Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de mayo de 2024

EL OLVIDO DE AZCÁRATE



Hace años leí un relato. Tres hombres partían de León con el interés de fundar un espacio de libertad y enseñanza en una alejada comarca minera llamada Laciana. Tras el largo trayecto, dormirían en la casa de un cuarto hombre, Francisco Sierra, que estaba dispuesto a poner sobre la mesa el dinero necesario. El relato llevaba por título Lecciones de las cosas, y su autor era Luis Mateo Díez. Dos de los hombres venían directamente de Madrid y eran los creadores de una empresa hoy mítica: la Institución Libre de Enseñanza. Eran, claro está, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío. El tercer hombre era un personaje singular, un leonés, político liberal (hoy diríamos progresista), escritor y filántropo, llamado Gumersindo de Azcárate. Juntos habían sorteado los difíciles caminos serranos hasta llegar a Villablino, la capital de la comarca. El relato cuenta, de manera amable y tranquila, casi con demora, las conversaciones de estos hombres buenos en su tarea de apuntalar los estatutos de lo que serían las escuelas de Villablino, donde niños sin recursos pudieron labrarse durante años una instrucción y un futuro.

                Luis Mateo Díez me ganó con Celama, después descubrí el resto de su vasto reino, como Benet me ganó con Región —ya sabemos que Celama está a unos cuantos kilómetros de Macerta—. Lecciones de las cosas no pertenecía a Celama, sino a un reino mucho más etéreo y vulnerable que floreció durante las dos primeras décadas del siglo XX. El reino de la Residencia de Estudiantes, de los intelectuales comprometidos, de Lorca, J.R.J., Ortega, Ramón y Cajal y, por supuesto, aunque le pilló muy mayor, el reino de Azcárate. La dictadura lo borró de cuajo y durante décadas permaneció en la penumbra, al igual que la Fundación Sierra-Pambley, una de sus provincias más florecientes. Hoy se recuerdan y se honran aquellas empresas del intelecto, y han sido recuperadas por las instituciones del Estado, pero ciertos nombres parecen no escapar del olvido. Uno de ellos es el de Gumersindo de Azcárate, —quizá el leonés más importante de la historia, obviando a los monarcas medievales—. Solo con citar una ley que salió de sus manos sabremos de su importancia: la Ley de represión de la Usura, la Ley Azcárate, de 1908.

                Gumersindo de Azcárate es hoy un hombre completamente olvidado, como tantos, incluso más olvidado que Giner de los Ríos o Cossío. Tampoco su obra parece ser tenida en cuenta. Y quizá es su propia patria uno de los lugares donde menos se le recuerda.

                Visité Villablino en 2023, no buscaba a Don Gumersindo, sino su fundación. Nadie, en bares, mercerías o tiendas de electrodomésticos supo decirme exactamente donde se encontraba, a pesar de que Villablino es un pueblo pequeño y diáfano.

—Allá arriba, en las afueras del pueblo— acertaron a decirme.

Pregunté por Luis Mateo Díez. En una librería, un hombre grande y algo atildado me dijo que no podía con sus libros, que lo respetaba, pero que era demasiado para él.

—Él reconoce que sus libros no son de fácil lectura— concluyó como excusa.

En el pueblo no lo recordaban. Luís Mateo Díez nació y paso sus primeros años en Villablino, entre remontes de carbón y bosques de roble y haya. El escritor, reciente premio Cervantes, establece dos pilares en su obra: la infancia y El Quijote. Nadie recuerda al escritor en su ciudad natal, a pesar de que Celama linda con Laciana. Estos intelectuales leoneses parecen personajes sacados de sus propios relatos, personajes míticos, de fantasía y, sin embargo, muy reales. Personajes salidos de algún filandón en una noche de invierno. En Villablino, en la misma calle en cuesta donde sigue abierta una vieja librería que no tiene un solo libro de Díez, algunas manzanas más arriba, hay un Pub Filandón, está cerrado y se vende.


                La realidad está hecha de la materia de la ficción, y no al revés. Es bien sabido, pero es una verdad que no suele contarse por sospechosa. A pesar de todo, hace poco obtuve pruebas fidedignas de la certeza de este hecho. Fue ayer, preparando una charla sobre el viaje musical de Joaquín Sorolla, para acompañar el programa de la soprano Mariví Blasco y del pianista Ignacio Torner. Escuchaba una conferencia de José García-Velasco, actual presidente de la Institución Libre de Enseñanza, cuando me tropecé, como si me derribara un rayo, con un retrato de Gumersindo de Azcárate, obra encargada por la Hispanic Society al pintor valenciano. El retrato está fechado en 1917, y es posible que Sorolla lo terminara ya muerto el anciano político; la humanidad, la bondad del rostro, resultan más emocionantes cuando se conoce la biografía del retratado. No fue eso lo que me dejó helado.

