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lunes, 24 de julio de 2023

LA SOLEDAD AL SOL

 


Mediados de agosto de 2022, una mañana avanzada en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. Son las once y cae ya ese sol insoportable post-cambio climático. Explanada junto al recinto ferial. Un señor amaestra a un caballo de cara a la cabalgata de la siguiente tarde. Los dueños de varias mascotas sacan a pasear a unos perros ansiosos: han dormido mal por el intenso sonido de las fiestas nocturnos y sus ritmos vitales han cambiado por completo de un día a otro.

                El Ayuntamiento había habilitado un amplio espacio dedicado a un macro botellón. La explanada se encuentra rodeada de contenedores para vidrio y plástico. Los contenedores están casi vacíos, pero a lo largo y ancho del espacio vacío, el sol calienta los miles de envases diseminados por la arena. Botellas vacías de licor, vasos de usar y tirar volcados o aún con restos de combinados, envases de plástico arrugados que contuvieron la más variada pléyade de refrescos gaseosos: de cola, limón, naranja o soda. Los colores también son variados, predomina el verde, también el rosa, y en menor medida el azul, por supuesto los tonos caramelo de las botellas de ron o wiski. El círculo de arena revestido de residuos semeja una de esas islas de plástico de varios kilómetros de diámetro que flotan en el Pacífico.

El sol trepa por los cables eléctricos de los chiringuitos, pero los servicios de limpieza no han llegado todavía. Es un buen momento para tirar unas fotos.


 

        De pronto, en medio de la arena ardiente, alguien divisa un cuerpo. Dos o tres curiosos se acercan. Es una persona acostada de lado, lleva una camisa a rayas y pantalones cortos y zapatillas, moreno, de pelo ensortijado bien cortado. No se mueve. Las moscas danzan sobre él como queriendo animarlo, pero sigue inerte, apenas podemos asegurar que respire. Un señor del que tira un enorme perro comenta: “Este está muerto”, como si hablara de un animal silvestre. El camión de recogida de residuos ha llegado, su sombra lame el cuerpo del yacente y cruza el ruedo, pero nadie hace nada ni se inquieta. Los responsables de la limpieza comienzan su labor ignorando al hombre.

Quien esto escribe decide llamar al 112 para comunicar la incidencia. La conversación resulta extraña, desde el servicio de emergencias aconsejan tocarlo para saber si vive, pero rehúyo ese extremo, me limito a describir su aspecto y situación. Unos instantes después, en su ronda habitual, aparece la Guardia Civil, comentan que han llegado por casualidad, que no han recibido ningún aviso. Me explican también que el yacente es magrebí, que es un viejo conocido, que ha sido detenido varias veces, alguna por abusos sexuales. Le expreso al agente mi temor ante una deshidratación grave por el consumo de alcohol; responden que no, que lo suyo son las pastillas. Y también responden otra cosa: a los del 061 no les va a hacer gracia: suele mostrarse violento y rechaza la ayuda. Contesto que, en todo caso, podría estar en riesgo de muerte por el golde de calor y que por eso he llamado. Es en ese momento cuando escucho la frase más alarmante, mascullada por uno de los agentes: para lo que se pierde, sería lo mejor.

Entretanto, el hombre parece reaccionar y mueve muy lentamente los brazos, como queriendo ocultar el rostro del sol. Nada más. Aparece la ambulancia; con certera profesionalidad, pero con un gesto claro de desagrado, los enfermeros recogen al paciente y lo tienden en una camilla. Sus rostros muestran el disgusto, pero nada dicen; efectivamente, parecen conocer al hombre, que con las pocas fuerzas que tiene hace ademanes de forcejear. Los pocos curiosos, que se mantenían a una distancia prudente, desaparecen al mismo ritmo que las moscas. La ambulancia da media vuelta. Los barrenderos recogen con asombrosa velocidad los kilos y kilos de residuos. Los paradójicos residuos de una diversión. Unos metros más allá, el caballo sigue dando sus vueltas infinitas sobre la tenue paja. Los perros ya han hecho sus necesidades, y es un alivio, porque el sol abrasa y los dueños no están para bromas.


