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martes, 13 de febrero de 2024

LA VERDAD DEL CARNAVAL

 



I

A poco que nos paramos a analizar la celebración del carnaval en la civilización occidental en los últimos siglos, nos llama la atención una serie de constantes, sea cual sea la geografía, el apego a la tradición o las múltiples formas de evolucionar que ha tenido este antiguo ritual.

                En primer lugar, lo que parece evidente es que, lejos de ser una apoteosis de la impostura o el engaño, el carnaval es más bien el triunfo de la verdad, de una verdad efímera y puede que deformada, pero necesaria como catarsis anual de todas las represiones externas o internas que el individuo de sociedades en las que la mezcla de la tradición grecolatina y judeocristiana -junto al fermento adicional de viejos ritos ancestrales de cada tribu secular- conforma un equilibrio social y psicológico difícil de mantener.

                Durante siglos, el supuesto anonimato de la máscara permitía por unos días a cada cual mostrarse como realmente quería ser, si bien de manera lúdica. El hombre se disfrazaba de mujer, la mujer de hombre, el padre de familia esforzado y serio se convertía en un personaje desbaratado y sinvergüenza, la mujer casta y reservada se dejaba llevar por deseos que no podía confesarse a sí misma; la amargura de tener que aparentar un papel falso día tras día era aliviada durante un corto espacio de tiempo. Este desfogue regulado por los ciclos estacionales era una válvula de escape que la sociedad necesitaba para seguir viva en sus contradicciones; no es otra la razón por la que, a pesar de estar prohibidos durante dictaduras como la de Primo de Rivera o la franquista, los carnavales más iconoclastas no dejaron de celebrarse de manera semiclandestina. Nunca se llegaron a cancelar los de Cádiz y Tenerife, por ejemplo.



                Hay una dialéctica interna en el hecho de disfrazarse que ha llenado miles de páginas de etnógrafos y sociólogos, pero que a nivel puramente poético es de una profundidad encantadora, y es el hecho de que, para desvelarse (es decir, para que aparezca la verdad, en el sentido griego del término) es necesario velarse. El sentido de toda metáfora está encarnado en esa dialéctica. Es más, buena parte del éxito del teatro popular en las sociedades más reprimidas radica en este sano cambio de roles.

                Hoy, en las democracias neoliberales del capitalismo tardío, donde la libertad individual no solo está permitida, sino incentivada como garantía de la diversidad del consumo de productos pensados para cada gusto o preferencia personal, la función del carnaval ha desaparecido tal y como siempre se entendió durante siglos. Carnestolendas o Entroido son hoy una excusa como otra para pasar un sano rato de fiesta que nos aparta de la rutina laboral y de paso permite ingresar unos euros extra a través de la afluencia de turistas. Halloween, el parque temático de Semana Santa, viejas tradiciones recuperadas, siguen ese mismo camino.

Nada más. ¿O nada menos?

La realidad quizá sea algo más compleja. La clave nos la da el desaforado éxito de las celebraciones de los carnavales escolares (no muy distintas de las que festejan Halloween o Semana Santa). No creo que el sentido de estos festejos sea preservar tradiciones que pueden estar en peligro de desaparecer o tienen un especial interés cultural, de hecho, se encuentran prácticamente inscritas al ámbito de la educación primaria. Hace unos cuantos años que nadie celebra el carnaval en mi centro de educación secundaria, incluso algún alumno me pregunta tímidamente, como si fuera algo prohibido, si puede venir disfrazado ese martes de febrero.

No, la clave está en que estas celebraciones (como el día de la castañera, los mercadillos solidarios, y otros artefactos que los maestros han ido pergeñando a lo largo de los últimos tiempos) crean comunidad en una sociedad básicamente atomizada. En este caso, la balanza pretende equilibrar la tendencia al individualismo exacerbado, y lo hace mediante una peculiar forma de individualismo –el mero hecho de disfrazarse-, envuelta en una manera de fomentar el trabajo en equipo y la colaboración de los grupos, pero no solo de los grupos infantiles, sino también, como a nadie escapa, de los grupos de madres y padres, familias y claustro de maestros. Esta voluntad de crear comunidad desaparece en la enseñanza secundaria por el simple hecho de que los padres y madres ya no se dedican a respaldar a los pequeños, y vuelve a aparecer después en la vida adulta mediante la formación de peñas y comparsas. No desenfoquemos, en todo caso, el asunto que nos trae: el carnaval infantil.




II

El pasado lunes 12 de febrero asistí a un espectáculo que no creía posible en una ciudad del sur español –digamos Jumilla, digamos cualquier otra-. Cientos de madres, padres, abuelos y, por supuesto, niños de distintos niveles junto a sus profesores, de las más variadas nacionalidades (malienses, ecuatorianos, senegaleses, colombianos, marroquíes, peruanos, ucranianos, burkineses, rumanos, murcianos), más o menos occidentalizados, o más o menos étnicos, se encontraban pegados, amalgamados, cementados en un hatillo sin reparar los unos en los otros. Ha sido un espectáculo singular ver pequeños senegaleses disfrazados de vikingos, musulmanas de velo riguroso portando el sombrero charro del traje del hijo, ecuatorianos conversando vivamente con marroquíes acompañados de jumillanas nativas sin ningún atisbo de prejuicio xenófobo o racista.

Conozco bien el lugar donde vivo, y he podido ver como personas venidas de los barrios más humildes charlaban animadamente con otras del centro. En un momento dado, se ha producido un curioso desfile: decenas de madres disfrazadas empujaban cochecitos de bebe donde se escondían sus hijos de pocos meses.

El desfile de disfraces era original y colorista, por supuesto, y tenía el valor del trabajo en comunidad, de la confección casera de los trajes, del reciclaje, qué duda cabe; pero lo más importante radicaba en que estas máscaras, estos trampantojos, dejaban ver la verdad desnuda, como siempre lo ha hecho el puro carnaval: una sociedad multiétnica en la que conviven magrebíes o ecuatorianos de segunda generación, establecidos hace lustros, con subsaharianos llegados recientemente, atraídos por el trabajo rural, o ucranianos y otras nacionalidades del este europeo emigrados por fuerza de las circunstancias bélicas o la inestabilidad política.




