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miércoles, 5 de febrero de 2025

RECUERDOS DE MARIENBAD

 


Hace unos días, Providence Ediciones anunciaba la aparición de la 2ª edición de Recuerdos del Futuro, el ensayo que Hilario J. Rodríguez ha escrito sobre El año pasado en Marienbad (1961), el mítico filme de Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet. Podríamos considerar esta publicación como un libro necesario, pero creo más correcto decir que es un libro que necesitamos, no solo quienes hemos visto la película varias veces sino también quienes no han tenido todavía el placer de verla.

                Hilario J. Rodríguez es conocido por la originalidad y elegancia de su prosa, pero es, a mi juicio, en los ensayos donde su altura cultural nos sorprende; no hay más que recordar las desapariciones, esa pequeña joya publicada por Newcastle Ediciones en 2022.  En esta ocasión, con Recuerdos del futuro, el autor ha conseguido el objetivo que todo ensayo artístico debería cumplir y casi ninguno cumple: ser en sí mismo un émulo, un reflejo poético de la obra original, adoptando sus formas y su estructura. Lo dice muy bien Berta García Faet en El arte de encender las palabras (Barlin libros, 2023), cuando confiesa que “…Este ensayo sobre poesía quiere ser poesía”. Y así ocurre con Recuerdos del futuro, porque el propio formato, la distribución de los textos, la manera de hilar las referencias, de este ensayo, remite constantemente a la propia esencia de la película de Resnais y Robbe-Grillet. Me explico.

                Lo primero que sorprende en Recuerdos del futuro es la forma de dividir el texto: las notas ocupan la mitad de la extensión y son en sí una especie de ensayo aparte que, como en Rayuela, la novela de Cortázar, hace que el ensayo pueda ser leído de dos formas diferentes. Como el propio autor señala (p. 44) “hay muchas vías de entrada a la película, pero ninguna de salida”. El texto de Hilario J. Rodríguez aparentemente propone múltiples formas de salida a través de las notas, pero estas no son sino nuevos caminos de entrada al universo Marienbad, pasillos en los que nos perdemos con avidez, con placer y sin remedio. Las notas son una analogía de las llamadas heterotopías, esos otros lugares de la película que se extienden por senderos extraños. Las notas de Recuerdos del futuro son eso, heterotopías, lugares alternativos a propósito de El año pasado en Marienbad.

                El filme de Resnais, para Hilario J. Rodríguez, es un lugar en sí mismo, una especie de sirena varada en 1961, una obra sin relación con todo lo anterior y lo posterior, puro Cine Clásico; “destructora de la historia del cine y de la Nouvelle Vague, El año pasado en Marienbad se construye a sí misma”. Henchida de referentes literarios que parten de la erudición del guionista, Robbe-Grillet, la obra, según el autor, bebe de Borges, de Lovecraft, de Proust y, por supuesto, de Adolfo Bioy Casares, en tanto autor de La invención de Morel, el referente más directo del filme, aunque también cuestionable. El año pasado en Marienbad está llena, según este ensayo, de arquitecturas, redes y senderos; ahí están concernidas las cárceles de Piranesi o los interiores imposibles de El gabinete del Doctor Caligari. También el propio ensayo en sus siete capítulos es una sucesión de salones llenos de espejos, sugerentes e inesperados. Para Hilario J. Rodríguez, este ensayo sobre el mundo de Marienbad (ese balneario que en realidad no existe en la película) es un intento “de aprender de nuevo a escribir, aprender a escribir al dictado de sus hipnóticas imágenes”. No cabe duda de que esa es la razón fundamental de que estos Recuerdos del futuro estén escritos así y nos resulten tan cautivadores. Porque la propia película es “una arquitectura del cerebro, de la memoria”, según el autor.

                Resulta muy placentero transitar los caminos que Recuerdos del futuro nos ofrece, no solo revisando la llamada lista de películas Marienbad (p. 27, 28), que ya es en sí misma un catálogo de lo mejor del cine clásico, sino también a través de las curiosas bifurcaciones entre obra artística y vida que el texto nos va descubriendo. Son varios los ejemplos de estas interacciones, de estas otras heterotopías que analiza y ofrece Hilario J. Rodríguez, entre sueño y realidad. Llaman en especial la atención la referencia de la nota 16: Zona, un libro sobre una película sobre un viaja a una habitación, de Geoff Dyer (Literatura Random House, Madrid, 2013), a propósito de Stalker, de Tarkovsky, o el experimento sugerido en la nota 18 en torno a la obra de Robert Smithson —admirador de la película de Resnais—, dos caminos que se mezclan y difuminan conforme van siendo transitados. Vida y obra entremezcladas, heterotopías, trayectorias, como la extraña producción Souvenirs d’une anneé à Marienbad (2010), donde Françoise Spira, figurante en la película, nos deja un falso y casi involuntario making-off del filme de Resnais y Robbe-Grillet.

