domingo, 4 de junio de 2017

EL IMPERIO DE LOS IMBÉCILES



    Fotografía: Lucía Chovancova

Este texto no pretende ser verdadero en el sentido estricto del término. Muchas de las cosas que se dicen en él, especialmente en el punto cuatro del apartado primero, han sido expuestas con demasiada ligereza, con demasiado poco fundamento. Además, la escritura del texto me plantea algunas preguntas que serían más interesantes de tratar que todo lo dicho aquí. Así, sería interesante ocuparse de cuál puede ser el peligro de la presencia de la imbecilidad en las redes sociales, por ejemplo. Sin embargo, dejo estos defectos a la vista para que el texto pueda servir como incitación a la reflexión y al debate (de hecho, no creo que pueda servir para nada más). Detrás de las ideas que se expresan aquí están Popper, Mosterín, Unamuno, Spinoza y hasta Fernando Savater, mal que me pese. Sin embargo, he evitado hacer referencias concretas a ninguna fuente para no complicar la lectura. Por lo mismo, he intentado hacer uso de un lenguaje sencillo, lo que ha llevado a que a veces el estilo pueda ser excesivamente plano y hasta repetitivo en su vocabulario. Sé que poquísima gente lo leerá, pero, por poca que sea, sigue mereciendo estas aclaraciones, más todavía cuando sé que lo harán sobre todo quienes se sienten obligad@s por su amistad conmigo. Por tanto, colegas, ya me contaréis.

LA IMBECILIDAD

1) La idea según la cual Internet y las redes sociales nos vuelven más tont@s es, mientras no se demuestre lo contrario, un prejuicio sin fundamento. De hecho, es posible que sea necesariamente falsa (es decir, falsa por imperativo lógico). Internet no genera discursos y, por tanto, no produce estupidez ni lo contrario. Internet y las redes sociales no son sino plataformas de expresión de los seres humanos, estos sí, productores de toda clase de brillanteces y necedades.

1.1.) Tanto en la red en general como en las redes sociales existen páginas de divulgación científica, espacios para compartir fuentes de conocimiento de todo tipo (incluyendo libros, películas, artículos, etc.), herramientas para el aprendizaje de idiomas, así como recursos pragmáticos de carácter no cognitivo ni cultural, como son las páginas de búsqueda de empleo, etc. Por otro lado, por supuesto, la red está llena de estupidez, ignorancia y arrogancia bárbara. Lejos de que podamos achacarles sin más la responsabilidad de estas fallas, las redes sociales y la mayoría de los blogs y espacios webs permiten responder los atrevimientos de la estupidez. Incluso la gente inteligente cae de vez en cuando en ella, pero el formato que habilita espacios de respuesta abre la posibilidad a repensarse y avanzar. Una persona normal, y todavía más una inteligente, asumirá la necesidad de revisar su pensamiento o expresiones cuando se le haga patente un posible fallo.

1.1.1) Existe hoy día lo que podríamos llamar prejuicio del formato: a menudo se considera que una idea es necesariamente mejor si aparece en un libro; también hay quien piensa que necesariamente es menos (o nada) fiable si se la encuentra en internet. Este modo de pensar es erróneo. Por ejemplo: a pesar de que la enciclopedia Wikipedia sea siempre tan denostada por algunos sectores de la intelectualidad, muchos de sus artículos cuentan con un página paralela a la entrada de la que estemos haciendo uso en la que se justifican las ideas publicadas y se las discute, criticando a veces su falsedad, inexactitud, etc. En estos debates se hace referencia a fuentes en las que poder comprobar aquello de que se nos intenta convencer; se nos ayuda a informarnos mejor y por nosotros mismos. Sin embargo, un libro no siempre permite tal cosa. Por ejemplo, en la Suma teológica mínima que Kreeft créo con fragmentos de Tomás de Aquino, aquel hace un esfuerzo continuo por dar la razón a Tomás. Tomás dice que “lo espiritual contiene aquello en lo que está el alma, como el alma contiene al cuerpo”. Según Kreeft, pensar que el alma se halla en el cuerpo es como pensar que un programador informático se halla en su hardware. Es evidente que Kreeft rompe aquí con la lógica más elemental: pensar que el cuerpo contienen al alma sería, si aplicamos su símil, como creer que el software está en el hardware, que es lo de hecho pasa. De haber dicho tal cosa en Wikipedia, habría recibido respuesta casi con total seguridad; en el libro, los editores deciden qué se publica y qué no, pudiendo seleccionar las ideas que deseen infundir en el lector y a sabiendas de su falsedad, por ejemplo, porque la edición esté económicamente sustentada por una institución que intenta expandir su ideología.