Jamás, en ningún lugar público o privado, veremos juntas todas estas nacionalidades. Viven aislados en grupos más o menos homogéneos y su contacto en los propios centros escolares es también limitado, pero el sagrado carnaval ha obrado de nuevo este milagro, como lo viene haciendo desde la época prerromana: ha conseguido sacar a la luz la médula última de nuestra sociedad, una sociedad diversa, multiforme, mutante, atravesada por variadas fibras religiosas o sociales, que necesariamente tenderá a la cohesión, si las cosas se hacen bien y aceptamos las múltiples ventajas que esto comporta, o derivará en serios conflictos sociales –como los que se desencadenan regularmente en las afueras de París- si las cosas se hacen mal.

Don Carnaval (o Don Carnal) nos ha hecho un favor:  ha descubierto ya el tipo de sociedad en la que nos movemos y nos la ha ofrecido delante de nuestros ojos, gracias en gran parte a la labor de maestros y comunidades de AMPAs. Lo ha hecho en el sector social más sensible y frágil: la infancia.

¿Seremos capaces se aprender la lección de don Carnaval, ese viejo sabio y milenario? ¿O bien preferiremos cerrar los ojos y escondernos detrás de otras máscaras mucho más peligrosas?


martes, 25 de agosto de 2020

ETIMOLOGÍAS PRIVADAS: SATURIO

El tiempo, que todo lo devora, acostumbra a hacernos burla y respetar lugares remotos y humildes mientras masacra sin piedad las grandes obras de los hombres. De alguna manera, las ruinas pequeñas son menos ruinosas, dentro de su penuria parecen menos devastadas que los grandes gigantes de la desmembración, léanse las abadías británicas. Los lugares humildes no tienen ningún destino intermedio, o desaparecen sin dejar rastro o se conservan milagrosamente como insectos en formol. Es el caso de la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga, ese eremitorio primitivo que hubo de terminar en cenobio y que a pesar de los expolios y del olvido continuado se nos presenta hoy como un puente elevado por encima de los siglos golosos.

En el interior de la singular construcción, pasado el arco ultrasemicircular, más allá de los espectros de pinturas desangradas, de la palmera iniciática y al fondo de ese bosque de columnas de la mezquitilla mozárabe se esconde la gruta minúscula donde algún monje hiciera su retiro del mundo. Entrar en ese espacio oscuro y estrecho me llevó hace casi veinte años a experimentar por un momento, en esa vuelta al embrión o al origen de una manera quizá tangencial, pero sincera, la experiencia de aquellos santones del siglo X y XI.

Más o menos por esas fechas inciertas, días antes o días después, recorrí por vez primera, rodeado de buenos amigos y de las inscripciones de los enamorados sobre los chopos de ribera, el delicioso paseo que va de San Polo a San Saturio, pasado San Juan de Duero. La ermita sobre el río, antes de que trace éste la famosa curva de ballesta, se encastilla desde el siglo XVII sobre una cueva que evoluciona en espiral dentro de una peña a las faldas de la Sierra de Santa Ana o de Peñalba. El lugar cogió pronto justa fama universal, mereciendo los paseos de escritores nacionales e internacionales (como Peter Handke, el reciente Nobel, ese socio intempestivo del Numancia).

No siempre fue así.

Soria entera sufrió largos siglos de letargo que la han revestido, no tan paradójicamente como cabría pensar, de ese encanto dormido que aún hoy conserva. San Saturio debió ser durante muchos siglos un solitario peñasco donde algún que otro eremita escondiera sus reumáticos huesos. Tal es así, que hasta el Santo Patrón de Soria, titular de esta ermita de obra barroca cuya advocación peleó durante un tiempo con la de San Miguel, es lo que se llama un santo pretermitido, es decir inexistente si no es por la devoción popular. El cronista más emocionado, salvando a Don Antonio, de la tierra de Soria, caminante de sus páramos, Avelino Hernández, mal editado como tantos hasta fechas recientes, es quién me da una clave del incierto origen del nombre de Saturio, esquivo godo del siglo VI. Recordando las bondades del lugar en esa precisa y singular guía titulada Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Avelino escribe:

Saturno era el Dios de los Infiernos y dicen que si se le adoraba en las profundas simas de la cueva que hay en la sierra de Santa Ana, cortada a tajo por el Duero. He visto escrito que cuando los visigodos se cristianaron se bautizó a Saturno por Saturio. Y si no es verdad puede serlo. (p. 230)

Perdonemos a Avelino mezclar al titán Saturno, dueño del tiempo, con Plutón, pero celebremos su aportación, pues es cosa aceptada que las Saturnales fueron fiestas y cultos liberadores muy arraigados en el mundo romano y post-romano que el cristianismo quiso borrar con empeño. El oscuro Saturio, eso sí, de haber existido, hubiera habitado las mismas tenebrosas cuevas que podrían ser refugio de un Titán.

En todo caso, Saturno ya era un Dios popular en el Lacio antes de la colonización del Cronos griego, y a ese Dios anterior, cuyo nombre nace de satus (sembrado) o de satio (sazón, siembra o cosecha), por tanto vinculado a la opulencia y a fertilidad, debemos las celebraciones del solsticio de invierno, las míticas Saturnalia, donde se celebraba el prodigalidad de la tierra con banquetes generosos, con dádivas y regalos a los parientes, con fiestas sin fin, donde se recordaba la fraternidad humana y el esclavo se sentaba a la mesa del señor para ser servido por este. Todavía en Plácido, de García Berlanga, esa ácida crítica a la mentira navideña, el mendigo se sienta a la mesa de las burguesitas provincianas. Hoy ya ni se nos ocurriría hacerle semejante honor al remoto Saturno.

Saturno quedó en Saturio, la abundancia y la fertilidad derivaron en renuncia a los placeres del mundo, a la comida, a la fiesta y, por supuesto, a la carne. Nunca nombres tan cercanos designaron principios morales tan alejados.

Hoy ya no existen eremitas en Occidente, algunos monjes camaldulenses aislados en el Yermo de Herrera, en Burgos, los ortodoxos pobladores de Meteora en Grecia y poco más, que procuran mitigar los rigores con unas pocas comodidades básicas, a saber: cuarto de baño, agua caliente, estufa de leña, y finalmente, sala de oración, para escribir o leer. Curiosamente, espacios no demasiado alejados de las cabañas o refugios alquilados, comprados e incluso construidos con sus propias manos por variados artistas, escritores o filósofos que tan bien ilustra el ensayo fotográfico Cabañas para pensar, que sacó a la luz Maia ediciones.

