubierto estas amables recreaciones a medida que los usos y costumbres de épocas pasadas se iban convirtiendo en motivo de estudio de la etnografía y el folklore más que de la cotidianeidad. Los belenes han tenido la notable ventaja de no caer en la melosidad del costumbrismo al encarnar esa identificación entre sociedad agrícola y existencia ideal que tanto ha alimentado los sueños de la burguesía urbana.
    Pero este año, en los inicios del siglo XXI, esa relación amable entre la realidad de nuestro entorno y el espejo de un mundo antiguo e imaginario parece haberse quebrado, haber adoptado un aire funesto y desesperado.
    Cuando observo los ríos de estos belenes, perfectamente canalizados sobre cauces pintados de verde turquesa, acompañando el rumor de sus aguas al peculiar arrullo del motor del molino de vela o al sutil martilleo del minúsculo herrero, pienso en los ríos reales que pretenden emular; ríos como el Cuervo, de la Serranía de Cuenca, que han sido fotografiados en tantas postales y excursiones familiares, y totalmente seco desde septiembre de 2015. Pienso en muchos ríos humildes, pequeños oasis en las planicies mesetarias españolas, desaparecidos por la sobreexplotación de los acuíferos para indiscriminados riegos a manta. Pienso, cuando veo los pequeños charquitos rodeados de lentejas germinadas -que en el belén simulan apacibles estanques- en tantas lagunas naturales, Arcadia de las aves acuáticas, que se tragó el desarrollismo desordenado, desde Gallocanta a La Janda, o las mismas Tablas de Daimiel, o en la costa, la agonizante Albufera.

    Cuando veo los refinados ingenios de un Belén de convento, que simulan tormentas y nieves en las cumbres de cartón-piedra, pienso en la anómala sequía del otoño de 2015, o en las temperaturas de este invierno de 2016, que dan lugar, en pleno enero, a valores casi tropicales en el sur de España, y no tan al sur, provocadas, ya es un hecho, por un fenómeno del Niño (qué analogía perversa) desproporcionado por el cambio climático antrópico que sufrimos.
    Cuando contemplo en el Belén del colegio los huertos cercados con hortalizas de plastilina, de papel de seda, de goma eva o los prados simulados con musgo depredado y trasplantado, condenado a morir en la ignorancia de un trastero (bárbara costumbre que se resiste a desaparecer), recuerdo las terrenos moribundos que deja la práctica del Fraking en el mundo agrícola de EE.UU, forma de minería salvaje que nuestro gobierno pretende imponer en España a toda costa, no sólo con informes medioambientales de todo tipo en contra, sino incluso con la seguridad de que ni siquiera es ya rentable, en una especie de empecinamiento suicida.
    Cuando me asomo a las dulces casitas encaladas del Belén del abuelo, con sus hornos artesanos adosados al muro, con los carpinteros, zapateros o alfareros trabajando en sus obradores de miniatura, con las bandadas de pollos de barro correteando junto a la fachada, las piaras de cerdos de plástico rosa, las ocas blancas y los inefables pastores, recuerdo tantas viejas construcciones completamente arruinadas que he visitado en mis paseos por los campos desiertos del éxodo rural; antiguas explotaciones ganaderas con decenas de empleados hoy convertidas en montones de escombro, casas de labor y pequeñas cabañas para refugio de pastores con los tejados vencidos por la vejez. Retazos de un mundo rural que se muere sin ayudas, sin planes de reestructuración del medio, o de conversión, como en Francia, del pequeño agricultor en guardián del paisaje, y deja atrás una tierra devastada, yerma, agotada por el abuso de los abonos, como una anciana harta de parir.
    Contemplo las caras ilusionadas, hipnotizadas por los artificios y los ingenios del belén, por sus promesas anacrónicas, y pienso en lo egoístas, engreídos e inconscientes que somos, en todo lo que dejaremos perder por nuestra codicia y nuestra cerrazón. Es un sentimiento anómalo frente a un decorado que pretende ser tan amable, pero así de anómalo es nuestro presente, y en cambio lo aceptamos con indolencia y hasta con agrado.

    Pienso que ahora que como expiación por tanta estupidez nos toca a todos encarnar una sola figura del belén: la siempre bizarra, mísera y aburrida del caganer. A la postre, es la que los niños, que saben mucho, buscan antes que todas las demás.

