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jueves, 2 de mayo de 2024

EL OLVIDO DE AZCÁRATE



Hace años leí un relato. Tres hombres partían de León con el interés de fundar un espacio de libertad y enseñanza en una alejada comarca minera llamada Laciana. Tras el largo trayecto, dormirían en la casa de un cuarto hombre, Francisco Sierra, que estaba dispuesto a poner sobre la mesa el dinero necesario. El relato llevaba por título Lecciones de las cosas, y su autor era Luis Mateo Díez. Dos de los hombres venían directamente de Madrid y eran los creadores de una empresa hoy mítica: la Institución Libre de Enseñanza. Eran, claro está, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío. El tercer hombre era un personaje singular, un leonés, político liberal (hoy diríamos progresista), escritor y filántropo, llamado Gumersindo de Azcárate. Juntos habían sorteado los difíciles caminos serranos hasta llegar a Villablino, la capital de la comarca. El relato cuenta, de manera amable y tranquila, casi con demora, las conversaciones de estos hombres buenos en su tarea de apuntalar los estatutos de lo que serían las escuelas de Villablino, donde niños sin recursos pudieron labrarse durante años una instrucción y un futuro.

                Luis Mateo Díez me ganó con Celama, después descubrí el resto de su vasto reino, como Benet me ganó con Región —ya sabemos que Celama está a unos cuantos kilómetros de Macerta—. Lecciones de las cosas no pertenecía a Celama, sino a un reino mucho más etéreo y vulnerable que floreció durante las dos primeras décadas del siglo XX. El reino de la Residencia de Estudiantes, de los intelectuales comprometidos, de Lorca, J.R.J., Ortega, Ramón y Cajal y, por supuesto, aunque le pilló muy mayor, el reino de Azcárate. La dictadura lo borró de cuajo y durante décadas permaneció en la penumbra, al igual que la Fundación Sierra-Pambley, una de sus provincias más florecientes. Hoy se recuerdan y se honran aquellas empresas del intelecto, y han sido recuperadas por las instituciones del Estado, pero ciertos nombres parecen no escapar del olvido. Uno de ellos es el de Gumersindo de Azcárate, —quizá el leonés más importante de la historia, obviando a los monarcas medievales—. Solo con citar una ley que salió de sus manos sabremos de su importancia: la Ley de represión de la Usura, la Ley Azcárate, de 1908.

                Gumersindo de Azcárate es hoy un hombre completamente olvidado, como tantos, incluso más olvidado que Giner de los Ríos o Cossío. Tampoco su obra parece ser tenida en cuenta. Y quizá es su propia patria uno de los lugares donde menos se le recuerda.

                Visité Villablino en 2023, no buscaba a Don Gumersindo, sino su fundación. Nadie, en bares, mercerías o tiendas de electrodomésticos supo decirme exactamente donde se encontraba, a pesar de que Villablino es un pueblo pequeño y diáfano.

—Allá arriba, en las afueras del pueblo— acertaron a decirme.

Pregunté por Luis Mateo Díez. En una librería, un hombre grande y algo atildado me dijo que no podía con sus libros, que lo respetaba, pero que era demasiado para él.

—Él reconoce que sus libros no son de fácil lectura— concluyó como excusa.

En el pueblo no lo recordaban. Luís Mateo Díez nació y paso sus primeros años en Villablino, entre remontes de carbón y bosques de roble y haya. El escritor, reciente premio Cervantes, establece dos pilares en su obra: la infancia y El Quijote. Nadie recuerda al escritor en su ciudad natal, a pesar de que Celama linda con Laciana. Estos intelectuales leoneses parecen personajes sacados de sus propios relatos, personajes míticos, de fantasía y, sin embargo, muy reales. Personajes salidos de algún filandón en una noche de invierno. En Villablino, en la misma calle en cuesta donde sigue abierta una vieja librería que no tiene un solo libro de Díez, algunas manzanas más arriba, hay un Pub Filandón, está cerrado y se vende.


                La realidad está hecha de la materia de la ficción, y no al revés. Es bien sabido, pero es una verdad que no suele contarse por sospechosa. A pesar de todo, hace poco obtuve pruebas fidedignas de la certeza de este hecho. Fue ayer, preparando una charla sobre el viaje musical de Joaquín Sorolla, para acompañar el programa de la soprano Mariví Blasco y del pianista Ignacio Torner. Escuchaba una conferencia de José García-Velasco, actual presidente de la Institución Libre de Enseñanza, cuando me tropecé, como si me derribara un rayo, con un retrato de Gumersindo de Azcárate, obra encargada por la Hispanic Society al pintor valenciano. El retrato está fechado en 1917, y es posible que Sorolla lo terminara ya muerto el anciano político; la humanidad, la bondad del rostro, resultan más emocionantes cuando se conoce la biografía del retratado. No fue eso lo que me dejó helado.

                Gumersindo de Azcárate, que contaba 87 años cuando fue retratado, me resultaba tremendamente familiar, era un rostro que había visto repetidas veces en fotografías unos días antes. No me quedaba duda. El óleo de Sorolla reproducía el rostro de Luis Mateo Díez en la actualidad, más avejentado quizá, y vestido a la manera de principios del siglo XX, pero era él, la misma nariz curvada y recta a un tiempo, el mismo cabello canoso, el corte de la barba, el rostro alargado y sereno, pero a la vez afable, las lentes leves, que habían modernizado su diseño. Azcárate tenía el rostro mismo de Díez más de un siglo antes de recibir éste el Cervantes. De alguna forma, Sorolla había unido sus vidas, sus trayectorias intelectuales sólidas e impecables, en ese óleo que descansa en Nueva York. Había unido también sus respectivos olvidos, y la misma pacífica indiferencia con que ambos autores se enfrentan al daño que puede hacerles ese viejo mal español. Azcárate y Sorolla veían desde su pasado militante y activo un futuro que desconocían, un futuro sobre el que nunca perdieron la esperanza, quizá porque no les dio tiempo, pues lo peor de nuestra estirpe se derrumbó sobre el país años después de que murieran. Y en medio, como un jalón en el camino, un férreo nexo temporal, estaba el relato, Lecciones de las cosas, la crónica novelada escrita por Díez, con respeto, casi con veneración, buscando en parte sacudir tanto olvido, de la fundación de Gumersindo de Azcárate.