En la lejana India, sin embargo, los sadhu, los saturios del hinduismo, santones o monjes que renuncian a todo, incluso a esas mínimas comodidades, proliferan hoy como ayer por los suburbios superpoblados pidiendo limosna para luego refugiarse en el más absoluto y riguroso retiro o abstinencia de los placeres mundanos, una forma de vida que desapareció hace siglos de España. Luego están los que ejercen vida de ermitaño por obligación y un poco por espíritu de resistencia; estos son los habitantes de pueblos agonizantes que la civilización ha olvidado. Avelino Hernández describe a varios de estos en su libro ya citado o en un canto elegíaco titulado La Sierra del Alba. Es Julio Llamazares, quizá, quien mejor ha descrito esta forma de vida resignada de muchos pueblos en invierno y en su invierno con textos como El rio del olvido:

Días interminables, noches largas y oscuras, semanas y semanas encerrados en las casas escuchando la radio y jugando a las cartas y rezando en la noche para que nadie caiga enfermo y se muera sin poder salir de aquí. (p. 129)

Rezando en la noche.

Es cierto que, a la postre, Saturno venció a través de los dos ritos herederos de las viejas Saturnalia (Carnaval y Navidad), si bien descafeinados y ya carentes de todo sentido trascendente. Pero también es cierto que es cada vez más intenso el reflujo que lanza a los hombres, por amor a lo distinto –y a lo distante- a experimentar un retiro aunque sólo sea como experiencia limitada, muchas veces buscando un idílico paraíso campestre sin saber de la verdadera dureza del aislamiento, como prueban la multitud de fracasos en este tipo de experiencias.

Soria, la provincia, la ciudad, conserva todavía ese halo eremita, nos ofrece ruinas discretas y amables, alguna terrible (como esa enorme fortaleza de Gormaz) y ha conseguido preservar en su despoblación el lejano aroma de aquellos sadhu que la poblaron de forma precaria y anónima. Parece un contrasentido, como esa tensión entre el viejo rito de la abundancia y el nuevo de la abstinencia, que algo tan etéreo como el agreste encanto de la abstinencia de aquellos saturios siga ejerciendo esa atracción en el sistema de la saturación absoluta.

Las palabras engañan, pero en el interior de las mentes evolucionan y crean extraños retruécanos, como esa tensión dispareja entre saturios y saturación que termina explicando el sentido final de nuestra época.

viernes, 1 de noviembre de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/09. Con Lucía Chovancova

"Donde habito es en el español", Lucía Chovancova

Nacida en Eslovaquia y enamorada del idioma castellano, Lucía Chovancova se licenció en Filología Hispaánica en Granada, donde ejerce como profesora y ultima su tesis sobre cuentos populares. Ha estudiado también Antropología Social y Cultural. Hablar con ella es realizar un viaje exquisito a las intimidades de nuestro idioma y a las músicas centroeuropeas.

Pincha aquí para escuchar el programa: https://www.ivoox.com/amalgamas-lucia-chovancova-audios-mp3_rf_33936826_1.html

martes, 7 de agosto de 2018

TOLERANCIA O VERDAD




LOS HECHOS...

Iría ya andando el mes de marzo cuando llegó a mi departamento la madre de una alumna de 3º de ESO. Le preocupaban muchas cosas de su hija y dos mías: dos declaraciones en clase. La primera de ellas, en torno al aborto. Los hechos podrían resumirse así: en clase de Ciudadanía[i], una alumna defiende el derecho de la mujer a decidir la interrupción del embarazo, ante lo que dos o tres alumnos y alumnas rebotan como energúmenos para gritar en contra; gritar, pero no argumentar. Mi papel no era convencer sobre una determinada postura en torno al susodicho derecho, pero sí sacar del dogmatismo a quienes vociferaban sin pensar (o evitar que el resto del grupo cayera en él), defendiendo un ideario machista, supersticioso y beligerante. Escogí una estrategia socrática para hacerles caer en la cuenta de que, si bien el concepto de persona es inconmensurable por relación a fenómenos biológicos o físicos (es decir, que unas determinadas características físicas no configuran por sí solas una persona, y por tanto, ni la biología ni la física pueden determinar qué es una persona) existen al menos aspectos materiales que hoy entendemos como condición necesaria para su existencia. Dicho brevemente: la biología establece los límites de la personeidad[ii] en negativo: aquello sin lo cual no puede haber una persona, aunque por sí mismo sea insuficiente para que la haya. “ - Pensad en un ser humano cualquiera, una persona. ¿Seguirá siendo una persona si le quitamos una pierna? - Sí. - ¿Y si le quitamos los dos brazos? - Sí. [...] - ¿Y si le quitamos el cerebro? - ...[Momento de silencio. Reflexión.] No. - Por tanto, según vosotros mismos, difícilmente podremos decir que hay una persona antes de que se haya desarrollado el cerebro. Así que, en estadios muy tempranos del embarazo parece que hay poco lugar a discusión sobre el tema, aunque con el paso del tiempo el asunto vaya sin duda complicándose...”

La segunda cosa preocupante tiene que ver con un comentario en torno a la religión. Digamos que esta fue la escena: explico que el islam no es de por sí necesariamente más violento que el cristianismo y cito el libro de Amin Maalouf “Identidades asesinas” para explicar que durante la Edad Media el islam fue la religión de la tolerancia en la Península Ibérica, mientras que el cristianismo fue la religión del fanatismo y las persecuciones. Añado: en última instancia, las religiones son lo que las personas hacen con las religiones; desde la antropología se estudia, de hecho, la religión como una creación humana que cumple funciones psicológicas y socio-políticas. Desde esta perspectiva, Dios sería una creación del hombre, y no del revés. En definitiva, y sea nuestra fe la que sea, en cualquier caso es al hombre a quien hay que apuntar como responsable de las consecuencias de la religión.