lunes, 8 de diciembre de 2014

EL BRILLO DE LA BASURA


I
Hace unos días fui testigo de una escena elocuente junto al portal de mi casa. Anochecía y, como vecino cumplidor que soy, había esperado para desprenderme de mi correspondiente porción de basura ciudadana, por cuya gestión pago unos justos impuestos, a la estrecha franja horaria que mi Ayuntamiento impone para depositarla en el contenedor (en mi caso de 20.00 h a 21.00 h). Tenía prisa, pues eran casi las nueve y ya había caído más de una multa en el vecindario por falta de puntualidad. El camión, coprófago insaciable, me dedicaba sus luces desde el final de la calle. Aceleré, pues llevaba también una bolsa de cascos de vidrio.
   Al llegar al contenedor, dos  de esos traperos del aluminio que suelen revisar nuestros restos diarios discutían por una bolsa hinchada. En los contenedores de reciclaje del otro lado de la avenida no se recogen plásticos ni latas, así que yo suelo dejar una pequeña bolsa de latas para los traperos. Esta vez la dejé colgada con disimulo en el contenedor más alejado, pero ellos la vieron. Mientras me alejaba, pude comprobar con estupor como luchaban por ella. Tras mis pasos, las voces de la discusión eran cubiertas, aminoradas, por el ruido de los vehículos que cruzaban la avenida. Vi, desde lejos, que seguían forcejeando cuando llegaba hasta ellos el camión. Yo ya estaba al otro lado de la avenida, allí donde, en un terraplén inculto, se encuentra el punto de reciclaje de mi manzana. Deposité el vidrio y caminé unos pasos, las luces de los faros de los coches me desvelaron un diminuto brillo cobrizo. Me agaché, era una moneda de un céntimo, impecable y lustrosa, como recién salida de fábrica, salvo por un detalle: contrastando con la pureza del metal se observaban dos motas de mugre negra contorneadas alrededor de un nítido y sucio relieve. Es justo la puede contemplar el lector al principio del artículo. Cogí la moneda y me la eché al bolsillo; no están los tiempos para desperdiciar, pensé, pero también me resultó evidente que ese pequeño trozo de cobre simbolizaba una más de las insalvables paradojas de nuestro tiempo.
II
La transparencia se ha convertido en uno de los temas icónicos de la época actual.  No solamente porque pertenecemos a una sociedad transparente y narcisista, la llamada Sociedad del Espectáculo, sino porque la inevitable crisis del capitalismo de fase avanzada que devora a sus ciudadanos ha hecho que la opacidad a la que tiende el estado sea ya imperdonable. Exigimos la máxima transparencia a nuestros políticos y ciudadanos más poderosos, mientras ellos se enrocan en una posición de ocultamiento. Pero la transparencia hoy es otro simulacro, es problemática. Richard Sennet ya lo pronosticaba en los años setenta en su obra capital La caída del hombre público. Vivimos sumergidos en un magma de transparencia y aislamiento a partes iguales. Los edificios se llenan de amplias terrazas que enseguida son selladas con gruesos cristales; viajamos en vehículos-burbuja que dejan ver brillantes carrocerías junto a cristales ahumados; los medios de masas nos ofrecen  rutilantes titulares que ocultan las noticias que nadie quiere que conozcamos. De vez en cuando aparecen destellos fugaces, como las lágrimas, benditas y celestiales gotas de agua en directo, de la presentadora María Casado.
   Pero la basura es diferente. Procuramos ocultarla, pero lo dice todo de nosotros. Cualquiera que haya visitado un vertedero –los ilegales son los más suculentos- notará que los residuos son el espejo de nuestros rostros, el más fiel retrato. Por eso los ocultamos. Como en otras ocasiones, la mafia entendió que la importancia de la basura iba más allá de la lógica higiene y se fijaron en la necesidad perentoria de ocultarla que todos tenemos. Llenó los campos de la Campania de zulos de excrementos y desechos que hoy arruinan aquellos campos, como bien relató Roberto Saviano en Gomorra. Ocultó la imagen, magnificó los efectos. La basura, junto a la droga y el tráfico de armas son nuestros más fieles daimon, nuestros reflejos más certeros, como ya sugerí en el artículo Bin Laden y los escenarios. El brillo, la rutilancia de la basura nos envuelve; es, si cabe, el más visible, el más transparente de nuestros productos. Por eso, al ver en el suelo aquella pequeña moneda comprendí que ese trozo de valor de cambio que alguien, como un residuo, quizá había despreciado ligaba en sí mismo todas las piezas del puzle. Dinero y basura, transparencia y corrupción. Porque, efectivamente, el valor desmesurado que de pronto ha cobrado algo tan ambiguo y esquivo, incluso tan opaco en nuestro tiempo,  como la pura transparencia lo obtiene precisamente por contraste con la corrupción, sinónimo de lo oculto y lo aparte, como la misma basura. Transparencia y basura parecen darse la mano y al mismo tiempo rechazarse, como las caras de una misma moneda. Los movimientos ciudadanos que abogan por la transparencia en las arcas del estado deberían afinar sus términos, deberían hablar de limpieza.

