domingo, 6 de abril de 2014

ESTADOS PRÓXIMOS A LA LOCURA


 Es sábado por la tarde, hordas de consumidores nos dirigimos en nuestros coches hacia los supermercados cercanos. Hemos esperado a la caída del sol para, como hienas, iniciar nuestra depredación. No queremos que el sol conozca nuestros actos. Visitamos los establecimientos en un ritual de la acumulación que termina por asesinar la tarde. El último rayo de sol desaparece en el horizonte, es en ese momento, a falta de realizar las últimas compras, cuando revelamos nuestra verdadera condición de vampiros insaciables.
                Una calle, estrecha, los ríos de coches se dirigen a la arteria derramando gotas de sangre muerta. Unos ya han penetrado, como agujas en la vía atestada, otros, bloqueados por un semáforo enrojecido, se agazapan a la espera. En ese momento, en un tráfico ya lento, diviso el camión de la basura pegado a la boca del aparcamiento de un supermercado, mi última parada, al que todavía intentan acceder otros conductores. Las dos corrientes de tráfico se hacen más y más lentas, como entorpecidas por cúmulos de colesterol. Finalmente, el tránsito se para.
De una puerta de persiana plegable brotan contenedores atestados de comida caducada; pasan rápidamente de las manos de los empleados del supermercado a las del peón del ayuntamiento. Justo en ese trance, dos mujeres de etnia gitana se apresuran a coger y abrir las bolsas de basura. Con envidiable pericia, sacan los alimentos envasados que todavía se pueden consumir con cierta tranquilidad. Tiene sus propias bolsas preparadas. Mientras el resto de contenedores pasan de manos, ellas seleccionan, separan, revisan y devuelven las bolsas semi-vacías al basurero, que desde hace meses tiene un acuerdo con las mujeres. Los empleados del supermercado las ignoran, no está en su labor impedir la maniobra. La transacción se repite con los contenedores restantes, mientras el tráfico en la vía se aprieta y la presión empieza a ser evidente. Por cada contenedor, al menos tres coches se incorporan al atasco. El claxon comienza a sonar en varios de ellos.
                Estoy justo delante de la bocacalle por la que penetra otra vena de tráfico, a pocos metros del garaje y del camión de basura, pero mi situación privilegiada hace que me percate de que a mis espaldas se acumulan cada vez más conductores, en una proximidad corporal incómoda y obscena. Delante, veo gesticular violentamente a más de uno, detrás, por el retrovisor, observa las caras congestionadas de los que tocan el claxon. Los nervios enloquecen a alguno de los congregados a este banquete infecto. Pantallas azules comienzan a brillar en los asientos de los copilotos. En cuanto a mí, por suerte llevo algo grande en el lector de CD’s. Como diría el escultor Mariano Spiteri, que sólo trabaja con Dios, yo sólo conduzco con Dios, que es Bach, así pues, descanso, disfruto de la música y me convenzo de que lo que estoy viviendo es tan sólo una secuencia de una película  de Fellini.
                Tras un largo escándalo, el tráfico se reanuda  entre una feria de luces de ciudad, de faros, de pantallas, de avisos del camión. Mientras reanudo la marcha, veo a las mujeres; descansan, gastan bromas y ríen, miran pícaramente a los automóviles que pasan, maldiciendo entre dientes. Esta noche ellas cenarán caliente, nosotros también.
                Está claro que la locura se ha apoderado de todos nosotros, seres nocturnos que gastamos millones de kilowatios de energía vendida a precio de oro por oligarcas hipertensos. Mientras la ONU vincula sin lugar a dudas el Cambio Climático a la acción del hombre, mientras la NASA hace lo propio, los consumidores perdemos la poca cordura que nos queda: llegaremos unos minutos tarde a nuestro hogar sobrecalentado porque un par de gitanas recoge comida caducada en un contenedor


domingo, 30 de marzo de 2014

DE CARNAVALES Y MEZQUITAS: EL CERCO


Hace meses que se ha avivado una polémica en sí misma muy vieja, que nos transporta incluso a principios del siglo XVI. Se trata del carácter equívoco de la propiedad de la Mezquita de Córdoba, Patrimonio de la Humanidad desde 1984. El caso es que el edificio, pese a su evidente carácter público, no está registrado oficialmente a nombre de nadie, ni del estado ni de la Iglesia  Católica, ni, por supuesto, de un particular. Aprovechando este limbo, el Obispado de Córdoba llevó a cabo en 2006 su inmatriculación, treta por la cual muchos edificios aparentemente propiedad de ayuntamientos y otros organismos públicos pasaron a propiedad exclusiva de la iglesia. Léase a este respecto la iniciativa del profesor cordobés Antonio Manuel.
El asunto no es baladí. En 1236, mediante el ritual de la cruz de ceniza, el Obispado hace la "toma de posesión", no como edificio, sino como espacio dedicado al culto, cambia por tanto de uso, pero no de propiedad física. A pesar de todo, en los siglos venideros, el edificio conservará su doble condición de mezquita y catedral, en parte porque cierta cultura de la concordia, que había predominado en la etapa del Califato, parecía seguir viva en la memoria de las gentes. Hasta 1523, cuando el Cabildo decidió derribar la mezquita y construir un edificio nuevo sobre la misma. El Corregidor, Luis de la Cerda, se opuso tajantemente a semejante despropósito. Por tal acto fue excomulgado y condenado a la muerte social por el Obispo, D. Alonso Manrique. El Corregidor no se rindió, aunque el Cabildo Catedralicio rebajó parcialmente su pretensión optando por el derribo parcial que hoy conocemos, y el asunto requirió finalmente la mediación del Emperador Carlos V, que falló a favor del Obispado. Años después, en una visita a la ciudad, y tras comprobar el daño causado, el Emperador se arrepintió y rectificó su juicio. Ya era tarde. J. B. Alderete apuntaría la famosa frase: habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes. De no haber sido por Luis de la Cerda, excomulgado y apartado, la Mezquita de Córdoba no existiría; una calle junto al edificio recuerda su figura.
Tras siglos de calma aparente, se produce la inmatriculación, que no supone la propiedad, pero pasados diez años supone la usucapión secundum tabulas, que daría la titularidad completa al Obispado en 2016. Paradójica circunstancia, la organización que quiso derribar el edificio será pronto dueña absoluta del mismo.

