Mostrando entradas con la etiqueta arquitectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arquitectura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de febrero de 2025

RECUERDOS DE MARIENBAD

 


Hace unos días, Providence Ediciones anunciaba la aparición de la 2ª edición de Recuerdos del Futuro, el ensayo que Hilario J. Rodríguez ha escrito sobre El año pasado en Marienbad (1961), el mítico filme de Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet. Podríamos considerar esta publicación como un libro necesario, pero creo más correcto decir que es un libro que necesitamos, no solo quienes hemos visto la película varias veces sino también quienes no han tenido todavía el placer de verla.

                Hilario J. Rodríguez es conocido por la originalidad y elegancia de su prosa, pero es, a mi juicio, en los ensayos donde su altura cultural nos sorprende; no hay más que recordar las desapariciones, esa pequeña joya publicada por Newcastle Ediciones en 2022.  En esta ocasión, con Recuerdos del futuro, el autor ha conseguido el objetivo que todo ensayo artístico debería cumplir y casi ninguno cumple: ser en sí mismo un émulo, un reflejo poético de la obra original, adoptando sus formas y su estructura. Lo dice muy bien Berta García Faet en El arte de encender las palabras (Barlin libros, 2023), cuando confiesa que “…Este ensayo sobre poesía quiere ser poesía”. Y así ocurre con Recuerdos del futuro, porque el propio formato, la distribución de los textos, la manera de hilar las referencias, de este ensayo, remite constantemente a la propia esencia de la película de Resnais y Robbe-Grillet. Me explico.

                Lo primero que sorprende en Recuerdos del futuro es la forma de dividir el texto: las notas ocupan la mitad de la extensión y son en sí una especie de ensayo aparte que, como en Rayuela, la novela de Cortázar, hace que el ensayo pueda ser leído de dos formas diferentes. Como el propio autor señala (p. 44) “hay muchas vías de entrada a la película, pero ninguna de salida”. El texto de Hilario J. Rodríguez aparentemente propone múltiples formas de salida a través de las notas, pero estas no son sino nuevos caminos de entrada al universo Marienbad, pasillos en los que nos perdemos con avidez, con placer y sin remedio. Las notas son una analogía de las llamadas heterotopías, esos otros lugares de la película que se extienden por senderos extraños. Las notas de Recuerdos del futuro son eso, heterotopías, lugares alternativos a propósito de El año pasado en Marienbad.

                El filme de Resnais, para Hilario J. Rodríguez, es un lugar en sí mismo, una especie de sirena varada en 1961, una obra sin relación con todo lo anterior y lo posterior, puro Cine Clásico; “destructora de la historia del cine y de la Nouvelle Vague, El año pasado en Marienbad se construye a sí misma”. Henchida de referentes literarios que parten de la erudición del guionista, Robbe-Grillet, la obra, según el autor, bebe de Borges, de Lovecraft, de Proust y, por supuesto, de Adolfo Bioy Casares, en tanto autor de La invención de Morel, el referente más directo del filme, aunque también cuestionable. El año pasado en Marienbad está llena, según este ensayo, de arquitecturas, redes y senderos; ahí están concernidas las cárceles de Piranesi o los interiores imposibles de El gabinete del Doctor Caligari. También el propio ensayo en sus siete capítulos es una sucesión de salones llenos de espejos, sugerentes e inesperados. Para Hilario J. Rodríguez, este ensayo sobre el mundo de Marienbad (ese balneario que en realidad no existe en la película) es un intento “de aprender de nuevo a escribir, aprender a escribir al dictado de sus hipnóticas imágenes”. No cabe duda de que esa es la razón fundamental de que estos Recuerdos del futuro estén escritos así y nos resulten tan cautivadores. Porque la propia película es “una arquitectura del cerebro, de la memoria”, según el autor.

                Resulta muy placentero transitar los caminos que Recuerdos del futuro nos ofrece, no solo revisando la llamada lista de películas Marienbad (p. 27, 28), que ya es en sí misma un catálogo de lo mejor del cine clásico, sino también a través de las curiosas bifurcaciones entre obra artística y vida que el texto nos va descubriendo. Son varios los ejemplos de estas interacciones, de estas otras heterotopías que analiza y ofrece Hilario J. Rodríguez, entre sueño y realidad. Llaman en especial la atención la referencia de la nota 16: Zona, un libro sobre una película sobre un viaja a una habitación, de Geoff Dyer (Literatura Random House, Madrid, 2013), a propósito de Stalker, de Tarkovsky, o el experimento sugerido en la nota 18 en torno a la obra de Robert Smithson —admirador de la película de Resnais—, dos caminos que se mezclan y difuminan conforme van siendo transitados. Vida y obra entremezcladas, heterotopías, trayectorias, como la extraña producción Souvenirs d’une anneé à Marienbad (2010), donde Françoise Spira, figurante en la película, nos deja un falso y casi involuntario making-off del filme de Resnais y Robbe-Grillet.

                Hilario J. Rodríguez rastrea también los pasillos a ninguna parte que nos llevan azarosamente al campo de concentración de Dachau o al castillo de Schleisstein (donde fueron acumuladas por los nazis miles de obras artísticas), lugares ambos cercanos al verdadero balneario de Marienbad. El autor recuerda a este propósito la intención del citado Smithson de usar el arte para modificar la realidad como límite. Recuerdos del futuro quiere hacer algo así en torno a la isla cinematográfica que es Marienbad (inevitable la referencia a la serie Lost); se trata, en cierto modo, de construir una especie de rizoma de referencias en la más pura acepción de Deleuze y Guattari, en el que vida y ficción llegan a entrelazarse hasta límites inconcebibles, sin centro ni eje apreciable. Así, personajes históricos reproducen escenarios y situaciones de la película: Franz Kafka y Felice Bauer en Marienbad; J. W. von Goethe y Ulrike von Levetzow en Marienbad; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo imitando el triángulo amoroso de la película… W. G. Sebald y su novela Austerlitz, traspasada por referencias de su vida personal.