ANÁLISIS DEL PROBLEMA

En lo que a mí me concernía, la señora andaba en desazón, al parecer, porque temía que pudieran estar adoctrinando a su hija, y, añadió, en un tono ciertamente cordial: “para adoctrinarla, en todo caso, ya estamos nosotros [sus padres], ¿no?”. Amable y abierta al diálogo, la señora conversó conmigo durante una hora, después de la cual se fue contenta y tan agradecida hacia mí como yo hacia ella por su amabilidad. Lo que más me sobrecogió de aquel diálogo no fue lo que se dijo, sino lo que se dio a ver bajo la mesa: que lo que a la ilustre señora robaba la tranquilidad no era el modo en que se habían enseñado las ideas, o el intento por imponerlas; lo que en el fuero interno le dolía es que ella no comulgaba con aquellas ideas. En última instancia, la señora reclamaba que no se expusieran ideas que no eran las suyas como especialmente convincentes o válidas. El cometido de aquella madre podría traducirse así: enséñense todas las posturas en torno a un tema o no se hable del tema. Este argumento está a la base de los discursos que defienden la enseñanza del creacionismo como propuesta científicamente aceptable en EEUU y asoma de tanto en tanto en la propuesta de quienes defienden la enseñanza de la religión en el sistema de enseñanza público o la financiación pública de colegios e institutos declaradamente confesionales en nuestro país. El ejemplo anterior es una muestra de su expansión viral a todo espacio educativo, su conversión en cultura popular, en un modo cada vez más aceptado de comprensión del sistema y la práctica educativa.

El presupuesto que subyace es el siguiente: no hay idea más válida que otra, por lo que el criterio que debe regir la enseñanza ha de ser el respeto por igual a toda idea, es decir, la tolerancia.

Simplificando el asunto, la tolerancia viene de la mano con el individualismo liberal moderno. El Estado debe asegurar los derechos de los individuos (de ahí el concepto de individualismo en su versión positiva), de cada individuo, y esto exige impedir la imposición de ningún tipo de coacción sobre el mismo por parte del colectivo social y político. Una de las formas en que se concreta este necesario respeto es el permitir a toda persona mantener sus propias ideas y creencias, sean las que fueren, así como las conductas o hábitos derivadas de las mismas, siempre que no contravengan los derechos de los demás o pongan en peligro el orden público. Es decir, en el plano de las ideas, la tolerancia se asume como un modo de respeto a alguien, porque, ¿qué podría significar el respeto a una idea por sí misma? Exacto: nada. Las ideas no tienen derechos; los derechos son de las personas (al menos, de las personas -hay razones contundentes para defender que también los animales merecen algunos, pero dejaremos ese tema por el momento). Hasta aquí, todo bien.

El problema es que la consecuencia social que introduce la tolerancia quiera convertirse también en un parámetro epistemológico. Aquí empieza el trastorno: la verdad no entiende de democracia, el conocimiento no depende del número de adeptos ni de las consecuencias que para las creencias de una persona pudiera tener su avance. Si en los discursos y las prácticas que manejamos para intentar conseguir conocimiento aceptamos que toda idea o propuesta es respetable por ser de alguien, si toda idea o propuesta debe ser considerada por ello igualmente válida, renunciamos entonces a todo criterio para distinguir lo que es conocimiento de lo que no lo es, o a la posibilidad de que un conocimiento pueda estar mejor fundamentado que otro. Por tanto, dado que, por un lado, “hay gente pa to”, que decía el torero, y, por otro, el derecho a la libertad de pensamiento asegura que cualquiera puede creer cualquier cosa, al menos a priori toda idea imaginable se halla en igualdad de condiciones por relación a la verdad. En dos palabras: todo vale. Siendo tantas las mentes que han existido, existen y existirán, y viendo las maravillas de que son capaces algunas de ellas, si el criterio de aceptación de una idea consiste en que alguien la defienda, habremos de presuponer que no hay idea mala. Pero, entonces, ¿cómo afecta esto a la educación? Es decir, ¿qué enseñamos?   

Téngase en cuenta, para empezar, que, si todo vale, la educación se convierte en poco más que congregar a un grupo de personas en un tiempo y un espacio para hablar por hablar, para decir cualquier cosa, porque lo mismo vale decir una que otra. Es más, no se entiende siquiera en qué sentido el profesor pudiera estar más cualificado que el alumno, porque eso ya exige asumir que existen criterios que diferencian qué es verdad y qué no lo es, y son esos criterios y los resultados de su aplicación lo que se supone que el profesor ha de transmitir al alumnado.

Hagamos una aclaración de filosofía básica. La epistemología actual considera que existen tres tipos fundamentales de ideas distinguibles por su relación a la verdad. La opinión sería una idea cuyo contenido no puede demostrarse y de la que no se tiene seguridad. La creencia, como la opinión, sería una idea no demostrable, pero, al contrario que en el caso de la opinión, la persona que la detenta está convencido de ella, tiene un sentimiento de certeza respecto de la misma. El conocimiento, finalmente, sería una idea de la que se tiene certeza y cuyo contenido puede demostrarse[iii]. Si ponemos como criterio fundamental de la enseñanza el respeto a las creencias de los demás, entendido ese respeto como un trato meyorativo que iguala toda posible explicación o interpretación de un hecho, entonces estamos renunciando al conocimiento en beneficio de la creencia.




LA SOLUCIÓN

Hay quien pretende que todo es creencia, que no hay en última instancia forma de distinguir grados de conocimiento. Pretende, digo, que no piensa, porque es difícil pensar y mantenerse en una postura como esa. El machismo es fruto de una creencia; la igualdad efectiva entre hombres y mujeres es una realidad. Es más, el machismo no solo parte de una idea falsa, sino que razona de forma falaz: la idea de que una superioridad natural conlleve privilegios en el plano de los derechos esconde premisas de valor, como demuestra el hecho de que desde los valores propugnados por los Derechos Humanos y las sociedades realmente democráticas se justifica exactamente lo contrario, es decir, que la inferioridad natural de alguien en algún aspecto conlleva la exención de algunas obligaciones y la concesión de ciertos privilegios compensatorios. No hay forma de demostrar lo que el machismo defiende, pero sí hay datos para demostrar lo que defiende el feminismo, es decir, la igualdad efectiva de capacidades de hombres y mujeres (y la necesidad derivada de ello de convertir esa igualdad natural en igualdad social y jurídica). 