Hojas de firmas se alzan a favor y en contra de que la Junta de Andalucía haga efectivo lo que de manera tácita ya parecía serlo, es decir, el carácter inequívocamente público del edifico. Esto nos lleva a unas breves reflexiones, al hilo de nuestro artículo anterior. Como siempre, una pregunta. ¿Cómo es posible que el fenómeno religioso, que nace como forma de concordia entre los hombres, se termine convirtiendo, siglo tras siglo, en una causa principal de conflicto? Hagamos un poco de etimología. Según Lactancio, contradiciendo la interpretación de Cicerón como re-legere (releer, volver a leer), el término "religión" deriva del verbo ligare, es decir, con re-ligare hablaríamos de volver a unir o juntar a los hombres junto a Dios. La idea de unir, ligar, se mantendría, de todas formas, incluso en la versión de Cicerón, puesto que legere significa también "coger", y en último término proviene del griego logos-leguein (sustantivo-verbo) El significado último de logos, antes que "razón" o "palabra", es precisamente aquello que une o junta, y según Martin Heidegger, en Logos (Heráclito, fragmento 50) lo que liga o une al hombre con la presencia de las cosas. Cuando en el Evangelio según San Juan  leemos: "Y el verbo se hizo carne...", palpita todavía esa concepción del logos, situando a Jesús como el ligamento entre Dios y los hombres. Sin embargo, parece que a lo largo de los siglos esta concepción básica de la religión se ha convertido en todo lo contrario: una forma de separar, de desunir.
Y ahora en pleno siglo XXI, nada parece haber cambiado. En referencia a la Mezquita-Catedral de Córdoba, que ese tiene que ser su nombre completo, las actuaciones han ido hacia el levantamiento de muros, se ha insistido en que no se puede acceder con vestimentas musulmanas al templo, se reitera hasta la saciedad que es un lugar exclusivo de culto católico, se ha retirado de la entrada la palabra Mezquita para todo tipo de visitantes, turistas o fieles; en este sentido, se ha modificado el cartel colocado por la UNESCO, y otros muchos detalles que no apuntamos.
Por otra parte, siguiendo a Eugenio Trías, el sentido de lo sagrado lleva implícita la idea de la protección y la separación, pero en el sentido de preservar del daño; así, ese sentido se sigue revelando en la palabra "segregado", incluso en la idea de lo secreto, asociado desde siempre a lo sagrado. Para profundizar más, se puede leer esta entrada de nuestro blog:  El valor de cambio y lo sagrado. Lo sagrado es la creación de un cerco que preserva del exterior y ritualiza el espacio, y como ya vimos de forma similar ocurre con el tiempo: es la fiesta, como tiempo acotado y cíclico, la que se erige en sagrada. Vimos de qué forma el tiempo, pero también el espacio, de nuestra actual era tecnológica, son radicalmente contrarios a la concepción que tiene de ambos la religión. Esto acelera la grave crisis de identidad en la que se encuentra la Iglesia Católica como organización religiosa.
La polémica en torno a la Mezquita-Catedral de Córdoba pone en evidencia las angustias de los gestores religiosos, encerrados ellos mismos en su propia inmovilidad. Si en tiempos pasados se permitió, en ocasiones contadas, el culto musulmán dentro del edificio, ahora la puerta se ha cerrado. El Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso del Vaticano delegó en el Obispado la decisión de permitirlo en momentos concretos. El Obispado se negó en redondo.

Convertir lo sagrado (que separa para proteger) en un mecanismo de expulsión, segregación y marginación, de amurallamiento del espacio, sólo contribuye a la desestructuración y al choque de civilizaciones que estamos viendo renacer a nuestro alrededor, con la xenofobia populista de los partidos de extrema derecha, con las crecientes restricciones en materia de emigración, con la exaltación triunfal del egoísmo puro por parte del neoliberalismo. A nuestro alrededor crecen los muros y la intolerancia, y los responsables religiosos, lejos de luchar con el logos contra esta separación entre hombres, contribuyen a extenderla incluso en los lugares que, como la Mezquita-Catedral de Córdoba, han querido ser ejemplo de fusión de culturas.