                Hilario J. Rodríguez rastrea también los pasillos a ninguna parte que nos llevan azarosamente al campo de concentración de Dachau o al castillo de Schleisstein (donde fueron acumuladas por los nazis miles de obras artísticas), lugares ambos cercanos al verdadero balneario de Marienbad. El autor recuerda a este propósito la intención del citado Smithson de usar el arte para modificar la realidad como límite. Recuerdos del futuro quiere hacer algo así en torno a la isla cinematográfica que es Marienbad (inevitable la referencia a la serie Lost); se trata, en cierto modo, de construir una especie de rizoma de referencias en la más pura acepción de Deleuze y Guattari, en el que vida y ficción llegan a entrelazarse hasta límites inconcebibles, sin centro ni eje apreciable. Así, personajes históricos reproducen escenarios y situaciones de la película: Franz Kafka y Felice Bauer en Marienbad; J. W. von Goethe y Ulrike von Levetzow en Marienbad; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo imitando el triángulo amoroso de la película… W. G. Sebald y su novela Austerlitz, traspasada por referencias de su vida personal.

                Uno tiene por momentos la sensación de que Hilario J. Rodríguez pretende introducir al lector en la película como si fuera una figura más de las que transitan por ella, personajes anónimos entre despreocupados y moribundos, de la misma manera que el enamorado protagonista de La invención de Morel, de manera que circule eternamente por esos pasillos “llenos de espejos múltiples, simetrías” (p. 49). La cita de san Agustín en la página 69 es muy explícita en ese sentido. Hilario J. Rodríguez nos hace ver que “el balneario de la película la única capacidad que parecía tener era la de hacernos olvidar el futuro” (p. 48). Y cita a Smithson: “No hay futuro en Marienbad”. Leyendo el ensayo tenemos la sensación de esa eternidad desesperada, entre banal y angustiosa, que experimentan los personajes y figurantes en el balneario.

                En realidad, Hilario J. Rodriguez pretende, en último término, intentar introducirnos en un anhelo íntimo “quizá yo mismo he sido invitado a ser un personaje de la película” (p. 29). El autor quiere creer que la misma “historia del cine es una historia Marienbad” (p. 28).

                Por último, la magia de este ensayo, la verdadera magia, por encima del intenso contenido poético y artístico que lo sostiene, es que logre convencernos, que logre que su anhelo sea el nuestro, que consiga —según una referencia a Michel Foucault (p. 29) sobre la heterotopía de la cama/océano en la imaginación de los niños— que nosotros mismos formemos ya parte, de alguna manera y tras leer el texto del universo/isla/eternidad que es El año pasado en Marienbad. Y que consiga que los lectores, como quien esto escribe, anhelen a su vez que otros ingresen en el espacio Marienbad y recomienden la película. ¿Qué más puede pedir un ensayista cautivado por el objeto de su reflexión?

sábado, 21 de septiembre de 2024

LOS COLCHONES VAGABUNDOS

 

Si hay algo que nos resulta inconcebible es que un colchón vagabundee. Parece lo más lejano a su esencia silente, sin embargo, lo hacen mucho, de cama en cama, entre habitaciones, de un piso a otro, a veces incluso por las calles. Pocos saben que los colchones abandonados emiten aullidos, suspiros y sollozos, emanan abrazos desasidos surgidos de manchas que se parecen a Australia al atardecer, o a Groenlandia en un día de verano.

                No así los somieres, los somieres solo saben tocar el violín y desafinan con facilidad. Por último, están los cabeceros y los travesaños, que son como cajeros de banco, funcionarios impasibles que asisten con aire impertinente al drama de las parejas o a la ilusión de los niños.

                Esos colchones errantes son como caballos salvajes rapados o como unicornios arcoíris desteñidos. No pertenecen a vida alguna, ni pasada ni por venir. Los vemos tendidos en el suelo de asfalto, mientras de su vientre surgen lágrimas, o apoyados en paredes infames, vomitando madrugadas.

                Hay colchones que permanecen borrachos durante días tirados en una acera, sin que nadie se apiade de ellos. Al final, por puro aburrimiento, la autoridad los retira y los lleva a un lugar desconocido donde quizá les ofrezcan un poco de sopa y un sitio digno donde descansar, porque los colchones también añoran dormir sobre un lecho cálido.

