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miércoles, 10 de abril de 2024

BUSCANDO UNA HUERTA PERDIDA

 


En una de las últimas películas de Akira Kurosawa, Sueños (1990), compuesta por ocho cortos, un niño es reprendido por unos espíritus que representan los melocotoneros arrancados por su familia. La historia se desarrolla durante el Hina matsuri, Día de las Muñecas, que coincide con la antigua celebración del Festival del Melocotón o Momo no sekku. Los espíritus se apiadan del niño cuando este les dice que él no quería que su familia destruyese el jardín de los melocotoneros, y su interés por ellos no era tanto por consumir los frutos, sino por disfrutar del espectáculo de su crecimiento y floración.

                El pasado 4 de abril se estrenaba en la Filmoteca Regional de Murcia el documental ¿Dónde está mi acequia?, subtitulado Anatomía forense de una ciudad. En unos inteligentes planos contrapuestos, el director Joaquín Lisón enfrenta coloristas escenas de las celebraciones del Bando de Huerta, Entierro de la Sardina y Romería de la Fuensanta —donde observamos ricos trajes regionales— frente a panorámicas ocres que muestran la degradación absoluta de la antigua y verdadera huerta. Inmediatamente recordé el sueño del niño Kurosawa y entendí el sentido último tanto del film fantástico del japonés como del documental evocador del murciano. También entendí que la propia proyección en plenas Fiestas de Primavera murcianas era en sí misma una sibilina performance, pues tras los sonidos en la sala del documental de denuncia sonaban en la calle los pitos y charangas despreocupados de esa otra huerta falsa del festejo y el oropel.

                Joaquín Lisón, junto a la productora Conchi Meseguer, llevan años reflexionando sobre el triste devenir del río Segura en sus diversos tramos, desde Pontones, en el nacimiento, hasta su final agónico, que el director sitúa en la propia ciudad de Murcia y no en Guardamar, donde la desembocadura ya no es tal. ¿Dónde está mi acequia? ejecuta un dictamen, no por implacable menos cierto, de esta degradación. Las imágenes de los depauperados tramos no entubados que quedan de las antiguas acequias, molinos o aceñas, se suceden entre un fondo de carreteras mal trazadas, sonidos de claxon y urbanismo desarbolado. La gama de colores terrosos, mortecinos, domina el encuadre, que se ve interrumpido, como fogonazos de un tiempo perdido, por testimonios de ancianos huertanos, de sus propios nietos, y de fotografías en Blanco y Negro de una huerta tan idílica como terrible, algunas de ellas, parte del archivo de la recientemente desaparecida María Manzanera.

                Siguiendo este esquema de montaje, el documental oscila en todo momento dentro de una dialéctica entre la nostalgia del paraíso perdido de la niñez, la injusticia que supone la reducción del huertano a un estereotipo de personaje inculto y residual y, correlativamente, la degradación medioambiental del entorno. La fortaleza plástica del metraje se ve reforzada por la música de Crudo Pimento, que en una de las secuencias más dramáticas emite un grito desgarrador, una glosa del egoísmo contemporáneo mientras vemos una imagen partida de una de las cíclicas inundaciones del río, con un rebaño de cabras huyendo que son también una metáfora de los habitantes de la ciudad superados por las circunstancias.

Especialmente emotivas son las entrevistas a unos pocos ancianos (Patricio, Juan) que todavía recuerdan la huerta murciana en sus mejores días. En estas entrevistas se hace una evocación de esa Arcadia que pudo ser la ribera del Segura hace décadas, donde las gentes se bañaban en las propias acequias y vivían de lo que daba un suelo extremadamente fértil. Estos ancianos que recuerdan una infancia breve llena de trabajo, pero feliz, son, a la postre, el mismo niño Kurosawa que ve como su familia ha arrancado los frutales. Como en la película del japonés, esa familia, en cierto modo fratricida (porque en Sueños hay una intuición de muerte de las hermanas del protagonista), es elíptica, jamás la vemos. Joaquin Lisón tampoco muestra a esa familia de perpetradores del delito (tecnócratas, especuladores, constructores sin alma y sin criterio), la mayoría parientes de huertanos o huertanos de origen. No los muestra, no hablan, no exponen su visión, pero las consecuencias de sus acciones insensatas se observan con toda su crudeza. Aparecen, eso sí, los herederos involuntarios de ese despojamiento, los regantes de las pocas parcelas vivas, que aún hoy notan la presión urbanística, pero también arqueólogos, que desvelan un pasado de esplendor, y activistas que pelean con dolor contra la desaparición del entorno.

                ¿Dónde está mi acequia? no es un documental al uso, su voluntad de denuncia y ese canto fúnebre que parece recorrerlo, se materializan en metáforas de una viveza poco común en el género. Al inicio ya vemos el cauce seco de una acequia por el que empieza a discurrir de repente una lengua de agua que arrastra todo tipo de residuos acumulados en el tiempo. Vemos los paredones apenas en pie de los antiguos molinos y norias. Vemos una procesión cruzar por encima de un Segura mancillado, la imagen de un Cristo Azotado representa al propio río; los pasos dudosos de los estantes vestidos con zaragüelles convierten la celebración en un desfile lleno de culpas en honor a la huerta. Vemos los fuegos artificiales del Entierro de la Sardina (una celebración relativamente reciente, muy urbana), fuegos que simbolizan el boom urbanístico indiscriminado que vive la ciudad a partir de mediados del siglo XX. Pero Lisón no se queda ahí: en la parte final del metraje y mediante el efecto de la cámara en movimiento inverso, los fuegos artificiales que antes se abrían como flores en el cielo nocturno, ahora se cierran, y caen a tierra como si de rayos se tratara, en una alegoría del efecto destructivo que provoca el crecimiento descontrolado de la ciudad sobre sí misma.

                Lisón y Meseguer trabajan por decantación, como si de una serie de avenidas de agua consecutivas se tratara. No hay una narración clásica, con un planteamiento y un desenlace, sino más bien cíclica, con estratos sucesivos que se colocan unos sobre otros creando un discurso encadenado de referencias de todo tipo que se repiten con variaciones. Se crea, por tanto, una analogía entre forma y fondo, montaje y significado, que enriquece el relato. Una de esas referencias, quizá la más general —y quizá también el testimonio más gráfico que describe la relación de Murcia con su huerta—, es la del naturalista Joaquín Araujo cuando compara a la ciudad con una garrapata que chupa la sangre de su entorno medioambiental. Todo el metraje se halla atravesado por referencias de la época árabe salidas de la pluma de Ibn Mardanís, rey de la antigua Mursiyya, entre otros; los cambios temporales, adelante, atrás, y muy atrás, son constantes.

Muy al final vemos unos murcianos vestidos con lujoso traje típico bailando frente a la patrona. Uno no pude dejar de pensar en el baile del corto de Kurosawa, el baile que los espíritus de los melocotoneros talados dedican al pequeño, un baile gagaku que en realidad es una despedida y que tiene, a pesar de su colorido y elegancia, algo de marcha fúnebre. Lisón consigue, por su parte, que estas alegres parrandas murcianas tengan también un sentido triste y melancólico, completamente distinto a su intención original, de esta manera decodifica de un plumazo todo ese repertorio exclusivamente turístico creado hoy alrededor de un entorno medioambiental que languidece sin remedio.