                Veo a Luis Mateo Díez recibir el premio Cervantes con esa tranquilidad idílica de la que carezco y pienso que, a sus 81 años, tiene una confianza en la vida, en la forma de afrontar las miserias y derrotas humanas, mucho más firme que la mayoría de los que somos algo más jóvenes que él, o mucho más jóvenes, que es todavía peor.

sábado, 24 de noviembre de 2018

EN TORNO AL IBERISMO




Como viene siendo habitual en este país balompédico antes que enciclopédico, el fútbol ha llevado recientemente a la escena pública una cuestión que permanece enterrada -y lo seguirá estando pasados los fuegos fatuos- el resto del año. El bisoño presidente Pedro Sánchez patinaba en una de sus urgencias verbales al afirmar en Marruecos que había llegado a un acuerdo con este país y con Portugal para organizar el mundial de fútbol en el año 2030. Tras conocer la noticia el 19 de noviembre, el presidente luso Antonio Costa, negaba tener conocimiento de tal propuesta (ver enlace). Con motivo de  la cumbre hispano-lusa, Costa sería informado oportunamente suturando el desliz. Finalmente, días después, los tres países cierran el pacto para la organización del evento por el evidente interés económico y propagandístico que ello supone. En las pantallas de televisión aparecía un señor de pelo canoso, tez morena y aires de saludable madurez que aprovechaba para incidir en algunos aspectos incómodos de las relaciones entre los dos países ibéricos. Muchos españoles aprendieron en ese momento el nombre del presidente de Portugal -algunos descubrieron incluso que Portugal tenía presidente-; unos pocos lograron añadirlo a la lista de presidentes mundiales de países lejanos que se saben de carrerilla, a saber: Nicolás Maduro, Donald Trump y Ángela Merkel.
               Y es que Portugal es un país lejano para España, una circunstancia abonada por los siglos y por los intereses políticos de terceros, en especial el Reino Unido, y por la falta absoluta de voluntad de los sucesivos gobernantes. Muchos han sido los actores particulares que han intentado cambiar esa circunstancia, con muchas ganas y poco éxito. Existió un movimiento organizado llamado Iberismo que tuvo cierta influencia en el siglo XIX, sobre todo tras el impulso del diplomático Sinibaldo de Mas y Sanz, que al menos consiguió que una idea difusa penetrara en el granítico escudo ibérico, como los dedos de una bruma matinal: la unión política de España y Portugal.
               Días antes de la breve polémica mundialista, el sábado 18 de noviembre, Cesar Antonio Molina, que fuera en su día Ministro de Cultura, elogiaba en una entrevista radiofónica la iniciativa del Iberismo. Recordaba a grandes iberistas españoles, como Miguel de Unamuno, y portugueses, como el Nobel José Saramago, a quien conoció personalmente. Lo mejor de la intelectualidad española y portuguesa de principios del siglo XX ha sido más o menos cercana al Iberismo, caso particular el de Valle-Inclán, que lo defendió activamente. De alguna forma, la generación del 98 fue también iberista. La postura oficial de ambos países, en cambio, marchaba por otras lindes. Comentaba César Antonio Molina que los educadores portugueses tenían prohibido enseñar el nombre de las reinas portuguesas que también lo hubieran sido españolas, simplemente se las borraba de la historia. Un nacionalismo pacato y servil se instaló durante siglos en el estado luso. Con la entrada de ambos países en la Unión Europea, la situación no mejoró, pasando a ser de una ignorancia amable verdaderamente patética, apenas unos amagos de amistad en la época de los presidentes Soares y González y después la inercia de ambas democracias borró los pasos dados entre las fronteras. Cuando toda Europa se sorprendió u alabó los avances económicos conseguidos alejándose de políticas de austeridad (ver enlace), que el nuevo gobierno de izquierdas portugués nacido de un pacto entre socialistas, comunistas y verdes en 2015 había conseguido, la reacción del gobierno español fue de escepticismo, incluso de hostilidad. Es cierto, a nadie le gusta que le dejen en evidencia, y menos si lo hace el vecino.
               El domingo 18 de noviembre, mientras los líderes políticos dirimían sus inconexiones balompédicas, miles de extremeños se volvían a manifestar (ver enlace) por un tren digno para la Región. Las condiciones de la comunicaciones de Cáceres y Badajoz son a todas luces insultantes. Estas dos provincias ricas en recursos naturales pasan por ser las peor comunicadas de España junto a Teruel. Su pecado es ser fronterizas con Portugal. Cuando uno se adentra en aquellas tierras viniendo de Levante empieza a sentir una sensación de lejanía, de estar en un lugar remoto, apenas hollado . Quizá ese efecto de ve reforzado por la feracidad del paisaje, la pureza de las dehesas de encinar, pero resulta llamativo constatar que la zona que nos parece más alejada (la zona norte de Cáceres, donde se encuentran ubicadas las míticas Hurdes, esté relativamente cerca de Madrid. Bordeando Gredos; el viaje en coche apenas supone dos horas y media hasta Plasencia, la capital del norte de Extremadura.
