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jueves, 24 de octubre de 2024

FRANZ KAFKA VISITA TU CENTRO

 


Pasadas las dos menos veinticinco toca un timbre ensordecedor y como un resorte, todos los alumnos se levantan de la mesa para encaminarse a otra aula. El profesor tiene un tiempo inexistente para transitar hasta la siguiente franja horaria. Tarda dos minutos en desplazarse de un pabellón al otro del instituto. Los alumnos no esperan, se empujan, corren por los pasillos, gritan. Es un grupo hablador, se dice. Con este eufemismo se califica a un conjunto de veintitantos preadolescentes que no son capaces de permanecer quietos y silenciosos, o atender más de diez minutos seguidos una explicación. Pueden ser disruptivos, pueden tener déficit de atención, puede que no entiendan el extraño ritual que se desarrolla antes sus ojos, o simplemente estar aburridos tras cinco horas de clase ante unos contenidos que son incapaces de asimilar.

            El profesor ingresa en el pozo sin fondo que es un computador educativo. Previamente comprueba desalentado que en este pabellón del instituto no funciona la wi-fi. Debe compartir los datos de su móvil y generar una wi-fi alternativa. El ordenador desconoce la contraseña de esa nueva wi-fi, por lo que tiene que ingresarla diligentemente. El profesor respira aliviado al pensar que su compañía le ofrece datos ilimitados, pues lleva gastados este mes cerca de 500 megas en la wi-fi móvil que usa en el instituto.

            Superado este trámite, debe ingresar la contraseña para abrir la sesión correspondiente. Ocasionalmente se puede encontrar con que el profesor anterior no haya cerrado su propia sesión y debe proceder a cerrarla para abrir la propia. En segundo lugar, tiene que ir descartando toda una larga retahíla de sugerencias, impedimentos y protocolos vacíos antes de poder usar el navegador. Los computadores educativos suelen estar congelados, son como almas reencarnadas, no recuerdan nada de la sesión anterior, sobre todo si el profesor que ha ocupado el aula en franjas anteriores apaga el equipo. Eso significa que posiblemente esta larga lista de decisiones inútiles se repetirá en todas y cada una de las sesiones que se abran durante la mañana: cuatro, cinco, o más.

            Finalmente, el navegador accede generosamente a ser utilizado tras una nutrida lista de clics en la opción “no permitir”. Tengamos en cuenta que el navegador es pertinaz y siempre querrá suplantar al posible competidor y establecerse como prioritario. Una vez dentro, el profesor accede a la aplicación correspondiente que le permite pasar lista. Hoy no está disponible de inmediato, son vísperas de evaluaciones y el servidor está saturado. Tras varios intentos y un buen desgaste de paciencia, el servidor se desbloquea. El profesor debe ingresar de nuevo su contraseña, una contraseña que ha de cambiar y memorizar cada treinta días. Una vez tecleada la larga sucesión de letras y números, el servidor pide una clave. Esa clave solo se encuentra en el móvil del profesor; este debe entrar en su dispositivo, abrir la aplicación de autentificación de Google y teclear el código que se le pide. Esta vez, el profesor ha sido lento, y el código ha expirado, por lo que tiene que volver a teclear el nuevo código que la aplicación ha generado.

             Han pasado más de diez minutos.

El profesor al fin puede pasar lista. Hay alumnos expulsados, alumnos en intercambio, alumnos finalmente que sí están en lista. Algunos de ellos no han asistido a clase. Hoy faltan un total de trece alumnos por diversas causas, justificadas o no. Justo la mitad del grupo. El profesor duda si adelantar materia o repasar. Finalmente, acuciado por la falta de tiempo acumulada en semanas anteriores, se decide temerariamente por la primera opción.

            Para ilustrar la clase de hoy, este profesor ha de acceder al Aula Virtual, para ello deberá ingresar por tercera vez la misma contraseña, pues Aula Virtual es un ente autónomo, una república independiente dentro de la plataforma general que organiza los centros educativos de su Comunidad Autónoma.

            Aula Virtual tarde en cargarse.

            Han pasado más de quince minutos.