   La prueba definitiva  de que muy al contrario de lo que pensamos, la basura es el más presente de nuestros rostros se encuentra en esa moneda; hoy por hoy no son pocos los municipios que unen la gestión de la basura, su desaparición y reciclaje como servicio de higiene pública, al brillo ciego del dinero, sacrificando los derechos del ciudadano a un buen servicio en favor de los cantos corruptos del metal cobrizo. Basura, dinero y corrupción se dan la mano hoy aquí, como en las tierras de Campania, y ese es un hecho transparente. Dejo caer estas líneas en el basurero de internet, por si alguien las encuentra, pisoteadas y con restos de mugre, en algún rincón de la red y encuentra algo de limpieza en ellas.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

UN CURA EN ATIENZA


Avanza septiembre y Atienza se sumerge de nuevo en su realidad, un pequeño pueblo serrano del norte de Guadalajara, agreste y remoto, tocado por la belleza de lo inalcanzable. Apenas durante un par de meses, los propios del estío, Atienza ha sido un pueblo jovial y luminoso, con restaurantes llenos de viejos conocidos que han venido de la capital o de turistas ansiosos de paz y paisajes serranos. Atienza, en verano, es el pueblo de los museos; cobija hasta cinco entre sus recias casonas de sillar. Los museos atraen a otro tipo de viajeros, los amantes del arte antiguo y de historias medievales; de los fósiles raros o de las costumbres ancestrales. Pero no siempre fue así. Hasta bien entrados los setenta, Atienza fue, como tantos, un pueblo sometido al pillaje y al olvido de gobernantes civiles y religiosos.
    Hasta que cayó por allí, D. Agustín González, que tras terminar la carrera de medicina se había iniciado en el sacerdocio.
    Cuentan los vecinos que antes que este D. Agustín hubo otro párroco, que era de Imón, y que obedecía a ciegas los mandatos del Obispo de Sigüenza: vendió una iglesia y dejó que el retablo se lo llevara otro pueblo, convirtió en dinero para el obispo una custodia y otras joyas. Cuando hace treinta y cinco años D. Agustín entró en San Juan Bautista, la única parroquia viva del pueblo, las cosas empezaron a cambiar. El nuevo párroco se enfrentó al obispo, se empeñó, sin ayuda de nadie, oponiendo tozudez a la estulticia, en poner en valor el patrimonio de Atienza, retechando iglesias románicas y creando en su interior tres museos en fechas sucesivas: primero San Gil, después San Bartolomé y por último la Santísima Trinidad. A las vetustas colecciones de arte religioso añadió, gracias a la generosidad de D. Rafael Criado, un médico amigo suyo aficionado a la paleontología, uno de los mejores museos de fósiles de España. Y todo sin la ayuda de nadie, ni vecinos ni gobernantes. Cuando estos museos empezaron  atraer visitantes, tan necesarios en este lugar perdido, las autoridades reaccionaron y se subieron al tren; a rebufo, la Diputación Provincial y la Junta de Comunidades crearon el Centro de Interpretación de la Cultura Tradicional y habilitaron un espacio para un nuevo Museo Etnográfico. Gracias al empeño de aquel hombre, el turismo fluye ahora en julio y agosto durante los fines de semana de gran parte del resto del año.
    Cumplidos los ochenta años, superadas cuatro operaciones de cáncer, el párroco de Atienza, jubilado, atiende diez parroquias en la zona y todavía tiene tiempo para atender eventos culturales. Un fin de semana de agosto somos testigos de hasta qué punto hoy Atienza es un lugar vivo y cosmopolita a su manera. Se había programado un concierto de órgano en San Juan Bautista;  a las teclas, la doctora en Artes Musicales Riyehee Hong, prestigiosa coreana formada en Houston. Terminado el concierto, el anciano cura aún tiene ganas de guiar en los vericuetos técnicos al asistente de la intérprete. En la Plaza del Trigo, de una belleza que supera su justa fama, D. Agustín se acerca a un anciano y lo saluda amistosamente. Resulta ser el muy veterano pintor José María Falgas, uno de los más famosos artistas vivos nacidos en Murcia. Entablamos una tan sorprendente como curiosa conversación entre murcianos y pintores. Falgas pasó aquí una temporada en su juventud, que recuerda junto a la atencina Paquita. Más tarde, arreglamos el mundo junto a Mariano, el justo, cabal y noble taxista jubilado en Leganés, que aún conserva su casa natal de Atienza.
    Septiembre avanza, los turistas se fueron, y los últimos veraneantes cierran sus casas para todo el invierno. Atienza puede tener en agosto unos cuatrocientos vecinos, el resto del año no llegan a cien. Es fácil festejar a D. Agustín en los días soleados, pero él y unos cuantos ancianos más resistirán los rigores del viento del norte en absoluta soledad, aislados como en tantos otros lugares por la incuria de un país que condenó a la desaparición a un mundo rural que no merece tal destino. La España del ladrillo, del AVE, de las vías rápidas hacia las playas, del turismo indiscriminado ha echado a perder miles de pueblos como Atienza. Una vez que los caciques levantaron el vuelo dejando tras de sí los baldíos nadie fue capaz de proponer una alternativa. Tan sólo una reducida lista de maestros de escuela, médicos, entusiastas desinteresados, curas o ingenieros agrónomos salvó del más negro destino algunos de estos lugares. Ahora que los planes Leader han continuado la labor iniciada, ya nadie recuerda a estos pequeños héroes rurales.

    Sirva pues de ejemplo este cura de Atienza, que aún atiende a sus enfermos, como persona y también como símbolo de un milagro que ningún político oportunista debería siquiera soñar con reclamar.