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jueves, 2 de mayo de 2024

EL OLVIDO DE AZCÁRATE



Hace años leí un relato. Tres hombres partían de León con el interés de fundar un espacio de libertad y enseñanza en una alejada comarca minera llamada Laciana. Tras el largo trayecto, dormirían en la casa de un cuarto hombre, Francisco Sierra, que estaba dispuesto a poner sobre la mesa el dinero necesario. El relato llevaba por título Lecciones de las cosas, y su autor era Luis Mateo Díez. Dos de los hombres venían directamente de Madrid y eran los creadores de una empresa hoy mítica: la Institución Libre de Enseñanza. Eran, claro está, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío. El tercer hombre era un personaje singular, un leonés, político liberal (hoy diríamos progresista), escritor y filántropo, llamado Gumersindo de Azcárate. Juntos habían sorteado los difíciles caminos serranos hasta llegar a Villablino, la capital de la comarca. El relato cuenta, de manera amable y tranquila, casi con demora, las conversaciones de estos hombres buenos en su tarea de apuntalar los estatutos de lo que serían las escuelas de Villablino, donde niños sin recursos pudieron labrarse durante años una instrucción y un futuro.

                Luis Mateo Díez me ganó con Celama, después descubrí el resto de su vasto reino, como Benet me ganó con Región —ya sabemos que Celama está a unos cuantos kilómetros de Macerta—. Lecciones de las cosas no pertenecía a Celama, sino a un reino mucho más etéreo y vulnerable que floreció durante las dos primeras décadas del siglo XX. El reino de la Residencia de Estudiantes, de los intelectuales comprometidos, de Lorca, J.R.J., Ortega, Ramón y Cajal y, por supuesto, aunque le pilló muy mayor, el reino de Azcárate. La dictadura lo borró de cuajo y durante décadas permaneció en la penumbra, al igual que la Fundación Sierra-Pambley, una de sus provincias más florecientes. Hoy se recuerdan y se honran aquellas empresas del intelecto, y han sido recuperadas por las instituciones del Estado, pero ciertos nombres parecen no escapar del olvido. Uno de ellos es el de Gumersindo de Azcárate, —quizá el leonés más importante de la historia, obviando a los monarcas medievales—. Solo con citar una ley que salió de sus manos sabremos de su importancia: la Ley de represión de la Usura, la Ley Azcárate, de 1908.

                Gumersindo de Azcárate es hoy un hombre completamente olvidado, como tantos, incluso más olvidado que Giner de los Ríos o Cossío. Tampoco su obra parece ser tenida en cuenta. Y quizá es su propia patria uno de los lugares donde menos se le recuerda.

                Visité Villablino en 2023, no buscaba a Don Gumersindo, sino su fundación. Nadie, en bares, mercerías o tiendas de electrodomésticos supo decirme exactamente donde se encontraba, a pesar de que Villablino es un pueblo pequeño y diáfano.

—Allá arriba, en las afueras del pueblo— acertaron a decirme.

Pregunté por Luis Mateo Díez. En una librería, un hombre grande y algo atildado me dijo que no podía con sus libros, que lo respetaba, pero que era demasiado para él.

—Él reconoce que sus libros no son de fácil lectura— concluyó como excusa.

En el pueblo no lo recordaban. Luís Mateo Díez nació y paso sus primeros años en Villablino, entre remontes de carbón y bosques de roble y haya. El escritor, reciente premio Cervantes, establece dos pilares en su obra: la infancia y El Quijote. Nadie recuerda al escritor en su ciudad natal, a pesar de que Celama linda con Laciana. Estos intelectuales leoneses parecen personajes sacados de sus propios relatos, personajes míticos, de fantasía y, sin embargo, muy reales. Personajes salidos de algún filandón en una noche de invierno. En Villablino, en la misma calle en cuesta donde sigue abierta una vieja librería que no tiene un solo libro de Díez, algunas manzanas más arriba, hay un Pub Filandón, está cerrado y se vende.