                ¿Dónde está mi acequia? es, por tanto, una obra magistral, valiente, profunda y muy necesaria.

jueves, 27 de julio de 2023

CUANDO SOPLA EL JALOQUE

 



Mediados de agosto de 2022, una tarde abrasadora en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. El sopor de la siesta se va a prolongar hasta casi la caída del sol, así pues, lo mejor es tener bien cerrados los puestos de artesanías, baratijas, juguetes y pequeños productos tecnológicos. Bajo las gruesas lonas se sobrevive a las peores horas del calor; es el caso de Salimata y Bigue, que llegaron hace años desde Senegal y recorren de feria en feria toda la geografía festiva del sur de España. Se hicieron amigas durante el paso del estrecho, tras vivir varios años en Marruecos; no proceden de la misma aldea, pero montaron su puesto entre las dos. Esta tarde agotadora, bajo la tienda, se encuentran inquietas mientras observan la densa calima: conocen bien la sensación y presienten una violencia inmediata.

En efecto, la lona empieza a agitarse de improviso y a zarandear la frágil estructura metálica. Un fuerte viento se alza y arrastra consigo toda la arena del albañal que se extiende al sur del improvisado recinto ferial. Es un reventón cálido, el calor acumulado explota de golpe en plena plaza llena de mercadillos. Los objetos ruedan por los suelos, se confunden los talabartes de cuero con los collares de cuentas, los relojes baratos con la quincalla de metal. Las teteras vuelcan su aromático contenido. Algún puesto se ha derrumbado y una maraña de brazos y piernas intenta subsanar el pequeño desastre. La lona de Salimata y de Bigue aguanta, pero tras el súbito vendaval llega una lluvia fuerte y caliente que al tocar el suelo eleva un vapor sofocante oloroso a lodo y cuero mal curtido. Como un sueño exótico, las dos senegalesas surgen de debajo del grueso lienzo blanco; ambas se cubren con el clásico kanga, Salimata luce unos vibrantes tonos turquesa, mientras Bigue se viste de color azafrán con adornos de palmetas y espirales. Son altas, y su oscura tez contrasta con los colores de los vestidos largos en una apoteosis de elegancia africana.  Las mujeres sacan el plástico traslúcido que tienen guardado para las raras ocasiones en que se desatan las tormentas de verano y lo extienden con habilidad por encima de la lona. La lluvia rápidamente empapa las prendas, las telas se pegan a los cuerpos como medusas e impiden los movimientos, Salimata se deshace del tocado y luce fugazmente la larga cabellera negra. La lluvia cesa de pronto y se lleva consigo los restos del vendaval. La atmósfera se equilibra y vuelve a la calma sofocante, saturada de humedad. Es como si hubiera soplado el jaloque, pero de forma muy violenta y durante un pequeño espacio de tiempo. Las senegalesas recogen bolsas y enseres y los guardan tras la lona, finalmente, como si fuera el cuerpo blando de un caracol, se repliegan ellas mismas tras la lona para cambiarse, secar los kangas y el pelo y esperar a que oscurezca para montar el puesto.



            En tan solo media hora se ha desplegado ante nuestros ojos una escena africana que el propio Fortuny hubiera envidiado. La tormenta de arena, el ardiente viento sahariano, el calor insoportable, la estudiada fragilidad de los mercadillos, -que en África son diarios y aquí duran una semana al año-, los olores intensos, los colores casi increíbles, la elegancia natural de las gentes subsaharianas, la vida siempre al hilo del desastre y en el aire, la parsimonia y estoicismo con que se aceptan las desgracias.

África está aquí, con nosotros, en el clima, en la precariedad subyacente, en múltiples detalles que no vemos ni entendemos, y es posible que al mismo tiempo no esté, que todo sea un espejismo, una fata morgana del Sáhara, pero en la frontera, en el limes profundo de Murcia y Almería, África habita y se desarrolla de forma natural, y los nativos españoles, incapaces de evolucionar, cobardes, asfixiados por un odio que surge de su propio colapso, no lo ven, como las tribus de la costa de Mesoamérica no vieron las naves de Hernán Cortés porque escapaban por completo a sus esquemas, y por eso los nativos del sur, el sur español, votan a partidos de ultraderecha, que son también como espejismos, como simulacros políticos.

Y a la postre… ¿qué es ya más espejismo aquí?, ¿la vieja democracia europea, herida de muerte en el costado derecho, o los arabescos multicolores del kanga de Bigue o de Salimata?

lunes, 24 de julio de 2023

LA SOLEDAD AL SOL

 


Mediados de agosto de 2022, una mañana avanzada en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. Son las once y cae ya ese sol insoportable post-cambio climático. Explanada junto al recinto ferial. Un señor amaestra a un caballo de cara a la cabalgata de la siguiente tarde. Los dueños de varias mascotas sacan a pasear a unos perros ansiosos: han dormido mal por el intenso sonido de las fiestas nocturnos y sus ritmos vitales han cambiado por completo de un día a otro.

                El Ayuntamiento había habilitado un amplio espacio dedicado a un macro botellón. La explanada se encuentra rodeada de contenedores para vidrio y plástico. Los contenedores están casi vacíos, pero a lo largo y ancho del espacio vacío, el sol calienta los miles de envases diseminados por la arena. Botellas vacías de licor, vasos de usar y tirar volcados o aún con restos de combinados, envases de plástico arrugados que contuvieron la más variada pléyade de refrescos gaseosos: de cola, limón, naranja o soda. Los colores también son variados, predomina el verde, también el rosa, y en menor medida el azul, por supuesto los tonos caramelo de las botellas de ron o wiski. El círculo de arena revestido de residuos semeja una de esas islas de plástico de varios kilómetros de diámetro que flotan en el Pacífico.

El sol trepa por los cables eléctricos de los chiringuitos, pero los servicios de limpieza no han llegado todavía. Es un buen momento para tirar unas fotos.


 

        De pronto, en medio de la arena ardiente, alguien divisa un cuerpo. Dos o tres curiosos se acercan. Es una persona acostada de lado, lleva una camisa a rayas y pantalones cortos y zapatillas, moreno, de pelo ensortijado bien cortado. No se mueve. Las moscas danzan sobre él como queriendo animarlo, pero sigue inerte, apenas podemos asegurar que respire. Un señor del que tira un enorme perro comenta: “Este está muerto”, como si hablara de un animal silvestre. El camión de recogida de residuos ha llegado, su sombra lame el cuerpo del yacente y cruza el ruedo, pero nadie hace nada ni se inquieta. Los responsables de la limpieza comienzan su labor ignorando al hombre.

Quien esto escribe decide llamar al 112 para comunicar la incidencia. La conversación resulta extraña, desde el servicio de emergencias aconsejan tocarlo para saber si vive, pero rehúyo ese extremo, me limito a describir su aspecto y situación. Unos instantes después, en su ronda habitual, aparece la Guardia Civil, comentan que han llegado por casualidad, que no han recibido ningún aviso. Me explican también que el yacente es magrebí, que es un viejo conocido, que ha sido detenido varias veces, alguna por abusos sexuales. Le expreso al agente mi temor ante una deshidratación grave por el consumo de alcohol; responden que no, que lo suyo son las pastillas. Y también responden otra cosa: a los del 061 no les va a hacer gracia: suele mostrarse violento y rechaza la ayuda. Contesto que, en todo caso, podría estar en riesgo de muerte por el golde de calor y que por eso he llamado. Es en ese momento cuando escucho la frase más alarmante, mascullada por uno de los agentes: para lo que se pierde, sería lo mejor.