                La ciudad llena de colchones abandonados es un canto fúnebre a la pérdida de la intimidad; los colchones vagabundos son como los perros callejeros, no tienen la culpa de exhalar ese perfume astroso y mugriento. Los colchones no tienen la culpa de almacenar en su bodega todos los sueños: los cálidos, los inocentes, los sucios, los de todas las edades. Los colchones no tienen la culpa de que sus dueños prescindan de ellos, los dejen en la cuneta como mascotas molestas; no tienen la culpa de ser los testigos directos de nuestra más profunda intimidad, y tampoco tienen la culpa de que eso nos moleste tanto.

                Una relación extraña de los colchones callejeros es la que mantienen con los coches. Los vemos descansar junto a sus compañeros de metal, unos tan blandos, de carne muelle, los otros tan férreos, esculpidos en gimnasios de cinturón industrial. A veces, incluso, los colchones se recuestan encima de los capós, descubriendo una intimidad inimaginable que nos arrebata y enternece.

Como en los posos del café, hay quien lee el porvenir de las familias, de las parejas, de los solitarios, en las manchas que sus cuerpos dejaron. Esos chamanes son como seres apátridas que viven escondidos en lugares ignotos; nadie sabe quiénes son, pero deslizan sus augurios de formas variopintas.  A veces, no muchas, junto a algún colchón olvidado, observamos en la pared contigua una mancha sospechosa, como un bocadillo de cómic pintado, pero deshecho, sin bordes definidos. Los augures asegurarán que son parte del alma del colchón, que ha transmigrado, o un pensamiento que no se resiste a abandonar del todo ese cuerpo vermiforme recubierto por una funda decorada con flores. Yo creo simplemente, que los colchones son amantes de los grafitis callejeros, que encuentran consuelo en su presencia, que los buscan, porque algo de vagabundos y de parientes pobres de nuestros sueños tienen también.

                Los ayuntamientos deberían crear, potenciar, una capilla de colchones, un espacio rodeado de todos ellos, esos desterrados, apilados unos sobre otros. Los fieles podrían ir a ese lugar de culto y reflexionar sobre los sueños propios, y ver que no son muy distintos de los de otros infelices e insatisfechos durmientes.

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Fotografias del autor tomadas en Jumilla y Murcia.

domingo, 14 de febrero de 2021

EPITAFIO PARA UN ZORRO

 

Al contrario que muchos de los aficionados a fatigar los montes, que apenas salen al campo buscan las cumbres como objetivo de su caminar o simplemente discurren por senderos planos y accesibles, yo busco las cicatrices más hondas de la tierra. Me sumerjo en los pliegues de su piel, busco las oscuridades de las cárcavas, a la espera de encontrar el sentido de su origen, remonto ramblas hasta las cuencas de recepción, o las bajo para que las sombras de algún barranco oscurezcan un cielo lejano. Hay en ese caminar una pulsión que no puedo racionalizar, salvo un trasunto psicológico de la vuelta al vientre materno. Creo que las ramblas son los caminos más antiguos, los más remotos y verdaderos, porque pertenecen a la propia tierra y no han sido adheridos como flecos de un traje confeccionado para otro.

En una de esas internadas mentales y físicas entré hace días, muy de mañana en la rambla del Collado de Antolín, umbrosa, secreta, reservada y muy callada. El viento de hacía unas horas había cesado por completo. Todo estaba inmóvil; atochas, matorral noble, las copas de los pinos, y abajo en lo más simple y humilde, incluso los ínfimos restos de las secas herbáceas del mes de febrero.

                Bajaba yo tranquilo por las grandes losas lavadas del cauce, todavía rodeadas de aureolas dejadas por las pasadas nieves cuando una mancha ocre llamó mi atención. Al instante comprendí de qué se trataba, en el tiempo de un relámpago pensé que se movería, pero un zorro, ni aun enfermo, jamás esperaría a la cercanía de un ser humano sin huir. Se encontraba recostado de lado, alargado sin rigidez sobre la suavidad de la losa. Su cuerpo reproducía la leve ondulación gris de la caliza, sinuoso, como simulando un breve sueño, las patas delanteras apoyadas una sobre otra como en el descanso, las traseras levemente estiradas. El hocico se estiraba en un apenas distinguible esfuerzo de agonía, los colmillos asomando con un simulacro de amenaza, fantasmagoría provocada por la huida correosa de los labios hacia atrás provocada por la muerte.

                El sol no había levantado y en el aire se extendía una claridad azulada, traslúcida, que envolvía los troncos grises de los pinos cortados o caídos sobre el cauce. El color de la pinocha mostraba por momentos, engañosamente, esa tonalidad venenosa de la ova en el fondo de las charcas, y un matiz umbroso de bosque boreal. Eso me hizo recordar los viejos cuadros de imágenes dobles en los que se veían las figuras de zorros formados por acumulaciones de hojas que acechaban a las incautas liebres.