Me pregunto: ¿qué pasó aquí?

Había una probabilidad bastante alta de que un ser humano estuviera agonizando en medio de aquella tebaida del ocio, y nadie quería hacerse cargo de la situación. Solo la curiosidad, no la compasión, acercaba a los curiosos a ese pecio de la humanidad. Los propios responsables consideraban su labor una especie de pérdida de tiempo. Había racismo aquí, un racismo sordo y pesado, había xenofobia; pero, sobre todo, una falta de humanidad sobrecogedora. La cosificación de aquel hombre tendido era tan evidente que parecía increíble que nadie se diera cuenta del espectáculo que se estaba desarrollando ante los ojos de todos. Y cada cual, por supuesto, tenía que seguir con sus asuntos, falsos asuntos, porque todos estaban relacionados con el tiempo libre. El sagrado tiempo libre, que se desarrollaba, como una digestión lenta, en medio de un infierno de calor abrasador y residuos sin fin.

Solo hubo un culpable: el señor que, imprudente, llamó al servicio de urgencias en lugar de dar media vuelta y abandonar el despojo humano a su suerte. Ese señor era yo y me retiré por fin haciéndome preguntas muy serias, porque el entorno, los residuos, los viandantes, el recuerdo del ocio nocturno, los servicios públicos y el sol inclemente configuraban una inquietante alegoría de nuestro tiempo.




viernes, 14 de julio de 2023

LA IMPORTANCIA DE LOS BLEDOS

 


Como va pasando el tiempo,
como tanto con tan poco,
como tampoco puede ser eterno.

 Laura Sam y Juan Escribano

 Molina de Segura, julio, 2023.

Frente al Hospital de Ribera, una señora limpia las baldosas de la acera de casa armada de ímpetu y decisión. Son las seis de la tarde y cae un sol de justicia. Con unas buenas tijeras de podar, corta los brotes de bledos que aquí y allá crecen sin solución de continuidad. Una vez barridos y recogidos los restos vegetales y como el calor aprieta, la señora enchufa una manguera al grifo de su minúsculo patio delantero y refresca las baldosas, mojándose de paso con generosidad las chanclas. Justo enfrente, en la acera del aparcamiento del hospital, detrás de un banco de madera, ha crecido el mayor bledo de toda la manzana. A pocos pasos de allí, en el bar de la esquina de la calle Alicante, se desarrolla un pequeño drama. Un mensajero de UPS ruega a un chico delgado y enclenque que le devuelva su móvil. El joven permanece tranquilamente sentado en un portal mientras el mensajero ofrece hasta 50 euros si se lo devuelve. Se pone de rodillas, implora. “No es por el móvil, el móvil me da igual, son los contactos que llevo, es mi ordenador personal”. Saca un billete, se lo ofrece, con tal de que pueda recuperarlo. La esquina se va llenando de gente mientras la señora sigue gastando su agua -que ha pagado religiosamente- en mojarse los pies sobre la acera.

Entra en escena un camarero que parece conocer al chico, le dice al mensajero que así no, que de esa forma jamás se lo devolverá. Invita al sospechoso a entrar con él en el bar y arreglarlo en secreto, fuera de las miradas. Mientras, el mensajero sigue rogando, porfiando y llorando, se mesa los cabellos: “¡Si no le van a dar por él ni la mitad de lo que le doy yo!”. En todo caso, el chico se niega a moverse. El camarero desaparece tras la esquina y vuelve junto a un personaje nuevo: es musculoso, con el torso desnudo, profusamente tatuado. El nuevo actor alardea enseguida de su capacidad de mando y su resuelta decisión, interpela al chico por su nombre, le grita, y se lo lleva del brazo sin violencia, pero con firmeza, a un edificio cercano.

