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miércoles, 5 de febrero de 2025

RECUERDOS DE MARIENBAD

 


Hace unos días, Providence Ediciones anunciaba la aparición de la 2ª edición de Recuerdos del Futuro, el ensayo que Hilario J. Rodríguez ha escrito sobre El año pasado en Marienbad (1961), el mítico filme de Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet. Podríamos considerar esta publicación como un libro necesario, pero creo más correcto decir que es un libro que necesitamos, no solo quienes hemos visto la película varias veces sino también quienes no han tenido todavía el placer de verla.

                Hilario J. Rodríguez es conocido por la originalidad y elegancia de su prosa, pero es, a mi juicio, en los ensayos donde su altura cultural nos sorprende; no hay más que recordar las desapariciones, esa pequeña joya publicada por Newcastle Ediciones en 2022.  En esta ocasión, con Recuerdos del futuro, el autor ha conseguido el objetivo que todo ensayo artístico debería cumplir y casi ninguno cumple: ser en sí mismo un émulo, un reflejo poético de la obra original, adoptando sus formas y su estructura. Lo dice muy bien Berta García Faet en El arte de encender las palabras (Barlin libros, 2023), cuando confiesa que “…Este ensayo sobre poesía quiere ser poesía”. Y así ocurre con Recuerdos del futuro, porque el propio formato, la distribución de los textos, la manera de hilar las referencias, de este ensayo, remite constantemente a la propia esencia de la película de Resnais y Robbe-Grillet. Me explico.

                Lo primero que sorprende en Recuerdos del futuro es la forma de dividir el texto: las notas ocupan la mitad de la extensión y son en sí una especie de ensayo aparte que, como en Rayuela, la novela de Cortázar, hace que el ensayo pueda ser leído de dos formas diferentes. Como el propio autor señala (p. 44) “hay muchas vías de entrada a la película, pero ninguna de salida”. El texto de Hilario J. Rodríguez aparentemente propone múltiples formas de salida a través de las notas, pero estas no son sino nuevos caminos de entrada al universo Marienbad, pasillos en los que nos perdemos con avidez, con placer y sin remedio. Las notas son una analogía de las llamadas heterotopías, esos otros lugares de la película que se extienden por senderos extraños. Las notas de Recuerdos del futuro son eso, heterotopías, lugares alternativos a propósito de El año pasado en Marienbad.

                El filme de Resnais, para Hilario J. Rodríguez, es un lugar en sí mismo, una especie de sirena varada en 1961, una obra sin relación con todo lo anterior y lo posterior, puro Cine Clásico; “destructora de la historia del cine y de la Nouvelle Vague, El año pasado en Marienbad se construye a sí misma”. Henchida de referentes literarios que parten de la erudición del guionista, Robbe-Grillet, la obra, según el autor, bebe de Borges, de Lovecraft, de Proust y, por supuesto, de Adolfo Bioy Casares, en tanto autor de La invención de Morel, el referente más directo del filme, aunque también cuestionable. El año pasado en Marienbad está llena, según este ensayo, de arquitecturas, redes y senderos; ahí están concernidas las cárceles de Piranesi o los interiores imposibles de El gabinete del Doctor Caligari. También el propio ensayo en sus siete capítulos es una sucesión de salones llenos de espejos, sugerentes e inesperados. Para Hilario J. Rodríguez, este ensayo sobre el mundo de Marienbad (ese balneario que en realidad no existe en la película) es un intento “de aprender de nuevo a escribir, aprender a escribir al dictado de sus hipnóticas imágenes”. No cabe duda de que esa es la razón fundamental de que estos Recuerdos del futuro estén escritos así y nos resulten tan cautivadores. Porque la propia película es “una arquitectura del cerebro, de la memoria”, según el autor.

                Resulta muy placentero transitar los caminos que Recuerdos del futuro nos ofrece, no solo revisando la llamada lista de películas Marienbad (p. 27, 28), que ya es en sí misma un catálogo de lo mejor del cine clásico, sino también a través de las curiosas bifurcaciones entre obra artística y vida que el texto nos va descubriendo. Son varios los ejemplos de estas interacciones, de estas otras heterotopías que analiza y ofrece Hilario J. Rodríguez, entre sueño y realidad. Llaman en especial la atención la referencia de la nota 16: Zona, un libro sobre una película sobre un viaja a una habitación, de Geoff Dyer (Literatura Random House, Madrid, 2013), a propósito de Stalker, de Tarkovsky, o el experimento sugerido en la nota 18 en torno a la obra de Robert Smithson —admirador de la película de Resnais—, dos caminos que se mezclan y difuminan conforme van siendo transitados. Vida y obra entremezcladas, heterotopías, trayectorias, como la extraña producción Souvenirs d’une anneé à Marienbad (2010), donde Françoise Spira, figurante en la película, nos deja un falso y casi involuntario making-off del filme de Resnais y Robbe-Grillet.

                Hilario J. Rodríguez rastrea también los pasillos a ninguna parte que nos llevan azarosamente al campo de concentración de Dachau o al castillo de Schleisstein (donde fueron acumuladas por los nazis miles de obras artísticas), lugares ambos cercanos al verdadero balneario de Marienbad. El autor recuerda a este propósito la intención del citado Smithson de usar el arte para modificar la realidad como límite. Recuerdos del futuro quiere hacer algo así en torno a la isla cinematográfica que es Marienbad (inevitable la referencia a la serie Lost); se trata, en cierto modo, de construir una especie de rizoma de referencias en la más pura acepción de Deleuze y Guattari, en el que vida y ficción llegan a entrelazarse hasta límites inconcebibles, sin centro ni eje apreciable. Así, personajes históricos reproducen escenarios y situaciones de la película: Franz Kafka y Felice Bauer en Marienbad; J. W. von Goethe y Ulrike von Levetzow en Marienbad; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo imitando el triángulo amoroso de la película… W. G. Sebald y su novela Austerlitz, traspasada por referencias de su vida personal.