                Uno tiene por momentos la sensación de que Hilario J. Rodríguez pretende introducir al lector en la película como si fuera una figura más de las que transitan por ella, personajes anónimos entre despreocupados y moribundos, de la misma manera que el enamorado protagonista de La invención de Morel, de manera que circule eternamente por esos pasillos “llenos de espejos múltiples, simetrías” (p. 49). La cita de san Agustín en la página 69 es muy explícita en ese sentido. Hilario J. Rodríguez nos hace ver que “el balneario de la película la única capacidad que parecía tener era la de hacernos olvidar el futuro” (p. 48). Y cita a Smithson: “No hay futuro en Marienbad”. Leyendo el ensayo tenemos la sensación de esa eternidad desesperada, entre banal y angustiosa, que experimentan los personajes y figurantes en el balneario.

                En realidad, Hilario J. Rodriguez pretende, en último término, intentar introducirnos en un anhelo íntimo “quizá yo mismo he sido invitado a ser un personaje de la película” (p. 29). El autor quiere creer que la misma “historia del cine es una historia Marienbad” (p. 28).

                Por último, la magia de este ensayo, la verdadera magia, por encima del intenso contenido poético y artístico que lo sostiene, es que logre convencernos, que logre que su anhelo sea el nuestro, que consiga —según una referencia a Michel Foucault (p. 29) sobre la heterotopía de la cama/océano en la imaginación de los niños— que nosotros mismos formemos ya parte, de alguna manera y tras leer el texto del universo/isla/eternidad que es El año pasado en Marienbad. Y que consiga que los lectores, como quien esto escribe, anhelen a su vez que otros ingresen en el espacio Marienbad y recomienden la película. ¿Qué más puede pedir un ensayista cautivado por el objeto de su reflexión?

domingo, 4 de junio de 2023

PUDRIDEROS DE TIEMPO (II)

 


Después de décadas volví a los zaguanes impregnados de polvo. Los bloques eran los mismos, y los mismos sus moradores, mucho más viejos. Otros, por acción de la muerte del anterior, habitaban los pisos desde hacía poco. Se trataba ahora del depósito del correo electoral, no de la encuesta. Similares propósitos, ambos por voluntad y sin pedir ni recibir dinero a cambio. Quizá parpadeando, caí perplejo: estaba ante el mismo fulgor opaco, la misma penumbra dorada, dulzarrona y exangüe.

Los buzones de madera, aunque nuevos, parecían haber envejecido tan deprisa que pudieran tener más edad que los antiguos ya descartados. Los buzones metálicos se pintaban de color cobrizo, o directamente de un marrón castaño, intentando simular un tiempo que no merecían. Todo era simulado y a la vez auténtico. Para comodidad del cartero, algunas series de buzones se extendían a la altura de la cintura, horizontales y no pegados a la pared, como mesas horadadas por ranuras sin sentido. Otros ofrecían, absurdas y cómodas, vistas frontales tras cristales que mostraban sin pudor el interior. Tras esas mirillas descollaban, como peces agonizantes, panfletos de propaganda electoral.

            Comentario aparte ofrecían los espacios. Los zócalos de madera pervivían, opacos y deslucidos, repletos de ralladuras, pero nobles, como la nobleza de un caballero ajado en cuya solapa fallece una flor mustia. Para dar sensación de amplitud, en todos los vestíbulos se habían colocado grandes espejos, una moda que perviviría a lo largo de décadas. Los espejos… limpios, sin una sola grieta o esquina desportillada. El único elemento que no había cambiado a lo largo de los años. Los espejos… que reflejaban el rostro de los habitantes del bloque, día tras día, jornada tras jornada, arruga sobre arruga, implacables e inmisericordes, como la bendición eterna de un párroco desquiciado. Treinta años después, los mismos rostros ajados, desilusionados, empolvorecidos y pálidos, hastiados de sí mismos, pasando por delante de los espejos intransigentes.

            Los escalones. Primero fabricados con un sucedáneo de piedra artificial donde flotaban trozos descartados de mármol rojo. Después sustituidos por piedras nobles. Los escalones pulidos tras cientos de baldes de agua y lustres de fregona. Había algo terrible en todo aquel escenario, buzones, espejos, escalones, zócalos, que no supe ver la primera vez, muchos años atrás, y sentí como un puñetazo en esta ocasión, hace apenas unos días. El aire, el aire enmohecido, el mismo aire irrespirable del primer día, nunca renovado, nunca desbancado de su poltrona estéril. ¿Era un aire muerto? ¿Qué era? Ese tufo de panteón, de los Mendoza en el fuerte de san Francisco, del pudridero de El Escorial, de los catafalcos de la Capilla Real de Granada, del enterramiento renovado en san Juan de la Peña, del Panteón Real de Oña. Ese estancamiento, esa humedad densa, esa ondulación monstruosa de pantano o de cosa del pantano. ¿Era cierto? Después de tantas décadas de limpieza constante nadie había renovado esa atmósfera mortuoria. ¿Cómo era posible que los vecinos no lo notaran? Cada vez que atravesaban el umbral se internaban en un panteón de cementerio, y sus propios nombres estaban allí inscritos, garabateados o tecleados.

            Se debía recurrir a trucos viejos para poder penetrar en esos espacios sórdidos: jamás hablar de propaganda, sustituir publicidad por correo, hablar con eses, ser paciente y servicial. En los timbres, casi nadie contestaba, a la décima, undécima, alguien descolgaba y tras la fórmula, pulsaba el botón. Ciertos inquilinos, tímidos, se excusaban diciendo que la vecindad no quería que abrieran a nadie extraño. No querían, pues, que nadie ajeno entrara en el panteón familiar y respirara el aire irrespirable, y les arrebatara esa última, agónica, bocanada de pasado que les quedaba. Leía los nombres en los buzones, a pesar de la prisa, lejos de lo pragmático: eran nombres de gente que yo conocía, que veía todos los días caminar por las calles. “Ahora sé dónde vives”, pensaba primero irónico; luego, luego pensaba que no era posible, que todos aquellos nombres eran nombres de muertos, y que los muertos no pasean, no pisan las calles. ¿O sí?