Pasados unos minutos de incertidumbre, el hombre tatuado vuelve con el móvil y reclama al mensajero una cantidad inferior a la que ofrecía inicialmente. El empleado de UPS, visiblemente aliviado, desembucha la gallina con rapidez y se dirige al camión de reparto, aparcado más abajo del hospital. Tras poner en marcha el vehículo, dobla la esquina del bar y se cruza con el ladrón, que camina lánguido y despreocupado bajo el sol insultante. El chófer le grita enfadado: “¡La funda, me falta la funda!”. El chico ni lo mira y sigue su paso lento y tranquilo, pasa por la acera recién mojada, que la mujer ya ha abandonado, se descalza las míseras chanclas y se moja los pies en los charcos.

¿Qué importa y qué no importa a nuestro alrededor?

El bledo o amaranto - ¡qué bello su nombre menos conocido! - es una planta considera mala hierba o invasora que proviene de Sudamérica y que hace tiempo se adaptó al clima caluroso del Sur de Europa. Es tan antigua su presencia que dio lugar al conocido dicho: Me importa un bledo. Y ese es el valor que le damos, el de algo insignificante y molesto que roba los nutrientes a otras plantas decorativas en nuestros jardines y macetas. Sin embargo, el bledo es una planta con un gran valor nutritivo, alto contenido en hierro y sabor agradable, además, sus espigas se han usado desde antiguo para fabricar un sustituto de la harina de trigo, y en ciertas partes de Centroamérica es un alimento básico tanto para ensaladas como para tortas. Y más de una torta nos daríamos por unas hojas de bledos si nos encontrásemos en medio de un campo inculto sin otra cosa que comer.

Para nuestro azorado mensajero, el móvil que portaba en el bolsillo no era más que un inservible trozo de metal y tierras raras sin más utilidad; eso sí, combinados estos con una tecnología que él mismo se encarga de distribuir. Él se hubiera deshecho con cierta facilidad del amasijo de circuitos, pero en modo alguno de lo que los hacía realmente valiosos, los flotantes datos que el propio usuario había ido introduciendo.

                El empleado de UPS, como tantos otros dueños de estos dispositivos baratos, -entre los que, por supuesto, me cuento- no repara en el daño ambiental que produce la extracción de las tierras raras, ni en la huella de carbono que origina su fabricación, ni en el coste en capital humano. Tampoco la señora que limpia la acera es consciente de que con esos tiernos brotes de una planta invasora, podría preparar una nutritiva y sencilla cena, ni de lo que cuestan los litros de agua que alegremente ha desperdiciado.

Los móviles y los bledos, siendo tan distintos, se parecen mucho por la poca importancia que damos a su presencia como objetos artificiales o naturales; nos da la sensación de que todo se fabrica o crece sin aparente esfuerzo, como si fuera connatural a las cosas existir, servir para nuestros planes, o molestar la frágil perfección de nuestras importantes vidas. Pero quizá, como dejara escrito Jorge Luis Borges en un famoso poema, estas cosas, de una u otra manera, permanecerán, recicladas, salvadas de un vertedero, brotarán de nuevo de unas profundas y obstinadas raíces, nos sobrepasarán, mientras que nosotros nos iremos disipando en la penumbra de una existencia fugaz.

Laura Sam y Juan Escribano, en este reciente single: “Tampoco puede ser eterno”, parecen dejarnos una lección bastante ajustada de lo que quiero decir, de la importancia que tienen las cosas que no importan, de lo poco importante y a la vez esencial que es el trozo de tiempo que nos ha tocado vivir.

domingo, 10 de mayo de 2015

ESCLAVOS Y PARÁSITOS




Volvemos a las páginas de este blog tras unas semanas dedicado a exposiciones y audiovisuales de los que ya hablaré en su momento.