Centré mis ojos en la losa.

He visto otros despojos y cadáveres de animales, caídos en una grieta, enroscados sobre sí mismos, evidenciando salvajes agonías, o simplemente despedazados por una fiera mayor. Este túmulo era diferente. La postura era natural, de un ser que acepta una muerte cercana y se deja llevar. Aunque en el anca derecha se veía una negra herida abierta que se extendía como un maleficio, la tersura del pelo se conservaba intacta, ni una sola hoja o brizna había caído encima. Por mucho que yo girara a su derecha o a su izquierda, no perdía aquella postura el aire de paz que la envolvía. Evité acercarme para no romper un extraño cerco sagrado que parecía elevarse a su alrededor.

Fue entonces cuando me asaltó la idea. Aquello era una tumba.

Los animales salvajes no reposan en tumbas, mueren sobre la tierra y sus cuerpos se difuminan con el tiempo. Los animales salvajes no fallecen, no son difuntos, tampoco los domésticos. A nadie se le ocurriría decir que su gato ha fallecido, o llorar a un perro difunto. Parece una falta de respeto al ser humano, como si solo éste mereciera tal apelativo. La raíz de la palabra difunto, del latín defunctus, cumplir o pagar una deuda, no alude en origen a un muerto, sino a alguien que cesa en sus funciones, a un jubilado. En cuanto a los términos fallecer/fallecido, vienen de una raíz más esquiva, fallere, en latín engañar, fingir, con el tiempo faltar. Pensamos hoy en el fallecido como alguien que muere de forma apacible, paulatina, no por un accidente, alguien a quien podemos despedir.

A los animales domésticos se les fabrican tumbas, sí, unas tumbas apócrifas que ellos no entienden. Los dueños lo hacen como desviación de sus propias costumbres. A los animales salvajes no. En la refinada recopilación de Cees Nooteboom titulada Tumbas de poetas y pensadores, el autor nos advierte que estos lugares son extraños en su contradicción, puesto que nos ofrecen una presencia imposible, la presencia de un ausente. Las tumbas son recuerdos, pero son los recuerdos para los humanos o, de una manera muy digresiva, recuerdos de animales humanizados.

Sin embargo, lo que tenía ante mí era una tumba.

                El zorro, el joven zorro, quizá vencido por una de las peleas del celo, o por un inoportuno y despistado cartucho de los últimos días antes de la veda, o por el hambre y el cansancio, había llegado hasta allí para dejarse, para prestar su cuerpo a la tierra. El lugar de su muerte era el lugar donde desaparecería definitivamente.

Una tumba. No hablo solo de la calidad marmórea de la losa, de la presencia del cuerpo sobre ella, como esculpido por algún artista decimonónico, de los calderones, riscos y viejos troncos que rodeaban la gran piedra, de las copas de los árboles más lejanos que facilitaban la penumbra, no hablo solo del silencio impresionante que se imponía al cesar los pasos y el viento, no hablo solo del espacio. Hablo de un espacio de tiempo. Las ramas en pocas horas tamizarían la futura violencia de la luz de mediodía, el sol se apagaría y la noche taparía el túmulo, brillarían las estrellas, amanecería, ninguna bestia había osado acercarse a aquella losa, ni quebrantado el silencio de días, una cúpula sagrada hecha de algún material que los hombres ya no conocemos rodeaba el cuerpo. El zorro era un difunto, había fallecido en la paz de los que no conocen la muerte, sino solo el instinto de vivir. Por un momento envidié su final, lo quise para mí en el día en el que hubiera de venir, solo en la oscuridad y el silencio de un bosque, por un momento. Bajé la cabeza un instante, presenté mis respetos al zorro y me alejé procurando pasar lo más desapercibido posible, sabiendo en el fondo que decenas de pares de ojos me contemplaban callados y quietos como en uno de esos cuadros de doble imagen.

 

Con mi agradecimiento a Juan José Bas, agente medioambiental.



jueves, 23 de abril de 2020

EN LAS CASAS DE LA INFANCIA




En la película Gritos y susurros, de Ingmar Bergman, una niña se esconde detrás de los visillos y contempla un tanto cohibida a su madre sentada a la mesa en el salón rojo. La madre la llama y la niña, obediente, acude. En ese lugar nos encontramos los lectores cuando leemos ciertas obras mal llamadas autobiográficas, porque superan con creces esa etiqueta. En cierto modo, todo aquel que se asome a una obra narrativa se instala en ese precioso lugar tras el visillo, es cierto, pero la diferencia es que en aquellos relatos donde se cuentan hechos inusualmente íntimos, es el propio autor el que se coloca dentro tras la cortina traslúcida. La escena de Bergman es un recuerdo, un flashback cinematográfico, pero su intensidad, su cercanía, nos desarman.