            Al salir, siempre, siempre aspiraba un poco de aire envenenado, porque sí, porque yo también era uno de esos muertos embalsamados de pasado y merecía un poco de elixir faraónico, de resina preservadora, de ungüento para momias. Porque yo me lo merecía, sin duda.

Posfacio.

Dos días después, llegaron las elecciones. Perdimos, como siempre, aunque también ganamos. Olvidé el aire mortuorio de los vestíbulos, sustituido por la atmósfera aromática de las aulas, plena de hormonas y ansias de poder, pero desde entonces anda rondando mi pituitaria una cierta inquietud, como si alguien me observara desde el interior de algún buzón anónimo.

sábado, 27 de mayo de 2023

PUDRIDEROS DE TIEMPO (I)

 


En lo más alto del Puerto del Escudo, como saben todos los que pasan por esos despoblados de Valdebezana, se encuentra la Pirámide de los Italianos, aquel mausoleo franquista que albergó los cuerpos de los trescientos ochenta y cuatro soldados del país transalpino caídos en la batalla de Santander.

Subí una tarde de tormenta y me acerqué a ese lugar con fama de ominoso. El aura de mal fario de la pirámide abandonada se dejaba sentir enseguida. La hierba había reverdecido por la lluvia y los espinos y zarzas presentaban el sugestivo tallo negro al estar mojados, pero la silueta de la pirámide discretamente escalonada dominaba el paraje. Al fondo, los lodos del Embalse del Ebro en pleno retroceso quedaban iluminados por rayos de sol furtivos y huidizos. El sedimento del tiempo se había adueñado de todo el ámbito, convirtiendo lo que fuera un espacio de homenaje en un no-lugar de los más clásicos. En una curva cercana, otros veinte militares italianos perecieron en un accidente en 1971, lo que hizo que, con el tiempo, la pirámide dejara de ser un cementerio para convertirse en una ruina y al paraje le crecieran más sedimentos de mal rollo.

La entrada está tapiada con cemento gris, bajo la gran eme mussoliniana; encima hay una pequeña abertura, un agujero, por el que entran y salen pequeños pájaros. Todo está vandalizado y los nombres de mujeres desconocidas trepan por los escalones: Lola, Vale, Mónica. Alguien ha escrito más arriba un “te quiero mucho”. ¿Quién puede ser capaz de declarar su amor a alguien en semejante lugar? En la parte trasera, las losas de caliza que recubren el armazón de hormigón caen sin remedio, dejando ver un enfoscado de cemento descuidado y pobre, una verdadera chapuza que ni la carestía del momento en que se construyó, el final de la Guerra Civil, puede explicar. El monumento, como otros tantos del franquismo, fue construido por prisioneros (esclavos que hicieron que saliera muy barato erigirlo).

Sólo por ese motivo no debería de existir desde hace décadas, sobre todo teniendo en cuenta que los cuerpos fueron exhumados.

Al menos eso pensaba yo antes de visitar el lugar, previamente a ver una exposición fotográfica en Medina de Pomar.

Ahora he cambiado de idea. Ahora pienso que ese mausoleo truncado (que además es Bien de Interés Cultural desde hace unos meses) tiene que seguir ahí, debe permanecer porque es una obra en progreso, una especie de performance no planificada, en la que sólo la intemperie puede actuar. La Pirámide de los Italianos es lo que se podría llamar un pudridero, un pudridero de tiempo. Ha sido vandalizada, pero la inclemencia es lo que más la ha afectado, y este avance inexorable hacia la ruina es lo que hace que su presencia cobre más sentido. Dejar que las zarzas invadan los escalones y penetren en el interior, que las palomas aniden, que las últimas losas caigan al suelo para que los nostálgicos de lo desconocido se las lleven a casa, es el mejor destino para este lugar que viene de una época desparecida que nunca volverá. ¿Es un lugar de memoria? No lo creo. ¿Es un lugar para reflexionar? Posiblemente, como reflexionaba Leopardi ante un sepulcro antiguo. Todo ello es posible, pero sobre todo, la pirámide es un pudridero de tiempo, donde las sucesivas infamias humanas se van sedimentando como los lodos que deja el embalse en su retirada. Cada vez que una losa cae y deja al descubierto la obscenidad del hormigón y de las circunstancias de su construcción, una enseñanza y una advertencia crece entre los espinos, un recuerdo de lo vano, lo patético y ridículo que es el odio, y lo perversa que puede llegar a ser la mente humana fanatizada e ignorante.

martes, 25 de agosto de 2020

ETIMOLOGÍAS PRIVADAS: SATURIO

El tiempo, que todo lo devora, acostumbra a hacernos burla y respetar lugares remotos y humildes mientras masacra sin piedad las grandes obras de los hombres. De alguna manera, las ruinas pequeñas son menos ruinosas, dentro de su penuria parecen menos devastadas que los grandes gigantes de la desmembración, léanse las abadías británicas. Los lugares humildes no tienen ningún destino intermedio, o desaparecen sin dejar rastro o se conservan milagrosamente como insectos en formol. Es el caso de la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga, ese eremitorio primitivo que hubo de terminar en cenobio y que a pesar de los expolios y del olvido continuado se nos presenta hoy como un puente elevado por encima de los siglos golosos.

En el interior de la singular construcción, pasado el arco ultrasemicircular, más allá de los espectros de pinturas desangradas, de la palmera iniciática y al fondo de ese bosque de columnas de la mezquitilla mozárabe se esconde la gruta minúscula donde algún monje hiciera su retiro del mundo. Entrar en ese espacio oscuro y estrecho me llevó hace casi veinte años a experimentar por un momento, en esa vuelta al embrión o al origen de una manera quizá tangencial, pero sincera, la experiencia de aquellos santones del siglo X y XI.

Más o menos por esas fechas inciertas, días antes o días después, recorrí por vez primera, rodeado de buenos amigos y de las inscripciones de los enamorados sobre los chopos de ribera, el delicioso paseo que va de San Polo a San Saturio, pasado San Juan de Duero. La ermita sobre el río, antes de que trace éste la famosa curva de ballesta, se encastilla desde el siglo XVII sobre una cueva que evoluciona en espiral dentro de una peña a las faldas de la Sierra de Santa Ana o de Peñalba. El lugar cogió pronto justa fama universal, mereciendo los paseos de escritores nacionales e internacionales (como Peter Handke, el reciente Nobel, ese socio intempestivo del Numancia).