Hoy quiero traer a colación un tipo de parasitismo animal donde la manipulación del cerebro de la víctima permite al huésped controlar las funciones relacionadas con la conducta. Aunque poco conocidos, son varios los casos en el reino animal donde animales independientes, incluso depredadores voraces son reducidos a patéticos zombies. Un artículo en el número de noviembre de la prestigiosa revista National Geographic, firmado por Karl Zimmer, con mágnificas fotografías de Anand Varma, reúne varios de estos casos y disecciona con detalles las fases de uno estos curiosos fenómenos; el de la Mariquita norteamerica, (Coleomegila maculata) y la temible avispa Dinocampus Coccinellae, especialista en parasitar varias especies de las populares mariquitas.

La historia comienza cuando la avispa adulta introduce un huevo en el abdomen de este beneficioso coleóptero, eficaz depredador de áfidos que en las explotaciones ecológicas se ha convertido en el mejor aliado del agricultor. En todo caso, por muy voraz que sea la mariquita, gran parte del alimento que ingiere va directamente a beneficiar a la larva de la avispa, que paulatinamente va creciendo en su interior. la mariquita sacia su hambre de pulgones sin ser consciente de que algo en su interior la está secando literalmente. Hasta aquí el escenario no es muy distinto al de otros casos de parasitismo en los que el huésped se instala en el intestino de la víctima. El episodio más curioso, y tenebroso, se produce cuando la larva de la avispa, incapaz por su tamaño de vivir dentro del escarabajo, sale al exterior por una hendidura del caparazón. Seguidamente, como ocurre con tantas especies de avispas parásitas que no forman comunidad ni enjambran, la larva teje su capullo de seda.
Pero el huésped no se despega de su benefactor. Muy al contrario, las sustancias que la avispa ha introducido en el cerebro de la mariquita obligan a ésta a permanecer junto al capullo de seda y a defenderlo ferozmente si cualquier depredador osa acercarse. La mariquita, como nos cuenta gráficamente Karl Zimmer en su artículo, "a todos los efectos se ha convertido en el guardaespaldas del parásito". Así permanecerá hasta que la pupa se desarrolle, abandone el capullo vacío y a la víctima paralizada, destinada a una muerte segura. Parece ser que algunos ejemplares sobreviven a la terrible experiencia, me queda la duda de saber si esos mismos individuos pueden volver a caer por segunda vez en las garras de la avispa parásita. Espero que los biólogos nos resuelvan el misterio uno de estos días.

Lo que les he contado, acompañado además de estupendas fotografías, -reproduzco una de ellas en la  cabecera- pasa por ser una de las escenas más patéticas y terroríficas que uno puede ver en el reino animal. Ese ser indefenso, sin otra voluntad que defender a aquél que lo ha desangrado, chupado, y que finalmente lo llevará a la muerte, es sin duda la representación perfecta de un zombie, pero también un animal que, pese a la distancia biológica que nos separa de él llama a un sentimiento de piedad y compasión.

No quiere servir este ejemplo como una metáfora de comportamiento humano alguno, como ya querrán suponer los lectores que me conocen, no es esa mi intención, al contrario, he llegado a la convicción de que el mismo mecanismo que se observa en este reino de insectos tiene lugar en la sociedad que hemos creado, aunque por medios mucho más sofisticados.
El miedo, la incultura y la empatía natural de las masas sociales para seguir al líder que se les ha señalado son cualidades humanas que pueden ser aprovechadas para lograr la inmovilidad de miles de individuos. Pero hay algo más.