                Gumersindo de Azcárate, que contaba 87 años cuando fue retratado, me resultaba tremendamente familiar, era un rostro que había visto repetidas veces en fotografías unos días antes. No me quedaba duda. El óleo de Sorolla reproducía el rostro de Luis Mateo Díez en la actualidad, más avejentado quizá, y vestido a la manera de principios del siglo XX, pero era él, la misma nariz curvada y recta a un tiempo, el mismo cabello canoso, el corte de la barba, el rostro alargado y sereno, pero a la vez afable, las lentes leves, que habían modernizado su diseño. Azcárate tenía el rostro mismo de Díez más de un siglo antes de recibir éste el Cervantes. De alguna forma, Sorolla había unido sus vidas, sus trayectorias intelectuales sólidas e impecables, en ese óleo que descansa en Nueva York. Había unido también sus respectivos olvidos, y la misma pacífica indiferencia con que ambos autores se enfrentan al daño que puede hacerles ese viejo mal español. Azcárate y Sorolla veían desde su pasado militante y activo un futuro que desconocían, un futuro sobre el que nunca perdieron la esperanza, quizá porque no les dio tiempo, pues lo peor de nuestra estirpe se derrumbó sobre el país años después de que murieran. Y en medio, como un jalón en el camino, un férreo nexo temporal, estaba el relato, Lecciones de las cosas, la crónica novelada escrita por Díez, con respeto, casi con veneración, buscando en parte sacudir tanto olvido, de la fundación de Gumersindo de Azcárate.

                Veo a Luis Mateo Díez recibir el premio Cervantes con esa tranquilidad idílica de la que carezco y pienso que, a sus 81 años, tiene una confianza en la vida, en la forma de afrontar las miserias y derrotas humanas, mucho más firme que la mayoría de los que somos algo más jóvenes que él, o mucho más jóvenes, que es todavía peor.

domingo, 4 de junio de 2023

PUDRIDEROS DE TIEMPO (II)

 


Después de décadas volví a los zaguanes impregnados de polvo. Los bloques eran los mismos, y los mismos sus moradores, mucho más viejos. Otros, por acción de la muerte del anterior, habitaban los pisos desde hacía poco. Se trataba ahora del depósito del correo electoral, no de la encuesta. Similares propósitos, ambos por voluntad y sin pedir ni recibir dinero a cambio. Quizá parpadeando, caí perplejo: estaba ante el mismo fulgor opaco, la misma penumbra dorada, dulzarrona y exangüe.

Los buzones de madera, aunque nuevos, parecían haber envejecido tan deprisa que pudieran tener más edad que los antiguos ya descartados. Los buzones metálicos se pintaban de color cobrizo, o directamente de un marrón castaño, intentando simular un tiempo que no merecían. Todo era simulado y a la vez auténtico. Para comodidad del cartero, algunas series de buzones se extendían a la altura de la cintura, horizontales y no pegados a la pared, como mesas horadadas por ranuras sin sentido. Otros ofrecían, absurdas y cómodas, vistas frontales tras cristales que mostraban sin pudor el interior. Tras esas mirillas descollaban, como peces agonizantes, panfletos de propaganda electoral.

            Comentario aparte ofrecían los espacios. Los zócalos de madera pervivían, opacos y deslucidos, repletos de ralladuras, pero nobles, como la nobleza de un caballero ajado en cuya solapa fallece una flor mustia. Para dar sensación de amplitud, en todos los vestíbulos se habían colocado grandes espejos, una moda que perviviría a lo largo de décadas. Los espejos… limpios, sin una sola grieta o esquina desportillada. El único elemento que no había cambiado a lo largo de los años. Los espejos… que reflejaban el rostro de los habitantes del bloque, día tras día, jornada tras jornada, arruga sobre arruga, implacables e inmisericordes, como la bendición eterna de un párroco desquiciado. Treinta años después, los mismos rostros ajados, desilusionados, empolvorecidos y pálidos, hastiados de sí mismos, pasando por delante de los espejos intransigentes.

            Los escalones. Primero fabricados con un sucedáneo de piedra artificial donde flotaban trozos descartados de mármol rojo. Después sustituidos por piedras nobles. Los escalones pulidos tras cientos de baldes de agua y lustres de fregona. Había algo terrible en todo aquel escenario, buzones, espejos, escalones, zócalos, que no supe ver la primera vez, muchos años atrás, y sentí como un puñetazo en esta ocasión, hace apenas unos días. El aire, el aire enmohecido, el mismo aire irrespirable del primer día, nunca renovado, nunca desbancado de su poltrona estéril. ¿Era un aire muerto? ¿Qué era? Ese tufo de panteón, de los Mendoza en el fuerte de san Francisco, del pudridero de El Escorial, de los catafalcos de la Capilla Real de Granada, del enterramiento renovado en san Juan de la Peña, del Panteón Real de Oña. Ese estancamiento, esa humedad densa, esa ondulación monstruosa de pantano o de cosa del pantano. ¿Era cierto? Después de tantas décadas de limpieza constante nadie había renovado esa atmósfera mortuoria. ¿Cómo era posible que los vecinos no lo notaran? Cada vez que atravesaban el umbral se internaban en un panteón de cementerio, y sus propios nombres estaban allí inscritos, garabateados o tecleados.

            Se debía recurrir a trucos viejos para poder penetrar en esos espacios sórdidos: jamás hablar de propaganda, sustituir publicidad por correo, hablar con eses, ser paciente y servicial. En los timbres, casi nadie contestaba, a la décima, undécima, alguien descolgaba y tras la fórmula, pulsaba el botón. Ciertos inquilinos, tímidos, se excusaban diciendo que la vecindad no quería que abrieran a nadie extraño. No querían, pues, que nadie ajeno entrara en el panteón familiar y respirara el aire irrespirable, y les arrebatara esa última, agónica, bocanada de pasado que les quedaba. Leía los nombres en los buzones, a pesar de la prisa, lejos de lo pragmático: eran nombres de gente que yo conocía, que veía todos los días caminar por las calles. “Ahora sé dónde vives”, pensaba primero irónico; luego, luego pensaba que no era posible, que todos aquellos nombres eran nombres de muertos, y que los muertos no pasean, no pisan las calles. ¿O sí?