No siempre fue así.

Soria entera sufrió largos siglos de letargo que la han revestido, no tan paradójicamente como cabría pensar, de ese encanto dormido que aún hoy conserva. San Saturio debió ser durante muchos siglos un solitario peñasco donde algún que otro eremita escondiera sus reumáticos huesos. Tal es así, que hasta el Santo Patrón de Soria, titular de esta ermita de obra barroca cuya advocación peleó durante un tiempo con la de San Miguel, es lo que se llama un santo pretermitido, es decir inexistente si no es por la devoción popular. El cronista más emocionado, salvando a Don Antonio, de la tierra de Soria, caminante de sus páramos, Avelino Hernández, mal editado como tantos hasta fechas recientes, es quién me da una clave del incierto origen del nombre de Saturio, esquivo godo del siglo VI. Recordando las bondades del lugar en esa precisa y singular guía titulada Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Avelino escribe:

Saturno era el Dios de los Infiernos y dicen que si se le adoraba en las profundas simas de la cueva que hay en la sierra de Santa Ana, cortada a tajo por el Duero. He visto escrito que cuando los visigodos se cristianaron se bautizó a Saturno por Saturio. Y si no es verdad puede serlo. (p. 230)

Perdonemos a Avelino mezclar al titán Saturno, dueño del tiempo, con Plutón, pero celebremos su aportación, pues es cosa aceptada que las Saturnales fueron fiestas y cultos liberadores muy arraigados en el mundo romano y post-romano que el cristianismo quiso borrar con empeño. El oscuro Saturio, eso sí, de haber existido, hubiera habitado las mismas tenebrosas cuevas que podrían ser refugio de un Titán.

En todo caso, Saturno ya era un Dios popular en el Lacio antes de la colonización del Cronos griego, y a ese Dios anterior, cuyo nombre nace de satus (sembrado) o de satio (sazón, siembra o cosecha), por tanto vinculado a la opulencia y a fertilidad, debemos las celebraciones del solsticio de invierno, las míticas Saturnalia, donde se celebraba el prodigalidad de la tierra con banquetes generosos, con dádivas y regalos a los parientes, con fiestas sin fin, donde se recordaba la fraternidad humana y el esclavo se sentaba a la mesa del señor para ser servido por este. Todavía en Plácido, de García Berlanga, esa ácida crítica a la mentira navideña, el mendigo se sienta a la mesa de las burguesitas provincianas. Hoy ya ni se nos ocurriría hacerle semejante honor al remoto Saturno.

Saturno quedó en Saturio, la abundancia y la fertilidad derivaron en renuncia a los placeres del mundo, a la comida, a la fiesta y, por supuesto, a la carne. Nunca nombres tan cercanos designaron principios morales tan alejados.

Hoy ya no existen eremitas en Occidente, algunos monjes camaldulenses aislados en el Yermo de Herrera, en Burgos, los ortodoxos pobladores de Meteora en Grecia y poco más, que procuran mitigar los rigores con unas pocas comodidades básicas, a saber: cuarto de baño, agua caliente, estufa de leña, y finalmente, sala de oración, para escribir o leer. Curiosamente, espacios no demasiado alejados de las cabañas o refugios alquilados, comprados e incluso construidos con sus propias manos por variados artistas, escritores o filósofos que tan bien ilustra el ensayo fotográfico Cabañas para pensar, que sacó a la luz Maia ediciones.

En la lejana India, sin embargo, los sadhu, los saturios del hinduismo, santones o monjes que renuncian a todo, incluso a esas mínimas comodidades, proliferan hoy como ayer por los suburbios superpoblados pidiendo limosna para luego refugiarse en el más absoluto y riguroso retiro o abstinencia de los placeres mundanos, una forma de vida que desapareció hace siglos de España. Luego están los que ejercen vida de ermitaño por obligación y un poco por espíritu de resistencia; estos son los habitantes de pueblos agonizantes que la civilización ha olvidado. Avelino Hernández describe a varios de estos en su libro ya citado o en un canto elegíaco titulado La Sierra del Alba. Es Julio Llamazares, quizá, quien mejor ha descrito esta forma de vida resignada de muchos pueblos en invierno y en su invierno con textos como El rio del olvido:

Días interminables, noches largas y oscuras, semanas y semanas encerrados en las casas escuchando la radio y jugando a las cartas y rezando en la noche para que nadie caiga enfermo y se muera sin poder salir de aquí. (p. 129)

Rezando en la noche.

Es cierto que, a la postre, Saturno venció a través de los dos ritos herederos de las viejas Saturnalia (Carnaval y Navidad), si bien descafeinados y ya carentes de todo sentido trascendente. Pero también es cierto que es cada vez más intenso el reflujo que lanza a los hombres, por amor a lo distinto –y a lo distante- a experimentar un retiro aunque sólo sea como experiencia limitada, muchas veces buscando un idílico paraíso campestre sin saber de la verdadera dureza del aislamiento, como prueban la multitud de fracasos en este tipo de experiencias.

Soria, la provincia, la ciudad, conserva todavía ese halo eremita, nos ofrece ruinas discretas y amables, alguna terrible (como esa enorme fortaleza de Gormaz) y ha conseguido preservar en su despoblación el lejano aroma de aquellos sadhu que la poblaron de forma precaria y anónima. Parece un contrasentido, como esa tensión entre el viejo rito de la abundancia y el nuevo de la abstinencia, que algo tan etéreo como el agreste encanto de la abstinencia de aquellos saturios siga ejerciendo esa atracción en el sistema de la saturación absoluta.