            Descargados los materiales, el docente propone las tareas del día, explica un par de conceptos básicos y espera a que surja alguna pregunta de entre el racimo de los pocos alumnos todavía despiertos. Nadie tiene dudas. Los ejercicios no podrán ser terminados hoy, quedan diez minutos de clase, así que el profesor recomienda que sean terminados en casa para corregirlos al día siguiente. Al profesor le queda la tranquilidad de que, al ser última hora, si olvida cerrar alguna sesión, nadie le va a robar los datos de su cuenta en la Plataforma Educativa. Aun así, cierra con diligencia, una a una, todas las aplicaciones, en lugar de apagar directamente el equipo.

            Quedan unos pocos minutos para que toque el timbre de salida.

            El profesor insta a los alumnos a que suban las sillas sobre los pupitres, de forma que el trabajo de limpieza por la tarde sea menos pesado. Comienza un ruidoso descalabro de tubos de acero pintados de verde y asientos de contrachapado. Acaba el ritual, toca el timbre y todos los alumnos huyen en tropel como si algún monstruo hubiera aparecido de pronto en el aula. El profesor, exhausto, queda abstraído en medio del espacio vacío del centro. Es joven, cumple escrupulosamente todos los protocolos y piensa en la inmensa suerte que ha tenido al conseguir una cierta estabilidad laboral dentro de su condición de interinidad. Utilizará la tarde entera en llevar perfectamente preparados, empacados y deglutidos los contenidos del día siguiente.

Mismo centro, ocho y media de la mañana del día siguiente.

La madre de uno de los alumnos que no asistieron el día anterior a la última clase pregunta por el profesor. En conserjería le informan de que el profesor a quien busca no tiene docencia directa a esa hora. La madre, ya molesta, se enfurece y blasfema, pasa directamente a los despachos de secretaría donde, sin mediar palabra, registra una queja firmada por varios padres más. La ley es clara, y con un cincuenta por ciento del alumnado ausente, el profesor tiene que limitarse a repasar contenidos ya impartidos.

Quince días después, el ignorante profesor recibe la visita inesperada del inspector.

miércoles, 10 de abril de 2024

BUSCANDO UNA HUERTA PERDIDA

 


En una de las últimas películas de Akira Kurosawa, Sueños (1990), compuesta por ocho cortos, un niño es reprendido por unos espíritus que representan los melocotoneros arrancados por su familia. La historia se desarrolla durante el Hina matsuri, Día de las Muñecas, que coincide con la antigua celebración del Festival del Melocotón o Momo no sekku. Los espíritus se apiadan del niño cuando este les dice que él no quería que su familia destruyese el jardín de los melocotoneros, y su interés por ellos no era tanto por consumir los frutos, sino por disfrutar del espectáculo de su crecimiento y floración.

                El pasado 4 de abril se estrenaba en la Filmoteca Regional de Murcia el documental ¿Dónde está mi acequia?, subtitulado Anatomía forense de una ciudad. En unos inteligentes planos contrapuestos, el director Joaquín Lisón enfrenta coloristas escenas de las celebraciones del Bando de Huerta, Entierro de la Sardina y Romería de la Fuensanta —donde observamos ricos trajes regionales— frente a panorámicas ocres que muestran la degradación absoluta de la antigua y verdadera huerta. Inmediatamente recordé el sueño del niño Kurosawa y entendí el sentido último tanto del film fantástico del japonés como del documental evocador del murciano. También entendí que la propia proyección en plenas Fiestas de Primavera murcianas era en sí misma una sibilina performance, pues tras los sonidos en la sala del documental de denuncia sonaban en la calle los pitos y charangas despreocupados de esa otra huerta falsa del festejo y el oropel.

                Joaquín Lisón, junto a la productora Conchi Meseguer, llevan años reflexionando sobre el triste devenir del río Segura en sus diversos tramos, desde Pontones, en el nacimiento, hasta su final agónico, que el director sitúa en la propia ciudad de Murcia y no en Guardamar, donde la desembocadura ya no es tal. ¿Dónde está mi acequia? ejecuta un dictamen, no por implacable menos cierto, de esta degradación. Las imágenes de los depauperados tramos no entubados que quedan de las antiguas acequias, molinos o aceñas, se suceden entre un fondo de carreteras mal trazadas, sonidos de claxon y urbanismo desarbolado. La gama de colores terrosos, mortecinos, domina el encuadre, que se ve interrumpido, como fogonazos de un tiempo perdido, por testimonios de ancianos huertanos, de sus propios nietos, y de fotografías en Blanco y Negro de una huerta tan idílica como terrible, algunas de ellas, parte del archivo de la recientemente desaparecida María Manzanera.