Aquella madre del inicio, y con ella tantos hoy día, pretenden que el profesor no puede mostrar su posición ante ninguna propuesta explicativa. Sin embargo, y aunque es cierto que la ley prohíbe el “proselitismo” de parte del profesorado, la idea que hay (o debería haber) tras la letra de la ley ha sido convenientemente malinterpretada. El error parte, quizás, del intento por introducir la igualdad democrática en planos donde la democracia no es pertinente: si encontramos a un enfermo y hemos de determinar qué le sucede, la opinión de un médico no es equivalente a la de una camionera, un limpiador o una vendedora de prensa. La fuente del mal es considerar que nadie puede saber más que nadie (más a menudo, que nadie puede saber más que uno mismo). Pero, si nos tomamos esta posición en serio, esto significaría que un profesor de biología, al explicar el funcionamiento del cuerpo humano, debería dedicar tanto tiempo y recursos a explicar los principios de la biología celular como al reiki; la psicología debería explicar los procesos neurobiológicos que han permitido descubrir las técnicas de neuroimagen, los aspectos conductuales no explicables desde esos procedimientos que han sido objeto de explicación científica desde la psicología y el funcionamiento del alma según Platón, la filosofía medieval, el budismo, etc. En física no habrá razón para dedicar más tiempo a la ley de la gravedad y las consecuencias de la curvatura espacio-temporal de Einstein que para hablar de la teoría aristotélica según la cual la Tierra está en el centro del universo y es plana, del sistema ptolemaico, de la propuesta bíblica... Todo ello habrá de tratarse en pie de igualdad, al menos como decíamos al principio, si hay alguien dispuesto a creerlo (pues no es siquiera imaginable presentar todas las teorías imaginables, cosa que en principio habría que hacer siendo coherentes con este pensamiento de la tolerancia antes de todo). En historia acabaría ocurriendo con todo acontecimiento humano lo que ha ocurrido en España con la Guerra Civil, y así el nazismo y el genocidio que provocó serían tan legítimos como la lucha contra el mismo. Sin embargo, nadie en su sano juicio aceptaría la presentación del nazismo y sus víctimas en pie de igualdad como una muestra de objetividad.

De hecho, no es cierto que el sistema educativo español no tome partido en sentido valorativo. Los preámbulos, los criterios y hasta los insidiosos estándares de aprendizaje de los textos legales establecen la necesidad de hacer del sistema educativo un medio de defensa de los valores democráticos e ilustrados. Defender, como no queda otra, que tales valores son más deseables que aquellos que imponen modos de pensamiento dogmáticos, antidemocráticos, antiigualitarios, etc., no hace más que dar la razón al argumento que estamos defendiendo: es tanto como poner en práctica la asunción de que no todos los valores merecen el mismo respeto y, con ello, la implicación de que hay criterios para decidir cuáles potenciar. En definitiva, en la medida en que pretendamos que la enseñanza tiene que comprometerse con valores, sean estos cualesquiera, exigiendo a la vez que los valores queden fuera del alcance de la crítica racional, estamos decidiendo arbitrariamente que ha de tolerarse lo que queramos y porque queremos. Es innecesario explicar por qué una educación dejada en manos del voluntarismo es un mero adoctrinamiento y un peligro nada baladí.  

Existe también un subterfugio para asegurar las propias ideas ante la potencia explicativa de algunas teorías científicas. Consiste en sostener que, mientras que en física, química o matemáticas las verdades son inapelables, en filosofía, literatura o arte todo queda al arbitrio de quien enuncia. Me restringiré aquí a la filosofía, para poder hablar con cierto fundamento. Resulta que las normas que establecen la corrección de un razonamiento, recogidas en la lógica (una disciplina con al menos 2.300 años de antigüedad), tienen una objetividad equiparable a la de las matemáticas. Determinadas propuestas puramente filosóficas, incluso en ámbitos tan poco objetivos en apariencia como la metafísica, pueden ser comparables en solidez y repercusión social a la física newtoniana. Enseñar a un alumno lo que dice Kant en la Crítica de la razón pura sobre la existencia de Dios no es simplemente darle una postura más, es enseñarle cómo se soluciona el problema de la existencia de Dios (hablar de Dios desde el punto de vista del conocimiento es, sin más, un sinsentido). Mostrar cómo pensó Kant en relación a este problema es poner en claro cómo hay que pensar en relación a este problema, igual que explicar el heliocentrismo es enseñar cómo ha de pensarse el sistema solar si se quiere pensar bien, porque es enseñar la verdad.

Digámoslo alto y claro: si algo hemos de ser capaces de tolerar es, antes que nada, la verdad. Pero, ¿qué es la verdad?, se preguntará quien lea estas líneas. Cada cual cree estar en posesión de la verdad en aquello que piensa. ¿No llevará la creencia en la existencia de una verdad al dogmatismo de quien tenga el poder de imponerla? Si alguien se ha preguntado así, hace bien. Pero, al contrario de lo que pretende buena parte de la posmodernidad y los acólitos de la oleada new-age que se extiende últimamente, la verdad científica, la verdad filosófica es precisamente el remedio contra toda posibilidad de dogmatismo. En primer lugar, porque la defensa que se hace desde la posición científica de la verdad exige demostración, con lo cual, que se haga claro que una determinada teoría se impone, casi, por sí misma, por criterios racionales objetivos. Claro que este primer paso, aisladamente, puede ser fácilmente soslayable (basta con construir un razonamiento coherente y evitar señalar sus problemas o hacer visibles críticas o propuestas alternativas). Sin embargo, al mismo tiempo hay que unir un segundo elemento fundamental: la actitud crítica (característica fundamental de la ciencia según Popper), que consiste en asumir que toda propuesta explicativa sea considerada siempre como provisional, como una conjetura, la mejor que se tenga. Esto implica la necesidad de buscar siempre las ideas mejor probadas y razonadas y, consecuentemente, la renuncia a las propias ideas si apareciera otra epistemológicamente superior. Es decir, implica reconocer que el propio ego (el que alguien crea algo, el que alguien quiera algo) queda excluido del proceso de valoración de una idea. Volviendo a nuestro contexto concreto, significa que usted, padre, usted, madre, son irrelevantes en la determinación de la validez de las teorías que sus hijos aprenden.

Para aclarar un poco más esta última idea, seamos todavía más precisos y lapidarios: en la enseñanza secundaria, cada profesor es un especialista de la materia que imparte. Quizás cualquiera pueda discutirle su atinencia a la ley, sus métodos de enseñanza, pero discutir aspectos teóricos de la materia que imparte requiere del dominio de ciertos conocimientos sobre la misma. Eso, o poca vergüenza. Padres y madres han de asimilar, antes de dirigirse a un profesional de la enseñanza secundaria, que se está dirigiendo, como inexperto, a un experto, y no como mandatario a un subordinado. Claro que, como funcionario público, ese experto tiene la obligación de trabajar al servicio de los ciudadanos. Pero, como experto teórico, su obligación es hacer valer los conocimientos derivados de los descubrimientos y el trabajo científico, incluso si ha de hacerse contra las creencias de los ciudadanos, sean cuales sean las creencias de uno y de otro, como el ingeniero tendrá que aplicar las leyes físicas pertinentes a la hora de construir un puente, así crea en su fuero interno vivir en un mundo virtual, y así como el médico tendrá que recomendar a sus pacientes no fumar, así ande convencido en su corazón de que nunca ha existido ni existe tal cosa como los pulmones.    