               Ni Cáceres ni Badajoz, que son las dos provincias más extensas de España, tienen aeropuerto. En una geografía institucionalmente normalizada, uno de los primeros trenes AVE que se hubieran proyectado sería el que uniera Lisboa con Madrid. El proyecto sigue en el alero, pero el propio Antonio Costa sostiene que no puede hacer frente al proyecto de momento. En la reciente cumbre hispano-lusa, sin embargo, Costa admitió algo que para cualquiera es evidente; el subdesarrollo en que viven las zonas fronterizas entre ambos países es una anomalía, porque la lógica impone que esas franjas sean regiones de fuerte intercambio económico. La situación es histórica, en su último libro de viajes, Las rosas del sur, Julio Llamazares recuerda las distintas extremaduras: la leonesa, de la que ha heredado el nombre la actual y que se ubicaba en el Reino de León, la soriana y la portuguesa, llamada Estremadura (p. 136). Todas fueron fronteras del Duero, zonas alejadas y despobladas. Si recorremos la zona limítrofe al norte de la Sierra de Gata nos encontramos con parajes que tienen un halo de lugar remoto: Campo de Aliste, Campo de Villafáfila, Sanabria, La Cabrera... comarcas todas apenas transitadas a pocos kilómetros de la raya de Portugal. Hay una especie de autismo mutuo instalado en ambos estados, que viven de espaldas uno al otro mirando a sus respectivos mares. Si pudiéramos dividir la Península en dos grandes zonas podríamos hablar de una Iberia atlántica y una Iberia mediterránea con un enorme interland castellano en el centro. O quizá no sea eso, quizá sea algo más profundo y desasosegante.
               Una fuerza centrífuga parece haber animado a España -y a Portugal- desde tiempos inmemoriales, como si los habitantes ibéricos quisieran huir de ellos mismos, primero hacinándose en las costas, después saltando al mar incógnito, escapando de la miseria y el hambre. Al mismo tiempo, por fuerza de un estado fuertemente autoritario, se creó un movimiento contrario, una fuerza centrípeta que generó ese gran ombligo negro lleno de borra del pijama de provincia llamado Madrid. Iberia vive tensionada entre ambas fuerzas, marcada por nacionalismo fuertes que tienen mucho que reprocharse y muy poca voluntad de ofrecer. Bien claro vemos el gran negocio político que esos movimientos representan en todas las partes de la geografía española (exceptuando precisamente los territorios deprimidos de la raya de Portugal, de Tuy a Ayamonte) y el interland celtibérico. Con este panorama, es difícil que un movimiento integrador como es el Iberismo tenga repercusión en Portugal o en España; digamos que no es un buen negocio. Sin embargo, casi el 80 % de los portugueses (ver enlace) desea la unión con el país vecino, y otras encuestas revelan que más de un 40 % en España opina lo mismo. Solamente en torno a un 30 % de los españoles y portugueses se oponen a la unión, según un estudio conjunto de la Universidad de Salamanca y el Centro de Estudios de Sociologíia de Lisboa.
               Los españoles giran su mirada escandalizada hacia Cataluña, donde la mitad de la población porfía por escapar, en una clara demostración de pulsión centrífuga. Mientras, al otro lado, los portugueses quieren la unión y los habitantes españoles de la frontera saben que les beneficiaría. ¿Fuerza centrípeta? Ni mucho menos, no les interesa Madrid, simplemente dejar atrás de una vez una frontera absurda que sólo trae desventajas y subdesarrollo. Los ciudadanos lusos no tienen problema en que Madrid sea la capital, no les importa; incluso, aunque prefieren Iberia, no les molesta la denominación de España como nuevo estado. La lógica impone que un Estado Federal Ibérico sería la solución ideal. Hay dos problemas: uno, los españoles sólo quieren ser españoles, y nada más, un fuerte sentido de la patria mal entendida les hace sospechar que la entrada de Portugal podría diluir sus esencias; dos, solamente el 3,3 % de los portugueses aceptaría la monarquía, su modelo es la república federal. Visto el panorama, tal día como hoy en el que las naciones votan por separarse y la Unión Europea oficializa la segregación del Reino Unido, el Iberismo permanecerá como un residuo, un recuerdo de lo que pudimos tener, y la República federal Ibérica seguirá siendo la idea excéntrica de unos cuantos iluminados.

martes, 7 de agosto de 2018

TOLERANCIA O VERDAD




LOS HECHOS...

Iría ya andando el mes de marzo cuando llegó a mi departamento la madre de una alumna de 3º de ESO. Le preocupaban muchas cosas de su hija y dos mías: dos declaraciones en clase. La primera de ellas, en torno al aborto. Los hechos podrían resumirse así: en clase de Ciudadanía[i], una alumna defiende el derecho de la mujer a decidir la interrupción del embarazo, ante lo que dos o tres alumnos y alumnas rebotan como energúmenos para gritar en contra; gritar, pero no argumentar. Mi papel no era convencer sobre una determinada postura en torno al susodicho derecho, pero sí sacar del dogmatismo a quienes vociferaban sin pensar (o evitar que el resto del grupo cayera en él), defendiendo un ideario machista, supersticioso y beligerante. Escogí una estrategia socrática para hacerles caer en la cuenta de que, si bien el concepto de persona es inconmensurable por relación a fenómenos biológicos o físicos (es decir, que unas determinadas características físicas no configuran por sí solas una persona, y por tanto, ni la biología ni la física pueden determinar qué es una persona) existen al menos aspectos materiales que hoy entendemos como condición necesaria para su existencia. Dicho brevemente: la biología establece los límites de la personeidad[ii] en negativo: aquello sin lo cual no puede haber una persona, aunque por sí mismo sea insuficiente para que la haya. “ - Pensad en un ser humano cualquiera, una persona. ¿Seguirá siendo una persona si le quitamos una pierna? - Sí. - ¿Y si le quitamos los dos brazos? - Sí. [...] - ¿Y si le quitamos el cerebro? - ...[Momento de silencio. Reflexión.] No. - Por tanto, según vosotros mismos, difícilmente podremos decir que hay una persona antes de que se haya desarrollado el cerebro. Así que, en estadios muy tempranos del embarazo parece que hay poco lugar a discusión sobre el tema, aunque con el paso del tiempo el asunto vaya sin duda complicándose...”