Entretanto, el hombre parece reaccionar y mueve muy lentamente los brazos, como queriendo ocultar el rostro del sol. Nada más. Aparece la ambulancia; con certera profesionalidad, pero con un gesto claro de desagrado, los enfermeros recogen al paciente y lo tienden en una camilla. Sus rostros muestran el disgusto, pero nada dicen; efectivamente, parecen conocer al hombre, que con las pocas fuerzas que tiene hace ademanes de forcejear. Los pocos curiosos, que se mantenían a una distancia prudente, desaparecen al mismo ritmo que las moscas. La ambulancia da media vuelta. Los barrenderos recogen con asombrosa velocidad los kilos y kilos de residuos. Los paradójicos residuos de una diversión. Unos metros más allá, el caballo sigue dando sus vueltas infinitas sobre la tenue paja. Los perros ya han hecho sus necesidades, y es un alivio, porque el sol abrasa y los dueños no están para bromas.


Me pregunto: ¿qué pasó aquí?

Había una probabilidad bastante alta de que un ser humano estuviera agonizando en medio de aquella tebaida del ocio, y nadie quería hacerse cargo de la situación. Solo la curiosidad, no la compasión, acercaba a los curiosos a ese pecio de la humanidad. Los propios responsables consideraban su labor una especie de pérdida de tiempo. Había racismo aquí, un racismo sordo y pesado, había xenofobia; pero, sobre todo, una falta de humanidad sobrecogedora. La cosificación de aquel hombre tendido era tan evidente que parecía increíble que nadie se diera cuenta del espectáculo que se estaba desarrollando ante los ojos de todos. Y cada cual, por supuesto, tenía que seguir con sus asuntos, falsos asuntos, porque todos estaban relacionados con el tiempo libre. El sagrado tiempo libre, que se desarrollaba, como una digestión lenta, en medio de un infierno de calor abrasador y residuos sin fin.

Solo hubo un culpable: el señor que, imprudente, llamó al servicio de urgencias en lugar de dar media vuelta y abandonar el despojo humano a su suerte. Ese señor era yo y me retiré por fin haciéndome preguntas muy serias, porque el entorno, los residuos, los viandantes, el recuerdo del ocio nocturno, los servicios públicos y el sol inclemente configuraban una inquietante alegoría de nuestro tiempo.




viernes, 14 de julio de 2023

LA IMPORTANCIA DE LOS BLEDOS

 


Como va pasando el tiempo,
como tanto con tan poco,
como tampoco puede ser eterno.

 Laura Sam y Juan Escribano

 Molina de Segura, julio, 2023.

Frente al Hospital de Ribera, una señora limpia las baldosas de la acera de casa armada de ímpetu y decisión. Son las seis de la tarde y cae un sol de justicia. Con unas buenas tijeras de podar, corta los brotes de bledos que aquí y allá crecen sin solución de continuidad. Una vez barridos y recogidos los restos vegetales y como el calor aprieta, la señora enchufa una manguera al grifo de su minúsculo patio delantero y refresca las baldosas, mojándose de paso con generosidad las chanclas. Justo enfrente, en la acera del aparcamiento del hospital, detrás de un banco de madera, ha crecido el mayor bledo de toda la manzana. A pocos pasos de allí, en el bar de la esquina de la calle Alicante, se desarrolla un pequeño drama. Un mensajero de UPS ruega a un chico delgado y enclenque que le devuelva su móvil. El joven permanece tranquilamente sentado en un portal mientras el mensajero ofrece hasta 50 euros si se lo devuelve. Se pone de rodillas, implora. “No es por el móvil, el móvil me da igual, son los contactos que llevo, es mi ordenador personal”. Saca un billete, se lo ofrece, con tal de que pueda recuperarlo. La esquina se va llenando de gente mientras la señora sigue gastando su agua -que ha pagado religiosamente- en mojarse los pies sobre la acera.

Entra en escena un camarero que parece conocer al chico, le dice al mensajero que así no, que de esa forma jamás se lo devolverá. Invita al sospechoso a entrar con él en el bar y arreglarlo en secreto, fuera de las miradas. Mientras, el mensajero sigue rogando, porfiando y llorando, se mesa los cabellos: “¡Si no le van a dar por él ni la mitad de lo que le doy yo!”. En todo caso, el chico se niega a moverse. El camarero desaparece tras la esquina y vuelve junto a un personaje nuevo: es musculoso, con el torso desnudo, profusamente tatuado. El nuevo actor alardea enseguida de su capacidad de mando y su resuelta decisión, interpela al chico por su nombre, le grita, y se lo lleva del brazo sin violencia, pero con firmeza, a un edificio cercano.

Pasados unos minutos de incertidumbre, el hombre tatuado vuelve con el móvil y reclama al mensajero una cantidad inferior a la que ofrecía inicialmente. El empleado de UPS, visiblemente aliviado, desembucha la gallina con rapidez y se dirige al camión de reparto, aparcado más abajo del hospital. Tras poner en marcha el vehículo, dobla la esquina del bar y se cruza con el ladrón, que camina lánguido y despreocupado bajo el sol insultante. El chófer le grita enfadado: “¡La funda, me falta la funda!”. El chico ni lo mira y sigue su paso lento y tranquilo, pasa por la acera recién mojada, que la mujer ya ha abandonado, se descalza las míseras chanclas y se moja los pies en los charcos.

¿Qué importa y qué no importa a nuestro alrededor?

El bledo o amaranto - ¡qué bello su nombre menos conocido! - es una planta considera mala hierba o invasora que proviene de Sudamérica y que hace tiempo se adaptó al clima caluroso del Sur de Europa. Es tan antigua su presencia que dio lugar al conocido dicho: Me importa un bledo. Y ese es el valor que le damos, el de algo insignificante y molesto que roba los nutrientes a otras plantas decorativas en nuestros jardines y macetas. Sin embargo, el bledo es una planta con un gran valor nutritivo, alto contenido en hierro y sabor agradable, además, sus espigas se han usado desde antiguo para fabricar un sustituto de la harina de trigo, y en ciertas partes de Centroamérica es un alimento básico tanto para ensaladas como para tortas. Y más de una torta nos daríamos por unas hojas de bledos si nos encontrásemos en medio de un campo inculto sin otra cosa que comer.

Para nuestro azorado mensajero, el móvil que portaba en el bolsillo no era más que un inservible trozo de metal y tierras raras sin más utilidad; eso sí, combinados estos con una tecnología que él mismo se encarga de distribuir. Él se hubiera deshecho con cierta facilidad del amasijo de circuitos, pero en modo alguno de lo que los hacía realmente valiosos, los flotantes datos que el propio usuario había ido introduciendo.

                El empleado de UPS, como tantos otros dueños de estos dispositivos baratos, -entre los que, por supuesto, me cuento- no repara en el daño ambiental que produce la extracción de las tierras raras, ni en la huella de carbono que origina su fabricación, ni en el coste en capital humano. Tampoco la señora que limpia la acera es consciente de que con esos tiernos brotes de una planta invasora, podría preparar una nutritiva y sencilla cena, ni de lo que cuestan los litros de agua que alegremente ha desperdiciado.