                La realidad está hecha de la materia de la ficción, y no al revés. Es bien sabido, pero es una verdad que no suele contarse por sospechosa. A pesar de todo, hace poco obtuve pruebas fidedignas de la certeza de este hecho. Fue ayer, preparando una charla sobre el viaje musical de Joaquín Sorolla, para acompañar el programa de la soprano Mariví Blasco y del pianista Ignacio Torner. Escuchaba una conferencia de José García-Velasco, actual presidente de la Institución Libre de Enseñanza, cuando me tropecé, como si me derribara un rayo, con un retrato de Gumersindo de Azcárate, obra encargada por la Hispanic Society al pintor valenciano. El retrato está fechado en 1917, y es posible que Sorolla lo terminara ya muerto el anciano político; la humanidad, la bondad del rostro, resultan más emocionantes cuando se conoce la biografía del retratado. No fue eso lo que me dejó helado.

                Gumersindo de Azcárate, que contaba 87 años cuando fue retratado, me resultaba tremendamente familiar, era un rostro que había visto repetidas veces en fotografías unos días antes. No me quedaba duda. El óleo de Sorolla reproducía el rostro de Luis Mateo Díez en la actualidad, más avejentado quizá, y vestido a la manera de principios del siglo XX, pero era él, la misma nariz curvada y recta a un tiempo, el mismo cabello canoso, el corte de la barba, el rostro alargado y sereno, pero a la vez afable, las lentes leves, que habían modernizado su diseño. Azcárate tenía el rostro mismo de Díez más de un siglo antes de recibir éste el Cervantes. De alguna forma, Sorolla había unido sus vidas, sus trayectorias intelectuales sólidas e impecables, en ese óleo que descansa en Nueva York. Había unido también sus respectivos olvidos, y la misma pacífica indiferencia con que ambos autores se enfrentan al daño que puede hacerles ese viejo mal español. Azcárate y Sorolla veían desde su pasado militante y activo un futuro que desconocían, un futuro sobre el que nunca perdieron la esperanza, quizá porque no les dio tiempo, pues lo peor de nuestra estirpe se derrumbó sobre el país años después de que murieran. Y en medio, como un jalón en el camino, un férreo nexo temporal, estaba el relato, Lecciones de las cosas, la crónica novelada escrita por Díez, con respeto, casi con veneración, buscando en parte sacudir tanto olvido, de la fundación de Gumersindo de Azcárate.

                Veo a Luis Mateo Díez recibir el premio Cervantes con esa tranquilidad idílica de la que carezco y pienso que, a sus 81 años, tiene una confianza en la vida, en la forma de afrontar las miserias y derrotas humanas, mucho más firme que la mayoría de los que somos algo más jóvenes que él, o mucho más jóvenes, que es todavía peor.

domingo, 4 de junio de 2023

PUDRIDEROS DE TIEMPO (II)

 


Después de décadas volví a los zaguanes impregnados de polvo. Los bloques eran los mismos, y los mismos sus moradores, mucho más viejos. Otros, por acción de la muerte del anterior, habitaban los pisos desde hacía poco. Se trataba ahora del depósito del correo electoral, no de la encuesta. Similares propósitos, ambos por voluntad y sin pedir ni recibir dinero a cambio. Quizá parpadeando, caí perplejo: estaba ante el mismo fulgor opaco, la misma penumbra dorada, dulzarrona y exangüe.

Los buzones de madera, aunque nuevos, parecían haber envejecido tan deprisa que pudieran tener más edad que los antiguos ya descartados. Los buzones metálicos se pintaban de color cobrizo, o directamente de un marrón castaño, intentando simular un tiempo que no merecían. Todo era simulado y a la vez auténtico. Para comodidad del cartero, algunas series de buzones se extendían a la altura de la cintura, horizontales y no pegados a la pared, como mesas horadadas por ranuras sin sentido. Otros ofrecían, absurdas y cómodas, vistas frontales tras cristales que mostraban sin pudor el interior. Tras esas mirillas descollaban, como peces agonizantes, panfletos de propaganda electoral.

            Comentario aparte ofrecían los espacios. Los zócalos de madera pervivían, opacos y deslucidos, repletos de ralladuras, pero nobles, como la nobleza de un caballero ajado en cuya solapa fallece una flor mustia. Para dar sensación de amplitud, en todos los vestíbulos se habían colocado grandes espejos, una moda que perviviría a lo largo de décadas. Los espejos… limpios, sin una sola grieta o esquina desportillada. El único elemento que no había cambiado a lo largo de los años. Los espejos… que reflejaban el rostro de los habitantes del bloque, día tras día, jornada tras jornada, arruga sobre arruga, implacables e inmisericordes, como la bendición eterna de un párroco desquiciado. Treinta años después, los mismos rostros ajados, desilusionados, empolvorecidos y pálidos, hastiados de sí mismos, pasando por delante de los espejos intransigentes.