CONCLUSIÓN

A modo de compendio final: la tolerancia es un concepto de naturaleza socio-política que no tiene pertinencia en el ámbito epistemológico (en el ámbito del conocimiento). Si queremos que nuestros estudiantes aprendan, tenemos que asumir que existen ideas correctas y otras que no lo son, que tenemos criterios para diferenciar unas de otras y que esos criterios son (y han de ser) objetivos y, además, que pueden chocar contra las creencias de cualquier ciudadano. Por tanto, el servicio que el sistema educativo debe prestar a la ciudadanía se encuentra con una disyuntiva cuya resolución, en algunos casos, se plantea inevitablemente como una elección excluyente: o se esfuerza por enseñar la verdad, o se asegura de contentar el ideario de todo ciudadano. En estas líneas la apuesta es clara y rotunda: la democracia permite a cada cual seguir pensando como considere en sus adentros y hasta expresarlo y, por tanto, la diversidad y la tolerancia están aseguradas, pero solo un sistema educativo comprometido con la verdad (y, por tanto, dígase de paso, libre de exigencias mercantilistas) asegura hoy día la pervivencia del conocimiento verdadero. Así pues, en lo epistemológico, no hay duda posible: el compromiso de la escuela ha de ser con la verdad, pese a quien pese.

PEQUEÑO EPÍLOGO

Me surge una duda en relación a la historia concreta con que dábamos comienzo a este texto. “Tengo miedo de que adoctrinen a mi hija”, decía la señora. ¿No tendría miedo de que la desadoctrinen? Si alguna virtud podemos presuponer a los centros educativos públicos es, precisamente, carecer de una línea ideológica: en un mismo centro habrá profesores y profesoras creyentes, descreídos, progresistas, conservadores y hasta machistas. ¿A qué ese miedo, entonces? ¿Y si fuera el miedo a dejar a su hija ante el poder de las demostraciones y la argumentación? Entonces, si ese fuera el caso, bien pudiera ser el centro público la puerta por la que la niña escapara al miedo de su madre a que aprendiera a pensar. En ese caso, bendito el disgusto que le di. 

Juan José Gómez Falcón

[i] Quizás alguien se sorprenda al ver este nombre. Ciertamente, la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos de 3º de ESO desapareció en casi toda España. El PP consideró que era una asignatura ideológicamente parcial y la sustituyó por Valores éticos. Los programas son muy similares y el espíritu que pretende guiar la práctica docente en ambas también. En Andalucía, no obstante, se decidió mantener “Ciudadanía” como obligatoria junto con Valores éticos. Desde luego, no hay criterio pedagógico que permita explicar esta decisión que obliga a los alumnos a hacer dos veces a la semana la misma asignatura con nombres diferentes y a los profesores a inventar formas de no repetirse teniendo como referente un programa casi idéntico. La única forma de entenderla apunta a factores de otra índole: el PP suprimió la asignatura porque era una creación del PSOE; el gobierno de Andalucía se negó a suprimirla por esa misma razón. ¿Motivos políticos? Siempre que aceptemos llamar política a esta suerte de pelea caprina, este choque de cráneos vacíos que nada, absolutamente nada, tiene que ver con la polis y que habría ruborizado hasta el asco a los vecinos de Pericles.    

[ii] Utilizo el palabro “personeidad” para evitar la confusión con todas las connotaciones caracteriológicas que lleva consigo el término personalidad.


[iii] Ilustremos esto con tres ejemplos. Opinión: la tortilla de patata está mejor con cebolla. Creencia: sé que puede sonar raro, pero estoy seguro de que mi perro me entiende cuando le hablo. No tengo la más mínima duda. Conocimiento: el agua hierve a 100 grados centrígrados. Puedo demostrártelo cuando quieras.

domingo, 30 de marzo de 2014

DE CARNAVALES Y MEZQUITAS: EL CERCO


Hace meses que se ha avivado una polémica en sí misma muy vieja, que nos transporta incluso a principios del siglo XVI. Se trata del carácter equívoco de la propiedad de la Mezquita de Córdoba, Patrimonio de la Humanidad desde 1984. El caso es que el edificio, pese a su evidente carácter público, no está registrado oficialmente a nombre de nadie, ni del estado ni de la Iglesia  Católica, ni, por supuesto, de un particular. Aprovechando este limbo, el Obispado de Córdoba llevó a cabo en 2006 su inmatriculación, treta por la cual muchos edificios aparentemente propiedad de ayuntamientos y otros organismos públicos pasaron a propiedad exclusiva de la iglesia. Léase a este respecto la iniciativa del profesor cordobés Antonio Manuel.
El asunto no es baladí. En 1236, mediante el ritual de la cruz de ceniza, el Obispado hace la "toma de posesión", no como edificio, sino como espacio dedicado al culto, cambia por tanto de uso, pero no de propiedad física. A pesar de todo, en los siglos venideros, el edificio conservará su doble condición de mezquita y catedral, en parte porque cierta cultura de la concordia, que había predominado en la etapa del Califato, parecía seguir viva en la memoria de las gentes. Hasta 1523, cuando el Cabildo decidió derribar la mezquita y construir un edificio nuevo sobre la misma. El Corregidor, Luis de la Cerda, se opuso tajantemente a semejante despropósito. Por tal acto fue excomulgado y condenado a la muerte social por el Obispo, D. Alonso Manrique. El Corregidor no se rindió, aunque el Cabildo Catedralicio rebajó parcialmente su pretensión optando por el derribo parcial que hoy conocemos, y el asunto requirió finalmente la mediación del Emperador Carlos V, que falló a favor del Obispado. Años después, en una visita a la ciudad, y tras comprobar el daño causado, el Emperador se arrepintió y rectificó su juicio. Ya era tarde. J. B. Alderete apuntaría la famosa frase: habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes. De no haber sido por Luis de la Cerda, excomulgado y apartado, la Mezquita de Córdoba no existiría; una calle junto al edificio recuerda su figura.
Tras siglos de calma aparente, se produce la inmatriculación, que no supone la propiedad, pero pasados diez años supone la usucapión secundum tabulas, que daría la titularidad completa al Obispado en 2016. Paradójica circunstancia, la organización que quiso derribar el edificio será pronto dueña absoluta del mismo.