                Siguiendo este esquema de montaje, el documental oscila en todo momento dentro de una dialéctica entre la nostalgia del paraíso perdido de la niñez, la injusticia que supone la reducción del huertano a un estereotipo de personaje inculto y residual y, correlativamente, la degradación medioambiental del entorno. La fortaleza plástica del metraje se ve reforzada por la música de Crudo Pimento, que en una de las secuencias más dramáticas emite un grito desgarrador, una glosa del egoísmo contemporáneo mientras vemos una imagen partida de una de las cíclicas inundaciones del río, con un rebaño de cabras huyendo que son también una metáfora de los habitantes de la ciudad superados por las circunstancias.

Especialmente emotivas son las entrevistas a unos pocos ancianos (Patricio, Juan) que todavía recuerdan la huerta murciana en sus mejores días. En estas entrevistas se hace una evocación de esa Arcadia que pudo ser la ribera del Segura hace décadas, donde las gentes se bañaban en las propias acequias y vivían de lo que daba un suelo extremadamente fértil. Estos ancianos que recuerdan una infancia breve llena de trabajo, pero feliz, son, a la postre, el mismo niño Kurosawa que ve como su familia ha arrancado los frutales. Como en la película del japonés, esa familia, en cierto modo fratricida (porque en Sueños hay una intuición de muerte de las hermanas del protagonista), es elíptica, jamás la vemos. Joaquin Lisón tampoco muestra a esa familia de perpetradores del delito (tecnócratas, especuladores, constructores sin alma y sin criterio), la mayoría parientes de huertanos o huertanos de origen. No los muestra, no hablan, no exponen su visión, pero las consecuencias de sus acciones insensatas se observan con toda su crudeza. Aparecen, eso sí, los herederos involuntarios de ese despojamiento, los regantes de las pocas parcelas vivas, que aún hoy notan la presión urbanística, pero también arqueólogos, que desvelan un pasado de esplendor, y activistas que pelean con dolor contra la desaparición del entorno.

                ¿Dónde está mi acequia? no es un documental al uso, su voluntad de denuncia y ese canto fúnebre que parece recorrerlo, se materializan en metáforas de una viveza poco común en el género. Al inicio ya vemos el cauce seco de una acequia por el que empieza a discurrir de repente una lengua de agua que arrastra todo tipo de residuos acumulados en el tiempo. Vemos los paredones apenas en pie de los antiguos molinos y norias. Vemos una procesión cruzar por encima de un Segura mancillado, la imagen de un Cristo Azotado representa al propio río; los pasos dudosos de los estantes vestidos con zaragüelles convierten la celebración en un desfile lleno de culpas en honor a la huerta. Vemos los fuegos artificiales del Entierro de la Sardina (una celebración relativamente reciente, muy urbana), fuegos que simbolizan el boom urbanístico indiscriminado que vive la ciudad a partir de mediados del siglo XX. Pero Lisón no se queda ahí: en la parte final del metraje y mediante el efecto de la cámara en movimiento inverso, los fuegos artificiales que antes se abrían como flores en el cielo nocturno, ahora se cierran, y caen a tierra como si de rayos se tratara, en una alegoría del efecto destructivo que provoca el crecimiento descontrolado de la ciudad sobre sí misma.

                Lisón y Meseguer trabajan por decantación, como si de una serie de avenidas de agua consecutivas se tratara. No hay una narración clásica, con un planteamiento y un desenlace, sino más bien cíclica, con estratos sucesivos que se colocan unos sobre otros creando un discurso encadenado de referencias de todo tipo que se repiten con variaciones. Se crea, por tanto, una analogía entre forma y fondo, montaje y significado, que enriquece el relato. Una de esas referencias, quizá la más general —y quizá también el testimonio más gráfico que describe la relación de Murcia con su huerta—, es la del naturalista Joaquín Araujo cuando compara a la ciudad con una garrapata que chupa la sangre de su entorno medioambiental. Todo el metraje se halla atravesado por referencias de la época árabe salidas de la pluma de Ibn Mardanís, rey de la antigua Mursiyya, entre otros; los cambios temporales, adelante, atrás, y muy atrás, son constantes.