            Al salir, siempre, siempre aspiraba un poco de aire envenenado, porque sí, porque yo también era uno de esos muertos embalsamados de pasado y merecía un poco de elixir faraónico, de resina preservadora, de ungüento para momias. Porque yo me lo merecía, sin duda.

Posfacio.

Dos días después, llegaron las elecciones. Perdimos, como siempre, aunque también ganamos. Olvidé el aire mortuorio de los vestíbulos, sustituido por la atmósfera aromática de las aulas, plena de hormonas y ansias de poder, pero desde entonces anda rondando mi pituitaria una cierta inquietud, como si alguien me observara desde el interior de algún buzón anónimo.

sábado, 24 de noviembre de 2018

EN TORNO AL IBERISMO




Como viene siendo habitual en este país balompédico antes que enciclopédico, el fútbol ha llevado recientemente a la escena pública una cuestión que permanece enterrada -y lo seguirá estando pasados los fuegos fatuos- el resto del año. El bisoño presidente Pedro Sánchez patinaba en una de sus urgencias verbales al afirmar en Marruecos que había llegado a un acuerdo con este país y con Portugal para organizar el mundial de fútbol en el año 2030. Tras conocer la noticia el 19 de noviembre, el presidente luso Antonio Costa, negaba tener conocimiento de tal propuesta (ver enlace). Con motivo de  la cumbre hispano-lusa, Costa sería informado oportunamente suturando el desliz. Finalmente, días después, los tres países cierran el pacto para la organización del evento por el evidente interés económico y propagandístico que ello supone. En las pantallas de televisión aparecía un señor de pelo canoso, tez morena y aires de saludable madurez que aprovechaba para incidir en algunos aspectos incómodos de las relaciones entre los dos países ibéricos. Muchos españoles aprendieron en ese momento el nombre del presidente de Portugal -algunos descubrieron incluso que Portugal tenía presidente-; unos pocos lograron añadirlo a la lista de presidentes mundiales de países lejanos que se saben de carrerilla, a saber: Nicolás Maduro, Donald Trump y Ángela Merkel.
               Y es que Portugal es un país lejano para España, una circunstancia abonada por los siglos y por los intereses políticos de terceros, en especial el Reino Unido, y por la falta absoluta de voluntad de los sucesivos gobernantes. Muchos han sido los actores particulares que han intentado cambiar esa circunstancia, con muchas ganas y poco éxito. Existió un movimiento organizado llamado Iberismo que tuvo cierta influencia en el siglo XIX, sobre todo tras el impulso del diplomático Sinibaldo de Mas y Sanz, que al menos consiguió que una idea difusa penetrara en el granítico escudo ibérico, como los dedos de una bruma matinal: la unión política de España y Portugal.
               Días antes de la breve polémica mundialista, el sábado 18 de noviembre, Cesar Antonio Molina, que fuera en su día Ministro de Cultura, elogiaba en una entrevista radiofónica la iniciativa del Iberismo. Recordaba a grandes iberistas españoles, como Miguel de Unamuno, y portugueses, como el Nobel José Saramago, a quien conoció personalmente. Lo mejor de la intelectualidad española y portuguesa de principios del siglo XX ha sido más o menos cercana al Iberismo, caso particular el de Valle-Inclán, que lo defendió activamente. De alguna forma, la generación del 98 fue también iberista. La postura oficial de ambos países, en cambio, marchaba por otras lindes. Comentaba César Antonio Molina que los educadores portugueses tenían prohibido enseñar el nombre de las reinas portuguesas que también lo hubieran sido españolas, simplemente se las borraba de la historia. Un nacionalismo pacato y servil se instaló durante siglos en el estado luso. Con la entrada de ambos países en la Unión Europea, la situación no mejoró, pasando a ser de una ignorancia amable verdaderamente patética, apenas unos amagos de amistad en la época de los presidentes Soares y González y después la inercia de ambas democracias borró los pasos dados entre las fronteras. Cuando toda Europa se sorprendió u alabó los avances económicos conseguidos alejándose de políticas de austeridad (ver enlace), que el nuevo gobierno de izquierdas portugués nacido de un pacto entre socialistas, comunistas y verdes en 2015 había conseguido, la reacción del gobierno español fue de escepticismo, incluso de hostilidad. Es cierto, a nadie le gusta que le dejen en evidencia, y menos si lo hace el vecino.