                Uno tiene por momentos la sensación de que Hilario J. Rodríguez pretende introducir al lector en la película como si fuera una figura más de las que transitan por ella, personajes anónimos entre despreocupados y moribundos, de la misma manera que el enamorado protagonista de La invención de Morel, de manera que circule eternamente por esos pasillos “llenos de espejos múltiples, simetrías” (p. 49). La cita de san Agustín en la página 69 es muy explícita en ese sentido. Hilario J. Rodríguez nos hace ver que “el balneario de la película la única capacidad que parecía tener era la de hacernos olvidar el futuro” (p. 48). Y cita a Smithson: “No hay futuro en Marienbad”. Leyendo el ensayo tenemos la sensación de esa eternidad desesperada, entre banal y angustiosa, que experimentan los personajes y figurantes en el balneario.

                En realidad, Hilario J. Rodriguez pretende, en último término, intentar introducirnos en un anhelo íntimo “quizá yo mismo he sido invitado a ser un personaje de la película” (p. 29). El autor quiere creer que la misma “historia del cine es una historia Marienbad” (p. 28).

                Por último, la magia de este ensayo, la verdadera magia, por encima del intenso contenido poético y artístico que lo sostiene, es que logre convencernos, que logre que su anhelo sea el nuestro, que consiga —según una referencia a Michel Foucault (p. 29) sobre la heterotopía de la cama/océano en la imaginación de los niños— que nosotros mismos formemos ya parte, de alguna manera y tras leer el texto del universo/isla/eternidad que es El año pasado en Marienbad. Y que consiga que los lectores, como quien esto escribe, anhelen a su vez que otros ingresen en el espacio Marienbad y recomienden la película. ¿Qué más puede pedir un ensayista cautivado por el objeto de su reflexión?

miércoles, 10 de abril de 2024

BUSCANDO UNA HUERTA PERDIDA

 


En una de las últimas películas de Akira Kurosawa, Sueños (1990), compuesta por ocho cortos, un niño es reprendido por unos espíritus que representan los melocotoneros arrancados por su familia. La historia se desarrolla durante el Hina matsuri, Día de las Muñecas, que coincide con la antigua celebración del Festival del Melocotón o Momo no sekku. Los espíritus se apiadan del niño cuando este les dice que él no quería que su familia destruyese el jardín de los melocotoneros, y su interés por ellos no era tanto por consumir los frutos, sino por disfrutar del espectáculo de su crecimiento y floración.

                El pasado 4 de abril se estrenaba en la Filmoteca Regional de Murcia el documental ¿Dónde está mi acequia?, subtitulado Anatomía forense de una ciudad. En unos inteligentes planos contrapuestos, el director Joaquín Lisón enfrenta coloristas escenas de las celebraciones del Bando de Huerta, Entierro de la Sardina y Romería de la Fuensanta —donde observamos ricos trajes regionales— frente a panorámicas ocres que muestran la degradación absoluta de la antigua y verdadera huerta. Inmediatamente recordé el sueño del niño Kurosawa y entendí el sentido último tanto del film fantástico del japonés como del documental evocador del murciano. También entendí que la propia proyección en plenas Fiestas de Primavera murcianas era en sí misma una sibilina performance, pues tras los sonidos en la sala del documental de denuncia sonaban en la calle los pitos y charangas despreocupados de esa otra huerta falsa del festejo y el oropel.

                Joaquín Lisón, junto a la productora Conchi Meseguer, llevan años reflexionando sobre el triste devenir del río Segura en sus diversos tramos, desde Pontones, en el nacimiento, hasta su final agónico, que el director sitúa en la propia ciudad de Murcia y no en Guardamar, donde la desembocadura ya no es tal. ¿Dónde está mi acequia? ejecuta un dictamen, no por implacable menos cierto, de esta degradación. Las imágenes de los depauperados tramos no entubados que quedan de las antiguas acequias, molinos o aceñas, se suceden entre un fondo de carreteras mal trazadas, sonidos de claxon y urbanismo desarbolado. La gama de colores terrosos, mortecinos, domina el encuadre, que se ve interrumpido, como fogonazos de un tiempo perdido, por testimonios de ancianos huertanos, de sus propios nietos, y de fotografías en Blanco y Negro de una huerta tan idílica como terrible, algunas de ellas, parte del archivo de la recientemente desaparecida María Manzanera.

                Siguiendo este esquema de montaje, el documental oscila en todo momento dentro de una dialéctica entre la nostalgia del paraíso perdido de la niñez, la injusticia que supone la reducción del huertano a un estereotipo de personaje inculto y residual y, correlativamente, la degradación medioambiental del entorno. La fortaleza plástica del metraje se ve reforzada por la música de Crudo Pimento, que en una de las secuencias más dramáticas emite un grito desgarrador, una glosa del egoísmo contemporáneo mientras vemos una imagen partida de una de las cíclicas inundaciones del río, con un rebaño de cabras huyendo que son también una metáfora de los habitantes de la ciudad superados por las circunstancias.