2) Hay muchas formas de faltar a la inteligencia. Los latinos lo sabían, y por ello crearon diferentes términos que las diferenciaban y hacían patentes. Hoy el uso general del lenguaje iguala, erróneamente, la tontería, la imbecilidad, la gilipollez... Aquí mantendremos la visión diferencial de los latinos.

2.1) En las redes sociales, en concreto, quizás sea la imbecilidad la que impere. La imbecilidad es una concreción diferenciada de la necedad, con sus propias características. Para conocer lo que es la imbecilidad, su especificidad, uno de los recursos más fecundos a nuestra disposición es la genealogía lingüística, la etimología; el latín en este caso. Imbecilitas es debilidad.
El concepto ha sido modelado con el tiempo. Si bien en su origen designaba una debilidad general, propongo aceptar (aunque reconozco no aportar fundamento suficiente para ello) que, en el imaginario actual, la debilidad es vagancia mental; el imbécil no tiene ningún problema, simplemente es vago, no está dispuesto a hacer el esfuerzo de pensar. Por tanto, y mientras aceptemos estos presupuestos, el imbécil es responsable de su imbecilidad (mientras que el necio -también del latín- o el idiota -del griego- no lo son necesariamente).

3) El imbécil no se informa, no cuestiona, no razona. Según algunas propuestas de la filosofía de la ciencia, el rasgo distintivo del científico es la actitud: lo que hace de un proceso de producción cognitiva un hecho científico no es qué se defiende, sino el que se asuma que para ser racional hay que admitir, creer y apoyar aquello que podamos justificar racionalmente (y empíricamente, en muchos casos), y que, consecuentemente, tendríamos que estar dispuest@s a renunciar a aquello que la razón (en su contacto con la realidad) demuestre no ser cierto. La imbecilidad, por tanto, es más una actitud que una condición natural que predetermine el potencial intelectual del sujeto; una actitud que está en las antípodas de la actitud científica.

Añadido: ante lo expresado en este último párrafo puede argumentarse que defender que toda demostración tenga que hacerse desde la razón es un presupuesto injustificado. Téngase en cuenta, por un lado, que estamos hablando de defender o probar ideas y opiniones, productos racionales. Además, hasta hoy no conozco otro instrumento para demostrarlas que no sea por medio del desarrollo argumental de la razón (incluso la intuición empírica puede presentar problemas al respecto), pero estoy abierto a aceptar que pueda haberlas, si se prueba adecuadamente.

3.1) Siendo así, la imbecilidad es un modo de ejercer el pensamiento y, en principio, no tiene ninguna relación, ni para bien ni para mal, con el contenido de lo que se piensa. No son las ideas concretas que alguien tenga lo que nos hace imbéciles. Se puede ser imbécil de izquierdas o derechas, ateo, agnóstico o creyente, y hasta feminista o ecologista.

4)  La actitud crítica propia de la ciencia a la que acabamos de hacer referencia exige, a su vez, una humildad que suele ser síntoma de un estado personal de madurez. La renuncia a la invulnerabilidad de la propia imagen o la aceptación de las propias limitaciones son experiencias que el/la imbécil desconoce. La necesidad de la propia reafirmación anula la posibilidad de buscar la verdad con honestidad.

4.1) El imbécil no quiere saber, quiere tener razón. La dinámica identitaria por la cual se pretende defender ante todo la integridad ideológica, el equilibrio psicológico y metafísico propio suelen tener a la base el egoísmo como valor: las ideas que se defienden se consideran valiosas ante todo por ser de un@ mism@. Este modo de proceder, a menudo inconsciente, comporta un alto grado de infantilismo (muy relacionado, me atrevería a decir, con el egoísmo ya citado): uno de los síntomas propios de la madurez es el llegar a ser capaz de distinguir entre el propio deseo y la realidad y aceptar las consecuencias de esa separación. Por el contrario, el niño no quiere que se haga lo que es racional hacer o lo que la realidad impone, sino lo que satisfaga su deseo o beneficie su imagen o reconocimiento.