               El domingo 18 de noviembre, mientras los líderes políticos dirimían sus inconexiones balompédicas, miles de extremeños se volvían a manifestar (ver enlace) por un tren digno para la Región. Las condiciones de la comunicaciones de Cáceres y Badajoz son a todas luces insultantes. Estas dos provincias ricas en recursos naturales pasan por ser las peor comunicadas de España junto a Teruel. Su pecado es ser fronterizas con Portugal. Cuando uno se adentra en aquellas tierras viniendo de Levante empieza a sentir una sensación de lejanía, de estar en un lugar remoto, apenas hollado . Quizá ese efecto de ve reforzado por la feracidad del paisaje, la pureza de las dehesas de encinar, pero resulta llamativo constatar que la zona que nos parece más alejada (la zona norte de Cáceres, donde se encuentran ubicadas las míticas Hurdes, esté relativamente cerca de Madrid. Bordeando Gredos; el viaje en coche apenas supone dos horas y media hasta Plasencia, la capital del norte de Extremadura.
               Ni Cáceres ni Badajoz, que son las dos provincias más extensas de España, tienen aeropuerto. En una geografía institucionalmente normalizada, uno de los primeros trenes AVE que se hubieran proyectado sería el que uniera Lisboa con Madrid. El proyecto sigue en el alero, pero el propio Antonio Costa sostiene que no puede hacer frente al proyecto de momento. En la reciente cumbre hispano-lusa, sin embargo, Costa admitió algo que para cualquiera es evidente; el subdesarrollo en que viven las zonas fronterizas entre ambos países es una anomalía, porque la lógica impone que esas franjas sean regiones de fuerte intercambio económico. La situación es histórica, en su último libro de viajes, Las rosas del sur, Julio Llamazares recuerda las distintas extremaduras: la leonesa, de la que ha heredado el nombre la actual y que se ubicaba en el Reino de León, la soriana y la portuguesa, llamada Estremadura (p. 136). Todas fueron fronteras del Duero, zonas alejadas y despobladas. Si recorremos la zona limítrofe al norte de la Sierra de Gata nos encontramos con parajes que tienen un halo de lugar remoto: Campo de Aliste, Campo de Villafáfila, Sanabria, La Cabrera... comarcas todas apenas transitadas a pocos kilómetros de la raya de Portugal. Hay una especie de autismo mutuo instalado en ambos estados, que viven de espaldas uno al otro mirando a sus respectivos mares. Si pudiéramos dividir la Península en dos grandes zonas podríamos hablar de una Iberia atlántica y una Iberia mediterránea con un enorme interland castellano en el centro. O quizá no sea eso, quizá sea algo más profundo y desasosegante.
               Una fuerza centrífuga parece haber animado a España -y a Portugal- desde tiempos inmemoriales, como si los habitantes ibéricos quisieran huir de ellos mismos, primero hacinándose en las costas, después saltando al mar incógnito, escapando de la miseria y el hambre. Al mismo tiempo, por fuerza de un estado fuertemente autoritario, se creó un movimiento contrario, una fuerza centrípeta que generó ese gran ombligo negro lleno de borra del pijama de provincia llamado Madrid. Iberia vive tensionada entre ambas fuerzas, marcada por nacionalismo fuertes que tienen mucho que reprocharse y muy poca voluntad de ofrecer. Bien claro vemos el gran negocio político que esos movimientos representan en todas las partes de la geografía española (exceptuando precisamente los territorios deprimidos de la raya de Portugal, de Tuy a Ayamonte) y el interland celtibérico. Con este panorama, es difícil que un movimiento integrador como es el Iberismo tenga repercusión en Portugal o en España; digamos que no es un buen negocio. Sin embargo, casi el 80 % de los portugueses (ver enlace) desea la unión con el país vecino, y otras encuestas revelan que más de un 40 % en España opina lo mismo. Solamente en torno a un 30 % de los españoles y portugueses se oponen a la unión, según un estudio conjunto de la Universidad de Salamanca y el Centro de Estudios de Sociologíia de Lisboa.
               Los españoles giran su mirada escandalizada hacia Cataluña, donde la mitad de la población porfía por escapar, en una clara demostración de pulsión centrífuga. Mientras, al otro lado, los portugueses quieren la unión y los habitantes españoles de la frontera saben que les beneficiaría. ¿Fuerza centrípeta? Ni mucho menos, no les interesa Madrid, simplemente dejar atrás de una vez una frontera absurda que sólo trae desventajas y subdesarrollo. Los ciudadanos lusos no tienen problema en que Madrid sea la capital, no les importa; incluso, aunque prefieren Iberia, no les molesta la denominación de España como nuevo estado. La lógica impone que un Estado Federal Ibérico sería la solución ideal. Hay dos problemas: uno, los españoles sólo quieren ser españoles, y nada más, un fuerte sentido de la patria mal entendida les hace sospechar que la entrada de Portugal podría diluir sus esencias; dos, solamente el 3,3 % de los portugueses aceptaría la monarquía, su modelo es la república federal. Visto el panorama, tal día como hoy en el que las naciones votan por separarse y la Unión Europea oficializa la segregación del Reino Unido, el Iberismo permanecerá como un residuo, un recuerdo de lo que pudimos tener, y la República federal Ibérica seguirá siendo la idea excéntrica de unos cuantos iluminados.