La segunda cosa preocupante tiene que ver con un comentario en torno a la religión. Digamos que esta fue la escena: explico que el islam no es de por sí necesariamente más violento que el cristianismo y cito el libro de Amin Maalouf “Identidades asesinas” para explicar que durante la Edad Media el islam fue la religión de la tolerancia en la Península Ibérica, mientras que el cristianismo fue la religión del fanatismo y las persecuciones. Añado: en última instancia, las religiones son lo que las personas hacen con las religiones; desde la antropología se estudia, de hecho, la religión como una creación humana que cumple funciones psicológicas y socio-políticas. Desde esta perspectiva, Dios sería una creación del hombre, y no del revés. En definitiva, y sea nuestra fe la que sea, en cualquier caso es al hombre a quien hay que apuntar como responsable de las consecuencias de la religión.


ANÁLISIS DEL PROBLEMA

En lo que a mí me concernía, la señora andaba en desazón, al parecer, porque temía que pudieran estar adoctrinando a su hija, y, añadió, en un tono ciertamente cordial: “para adoctrinarla, en todo caso, ya estamos nosotros [sus padres], ¿no?”. Amable y abierta al diálogo, la señora conversó conmigo durante una hora, después de la cual se fue contenta y tan agradecida hacia mí como yo hacia ella por su amabilidad. Lo que más me sobrecogió de aquel diálogo no fue lo que se dijo, sino lo que se dio a ver bajo la mesa: que lo que a la ilustre señora robaba la tranquilidad no era el modo en que se habían enseñado las ideas, o el intento por imponerlas; lo que en el fuero interno le dolía es que ella no comulgaba con aquellas ideas. En última instancia, la señora reclamaba que no se expusieran ideas que no eran las suyas como especialmente convincentes o válidas. El cometido de aquella madre podría traducirse así: enséñense todas las posturas en torno a un tema o no se hable del tema. Este argumento está a la base de los discursos que defienden la enseñanza del creacionismo como propuesta científicamente aceptable en EEUU y asoma de tanto en tanto en la propuesta de quienes defienden la enseñanza de la religión en el sistema de enseñanza público o la financiación pública de colegios e institutos declaradamente confesionales en nuestro país. El ejemplo anterior es una muestra de su expansión viral a todo espacio educativo, su conversión en cultura popular, en un modo cada vez más aceptado de comprensión del sistema y la práctica educativa.

El presupuesto que subyace es el siguiente: no hay idea más válida que otra, por lo que el criterio que debe regir la enseñanza ha de ser el respeto por igual a toda idea, es decir, la tolerancia.

Simplificando el asunto, la tolerancia viene de la mano con el individualismo liberal moderno. El Estado debe asegurar los derechos de los individuos (de ahí el concepto de individualismo en su versión positiva), de cada individuo, y esto exige impedir la imposición de ningún tipo de coacción sobre el mismo por parte del colectivo social y político. Una de las formas en que se concreta este necesario respeto es el permitir a toda persona mantener sus propias ideas y creencias, sean las que fueren, así como las conductas o hábitos derivadas de las mismas, siempre que no contravengan los derechos de los demás o pongan en peligro el orden público. Es decir, en el plano de las ideas, la tolerancia se asume como un modo de respeto a alguien, porque, ¿qué podría significar el respeto a una idea por sí misma? Exacto: nada. Las ideas no tienen derechos; los derechos son de las personas (al menos, de las personas -hay razones contundentes para defender que también los animales merecen algunos, pero dejaremos ese tema por el momento). Hasta aquí, todo bien.

El problema es que la consecuencia social que introduce la tolerancia quiera convertirse también en un parámetro epistemológico. Aquí empieza el trastorno: la verdad no entiende de democracia, el conocimiento no depende del número de adeptos ni de las consecuencias que para las creencias de una persona pudiera tener su avance. Si en los discursos y las prácticas que manejamos para intentar conseguir conocimiento aceptamos que toda idea o propuesta es respetable por ser de alguien, si toda idea o propuesta debe ser considerada por ello igualmente válida, renunciamos entonces a todo criterio para distinguir lo que es conocimiento de lo que no lo es, o a la posibilidad de que un conocimiento pueda estar mejor fundamentado que otro. Por tanto, dado que, por un lado, “hay gente pa to”, que decía el torero, y, por otro, el derecho a la libertad de pensamiento asegura que cualquiera puede creer cualquier cosa, al menos a priori toda idea imaginable se halla en igualdad de condiciones por relación a la verdad. En dos palabras: todo vale. Siendo tantas las mentes que han existido, existen y existirán, y viendo las maravillas de que son capaces algunas de ellas, si el criterio de aceptación de una idea consiste en que alguien la defienda, habremos de presuponer que no hay idea mala. Pero, entonces, ¿cómo afecta esto a la educación? Es decir, ¿qué enseñamos?   