Especialmente emotivas son las entrevistas a unos pocos ancianos (Patricio, Juan) que todavía recuerdan la huerta murciana en sus mejores días. En estas entrevistas se hace una evocación de esa Arcadia que pudo ser la ribera del Segura hace décadas, donde las gentes se bañaban en las propias acequias y vivían de lo que daba un suelo extremadamente fértil. Estos ancianos que recuerdan una infancia breve llena de trabajo, pero feliz, son, a la postre, el mismo niño Kurosawa que ve como su familia ha arrancado los frutales. Como en la película del japonés, esa familia, en cierto modo fratricida (porque en Sueños hay una intuición de muerte de las hermanas del protagonista), es elíptica, jamás la vemos. Joaquin Lisón tampoco muestra a esa familia de perpetradores del delito (tecnócratas, especuladores, constructores sin alma y sin criterio), la mayoría parientes de huertanos o huertanos de origen. No los muestra, no hablan, no exponen su visión, pero las consecuencias de sus acciones insensatas se observan con toda su crudeza. Aparecen, eso sí, los herederos involuntarios de ese despojamiento, los regantes de las pocas parcelas vivas, que aún hoy notan la presión urbanística, pero también arqueólogos, que desvelan un pasado de esplendor, y activistas que pelean con dolor contra la desaparición del entorno.

                ¿Dónde está mi acequia? no es un documental al uso, su voluntad de denuncia y ese canto fúnebre que parece recorrerlo, se materializan en metáforas de una viveza poco común en el género. Al inicio ya vemos el cauce seco de una acequia por el que empieza a discurrir de repente una lengua de agua que arrastra todo tipo de residuos acumulados en el tiempo. Vemos los paredones apenas en pie de los antiguos molinos y norias. Vemos una procesión cruzar por encima de un Segura mancillado, la imagen de un Cristo Azotado representa al propio río; los pasos dudosos de los estantes vestidos con zaragüelles convierten la celebración en un desfile lleno de culpas en honor a la huerta. Vemos los fuegos artificiales del Entierro de la Sardina (una celebración relativamente reciente, muy urbana), fuegos que simbolizan el boom urbanístico indiscriminado que vive la ciudad a partir de mediados del siglo XX. Pero Lisón no se queda ahí: en la parte final del metraje y mediante el efecto de la cámara en movimiento inverso, los fuegos artificiales que antes se abrían como flores en el cielo nocturno, ahora se cierran, y caen a tierra como si de rayos se tratara, en una alegoría del efecto destructivo que provoca el crecimiento descontrolado de la ciudad sobre sí misma.

                Lisón y Meseguer trabajan por decantación, como si de una serie de avenidas de agua consecutivas se tratara. No hay una narración clásica, con un planteamiento y un desenlace, sino más bien cíclica, con estratos sucesivos que se colocan unos sobre otros creando un discurso encadenado de referencias de todo tipo que se repiten con variaciones. Se crea, por tanto, una analogía entre forma y fondo, montaje y significado, que enriquece el relato. Una de esas referencias, quizá la más general —y quizá también el testimonio más gráfico que describe la relación de Murcia con su huerta—, es la del naturalista Joaquín Araujo cuando compara a la ciudad con una garrapata que chupa la sangre de su entorno medioambiental. Todo el metraje se halla atravesado por referencias de la época árabe salidas de la pluma de Ibn Mardanís, rey de la antigua Mursiyya, entre otros; los cambios temporales, adelante, atrás, y muy atrás, son constantes.

Muy al final vemos unos murcianos vestidos con lujoso traje típico bailando frente a la patrona. Uno no pude dejar de pensar en el baile del corto de Kurosawa, el baile que los espíritus de los melocotoneros talados dedican al pequeño, un baile gagaku que en realidad es una despedida y que tiene, a pesar de su colorido y elegancia, algo de marcha fúnebre. Lisón consigue, por su parte, que estas alegres parrandas murcianas tengan también un sentido triste y melancólico, completamente distinto a su intención original, de esta manera decodifica de un plumazo todo ese repertorio exclusivamente turístico creado hoy alrededor de un entorno medioambiental que languidece sin remedio.

                ¿Dónde está mi acequia? es, por tanto, una obra magistral, valiente, profunda y muy necesaria.

martes, 25 de enero de 2022

ESPIGADORES

 


El pasado 9 de enero, la ensayista Irene vallejo publicaba en El País Semanal, dentro de su sección El Atlas de Pandora, un artículo donde hablaba, con su natural perspicacia y elegante prosa, del exceso de objetos en nuestra sociedad y de la constante obsesión por desecharlos y adquirir otros nuevos, práctica que, como es habitual, relacionaba con referencias sacadas del mundo clásico, en este caso de la antigua Roma, primera empresa multinacional de la historia. La autora de El Infinito en un junco, cita en una parte de su texto el antiguo oficio del espigador, asociado usualmente a la siega del cereal. Eso me hace recordar a uno de nuestros mejores narradores de postguerra, quizá en mejor cuentista, Ignacio Aldecoa, que tantas páginas dedicó a los oficios del campo y de la pesca. Resulta muy recomendable acercarse a su obra a través de la selección que hiciera su esposa, Josefina Rodríguez, también escritora, para la prestigiosa editorial Cátedra. Rescató la autora en su antología una serie de cuentos dispersos que clasificó por temas, a saber: El trabajo, La burguesía, Los condenados, Los viejos y los niños y, por último, Los seres Libres. En todos ellos luce un lenguaje preciso, ajustado, lleno de vocablos que hoy puede que no reconozcamos, pero que enriquecen el texto y lo dotan de detalle: almádana, blocao, estaribel, celemín, portegado, huelgo, chicón y tantos otros. La prosa de Aldecoa es realista, absolutamente realista, al igual que sus temas, que retratan en pequeños flashes la vida pobre y anodina de los españoles de los años cincuenta y sesenta; sin embargo, sus cuentos están impregnados de una poesía sutil y a la vez repleta de sabor, como si de un tinto de crianza se tratara, que es lo que los dota de su inconfundible encanto. Aldecoa no derrocha, no desprecia ni una sola frase, se sirve de los materiales justos, no se deja llevar por adornos innecesarios; al fin y al cabo, lo que hace es acompañar a los personajes y a su peripecia con la prosa adecuada y precisa a su realidad. Se me figura, sólo se me figura, que la narrativa de Aldecoa es el ejemplo más alejado que se pueda encontrar a esa otra realidad actual que tan bien retrata Irene Vallejo.