            Los escalones. Primero fabricados con un sucedáneo de piedra artificial donde flotaban trozos descartados de mármol rojo. Después sustituidos por piedras nobles. Los escalones pulidos tras cientos de baldes de agua y lustres de fregona. Había algo terrible en todo aquel escenario, buzones, espejos, escalones, zócalos, que no supe ver la primera vez, muchos años atrás, y sentí como un puñetazo en esta ocasión, hace apenas unos días. El aire, el aire enmohecido, el mismo aire irrespirable del primer día, nunca renovado, nunca desbancado de su poltrona estéril. ¿Era un aire muerto? ¿Qué era? Ese tufo de panteón, de los Mendoza en el fuerte de san Francisco, del pudridero de El Escorial, de los catafalcos de la Capilla Real de Granada, del enterramiento renovado en san Juan de la Peña, del Panteón Real de Oña. Ese estancamiento, esa humedad densa, esa ondulación monstruosa de pantano o de cosa del pantano. ¿Era cierto? Después de tantas décadas de limpieza constante nadie había renovado esa atmósfera mortuoria. ¿Cómo era posible que los vecinos no lo notaran? Cada vez que atravesaban el umbral se internaban en un panteón de cementerio, y sus propios nombres estaban allí inscritos, garabateados o tecleados.

            Se debía recurrir a trucos viejos para poder penetrar en esos espacios sórdidos: jamás hablar de propaganda, sustituir publicidad por correo, hablar con eses, ser paciente y servicial. En los timbres, casi nadie contestaba, a la décima, undécima, alguien descolgaba y tras la fórmula, pulsaba el botón. Ciertos inquilinos, tímidos, se excusaban diciendo que la vecindad no quería que abrieran a nadie extraño. No querían, pues, que nadie ajeno entrara en el panteón familiar y respirara el aire irrespirable, y les arrebatara esa última, agónica, bocanada de pasado que les quedaba. Leía los nombres en los buzones, a pesar de la prisa, lejos de lo pragmático: eran nombres de gente que yo conocía, que veía todos los días caminar por las calles. “Ahora sé dónde vives”, pensaba primero irónico; luego, luego pensaba que no era posible, que todos aquellos nombres eran nombres de muertos, y que los muertos no pasean, no pisan las calles. ¿O sí?

            Al salir, siempre, siempre aspiraba un poco de aire envenenado, porque sí, porque yo también era uno de esos muertos embalsamados de pasado y merecía un poco de elixir faraónico, de resina preservadora, de ungüento para momias. Porque yo me lo merecía, sin duda.

Posfacio.

Dos días después, llegaron las elecciones. Perdimos, como siempre, aunque también ganamos. Olvidé el aire mortuorio de los vestíbulos, sustituido por la atmósfera aromática de las aulas, plena de hormonas y ansias de poder, pero desde entonces anda rondando mi pituitaria una cierta inquietud, como si alguien me observara desde el interior de algún buzón anónimo.

martes, 25 de agosto de 2020

ETIMOLOGÍAS PRIVADAS: SATURIO

El tiempo, que todo lo devora, acostumbra a hacernos burla y respetar lugares remotos y humildes mientras masacra sin piedad las grandes obras de los hombres. De alguna manera, las ruinas pequeñas son menos ruinosas, dentro de su penuria parecen menos devastadas que los grandes gigantes de la desmembración, léanse las abadías británicas. Los lugares humildes no tienen ningún destino intermedio, o desaparecen sin dejar rastro o se conservan milagrosamente como insectos en formol. Es el caso de la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga, ese eremitorio primitivo que hubo de terminar en cenobio y que a pesar de los expolios y del olvido continuado se nos presenta hoy como un puente elevado por encima de los siglos golosos.

En el interior de la singular construcción, pasado el arco ultrasemicircular, más allá de los espectros de pinturas desangradas, de la palmera iniciática y al fondo de ese bosque de columnas de la mezquitilla mozárabe se esconde la gruta minúscula donde algún monje hiciera su retiro del mundo. Entrar en ese espacio oscuro y estrecho me llevó hace casi veinte años a experimentar por un momento, en esa vuelta al embrión o al origen de una manera quizá tangencial, pero sincera, la experiencia de aquellos santones del siglo X y XI.