Téngase en cuenta, para empezar, que, si todo vale, la educación se convierte en poco más que congregar a un grupo de personas en un tiempo y un espacio para hablar por hablar, para decir cualquier cosa, porque lo mismo vale decir una que otra. Es más, no se entiende siquiera en qué sentido el profesor pudiera estar más cualificado que el alumno, porque eso ya exige asumir que existen criterios que diferencian qué es verdad y qué no lo es, y son esos criterios y los resultados de su aplicación lo que se supone que el profesor ha de transmitir al alumnado.

Hagamos una aclaración de filosofía básica. La epistemología actual considera que existen tres tipos fundamentales de ideas distinguibles por su relación a la verdad. La opinión sería una idea cuyo contenido no puede demostrarse y de la que no se tiene seguridad. La creencia, como la opinión, sería una idea no demostrable, pero, al contrario que en el caso de la opinión, la persona que la detenta está convencido de ella, tiene un sentimiento de certeza respecto de la misma. El conocimiento, finalmente, sería una idea de la que se tiene certeza y cuyo contenido puede demostrarse[iii]. Si ponemos como criterio fundamental de la enseñanza el respeto a las creencias de los demás, entendido ese respeto como un trato meyorativo que iguala toda posible explicación o interpretación de un hecho, entonces estamos renunciando al conocimiento en beneficio de la creencia.




LA SOLUCIÓN

Hay quien pretende que todo es creencia, que no hay en última instancia forma de distinguir grados de conocimiento. Pretende, digo, que no piensa, porque es difícil pensar y mantenerse en una postura como esa. El machismo es fruto de una creencia; la igualdad efectiva entre hombres y mujeres es una realidad. Es más, el machismo no solo parte de una idea falsa, sino que razona de forma falaz: la idea de que una superioridad natural conlleve privilegios en el plano de los derechos esconde premisas de valor, como demuestra el hecho de que desde los valores propugnados por los Derechos Humanos y las sociedades realmente democráticas se justifica exactamente lo contrario, es decir, que la inferioridad natural de alguien en algún aspecto conlleva la exención de algunas obligaciones y la concesión de ciertos privilegios compensatorios. No hay forma de demostrar lo que el machismo defiende, pero sí hay datos para demostrar lo que defiende el feminismo, es decir, la igualdad efectiva de capacidades de hombres y mujeres (y la necesidad derivada de ello de convertir esa igualdad natural en igualdad social y jurídica). 

Aquella madre del inicio, y con ella tantos hoy día, pretenden que el profesor no puede mostrar su posición ante ninguna propuesta explicativa. Sin embargo, y aunque es cierto que la ley prohíbe el “proselitismo” de parte del profesorado, la idea que hay (o debería haber) tras la letra de la ley ha sido convenientemente malinterpretada. El error parte, quizás, del intento por introducir la igualdad democrática en planos donde la democracia no es pertinente: si encontramos a un enfermo y hemos de determinar qué le sucede, la opinión de un médico no es equivalente a la de una camionera, un limpiador o una vendedora de prensa. La fuente del mal es considerar que nadie puede saber más que nadie (más a menudo, que nadie puede saber más que uno mismo). Pero, si nos tomamos esta posición en serio, esto significaría que un profesor de biología, al explicar el funcionamiento del cuerpo humano, debería dedicar tanto tiempo y recursos a explicar los principios de la biología celular como al reiki; la psicología debería explicar los procesos neurobiológicos que han permitido descubrir las técnicas de neuroimagen, los aspectos conductuales no explicables desde esos procedimientos que han sido objeto de explicación científica desde la psicología y el funcionamiento del alma según Platón, la filosofía medieval, el budismo, etc. En física no habrá razón para dedicar más tiempo a la ley de la gravedad y las consecuencias de la curvatura espacio-temporal de Einstein que para hablar de la teoría aristotélica según la cual la Tierra está en el centro del universo y es plana, del sistema ptolemaico, de la propuesta bíblica... Todo ello habrá de tratarse en pie de igualdad, al menos como decíamos al principio, si hay alguien dispuesto a creerlo (pues no es siquiera imaginable presentar todas las teorías imaginables, cosa que en principio habría que hacer siendo coherentes con este pensamiento de la tolerancia antes de todo). En historia acabaría ocurriendo con todo acontecimiento humano lo que ha ocurrido en España con la Guerra Civil, y así el nazismo y el genocidio que provocó serían tan legítimos como la lucha contra el mismo. Sin embargo, nadie en su sano juicio aceptaría la presentación del nazismo y sus víctimas en pie de igualdad como una muestra de objetividad.

De hecho, no es cierto que el sistema educativo español no tome partido en sentido valorativo. Los preámbulos, los criterios y hasta los insidiosos estándares de aprendizaje de los textos legales establecen la necesidad de hacer del sistema educativo un medio de defensa de los valores democráticos e ilustrados. Defender, como no queda otra, que tales valores son más deseables que aquellos que imponen modos de pensamiento dogmáticos, antidemocráticos, antiigualitarios, etc., no hace más que dar la razón al argumento que estamos defendiendo: es tanto como poner en práctica la asunción de que no todos los valores merecen el mismo respeto y, con ello, la implicación de que hay criterios para decidir cuáles potenciar. En definitiva, en la medida en que pretendamos que la enseñanza tiene que comprometerse con valores, sean estos cualesquiera, exigiendo a la vez que los valores queden fuera del alcance de la crítica racional, estamos decidiendo arbitrariamente que ha de tolerarse lo que queramos y porque queremos. Es innecesario explicar por qué una educación dejada en manos del voluntarismo es un mero adoctrinamiento y un peligro nada baladí.  