Los medios de masas, principalmente, colaboran como es sabido con los poderes establecidos para perpetuar en los puestos de control a los gestores de políticas claramente regresivas, que potencian la desigualdad y condenan a sectores sociales en teros a la marginación. Los intelectuales de corte progresista se estrujan el cerebro intentando entender cómo es posible que los mismos sectores desfavorecidos sigan prestando la confianza y el voto a aquellos que precisamente los han perjudicado. Se inventan terminologías novedosas para intentar explicar cómo es posible la existencia de este fenómeno. Así, por ejemplo, Manuel Vicent, en un artículo publicado en El País titulado Infección, inventa el término "ideología mórbida" para intentar comprender cómo muchos votantes son incapaces de ver "el lado sórdido de los políticos de (su) partido" y siguen con un voto esclavo sin ni siquiera ser conscientes de que se han hecho cómplices de la corrupción. Incluso aquellos más desfavorecidos, como los parados de larga duración, son capaces de seguir confiando en un gobierno que los ha condenado al ostracismo, como demuestra un artículo publicado el 30 de abril de 2014 en Infolibre que desvela que la mayoría de los parados que perdieron su trabajo en 2011 y votaron al PP, van a seguir votándolo en la próxima convocatoria. Las excusas son a veces más tristes que la misma acción irresponsable que lleva a despreciar algo tan íntimo como el voto de un sujeto. Hay quienes exhiben sin pudor las migajas que le han tocado en suerte como si fueran fruto de la caridad y no el resto fraudulento, depauperado y tramposo del derecho a disfrutar de un servicio público irrenunciable.

No muy lejos de este fenómeno podemos situar esa situación clásica conocida desde 1973 como Síndrome de Estocolmo, en la que el secuestrado desarrolla sentimientos afectivos o empáticos respecto al captor. Es cierto que no podemos comparar la reacción del cerebro de un coleóptero provocada por la inoculación de enzimas por parte de una avispa, pero el resultado llega a ser igual de desgarrador; recientemente saltó a los medios -ver El Mundo- la noticia de un indigente de Madrid que votaba y colaboraba fielmente desde hacía años con el PP de esta ciudad y que se vio desorientado ante la propuesta de Esperanza Aguirre de limpiarlo de las calles.

Quizá después de todo no sea tan descabellada la idea de Manuel Vicent de catalogar como enfermedad un comportamiento tan alejado de la razón y del sentido común.

domingo, 6 de abril de 2014

ESTADOS PRÓXIMOS A LA LOCURA


 Es sábado por la tarde, hordas de consumidores nos dirigimos en nuestros coches hacia los supermercados cercanos. Hemos esperado a la caída del sol para, como hienas, iniciar nuestra depredación. No queremos que el sol conozca nuestros actos. Visitamos los establecimientos en un ritual de la acumulación que termina por asesinar la tarde. El último rayo de sol desaparece en el horizonte, es en ese momento, a falta de realizar las últimas compras, cuando revelamos nuestra verdadera condición de vampiros insaciables.
                Una calle, estrecha, los ríos de coches se dirigen a la arteria derramando gotas de sangre muerta. Unos ya han penetrado, como agujas en la vía atestada, otros, bloqueados por un semáforo enrojecido, se agazapan a la espera. En ese momento, en un tráfico ya lento, diviso el camión de la basura pegado a la boca del aparcamiento de un supermercado, mi última parada, al que todavía intentan acceder otros conductores. Las dos corrientes de tráfico se hacen más y más lentas, como entorpecidas por cúmulos de colesterol. Finalmente, el tránsito se para.
De una puerta de persiana plegable brotan contenedores atestados de comida caducada; pasan rápidamente de las manos de los empleados del supermercado a las del peón del ayuntamiento. Justo en ese trance, dos mujeres de etnia gitana se apresuran a coger y abrir las bolsas de basura. Con envidiable pericia, sacan los alimentos envasados que todavía se pueden consumir con cierta tranquilidad. Tiene sus propias bolsas preparadas. Mientras el resto de contenedores pasan de manos, ellas seleccionan, separan, revisan y devuelven las bolsas semi-vacías al basurero, que desde hace meses tiene un acuerdo con las mujeres. Los empleados del supermercado las ignoran, no está en su labor impedir la maniobra. La transacción se repite con los contenedores restantes, mientras el tráfico en la vía se aprieta y la presión empieza a ser evidente. Por cada contenedor, al menos tres coches se incorporan al atasco. El claxon comienza a sonar en varios de ellos.
                Estoy justo delante de la bocacalle por la que penetra otra vena de tráfico, a pocos metros del garaje y del camión de basura, pero mi situación privilegiada hace que me percate de que a mis espaldas se acumulan cada vez más conductores, en una proximidad corporal incómoda y obscena. Delante, veo gesticular violentamente a más de uno, detrás, por el retrovisor, observa las caras congestionadas de los que tocan el claxon. Los nervios enloquecen a alguno de los congregados a este banquete infecto. Pantallas azules comienzan a brillar en los asientos de los copilotos. En cuanto a mí, por suerte llevo algo grande en el lector de CD’s. Como diría el escultor Mariano Spiteri, que sólo trabaja con Dios, yo sólo conduzco con Dios, que es Bach, así pues, descanso, disfruto de la música y me convenzo de que lo que estoy viviendo es tan sólo una secuencia de una película  de Fellini.
                Tras un largo escándalo, el tráfico se reanuda  entre una feria de luces de ciudad, de faros, de pantallas, de avisos del camión. Mientras reanudo la marcha, veo a las mujeres; descansan, gastan bromas y ríen, miran pícaramente a los automóviles que pasan, maldiciendo entre dientes. Esta noche ellas cenarán caliente, nosotros también.
                Está claro que la locura se ha apoderado de todos nosotros, seres nocturnos que gastamos millones de kilowatios de energía vendida a precio de oro por oligarcas hipertensos. Mientras la ONU vincula sin lugar a dudas el Cambio Climático a la acción del hombre, mientras la NASA hace lo propio, los consumidores perdemos la poca cordura que nos queda: llegaremos unos minutos tarde a nuestro hogar sobrecalentado porque un par de gitanas recoge comida caducada en un contenedor