martes, 18 de marzo de 2014

DE CARNAVALES Y MEZQUITAS: LA FIESTA


La “pérdida de la imagen” como pérdida de sentido es un fenómeno que afecta tanto a personas como a instituciones, algunas tan antiguas como la Iglesia Católica . Tomaremos dos ejemplos; por un lado, el escándalo montado en la localidad de Jumilla en torno a un disfraz de Carnaval, por otro, las discusiones en torno a la titularidad de la Mezquita de Córdoba, para ilustrar esta pérdida de imagen dentro de la concepción cristiana del tiempo y en el espacio.
Hace tan sólo dos semanas, en plenas celebraciones del Carnaval de Jumilla, un joven de la localidad, a la sazón Concejal de Festejos por el PP, tuvo la ocurrencia de disfrazarse de Virgen María en una de sus numerosas advocaciones. El disfraz en sí, de una cuidada y esmerada confección, llevaba incorporado hasta un palio. Una puesta en escena simpática e ingenua, como corresponde a los carnavales modernos, inocuos hasta la extenuación, que fue duramente criticada el párroco de la Iglesia de El Salvador, D. Joaquín Hernández Latorre, pidiendo la dimisión del edil por injurias a la Virgen. Entonces se desató la tormenta, y los medios de cobertura nacional, canales de televisión y periódicos digitales,  rellenaron sus agotados desvanes con esta tragicomedia de barrio. Finalmente, tras peticiones
de perdón y remisas concesiones del mismo, todo quedó en nada. Nos preguntamos el porqué de estas reacciones y concluimos con un incipiente análisis social.
La religión católica, como casi todas en nuestros días, pasa por una difícil crisis provocada por la falta de consonancia entre su concepción del tiempo y el espacio y los paradigmas imperantes derivados de la era de la tecnología. Si la religión se fundamenta en un tiempo cíclico y en un espacio cercado, ambos ritualizados, el tiempo de la era tecnológica es fundamentalmente histórico, y el espacio uniforme. Solamente hablaremos hoy del tiempo en la religión católica y sus formas populares. La manifestación cíclica más conocida por la sociedad occidental cristiana es la fiesta, en tanto es un ritual popular, extendido a todas las clases sociales. La fiesta se articula en función de las estaciones del año, y hasta épocas no tan lejanas, en las labores del campo. El Cristianismo, como de todos es conocido, adaptó su calendario anual a las celebraciones de la, fertilidad, fecundidad, muerte y renovación natural de las estaciones. El nacimiento, muerte y resurrección de Cristo a través de estas estaciones es una clara muestra de dicha adaptación. Entre las fiestas tempranamente acogidas se encuentran las Saturnalia, desenfrenadas ofrendas al dios Saturno, y las Lupercalia, ligadas a rituales de fecundidad femenina y de bienvenida de la Primavera (introito, introducción a la primavera, es el antiguo nombre del Carnaval, voz italiana, de ahí el entroido gallego y el antruejo castellano). El contenido erótico o satírico estuvo presente desde siempre, y parte de él sigue escondido en celebraciones aledañas al carnaval actual, como las Fiestas de las Águedas o san Valentín, mucho más viejas de lo que solemos creer. El Cristianismo no pudo con el fuerte carácter pagano del carnaval, con lo que simplemente decidió sacralizarlo. ¿Cómo? Insertándolo en la rueda imparable de las fiestas anuales, en el ciclo, en la ritualización del tiempo, algo inherente a la propia estructura de la religión, a su modo de conocimiento, que siempre es simbólico. Por eso, el carnaval también es llamado Carnestolendas (de carnes tollendas, que se han de quitar) es decir, la víspera de la Cuaresma, que traía consigo la prohibición de comer carne. Por eso, es una de las dos fiestas importantes que no tiene fecha fija, pues depende de cuando caiga el Miércoles de Ceniza. Por eso, porque no hay Cuaresma sin Carnaval, y viceversa, (recordemos la célebre “Batalla de Don carnal y Doña Cuaresma”, del Arcipreste de Hita), porque hay una profunda imbricación entre ambas, es por lo que tenemos que admitir que el Carnaval es una fiesta sagrada dentro de la religión católica. Si alguien quiere profundizar en la cuestión, es interesante el libro de Miguel Ángel Ladero Quesada, Las fiestas en la cultura medieval,  Areté, Barcelona, 2004.