domingo, 28 de febrero de 2016

DECADENCIA A LA ITALIANA




En 1992, la Primera República Italiana, aquella que, fruto de un consenso general, redactara en 1946 una de las mejores Cartas Constituyentes de Europa, estallaba por los aires. Los motivos fueron muchos, entre ellos, la pérdida de identidad del PCI, fruto de la Caída del Muro, pero sobre todo la corrupción generalizada que unía en una misma e intrincada maraña delictiva a los políticos, los grandes empresarios y, por supuesto, a la Mafia.
               En un proceso bautizado Mani Pulite (cuya traducción española, Manos Limpias, dio lugar irónicamente a un pseudo-sindicato de corte ultraderechista), el juez Antonio di Pietro llegó hasta la cúpula del PSI, que en breve tiempo se disolvió; de hecho, Bettino Craxi, el todopoderoso y nada socialista Primer Ministro y Presidente del desahuciado partido, tuvo que huir de la justicia refugiándose en Túnez, donde murió en el año 2000. El otro gran capo de la política italiana, el demócrata cristiano Giulio Andreotti, lider de la también disuelta DC, siete veces primer ministro, varias veces procesado y siempre absuelto, mucho más inteligente y peligroso, llamado por igual Il Divo y Belcebú, se convirtió en el símbolo de de esa endogamia tenebrosa que parecía acabarse en 1992.
               Por desgracia, el paso a la Segunda República, en un país con el orgullo seriamente herido, se dio en falso y tampoco trajo consigo una nueva Carta Magna, lo que hizo posible que nuevos esperpentos, productos ya de la decadencia, como Silvio Berlusconi, ocuparan la indiferencia y el desencanto generalizado
               He llegado a la convicción de que la única salvación para la seria crisis institucional que atraviesa nuestro país es seguir el camino de Italia en 1992 hasta sus últimas consecuencias, es decir, la proclamación de una nueva Constitución totalmente reformada y la liquidación del Régimen de 1978.
               Ese camino no se culminó en el país hermano. Italia ha conseguido, a pesar de todo, seguir subsistiendo, renqueando, con una Constitución de hace setenta años con leves retoques; España no puede permitirse ese lujo con el cadáver de 1978. Me temo también que, cojeando y sufriendo mucho más que Italia, seguiremos arrastrando el régimen caduco, porque la decadencia es tan larga como la digestión de los buitres y las anacondas. Los dos países, al parecer, siguen sendas comunes, como sugiere Stefano Gatto en su Libro España e italia ¿destinos paralelos? (puede consultarse la versión e-book aquí), para lo bueno y para lo malo, porque es cierto que nuestros mejores logros en el siglo XV y XVI se hicieron mirando de reojo el humanismo y el arte desarrollados entonces en la península hermana.
                 No puedo evitar en este punto relacionar los distintos procesos judiciales de nuestro país con los clásicos históricos de los italianos, aquellas redadas enormes con Falcone y Borsellino, los jueces estrella, los héroes masacrados. Ni puedo dejar de comparar la faz regordeta de Craxi con los mofletes hinchados de Felipe González, o los rasgos impasibles, hieráticos, del cínico congelado que fue Andreotti con los labios inmóviles de José María Aznar o los melifluos y flotantes de Mariano Rajoy. Todos surgen de un mismo tronco y buscan el mismo fin.
                Italia luchó por su dignidad hasta donde pudo, creyeron en la importancia del momento, tres partidos enteros cayeron fulminados por los procesos judiciales (menos numerosos, hay que decirlo, que los que actualmente se siguen en España), pero en nuestro país el pueblo sigue votando y sosteniendo incomprensiblemente a los mismos capos. Como ejemplo, apenas conozco una poesía, proclama, canción o declaración intelectual tan desgarradora como este tema del italiano Franco Battiato, Povera Patria (aquí en una versión en castellano), un canto a un país sumido en el fango. Es cierto que aquí no ha salpicado la sangre de la Mafia, pero a cambio nos queda la pobreza, el asco y la vergüenza.
               Acabo volviendo, con este ensayo de paralelismos -en estos días de bufones y sainetes de feria en el que nuestros políticos asumen el papel de vendedores ambulantes, pensando ya en las fiestas del pueblo de al lado-, a un final de cine que nos lleva a otro tiempo (hace casi dos mil años) pero al mismo espacio, de nuevo Italia. Se trata de un ambicioso y muy copiado peplum de 1964, La caída del Imperio Romano, de Anthony Mann, ambientado en el desastroso reinado del emperador Comodo.
               Hacia el final de la película, un héroe inventado, Cayo Metelo Livio, tras matar en duelo a Comodo, rehúsa ocupar el trono ofrecido por los patricios y se aleja. Los soldados proceden entonces, en una especie de ring levantado justo en medio del foro, para deleite de masas, a la subasta del trono, y la suma empieza a aumentar: 200.000 sextercios, no; 500.000 sextercios, no; 1.000.000 de sextercios, no...
               ¡Povera Espagna!

sábado, 1 de noviembre de 2014

URNAS FÚNEBRES: DEMOCRACIA EN SUSPENSO


Hoy celebramos la festividad del Día de Difuntos (aunque en las calles me encuentro decenas de niñas vestidas de bruja diciendo que son amigas del diablo). En cualquier caso, el ambiente luctuoso parece extenderse a todos los ámbitos.

Desde hace meses, la idea de la muerte de nuestra democracia, la muerte de la Constitución de 1978, la desmembración o disolución del estado, se extiende como la pólvora. En la anterior entrada se habló de la muerte del voto como instrumento de la democracia representativa, y se insinuó la necesidad de avanzar mediante una nueva concepción del voto o de la libre participación del pueblo hacia una democracia directa. Tal idea, que parecerá extravagante a algunos, no es tan extraña; se practica parcialmente en países tan solventes como Suiza.; incluso en Estados Unidos, el paradigma en Occidente de la democracia representativa, existen fórmulas, como los “town meetings”, en la mayoría de los estados, que permiten la toma directa de decisiones por parte del ciudadano. En la era de la eclosión de las redes sociales, es inaudito que muchos estados del mundo desarrollado sigan sumergidos en la limitación de la democracia representativa, recortando, impidiendo u ocultando las posibilidades que las propias constituciones dejan en sus artículos a la participación activa del pueblo.