                Gritos y susurros es una película de interiores, de interiores asfixiantes, incluso, donde dos hermanas velan a otra, moribunda, y la atmósfera creada por Sven Nykvist en la fotografía nos hace palpar, casi oler la casa, como en cierta forma ocurre con ese apartamento de Dorothy Vallens en Terciopelo Azul. En ambas cintas, uno de los personajes principales es la casa desde un punto de vista opresor. La casa, que para muchos en estos días se ha convertido en cárcel, en obligado retiro o confinamiento, no parece estar siendo bien tratada en el cine, con ese aluvión de casa encantadas y oscuras, herederas del cuento gótico, que Tim Burton ha reinventado para las generaciones más jóvenes y, sin embargo, siempre hay en esas mansiones un poso de seducción, de atracción inevitable. El siglo XIX está repleto de esos relatos de terror que tantos hemos leído en nuestra juventud. La literatura sobre las casas amables, protectoras al tiempo que vitalistas, abiertas, ricas, ofrece una lista de títulos un poco más corta; pensamos que no hay aventura en disfrutar de la vida cotidiana y, sin embargo, más en estos días, se nos figura un género esencial. Hablaremos hoy, en este día del libro, de unas pocas narraciones, pero para mí elocuentes en esa franja estrecha donde confluyen las experiencias de los propios recuerdos y de las casas de la memoria donde los habitamos.

                Decía Gastón Bachelard, en un libro hoy difícil de encontrar, pero capital en su producción filosófica, La Poética del Espacio, que los poetas y los pintores son fenomenólogos natos, y es cierto que es necesaria mucha capacidad de observación para rescatar los escenarios de la infancia, no sólo en el orden de los acontecimientos, sino también en el orden de los lugares que los vieron desarrollarse. Un libro reciente, del excelente filólogo, escritor y traductor Victor Colden, ha dado en el equilibrio exacto de esa revisión de los pabellones vacíos de la infancia donde caben tantas y tantas vivencias sin peligro de que las estancias rebosen. Decía García Montero en Poesía, Cuartel de Invierno, y también Luis Buñuel en algún lugar de Mi último Suspiro, que “el genio es la infancia encontrada voluntariamente”. Se cumple de manera clara esta máxima en el libro de Colden, su Inventario del Paraíso, una visión tan particular y a la vez tan universal que nos pellizca en los más remotos recuerdos de los lugares de nuestro inestable olvido.

Todas las casas en gran medida son la casa de la infancia, el espacio donde más tiempo hemos pasado en la vida del pensamiento; como escribiera Ambrose Bierce: “De la infancia a la juventud transcurre una eternidad; de la juventud a la edad adulta, una estación del año. La vejez llega en una noche y es increíble”. Es aquí donde Colden acierta y se nos revela como el gran fenomenólogo que es, organizando, un poco aristotélicamente, las sensaciones captadas en pequeños capítulos como cajones de armarios: Árboles, Palabras, Visitantes, Sabores, olores, Placeres, Animales… Lugares. Él diría: como una biznaga de palabras. Es curioso, porque en la obra inaugural de esa “fenomenología de la imaginación” que es La Poética del Espacio, Bachelard, haciendo un recorrido desde el sótano a la buhardilla de una casa-arquetipo, se detiene en los armarios, en los cajones, como trasuntos en miniatura de la propia casa, de los “ensueños”, como él los llama, de ser diminuto y esconderse en los recovecos. Así, cita Bachelard: “El armario –dice Milozs- está lleno del tumulto mudo de los recuerdos.” Y nos recuerda este poema de André Bretón:

L’armoire est pleine de ligne
Il y a même des rayons de lune que se peux deplier.