Existe también un subterfugio para asegurar las propias ideas ante la potencia explicativa de algunas teorías científicas. Consiste en sostener que, mientras que en física, química o matemáticas las verdades son inapelables, en filosofía, literatura o arte todo queda al arbitrio de quien enuncia. Me restringiré aquí a la filosofía, para poder hablar con cierto fundamento. Resulta que las normas que establecen la corrección de un razonamiento, recogidas en la lógica (una disciplina con al menos 2.300 años de antigüedad), tienen una objetividad equiparable a la de las matemáticas. Determinadas propuestas puramente filosóficas, incluso en ámbitos tan poco objetivos en apariencia como la metafísica, pueden ser comparables en solidez y repercusión social a la física newtoniana. Enseñar a un alumno lo que dice Kant en la Crítica de la razón pura sobre la existencia de Dios no es simplemente darle una postura más, es enseñarle cómo se soluciona el problema de la existencia de Dios (hablar de Dios desde el punto de vista del conocimiento es, sin más, un sinsentido). Mostrar cómo pensó Kant en relación a este problema es poner en claro cómo hay que pensar en relación a este problema, igual que explicar el heliocentrismo es enseñar cómo ha de pensarse el sistema solar si se quiere pensar bien, porque es enseñar la verdad.

Digámoslo alto y claro: si algo hemos de ser capaces de tolerar es, antes que nada, la verdad. Pero, ¿qué es la verdad?, se preguntará quien lea estas líneas. Cada cual cree estar en posesión de la verdad en aquello que piensa. ¿No llevará la creencia en la existencia de una verdad al dogmatismo de quien tenga el poder de imponerla? Si alguien se ha preguntado así, hace bien. Pero, al contrario de lo que pretende buena parte de la posmodernidad y los acólitos de la oleada new-age que se extiende últimamente, la verdad científica, la verdad filosófica es precisamente el remedio contra toda posibilidad de dogmatismo. En primer lugar, porque la defensa que se hace desde la posición científica de la verdad exige demostración, con lo cual, que se haga claro que una determinada teoría se impone, casi, por sí misma, por criterios racionales objetivos. Claro que este primer paso, aisladamente, puede ser fácilmente soslayable (basta con construir un razonamiento coherente y evitar señalar sus problemas o hacer visibles críticas o propuestas alternativas). Sin embargo, al mismo tiempo hay que unir un segundo elemento fundamental: la actitud crítica (característica fundamental de la ciencia según Popper), que consiste en asumir que toda propuesta explicativa sea considerada siempre como provisional, como una conjetura, la mejor que se tenga. Esto implica la necesidad de buscar siempre las ideas mejor probadas y razonadas y, consecuentemente, la renuncia a las propias ideas si apareciera otra epistemológicamente superior. Es decir, implica reconocer que el propio ego (el que alguien crea algo, el que alguien quiera algo) queda excluido del proceso de valoración de una idea. Volviendo a nuestro contexto concreto, significa que usted, padre, usted, madre, son irrelevantes en la determinación de la validez de las teorías que sus hijos aprenden.

Para aclarar un poco más esta última idea, seamos todavía más precisos y lapidarios: en la enseñanza secundaria, cada profesor es un especialista de la materia que imparte. Quizás cualquiera pueda discutirle su atinencia a la ley, sus métodos de enseñanza, pero discutir aspectos teóricos de la materia que imparte requiere del dominio de ciertos conocimientos sobre la misma. Eso, o poca vergüenza. Padres y madres han de asimilar, antes de dirigirse a un profesional de la enseñanza secundaria, que se está dirigiendo, como inexperto, a un experto, y no como mandatario a un subordinado. Claro que, como funcionario público, ese experto tiene la obligación de trabajar al servicio de los ciudadanos. Pero, como experto teórico, su obligación es hacer valer los conocimientos derivados de los descubrimientos y el trabajo científico, incluso si ha de hacerse contra las creencias de los ciudadanos, sean cuales sean las creencias de uno y de otro, como el ingeniero tendrá que aplicar las leyes físicas pertinentes a la hora de construir un puente, así crea en su fuero interno vivir en un mundo virtual, y así como el médico tendrá que recomendar a sus pacientes no fumar, así ande convencido en su corazón de que nunca ha existido ni existe tal cosa como los pulmones.    

CONCLUSIÓN

A modo de compendio final: la tolerancia es un concepto de naturaleza socio-política que no tiene pertinencia en el ámbito epistemológico (en el ámbito del conocimiento). Si queremos que nuestros estudiantes aprendan, tenemos que asumir que existen ideas correctas y otras que no lo son, que tenemos criterios para diferenciar unas de otras y que esos criterios son (y han de ser) objetivos y, además, que pueden chocar contra las creencias de cualquier ciudadano. Por tanto, el servicio que el sistema educativo debe prestar a la ciudadanía se encuentra con una disyuntiva cuya resolución, en algunos casos, se plantea inevitablemente como una elección excluyente: o se esfuerza por enseñar la verdad, o se asegura de contentar el ideario de todo ciudadano. En estas líneas la apuesta es clara y rotunda: la democracia permite a cada cual seguir pensando como considere en sus adentros y hasta expresarlo y, por tanto, la diversidad y la tolerancia están aseguradas, pero solo un sistema educativo comprometido con la verdad (y, por tanto, dígase de paso, libre de exigencias mercantilistas) asegura hoy día la pervivencia del conocimiento verdadero. Así pues, en lo epistemológico, no hay duda posible: el compromiso de la escuela ha de ser con la verdad, pese a quien pese.