La citada Constitución Española del 78, esa misma que bajo la excusa de su propia protección ha sido vejada y pisoteada en los últimos años, contempla en su artículo 23.1 el derecho de los ciudadanos a la participación directa en los asuntos políticos como alternativa al modelo representativo. El olvido de este artículo y del propio preámbulo de la Constitución ha permitido encastillarse al actual gobierno del PP en una negativa constante a consultas de variado color desde Comunidades Autónomas tan dispares como Cataluña o Canarias. El tema está demasiado presente en los medios de comunicación como para que abundemos en él. Las consultas ciudadanas no vinculantes deben ser permitidas porque el espíritu de la Constitución Española así lo exige, y porque están reflejados en sus títulos. Que estemos o no de acuerdo con lo que se vota o propone a modo de consulta, referéndum o plebiscito es siempre secundario. Se habla desde el gobierno de dejar en suspenso tal o cual consulta mientras el Tribunal Constitucional decide, se habla de votos antidemocráticos, en una de esas increíbles paradojas que vimos en nuestra anterior entrada, reflejo del amor-odio que los perseguidores del poder tienen hacia el sistema que les permite obtenerlo.

Todo argumento es baladí, todo carece de sentido, toda defensa, por parte del gobierno, de nuestra moribunda democracia es una farsa, un simulacro más.

Lo cierto es que la Constitución Española permanece realmente en cuerpo presente, en animación suspendida, desde que en agosto de 2011 los dos partidos mayoritarios, con extremadas prisas y un antidemocrático golpe de estado neoliberal entre las manos, forzaran la modificación del artículo 135 para permitir un límite de endeudamiento público impuesto por la presión de los mercados. La reforma de este artículo cambiaría radicalmente el espíritu de nuestra constitución, garante de un “Estado social de derecho”. Después de 2011, este “Estado” se convierte únicamente en una máquina ciega cuyo objetivo principal es el pago de la deuda pública. Esto atenta de lleno contra nuestra Constitución, que en el segundo párrafo de su Preámbulo  alude a su función de garantía de “un orden económico y social justo”; desde el inicio, todo queda laminado de cuajo.  No en vano, desde entonces España es, junto a Portugal y Grecia, el estado con menor gasto público social de Europa. Y todo esto sin consulta alguna a los ciudadanos, negando todo derecho de decisión a los mismos, puesto que cualquier reforma constitucional se debía hacer bajo referéndum.

Por tanto, hoy por hoy, y como dije en un artículo de hace justo un año (ver Zombis, vampiros y otros simulacros democráticos) el Estado Español se ha convertido en un cadáver en animación suspendida, mesmerizado antes de su propia muerte, que se sostiene por medios anormales, una cáscara inerte que esconde (y cada día el mal avanza) un insoportable océano de putrefacción y corrupción. Que sus propios asesinos pretendan defender  esta Constitución Amortajada impidiendo consultas directas al pueblo, del tipo que sean, es simplemente un sainete.

El giro radical ante esta situación de cuerpo presente se impone. En todo caso, si no es posible una refundación radical del sistema, se deben buscar modos participación democrática acordes con nuestro tiempo. Así, el e-voto, fácil de desarrollar e implantar siempre que se preserve el anonimato y la seguridad. Plataformas como Agora Voitng o Appgreee lo hacen posible en pequeños ámbitos. Si no está institucionalizado ya a nivel estatal es por el miedo que levanta entre nuestra estirpe (lo prefiero a “casta”) de gobernantes y falsas plañideras que asiste al entierro de nuestro Estado Social.

Es fundamental la implantación de la “revocatoria”, mediante la cual los ciudadanos por voto directo pueden destituir a un gobernante que no está cumpliendo con sus funciones. Es posible que en España, un país con tanto voto cautivo y con una forma tan conservadora de entender el juego democrático, esta medida no fuera muy efectiva, pero no teman los asistentes al sepelio, las encuestas vaticinan que los dolientes aprenden rápido: ningún partido con ambición de gobierno tendrá nada que hacer si no implementa esta y otras muchas medidas de democracia directa.

sábado, 4 de octubre de 2014

URNAS FÚNEBRES


Siempre he pensado que la paradoja es la figura más apropiada para definir nuestro siglo. Gilles Lipovetsky abunda, no sin desenfado, en esta idea en su ensayo La felicidad paradójica, donde se pone en tela de juicio esa necesidad imperiosa del hombre hiper-moderno de ser mejor y más feliz cayendo, sin esperarlo, en la depresión más profunda. Los regímenes políticos occidentales de fines del siglo XX y principios del XXI, es decir, las democracias liberales, son esencialmente paradójicos, como bien supo leer Eric Hobsbawm, puesto que están basados en términos contradictorios e irreconciliables.
                La condición paradójica de nuestras democracias es, en todo caso, poliédrica. ¿Cómo explicar sino la profunda aversión de los representantes políticos a las consultas directas, plebiscitos e incluso encuestas que pueden acercar pueblo y poder? ¿Cómo explicar el desamparo en el que se encuentra, en nuestra sociedad, el sano ejercicio del voto? No olvidemos que la democracia solamente es representacional porque el número de ciudadanos es muy elevado, en cualquier otra circunstancia, la opción lógica es el sistema asambleario. El voto no es otra cosa que un contrato en blanco, sin firma, un acto de confianza ciega en alguien a quien uno no conoce. Es cierto, como dijo José Saramago en su obra Ensayo sobre la lucidez, que el único acto libre del votante, el hecho de introducir la papeleta en la urna, es rápidamente amortizado por el sistema, deglutido y expulsado, como un residuo, por las urnas, a modo de fagocito. Saramago planteaba en su ensayo, publicado hace ahora diez años, otra sugestiva paradoja; la que se produciría si en unas elecciones el 83% del electorado votara en blanco. ¿El sistema se caería, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos habrían ejercido su derecho con diligencia?
Las paradojas no acaban aquí. Si nos centramos más concretamente en la relación de los media en esta sociedad del espectáculo en la que vivimos, nos encontramos con tremendos desajustes. Por un lado, los políticos que quieren, como es el caso de Pablo Iglesias, iniciar su carrera optan por los contratos en cadenas televisivas, mientras que los partidos que ven mermado su saldo en votos buscan las franjas de audiencia más ventajosas, como las pintorescas intervenciones de un recién nacido Pedro Sánchez en El Hormiguero, de Antena 3; por otro lado, los colegios electorales, con sus urnas pasadas de moda, ofrecen una imagen de dejadez, de abandono y ostracismo lamentable que contrasta vivamente con los iridiscentes platós de televisión donde los candidatos exhiben sus galas imitando al pavo real.