Pero hay más. Las celebraciones de Carnaval han sido tradicionalmente una especie de suspensión del tiempo normal, y en ellas, todo tipo de desenfreno y licencia estaban permitidos, incluida, y los datos son abundantes, la sátira más mordaz hacia el poder y hacia la jerarquía eclesiástica. Ladero Quesada, citando Las fiestas lúdicas, de J capel, nos aclara: “El Carnaval permitía la crítica de lo incriticable, desde la ridiculización de las formas de gobierno, de la manera de vida de la clase noble, hasta de los ritos de una religión que impone su moral y los patrones de comportamiento en otro tipo de festividades…” (Ladero Quesada, p, 44). No quiero abundar en esta cuestión, pero los ejemplos históricos de sátira a los rituales católicos en Carnaval son inabarcables. En otras ocasiones, los entremeses, fiestas bufas o alegorías teatrales se dejaban hacer en otros momentos del año, o en ocasión de efemérides importantes, en fiestas políticas o en representaciones para los reyes. Así, las famosas “masques” de Henri Purcell, como The Fairy Queen, que han llegado al repertorio musical culto. Por poner un solo ejemplo, recordemos el “Banquete del faisán” representado cerca de la Cuaresma para los Duques de Borgoña en 1454, donde, tras la aparición entre plato y plato de Hércules y Jasón, apareció un actor en el papel de una dueña dolorosa (Dame des pleurs) encarnación de la Santa Madre Iglesia (Ladero Quesada, p. 112). Estas representaciones estaban refrendadas y permitidas, como no podía ser de otra forma, por las autoridades eclesiásticas. Los únicos momentos de represión coinciden con crisis de la propia institución, cundo se siente amenazada, como en los años de la Contrarreforma Trentina de finales del siglo XVI, o cuando los brotes de integrismo como el protagonizado por el monje dominico Savonarola en la Florencia del siglo XV. Más recientemente, recordamos la inaudita prohibición del Carnaval por parte del Régimen Franquista.
¿Siguen existiendo hoy en día esas mascaradas, esas representaciones a caballo entre lo profano y lo sagrado? Julio Caro Baroja, con la nostalgia del antropólogo entregado, es contundente: El carnaval ha muerto. De hecho, hace tempo que murió, hoy (el hoy de caro Baroja, hace medio siglo) “el carnaval no puede ser más que una mezquina diversión de casino pretencioso”. Sin embargo, ni siquiera las payasadas benévolas de nuestros días, parecen estar a salvo de los dictámenes de sectores de la Iglesia Católica que simplemente se ven afectados por la “pérdida de imagen”, por una destrucción de sentido tan grande que apenas parecen ser conscientes, no solo del anacronismo de sus ideas, sino de que éstas ni siquiera están articuladas en una tradición seria dentro del Catolicismo. Estas manifestaciones residuales se ven amplificadas por unos medios de comunicación ávidos de contrastes bizarros, de polémicas morbosas.
Por otra parte, el carnaval no es hoy, en esta pasta uniforme de deseos satisfechos y desabridos, ninguna válvula de escape, erótico, burlesco o del tipo que queramos; es más bien una especie de reedición de fiestas escolares, de divertimentos de recreo, como lo son las llamadas procesiones infantiles, especie de proselitismo blando en el que alumnos de primaria sacan a la calle túnicas de cartulina y miniaturas de tronos de Semana Santa. Nos quedan, con reservas, las celebraciones de las Fallas levantinas. Éstas, posiblemente, y no otras, son las herederas de las “masques” inglesas, de los entremeses ofrecidos en banquetes de nobles para el divertimento distendido. Ya no hay pasión erótica desenfrenada, ni mucho menos sátira descarnada, porque éstas son representaciones propias de sociedades fuertemente represivas, donde en un momento determinado se ofrece una licencia al desenfreno que impida la revolución, dentro de un tiempo cíclico, estacional que ya no es el nuestro.