Los móviles y los bledos, siendo tan distintos, se parecen mucho por la poca importancia que damos a su presencia como objetos artificiales o naturales; nos da la sensación de que todo se fabrica o crece sin aparente esfuerzo, como si fuera connatural a las cosas existir, servir para nuestros planes, o molestar la frágil perfección de nuestras importantes vidas. Pero quizá, como dejara escrito Jorge Luis Borges en un famoso poema, estas cosas, de una u otra manera, permanecerán, recicladas, salvadas de un vertedero, brotarán de nuevo de unas profundas y obstinadas raíces, nos sobrepasarán, mientras que nosotros nos iremos disipando en la penumbra de una existencia fugaz.

Laura Sam y Juan Escribano, en este reciente single: “Tampoco puede ser eterno”, parecen dejarnos una lección bastante ajustada de lo que quiero decir, de la importancia que tienen las cosas que no importan, de lo poco importante y a la vez esencial que es el trozo de tiempo que nos ha tocado vivir.

sábado, 5 de noviembre de 2022

LA LIMPIEZA DE UN BOLÍGRAFO

 



Hará unos días, en una clase de 2º de Bachillerato, observé como una alumna, Diana Nicole, escribía con un bolígrafo sin tinta; el chasis plástico de protección dejaba ver un canutillo limpio y transparente. Le hice ver mi extrañeza, y me contestó que, aunque aparentemente el bolígrafo estaba ya vacío, sí quedaba una pequeña cantidad de tinta cerca de la punta y que pensaba consumir la minúscula reserva. Le insistí en que me avisara cuando eso ocurriera, y efectivamente, tres clases después, me mostró el bolígrafo totalmente descargado, incapaz de trazar línea alguna.

Era algo que hacía años que no veía, un bolígrafo aprovechado al máximo y sin rastro alguno de tinta. Normalmente, estos pequeños artefactos de cotidiana alta tecnología no suelen acabar su vida útil: se extravían, se deterioran prematuramente por el mal uso o, lo que es más común, terminan sus días olvidados en algún rincón del escritorio, en la ranura de un sofá, tras un mueble de poco uso, o lo más hiriente, metidos en un bote junto a un grupo de congéneres marginados.

Un bolígrafo constituye un logro de diseño de producto poco común. El perfecto ensamblaje entre la bola rodante de metal y el cono que permite que la tinta llegue a ella y se expanda alrededor de su esfera es un raro caso de intimidad máxima de los materiales. Su facilidad de construcción y su bajo precio hacen que no reparemos en su perfección.

Vivimos tiempos extraños, la despreocupación generalizada por las cosas, los objetos que nos rodean, contrasta con la cercana -y ya agobiante- carestía que nos espera. Algunas personas, generalmente los adolescentes -tan denostados por muchos “nostálgicos intelectuales” de medio pelo-, ya han entendido que nos aguarda un futuro de austeridad radical, similar a la postguerra europea en el siglo XX. La epidemia de Covid ha enseñado muchas estrategias en este sentido, y son las generaciones más jóvenes las que han interiorizado la grave advertencia que un minúsculo virus nos hizo llegar.

Se me figura que este bolígrafo cristalino, limpio y esencial como un pensamiento tautológico y el gesto no menos limpio y elocuente de Diana Nicole, son un símbolo de esperanza, un vector de posibilidad ante la dura prueba que se nos avecina, y creo que estos gestos minúsculos, estas presencias casi intangibles deben ser evidenciados, presentados, como lo que son: indicios que pueden indicar caminos de salida ante nuestro atolladero.

Se dice que el diseño de un bolígrafo barato no puede ser mejorado, pero es posible que este gesto responsable de cuidar su materialidad hasta el extremo proponga también la posibilidad, a pesar de su bajo costo, de la reutilización mediante una recarga de tinta, sin duda testimonial, pero es posible que los pequeños avances, las soluciones sencillas salidas de la más humilde cotidianeidad, puedan romper la deriva que gobiernos y grandes corporaciones no parecen saber detener.


martes, 25 de enero de 2022

ESPIGADORES

 


El pasado 9 de enero, la ensayista Irene vallejo publicaba en El País Semanal, dentro de su sección El Atlas de Pandora, un artículo donde hablaba, con su natural perspicacia y elegante prosa, del exceso de objetos en nuestra sociedad y de la constante obsesión por desecharlos y adquirir otros nuevos, práctica que, como es habitual, relacionaba con referencias sacadas del mundo clásico, en este caso de la antigua Roma, primera empresa multinacional de la historia. La autora de El Infinito en un junco, cita en una parte de su texto el antiguo oficio del espigador, asociado usualmente a la siega del cereal. Eso me hace recordar a uno de nuestros mejores narradores de postguerra, quizá en mejor cuentista, Ignacio Aldecoa, que tantas páginas dedicó a los oficios del campo y de la pesca. Resulta muy recomendable acercarse a su obra a través de la selección que hiciera su esposa, Josefina Rodríguez, también escritora, para la prestigiosa editorial Cátedra. Rescató la autora en su antología una serie de cuentos dispersos que clasificó por temas, a saber: El trabajo, La burguesía, Los condenados, Los viejos y los niños y, por último, Los seres Libres. En todos ellos luce un lenguaje preciso, ajustado, lleno de vocablos que hoy puede que no reconozcamos, pero que enriquecen el texto y lo dotan de detalle: almádana, blocao, estaribel, celemín, portegado, huelgo, chicón y tantos otros. La prosa de Aldecoa es realista, absolutamente realista, al igual que sus temas, que retratan en pequeños flashes la vida pobre y anodina de los españoles de los años cincuenta y sesenta; sin embargo, sus cuentos están impregnados de una poesía sutil y a la vez repleta de sabor, como si de un tinto de crianza se tratara, que es lo que los dota de su inconfundible encanto. Aldecoa no derrocha, no desprecia ni una sola frase, se sirve de los materiales justos, no se deja llevar por adornos innecesarios; al fin y al cabo, lo que hace es acompañar a los personajes y a su peripecia con la prosa adecuada y precisa a su realidad. Se me figura, sólo se me figura, que la narrativa de Aldecoa es el ejemplo más alejado que se pueda encontrar a esa otra realidad actual que tan bien retrata Irene Vallejo.

En esa España tan cercana, pero tan lejana a la vez, el escritor vitoriano se acerca, en efecto, a los trabajadores del campo, de la pesca, de la construcción para hacerlos protagonistas principales. La urraca cruza la carretera, sobre los peones camineros y Seguir pobres, sobre la siega, son dos de sus cuentos más representativos. En esos ámbitos nada sobra, nada se derrocha, los hombres se encuentran vinculados a una inclemencia, una intemperie constante, secos, curtidos; van de campo en campo, de comarca en comarca, bajo un fondo hiriente salido de los óleos de Godofredo Ortega Muñoz, cosechando, picando. Nada queda para los espigadores aquí, aquellos que recogen lo que la siega ha desechado. A pesar de todo, el oficio de espigador es antiquísimo, practicado incluso en épocas de auténtica carestía; de hecho, es un oficio tan ancestral que el insigne folklorista y cantautor Joaquín Díaz lo versiona a partir de un tema del siglo XVI recogido en el cancionero de Francisco de Salinas que podemos escuchar aquí.