Más o menos por esas fechas inciertas, días antes o días después, recorrí por vez primera, rodeado de buenos amigos y de las inscripciones de los enamorados sobre los chopos de ribera, el delicioso paseo que va de San Polo a San Saturio, pasado San Juan de Duero. La ermita sobre el río, antes de que trace éste la famosa curva de ballesta, se encastilla desde el siglo XVII sobre una cueva que evoluciona en espiral dentro de una peña a las faldas de la Sierra de Santa Ana o de Peñalba. El lugar cogió pronto justa fama universal, mereciendo los paseos de escritores nacionales e internacionales (como Peter Handke, el reciente Nobel, ese socio intempestivo del Numancia).

No siempre fue así.

Soria entera sufrió largos siglos de letargo que la han revestido, no tan paradójicamente como cabría pensar, de ese encanto dormido que aún hoy conserva. San Saturio debió ser durante muchos siglos un solitario peñasco donde algún que otro eremita escondiera sus reumáticos huesos. Tal es así, que hasta el Santo Patrón de Soria, titular de esta ermita de obra barroca cuya advocación peleó durante un tiempo con la de San Miguel, es lo que se llama un santo pretermitido, es decir inexistente si no es por la devoción popular. El cronista más emocionado, salvando a Don Antonio, de la tierra de Soria, caminante de sus páramos, Avelino Hernández, mal editado como tantos hasta fechas recientes, es quién me da una clave del incierto origen del nombre de Saturio, esquivo godo del siglo VI. Recordando las bondades del lugar en esa precisa y singular guía titulada Donde la vieja Castilla se acaba: Soria, Avelino escribe:

Saturno era el Dios de los Infiernos y dicen que si se le adoraba en las profundas simas de la cueva que hay en la sierra de Santa Ana, cortada a tajo por el Duero. He visto escrito que cuando los visigodos se cristianaron se bautizó a Saturno por Saturio. Y si no es verdad puede serlo. (p. 230)

Perdonemos a Avelino mezclar al titán Saturno, dueño del tiempo, con Plutón, pero celebremos su aportación, pues es cosa aceptada que las Saturnales fueron fiestas y cultos liberadores muy arraigados en el mundo romano y post-romano que el cristianismo quiso borrar con empeño. El oscuro Saturio, eso sí, de haber existido, hubiera habitado las mismas tenebrosas cuevas que podrían ser refugio de un Titán.

En todo caso, Saturno ya era un Dios popular en el Lacio antes de la colonización del Cronos griego, y a ese Dios anterior, cuyo nombre nace de satus (sembrado) o de satio (sazón, siembra o cosecha), por tanto vinculado a la opulencia y a fertilidad, debemos las celebraciones del solsticio de invierno, las míticas Saturnalia, donde se celebraba el prodigalidad de la tierra con banquetes generosos, con dádivas y regalos a los parientes, con fiestas sin fin, donde se recordaba la fraternidad humana y el esclavo se sentaba a la mesa del señor para ser servido por este. Todavía en Plácido, de García Berlanga, esa ácida crítica a la mentira navideña, el mendigo se sienta a la mesa de las burguesitas provincianas. Hoy ya ni se nos ocurriría hacerle semejante honor al remoto Saturno.

Saturno quedó en Saturio, la abundancia y la fertilidad derivaron en renuncia a los placeres del mundo, a la comida, a la fiesta y, por supuesto, a la carne. Nunca nombres tan cercanos designaron principios morales tan alejados.

Hoy ya no existen eremitas en Occidente, algunos monjes camaldulenses aislados en el Yermo de Herrera, en Burgos, los ortodoxos pobladores de Meteora en Grecia y poco más, que procuran mitigar los rigores con unas pocas comodidades básicas, a saber: cuarto de baño, agua caliente, estufa de leña, y finalmente, sala de oración, para escribir o leer. Curiosamente, espacios no demasiado alejados de las cabañas o refugios alquilados, comprados e incluso construidos con sus propias manos por variados artistas, escritores o filósofos que tan bien ilustra el ensayo fotográfico Cabañas para pensar, que sacó a la luz Maia ediciones.