Muy al final vemos unos murcianos vestidos con lujoso traje típico bailando frente a la patrona. Uno no pude dejar de pensar en el baile del corto de Kurosawa, el baile que los espíritus de los melocotoneros talados dedican al pequeño, un baile gagaku que en realidad es una despedida y que tiene, a pesar de su colorido y elegancia, algo de marcha fúnebre. Lisón consigue, por su parte, que estas alegres parrandas murcianas tengan también un sentido triste y melancólico, completamente distinto a su intención original, de esta manera decodifica de un plumazo todo ese repertorio exclusivamente turístico creado hoy alrededor de un entorno medioambiental que languidece sin remedio.

                ¿Dónde está mi acequia? es, por tanto, una obra magistral, valiente, profunda y muy necesaria.

domingo, 22 de octubre de 2023

TODOS LOS GUETOS

 


Ante la situación actual del conflicto Palestino-israelí, creo que es importante para el ciudadano, entre tanta exaltación, desinformación y, sobre todo, y lo más alarmante, censura y prohibición, posicionarse de alguna manera.

            En mi caso, sólo serán unas imágenes y breves apuntes sobre textos de lectura reciente que me han llevado a escribir esta breve nota.

            Paseando por la judería de Segovia, una de las más notables, y también de las peor tratadas en su momento, llama la atención las muchas puertas que conservan en sus cerraduras vestigios del pasado hebreo. Se cuenta que los sefardíes conservaron la llave de sus casas con la esperanza de volver algún día. Estas puertas –como la que se reproduce en la imagen- hoy nos hablan un lenguaje perverso. Ver la imagen de la llave junto al bajorrelieve de un pez nos recuerda que el Estado Israelí (que no es equivalente del Pueblo Judío como Hamas no lo es del Pueblo Palestino) mantiene entre sus fronteras y el mar una cárcel a cielo abierto de diez kilómetros de anchura llamada Franja de Gaza. La memoria preservó a los judíos de la extinción como identidad cultural, y es la tozuda memoria la que avisa del genocidio que ellos mismos están ahora mismo llevando a cabo en esa cárcel.

            En un pasaje de Color. Historia de la paleta cromática, de Victoria Finlay, tomando, imagino, como fuente al clásico Los judíos en España, de Joseph Pérez, la autora nos ilustra un momento crucial de la historia de España en el que las carabelas de Colón tuvieron que maniobrar a la salida del puerto de Palos por las muchas barcas que allí se concentraban en plena escapada judía desde Cádiz. El destino de estos judíos fue el Norte de África: el Magreb y el Reino de Fez (donde fueron maltratados), Túnez, Argel, Orán, y, sobre todo, el Imperio Otomano, donde pudieron vivir, prosperar e incluso tener esclavos cristianos: territorios todos de creencia islámica mayoritaria. El sultán Bayaceto II estaba especialmente encantado con la diáspora judía, pues pensaba –y con razón- que Fernando el Católico había sido poco inteligente al dilapidar de forma tan gratuita la riqueza de su país. El espacio del que ahora el Estado Israelí quiere expulsar a toda costa al Pueblo Palestino formaba parte del Imperio Otomano en época de la Diáspora Sefardí. Nuevamente la historia nos ofrece curiosas paradojas.

            Posiblemente en la memoria del pueblo judío todavía se guarde el buen trato que en aquellos territorios del Islam se le dio a sus antepasados, es evidente que, muy al contrario, el Estado Israelí lo ha olvidado por completo.

            No voy a nombrar el Holocausto para no alargar esta nota en exceso, pero sí recordar que los primeros Guetos no fueron alemanes ni datan del siglo XX, sino italianos (de ghetto “fundición en hierro”) de principios del siglo XVI para ubicar a los muchos judíos españoles que terminaron recalando en la península italiana, en los territorios que no eran de la Corona de Aragón, único espacio europeos que se los recibió al principio. Un posible habitante de uno de los primeros guetos pudo ser Juan Leonardo de Martinengo, un artesano sefardí expulsado en 1492, que acabó viviendo en Cremona donde enseñó el secreto de la construcción de violines a los hermanos Amatti, recogido con el tiempo por Guarnieri y Stradivari; no está de más recordar a este misterioso personaje, ni a Victoria Finlay, que lo rescató de las tinieblas para el público general.