            Las preguntas a las que nos expone Bachelard ante su análisis de la casa son múltiples y todas esenciales, insertadas en capítulos en apariencia inocentes: casa y universo; los rincones; la concha; la miniatura; la inmensidad íntima… En realidad, nos coloca ante nuestra propia existencia corporal como continente de la consciencia, nos reduce al espacio más esencial y después nos proyecta a nuestro exterior inmediato: nuestra habitación, nuestra casa… La referencia a Bousquet, aquel poeta que cuyo universo era una cama, es elocuente: “Nadie me ve cambiar. Pero, ¿quién me ve? Yo soy mi escondite.” Y Víctor Colden nos da una respuesta en su libro, porque a través de una síntesis resuelve ese gran drama que planteó Edmund Husserl: “La mayoría de los hombres pasan por la vida como si estuvieran medio dormidos”. ¿Qué integra esta síntesis? Recordamos ahora la mirada de la niña de Bergman. En el Inventario del Paraíso, la mirada desinhibida del niño que ya es mayor –pero a la vez niño-, comienza por desgranar todos los lugares importantes de la casa, los impregnados de la observación y la experiencia primera, los que están enlazados con alguna vivencia: la hamaca del abuelo, que los pequeños acechan escondidos, el tocador de la abuela Lola, la entrada de arriba, la fábrica del garaje… La casa y sus habitantes quedan unidos, indisolubles, desde el principio, en la memoria de Michi, el niño que fue. Lo que nos enseña Colden desde la primera página es sus rincones, una palabra que para el niño conserva toda la plenitud de la aventura, del descubrimiento, porque un rincón es el contrario de un no-lugar, es un espacio cargado de significado. Nos cuenta Bachelard: “El rincón se convierte en un armario de recuerdos. Habiendo franqueado los mil umbrales del desorden de las cosas polvorientas, los objetos-recuerdos ponen el pasado en orden.”

                La narración de Colden no se inscribe en la ficción ni la autobiografía, ni en ese extraño monstruo que dio en llamarse autoficción, no es una novela al uso, es un género distinto que hunde sus raíces en textos como los de Natalia Ginzburg, que descubrí gracias a este Inventario del Paraíso. En la más genuina de las obras de Ginzburg, Léxico familiar, la autora pasea a través de los momentos íntimos de su familia, de sus hermanos, sus padres, los vecinos. Las vivencias y recuerdos desfilan por las estancias de la casa familiar con una naturalidad -a la vez íntima en extremo y despegada- que nos hace sentirnos por momentos unos invasores. Pero es la propia Natalia Ginzburg (Levi de nacimiento) la que ocupa el papel de esa niña de Gritos y Susurros, porque asume con radicalidad el papel de observadora de las numerosas discusiones de familia, las travesuras de los hermanos, momentos cómicos y las manías de su padre, el celo por el mezzorado, los poemas balbuceantes y pegadizos, los jerséis, las manzanas, el frío de la casa… la narradora se dedica a grabar esas escaramuzas como si de una grabadora doméstica se tratara hasta que, sin aviso previo, (en la página 160 de la edición de Lumen), pronuncia, ya casada, dos palabras como respuesta a una pregunta de su hermano: “Más rica”. Desde entonces, el libro cambia, se vuelve más pesimista, son los años de la persecución fascista, los años de los detenidos y desaparecidos, de los muertos. Nosotros, lectores, que éramos como uno más de la familia, que comíamos los smarren sentados a su mesa, de repente nos sentimos cohibidos porque nos están contando la tragedia que sufrió la mejor generación intelectual italiana del siglo XX en el periodo de entreguerras e inmediata postguerra, y lo hemos visto pasar entre pijamas, sábanas colgadas y ropa interior limpia llevada a la cárcel. La frase final de Léxico familiar nos trae al principio: “¡la de veces que he oído contar esa historia!”

Los textos de Colden y Ginzburg comparten varias cosas, pero una de ellas es su amor por las palabras o las frases hechas de la familia, por esas palabras que parecen adquirir corporeidad, una textura maleable y a la vez firme que las hace resistir años, de modo que, pronunciadas incluso décadas después, nos hacen regresar también, como la magdalena de Proust, al inicio de la historia. En Léxico familiar son incluso poemas tontos que vuelven cada cierto número de páginas –y de años-.

Yo soy don Carlos Tadrid
y soy estudiante en Madrid.


En Inventario del paraíso, el afán de recuperar esas palabras personales llega a convertirse en una verdadera investigación: Ataití-itiatá, Aceitazo, Gloria, Rollo, Cojo, Leshe… Palabras que en el “léxico familiar” interno tienen significados y códigos superpuestos que no entenderíamos si no fuera porque Colden, primoroso, deteniéndose en cada detalle, nos los deshoja y pincha para nuestro disfrute como flores de la biznaga. Están también los animales: la salamanquesa, el camaleón y, sobre todo, la bisha, que pululan por las estancias y el jardín de ese paraíso de la infancia que es la casa de Las Palmeras, la casa de veraneo de los abuelos malagueños. O los olores, que Colden ha guardado en una alacena secreta de su memoria (esos cajones de Bachelard…) en botes que podemos abrir y aspirar. O los sabores: el pan con aceite y azúcar, los rosquitos… El inventario se hace insondable y cuando uno termina, como en todos los buenos libros, queda apenado y desea volver al camino inicial, a la primera página, porque nada hay como la primera lectura de un libro, la lectura del niño, aunque, por desgracia, no podemos volver a esa niñez del lector sino evocándola, como hago yo ahora en estos textos.