He sido, por propia voluntad, componente de mesas electorales en numerosas convocatorias, circunstancia que me ha permitido observar con calma y reflexionar –en las numerosas horas muertas que nos ofrece la elevada abstención- sobre la estructura creada alrededor del hecho mismo del voto. Para empezar, como ya he insinuado, el espectáculo que el ciudadano encuentra a la entrada del aula reformada, es desolador: un conjunto de viejos pupitres arrumbados en una esquina y cuatro o cinco ciudadanos elevados a notarios del voto que no disimulan su desagrado al sufrir semejante condena en lugar de disfrutar de un día de campo o de una buena siesta. Nadie disimula, el hastío y las ganas de salir corriendo suelen ser generalizados dentro de este precario cuerpo notarial; en cuanto a los que consideran una labor honrosa o al menos un deber no eludible su presencia en la mesa electoral, pronto callan, a riesgo de ser considerados unos ingenuos, o peor, unos aguafiestas. Sobre los votantes, cualquiera que haya presidido una mesa electoral sabe del extraño automatismo que acompaña a los que se acercan a la mesa, a veces en sentido literal: he visto inválidos inconscientes entrar en camilla con un carnet y un sobre en la punta de unos dedos agarrotados, todo un símbolo de la esclerosis irremediable del sistema.
El recuento de votos es un ejercicio digno de un sainete. Los interventores de los grandes partidos se acercan ávidos hasta la urna y demuestran su experiencia ante los jóvenes e inexpertos representantes de los partidos nuevos o minoritarios, aquellos que son flor de un día o están condenados, gracias a las mieles de la draconiana Ley D´Hondt, eficaz elemento de distorsión democrática, al rincón más apartado de los hemiciclos. Hay prepotencia de unos, timidez, resignación y rabia de los otros; solamente he visto el miedo y el desconcierto en las últimas elecciones europeas. Los votos, las famosas papeletas, ya exangües, ya perimidos, se tienden sobre la mesa, delante de la urna, como cadáveres. Conforme se ordenan y los montones aumentan se produce una extraña metamorfosis: las papeletas aparecen exactamente como fajos de billetes, billetes de banco, contratos sin valor intrínseco, representaciones diferidas. Los votos ya no representan a personas, son simples números, masas de poder perfectamente calculables. Los interventores vigilan celosamente cualquier movimiento, cualquier posible trasvase. Inapreciablemente, la noche ha caído, lo que da al aula destartalada un aspecto lóbrego, inquietante; los presentes tienen ganas de irse, se aceleran, se equivocan, otra vez a empezar, caen los primeros datos de escrutinio. Todo el proceso destila una esclerosis, una modorra, un agarrotamiento, que sólo son despertados cuando se canta un voto en blanco. Entonces sí, entonces el rostro de los interventores de los grandes partidos se demuda en una mueca de desprecio imposible de ocultar. Los representantes de los partidos pequeños sólo esperan escapar a la humillación de que en la suma aparezcan más votos en blanco que propios.
Nadie quiere votos en blanco, de hecho, se intentan escatimar considerándolos como nulos, hasta que un presidente avieso o un interventor honesto los devuelve a su lugar. La reacción no es de extrañar; el voto en blanco representa la encarnación en números de lo que, de forma sutil, se masca en la atmósfera del aula: el fracaso del sistema, el ostracismo irremediable de esta democracia paradójica, que necesita el voto como un alimento de legitimidad al tiempo que lo teme y lo rechaza, bulimia de votos a la vez que anorexia electoral, por la abstención, sí, pero sobre todo por el desprecio que los poderosos sienten por el ejercicio democrático.