            La Franja de Gaza es el mayor gueto de la historia y no ha sido mejor tratado que otros guetos históricos de triste memoria. Su creador, con la aquiescencia europea, por ejemplo, es el Estado Israelí.

Se habla mucho ahora de deshumanización; yo incluiría también objetualización o cosificación como término cercano, y tengo mis razones. Si el gueto es el primer paso de la deshumanización de las comunidades, la manipulación mediática es el principal vector de su objetualización. Y en este caso, nadie se salva. Los musulmanes hoy están siendo absolutamente deshumanizados, no solo por Israel, sino por todo occidente, la confusión de un ente como Hamas con un pueblo entero, a pesar de ser tan burda, no es inocente ni gratuita. Pero también el Pueblo Judío está siendo deshumanizado, hay judíos muy críticos con las actuaciones del Estado Israelí, en Israel y en otros países, pero son acallados. Tanto el Pueblo Palestino como el Pueblo Israelí están siendo radicalmente objetualizados, en tanto comunidad y también como individuos y ciudadanos. Los medios de ultraderecha en Estados Unidos, Italia o España pagan cientos de cuentas en redes sociales para llevar a cabo esa objetualización que concierne a sus intereses, sembrando el terror en la población occidental. Tenemos claro que Hamas es un grupo terrorista, pero parece que olvidamos que el terrorismo también se ejerce sin el sacrificio de seres humanos.

Hace unos días, en una clase de secundaria, varios alumnos se dirigieron a mí diciendo que tenían miedo y que no querían morir con solo 17 años, que España estaba en alerta máxima por ataques yihadistas. Yo les tranquilicé diciendo que, si ese peligro existía -que habría que comprobarlo con fuentes oficiales-, se trataría en todo caso de los llamados “lobos solitarios”, y que en España había miles de ciudades, aldeas y pueblos, y existían más posibilidades de ser atropellado por un coche que de ser víctima de uno de esos lobos. Quién sabe si en algún estado europeo a día de hoy me hubieran abierto expediente por esas palabras, de momento, hay periodistas gráficos despedidos en USA por hacer una caricatura de Netanyahu. Resulta curioso comparar esa censura con la salvaje condena que Charlie Hebdo sufrió por unas caricaturas de Mahoma.

            En cualquier caso, con mucha diferencia, la mayor objetualización, deshumanización, secuestro y genocidio la sufre actualmente el Pueblo Palestino que habita la Franja de Gaza, por parte del Estado Israelí y sus aliados estratégicos, y obviar y ocultar ese hecho por parte de Occidente será un descrédito, una culpa, un baldón que permanecerá por mucho tiempo como una importante duda sobre la credibilidad de nuestras democracias.

Imagen:

Cerradura de la Judería de Segovia, @ B. Medina, 2017.

Bibliografía:

Pérez, Joseph (2005). Los judíos en España, Marcial Pons, Madrid.

Finlay, Victoria (2023), Color. Historia de la paleta cromática, Capitán Swing, Madrid. Traducción de Eva Acosta.

lunes, 24 de julio de 2023

LA SOLEDAD AL SOL

 


Mediados de agosto de 2022, una mañana avanzada en plenas fiestas patronales de un pueblo del interior de la Región de Murcia. Son las once y cae ya ese sol insoportable post-cambio climático. Explanada junto al recinto ferial. Un señor amaestra a un caballo de cara a la cabalgata de la siguiente tarde. Los dueños de varias mascotas sacan a pasear a unos perros ansiosos: han dormido mal por el intenso sonido de las fiestas nocturnos y sus ritmos vitales han cambiado por completo de un día a otro.

                El Ayuntamiento había habilitado un amplio espacio dedicado a un macro botellón. La explanada se encuentra rodeada de contenedores para vidrio y plástico. Los contenedores están casi vacíos, pero a lo largo y ancho del espacio vacío, el sol calienta los miles de envases diseminados por la arena. Botellas vacías de licor, vasos de usar y tirar volcados o aún con restos de combinados, envases de plástico arrugados que contuvieron la más variada pléyade de refrescos gaseosos: de cola, limón, naranja o soda. Los colores también son variados, predomina el verde, también el rosa, y en menor medida el azul, por supuesto los tonos caramelo de las botellas de ron o wiski. El círculo de arena revestido de residuos semeja una de esas islas de plástico de varios kilómetros de diámetro que flotan en el Pacífico.