Hojas de firmas se alzan a favor y en contra de que la Junta de Andalucía haga efectivo lo que de manera tácita ya parecía serlo, es decir, el carácter inequívocamente público del edifico. Esto nos lleva a unas breves reflexiones, al hilo de nuestro artículo anterior. Como siempre, una pregunta. ¿Cómo es posible que el fenómeno religioso, que nace como forma de concordia entre los hombres, se termine convirtiendo, siglo tras siglo, en una causa principal de conflicto? Hagamos un poco de etimología. Según Lactancio, contradiciendo la interpretación de Cicerón como re-legere (releer, volver a leer), el término "religión" deriva del verbo ligare, es decir, con re-ligare hablaríamos de volver a unir o juntar a los hombres junto a Dios. La idea de unir, ligar, se mantendría, de todas formas, incluso en la versión de Cicerón, puesto que legere significa también "coger", y en último término proviene del griego logos-leguein (sustantivo-verbo) El significado último de logos, antes que "razón" o "palabra", es precisamente aquello que une o junta, y según Martin Heidegger, en Logos (Heráclito, fragmento 50) lo que liga o une al hombre con la presencia de las cosas. Cuando en el Evangelio según San Juan  leemos: "Y el verbo se hizo carne...", palpita todavía esa concepción del logos, situando a Jesús como el ligamento entre Dios y los hombres. Sin embargo, parece que a lo largo de los siglos esta concepción básica de la religión se ha convertido en todo lo contrario: una forma de separar, de desunir.
Y ahora en pleno siglo XXI, nada parece haber cambiado. En referencia a la Mezquita-Catedral de Córdoba, que ese tiene que ser su nombre completo, las actuaciones han ido hacia el levantamiento de muros, se ha insistido en que no se puede acceder con vestimentas musulmanas al templo, se reitera hasta la saciedad que es un lugar exclusivo de culto católico, se ha retirado de la entrada la palabra Mezquita para todo tipo de visitantes, turistas o fieles; en este sentido, se ha modificado el cartel colocado por la UNESCO, y otros muchos detalles que no apuntamos.
Por otra parte, siguiendo a Eugenio Trías, el sentido de lo sagrado lleva implícita la idea de la protección y la separación, pero en el sentido de preservar del daño; así, ese sentido se sigue revelando en la palabra "segregado", incluso en la idea de lo secreto, asociado desde siempre a lo sagrado. Para profundizar más, se puede leer esta entrada de nuestro blog:  El valor de cambio y lo sagrado. Lo sagrado es la creación de un cerco que preserva del exterior y ritualiza el espacio, y como ya vimos de forma similar ocurre con el tiempo: es la fiesta, como tiempo acotado y cíclico, la que se erige en sagrada. Vimos de qué forma el tiempo, pero también el espacio, de nuestra actual era tecnológica, son radicalmente contrarios a la concepción que tiene de ambos la religión. Esto acelera la grave crisis de identidad en la que se encuentra la Iglesia Católica como organización religiosa.
La polémica en torno a la Mezquita-Catedral de Córdoba pone en evidencia las angustias de los gestores religiosos, encerrados ellos mismos en su propia inmovilidad. Si en tiempos pasados se permitió, en ocasiones contadas, el culto musulmán dentro del edificio, ahora la puerta se ha cerrado. El Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso del Vaticano delegó en el Obispado la decisión de permitirlo en momentos concretos. El Obispado se negó en redondo.

Convertir lo sagrado (que separa para proteger) en un mecanismo de expulsión, segregación y marginación, de amurallamiento del espacio, sólo contribuye a la desestructuración y al choque de civilizaciones que estamos viendo renacer a nuestro alrededor, con la xenofobia populista de los partidos de extrema derecha, con las crecientes restricciones en materia de emigración, con la exaltación triunfal del egoísmo puro por parte del neoliberalismo. A nuestro alrededor crecen los muros y la intolerancia, y los responsables religiosos, lejos de luchar con el logos contra esta separación entre hombres, contribuyen a extenderla incluso en los lugares que, como la Mezquita-Catedral de Córdoba, han querido ser ejemplo de fusión de culturas.