Como podemos comprobar al escuchar esta humilde cancioncilla, las espigaderuelas, jóvenes, puede que niñas, entraban en el rastrojo cuando el segador se retiraba para recoger los minúsculos granos sobrantes. El texto recogido por Joaquín Díaz urge precisamente al segador a salir y dejar algo a la pequeña espigadora.

De eso mismo, de espigar y rebuscar, va el documental que aquella gran dama del cine francés, Agnés Varda, llamada “la abuela de la Nouvelle Vague rodara en el año 2000; Los espigadores y la espigadora. Varda, de origen griego, tuvo un extensa carrera -pues su primera película data de 1954 y la última se rodó en 2019-, ganó el León de Oro, el César francés e incluso el Óscar honorífico. En el año 2000 descubre las cámaras digitales domésticas y su apetito de cine la lleva a recorrer media Francia partiendo del célebre cuadro de Millet, Las espigadoras, de 1857, que muestra precisamente a esas esforzadas mujeres agachadas recogiendo el magro fruto tras la cosecha. Desde el entorno rural que muestra Millet, Varda se sumerge en un mundo urbano donde multitud de ciudadanos, ya sea por necesidad, por conciencia o por vocación artística, se acercan a los mercadillos, las grandes superficies comerciales o los portales de las casas de los vecinos a recoger lo que otros han desechado. Así, en un viaje desenfadado, trufado de poesía y del fino humor de Agnés Varda, llegamos a conocer a personajes variopintos de todas las edades y extracciones sociales. Ella misma espiga en sus entrevistas rescatando datos y declaraciones en torno a esa faena de no dejar que se pierda lo que otros despreciaron. La vemos acercarse, incluso recoger ella misma, patatas en un enorme montón desechado junto a la parcela cosechada, manzanas que maduran y caen del árbol con un leve balanceo, tomates abandonados, hortalizas, uva.

Agnés Varda, como sin querer, nos pone delante de nuestra realidad, la de una sociedad que no sabe el valor y el esfuerzo que significa cultivar o fabricar un producto y que se desprende de él al más mínimo defecto o mancha. Una lección desde la perspectiva de hace dos décadas para los tiempos de carestía que se nos avecinan. Cuando nos asomamos a las duras condiciones de vida de los trabajadores de Aldecoa, cuando escuchamos la llamada a la solidaridad dentro de una canción del XVI, cuando vemos los rostros curtidos de los entrevistados por Varda, se nos hace más claro el sinsentido de esta sociedad entregada al frenesí del derroche y de la inconsciencia.

Hay que decir que la ley francesa protege secularmente la actividad del espigueo o de la rebusca (así llamada cuando se refiere a árboles). Los ciudadanos tienen todo el derecho, por encima de la opinión de cada cosechero, de recoger el fruto despreciado, marcando incluso unos horarios y unas distancias concretas y regladas. España, país de traperos, rastros y rebuscadores seculares (léanse La busca, de Pío Baroja), no ha tenido nunca legislación precisa sobre el espigueo. En nuestro país, las nuevas leyes contra el desperdicio alimentario pretenden paliar el insoportable panorama de toneladas de alimentos consumibles que acaban en la basura (solo en hogares hablamos de 1.364 millones de kilos/litros de alimentos anuales, según fuentes del Gobierno de España). Cataluña ha promulgado recientemente legislación sobre el tema (Ley 3/2020 de 11 de marzo, de prevención de pérdidas y despilfarro alimentario, en BOE nº 78 de 21 de marzo de 2020) donde se reconoce la práctica del espigueo, aunque con la autorización previa del titular de la explotación.

domingo, 14 de febrero de 2021

EPITAFIO PARA UN ZORRO

 

Al contrario que muchos de los aficionados a fatigar los montes, que apenas salen al campo buscan las cumbres como objetivo de su caminar o simplemente discurren por senderos planos y accesibles, yo busco las cicatrices más hondas de la tierra. Me sumerjo en los pliegues de su piel, busco las oscuridades de las cárcavas, a la espera de encontrar el sentido de su origen, remonto ramblas hasta las cuencas de recepción, o las bajo para que las sombras de algún barranco oscurezcan un cielo lejano. Hay en ese caminar una pulsión que no puedo racionalizar, salvo un trasunto psicológico de la vuelta al vientre materno. Creo que las ramblas son los caminos más antiguos, los más remotos y verdaderos, porque pertenecen a la propia tierra y no han sido adheridos como flecos de un traje confeccionado para otro.

En una de esas internadas mentales y físicas entré hace días, muy de mañana en la rambla del Collado de Antolín, umbrosa, secreta, reservada y muy callada. El viento de hacía unas horas había cesado por completo. Todo estaba inmóvil; atochas, matorral noble, las copas de los pinos, y abajo en lo más simple y humilde, incluso los ínfimos restos de las secas herbáceas del mes de febrero.

                Bajaba yo tranquilo por las grandes losas lavadas del cauce, todavía rodeadas de aureolas dejadas por las pasadas nieves cuando una mancha ocre llamó mi atención. Al instante comprendí de qué se trataba, en el tiempo de un relámpago pensé que se movería, pero un zorro, ni aun enfermo, jamás esperaría a la cercanía de un ser humano sin huir. Se encontraba recostado de lado, alargado sin rigidez sobre la suavidad de la losa. Su cuerpo reproducía la leve ondulación gris de la caliza, sinuoso, como simulando un breve sueño, las patas delanteras apoyadas una sobre otra como en el descanso, las traseras levemente estiradas. El hocico se estiraba en un apenas distinguible esfuerzo de agonía, los colmillos asomando con un simulacro de amenaza, fantasmagoría provocada por la huida correosa de los labios hacia atrás provocada por la muerte.

                El sol no había levantado y en el aire se extendía una claridad azulada, traslúcida, que envolvía los troncos grises de los pinos cortados o caídos sobre el cauce. El color de la pinocha mostraba por momentos, engañosamente, esa tonalidad venenosa de la ova en el fondo de las charcas, y un matiz umbroso de bosque boreal. Eso me hizo recordar los viejos cuadros de imágenes dobles en los que se veían las figuras de zorros formados por acumulaciones de hojas que acechaban a las incautas liebres.

Centré mis ojos en la losa.

He visto otros despojos y cadáveres de animales, caídos en una grieta, enroscados sobre sí mismos, evidenciando salvajes agonías, o simplemente despedazados por una fiera mayor. Este túmulo era diferente. La postura era natural, de un ser que acepta una muerte cercana y se deja llevar. Aunque en el anca derecha se veía una negra herida abierta que se extendía como un maleficio, la tersura del pelo se conservaba intacta, ni una sola hoja o brizna había caído encima. Por mucho que yo girara a su derecha o a su izquierda, no perdía aquella postura el aire de paz que la envolvía. Evité acercarme para no romper un extraño cerco sagrado que parecía elevarse a su alrededor.

Fue entonces cuando me asaltó la idea. Aquello era una tumba.