Y sin embargo, en los últimos dos años, hemos visto con sorpresa una especie de renacimiento del Carnaval en numerosas localidades, en participación pero también en intensidad. Esto implica, a qué dudarlo, una reacción social a un momento de represión y control como hace décadas que no se veía. Las quejas de sectores de la Iglesia Católica, las amenazas de prohibir los disfraces de fuerzas del orden público, son pruebas de la peligrosa deriva en la que entramos, que el cadáver insepulto de nuestro Carnaval, extrañamente irreductible, parece tímidamente denunciar.

lunes, 3 de marzo de 2014

OPERACIÓN PALACE Y EL TEATRO DE LA DEMOCRACIA


Hace una semana comenzaron a difundirse las reacciones al documental de ficción sobre el Golpe del 23F emitido por La Sexta en el programa Salvados, con la dirección de Jordi Évole. La mayoría de los comentarios versaban sobre el tiempo que cada cual había durado creyéndose lo que denominaban como “broma”. El tono distendido parecía dominar la escena. Sin embargo, no pocas opiniones se dirigían al mal gusto que habían tenido los responsables del programa al tratar un tema altamente sensible en el que algunas figuras ya desaparecidas parecían haber sido denigradas e incluso insultadas. Las críticas de los descontentos llegaban desde los sectores más alejados de la izquierda y la derecha. Ninguno de los comentarios, para mi asombro, parecía encajar con la verdadera clave de un producto audiovisual como Operación Palace.
    Aquellos que hablaron de “broma” desperdiciaron sin duda el enorme potencial crítico del producto; aquellos que se indignaron –unos sinceramente, otros para mantener una lucrativa pose- demostraron tener una concepción del juego democrático muy alejada de la realidad política actual, por trasnochados o simplemente por el poco amor a la democracia que en realidad parecen tener.
    Se comparó hasta la saciedad Operación Palace con Operación Luna (un documental de ficción que intentaba convencer al espectador de que la llegada del hombre a la luna fue un gran montaje). En realidad ambos productos no tiene otra cosa en común que el punto de partida.
   Operación Palace es un fino ejercicio de coherencia, puesto que aborda un suceso esencialmente mediático desde un punto de vista del lenguaje de la Sociedad del Espectáculo. El 23F ha pasado a la historia no sólo por ser un golpe a la joven democracia creada con aquel recurso tan original llamado La Transición, sino fundamentalmente porque fue el primer Golpe de Estado español (y hubieron muchos antes que este) radiado y televisado, con imágenes originales recogidas en el escenario de los hechos. Si no fuera por el carácter mediático de aquel 23F que todos tenemos grabado en imágenes, posiblemente no se hubieran escrito tantos ríos de tinta sobre el mismo. La figura de un espadón entrando en el Congreso de los Diputados fue habitual durante el siglo XIX, por lo que el golpe perpetrado por Tejero era en sí mismo un hecho trasnochado, con aire de antigualla. Lo novedoso fueron las cámaras, los medios. Precisamente esos que Évole ha utilizado para su programa.
    Fijémonos en el incuestionable aspecto de gran teatro que tiene el Congreso de los Diputados, con esas prietas gradas donde es tan fácil esconderse y dormitar, con ese estrado central de orador clásico desde el que los políticos de la República lanzaban sus encendidas réplicas y que hoy sirve para hacer más evidente la pobreza lingüística de estos simulacros de políticos que padecemos. Ese teatro es el catafalco donde nuestra joven y decrépita Democracia se astilla entre las maderas nobles de los escaños.
    Évole ha sido muy fino al recordar que “seguramente otras veces les han mentido y nadie se lo ha dicho”. Básicamente por dos razones, ambas muy coherentes. La primera, porque en los últimos tiempos la frecuencia y el descaro en la mentira se ha desarrollado como una planta venenosa en las inmediaciones de la noble tribuna de oradores, de forma que cualquier ficción urdida en torno a los sucesos acaecidos en 23 de febrero de 1981 en este teatro de la Democracia palidece ante la desfachatez de los declaraciones de nuestros días. En segundo lugar, porque el documental de ficción pergeñado por el periodista de La Sexta –nótese que no hablo en ningún momento de falso documental- comienza con un experimento de laboratorio que demuestra fehacientemente lo crédulos que somos, lo indefensos que estamos ante medios de comunicación rapaces que manipulan y tergiversan sin disimulo una realidad herida de muerte. Nuestra formación audiovisual es tan depauperada, fruto de una culpable e intencionada omisión en el currículo educativo de contenidos relativos a comunicación audiovisual, que cualquier producto de baja calidad que represente una tergiversación manifiesta es aceptado sin rechistar. Razón de más para preocuparnos, porque el juego democrático se desarrolla en la cancha encarnizada de los media, y no en la dignidad de las palabras medidas y del entendimiento. Los ciudadanos aprenden: Operación Palace, a pesar de emitirse por una sola cadena y durar poco más de una hora, tuvo más audiencia que un evento transmitido por todos los medios y que duró varios días: el debate del Estado de la Nación.
    Operación Palace es un producto de gran calidad dentro de su formato, que es la crítica de la actualidad política y social, no podemos decir lo mismo del producto de baja estofa que se nos vende como a ciudadanos rehenes desde los escaños del maltratado Congresos de los Diputados.
    El programa de Évole recuerda las investigaciones de Jean Baudrillard sobre los simulacros, que cristalizaron en la arena práctica en el libro La Guerra del Golfo no ha tenido lugar, donde se demostraba el carácter de gran Viedo-Game que tuvo la Primera Guerra del Golfo, como la definiera Eduardo Subirachs, donde los soldados iraquíes desaparecían enterrados en la arena, donde Estados Unidos tuvo más bajas por accidente de circulación que por combate, donde, en fin, se ensayó la primera retransmisión en directo a escala mundial del espectáculo mediático definitivo. Aquel 1992, tras la caída de la URSS, marcó el llamado Nuevo Orden Mundial, la Era de la Globalización que hoy está muriendo en las calles de Kiev y las costas de Crimea, para volver a la política de bloques.

    Pero dejémoslo, porque ese es otro teatro, no más honesto, pero quizá más real que el enorme espectáculo de tramoya que es nuestra pobre Democracia, no más ficticia, pero quizá tan poco creíble como los hechos contados en Operación Palace.