4.2) Imbecilidad y autocrítica son términos perfectamente antagónicos. Aunque la imbecilidad, el infantilismo y el egoísmo son fenómenos diferentes, el imbécil suele buscar que le repitan lo que ya piensa, como al niño le gusta que le digan que hace muy bien cualquier cosa que haga. Es común en política, por ejemplo, que una persona solo se interese por escuchar a quienes vayan a repetir lo que la persona ya cree. De hecho, el imbécil se tiene a sí mismo como criterio de verdad: correcto es lo que coincida con sus ideas o le agrade.

4.3) Es común encontrar en la exposición y defensa de un discurso una incapacidad de hacer distinción del valor de la propia persona y de sus ideas y expresiones concretas. Incluso entre la gente racional es común confundir la crítica a las ideas o expresiones de una persona con un ataque personal. Pero calificar una idea como tontería, por ejemplo, no es llamar tonta a la persona que la mantiene. Como dijo el filósofo aquel, las ideas son criticables; respetables son las personas.

5) El establecimiento del criterio del egoísmo (casi de la egolatría) como principio desde el cual se analiza el mundo pone en suspenso la razón. La imbecilidad no necesita la razón. Ni darla ni recibirla. Es impermeable a los argumentos, a los razonamientos y, por tanto, es inútil fundamentar una revisión o refutación de sus ideas con información o argumentación; demostrar, tener o no tener razón. Sin embargo, existen criterios que permiten determinar el valor de verdad de una idea, teoría, etc. La verdad se da en el espacio de la objetividad. La imbecilidad se encierra en la subjetividad.

5.1) Yo puedo pensar lo que quiera, dice el/la imbécil. Cierto, cualquiera puede pensar lo que quiera. Esta creencia está en la base del derecho a la libertad de pensamiento, pero no aporta ni la más mínima base de certeza a idea alguna: lo que sea verdad no depende de lo que tú pienses. Ni tú, ni nadie.

Escolio: el imbécil se cree libre allí donde rigen leyes (naturales, sociales o de otro tipo -como las leyes matemáticas, por ejemplo) que son absolutamente necesarias y están fuera del poder humano. Por eso para el imbécil cualquier expresión o idea queda fundamentada con sólo añadir es mi opinión, así se esté negando la ley de la gravedad.

6) El imbécil no atiende a dobles sentidos ni a contextos. De lo contrario, no sería imbécil. Es más, le es conveniente la interpretación parcial e interesada, así como la descontextualización, ya que se permite tergiversar cualquier manifestación cultural y convertirla en un instrumento para, supuestamente, justificar y defender su idea (realmente, solo para reforzarlas, para enrocarlas).

LAS REDES.

1) Internet no crea estupidez, pero algunos de sus formatos establecen condiciones que podrían favorecerla o potenciarla. Me centraré en el caso de Facebook, que es el que mejor conozco.

2) Facebook utiliza una serie de algoritmos (cada vez en mayor número y más complejos - el antiguo Edge Rank ha sido complementado con nuevos criterios) para determinar la visibilidad de la publicaciones de los usuarios. Estos algoritmos desarrollan un modo de operar que encierra cada vez más al usuario en sus propios gustos. La personalización del funcionamiento de la red hace que a cada usuario se le hagan más visibles aquellos formatos con los que más interactúa, es decir: alguien que a menudo marque “me gusta” en fotos pero nunca interactúe con enlaces desde su espacio de Facebook verá cada vez más fotos y menos enlaces. Pero, en este caso, el formato sí condiciona de forma sustancial el contenido: hay ideas o problemas que no caben en un meme. Quien se informa a través de micro-mensajes engastados en imágenes no puede tener fundamento para aceptar lo que acepta (aunque sí para rechazar lo que rechaza, el algunos casos y siempre que usen bien la lógica), independientemente de que la idea sea acertada o no. Encontramos así en difusión un tipo de imbecilidad abstracta que consiste, fundamentalmente, en la identificación con ideas anónimas no razonadas.