martes, 18 de marzo de 2014

DE CARNAVALES Y MEZQUITAS: LA FIESTA


La “pérdida de la imagen” como pérdida de sentido es un fenómeno que afecta tanto a personas como a instituciones, algunas tan antiguas como la Iglesia Católica . Tomaremos dos ejemplos; por un lado, el escándalo montado en la localidad de Jumilla en torno a un disfraz de Carnaval, por otro, las discusiones en torno a la titularidad de la Mezquita de Córdoba, para ilustrar esta pérdida de imagen dentro de la concepción cristiana del tiempo y en el espacio.
Hace tan sólo dos semanas, en plenas celebraciones del Carnaval de Jumilla, un joven de la localidad, a la sazón Concejal de Festejos por el PP, tuvo la ocurrencia de disfrazarse de Virgen María en una de sus numerosas advocaciones. El disfraz en sí, de una cuidada y esmerada confección, llevaba incorporado hasta un palio. Una puesta en escena simpática e ingenua, como corresponde a los carnavales modernos, inocuos hasta la extenuación, que fue duramente criticada el párroco de la Iglesia de El Salvador, D. Joaquín Hernández Latorre, pidiendo la dimisión del edil por injurias a la Virgen. Entonces se desató la tormenta, y los medios de cobertura nacional, canales de televisión y periódicos digitales,  rellenaron sus agotados desvanes con esta tragicomedia de barrio. Finalmente, tras peticiones
de perdón y remisas concesiones del mismo, todo quedó en nada. Nos preguntamos el porqué de estas reacciones y concluimos con un incipiente análisis social.
La religión católica, como casi todas en nuestros días, pasa por una difícil crisis provocada por la falta de consonancia entre su concepción del tiempo y el espacio y los paradigmas imperantes derivados de la era de la tecnología. Si la religión se fundamenta en un tiempo cíclico y en un espacio cercado, ambos ritualizados, el tiempo de la era tecnológica es fundamentalmente histórico, y el espacio uniforme. Solamente hablaremos hoy del tiempo en la religión católica y sus formas populares. La manifestación cíclica más conocida por la sociedad occidental cristiana es la fiesta, en tanto es un ritual popular, extendido a todas las clases sociales. La fiesta se articula en función de las estaciones del año, y hasta épocas no tan lejanas, en las labores del campo. El Cristianismo, como de todos es conocido, adaptó su calendario anual a las celebraciones de la, fertilidad, fecundidad, muerte y renovación natural de las estaciones. El nacimiento, muerte y resurrección de Cristo a través de estas estaciones es una clara muestra de dicha adaptación. Entre las fiestas tempranamente acogidas se encuentran las Saturnalia, desenfrenadas ofrendas al dios Saturno, y las Lupercalia, ligadas a rituales de fecundidad femenina y de bienvenida de la Primavera (introito, introducción a la primavera, es el antiguo nombre del Carnaval, voz italiana, de ahí el entroido gallego y el antruejo castellano). El contenido erótico o satírico estuvo presente desde siempre, y parte de él sigue escondido en celebraciones aledañas al carnaval actual, como las Fiestas de las Águedas o san Valentín, mucho más viejas de lo que solemos creer. El Cristianismo no pudo con el fuerte carácter pagano del carnaval, con lo que simplemente decidió sacralizarlo. ¿Cómo? Insertándolo en la rueda imparable de las fiestas anuales, en el ciclo, en la ritualización del tiempo, algo inherente a la propia estructura de la religión, a su modo de conocimiento, que siempre es simbólico. Por eso, el carnaval también es llamado Carnestolendas (de carnes tollendas, que se han de quitar) es decir, la víspera de la Cuaresma, que traía consigo la prohibición de comer carne. Por eso, es una de las dos fiestas importantes que no tiene fecha fija, pues depende de cuando caiga el Miércoles de Ceniza. Por eso, porque no hay Cuaresma sin Carnaval, y viceversa, (recordemos la célebre “Batalla de Don carnal y Doña Cuaresma”, del Arcipreste de Hita), porque hay una profunda imbricación entre ambas, es por lo que tenemos que admitir que el Carnaval es una fiesta sagrada dentro de la religión católica. Si alguien quiere profundizar en la cuestión, es interesante el libro de Miguel Ángel Ladero Quesada, Las fiestas en la cultura medieval,  Areté, Barcelona, 2004.
Pero hay más. Las celebraciones de Carnaval han sido tradicionalmente una especie de suspensión del tiempo normal, y en ellas, todo tipo de desenfreno y licencia estaban permitidos, incluida, y los datos son abundantes, la sátira más mordaz hacia el poder y hacia la jerarquía eclesiástica. Ladero Quesada, citando Las fiestas lúdicas, de J capel, nos aclara: “El Carnaval permitía la crítica de lo incriticable, desde la ridiculización de las formas de gobierno, de la manera de vida de la clase noble, hasta de los ritos de una religión que impone su moral y los patrones de comportamiento en otro tipo de festividades…” (Ladero Quesada, p, 44). No quiero abundar en esta cuestión, pero los ejemplos históricos de sátira a los rituales católicos en Carnaval son inabarcables. En otras ocasiones, los entremeses, fiestas bufas o alegorías teatrales se dejaban hacer en otros momentos del año, o en ocasión de efemérides importantes, en fiestas políticas o en representaciones para los reyes. Así, las famosas “masques” de Henri Purcell, como The Fairy Queen, que han llegado al repertorio musical culto. Por poner un solo ejemplo, recordemos el “Banquete del faisán” representado cerca de la Cuaresma para los Duques de Borgoña en 1454, donde, tras la aparición entre plato y plato de Hércules y Jasón, apareció un actor en el papel de una dueña dolorosa (Dame des pleurs) encarnación de la Santa Madre Iglesia (Ladero Quesada, p. 112). Estas representaciones estaban refrendadas y permitidas, como no podía ser de otra forma, por las autoridades eclesiásticas. Los únicos momentos de represión coinciden con crisis de la propia institución, cundo se siente amenazada, como en los años de la Contrarreforma Trentina de finales del siglo XVI, o cuando los brotes de integrismo como el protagonizado por el monje dominico Savonarola en la Florencia del siglo XV. Más recientemente, recordamos la inaudita prohibición del Carnaval por parte del Régimen Franquista.
¿Siguen existiendo hoy en día esas mascaradas, esas representaciones a caballo entre lo profano y lo sagrado? Julio Caro Baroja, con la nostalgia del antropólogo entregado, es contundente: El carnaval ha muerto. De hecho, hace tempo que murió, hoy (el hoy de caro Baroja, hace medio siglo) “el carnaval no puede ser más que una mezquina diversión de casino pretencioso”. Sin embargo, ni siquiera las payasadas benévolas de nuestros días, parecen estar a salvo de los dictámenes de sectores de la Iglesia Católica que simplemente se ven afectados por la “pérdida de imagen”, por una destrucción de sentido tan grande que apenas parecen ser conscientes, no solo del anacronismo de sus ideas, sino de que éstas ni siquiera están articuladas en una tradición seria dentro del Catolicismo. Estas manifestaciones residuales se ven amplificadas por unos medios de comunicación ávidos de contrastes bizarros, de polémicas morbosas.
Por otra parte, el carnaval no es hoy, en esta pasta uniforme de deseos satisfechos y desabridos, ninguna válvula de escape, erótico, burlesco o del tipo que queramos; es más bien una especie de reedición de fiestas escolares, de divertimentos de recreo, como lo son las llamadas procesiones infantiles, especie de proselitismo blando en el que alumnos de primaria sacan a la calle túnicas de cartulina y miniaturas de tronos de Semana Santa. Nos quedan, con reservas, las celebraciones de las Fallas levantinas. Éstas, posiblemente, y no otras, son las herederas de las “masques” inglesas, de los entremeses ofrecidos en banquetes de nobles para el divertimento distendido. Ya no hay pasión erótica desenfrenada, ni mucho menos sátira descarnada, porque éstas son representaciones propias de sociedades fuertemente represivas, donde en un momento determinado se ofrece una licencia al desenfreno que impida la revolución, dentro de un tiempo cíclico, estacional que ya no es el nuestro.

Y sin embargo, en los últimos dos años, hemos visto con sorpresa una especie de renacimiento del Carnaval en numerosas localidades, en participación pero también en intensidad. Esto implica, a qué dudarlo, una reacción social a un momento de represión y control como hace décadas que no se veía. Las quejas de sectores de la Iglesia Católica, las amenazas de prohibir los disfraces de fuerzas del orden público, son pruebas de la peligrosa deriva en la que entramos, que el cadáver insepulto de nuestro Carnaval, extrañamente irreductible, parece tímidamente denunciar.