PEQUEÑO EPÍLOGO

Me surge una duda en relación a la historia concreta con que dábamos comienzo a este texto. “Tengo miedo de que adoctrinen a mi hija”, decía la señora. ¿No tendría miedo de que la desadoctrinen? Si alguna virtud podemos presuponer a los centros educativos públicos es, precisamente, carecer de una línea ideológica: en un mismo centro habrá profesores y profesoras creyentes, descreídos, progresistas, conservadores y hasta machistas. ¿A qué ese miedo, entonces? ¿Y si fuera el miedo a dejar a su hija ante el poder de las demostraciones y la argumentación? Entonces, si ese fuera el caso, bien pudiera ser el centro público la puerta por la que la niña escapara al miedo de su madre a que aprendiera a pensar. En ese caso, bendito el disgusto que le di. 

Juan José Gómez Falcón

[i] Quizás alguien se sorprenda al ver este nombre. Ciertamente, la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos de 3º de ESO desapareció en casi toda España. El PP consideró que era una asignatura ideológicamente parcial y la sustituyó por Valores éticos. Los programas son muy similares y el espíritu que pretende guiar la práctica docente en ambas también. En Andalucía, no obstante, se decidió mantener “Ciudadanía” como obligatoria junto con Valores éticos. Desde luego, no hay criterio pedagógico que permita explicar esta decisión que obliga a los alumnos a hacer dos veces a la semana la misma asignatura con nombres diferentes y a los profesores a inventar formas de no repetirse teniendo como referente un programa casi idéntico. La única forma de entenderla apunta a factores de otra índole: el PP suprimió la asignatura porque era una creación del PSOE; el gobierno de Andalucía se negó a suprimirla por esa misma razón. ¿Motivos políticos? Siempre que aceptemos llamar política a esta suerte de pelea caprina, este choque de cráneos vacíos que nada, absolutamente nada, tiene que ver con la polis y que habría ruborizado hasta el asco a los vecinos de Pericles.    

[ii] Utilizo el palabro “personeidad” para evitar la confusión con todas las connotaciones caracteriológicas que lleva consigo el término personalidad.


[iii] Ilustremos esto con tres ejemplos. Opinión: la tortilla de patata está mejor con cebolla. Creencia: sé que puede sonar raro, pero estoy seguro de que mi perro me entiende cuando le hablo. No tengo la más mínima duda. Conocimiento: el agua hierve a 100 grados centrígrados. Puedo demostrártelo cuando quieras.

domingo, 13 de noviembre de 2016

CASTOR Y POLLUX EN BATACLAN




Hace un año, la noche del 13 de noviembre, los asistentes a un concierto de la banda Eagles de Death Metal en la sala Bataclan de París fueron víctimas de una masacre perpetrada por una célula  afin al llamado EI (Estado Islámico). Fueron cerca de 80 fallecidos y numerosos heridos -algunos de los cuales todavía hoy permanecen en un hospital-, a los que hay que sumar otras víctimas de acciones perpetradas en cinco restaurantes de la capital. La noticia se extendió rápidamente por las redes y medios de comunicación.

               En ese mismo instante yo me hallaba en mi domicilio visionando una ópera a través del conocido canal Mezzo de música clásica cuando mi esposa me avisó que en twitter empezaban a extenderse confusas noticias sobre un atentado. En pocos minutos los canales generalistas de televisión se llenaron con la confirmación de las masacres.

               La casualidad quiso que la ópera que yo visionaba en ese momento fuera precisamente una versión de Castor y Pollux, del francés J. P. Rameau, grabada en 2014 en el parisino Théâtre del Champs Elyseés bajo la dirección de Hervé Niquet. De inmediato, el sistema de analogías comenzó a conmoverse en mi mente y a evolucionar por sí mismo. De inmediato supe que la conexión entre la obra de Rameau y las causas y consecuencias del atentado de Bataclan era profunda. Dudé de publicar estas impresiones en su momento y he esperado un año, más calmado, a ponerlas por escrito.

               J. P. Rameau fue un compositor del siglo XVIII francés, muy prolífico a pesar de haberse dedicado a la ópera ya mayor. Su estilo es más calmado, menos barroco, que el de su predecesor Lully, con lo que se le enmarca en el llamado Clasicismo; aunque es una obra muy personal, alejada de la corriente italiana de moda en aquel tiempo. Pero no es esto lo más llamativo para mí, porque resulta que Rameau es el verdadero compositor de la Ilustración; un teórico reconocido que publicó obras influyentes antes de su etapa lírica; un hombre culto que frecuentó a autores como Voltaire y Rousseau, o a los padres de la Enciclopèdie, Diderot, D'Alembert o Grimm, y se empapó bien de sus revolucionarias ideas a pesar de que polemizó agriamente más tarde con ellos desde uno de los bandos de la "Querelle des Bouffons".
          