Sirva como ilustración de este cruce entre un sistema electoral ya muerto y la falta de libertad que supone, paradoja insalvable, la fotografía de cabecera, realizada por mis alumnos Juan Antonio Hernández y Juan Manuel Vargas, que como jóvenes nacidos en la era digital detectan en su obra la incoherencia del sistema.

lunes, 3 de marzo de 2014

OPERACIÓN PALACE Y EL TEATRO DE LA DEMOCRACIA


Hace una semana comenzaron a difundirse las reacciones al documental de ficción sobre el Golpe del 23F emitido por La Sexta en el programa Salvados, con la dirección de Jordi Évole. La mayoría de los comentarios versaban sobre el tiempo que cada cual había durado creyéndose lo que denominaban como “broma”. El tono distendido parecía dominar la escena. Sin embargo, no pocas opiniones se dirigían al mal gusto que habían tenido los responsables del programa al tratar un tema altamente sensible en el que algunas figuras ya desaparecidas parecían haber sido denigradas e incluso insultadas. Las críticas de los descontentos llegaban desde los sectores más alejados de la izquierda y la derecha. Ninguno de los comentarios, para mi asombro, parecía encajar con la verdadera clave de un producto audiovisual como Operación Palace.
    Aquellos que hablaron de “broma” desperdiciaron sin duda el enorme potencial crítico del producto; aquellos que se indignaron –unos sinceramente, otros para mantener una lucrativa pose- demostraron tener una concepción del juego democrático muy alejada de la realidad política actual, por trasnochados o simplemente por el poco amor a la democracia que en realidad parecen tener.
    Se comparó hasta la saciedad Operación Palace con Operación Luna (un documental de ficción que intentaba convencer al espectador de que la llegada del hombre a la luna fue un gran montaje). En realidad ambos productos no tiene otra cosa en común que el punto de partida.
   Operación Palace es un fino ejercicio de coherencia, puesto que aborda un suceso esencialmente mediático desde un punto de vista del lenguaje de la Sociedad del Espectáculo. El 23F ha pasado a la historia no sólo por ser un golpe a la joven democracia creada con aquel recurso tan original llamado La Transición, sino fundamentalmente porque fue el primer Golpe de Estado español (y hubieron muchos antes que este) radiado y televisado, con imágenes originales recogidas en el escenario de los hechos. Si no fuera por el carácter mediático de aquel 23F que todos tenemos grabado en imágenes, posiblemente no se hubieran escrito tantos ríos de tinta sobre el mismo. La figura de un espadón entrando en el Congreso de los Diputados fue habitual durante el siglo XIX, por lo que el golpe perpetrado por Tejero era en sí mismo un hecho trasnochado, con aire de antigualla. Lo novedoso fueron las cámaras, los medios. Precisamente esos que Évole ha utilizado para su programa.
    Fijémonos en el incuestionable aspecto de gran teatro que tiene el Congreso de los Diputados, con esas prietas gradas donde es tan fácil esconderse y dormitar, con ese estrado central de orador clásico desde el que los políticos de la República lanzaban sus encendidas réplicas y que hoy sirve para hacer más evidente la pobreza lingüística de estos simulacros de políticos que padecemos. Ese teatro es el catafalco donde nuestra joven y decrépita Democracia se astilla entre las maderas nobles de los escaños.
    Évole ha sido muy fino al recordar que “seguramente otras veces les han mentido y nadie se lo ha dicho”. Básicamente por dos razones, ambas muy coherentes. La primera, porque en los últimos tiempos la frecuencia y el descaro en la mentira se ha desarrollado como una planta venenosa en las inmediaciones de la noble tribuna de oradores, de forma que cualquier ficción urdida en torno a los sucesos acaecidos en 23 de febrero de 1981 en este teatro de la Democracia palidece ante la desfachatez de los declaraciones de nuestros días. En segundo lugar, porque el documental de ficción pergeñado por el periodista de La Sexta –nótese que no hablo en ningún momento de falso documental- comienza con un experimento de laboratorio que demuestra fehacientemente lo crédulos que somos, lo indefensos que estamos ante medios de comunicación rapaces que manipulan y tergiversan sin disimulo una realidad herida de muerte. Nuestra formación audiovisual es tan depauperada, fruto de una culpable e intencionada omisión en el currículo educativo de contenidos relativos a comunicación audiovisual, que cualquier producto de baja calidad que represente una tergiversación manifiesta es aceptado sin rechistar. Razón de más para preocuparnos, porque el juego democrático se desarrolla en la cancha encarnizada de los media, y no en la dignidad de las palabras medidas y del entendimiento. Los ciudadanos aprenden: Operación Palace, a pesar de emitirse por una sola cadena y durar poco más de una hora, tuvo más audiencia que un evento transmitido por todos los medios y que duró varios días: el debate del Estado de la Nación.
    Operación Palace es un producto de gran calidad dentro de su formato, que es la crítica de la actualidad política y social, no podemos decir lo mismo del producto de baja estofa que se nos vende como a ciudadanos rehenes desde los escaños del maltratado Congresos de los Diputados.
    El programa de Évole recuerda las investigaciones de Jean Baudrillard sobre los simulacros, que cristalizaron en la arena práctica en el libro La Guerra del Golfo no ha tenido lugar, donde se demostraba el carácter de gran Viedo-Game que tuvo la Primera Guerra del Golfo, como la definiera Eduardo Subirachs, donde los soldados iraquíes desaparecían enterrados en la arena, donde Estados Unidos tuvo más bajas por accidente de circulación que por combate, donde, en fin, se ensayó la primera retransmisión en directo a escala mundial del espectáculo mediático definitivo. Aquel 1992, tras la caída de la URSS, marcó el llamado Nuevo Orden Mundial, la Era de la Globalización que hoy está muriendo en las calles de Kiev y las costas de Crimea, para volver a la política de bloques.

    Pero dejémoslo, porque ese es otro teatro, no más honesto, pero quizá más real que el enorme espectáculo de tramoya que es nuestra pobre Democracia, no más ficticia, pero quizá tan poco creíble como los hechos contados en Operación Palace.