Los animales salvajes no reposan en tumbas, mueren sobre la tierra y sus cuerpos se difuminan con el tiempo. Los animales salvajes no fallecen, no son difuntos, tampoco los domésticos. A nadie se le ocurriría decir que su gato ha fallecido, o llorar a un perro difunto. Parece una falta de respeto al ser humano, como si solo éste mereciera tal apelativo. La raíz de la palabra difunto, del latín defunctus, cumplir o pagar una deuda, no alude en origen a un muerto, sino a alguien que cesa en sus funciones, a un jubilado. En cuanto a los términos fallecer/fallecido, vienen de una raíz más esquiva, fallere, en latín engañar, fingir, con el tiempo faltar. Pensamos hoy en el fallecido como alguien que muere de forma apacible, paulatina, no por un accidente, alguien a quien podemos despedir.

A los animales domésticos se les fabrican tumbas, sí, unas tumbas apócrifas que ellos no entienden. Los dueños lo hacen como desviación de sus propias costumbres. A los animales salvajes no. En la refinada recopilación de Cees Nooteboom titulada Tumbas de poetas y pensadores, el autor nos advierte que estos lugares son extraños en su contradicción, puesto que nos ofrecen una presencia imposible, la presencia de un ausente. Las tumbas son recuerdos, pero son los recuerdos para los humanos o, de una manera muy digresiva, recuerdos de animales humanizados.

Sin embargo, lo que tenía ante mí era una tumba.

                El zorro, el joven zorro, quizá vencido por una de las peleas del celo, o por un inoportuno y despistado cartucho de los últimos días antes de la veda, o por el hambre y el cansancio, había llegado hasta allí para dejarse, para prestar su cuerpo a la tierra. El lugar de su muerte era el lugar donde desaparecería definitivamente.

Una tumba. No hablo solo de la calidad marmórea de la losa, de la presencia del cuerpo sobre ella, como esculpido por algún artista decimonónico, de los calderones, riscos y viejos troncos que rodeaban la gran piedra, de las copas de los árboles más lejanos que facilitaban la penumbra, no hablo solo del silencio impresionante que se imponía al cesar los pasos y el viento, no hablo solo del espacio. Hablo de un espacio de tiempo. Las ramas en pocas horas tamizarían la futura violencia de la luz de mediodía, el sol se apagaría y la noche taparía el túmulo, brillarían las estrellas, amanecería, ninguna bestia había osado acercarse a aquella losa, ni quebrantado el silencio de días, una cúpula sagrada hecha de algún material que los hombres ya no conocemos rodeaba el cuerpo. El zorro era un difunto, había fallecido en la paz de los que no conocen la muerte, sino solo el instinto de vivir. Por un momento envidié su final, lo quise para mí en el día en el que hubiera de venir, solo en la oscuridad y el silencio de un bosque, por un momento. Bajé la cabeza un instante, presenté mis respetos al zorro y me alejé procurando pasar lo más desapercibido posible, sabiendo en el fondo que decenas de pares de ojos me contemplaban callados y quietos como en uno de esos cuadros de doble imagen.

 

Con mi agradecimiento a Juan José Bas, agente medioambiental.



domingo, 8 de diciembre de 2019

GRETA THUNBERG Y LOS DEMÁS



Dedicado al equipo de El bosque habitado, de Radio 3 @BosqueHabitado, que tanto bien nos hace

Al principio me sentí esperanzado. Más tarde, enfurecido. A fecha de hoy me encuentro reafirmado en lo que siempre pensé sobre la activista más joven del planeta.

Greta Thunberg tiene razón.

La tiene porque es denostada y odiada a partes iguales por negacionistas, izquierda trasnochada, moderados paternalistas, ecologistas de medio pelo y toda suerte de extraños personajes de los que nunca se escuchó una sola palabra de alerta en torno al cambio climático. Verdaderos analfabetos recurren a científicos para acusarla de banalidad, mientras esos mismos científicos callan. Furiosos partidarios de expulsar a todo inmigrante subsahariano que llegue a nuestras costas recurren a la supuesta carta de la africana Kiwa, de 15 años, de la que nadie sabe nada, salvo que su texto es un modelo clásico de manipulación de la condición del tercer mundo. Kiwa le reprocha a Greta tener la piel muy fina por decir que le han robado su infancia, pero no repara en que esos mismos ladrones son los que robaron la suya, evidentemente mucho más difícil. En realidad Greta habla del hurto de los sueños, que no es cosa baladí.

A Greta se la califica de niña, cuando es una mujer de 16 años. Esos mismos críticos no se escandalizan al ver Lolitas anémicas emperifolladas desfilando por las pasarelas. Greta no va al colegio, claro, porque en todo caso iría al instituto, aunque en realidad viaja con un educador que cuida de su formación. Los padres de Greta –esos ogros- buscan fama y dinero, aunque en realidad ya la tienen; él es un actor conocido y ella cantante (actuó en Eurovisión en 2009). Se dice que han instrumentalizado su infancia, pero ninguno de los críticos ha emitido una palabra sobre los padres de Messi, de Nadal, de tantos Joselitos y Mélodis, de los participantes del talent show de turno, donde pequeños autómatas hacen piruetas estrafalarias o endiosados pinches de cocina se prestan a espacios tan falsos y sobreguionizados como Master Chef. Y lo peor de todo, la atacan por su síndrome de Asperger, que confunden con una enfermedad, y que suponen discapacitante para cualquier ejercicio del discurso público. Incluso confiesan algunos que les da “grima”, que “les da miedo”. Tan cacofónico como decir que Steve Jobs no podría ser un prodigio de la informática porque era disléxico o que Albert  Einstein no pudo ser un genio de la física porque suspendió en el instituto y encima su cerebro pesaba menos de la media. La lista de salvajadas sobre Greta Thunberg no tiene fin.

Sin embargo, lo que más me ha sorprendido es la actitud de algunos intelectuales de la élite cultural acusando al sistema de banalizar unos hechos (por otro lado incuestionables) con la figura seráfica de una joven desvalida, futuro juguete roto, una especie de dollie gótica sin el encanto morboso de lo fúnebre. El problema principal de estos intelectuales sin voz que condenan la banalidad de los media en la figura de alguien como Greta -que se desenvuelve bien en ellos y los utiliza para dejar su mensaje- es que pertenecen a esas élites derrotadas de las que habla Christophe Guilluy en No Society, élites que han perdido su influencia, el pulso de los tiempos, sustituidas por movimientos populares mucho más dinámicos y pragmáticos.

En el fondo de la aversión a Greta Thunberg se encuentra el resentimiento de dos generaciones enteras de seres humanos que han disparado todos los niveles de contaminación (ya sea residuos plásticos, agrícolas, concentración de CO2 elevada a 407 partes por millón, y tantos otros parámetros). Resentimiento, que no culpa, como ya nos enseñara Nietzsche en La genealogía de la moral, incapacidad para admitir los errores de todos los grupos activos que desde la Segunda Guerra Mundial no supieron bajar de una espiral consumista e irresponsable trasmitida sin rubor a sus hijos y nietos, los contemporáneos de Greta Thunberg.

Estos activitas, de los que Greta Thunberg no es sino una muestra sobresaliente, no hablan para sus mayores, pues saben que es inútil, hablan a los jóvenes, que todavía, sino inocentes, al menos tienen la capacidad de cambiar. Nadie le ha pedido perdón a esta generación que hereda un sistema imposible, antes bien, todos se han apresurado a exhibir un obsceno paternalismo falto de toda legitimidad.