El sol trepa por los cables eléctricos de los chiringuitos, pero los servicios de limpieza no han llegado todavía. Es un buen momento para tirar unas fotos.


 

        De pronto, en medio de la arena ardiente, alguien divisa un cuerpo. Dos o tres curiosos se acercan. Es una persona acostada de lado, lleva una camisa a rayas y pantalones cortos y zapatillas, moreno, de pelo ensortijado bien cortado. No se mueve. Las moscas danzan sobre él como queriendo animarlo, pero sigue inerte, apenas podemos asegurar que respire. Un señor del que tira un enorme perro comenta: “Este está muerto”, como si hablara de un animal silvestre. El camión de recogida de residuos ha llegado, su sombra lame el cuerpo del yacente y cruza el ruedo, pero nadie hace nada ni se inquieta. Los responsables de la limpieza comienzan su labor ignorando al hombre.

Quien esto escribe decide llamar al 112 para comunicar la incidencia. La conversación resulta extraña, desde el servicio de emergencias aconsejan tocarlo para saber si vive, pero rehúyo ese extremo, me limito a describir su aspecto y situación. Unos instantes después, en su ronda habitual, aparece la Guardia Civil, comentan que han llegado por casualidad, que no han recibido ningún aviso. Me explican también que el yacente es magrebí, que es un viejo conocido, que ha sido detenido varias veces, alguna por abusos sexuales. Le expreso al agente mi temor ante una deshidratación grave por el consumo de alcohol; responden que no, que lo suyo son las pastillas. Y también responden otra cosa: a los del 061 no les va a hacer gracia: suele mostrarse violento y rechaza la ayuda. Contesto que, en todo caso, podría estar en riesgo de muerte por el golde de calor y que por eso he llamado. Es en ese momento cuando escucho la frase más alarmante, mascullada por uno de los agentes: para lo que se pierde, sería lo mejor.

Entretanto, el hombre parece reaccionar y mueve muy lentamente los brazos, como queriendo ocultar el rostro del sol. Nada más. Aparece la ambulancia; con certera profesionalidad, pero con un gesto claro de desagrado, los enfermeros recogen al paciente y lo tienden en una camilla. Sus rostros muestran el disgusto, pero nada dicen; efectivamente, parecen conocer al hombre, que con las pocas fuerzas que tiene hace ademanes de forcejear. Los pocos curiosos, que se mantenían a una distancia prudente, desaparecen al mismo ritmo que las moscas. La ambulancia da media vuelta. Los barrenderos recogen con asombrosa velocidad los kilos y kilos de residuos. Los paradójicos residuos de una diversión. Unos metros más allá, el caballo sigue dando sus vueltas infinitas sobre la tenue paja. Los perros ya han hecho sus necesidades, y es un alivio, porque el sol abrasa y los dueños no están para bromas.


Me pregunto: ¿qué pasó aquí?

Había una probabilidad bastante alta de que un ser humano estuviera agonizando en medio de aquella tebaida del ocio, y nadie quería hacerse cargo de la situación. Solo la curiosidad, no la compasión, acercaba a los curiosos a ese pecio de la humanidad. Los propios responsables consideraban su labor una especie de pérdida de tiempo. Había racismo aquí, un racismo sordo y pesado, había xenofobia; pero, sobre todo, una falta de humanidad sobrecogedora. La cosificación de aquel hombre tendido era tan evidente que parecía increíble que nadie se diera cuenta del espectáculo que se estaba desarrollando ante los ojos de todos. Y cada cual, por supuesto, tenía que seguir con sus asuntos, falsos asuntos, porque todos estaban relacionados con el tiempo libre. El sagrado tiempo libre, que se desarrollaba, como una digestión lenta, en medio de un infierno de calor abrasador y residuos sin fin.

Solo hubo un culpable: el señor que, imprudente, llamó al servicio de urgencias en lugar de dar media vuelta y abandonar el despojo humano a su suerte. Ese señor era yo y me retiré por fin haciéndome preguntas muy serias, porque el entorno, los residuos, los viandantes, el recuerdo del ocio nocturno, los servicios públicos y el sol inclemente configuraban una inquietante alegoría de nuestro tiempo.