Todos conservamos la casa de la infancia, aun cuando la vida nos haya hecho mirar hacia otros horizontes demasiado pronto, aun cuando esa infancia terminara antes de tiempo o nos hubiéramos vuelto hipermétropes por comodidad. Colden y Ginzburg nos enseñan el valor de esos momentos ya casi olvidados; a través de ellos volvemos a recordar nuestros porches, nuestras alacenas, armarios, camas deshechas, palomares, desvanes, por muy pronto que los abandonáramos. En este sentido, se me figuran textos casi terapéuticos.

Suelo incitar a mis alumnos a hacer una especie de paseo de Rauschenberg desde el instituto a su casa. Les insisto en que se fijen en esos pequeños detalles en los que no reparan durante el trayecto, aunque lo hagan todos los días. Los resultados suelen ser asombrosos. Estos tres libros que he seguido son nuestro propio paseo, nos enseñan a detenernos y a reflexionar sobre las miserias y tristezas de los descuidos de nuestra percepción, pero también los triunfos, porque a través de su universalidad se nos abren de nuevo los sésamos olvidados de nuestras primeras percepciones. Entonces se dibuja en nuestra mente una casa, puede que la de Colden, o la de Ginzburg, pero con un poco de suerte la nuestra, olvidada bajo mil enseres. “Pedir al niño que dibuje una casa es pedirle que dibuje el sueño más profundo donde quiere albergar su felicidad (…)”, dice Mme. Balif a través de Bachelard.

Llevamos semanas de confinamiento y empezamos a odiar incluso la existencia de nuestros domicilios, que nos oprimen como camisas de fuerza. Intentaremos olvidar estos días en cuanto podamos, pero quizá sea un error, quizá un ejercicio que nos salve sea colocar nuestro entorno en paréntesis y realizar una suerte de epojé al estilo fenomenológico; blindar esos trazos de experiencia en nuestro interior, quizá nos sean de mucha ayuda en un futuro que desconocemos. Recuerdo ahora un artículo que escribí hace más de veinte años en torno a los cuentos populares, decía yo entonces que “el escepticismo es un duro pecado, pero como actitud ante la vida es una penitencia. En los cuentos no existe tal cosa, la cuestión no está en creer o en no creer, sino en experienciar.” Seamos pues, ante estos duros momentos de nuestra vida azarosa, frente a un futuro incierto, una vez más, niños, y atesoremos estas experiencias limítrofes como un seguro hacia lo que está por venir. Colden, Ginzburg y otros autores nos ayudarán sin duda.


Jumilla, Día del Libro de 2020, sobrepasada la cuarentena en confinamiento.


BIBLIOGRAFÍA:

Bachelard, G., La poética del Espacio, FCE, México, 1993
Colden, V., Inventario del Paraíso, Libros Canto y Cuento, Jerez, 2019
Ginzburg, N., Léxico familiar, Lumen, Barcelona, 2019
Medina, B., Entre fenomenología y poiesis, apuntes sobre los cuentos populares, en revista Anaquel, nº 2, Ciudad Real, 1999