    
            En 1737 compuso una de sus mejores obras, la historia de los gemelos Castor y Pollux, la obra que yo visionaba el 13 de noviembre y que desarrolla un argumento que me hizo pensar. Ambos son hijos de Zeus, sin embargo, uno es inmortal (Pollux) y el otro mortal (Castor). Aman a la misma mujer, Telaira, pero ella sólo ama a Castor. El conflicto de la obra comienza precisamente cuando éste muere en batalla. Ante la muerte de su hermano, Pollux pide en matrimonio a Telaira, pero ella, en lugar de aceptar, le ruega que interceda ante Zeus para que devuelva a la vida al malogrado Castor, su amor verdadero. Y Pollux, que ama a Castor tanto como a Telaira lleva a cabo el ruego, a pesar de que eso implica decir adios al matrimonio.  Zeus replica que nada puede hacer, que el destino está por encima y que la única solución (ese rígido sentido del equilibrio de los mitos griegos) es que cambie su suerte por la de su hermano. Pollux se decide por amor a Castor. Febe, diosa de la juventud, y los soldados espartanos intentan impedirsin éxito que Pollux cumpla su propósito y penetre en el Hades. Encuentra a Castor precisamente en los Campos Elíseos, la parte bienaventurada del Hades. Castor se niega al cambio pero acepta ver a su amada en vida por un sólo día. Aquí llega el momento de los equívocos, porque Febe, que amaba a Pollux, al ver a Castor se suicida (es decir, penetra en el Hades), mientras que Telaira, al conocer que Castor sólo estará un día con ella, piensa que no la ama. Finalmente, como justo premio a la lealtad entre Castor y Pollux, Zeus desciende y proclama la inmortalidad de los hermanos.
    
            Las analogías simbólicas se amontonan ante estos referentes. Como ya escribí en otra ocasión, los atentados en Francia por parte del EI tienen como objetivo destruir los referentes europeos de la Ilustración ( ver http://jumilla-amalgama.blogspot.com.es/2015/01/la-derrota-de-la-ilustracion.html ), como bien lo demostrarían meses antes en la sede de Charlie Hebdo. La sala Bataclan es otro ejemplo de tolerancia y libertad creativa, en este caso musical. Casi trescientos años antes Rameau, el compositor ilustrado, junto al libretista Gentil-Bernard y bajo consejo del filósofo Voltaire dejaban claras pistas en la fábula de los gemelos divinos. Ambos representan dos destinos contrapuestos, dos clases de hombres cuyo papel choca. Uno podemos asimilarlo el pueblo llano mortal o a un hombre caído en desgracia, otro a la nobleza, o bien, al hombre de éxito, triunfante. Lo curioso es que por el amor que se procesan buscan la concordia y la renuncia a sus destinos trazados. Ciertamente Zeus (el Orden, el Rey o el Estado, pero también la Razón o los ideales ilustrados) es quien redime al caído y lanza a ambos a la inmortalidad.

            Para terminar, los gemelos, llamados Dióscuros, son los encargados clásicos de guiar a las almas al Hades, así que de alguna forma también estuvieron presentes aquella fatídica noche en la sala de fiestas parisiana.
         
  
             La versión de la ópera que yo escuché durante el atentado se había representado en el Théâtre del Champs-Elyseés al tiempo que los ataques franceses en Siria, excusa del EI para los atentados. Dos años después, los terroristas convirtieron la sala Bataclan en un verdadero Hades, un infierno aterrador. Con el paso de las horas se supo que los terroristas eran en realidad franceses crecidos en el extraradio de París y captados posteriormente por el EI. Descubrí entonces que la fábula de Castor y Pollux era perfectamente trasladable a la actualidad francesa tras el cambio de las políticas de asimilación en favor de las de integración. El asimilacionismo implicaba jurar lealtad a Francia  y a los ideales de la República, que son los heredados de la Ilustración, pero con el tiempo se abandonó esta idea en favor de una política de integración mal entendido que ha creado un cinturón de guetos de ciudadanos oriundos del Magreb que no sienten como suyos esos antiguos ideales. Cortázar, Kundera y Kristeva, por poner ejemplos elocuentes, se sentían plenamente franceses tras su jura a la República; los magrebíes del extrarradio se sienten extranjeros en su tierra.

               El objetivo inicial de aquel asimilacionismo no fue otro que elevar al mortal Castor a la altura de inmortal Pollux. Convertir a los inmigrantes en ciudadanos nobles, completos merecedores de todos los derechos y orgullosos de sus deberes. La integración puede pretender respetar las culturas de origen, pero lo que en realidad hace es apartar literalmente a sus componentes del centro de la República. Esto se acentúa porque los propios valores ilustrados del estado (la Libertad, Igualdad y Fraternidad) se han vuelto laxos y caducos. Una buena parte de los ciudadanos finge respetarlos pero no cree en ellos. Francia se ha convertido, en palabras de españoles que la conocen bien, en un animal bicéfalo, -¿Castor y Pollux?- que siente orgullo por sus Valores pero al tiempo reniega de ellos, los ve como una pesada carga. El origen de la ultraderecha crece en esa contradicción y termina por convertir al país en el bifronte Jano. La contradicción se ha extendido al otro hijo de la Ilustración del mundo civilizado: Estados Unidos. No es casualidad que un xenófobo confeso como Donald Trump, que pretende expulsar a musulmanes y mexicanos del país, haya ganado unas elecciones. No es casualidad que la ultraderechista Marine Le Pen se postule como seria candidata a ocupar el Palacio del Elíseo. Ambas victorias representarían la derrota de los dos únicos grandes sistemas donde la vieja Ilustración todavía es respetada y tenida en cuenta, los dos únicos estados donde la democracia es tenida (al menos sobre el papel) por algo sagrado.

    Personificadas en la suerte de los Dióscuros, de Castor y de Pollux vi yo aquella triste noche de hace un año todas estas contradicciones y comprendí que la única salvación posible es seguir la enseñanza de esta vieja fábula, donde los Universales, las nacientes ideas ilustradas, son capaces de salvar a los hombres de la miseria o la desgracia y llevarlos al destino más digno y noble. Por desgracia, nos precipitamos con alegría a arrojar a ambos gemelos, a Castor y también a Pollux, a lo más profundo del Tártaro.