En esa España tan cercana, pero tan lejana a la vez, el escritor vitoriano se acerca, en efecto, a los trabajadores del campo, de la pesca, de la construcción para hacerlos protagonistas principales. La urraca cruza la carretera, sobre los peones camineros y Seguir pobres, sobre la siega, son dos de sus cuentos más representativos. En esos ámbitos nada sobra, nada se derrocha, los hombres se encuentran vinculados a una inclemencia, una intemperie constante, secos, curtidos; van de campo en campo, de comarca en comarca, bajo un fondo hiriente salido de los óleos de Godofredo Ortega Muñoz, cosechando, picando. Nada queda para los espigadores aquí, aquellos que recogen lo que la siega ha desechado. A pesar de todo, el oficio de espigador es antiquísimo, practicado incluso en épocas de auténtica carestía; de hecho, es un oficio tan ancestral que el insigne folklorista y cantautor Joaquín Díaz lo versiona a partir de un tema del siglo XVI recogido en el cancionero de Francisco de Salinas que podemos escuchar aquí.

Como podemos comprobar al escuchar esta humilde cancioncilla, las espigaderuelas, jóvenes, puede que niñas, entraban en el rastrojo cuando el segador se retiraba para recoger los minúsculos granos sobrantes. El texto recogido por Joaquín Díaz urge precisamente al segador a salir y dejar algo a la pequeña espigadora.

De eso mismo, de espigar y rebuscar, va el documental que aquella gran dama del cine francés, Agnés Varda, llamada “la abuela de la Nouvelle Vague rodara en el año 2000; Los espigadores y la espigadora. Varda, de origen griego, tuvo un extensa carrera -pues su primera película data de 1954 y la última se rodó en 2019-, ganó el León de Oro, el César francés e incluso el Óscar honorífico. En el año 2000 descubre las cámaras digitales domésticas y su apetito de cine la lleva a recorrer media Francia partiendo del célebre cuadro de Millet, Las espigadoras, de 1857, que muestra precisamente a esas esforzadas mujeres agachadas recogiendo el magro fruto tras la cosecha. Desde el entorno rural que muestra Millet, Varda se sumerge en un mundo urbano donde multitud de ciudadanos, ya sea por necesidad, por conciencia o por vocación artística, se acercan a los mercadillos, las grandes superficies comerciales o los portales de las casas de los vecinos a recoger lo que otros han desechado. Así, en un viaje desenfadado, trufado de poesía y del fino humor de Agnés Varda, llegamos a conocer a personajes variopintos de todas las edades y extracciones sociales. Ella misma espiga en sus entrevistas rescatando datos y declaraciones en torno a esa faena de no dejar que se pierda lo que otros despreciaron. La vemos acercarse, incluso recoger ella misma, patatas en un enorme montón desechado junto a la parcela cosechada, manzanas que maduran y caen del árbol con un leve balanceo, tomates abandonados, hortalizas, uva.

Agnés Varda, como sin querer, nos pone delante de nuestra realidad, la de una sociedad que no sabe el valor y el esfuerzo que significa cultivar o fabricar un producto y que se desprende de él al más mínimo defecto o mancha. Una lección desde la perspectiva de hace dos décadas para los tiempos de carestía que se nos avecinan. Cuando nos asomamos a las duras condiciones de vida de los trabajadores de Aldecoa, cuando escuchamos la llamada a la solidaridad dentro de una canción del XVI, cuando vemos los rostros curtidos de los entrevistados por Varda, se nos hace más claro el sinsentido de esta sociedad entregada al frenesí del derroche y de la inconsciencia.

Hay que decir que la ley francesa protege secularmente la actividad del espigueo o de la rebusca (así llamada cuando se refiere a árboles). Los ciudadanos tienen todo el derecho, por encima de la opinión de cada cosechero, de recoger el fruto despreciado, marcando incluso unos horarios y unas distancias concretas y regladas. España, país de traperos, rastros y rebuscadores seculares (léanse La busca, de Pío Baroja), no ha tenido nunca legislación precisa sobre el espigueo. En nuestro país, las nuevas leyes contra el desperdicio alimentario pretenden paliar el insoportable panorama de toneladas de alimentos consumibles que acaban en la basura (solo en hogares hablamos de 1.364 millones de kilos/litros de alimentos anuales, según fuentes del Gobierno de España). Cataluña ha promulgado recientemente legislación sobre el tema (Ley 3/2020 de 11 de marzo, de prevención de pérdidas y despilfarro alimentario, en BOE nº 78 de 21 de marzo de 2020) donde se reconoce la práctica del espigueo, aunque con la autorización previa del titular de la explotación.

viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/05 Con Antonio Ruiz Ruiz

"Los cuentos y los mitos son los mapas de la realidad" Antonio Ruiz Ruiz

Tras un sentido homenaje poético y sonoro a la inolvidable profesora de Lengua y Literatura Maria del Carmen Alonso Sánchez, nos sumergimos, de la mano del profesor de Historia Antonio Ruiz (Antuán), en las raices de los personajes y autores del cómic, de la cultura Pop, desde Batman y Supermán a Neil Gaiman, desde La Princesa Mononoke hasta J. R. R. Tolkien, con una perspectiva crítica diferente y sugestiva.

Pinchar en el enlace para escuchar el programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-antonio-ruiz-audios-mp3_rf_31915295_1.html

domingo, 24 de junio de 2018

DISCURSO PARA MIS ALUMNOS


Una serie de alumnos y alumnas del IES Arzobispo lozano a quienes pronuncié un discurso con motivo de su graduación el pasado 15 de junio de 2018, me han pedido conservar dicho texto como recuerdo. Por ese motivo he decidido publicarlo en este blog para que cualquiera pueda leerlo.