Corolario: se me aparece como un tema interesantísimo la medida y los modos de impacto del formato sobre el receptor. Es decir, ¿convence más una frase por estar presentada con un buen diseño? ¿No convencen a muchas personas publicaciones que no habrían aceptado como parte de una conversación en un bar? ¿Qué tiene que ver con eso el hecho de que esa información aparezca por escrito y -en ocasiones- respetando las reglas de la gramática y el orden discursivo? Dado que el tema es demasiado complejo, no entraré en él.

Corolario segundo: este modo de operar recuerda al de la publicidad: primero se estudia cuáles son los gustos de los clientes, con lo que se crea un mensaje que se sabe, con más o menos margen de error, que funcionará. A su vez, tal mensaje crea (o re-crea) esos gustos, en ocasiones haciéndolos moverse en alguna medida, con lo que el círculo casi se cierra (casi, porque los pequeños cambios obligan a la publicidad a renovarse, debido a y como consecuencia de los cambios de preferencias de los consumidores). Si no hay propiamente un círculo, al menos podemos pensar en un avance en espiral.

2.1) Por tanto, quien no suele leer periódicos, blogs o revistas de información tendrá menos posibilidad todavía de hacerlo. Consecuentemente, sus propias ideas en torno a temas que conozca a través de las publicaciones de Facebook quedarán al menos tan poco fundamentadas como lo estaban antes. Es posible que surja incluso otro efecto: cuando el sujeto encuentra ideas que ya tenía asumidas, puede generarse una sensación de convicción y afinidad que haga que ya no solo la publicación concreta, sino el tipo de publicación ganen su confianza. Eso podría facilitar que ideas que el sujeto no se había planteado sean aceptadas al ser transmitidas por medio de ese formato. El perjuicio que Facebook añade no está en la creación de imbecilidad, sino en su enorme capacidad de difusión.

2.2 ) Sin haberlo pretendido, Facebook funciona en este caso como un cortafuegos entre el usuario y la información. Repitamos que se trata de cierto tipo de usuario, es decir, que Facebook no ha generado ese carácter supino de la ignorancia, pero sí le permite que se refuerce. Yendo a un ejemplo sencillo, existen páginas de Facebook con frases preparadas expresando todo tipo de ideas. La mayoría de los textos que presenta suele ser tan simple que solo podrá considerarse digna de valor por quien ve allí lo que ya cree o tiene un modo de pensar o de sentir muy similar. Estas frases son al pensamiento lo que la comida precocinada a la alimentación. Es cierto que los refranes no necesariamente eran más verdaderos. De hecho, suele ser sencillo encontrar, para cada refrán, otro que lo contradice. Sin embargo, los refranes suelen expresar ideas tan generales que obligan a un mínimo de interpretación en relación a un contexto para poder ser aplicados. En ese proceso de interpretación pueden también encontrarse falsos o inexactos. Por otro lado, muchos de ellos son joyas del uso popular del lenguaje. Estas frases, sin embargo, suelen transmitir ideas específicas que no dan lugar a nada más que pensar. Además, su valor creativo es a menudo (casi) nulo. 

2.2.1.1) Veamos el siguiente ejemplo. A un sabio le preguntaron por qué se pierden los amigos. Él respondió: “si se pierden no era amigos, porque los amigos son para siempre”. Este caso no es especialmente [cutre] por su formato si se lo compara con otros. Sin embargo, tiene el defecto de decirnos cómo tenemos que interpretar la amistad y, lo que es peor, transmitiéndonos una idea de lo que es la amistad que, si nos atenemos a los hechos, es absolutamente falsa y, si nos limitamos al campo de la reflexión teórica, está absolutamente injustificada (como no podía ser de otra forma, ya que cualquier justificación exige de un mínimo de extensión imposible en este formato). Para que se vea a qué me refiero cuando hablo de frases poco afortunadas en el formato, véase la siguiente: Por un momento, pensé que en serio significaba algo para ti. Da qué pensar descubrir que esta publicación tiene 3.200 me gustas y se ha compartido 944 veces. Cierto que no hay nada de peligrosa en ella, pero es difícil imaginar qué puede llevar a alguien a recurrir a ella, como no sea la presentación de la misma. Por no citar lo siguiente: “¡GRÁBATELO! Nada vuelve ha [sic] ser igual dos veces”.