Es sintomático que entre toda la pléyade de haters, de ecolistos que se abalanza sobre Greta Thunberg deseándole que se hunda en el océano, que se intoxique con comida vegana y otras lindezas, no existan educadores activos, profesores que ejercen la enseñanza en los centros de secundaria. Pueden dudar, mostrarse cautos, pero en general atienden a su discurso. Dejad hablar a los profesionales.
Como dice Isidora Navarro, “el capital fagocita las Cumbres”, y es totalmente cierto que ha intentado fagocitar a Greta Thunberg, aunque sin éxito, porque ella es la normal y los demás somos los extraños, los anómalos, los desvalidos, los manipulados. Una simple búsqueda en el motor de google del nombre de Greta Thunberg arroja que la primera palabra relacionada con su nombre es “enferma”. No hay mejor prueba para demostrar lo que sostengo: nosotros somos los verdaderos enfermos.

Por eso insisto en lo que dije al principio: Greta tiene razón, precisamente porque todos, salvo los más jóvenes, la odian.

viernes, 1 de noviembre de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/08 Con Juana Santa Lozano

"De tus bordes a mis límites existe un universo entero" Juana Santa

Doctora en Bellas Artes, Licenciada en Historia del Arte, Juana Santa es una experta en los pueblos indígenas de Sudamérica, de sus culturas, de su humanidad y singular contacto con la naturaleza. Profesora en Lima, su valiosa experiencia en esta ciudad y en México D. F. es la columna de este deliciosos programa.
Pinchar para escuchar el programa: https://www.ivoox.com/amalgamas-juana-santa-11-marzo-2019-audios-mp3_rf_33337266_1.html

viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/05 Con Antonio Ruiz Ruiz

"Los cuentos y los mitos son los mapas de la realidad" Antonio Ruiz Ruiz

Tras un sentido homenaje poético y sonoro a la inolvidable profesora de Lengua y Literatura Maria del Carmen Alonso Sánchez, nos sumergimos, de la mano del profesor de Historia Antonio Ruiz (Antuán), en las raices de los personajes y autores del cómic, de la cultura Pop, desde Batman y Supermán a Neil Gaiman, desde La Princesa Mononoke hasta J. R. R. Tolkien, con una perspectiva crítica diferente y sugestiva.

Pinchar en el enlace para escuchar el programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-antonio-ruiz-audios-mp3_rf_31915295_1.html

miércoles, 13 de septiembre de 2017

FECHAS FATÍDICAS




Anteayer finalizó una jornada más de tensión entre distintos sectores de la sociedad española. Se celebraba el 11 de septiembre, la Diada. El día transcurrió entre las acostumbradas invectivas de ambos bandos a las que estamos acostumbrados desde hace años. Al otro lado de océano, el huracán Irma devastaba el mar Caribe. Los medios de comunicación silenciaron, en cambio, otras efemérides que tan solo unos años antes parecían imprescindibles: los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 o el ya olvidado asalto al Palacio de la Moneda de Santiago de Chile en 1973 y la consecuente muerte del presidente electo Salvador Allende.
El tiempo cíclico de la sociedad rural donde las celebraciones se repetían anualmente con un marcado carácter ritual a dejado de tener importancia en nuestra sociedad y ha dado paso al éxtasis hipermoderno de la novedad constante.
A pesar de todo, la luctuosa superstición de las fechas se ha conservado y se decanta en precipitados de signos casi cabalísticos. 11M y 11S son dos de los más utilizados. El pasado mes de agosto fue pródigo en el nacimiento de estas fechas fatídicas. Un jueves a mediados de mes, una furgoneta desbocada atravesó las Ramblas de Barcelona dejando el pavimento sembrado de cadáveres. Era el 17-8-17, un número simétrico y extraño sobre el que nadie reparó pero que servirá de reclamo publicitario en posteriores homenajes. Al día siguiente se cumplía inexorable el aniversario de un crimen sin resolver. 18 del 8 hacía 81 años Federico García Lorca era asesinado sin que su cadáver haya todavía aparecido.
Nueve días antes, la escalada de tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte alcanzaba una nueva cota de excitación y locura. Donald Trump anunciaba (ver declaraciones) al país asiático que de seguir con sus amenazas "Se encontrarán con una furia y un fuego jamás visto en este mundo" era la respuesta a las pruebas balísticas del régimen de Pyongyang, vistas como una clara invitación a la guerra nuclear. Nadie vio o nadie quiso ver esta vez la evidente broma macabra que escondían las palabras de Trump: fueron pronunciadas 72 años después del lanzamiento de la bomba de Nagasaki, el 9 de agosto de 1945. Nadie reparó en la referencia oculta de Trump, por muy clara que fuera, al vincular palabras tan gruesas con un ataque nuclear provocado en su día contra Japón, otro país asiático.
Dicen que el olvido es largo, pero en este caso el de los medios de masas es además culpable, porque mostrar la irresponsabilidad de palabras tan graves precisamente en un día de luto mundial como el 9 de agosto nos hubiera hecho reflexionar sobre la ligereza con que los países se enzarzan en conflictos irreversibles.
El 9 de agosto se hubiera perdido como una fecha más en la constante sucesión de años si no fuera porque el 16 de julio de 1945 llegó a su culminación el Proyecto Manhattan con el Experimento Trinity. Ese día de verano en el paraje de la Jornada del Muerto, en Alamogordo (Nuevo Méjico) se hizo explosionar una bomba de plutonio idéntica a Fat Man -la que semanas después caería sobre la populosa ciudad de Nagasaki-. Ese 16 de julio se marca como fecha de inicio de la era nuclear, de la muerte de cientos de miles de personas, de las centrales de fusión, de la carrera de armamento de la guerra fría, , de las catástrofes de Chernóbil y Fukushima, de la amenaza, en fin, de la destrucción completa del planeta.
Mientras los militares aplaudían el éxito de una prueba sobre la que se mostraron escépticos desde el principio -pues creían que nada pasaría tras activar la bomba- los científicos guardaban silencio o lloraban. El eminente físico Kenneth Bainbridge exclamó que "ahora todos somos unos hijos de puta". Robert Hoppenheimer recordó una frase de los Vedas: "Me he convertido en muerte, soy el destructor de mundos". La mayoría guardó un silencio absoluto durante un mes. Lo peor es saber lo que los científicos barajaban como desenlace del experimento antes de que se produjera. Entre los pronósticos estaban la destrucción de una amplia parte de Estados Unidos a la desaparición de la vida en el planeta. Y sin embargo siguieron. Los efectos reales fueron: un hongo nuclear de 12 metros de altura, un cráter de 3 metros de profundidad y 330 metros de diámetro, una onda de choque que se sintió a 160 kilómetros de distancia, la fusión total del suelo de la arena -cuyo fruto, la trinitita, se vende hoy en subastas- y la inauguración de una era en la que todavía nos hallamos sumergidos, a la que pertenecen procesos como actual la escalada de tensión entre Washington y Pyongyang. De hecho, la última explosión nuclear conocida fue la supuesta detonación subterránea de una bomba H en Corea del Norte, ver enlace.
Nadie memoriza el 16 de julio de 1945 en los colegios, nadie ha pensado nunca en recuperar la memoria de lo que pasó ese día, cuando los hombres se creyeron dioses pero se convirtieron en demonios. Tras cientos de filmes sobre la Segunda Guerra Mundial, el experimento no ha merecido nunca una obra de ficción que lo acerque al gran público, salvo una excepción. Dentro de la tercera temporada de la serie de culto Twin Peaks, recientemente finalizada, el cineasta David Lynch dedicó el capítulo 8, que ya forma parte de la historia de la televisión, a la explosión del Experimento Trinity y a sus consecuencias. La serie escenifica la modificación del tejido de la realidad tras la detonación hasta desencadenar el mal absoluto y la llegada de siniestros personajes como Bob y los vagabundos negros. Este nuevo tejido de la realidad parece estar fabricado con garmombozia, una pasta de maiz, dolor y sufrimiento inventada por Lynch y Max Frost en una película anterior. El famoso episodio 8 describe con lentitud inexorable la expansión del hongo atómico y se sumerge en las profundidades de un caos que llega a resultar tan bello como las imágenes precursoras de Stanley Kubrik en 2001 Una odisea del Espacio y Terrence Malick en El árbol de la vida. Si estas obras significaban un canto a la vida, la evolución y la renovación, una utopía optimista, la propuesta de Lynch es una distopía absolutamente negativa y desesperanzada al ritmo del subyugante Treno a las víctimas de Hiroshima, de Penderecky. Lo que más inquieta esque el origen de esta recreación distópica está estrictamente sacado de nuestra propia realidad. ¿En qué nos hemos convertido?