Las palabras engañan, pero en el interior de las mentes evolucionan y crean extraños retruécanos, como esa tensión dispareja entre saturios y saturación que termina explicando el sentido final de nuestra época.

jueves, 23 de abril de 2020

EN LAS CASAS DE LA INFANCIA




En la película Gritos y susurros, de Ingmar Bergman, una niña se esconde detrás de los visillos y contempla un tanto cohibida a su madre sentada a la mesa en el salón rojo. La madre la llama y la niña, obediente, acude. En ese lugar nos encontramos los lectores cuando leemos ciertas obras mal llamadas autobiográficas, porque superan con creces esa etiqueta. En cierto modo, todo aquel que se asome a una obra narrativa se instala en ese precioso lugar tras el visillo, es cierto, pero la diferencia es que en aquellos relatos donde se cuentan hechos inusualmente íntimos, es el propio autor el que se coloca dentro tras la cortina traslúcida. La escena de Bergman es un recuerdo, un flashback cinematográfico, pero su intensidad, su cercanía, nos desarman.

                Gritos y susurros es una película de interiores, de interiores asfixiantes, incluso, donde dos hermanas velan a otra, moribunda, y la atmósfera creada por Sven Nykvist en la fotografía nos hace palpar, casi oler la casa, como en cierta forma ocurre con ese apartamento de Dorothy Vallens en Terciopelo Azul. En ambas cintas, uno de los personajes principales es la casa desde un punto de vista opresor. La casa, que para muchos en estos días se ha convertido en cárcel, en obligado retiro o confinamiento, no parece estar siendo bien tratada en el cine, con ese aluvión de casa encantadas y oscuras, herederas del cuento gótico, que Tim Burton ha reinventado para las generaciones más jóvenes y, sin embargo, siempre hay en esas mansiones un poso de seducción, de atracción inevitable. El siglo XIX está repleto de esos relatos de terror que tantos hemos leído en nuestra juventud. La literatura sobre las casas amables, protectoras al tiempo que vitalistas, abiertas, ricas, ofrece una lista de títulos un poco más corta; pensamos que no hay aventura en disfrutar de la vida cotidiana y, sin embargo, más en estos días, se nos figura un género esencial. Hablaremos hoy, en este día del libro, de unas pocas narraciones, pero para mí elocuentes en esa franja estrecha donde confluyen las experiencias de los propios recuerdos y de las casas de la memoria donde los habitamos.

                Decía Gastón Bachelard, en un libro hoy difícil de encontrar, pero capital en su producción filosófica, La Poética del Espacio, que los poetas y los pintores son fenomenólogos natos, y es cierto que es necesaria mucha capacidad de observación para rescatar los escenarios de la infancia, no sólo en el orden de los acontecimientos, sino también en el orden de los lugares que los vieron desarrollarse. Un libro reciente, del excelente filólogo, escritor y traductor Victor Colden, ha dado en el equilibrio exacto de esa revisión de los pabellones vacíos de la infancia donde caben tantas y tantas vivencias sin peligro de que las estancias rebosen. Decía García Montero en Poesía, Cuartel de Invierno, y también Luis Buñuel en algún lugar de Mi último Suspiro, que “el genio es la infancia encontrada voluntariamente”. Se cumple de manera clara esta máxima en el libro de Colden, su Inventario del Paraíso, una visión tan particular y a la vez tan universal que nos pellizca en los más remotos recuerdos de los lugares de nuestro inestable olvido.

Todas las casas en gran medida son la casa de la infancia, el espacio donde más tiempo hemos pasado en la vida del pensamiento; como escribiera Ambrose Bierce: “De la infancia a la juventud transcurre una eternidad; de la juventud a la edad adulta, una estación del año. La vejez llega en una noche y es increíble”. Es aquí donde Colden acierta y se nos revela como el gran fenomenólogo que es, organizando, un poco aristotélicamente, las sensaciones captadas en pequeños capítulos como cajones de armarios: Árboles, Palabras, Visitantes, Sabores, olores, Placeres, Animales… Lugares. Él diría: como una biznaga de palabras. Es curioso, porque en la obra inaugural de esa “fenomenología de la imaginación” que es La Poética del Espacio, Bachelard, haciendo un recorrido desde el sótano a la buhardilla de una casa-arquetipo, se detiene en los armarios, en los cajones, como trasuntos en miniatura de la propia casa, de los “ensueños”, como él los llama, de ser diminuto y esconderse en los recovecos. Así, cita Bachelard: “El armario –dice Milozs- está lleno del tumulto mudo de los recuerdos.” Y nos recuerda este poema de André Bretón:

L’armoire est pleine de ligne
Il y a même des rayons de lune que se peux deplier.

            Las preguntas a las que nos expone Bachelard ante su análisis de la casa son múltiples y todas esenciales, insertadas en capítulos en apariencia inocentes: casa y universo; los rincones; la concha; la miniatura; la inmensidad íntima… En realidad, nos coloca ante nuestra propia existencia corporal como continente de la consciencia, nos reduce al espacio más esencial y después nos proyecta a nuestro exterior inmediato: nuestra habitación, nuestra casa… La referencia a Bousquet, aquel poeta que cuyo universo era una cama, es elocuente: “Nadie me ve cambiar. Pero, ¿quién me ve? Yo soy mi escondite.” Y Víctor Colden nos da una respuesta en su libro, porque a través de una síntesis resuelve ese gran drama que planteó Edmund Husserl: “La mayoría de los hombres pasan por la vida como si estuvieran medio dormidos”. ¿Qué integra esta síntesis? Recordamos ahora la mirada de la niña de Bergman. En el Inventario del Paraíso, la mirada desinhibida del niño que ya es mayor –pero a la vez niño-, comienza por desgranar todos los lugares importantes de la casa, los impregnados de la observación y la experiencia primera, los que están enlazados con alguna vivencia: la hamaca del abuelo, que los pequeños acechan escondidos, el tocador de la abuela Lola, la entrada de arriba, la fábrica del garaje… La casa y sus habitantes quedan unidos, indisolubles, desde el principio, en la memoria de Michi, el niño que fue. Lo que nos enseña Colden desde la primera página es sus rincones, una palabra que para el niño conserva toda la plenitud de la aventura, del descubrimiento, porque un rincón es el contrario de un no-lugar, es un espacio cargado de significado. Nos cuenta Bachelard: “El rincón se convierte en un armario de recuerdos. Habiendo franqueado los mil umbrales del desorden de las cosas polvorientas, los objetos-recuerdos ponen el pasado en orden.”