sábado, 8 de febrero de 2014

VENDRÁN MÁS CRISIS Y NOS HARÁN MÁS TONTOS


Pensar no está de moda, no tiene un look propio, un estilo. Hemos dejado de pensar porque no queda bonito, y además hay que trabajar. No hay esperanza aparente para el pensamiento porque, como demostró Heidegger, pensar es ante todo preguntar, es un camino, y el objetivo final importa poco.
                En un tiempo donde sólo quedan objetivos a corto plazo, y todos ellos se inscriben en el rango del beneficio económico, la tarea del pensamiento se nos figura demasiado ardua. ¿No será que, después de todo, la frase de Warhol se puede aplicar a los europeos y en particular a los españoles? Decía el viejo Andy que “comprar es mucho más americano que pensar, y yo soy el colmo de lo americano”, y algo de eso nos tiene que haber sucedido a nosotros. El problema es que, si sólo nos limitamos a comprar, ¿quién nos vende?
                Las crisis suelen llevar consigo la idiotización de las masas, y no es una exageración decir que son una fábrica de tontos: léase el precariado. Conscientemente he parafraseado al gran Rafael Sánchez Ferlosio y el título de su libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Pero esta vez es peor.
Atrapados en la neolengua del mercado, hemos dejado que todos los pilares intelectuales sólidos de nuestra civilización empiecen a hacer aguas. La techumbre se desploma y la casa revienta como los tomates podridos. Es la misma sensación que experimentamos al ver los escombros derruidos de una casa antigua en la que habíamos entrado con anterioridad. Todos aquellos objetos cargados de tiempo, quizá anacrónicos, sí, pero en los que se encarnaba la dulzura de nuestros recuerdos, la magia de una eternidad dormida, han perdido de pronto su encanto convertidos en derrubios. Son los mismos objetos, pero han perdido por completo el sentido, ya no son nada, ya nada evocan. Nuestras instituciones podían estar adormiladas, sufrían un lento deterioro, pero se nos figuraba que había algo de verdad en ellas. Ahora que los buldócer de los fondos buitre, de los mercados caníbales envalentonados por la desregularización, de la lógica del egoísmo elevada al poder, han arrasado con esta casa sosegada, un tanto vieja, que eran las democracias keynesianas, ahora que de nada sirve mirar hacia atrás, porque sólo queda el solar inculto, nos encontramos a la intemperie, desorientados, y cayendo por fin en la cuenta de que hemos perdido el hábito de pensar.
                El ciudadano se convierte en comprador, el hombre en subproducto. El paso siguiente es la esclavitud. Ejemplos sobran de esta transformación. Sólo citaremos unos pocos: las multitudes vociferantes que claman por sus fondos eliminados en las preferentes, recientes marginados; los subsaharianos asesinados en las costas de Ceuta, calificados con cinismo como “inmigrantes ilegales”, perdiendo así su condición de seres humanos. El esclavo tiene prohibido pensar, porque pensar es lo que nos hace humanos. Cuando el esclavo piensa se vuelve sospechoso, y a la postre es necesario eliminarlo.
                El ministro de interior español reconoció recientemente que durante el año 2013 en España se convocaron sobre 44.000 manifestaciones, de las cuales sólo un 0’7 % requirió intervención policial. El dato es llamativo, pero llama a engaño. Todos y cada uno de esos eventos son hechos aislados, esparcidos por la geografía del descontento, de la indignación, fogonazos de asombro al comprobar que hemos sido engañados. Todo eso es razonable, y existe acción, compromiso, debate, es posible que incluso salud democrática de los ciudadanos-consumidores. Pero no hay pensamiento estructurado, no hay un movimiento unificador que fuerce a los hombres a utilizar la razón en casa, en el trabajo o en la calle, que dote de sentido los objetos de nuestra memoria de ciudadanos del mundo. Sólo mediante el pensamiento estos actos aislados cobrarán sentido.
                Hay ejemplos numerosos del renacimiento del movimiento ciudadano, del asociacionismo vecinal. La pregunta que se impone es si llegaremos a tiempo de que todos estos conatos de reacción puedan fundar algo nuevo y renovador. Particularmente, no soy optimista. Los nuevos planes reflejados en leyes como la LOMCE o el anteproyecto de la nueva Ley del Aborto plantean una especie de contrarreforma radical donde el objetivo básico es la cosificación del ser humano; de ahí la eliminación de la filosofía o las artes
en el currículo, la idea de la enseñanza como mecanismo de producción de obreros, no de hombres, de ahí la conversión de la mujer en objeto reproductivo. Si estas armas radicales consiguen sofocar los retazos de pensamiento ciudadano que parecen nacer sólo nos queda el estallido social, que algunos analistas ya auguran. Pero el estallido social equivale al fracaso y a la derrota definitiva del pensamiento. El estallido social es la excusa para la imposición de la dictadura radical sin disimulos, un recurso del poder que ya se vio como ensayo en el abominable toque de queda que el alcalde de Burgos quiso imponer en Gamonal.

                Se nos acaba el tiempo, y me gustaría creer que hoy todavía pensar es más europeo que comprar. 

sábado, 1 de febrero de 2014

¿ES EL CAPITALISMO UN SUEÑO BÁRBARO? (II)