    Buenas tardes a todas y todos, alumnado, madres y padres, profesores, y enhorabuena también a todas y a todos: quienes se gradúan y quienes han trabajado durante meses para que este momento llegara.

    La posibilidad que me han dado Myriam y Fina Amparo, las compañeras de Actividades Extraescolares, de ofreceros hoy este discurso, se convierte para mí en algo muy especial. Este año se cumplen cincuenta de aquel mayo del 68, tan fugaz, pero que cambió la forma de ver el mundo de millones de personas; aquella fue la primera vez que se escucharon en serio las ambiciones, afanes y consignas de estudiantes y adolescentes. Este año yo mismo cumpliré el medio siglo, y hace exactamente veinte que empecé en la Enseñanza Secundaria, después de haber impartido clases en las aulas de los colegios, de la Facultad de Bellas Artes, de la Universidad Popular y de cuanto lugar de aprendizaje que se me pusiera a tiro. Y hace ahora dieciocho años que nació este siglo loco, peligroso y apasionante, justo cuando vosotros, los primeros millennials, o los millennials perfectos (porque no sois hijos del siglo, sino más bien sus hermanos).

    Así pues, en este cruce singular de fechas y flechas quiero apelar a los que nos precedieron porque sólo así se podrá entonar un canto al futuro. Y es que hace casualmente 65 años que se construyó este edificio, aunque no parezca querer jubilarse, y desde entonces entre estos muros se ha vivido el difícil milagro de la enseñanza. Aquí mismo, donde nos encontramos, bajo este techo, miles de jóvenes año tras año vieron abrirse la ilusión de un horizonte incierto a la vez que esperanzador. Y cientos de profesores, madres y padres dejaron por un momento de interpretar el papel que les correspondía y volvieron a sus recuerdos, fueron un poco adolescentes, un poco jóvenes que se querían comer el mundo.

    Yo hoy me permitiré la licencia de recordar sólo a uno de esos profesores, Gregorio Ortigosa, que tan sólo estuvo un par de cursos en Jumilla pero que hizo tanto y tan bueno. Murió el año pasado y jamás me dio clase bajo estos muros, pero fue mi maestro y mi segundo padre, el responsable de que hoy esté aquí y el autor de muchos de los mejores consejos que me han dado, algunos de los cuales intentaré articular esta tarde. Como él, muchos profesores y alumnos ensayaron antes que nosotros la extraña forja de pasado y futuro que se da en la enseñanza; como ellos, también los profesores de este año hemos encarnado esa acción de pasar la antorcha de la que habló el Romanticismo Alemán. Decía Eugenio Trías que los seres humanos somos por naturaleza "limitanei", que en origen, como sabéis de historia, eran los pobladores del "limes" romano, y que Trías moderniza como los habitantes del límite entre el mundo de lo visible y lo desconocido. Pues bien, si hay seres limítrofes por antonomasia, esos son los alumnos, los profesores, y también los padres, confluyendo en un espacio vacilante donde crecen epifanías, anhelos y conatos de derrota. Somos los habitantes de un espacio de riesgo, inestable, cuyo lugar físico se podría encarnar en los pasillos del centro.

    Vamos a  hablar de esos lugares y de esos seres especiales.

    Decía un revolucionario judío hace más o menos dos mil años (otro que fue hermano de un siglo, aunque él no llegaría a saberlo), a sus discípulos: "yo os haré pescadores de hombres". Pues bien, nosotros los profesores somos, en cierta forma, pescadores, pescadores de futuro... Como en la obra de Ernest Hemingway, "El viejo y el mar", que os sonará por inglés, recogemos y soltamos el sedal en un juego incomprensible para la mayoría, buscando esa chispa, esa iluminación momentánea. Y cuando la encontramos, ¡ah!, cuando la encontramos... ese pequeño instante, ese momento inasible nos cura de todos los sinsabores, enfados, derrotas y desesperaciones que constituyen la argamasa fundamental del oficio de enseñar y no pocas veces de la disciplina de aprender.

    Las Iluminaciones... el poeta Arthur Rimbaud, que conoceréis por francés, fue maestro en ellas; así se llaman sus últimos poemas en prosa, escritos con apenas vuestra edad. Nada escribiría pasados los veinte años, pero dejó textos como este:
“Las voces instructivas desterradas... La ingenuidad física amargamente sosegada... –Adagio. ¡Ah!, el egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡cómo el mundo estaba lleno de flores aquel estío! Los sones y las formas murientes... ¡Un coro, para calmar la impotencia y la ausencia! Un coro de vidrios, de melodías nocturnas... En efecto, los nervios pronto van a estallar.”

    Parece escrito tras un examen de EBAU.

    Los pescadores de futuro encontramos tesoros entre los pupitres, pero también muchas amarguras. La adolescencia no es un camino de rosas, y hasta es posible que no deba serlo. Vuestra promoción, como otras tantas, no lo ha tenido fácil. Ya en los primeros meses, allá en 1º ESO, recuerdo a alumnas acudir a mí en las tardes de biblioteca, llorando, a algunas ni siquiera les daba yo clase. La crueldad es consustancial al desarrollo del hombre. Recuerdo este año una conversación en una terraza, junto a vuestra tutora, con una alumna que afrontaba los más duros reveses de la vida con una templanza y fortaleza que no se encuentra en muchos adultos; sé de compañeras y compañeros que han llevado en absoluto mutismo un autentico calvario.

    No, seamos justos, la vida de un adolescente no es nada fácil.