                La narración de Colden no se inscribe en la ficción ni la autobiografía, ni en ese extraño monstruo que dio en llamarse autoficción, no es una novela al uso, es un género distinto que hunde sus raíces en textos como los de Natalia Ginzburg, que descubrí gracias a este Inventario del Paraíso. En la más genuina de las obras de Ginzburg, Léxico familiar, la autora pasea a través de los momentos íntimos de su familia, de sus hermanos, sus padres, los vecinos. Las vivencias y recuerdos desfilan por las estancias de la casa familiar con una naturalidad -a la vez íntima en extremo y despegada- que nos hace sentirnos por momentos unos invasores. Pero es la propia Natalia Ginzburg (Levi de nacimiento) la que ocupa el papel de esa niña de Gritos y Susurros, porque asume con radicalidad el papel de observadora de las numerosas discusiones de familia, las travesuras de los hermanos, momentos cómicos y las manías de su padre, el celo por el mezzorado, los poemas balbuceantes y pegadizos, los jerséis, las manzanas, el frío de la casa… la narradora se dedica a grabar esas escaramuzas como si de una grabadora doméstica se tratara hasta que, sin aviso previo, (en la página 160 de la edición de Lumen), pronuncia, ya casada, dos palabras como respuesta a una pregunta de su hermano: “Más rica”. Desde entonces, el libro cambia, se vuelve más pesimista, son los años de la persecución fascista, los años de los detenidos y desaparecidos, de los muertos. Nosotros, lectores, que éramos como uno más de la familia, que comíamos los smarren sentados a su mesa, de repente nos sentimos cohibidos porque nos están contando la tragedia que sufrió la mejor generación intelectual italiana del siglo XX en el periodo de entreguerras e inmediata postguerra, y lo hemos visto pasar entre pijamas, sábanas colgadas y ropa interior limpia llevada a la cárcel. La frase final de Léxico familiar nos trae al principio: “¡la de veces que he oído contar esa historia!”

Los textos de Colden y Ginzburg comparten varias cosas, pero una de ellas es su amor por las palabras o las frases hechas de la familia, por esas palabras que parecen adquirir corporeidad, una textura maleable y a la vez firme que las hace resistir años, de modo que, pronunciadas incluso décadas después, nos hacen regresar también, como la magdalena de Proust, al inicio de la historia. En Léxico familiar son incluso poemas tontos que vuelven cada cierto número de páginas –y de años-.

Yo soy don Carlos Tadrid
y soy estudiante en Madrid.


En Inventario del paraíso, el afán de recuperar esas palabras personales llega a convertirse en una verdadera investigación: Ataití-itiatá, Aceitazo, Gloria, Rollo, Cojo, Leshe… Palabras que en el “léxico familiar” interno tienen significados y códigos superpuestos que no entenderíamos si no fuera porque Colden, primoroso, deteniéndose en cada detalle, nos los deshoja y pincha para nuestro disfrute como flores de la biznaga. Están también los animales: la salamanquesa, el camaleón y, sobre todo, la bisha, que pululan por las estancias y el jardín de ese paraíso de la infancia que es la casa de Las Palmeras, la casa de veraneo de los abuelos malagueños. O los olores, que Colden ha guardado en una alacena secreta de su memoria (esos cajones de Bachelard…) en botes que podemos abrir y aspirar. O los sabores: el pan con aceite y azúcar, los rosquitos… El inventario se hace insondable y cuando uno termina, como en todos los buenos libros, queda apenado y desea volver al camino inicial, a la primera página, porque nada hay como la primera lectura de un libro, la lectura del niño, aunque, por desgracia, no podemos volver a esa niñez del lector sino evocándola, como hago yo ahora en estos textos.

Todos conservamos la casa de la infancia, aun cuando la vida nos haya hecho mirar hacia otros horizontes demasiado pronto, aun cuando esa infancia terminara antes de tiempo o nos hubiéramos vuelto hipermétropes por comodidad. Colden y Ginzburg nos enseñan el valor de esos momentos ya casi olvidados; a través de ellos volvemos a recordar nuestros porches, nuestras alacenas, armarios, camas deshechas, palomares, desvanes, por muy pronto que los abandonáramos. En este sentido, se me figuran textos casi terapéuticos.

Suelo incitar a mis alumnos a hacer una especie de paseo de Rauschenberg desde el instituto a su casa. Les insisto en que se fijen en esos pequeños detalles en los que no reparan durante el trayecto, aunque lo hagan todos los días. Los resultados suelen ser asombrosos. Estos tres libros que he seguido son nuestro propio paseo, nos enseñan a detenernos y a reflexionar sobre las miserias y tristezas de los descuidos de nuestra percepción, pero también los triunfos, porque a través de su universalidad se nos abren de nuevo los sésamos olvidados de nuestras primeras percepciones. Entonces se dibuja en nuestra mente una casa, puede que la de Colden, o la de Ginzburg, pero con un poco de suerte la nuestra, olvidada bajo mil enseres. “Pedir al niño que dibuje una casa es pedirle que dibuje el sueño más profundo donde quiere albergar su felicidad (…)”, dice Mme. Balif a través de Bachelard.

Llevamos semanas de confinamiento y empezamos a odiar incluso la existencia de nuestros domicilios, que nos oprimen como camisas de fuerza. Intentaremos olvidar estos días en cuanto podamos, pero quizá sea un error, quizá un ejercicio que nos salve sea colocar nuestro entorno en paréntesis y realizar una suerte de epojé al estilo fenomenológico; blindar esos trazos de experiencia en nuestro interior, quizá nos sean de mucha ayuda en un futuro que desconocemos. Recuerdo ahora un artículo que escribí hace más de veinte años en torno a los cuentos populares, decía yo entonces que “el escepticismo es un duro pecado, pero como actitud ante la vida es una penitencia. En los cuentos no existe tal cosa, la cuestión no está en creer o en no creer, sino en experienciar.” Seamos pues, ante estos duros momentos de nuestra vida azarosa, frente a un futuro incierto, una vez más, niños, y atesoremos estas experiencias limítrofes como un seguro hacia lo que está por venir. Colden, Ginzburg y otros autores nos ayudarán sin duda.