jueves, 9 de abril de 2020

CLÁSICOS DEL CONFINAMIENTO



En la penumbra de nuestras estancias, durante estas cuarentenas que nos remiten a tiempos pasados, las mentes se difuminan y vuelan sobre los textos del confinamiento. Recordamos a Petrarca, a Camus o Thomas Mann sin dejar de pensar en estos libros como novelas de ficción, cuando todos ellos están inspirados en hechos reales.
Hoy quiero evocar a los autores más que a sus obras, a esos hombres y mujeres que vivieron ocultos en el silencio de sus casas durante largos años, muchas veces obligados, algunas por una decisión propia generada por la presión del entorno. No hablaré aquí de los eremitas de la Tebaida ni del Thoreau de Walden, porque sus encierros y los textos que generaron respondieron a decisiones personales profundamente meditadas, no a la necesidad biológica o social. Citaré, eso sí, a esos gigantes de la literatura que, incapacitados o segregados, dieron al mundo obras únicas que de otra forma no habrían podido ser escritas.
Recuerdo a Joë Bousquet, el poeta francés herido en la gran Guerra que pasó décadas postrado en cama sin salir de una habitación oscura a la luz de una lámpara, desde la que construyó sus densos poemas. Regreso a Marcel Proust, cuyos largos periodos de postración dieron final a la gran saga de la memoria recobrada que es su obra. También Emily Dickinson pasó décadas sin salir de su casa, por propia iniciativa, sí, pero obligada por la presión del ambiente social. Sus poemas no hubieran existido sin ese aislamiento físico. Es cierto, como también ocurrió con Lovecraft o con Hildegarda von Bingen, ¡qué distintos y qué separados en el tiempo!, que esos confinamientos se vieron compensados por una intensa actividad epistolar.
A pesar del mérito de sus textos y de sus ejemplos de fortaleza y voluntad, no voy a hablar ahora de ninguno de ellos, sino de otro autor totalmente diferente que me ha acompañado desde la niñez. Hablaré y citaré únicamente su último libro, escrito en la sordidez de un hospital donde lo aparcaba un cáncer de próstata. Regular, gracias a Dios es el último libro de José Antonio Labordeta, el gran andarín aragonés, profesor de enseñanza secundaria, activista, político, cantautor, personaje del cine y la televisión, polígrafo.
Labordeta terminó lo que él dio en llamar unas “memorias compartidas” apenas un par de meses antes de morir. El texto viaja entre sus recuerdos ordenados en etapas concretas de su vida y el estéril confinamiento en el sórdido hospital zaragozano. Cuando el lector viaja por sus memorias sabe, en todo momento, que Labordeta escribe durante los últimos meses de su vida; sin embargo, el escritor jamás nombra el inevitable y cercano final de su situación, aunque lo frecuente. Habla con absoluta naturalidad de las buenas relaciones con sus oncólogos, del paulatino recorte de su libertad de movimientos, como si de un cuento de Cortázar se tratase, de su poca presencia física, de su menguante vitalidad, y lo hace siempre con humor, con esperanza y con una inevitable ironía maña. Se permite toda clase de pequeñas anécdotas, porque éstas no son unas memorias al uso; por ejemplo, la divertida entrevista (página 112) que tuvo nada más llegar a París y que reproduzco:

El vestíbulo estaba repleto de propaganda de Argelia francesa, y sin intimidarme mucho llegué a la oficina donde me recibirían para resolver el papeleo. Saqué todos y cada uno de los expedientes, y de pronto vi que la secretaria se retenía la risa como podía: la causa era mi notable en la clase de religión de quinto de carrera.
—¿Es cierto?
—Ciertísimo. Si no me hubiese sabido las Bienaventuranzas ahora no podría presentarles la documentación completa.

Muy cerca del final del libro, la reclusión se inscribe dentro de su propio piso, y es ahí, en una página inolvidable, donde Labordeta termina entroncando con Bousquet, Proust y tantos otros atletas del confinamiento. Caen frases inmisericordes y a la vez vitalistas sin respiro para el lector: “Cada día lucho más contra esta indecente forma de hacerme viejo, casi anciano, y uno de mis deberes cotidianos es recorrer el pasillo de mi casa —lo recorro veinte veces por la mañana y otras veinte por la tarde—”. Unas líneas más abajo, en esa página 213, se permite una dura y realista metáfora existencial: “Cuando uno no tiene más que su casa como recorrido y vida, hace de ésta un lugar tan hermoso como el más hermoso (…). Mi casa, como digo, es mi refugio y también mi condena y todos los días, tras finalizar mi paseo de veinte pasillos, acepto que ese paseo ficticio es mi vida y quiero hacerlo todos los días y me doy cuenta de que cada vez necesito menos cosas para ser feliz.”
Labordeta deja una lección de vida hacia el futuro, precisamente en el momento en que él ya ha agotado el suyo propio; una lección que se nos figura fundamental para arrostrar estos tiempos de penuria. Regular, gracias a Dios fue el primer libro que terminé dentro del confinamiento y que me ayudó a entender que, por mala que fuera nuestra situación, siempre podríamos afrontarla con un atisbo de la entereza con que la encaró el viejo cantautor.
Vayan estas líneas en recuerdo de José Antonio Labordeta, de Luis Eduardo Aute y de otros luchadores por la libertad que hoy ya no están con nosotros.

En mi piso de Jumilla, día 27 del confinamiento por la epidemia de coronavirus.


viernes, 22 de marzo de 2019

PROGRAMA #AMALGAMAS/06. Con Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

"No es que haya muchos hechos, es que hay muchas noticias de un hecho" Inés Sánchez-Manjavacas Castaño

Las nuevas configuraciones y formas del periodismo, las modernas manifestaciones de la poesía y los poetas digitales como @srtaBebi son tratados con desenvoltura por nuestra joven estudiante de Periodismo y Comunicación con mucho futuro, Inés Sánchez-Manjavacas.

Pinchar en el enlace para escuchar el audio del programa:
https://www.ivoox.com/amalgamas-ines-sanchez-manjavacas-audios-mp3_rf_32463766_1.html