Nos preguntábamos en la entrada anterior si la verdadera Tradición europea es la que nos quieren imponer los partidos de extrema derecha con sus gestos xenófobos y su reducida y excluyente idea de Patria.
Muy al contrario, los rasgos que forjaron durante dos siglos la identidad de Europa, y por los que este continente adquirió su singularidad, son las ideas nacidas en el pensamiento de la Ilustración, de las sucesivas revoluciones burguesas y más tarde obreras, de la construcción histórica de estados de derecho, donde la separación de poderes y el Pacto Social garantizaron la creciente tendencia a la igualdad entre las clases sociales, o la asunción del llamado Estado de Bienestar, donde las sucesivas regulaciones estatales tendieran a impedir el abuso de los más fuertes sobre los débiles y el dominio de la codicia del Capital sobre el Estado Social.
Esos genotipos, y no otros, aunque desarrollados de manera desigual, son los que caracterizan la tradición de la vieja Europa. Así pues, el propio concepto de Estado garante de las libertades y de la igualdad entre ciudadanos es la verdadera tradición europea que hoy está en serio peligro, porque es precisamente esa la tradición que los partidos de derecha y de extrema derecha han decidido desmontar, mientras que los socialdemócratas miran hacia otro lado.
Llegados a este término, conviene recordar la frase de Bernard-Henri Lévy, que insinúa que las revoluciones provienen de sueños bárbaros. Esa frase, elevada a cotas demenciales, es la que está detrás de la consideración por parte de la derecha de que movimientos sociales pacíficos son ejemplos de comportamientos radicales. A estas alturas parece oportuna una reformulación de la frase, que diría algo así:
“…y si el neoliberalismo capitalista fuera, en el fondo, un sueño bárbaro…”
En efecto, todas aquellas libertades, derechos, garantías, que han permitido, aunque sólo sea de forma precaria, disfrutar al hombre común de un poco de libertad y dignidad, de igualdad entre sus semejantes, todas esas conquistas que han costado durante décadas  a tantas personas humildes sangrientos sacrificios, son precisamente las que el capitalismo financiero actual quiere descomponer. Ese edificio que, aunque precario, tanto esfuerzo costó levantar a nuestros antepasados, está siendo demolido de una forma acelerada e implacable por las élites surgidas de los círculos neo-conservadores  de los años ochenta, a los que la caída del Muro de Berlín brindó la excusa perfecta para hacerse con todas las ramas del poder. En España, el gobierno actual, amplificando las acciones de la anterior legislatura, ha adoptado de forma radical ese catecismo sostenido por la llamada Troika, que sólo busca la defensa de los escandalosos privilegios del poder financiero. El resultado, como ya ha denunciado Intermon Oxfam, nos acerca sin duda a la barbarie, porque barbarie y sinsentido es que las 20 personas más ricas del país sean poseedores de la misma riqueza que el 20 % de la población; barbarie es que la ratio de desigualdad s80/20 se sitúe en el 7’2, dos y hasta tres puntos por encima de nuestros países vecinos; esa barbarie en la que se sume un país donde la separación de poderes y el Pacto Social, prácticamente han desaparecido; barbarie, en fin, es desmontar metódica y cínicamente los servicios sociales públicos, la educación y la sanidad en trozos y dárselos como carnaza a la especulación privada.
El modelo es copiado con aplicación en todas las capas de las instituciones, incluidas las administraciones locales gobernadas por el PP, que sostienen, desoyendo todas las evidencias en contra, que los servicios externalizados son más restables o eficaces.
La paulatina erosión a la que se han sometido durante años las instituciones ha provocado su vaciamiento, su pérdida de sentido, y la consecuente sospecha por parte del ciudadano. Ante esta decadencia, el espacio es ocupado por los bárbaros, esto es, los corruptos y los especuladores, porque no olvidemos que el bárbaro no puede ocupar un lugar pleno de sentido. El bárbaro, por definición, ocupa el sitio que la decadencia institucional le ha dejado libre.
Lo más inaudito que ha acontecido a lo largo de este último año es que cuando los movimientos sociales han intentando salvar algunas de las maltratadas garantías que estas instituciones avejentadas abandonaron (derechos sociales mancillados, protección contra los abusos financieros, etc.) han sido tratados de radicales, de tendencias de extrema izquierda. En general, lo que son en realidad es conservadores: no piden nada nuevo, sólo quieren para sí las garantías que les fueron, muy a regañadientes, concedidas. Los movimientos contra los desahucios, por ejemplo, no son progresistas en realidad, y mucho menos radicales: tan sólo reivindican el derecho a la propiedad privada. Por eso no es probable que estos movimientos triunfen de forma aislada, a no ser que se articulen dentro de un lenguaje verdaderamente social, que recupere, por ejemplo, los movimientos vecinales de hace unas pocas décadas. La llamada “neo-lengua capitalista” ha hecho que confundamos movimientos meramente conservadores o simples manifestaciones de asociacionismo con progresistas de izquierdas; esto da idea de a qué grado de deterioro ha conducido a nuestra frágil democracia liberal  la barbarie financiera capitalista.

Ante este estado de cosas, hoy que avanzamos ya vacilantes en el 2014, no queda más que acudir a discursos estructurados, programas racionales dentro de verdaderas corrientes humanistas de izquierda -en la línea de formaciones como IU- articuladas con los distintos  movimientos sociales, propuestas donde no nos quedemos tan sólo en intentar recuperar el frágil andamiaje de una democracia vacilante, sino que apostemos de forma clara por la renovación completa de las instituciones, por una regeneración seria y profunda del Pacto Social, por una regulación firme que impida al capitalismo financiero extender esa barbarie de la codicia que es, aunque intente vestirse con el traje de Armani de los pensadores mediocres y los periodistas sobornados, la simple apelación al egoísmo humano más descarnado.

lunes, 27 de enero de 2014

¿ES EL CAPITALISMO UN SUEÑO BÁRBARO? (I)