Jumilla, Día del Libro de 2020, sobrepasada la cuarentena en confinamiento.


BIBLIOGRAFÍA:

Bachelard, G., La poética del Espacio, FCE, México, 1993
Colden, V., Inventario del Paraíso, Libros Canto y Cuento, Jerez, 2019
Ginzburg, N., Léxico familiar, Lumen, Barcelona, 2019
Medina, B., Entre fenomenología y poiesis, apuntes sobre los cuentos populares, en revista Anaquel, nº 2, Ciudad Real, 1999

domingo, 14 de octubre de 2018

LAS MURALLAS DE SAMARIS





Corría el año 1983 cuando un pequeño estallido removía el mundo del cómic tras la publicación del primer álbum de la serie Las ciudades oscuras, que dos autores francobelgas, Benoît Peeters y François Schuiten, desarrollarían en las décadas posteriores. Ese primer tomo, titulado Las murallas de Samaris, impecable en su factura, exacto y milimétrico tanto en guión como en dibujo, ha conseguido saltar por encima de las peripecias de las ediciones agotadas (recientemente Norma Editorial lo ha reeditado para España) y de la imparable mutación de los gustos gráficos y de la edad de los aficionados al mundo del cómic. Sus virtudes lo han convertido en un clásico que, como escribe Sergio Benítez (ver enlace), "ha ganado en potencia, resultando el mensaje que en última instancia se puede destilar de éstas páginas tan válido y actual como lo fuera hace treinta años". No sólo eso, Las murallas de Samaris se reviste hoy de una nueva capa de significados que la convierten en una certera alegoría del mundo occidental actual, una segunda vida que posiblemente los propios autores no soñaron pero que da idea de su calidad como obra de arte universal.
               La historia comienza en la ciudad de Xhystos, una urbe de burócratas primorosamente descrita por el dibujo de Schuiten, con su arquitectura de acero y cristal (ya veremos que este es el primer detalle a tener en cuenta), donde vive Franz, a quien se le encarga la misión de visitar la vecina -y muy lejana- Samaris. La novia de nuestro protagonista, muy enfadada porque éste ha aceptado la misión, rompe con él; no en vano su hermana, la bella Clara, desapareció en Samaris y nadie volvió a verla. El caso es que los últimos visitantes que se allegaron a la vecina urbe no han regresado, por lo que se supone que algo raro está ocurriendo en Samaris. Con la promesa de una ascenso social, Franz emprende un larguísimo y agotador viaje por tren, avión y barco, atravesando vastedades desiertas hasta enfrentar las murallas de Samaris, que aunque visibles desde lejos no parecen alcanzables. La viñeta que reproduzco es ya evidente: un enorme muro desnudo se yergue imponente sobre la frágil patera de Franz.


               Pero finalmente, el viajero penetra en la ciudad, aparentemente una urbe civilizada, con hermosos edificios dieciochescos. Consigue encontrar alojamiento en lo que parece el único hotel de Samaris, anómalo para una ciudad tan imponente. Enseguida se hace extraña la actitud de las gentes, distantes al par que ociosas, ajenas en cierto modo al entorno, enfrascadas en actividades de funcionario o escribiente o en juegos de azar o de salón. Todo son breves saludos, conversaciones insulsas y superficiales. Conoce a una joven llamada Carla, curiosamente muy parecida a su cuñada perdida, con la que intenta entablar una conversación más profunda sin éxito, haciendo que ella, tan huidiza como los demás, se asuste. Franz pasea por la ciudad, no hay niños, nadie ejerce trabajos manuales y los edificios se repiten con monotonía a su paso. Llega el viajero a arrancar el marco de alguna ventana para encontrar detrás un muro, al igual que en su propia habitación, tapiada por las humedades. Franz se siente cada vez más oprimido, más molesto a la vez que adormecido. Finalmente, en un arrebato, consigue derribar un muro del hotel, curiosamente frágil, y accede a la cruda realidad: la ciudad es un enorme simulacro, un conjunto de decorados unidos a mecanismos que hacen que el entorno urbano de la ciudad cambie cada día y encierre a los habitantes en un entramado kafkiano. Cuando por fin el viajero llega al núcleo de esa gran tramoya que es Samaris, como podemos ver en la viñeta, y comprende por qué el emblema de la ciudad es una planta carnívora llamada drosera, que atrae a sus víctimas con tentáculos edulcorados. Todos los habitantes de la ciudad son víctimas del mecanismo infernal de Samaris, enajenados por la imagen que la ciudad ha creado para que no escapen. Franz lo hace después de varias peripecias y regresa a Xhystos, donde le espera una horrible revelación, pero esa ya es empresa del lector entregado.