lunes, 27 de enero de 2014

¿ES EL CAPITALISMO UN SUEÑO BÁRBARO? (I)


Para aclarar la larga serie de despropósitos y atentados contra las libertades que se han producido en este país a lo largo del pasado año 2013, es preciso hacer un poco de historia de las ideas. Empecemos por el principio.
A mediados de los años setenta del pasado siglo, un grupo de pensadores de corte conservador comenzó a ocupar las páginas de las revistas francesas con la etiqueta de “jóvenes filósofos”. El más popular de todos ellos, Bernard-Henri Lévy, se alzó en azote de pensadores de la generación anterior que habían demostrado su afinidad con regímenes comunistas o filo-marxistas. Parte de sus dardos cayó sobre J.P. Sartre, Raymond Aron, Gilles Deleuze o Michel Foucault, entre tantos otros. Por muy tibios que parecieran en sus posturas, pocos pensadores de izquierdas parecían salvarse de sus críticas. Hacia 1991, ya definitivamente consagrado, BHL (que así se hacía llmar Lévy en sus tiempos de gloria) publicaría Las aventuras de la libertad  (Edición española en Anagrama, Barcelona, 1992). Entre la serie de entrevistas que contiene este glosario de la intelectualidad francesa del siglo XX, recuerdo la concedida por Michel Foucault, el gran historiador del poder y la sexualidad en occidente. Una frase inquietante encabeza las páginas dedicadas al filósofo francés: …Y si el sueño revolucionario fuera, en el fondo, un sueño bárbaro…”, parece ser ésta, en realidad, la frase que da sentido a todo el libro.
BHL, junto a Alain Finkielkraut o André Glucksmann se posicionarán poco a poco en lugares cada vez más a la derecha, desde su inicial apoyo al liberalismo. Protegidos por Nicolás Sarkozy, que los colma de honores, constituyen sin duda el aparato teórico más visible que acompaña al triunfo, en los últimos veinte años, del neo-conservadurismo nacido en la era Reagan-Thatcher.
En un campo todavía más radical, pero con menor influencia en Europa, nos encontramos a Ayn Rand, la creadora de aquel intento de justificar por cualquier medio el puro egoísmo llamado “objetivismo”, que fue la biblia de los asesores de Ronald Reagan y el origen del “No existe la sociedad” del thatcherismo.
Con el tiempo, Lévy, cuyo éxito se basó en gran medida en eficaces campañas de publicidad, fue siendo desmontado como figura sobrevalorada, falso filósofo mediático, de poca calidad teórica, falto de seriedad. Las críticas arreciaron cuando se descubrió, por ejemplo, que citaba a autores falsos. De forma similar, Finkielkraut y Glucksmann, que comenzaran su carrera en la izquierda, se dedican después al panfleto para intentar pertrechar las insostenibles ideas de Sarkozy y otros popes de la derecha, contribuyendo de lleno a la llamada derechización del mundo ( ver La derechización del mundo, José Vidal-Beneyto, El País, 24 de marzo de 2007). Tras aquellos fuegos de artificio, hoy, en cambio, se toman en serio otros compañeros generacionales de aquellos “jóvenes filósofos”, cuya tendencia de izquierdas los apartó del éxito y la fama. Badiou, Vattimo o Zizeck no son millonarios, es cierto, pero, como dice José Luis Pardo, http://elpais.com/diario/2011/11/18/opinion/1321570813_850215.html; su peso teórico y su profundidad son muy superiores a sus contemporáneos de la derecha.