    Decía Daniel Pennac, que fue el peor de los alumnos y ahora es el mejor de los novelistas, que el mundo de la enseñanza se ve amenazado por múltiples temores. El miedo del alumno a fracasar, a no poder contestar las preguntas, a no llegar a la nota; el miedo del profesor a no ser un buen maestro, a no enseñar como quisiera, y finalmente, el miedo del padre o la madre a que su hijo no sea lo suficientemente fuerte, no cumpla con las esperanzas. Detrás de todos estos miedos, decía Pennac, se encuentra la soledad, la soledad con mayúsculas, que es el más fiel compañero del adolescente, el más sutil asesino de futuros. Y esta soledad sólo se combate con la integración del esfuerzo de todos. En ese pequeño espacio limítrofe, ese lugar de confianza entre profesor y alumno, la soledad, a veces, sólo a veces, como fruto de un hechizo benéfico, desaparece.

    Los profesores no somos entomólogos que clasifican saberes, disecan esfuerzos o realizan una de esas taxonomías de biología sobre sus alumnos. Quizá a veces lo parezca... no somos perfectos. Pero los profesores no somos entes lejanos que observan la vida que se abre paso un poco más allá de sus narices. La enseñanza no funciona así, por mucho que los diseñadores de los currículos intenten, desde sus lejanas cuevas,  implementar los estándares económicos de la empresa en la escuela, estabular las aulas para que parezcan fábricas... no funciona.

    El mecanismo no es sólo de ida. El profesor, la profesora, aprende enseñando, el alumno, la alumna, enseña aprendiendo. Yo he aprendido muchas cosas de mis alumnos, y no es una frase hecha. He aprendido, como ya he dicho, sobre la templanza y la valentía. Una alumna de ojos grandes vestida con velo negro me ha enseñado conceptos del feminismo que no sabía. Este año he escuchado en vosotros conversaciones alegres, avispadas, desde posiciones políticas diametralmente opuestas con una sabiduría que ya no se ve en las tertulias públicas, pero sobre todo he crecido como persona gracias a vosotros, y esto lo digo con la entereza más absoluta.


    Os quiero hablar ahora de un cuento de Jorge Luís Borges. Ya sabéis por literatura que es ese autor argentino que murió hace hoy treinta años. Pues bien, hace setenta, predijo internet en "La Biblioteca de Babel", o el infernal mapa de Google en "El Rigor de la Ciencia", pequeños y magistrales relatos. Ente sus múltiples joyas se encuentra "El acercamiento a Almotásim", una parábola más sobre la hipertextualidad traída a las imágenes de los hombres. Siempre llevo en la cabeza ese relato, especialmente cuando doy clases; he intentado explicarme a mí mismo el porqué en mi blog de la Amalgama, nunca lo he conseguido. Hoy lo intento para vosotros. Borges cuenta la historia de un hindú que se ve avocado a los más bajos niveles de la ignominia, de la ruindad y un buen día escucha en un desconocido la claridad lejana de un fragmento de pensamiento elevado. Nos dice Borges que este hindú "sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro, de ahí postula que este ha reflejado a un amigo, o amigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo".

    Este misterioso hindú seguirá conociendo más y más personas en las que ese perfume lejano se manifiesta con más fuerza conforme avanza, y finalmente encontrará a Almotásim, el hombre que busca. Por filosofía intuiréis que ésta podría ser una versión un tanto esquinada del mito de la caverna, de la búsqueda de un arquetipo o ideal. Pero no es eso lo que me fascina del relato.
No, lo que me mueve a pensar en esta historia es que en realidad, Almotásim está presente delante mío todos los días, está ahí, en un pupitre, cruzando un pasillo, que no hace falta emprender la búsqueda. Sólo hay que desprender las capas que cubren ese embrión, como un buen fenomenólogo, para encontrar lo que se esconde. Sólo hay que estar atento al devenir de cada inteligencia, de cada sensibilidad distinta y valiosa. Almotásim sois todos vosotros, y un día también lo fuimos nosotros, los profesores, y a veces, sólo a veces, lo seguimos siendo. Esta búsqueda tiene que suceder también en el interior de cada uno de vosotros, para hacer factible una de las sentencias más antiguas, el imperativo pindárico: "Llega a ser lo que eres". Todos, en el fondo, sois en potencia Almotásim, y es vuestra misión terminar encontrando esa claridad, ese decoro, esa excelencia que quiere crecer. Mi maestro, Gregorio Ortigosa, creyó encontrar un reflejo de Almotásim en mí y luchó por mi futuro sin pedir nada a cambio; yo, que no soy más que un imitador, me he pasado la vida intentando parecerme a mi maestro, porque entiendo que él decidió pasarme la antorcha, y busco en vosotros, y no pido nada a cambio, porque no puede ser de otra manera.

    Pero en el fondo, cualquier profesor, como yo, como muchos, tan sólo puede obtener destellos, sois vosotros mismos los que tenéis que superar todas esas puerilidades, esas ruindades cotidianas que a todos nos aquejan. Y es cierto, es importante obtener las mejores calificaciones, lograr el éxito en la disciplina que uno elige, pero si no dejamos crecer a ese Almotásim que lleváis dentro, nada tendrá sentido.