En la lejana India, sin embargo, los sadhu, los saturios del hinduismo, santones o monjes que renuncian a todo, incluso a esas mínimas comodidades, proliferan hoy como ayer por los suburbios superpoblados pidiendo limosna para luego refugiarse en el más absoluto y riguroso retiro o abstinencia de los placeres mundanos, una forma de vida que desapareció hace siglos de España. Luego están los que ejercen vida de ermitaño por obligación y un poco por espíritu de resistencia; estos son los habitantes de pueblos agonizantes que la civilización ha olvidado. Avelino Hernández describe a varios de estos en su libro ya citado o en un canto elegíaco titulado La Sierra del Alba. Es Julio Llamazares, quizá, quien mejor ha descrito esta forma de vida resignada de muchos pueblos en invierno y en su invierno con textos como El rio del olvido:

Días interminables, noches largas y oscuras, semanas y semanas encerrados en las casas escuchando la radio y jugando a las cartas y rezando en la noche para que nadie caiga enfermo y se muera sin poder salir de aquí. (p. 129)

Rezando en la noche.

Es cierto que, a la postre, Saturno venció a través de los dos ritos herederos de las viejas Saturnalia (Carnaval y Navidad), si bien descafeinados y ya carentes de todo sentido trascendente. Pero también es cierto que es cada vez más intenso el reflujo que lanza a los hombres, por amor a lo distinto –y a lo distante- a experimentar un retiro aunque sólo sea como experiencia limitada, muchas veces buscando un idílico paraíso campestre sin saber de la verdadera dureza del aislamiento, como prueban la multitud de fracasos en este tipo de experiencias.

Soria, la provincia, la ciudad, conserva todavía ese halo eremita, nos ofrece ruinas discretas y amables, alguna terrible (como esa enorme fortaleza de Gormaz) y ha conseguido preservar en su despoblación el lejano aroma de aquellos sadhu que la poblaron de forma precaria y anónima. Parece un contrasentido, como esa tensión entre el viejo rito de la abundancia y el nuevo de la abstinencia, que algo tan etéreo como el agreste encanto de la abstinencia de aquellos saturios siga ejerciendo esa atracción en el sistema de la saturación absoluta.

Las palabras engañan, pero en el interior de las mentes evolucionan y crean extraños retruécanos, como esa tensión dispareja entre saturios y saturación que termina explicando el sentido final de nuestra época.

jueves, 9 de abril de 2020

CLÁSICOS DEL CONFINAMIENTO



En la penumbra de nuestras estancias, durante estas cuarentenas que nos remiten a tiempos pasados, las mentes se difuminan y vuelan sobre los textos del confinamiento. Recordamos a Petrarca, a Camus o Thomas Mann sin dejar de pensar en estos libros como novelas de ficción, cuando todos ellos están inspirados en hechos reales.
Hoy quiero evocar a los autores más que a sus obras, a esos hombres y mujeres que vivieron ocultos en el silencio de sus casas durante largos años, muchas veces obligados, algunas por una decisión propia generada por la presión del entorno. No hablaré aquí de los eremitas de la Tebaida ni del Thoreau de Walden, porque sus encierros y los textos que generaron respondieron a decisiones personales profundamente meditadas, no a la necesidad biológica o social. Citaré, eso sí, a esos gigantes de la literatura que, incapacitados o segregados, dieron al mundo obras únicas que de otra forma no habrían podido ser escritas.
Recuerdo a Joë Bousquet, el poeta francés herido en la gran Guerra que pasó décadas postrado en cama sin salir de una habitación oscura a la luz de una lámpara, desde la que construyó sus densos poemas. Regreso a Marcel Proust, cuyos largos periodos de postración dieron final a la gran saga de la memoria recobrada que es su obra. También Emily Dickinson pasó décadas sin salir de su casa, por propia iniciativa, sí, pero obligada por la presión del ambiente social. Sus poemas no hubieran existido sin ese aislamiento físico. Es cierto, como también ocurrió con Lovecraft o con Hildegarda von Bingen, ¡qué distintos y qué separados en el tiempo!, que esos confinamientos se vieron compensados por una intensa actividad epistolar.
A pesar del mérito de sus textos y de sus ejemplos de fortaleza y voluntad, no voy a hablar ahora de ninguno de ellos, sino de otro autor totalmente diferente que me ha acompañado desde la niñez. Hablaré y citaré únicamente su último libro, escrito en la sordidez de un hospital donde lo aparcaba un cáncer de próstata. Regular, gracias a Dios es el último libro de José Antonio Labordeta, el gran andarín aragonés, profesor de enseñanza secundaria, activista, político, cantautor, personaje del cine y la televisión, polígrafo.
Labordeta terminó lo que él dio en llamar unas “memorias compartidas” apenas un par de meses antes de morir. El texto viaja entre sus recuerdos ordenados en etapas concretas de su vida y el estéril confinamiento en el sórdido hospital zaragozano. Cuando el lector viaja por sus memorias sabe, en todo momento, que Labordeta escribe durante los últimos meses de su vida; sin embargo, el escritor jamás nombra el inevitable y cercano final de su situación, aunque lo frecuente. Habla con absoluta naturalidad de las buenas relaciones con sus oncólogos, del paulatino recorte de su libertad de movimientos, como si de un cuento de Cortázar se tratase, de su poca presencia física, de su menguante vitalidad, y lo hace siempre con humor, con esperanza y con una inevitable ironía maña. Se permite toda clase de pequeñas anécdotas, porque éstas no son unas memorias al uso; por ejemplo, la divertida entrevista (página 112) que tuvo nada más llegar a París y que reproduzco:

El vestíbulo estaba repleto de propaganda de Argelia francesa, y sin intimidarme mucho llegué a la oficina donde me recibirían para resolver el papeleo. Saqué todos y cada uno de los expedientes, y de pronto vi que la secretaria se retenía la risa como podía: la causa era mi notable en la clase de religión de quinto de carrera.
—¿Es cierto?
—Ciertísimo. Si no me hubiese sabido las Bienaventuranzas ahora no podría presentarles la documentación completa.

Muy cerca del final del libro, la reclusión se inscribe dentro de su propio piso, y es ahí, en una página inolvidable, donde Labordeta termina entroncando con Bousquet, Proust y tantos otros atletas del confinamiento. Caen frases inmisericordes y a la vez vitalistas sin respiro para el lector: “Cada día lucho más contra esta indecente forma de hacerme viejo, casi anciano, y uno de mis deberes cotidianos es recorrer el pasillo de mi casa —lo recorro veinte veces por la mañana y otras veinte por la tarde—”. Unas líneas más abajo, en esa página 213, se permite una dura y realista metáfora existencial: “Cuando uno no tiene más que su casa como recorrido y vida, hace de ésta un lugar tan hermoso como el más hermoso (…). Mi casa, como digo, es mi refugio y también mi condena y todos los días, tras finalizar mi paseo de veinte pasillos, acepto que ese paseo ficticio es mi vida y quiero hacerlo todos los días y me doy cuenta de que cada vez necesito menos cosas para ser feliz.”
Labordeta deja una lección de vida hacia el futuro, precisamente en el momento en que él ya ha agotado el suyo propio; una lección que se nos figura fundamental para arrostrar estos tiempos de penuria. Regular, gracias a Dios fue el primer libro que terminé dentro del confinamiento y que me ayudó a entender que, por mala que fuera nuestra situación, siempre podríamos afrontarla con un atisbo de la entereza con que la encaró el viejo cantautor.
Vayan estas líneas en recuerdo de José Antonio Labordeta, de Luis Eduardo Aute y de otros luchadores por la libertad que hoy ya no están con nosotros.

En mi piso de Jumilla, día 27 del confinamiento por la epidemia de coronavirus.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

PROGRAMA #AMALGAMAS/02 Con Carlos Gil Gandía

"La desvertabración del derecho internacional a través del olvido" Carlos Gil

El profesor de la UMU y experto en derecho europeo Carlos Gil Gandía nos hace un recorrido apasionate por los flujos migratorios actuales, las trampas del nacionalismo, Sánchez Ferlosio o la España vacía sin que falte buena música consciente. Coordinación de Bartolomé Medina y al control Antonio Munuera.