Sin embargo hoy, entrado ya 2014, aquella frase de Bernard-Henri Lévy me sigue rondando en la cabeza, por que sí es cierto que la proximidad de un sueño bárbaro ronda por la vieja Europa, un sueño bárbaro que amenaza con destruir todo lo que con paciencia se fuera obteniendo a lo largo de dos siglos. Los elementos de extrema derecha se han ido posicionando entre los votantes europeos sin ocultar ya sus vergonzosos idearios. Le Pen en Francia, Fini en Italia o amplios sectores del PP español se han decidido de una vez a enseñar sus ominosos programas ocultos sin temor a un descalabro electoral. El origen de esta nueva actitud de la derecha hay que buscarlo en el desastre de las propuestas de la socialdemocracia, estrangulada por una contradicción que Hobsbawm analizó hace años (ver Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, Crítica, Barcelona, 2007), es decir, los términos liberalismo y democracia son antitéticos, por tanto,  las democracias liberales, supuesta tabla de salvación de socialdemócratas descafeinados son, muy al contrario, su pira funeraria. En el binomio de contrarios siempre ganará la partida el capital, y esa es la posición que conviene a las opciones de derechas. Sin embargo, y paulatinamente, la demolición de los principios democráticos nos va acercando sin pausa a la pura barbarie.
El gran pastel de estos años oscuros, donde la pérdida de sentido ha agotado por fin los difusos planteamientos del centro político, basados en eufemismos tibios, pertenece ya a la extrema derecha, que ha hecho carne en la nueva clase social ascendente, el precariado, alimentada por la desesperación y el odio focalizado y conducido por los mass-media neo-conservadores. Los yacimientos de votos para partidos populistas de extrema derecha (en España, la nueva incorporación de VOX, con los guiños descarados del PP, y las miradas de reojo de UPyD y Ciutadans), exigen conceptos ambiguos donde cabe casi cualquier cosa, y donde las verdades del programa electoral, a veces inaceptables, sólo se pueden decir con la boca pequeña.
Conceptos muy generales como Patria, Familia o Tradición sirven a los captores de insatisfechos para llenar sus insípidas urnas en un juego demasiado peligroso. Porque cuando hablamos de Patria o Familia, hemos de hablar más bien de patrias y familias, puesto que las formas de entender esos conceptos son múltiples. Pero esa pluralidad, por supuesto, no es el objetivo de estos partidos, que intentan imponer al resto de los ciudadanos una visión muy particular (y desde luego muy restrictiva) de unos conceptos tan amplios que son fácilmente convertibles en símbolos. Muy revelador es el caso del término Tradición, o los fundamentos tradicionales de una sociedad determinada. ¿Cuáles son los fundamentos que han hecho de Europa un modelo a seguir?

En una muy próxima entrada responderemos a esta y otras preguntas