    Dicho de otro modo, para que nadie deje de entenderme: no permitáis que la vida os obligue a actuar fuera de vuestras convicciones, de vuestros valores más profundos, si lo hacéis, movidos por el miedo o la inseguridad, pronto obraréis deshonestamente. Dejad que los demás os aconsejen y muestren su inquietud por vuestras decisiones, pero no permitáis que tuerzan vuestro criterio. Sed críticos con el mundo que os rodea, pero primero con vosotros mismos. No os dejéis engañar por las apariencias, ya sabéis que la nuestra es la sociedad del espectáculo, así pues, recordad el concepto de simulacro, que explico todos los principios de curso: lo falso revestido de toda la energía de lo verdadero. Buscad la verdad incansablemente. No desperdiciéis el tiempo en lo que no os convence, porque, como dice vuestra tutora, aquí a mi izquierda, el tiempo no es oro, el oro es el tiempo.
Sé que en esta generación hay buenos atletas, vuestros profesores de educación física os han preparado bien, pero sed atletas, además, de la resistencia, de integridad y de la lealtad. Y hay héroes también de la humanidad, de la inteligencia y la fortaleza entre esos asientos. Os he visto realizar algunas hazañas:

    A esa chica bajita que siempre ha llevado una sonrisa en el rostro y que venció su miedo escénico contando sólo con el valor. A esa chica espigada que ha ayudado a sus compañeros sin pedir nada a cambio, discreta y comprensiva siempre. A ese chico de fina ironía que siempre deja juicios certeros y no se entrega a hipocresías. A esa chica exigente consigo misma que consiguió vencer la ansiedad y culminar la cumbre. A ese chico del que nadie esperaba que acabara bachillerato, del que se decía que no iba a valer y ahora celebra su victoria. A esas chicas que han entendido que la única forma de luchar contra el machismo es dar un paso adelante. A esos chicos que pasaron desapercibidos durante años y hoy recogen el fruto de una labor callada. A esos dos chicos que hace unos días terminaron un cortometraje -sin yo esperarlo ni saberlo- que merecería piropos del mismo David Lynch. Y también a esos heroicos amores fugaces e inestables, y a ese pájaro dorado que volará toda una vida.
Varios quedaron por el camino, varios de ellos siguen luchando, no tienen menos mérito que los demás. Seguirán en el camino y crecerán. Va por ellos también este discurso.

    Muchos os diremos que habéis sido un generación dura, incluso difícil, que ha habido demasiados malos momentos; no importa, todas lo son, ¿y qué mérito tendría si no llegar adonde habéis llegado? ¿Tendría si no algún aliciente seguir adelante? También debéis saber que en esta sociedad donde las formas de exclusión y marginación son cada vez más complejas, existe un etarismo silencioso. No es el etarismo que condena a los ancianos a la soledad, terrible y más conocido, sino el etarismo hacia los jóvenes. Forma parte del entorno y habréis de asumirlo: siempre se os dirá en el sitio más inoportuno que sois vagos, presuntuosos, vanidosos, que no os implicáis en nada, que carecéis de valores. En realidad, no es nuevo; en tiempos de Platón ya era igual. Quizá hayáis notado esos juicios y os duelen, pero os puedo asegurar que, salvo contadas excepciones, el etarismo vive muy lejos de las aulas. Vuestros profesores, entre los que me cuento, os habrán dicho cientos de veces que no atendéis, que habláis demasiado, que no tenéis educación, que sois como muebles, y mil diabluras mas... pero creedme, esas expresiones nacieron siempre del afán por veros ser mejores personas y del desaliento, de la ansiedad al comprobar que todavía os faltaba un poco más. Y creedme también cuando os digo que no nos habéis defraudado, ni a nosotros ni a vuestros padres, que estáis aquí por méritos propios, que nadie os ha regalado nada, que ya podéis dormir todo lo que queráis (vuestro cerebro lo necesita), que podéis hacer todas las fiestas que queráis (vuestro espíritu lo necesita) y que podéis buscar todo el amor que queráis (vuestro cuerpo y no sólo vuestro cuerpo lo necesitan). Creedme también cuando os digo que desde aquí os deseamos la mejor suerte, los mayores logros y el suave tacto de la felicidad (tan fugaz y tan esquiva).

    Y ahora ya para acabar, porque el calor y los nervios aprietan, agitaré un pañuelo simbólicamente. Pienso que he dicho demasiado y sin embargo no he dicho nada. Nunca es fácil para un profesor ver marchar a sus alumnos, por mucho que a veces nos queramos hacer los duros. Son años enteros de esa convivencia fronteriza, a veces en carne viva, a veces en el puro límite. Siempre he dicho que este es un oficio extraño: uno cada vez es más viejo y sus clientes siempre tiene la misma edad. El tendero y su parroquia envejecen juntos, no así nosotros.

    Es junio y llega el invierno para el instituto, las aulas se vacían, los pasillos se quedan desiertos, entre las contraventanas suena un viento tórrido al tiempo que desabrido. Todo queda como en un paréntesis...

    Es entonces cuando me acuerdo de Kamchatka, aquella lejana república rusa donde se han llegado a dar las temperaturas más bajas del mundo. Los pocos lugareños que la habitan cuentan una leyenda antigua. En invierno, en la taiga, ese bosque boreal que estudiasteis en geografía, el viento gélido congela las conversaciones de las gentes, que quedan suspendidas en el aire, inertes. Pasan los meses y llega la primavera, y entonces el bosque, como por encanto, se llena de susurros.

    Pasará este invierno de junio y volverá septiembre, y llegará octubre, que es como un renacer para el viejo edificio; veremos nuevas caras, todo será bullicio, prisas y desconcierto, como vuestro aquel lejano primer año. Y vosotros también volveréis por un momento, nos contaréis cómo es la nueva facultad, los pisos de estudiante, la vida en las capitales, Murcia, Valencia, Madrid... y será entonces, en ese instante, cuando vuestras palabras germinen en primavera...