sábado, 11 de febrero de 2017

MANIPULACIÓN MEDIÁTICA Y ENERGÍA NUCLEAR



Estamos acostumbrados a escuchar el término manipulación de la realidad asociado a los media, es un lugar común que de vez en cuando se regurgita sin plantear nunca en la opinión pública en qué términos reales se presenta. No vamos a estudiar aquí un fenómeno que ha llenado tesis enteras en el ámbito académico, pero sí al menos recordaremos tres estrategias básicas de destrucción y deformación de las noticias que generan las agencias o los reporteros. La primera es la más simple: la omisión de la noticia de determinado acontecimiento, o en todo caso su ocultamiento de las portadas de prensa o de los horarios de máxima audiencia. La segunda, más sutil, consiste en generar una noticia pantalla que logre modificar o desactivar el efecto de las noticias indeseadas que hayan podido filtrarse. La tercera trata de sacar ventaja de la desinformación de la audiencia, introduciendo conceptos ambiguos o directamente distorsionados y erróneos sin que nadie lo perciba. La mayoría de los medios de comunicación  tiene unas líneas rojas perfectamente claras que no se han de cruzar, unos temas tabú que no deben ser tratados, y los métodos descritos son sólo parte de los medios utilizados a modo de guadaña para no cruzar los límites impuestos.

               Todos conocemos algunas de esas líneas rojas, que son muchas, pero pocas veces se nos brindan ejemplos claros del uso de estos férreos cortafuegos. Vamos a exponer un caso muy claro que ha llenado los foros de opinión durante la semana pasada.

               El pasado 3 de febrero se filtraba en las redes sociales un grave acontecimiento en la central nuclear de Fukushima. En realidad no se trataba de un nuevo accidente, sino de la consecuencia extrema del producido el 11 de marzo de 2011 cuya noticia recorrió el globo. En esta nueva vuelta de tuerca, los gestores de la central japonesa reconocían que había un agujero de uno o dos metros (según las fuentes) de diámetro en la cubierta metálica bajo el recipiente del reactor nº 2 y que "no sabían" donde estaba el combustible (ver enlace). La radiación alcanzó en la zona de protección la cifra de 530 sieverts por hora, muy superior al máximo pico de 73 sieverts por hora,  posterior al accidente de 2011. la cifra es desorbitante, porque los grados de daño biológico en humanos se miden en microsieverts, con lo que más de 10 sieverts es la muerte segura.

               La noticia, de la máxima gravedad y trascendencia no alcanzó a ningún medio de comunicación generalista de occidente, circunscribiéndose a las redes sociales y a medios alternativos, por los que se extendió como un mal sueño (ver enlace). Según los informes filtrados, el combustible radiactivo podría haber alcanzado el mar. Si el colapso se confirmaba y la gravedad del mismo aumentaba, nos encontraríamos ante el mayor accidente nuclear de la historia, muy por encima de Chernobil. Entre los comentarios de los aficionados al seguimiento de los niveles radioactivos de Fukushima se ha empezado a filtrar la idea de que Tepco, la empresa que gestiona Fukushima, podría haber tirado la toalla y plantearse el extremo de dejar que el combustible acabe llegando al mar con la esperanza (fúnebre idea en este contexto) de que el agua del océano la diluya. Si esto se llegara a producirse, o si se está produciendo ya, significaría la destrucción del hábitat de grandes zonas del Pacífico y las consecuencias serían sufridas por toda la humanidad.
Lo inaudito, lo increíble, es que nadie en televisión -el medio más efectivo hoy en día- dijo una sola palabra sobre el acontecimiento. La autocensura fue absoluta. Estamos ante la estrategia del ocultamiento.

               Entretanto, en España, las declaraciones del ministro de energía Álvaro Nadal (ver enlace),  advirtiendo a los ciudadanos de que tendrían que acostumbrarse a que el precio de la energía eléctrica tuviera picos de subida, preparaban una nueva noticia que, esta vez sí, sería propagada por las televisiones generalistas a diestro y siniestro: la reapertura de la central de Garoña (ver enlace) El Consejo Nacional de la Energía Nuclear, habitado por burócratas que no son expertos en la materia, dio el visto bueno el 9 de febrero a reabrir la central nuclear más vieja de España, obviando los numerosos informes en contra y dejando en manos del gobierno una decisión que afecta de manera capital a la seguridad de todos los españoles. En este caso, la noticia pantalla fue la declaración del ministro de energía apenas un tres días antes, que modificaba el sentido de la reapertura de Garoña, haciéndola parecer una medida que podría abaratar el precio de la electricidad.

               El toque final, tan sólo un día después, se produjo a raíz del accidente en la central nuclear de Flammaville, en Francia, de la que en parte nos alimentamos los españoles. La noticia (ver enlace) fue venteada con alegría con bastantes medios. La razón radica en que en esta ocasión se trataba de un accidente benigno, lejos del reactor y sin riesgo de fuga radiactiva. La noticia quería contraprogramar los rumores filtrados sobre Fukushima al tiempo que convencer de que este tipo de accidentes son los comunes en la energía nuclear y que el reactor siempre se encuentra fuera de peligro, con lo que no existe el riesgo radiactivo. Estamos ante la principal forma de manipulación pura en los medios: aprovechar la ignorancia colectiva sobre el tema y dar un versión distorsionada.


               La triste verdad es que un solo accidente nuclear con fuga radiactiva ya es demasiado. En las centrales nucleares del mundo se producen cientos de accidentes menores a lo largo del año, pero bastaría uno solo en el que la fuga radiactiva no pudiera ser controlada como para golpear gravemente a todo el planeta. Por eso es tan importante dar a conocer la amenaza de colapso en Fukushima de la que nadie parece haberse enterado.