Para aclarar la larga serie de despropósitos y atentados contra las libertades que se han producido en este país a lo largo del pasado año 2013, es preciso hacer un poco de historia de las ideas. Empecemos por el principio.
A mediados de los años setenta del pasado siglo, un grupo de pensadores de corte conservador comenzó a ocupar las páginas de las revistas francesas con la etiqueta de “jóvenes filósofos”. El más popular de todos ellos, Bernard-Henri Lévy, se alzó en azote de pensadores de la generación anterior que habían demostrado su afinidad con regímenes comunistas o filo-marxistas. Parte de sus dardos cayó sobre J.P. Sartre, Raymond Aron, Gilles Deleuze o Michel Foucault, entre tantos otros. Por muy tibios que parecieran en sus posturas, pocos pensadores de izquierdas parecían salvarse de sus críticas. Hacia 1991, ya definitivamente consagrado, BHL (que así se hacía llmar Lévy en sus tiempos de gloria) publicaría Las aventuras de la libertad  (Edición española en Anagrama, Barcelona, 1992). Entre la serie de entrevistas que contiene este glosario de la intelectualidad francesa del siglo XX, recuerdo la concedida por Michel Foucault, el gran historiador del poder y la sexualidad en occidente. Una frase inquietante encabeza las páginas dedicadas al filósofo francés: …Y si el sueño revolucionario fuera, en el fondo, un sueño bárbaro…”, parece ser ésta, en realidad, la frase que da sentido a todo el libro.
BHL, junto a Alain Finkielkraut o André Glucksmann se posicionarán poco a poco en lugares cada vez más a la derecha, desde su inicial apoyo al liberalismo. Protegidos por Nicolás Sarkozy, que los colma de honores, constituyen sin duda el aparato teórico más visible que acompaña al triunfo, en los últimos veinte años, del neo-conservadurismo nacido en la era Reagan-Thatcher.
En un campo todavía más radical, pero con menor influencia en Europa, nos encontramos a Ayn Rand, la creadora de aquel intento de justificar por cualquier medio el puro egoísmo llamado “objetivismo”, que fue la biblia de los asesores de Ronald Reagan y el origen del “No existe la sociedad” del thatcherismo.
Con el tiempo, Lévy, cuyo éxito se basó en gran medida en eficaces campañas de publicidad, fue siendo desmontado como figura sobrevalorada, falso filósofo mediático, de poca calidad teórica, falto de seriedad. Las críticas arreciaron cuando se descubrió, por ejemplo, que citaba a autores falsos. De forma similar, Finkielkraut y Glucksmann, que comenzaran su carrera en la izquierda, se dedican después al panfleto para intentar pertrechar las insostenibles ideas de Sarkozy y otros popes de la derecha, contribuyendo de lleno a la llamada derechización del mundo ( ver La derechización del mundo, José Vidal-Beneyto, El País, 24 de marzo de 2007). Tras aquellos fuegos de artificio, hoy, en cambio, se toman en serio otros compañeros generacionales de aquellos “jóvenes filósofos”, cuya tendencia de izquierdas los apartó del éxito y la fama. Badiou, Vattimo o Zizeck no son millonarios, es cierto, pero, como dice José Luis Pardo, http://elpais.com/diario/2011/11/18/opinion/1321570813_850215.html; su peso teórico y su profundidad son muy superiores a sus contemporáneos de la derecha.
Sin embargo hoy, entrado ya 2014, aquella frase de Bernard-Henri Lévy me sigue rondando en la cabeza, por que sí es cierto que la proximidad de un sueño bárbaro ronda por la vieja Europa, un sueño bárbaro que amenaza con destruir todo lo que con paciencia se fuera obteniendo a lo largo de dos siglos. Los elementos de extrema derecha se han ido posicionando entre los votantes europeos sin ocultar ya sus vergonzosos idearios. Le Pen en Francia, Fini en Italia o amplios sectores del PP español se han decidido de una vez a enseñar sus ominosos programas ocultos sin temor a un descalabro electoral. El origen de esta nueva actitud de la derecha hay que buscarlo en el desastre de las propuestas de la socialdemocracia, estrangulada por una contradicción que Hobsbawm analizó hace años (ver Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, Crítica, Barcelona, 2007), es decir, los términos liberalismo y democracia son antitéticos, por tanto,  las democracias liberales, supuesta tabla de salvación de socialdemócratas descafeinados son, muy al contrario, su pira funeraria. En el binomio de contrarios siempre ganará la partida el capital, y esa es la posición que conviene a las opciones de derechas. Sin embargo, y paulatinamente, la demolición de los principios democráticos nos va acercando sin pausa a la pura barbarie.
El gran pastel de estos años oscuros, donde la pérdida de sentido ha agotado por fin los difusos planteamientos del centro político, basados en eufemismos tibios, pertenece ya a la extrema derecha, que ha hecho carne en la nueva clase social ascendente, el precariado, alimentada por la desesperación y el odio focalizado y conducido por los mass-media neo-conservadores. Los yacimientos de votos para partidos populistas de extrema derecha (en España, la nueva incorporación de VOX, con los guiños descarados del PP, y las miradas de reojo de UPyD y Ciutadans), exigen conceptos ambiguos donde cabe casi cualquier cosa, y donde las verdades del programa electoral, a veces inaceptables, sólo se pueden decir con la boca pequeña.
Conceptos muy generales como Patria, Familia o Tradición sirven a los captores de insatisfechos para llenar sus insípidas urnas en un juego demasiado peligroso. Porque cuando hablamos de Patria o Familia, hemos de hablar más bien de patrias y familias, puesto que las formas de entender esos conceptos son múltiples. Pero esa pluralidad, por supuesto, no es el objetivo de estos partidos, que intentan imponer al resto de los ciudadanos una visión muy particular (y desde luego muy restrictiva) de unos conceptos tan amplios que son fácilmente convertibles en símbolos. Muy revelador es el caso del término Tradición, o los fundamentos tradicionales de una sociedad determinada. ¿Cuáles son los fundamentos que han hecho de Europa un modelo a seguir?

En una muy próxima entrada responderemos a esta y otras preguntas