    Muchas gracias!

miércoles, 13 de septiembre de 2017

FECHAS FATÍDICAS




Anteayer finalizó una jornada más de tensión entre distintos sectores de la sociedad española. Se celebraba el 11 de septiembre, la Diada. El día transcurrió entre las acostumbradas invectivas de ambos bandos a las que estamos acostumbrados desde hace años. Al otro lado de océano, el huracán Irma devastaba el mar Caribe. Los medios de comunicación silenciaron, en cambio, otras efemérides que tan solo unos años antes parecían imprescindibles: los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 o el ya olvidado asalto al Palacio de la Moneda de Santiago de Chile en 1973 y la consecuente muerte del presidente electo Salvador Allende.
El tiempo cíclico de la sociedad rural donde las celebraciones se repetían anualmente con un marcado carácter ritual a dejado de tener importancia en nuestra sociedad y ha dado paso al éxtasis hipermoderno de la novedad constante.
A pesar de todo, la luctuosa superstición de las fechas se ha conservado y se decanta en precipitados de signos casi cabalísticos. 11M y 11S son dos de los más utilizados. El pasado mes de agosto fue pródigo en el nacimiento de estas fechas fatídicas. Un jueves a mediados de mes, una furgoneta desbocada atravesó las Ramblas de Barcelona dejando el pavimento sembrado de cadáveres. Era el 17-8-17, un número simétrico y extraño sobre el que nadie reparó pero que servirá de reclamo publicitario en posteriores homenajes. Al día siguiente se cumplía inexorable el aniversario de un crimen sin resolver. 18 del 8 hacía 81 años Federico García Lorca era asesinado sin que su cadáver haya todavía aparecido.
Nueve días antes, la escalada de tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte alcanzaba una nueva cota de excitación y locura. Donald Trump anunciaba (ver declaraciones) al país asiático que de seguir con sus amenazas "Se encontrarán con una furia y un fuego jamás visto en este mundo" era la respuesta a las pruebas balísticas del régimen de Pyongyang, vistas como una clara invitación a la guerra nuclear. Nadie vio o nadie quiso ver esta vez la evidente broma macabra que escondían las palabras de Trump: fueron pronunciadas 72 años después del lanzamiento de la bomba de Nagasaki, el 9 de agosto de 1945. Nadie reparó en la referencia oculta de Trump, por muy clara que fuera, al vincular palabras tan gruesas con un ataque nuclear provocado en su día contra Japón, otro país asiático.
Dicen que el olvido es largo, pero en este caso el de los medios de masas es además culpable, porque mostrar la irresponsabilidad de palabras tan graves precisamente en un día de luto mundial como el 9 de agosto nos hubiera hecho reflexionar sobre la ligereza con que los países se enzarzan en conflictos irreversibles.
El 9 de agosto se hubiera perdido como una fecha más en la constante sucesión de años si no fuera porque el 16 de julio de 1945 llegó a su culminación el Proyecto Manhattan con el Experimento Trinity. Ese día de verano en el paraje de la Jornada del Muerto, en Alamogordo (Nuevo Méjico) se hizo explosionar una bomba de plutonio idéntica a Fat Man -la que semanas después caería sobre la populosa ciudad de Nagasaki-. Ese 16 de julio se marca como fecha de inicio de la era nuclear, de la muerte de cientos de miles de personas, de las centrales de fusión, de la carrera de armamento de la guerra fría, , de las catástrofes de Chernóbil y Fukushima, de la amenaza, en fin, de la destrucción completa del planeta.
Mientras los militares aplaudían el éxito de una prueba sobre la que se mostraron escépticos desde el principio -pues creían que nada pasaría tras activar la bomba- los científicos guardaban silencio o lloraban. El eminente físico Kenneth Bainbridge exclamó que "ahora todos somos unos hijos de puta". Robert Hoppenheimer recordó una frase de los Vedas: "Me he convertido en muerte, soy el destructor de mundos". La mayoría guardó un silencio absoluto durante un mes. Lo peor es saber lo que los científicos barajaban como desenlace del experimento antes de que se produjera. Entre los pronósticos estaban la destrucción de una amplia parte de Estados Unidos a la desaparición de la vida en el planeta. Y sin embargo siguieron. Los efectos reales fueron: un hongo nuclear de 12 metros de altura, un cráter de 3 metros de profundidad y 330 metros de diámetro, una onda de choque que se sintió a 160 kilómetros de distancia, la fusión total del suelo de la arena -cuyo fruto, la trinitita, se vende hoy en subastas- y la inauguración de una era en la que todavía nos hallamos sumergidos, a la que pertenecen procesos como actual la escalada de tensión entre Washington y Pyongyang. De hecho, la última explosión nuclear conocida fue la supuesta detonación subterránea de una bomba H en Corea del Norte, ver enlace.
Nadie memoriza el 16 de julio de 1945 en los colegios, nadie ha pensado nunca en recuperar la memoria de lo que pasó ese día, cuando los hombres se creyeron dioses pero se convirtieron en demonios. Tras cientos de filmes sobre la Segunda Guerra Mundial, el experimento no ha merecido nunca una obra de ficción que lo acerque al gran público, salvo una excepción. Dentro de la tercera temporada de la serie de culto Twin Peaks, recientemente finalizada, el cineasta David Lynch dedicó el capítulo 8, que ya forma parte de la historia de la televisión, a la explosión del Experimento Trinity y a sus consecuencias. La serie escenifica la modificación del tejido de la realidad tras la detonación hasta desencadenar el mal absoluto y la llegada de siniestros personajes como Bob y los vagabundos negros. Este nuevo tejido de la realidad parece estar fabricado con garmombozia, una pasta de maiz, dolor y sufrimiento inventada por Lynch y Max Frost en una película anterior. El famoso episodio 8 describe con lentitud inexorable la expansión del hongo atómico y se sumerge en las profundidades de un caos que llega a resultar tan bello como las imágenes precursoras de Stanley Kubrik en 2001 Una odisea del Espacio y Terrence Malick en El árbol de la vida. Si estas obras significaban un canto a la vida, la evolución y la renovación, una utopía optimista, la propuesta de Lynch es una distopía absolutamente negativa y desesperanzada al ritmo del subyugante Treno a las víctimas de Hiroshima, de Penderecky. Lo que más inquieta esque el origen de esta recreación distópica está estrictamente sacado de nuestra propia realidad. ¿En qué nos hemos convertido?