para escuchar el programa pincha en el enlace:

https://www.ivoox.com/amalgamas-programa-2-carlos-gil-gandia-audios-mp3_rf_30897728_1.html

sábado, 24 de noviembre de 2018

EN TORNO AL IBERISMO




Como viene siendo habitual en este país balompédico antes que enciclopédico, el fútbol ha llevado recientemente a la escena pública una cuestión que permanece enterrada -y lo seguirá estando pasados los fuegos fatuos- el resto del año. El bisoño presidente Pedro Sánchez patinaba en una de sus urgencias verbales al afirmar en Marruecos que había llegado a un acuerdo con este país y con Portugal para organizar el mundial de fútbol en el año 2030. Tras conocer la noticia el 19 de noviembre, el presidente luso Antonio Costa, negaba tener conocimiento de tal propuesta (ver enlace). Con motivo de  la cumbre hispano-lusa, Costa sería informado oportunamente suturando el desliz. Finalmente, días después, los tres países cierran el pacto para la organización del evento por el evidente interés económico y propagandístico que ello supone. En las pantallas de televisión aparecía un señor de pelo canoso, tez morena y aires de saludable madurez que aprovechaba para incidir en algunos aspectos incómodos de las relaciones entre los dos países ibéricos. Muchos españoles aprendieron en ese momento el nombre del presidente de Portugal -algunos descubrieron incluso que Portugal tenía presidente-; unos pocos lograron añadirlo a la lista de presidentes mundiales de países lejanos que se saben de carrerilla, a saber: Nicolás Maduro, Donald Trump y Ángela Merkel.
               Y es que Portugal es un país lejano para España, una circunstancia abonada por los siglos y por los intereses políticos de terceros, en especial el Reino Unido, y por la falta absoluta de voluntad de los sucesivos gobernantes. Muchos han sido los actores particulares que han intentado cambiar esa circunstancia, con muchas ganas y poco éxito. Existió un movimiento organizado llamado Iberismo que tuvo cierta influencia en el siglo XIX, sobre todo tras el impulso del diplomático Sinibaldo de Mas y Sanz, que al menos consiguió que una idea difusa penetrara en el granítico escudo ibérico, como los dedos de una bruma matinal: la unión política de España y Portugal.
               Días antes de la breve polémica mundialista, el sábado 18 de noviembre, Cesar Antonio Molina, que fuera en su día Ministro de Cultura, elogiaba en una entrevista radiofónica la iniciativa del Iberismo. Recordaba a grandes iberistas españoles, como Miguel de Unamuno, y portugueses, como el Nobel José Saramago, a quien conoció personalmente. Lo mejor de la intelectualidad española y portuguesa de principios del siglo XX ha sido más o menos cercana al Iberismo, caso particular el de Valle-Inclán, que lo defendió activamente. De alguna forma, la generación del 98 fue también iberista. La postura oficial de ambos países, en cambio, marchaba por otras lindes. Comentaba César Antonio Molina que los educadores portugueses tenían prohibido enseñar el nombre de las reinas portuguesas que también lo hubieran sido españolas, simplemente se las borraba de la historia. Un nacionalismo pacato y servil se instaló durante siglos en el estado luso. Con la entrada de ambos países en la Unión Europea, la situación no mejoró, pasando a ser de una ignorancia amable verdaderamente patética, apenas unos amagos de amistad en la época de los presidentes Soares y González y después la inercia de ambas democracias borró los pasos dados entre las fronteras. Cuando toda Europa se sorprendió u alabó los avances económicos conseguidos alejándose de políticas de austeridad (ver enlace), que el nuevo gobierno de izquierdas portugués nacido de un pacto entre socialistas, comunistas y verdes en 2015 había conseguido, la reacción del gobierno español fue de escepticismo, incluso de hostilidad. Es cierto, a nadie le gusta que le dejen en evidencia, y menos si lo hace el vecino.
               El domingo 18 de noviembre, mientras los líderes políticos dirimían sus inconexiones balompédicas, miles de extremeños se volvían a manifestar (ver enlace) por un tren digno para la Región. Las condiciones de la comunicaciones de Cáceres y Badajoz son a todas luces insultantes. Estas dos provincias ricas en recursos naturales pasan por ser las peor comunicadas de España junto a Teruel. Su pecado es ser fronterizas con Portugal. Cuando uno se adentra en aquellas tierras viniendo de Levante empieza a sentir una sensación de lejanía, de estar en un lugar remoto, apenas hollado . Quizá ese efecto de ve reforzado por la feracidad del paisaje, la pureza de las dehesas de encinar, pero resulta llamativo constatar que la zona que nos parece más alejada (la zona norte de Cáceres, donde se encuentran ubicadas las míticas Hurdes, esté relativamente cerca de Madrid. Bordeando Gredos; el viaje en coche apenas supone dos horas y media hasta Plasencia, la capital del norte de Extremadura.