               Es posible que Benoît Peteers leyera a Baudrillard y su concepto de simulacro, que hacia los ochenta estaba en plena actualidad, o también que quisiera enseñarnos una parábola de la alienación de las ciudades modernas, tan burocratizadas y cuadriculadas en su funcionamiento como son las ciudades oscuras que inventa, reflejando también la sospecha de la realidad consustancial a la época de la modernidad avanzada; es posible que quiera pasar a cuento visual el texto de El Proceso, de Kafka, o todo a la vez, lo cierto es que junto a Schuiten parece haber proyectado en una alegoría todas las contradicciones actuales de esta Unión Europea en la que vivimos hoy, incluso del propio sistema capitalista. Veamos algunas coincidencias.
               Para empezar, Xhystos se nos presenta como la realización del sueño de la arquitectura decimonónica de acero y cristal, presentada a demás en un estilo modernista propio del mejor Victor Horta. Esto nos recuerda el reciente texto de Peter Sloterdijk sobre El palacio de Cristal (ver: El Mundo interior del capital: Para una Teoría Filosófica de la Globalización, Siruela, madrid, 2010), inspirado en aquella proeza londinense construida para la Exposición Universal de 1851, nacimiento de la arquitectura de hierro y cristal. Sloterdijk metaforiza en la construcción británica la estructura del capitalismo globalizado. El autor alemán sostiene que el sistema ha sustituido el viejo mundo metafísico por una burbuja de cristal en cuyo interior el ciudadano dispone de todo lo necesario y de la capacidad de adquirirlo, por muy lejano que se encuentre. Pero este mundo interior depende de un mundo exterior del que se tiene que alimentar necesariamente, y al que accede de forma remota, a través de grandes emporios como Amazon, Alí Babá, Google y el resto de gestores de internet u otros medios de comunicación mundializados. Este "espacio ordenado domésticamente y climatizado artificialmente" no es, según Sloterdijk, "un ágora ni una feria de ventas al aire libre, sino un invernadero que ha arrastrado hacia adentro todo lo que era exterior" (p. 30). Tanto Xhystos como Samaris tienen en el cómic de Schuiten y Peteers esa apariencia de espacio cerrado, acristalado y desinfectado.
               Pero este sistema tiene ganadores, que habitan la burbuja, y perdedores, que quedan fuera, en el exterior, y a veces, como era de esperar, esos habitantes externos penetran en el interior de la burbuja, como ocurre en la elocuente imagen de Franz entrando a Samaris en barca. Cuando esto ocurre -inmigrantes en el Mediterráneo, atentados yihadistas, refugiados sirios- la alarma es generalizada. No ocurre así en Samaris, donde el peregrino parece encontrar un cobijo -al estilo del buen samaritano- aunque sólo sea momentáneamente, pero esto es así porque Samaris es una ciudad mental antes que real, hoy diríamos virtual. El interés de Samaris es atraer víctimas que alimenten su sistema, que haga que sus tramoyas y decorados luzcan y funcionen, para después, con el tiempo, excretar a esos mismos visionarios cuando han sido exprimidos y no son de utilidad, exactamente como el capitalismo globalizado, que expulsa hacia los bordes de las ciudades los escombros que de los que no sirven, haciéndolos habitar los no-lugares del no-consumo.
               En todo caso, incluso el viajero que todavía tiene la suerte de vivir dentro de la ciudad-teatro se encuentra ante un panorama desolador, donde nadie parece hacerle caso, y peor, nadie parece ser nada. En este punto es donde nos llega un nuevo nivel de significación en esta metáfora de Occidente, y en concreto de la vieja Europa, que es Las murallas de Samaris. La ciudad-decorado se nos figura un trasunto claro de la deteriorada Unión Europea, con sus burócratas pasivos, sus leyes inútiles y esa extraña postura paradójica hacia los refugiados, acogidos y expulsados a la vez. Nos engañamos si pensamos que alguna vez Europa ha sido el "buen samaritano" de Occidente. Como nos aclara Slavoj Žižek, el más importante crítico de la globalización capitalista (ver Los refugiados y el terror, Anagrama, Barcelona, 2018), esa Unión Europea "democrática" defensora de los derechos humanos y del Estado del Bienestar "nunca ha existido" (p. 16). Žižek recuerda que Europa se encuentra anclada entre Estados Unidos y China, los dos modelos de capitalismo actual y que su única oportunidad es superar la oposición entre el modelo anglo-sajón y el modelo franco-alemán, algo que ya vemos que parece imposible. Así pues, Europa -Samaris- se encuentra encarcelada entre lo que nos quiere hacer creer que es y lo que es en realidad -entre su realidad y su simulacro-. Al igual que Samaris, Europa es el típico sistema estático en el cual la resolución de la paradoja implica la desaparición. los viajeros que llegan a Samaris buscan la verdad que se oculta tras el simulacro, pero se ven frustrados, porque detrás sólo hay tabiques de ladrillos y puertas tapiadas. De la misma forma, los refugiados que cruzan el Mediterráneo no sólo huyen de una situación catastrófica; buscan en Europa un sueño; en realidad, como apunta Žižek, no se conforman con Francia, España o los Balcanes, quieren ir más allá. "La ardua lección que aprenden los refugiados es que 'Noruega no Existe', ni siquiera en Noruega" (p. 62). Los pocos que consiguen escapar de la anodina realidad de Samaris descubren que, en realidad, Samaris no existe. La Europa que los propios ciudadanos del interior del invernadero, de nuestro palacio de cristal, creen conocer no existe ni ha existido, fruto de la revelación de este engaño monumental llega la furia -al igual que Franz en Samaris-, los propios europeos optan por la violencia cuando descubren la tramoya, la trampa, y caen en manos de los tentáculos de la extrema derecha, de Marine le Pen, de Salvini, de Vox.
                 Ésta es nuestra condición, tan magistralmente expuesta en ese cómic que ya es un clásico y que tantas lecciones nos depara. pero todavía queda un "tour de force" final. Cuando Franz regresa a Xhytos, tras un viaje de vuelta atroz, sigue notando esa opresión que sentía en samaris. Pide hablar con el consejo de la ciudad y allí, en una escena plenamente kafkiana (ver viñeta)


descubre lo que ya intuía, que las dos ciudades forman parte del mismo sistema de simulacros y que definitivamente está fuera, sin remedio, sin lugar. La solución a la crisis de los refugiados, como también apunta Žižek, se encuentra fuera de Europa -y a la vez dentro-. Para resolverla no sirven ni los paños calientes de una izquierda ingenua y timorata ni los exabruptos de la nueva extrema derecha. Los refugiados huyen de los problemas que el interior de la cúpula les ha creado: la crisis mundial del mercado de alimentos, las luchas de las potencias por el control de las materias primas, la disputa por el agua en plena África y tantos otros. Si Europa logra redimirse luchando por resolver esos problemas quizá consiga volver a creer en las narrativas de la Ilustración y sea capaz de mirarse a sí misma. La solución puede parecer utópica -como advierte Žižek- pero la alternativa es sucumbir aplastados entre los dos grandes bloques capitalistas mientras se desploma, en un ruido de cartones, tanto simulacro, tanto decorado y tanta máscara. Aprendamos de Samaris.