               Ni Cáceres ni Badajoz, que son las dos provincias más extensas de España, tienen aeropuerto. En una geografía institucionalmente normalizada, uno de los primeros trenes AVE que se hubieran proyectado sería el que uniera Lisboa con Madrid. El proyecto sigue en el alero, pero el propio Antonio Costa sostiene que no puede hacer frente al proyecto de momento. En la reciente cumbre hispano-lusa, sin embargo, Costa admitió algo que para cualquiera es evidente; el subdesarrollo en que viven las zonas fronterizas entre ambos países es una anomalía, porque la lógica impone que esas franjas sean regiones de fuerte intercambio económico. La situación es histórica, en su último libro de viajes, Las rosas del sur, Julio Llamazares recuerda las distintas extremaduras: la leonesa, de la que ha heredado el nombre la actual y que se ubicaba en el Reino de León, la soriana y la portuguesa, llamada Estremadura (p. 136). Todas fueron fronteras del Duero, zonas alejadas y despobladas. Si recorremos la zona limítrofe al norte de la Sierra de Gata nos encontramos con parajes que tienen un halo de lugar remoto: Campo de Aliste, Campo de Villafáfila, Sanabria, La Cabrera... comarcas todas apenas transitadas a pocos kilómetros de la raya de Portugal. Hay una especie de autismo mutuo instalado en ambos estados, que viven de espaldas uno al otro mirando a sus respectivos mares. Si pudiéramos dividir la Península en dos grandes zonas podríamos hablar de una Iberia atlántica y una Iberia mediterránea con un enorme interland castellano en el centro. O quizá no sea eso, quizá sea algo más profundo y desasosegante.
               Una fuerza centrífuga parece haber animado a España -y a Portugal- desde tiempos inmemoriales, como si los habitantes ibéricos quisieran huir de ellos mismos, primero hacinándose en las costas, después saltando al mar incógnito, escapando de la miseria y el hambre. Al mismo tiempo, por fuerza de un estado fuertemente autoritario, se creó un movimiento contrario, una fuerza centrípeta que generó ese gran ombligo negro lleno de borra del pijama de provincia llamado Madrid. Iberia vive tensionada entre ambas fuerzas, marcada por nacionalismo fuertes que tienen mucho que reprocharse y muy poca voluntad de ofrecer. Bien claro vemos el gran negocio político que esos movimientos representan en todas las partes de la geografía española (exceptuando precisamente los territorios deprimidos de la raya de Portugal, de Tuy a Ayamonte) y el interland celtibérico. Con este panorama, es difícil que un movimiento integrador como es el Iberismo tenga repercusión en Portugal o en España; digamos que no es un buen negocio. Sin embargo, casi el 80 % de los portugueses (ver enlace) desea la unión con el país vecino, y otras encuestas revelan que más de un 40 % en España opina lo mismo. Solamente en torno a un 30 % de los españoles y portugueses se oponen a la unión, según un estudio conjunto de la Universidad de Salamanca y el Centro de Estudios de Sociologíia de Lisboa.
               Los españoles giran su mirada escandalizada hacia Cataluña, donde la mitad de la población porfía por escapar, en una clara demostración de pulsión centrífuga. Mientras, al otro lado, los portugueses quieren la unión y los habitantes españoles de la frontera saben que les beneficiaría. ¿Fuerza centrípeta? Ni mucho menos, no les interesa Madrid, simplemente dejar atrás de una vez una frontera absurda que sólo trae desventajas y subdesarrollo. Los ciudadanos lusos no tienen problema en que Madrid sea la capital, no les importa; incluso, aunque prefieren Iberia, no les molesta la denominación de España como nuevo estado. La lógica impone que un Estado Federal Ibérico sería la solución ideal. Hay dos problemas: uno, los españoles sólo quieren ser españoles, y nada más, un fuerte sentido de la patria mal entendida les hace sospechar que la entrada de Portugal podría diluir sus esencias; dos, solamente el 3,3 % de los portugueses aceptaría la monarquía, su modelo es la república federal. Visto el panorama, tal día como hoy en el que las naciones votan por separarse y la Unión Europea oficializa la segregación del Reino Unido, el Iberismo permanecerá como un residuo, un recuerdo de lo que pudimos tener, y la República federal Ibérica seguirá siendo la idea excéntrica de unos cuantos iluminados.