2.2.2) Todo lo que tiene que hacer una persona para difundir una idea como la anterior es pulsar el botón de “compartir”. Con ello, la frase llega en formato de imagen a otro conjunto de imbéciles que repetirá la operación y hará que la velocidad y el alcance de la difusión de la idea (y el efecto inhibidor del pensamiento) se multipliquen. No es necesario añadir nada ni justificar lo difundido. Tampoco servirá de mucho intentar hacer circular una explicación que fundamente dicha idea o que revele sus posibles errores, porque su formato hará que no llegue a quienes están preferentemente usando estas frases. Esto es especialmente grave cuando los posts tratan temas de importancia y repercusión social. Por ejemplo, existen muchos posts circulando por la red que ridiculizan el feminismo desde una comprensión totalmente viciada del mismo. Si tú, lector, usas Facebook, es tan probable que hayas topado con uno de esos posts que dicen que la muerte de hombres a manos de mujeres debería considerarse también violencia de género, que no es necesario que traiga uno aquí para demostrarlo. Otro ejemplo con el que ocurre lo mismo es el de las plantas y remedios naturales y/o milagrosos para curar el cáncer (a menudo, se nos dice, ocultados por gobiernos y farmacéuticas, pero sin que nunca se demuestre nada).

3) Hemos reflejado uno de los tipos de imbecilidad más comunes en las redes sociales (la aceptación no razonadas de ideas anónimas en circulación). Otro de los tipos más comunes es un modo de imbecilidad específica que consiste en convertir en referentes informativos o intelectuales a otros imbéciles. No entraremos aquí en el tratamiento del mero argumento de autoridad (el hecho de creer que algo es cierto por venir de una determinada persona o fuente), ya que esta falacia no es en absoluto propia de Facebook (existe desde tiempos inmemoriales y funciona hoy día por doquier).

3.1.) Uno de los formatos más empleados por este tipo de autoridades imbéciles es el vídeo blog. Este soporte suele difundirse con gran facilidad y favorece que se consigan miles de seguidores. La persona encargada a menudo expone, critica, explica, etc., hablando directamente a cámara. Las publicaciones suelen ser periódicas y tratan temas de actualidad. Los que dominan entre los imbéciles no emplean ningún tipo de lenguaje técnico ni suelen fundamentar sus discursos en ningún tipo de fuente. Su comprensión no presupone ningún esfuerzo de investigación por parte de quien ve el vídeo y, dado que suele expresar ideas vagas, sin fundamentar e incluso sin argumentar, no lo espera tampoco después. Un ejemplo claro de este tipo de personaje es Álvaro Ojeda. Este periodista de Ok diario (el periódico del ínclito Eduardo Inda) apoya su fundamentación en el tono y la familiaridad del lenguaje y la cultura, es decir, habla gritando y repite los tópicos más tradicionales del imaginario español. Si vemos por ejemplo este vídeo, encontraremos a dicho personaje defendiendo que “el cáncer es un negocio. Y punto, y punto, y punto”. De los cinco minutos que dura el vídeo, casi tres se dedican a repetir lo mismo. De hecho, la leyenda del vídeo dice: ...A LOS HIJOS DE PUTA, A LOS DEMAGOGOS....Y A LA FAMILIA BOSÉ QUE LUCHÓ HERÓICAMENTE CONTRA EL CANCER...ESE PUTO NEGOCIO QUE NO ENFERMEDAD. Llega a afirmar incluso, sin justificarlo en ningún momento, que tienen (según parece, las farmacéuticas y los gobiernos) el remedio para curarlo. En los comentarios una oncóloga le recuerda que, si va a decir tales cosas, debería al menos aportar algún dato. Pero hay otro imbécil dispuesto a rescatar a su ídolo, y responde diciendo: J. C.: Como "dato", el sida en menos de 10 años ha sido controlado, el cancer [sic] en 30 no... qué raro que una enfermedad contagiosa si [sic] se controle y el cancer [sic] no... plantea serias dudas. Otro comentario todavía más hilarante si cabe es el siguiente: S. Q.: Puedes ser oncolola [sic] pero si no te dan las herramientas nececesarias q las hay y os tienen en un laboratorio perdiento tiempony dinero . Y la culpa no es vuestra pero como digo....no os dan las herramientas. Por qué esta persona sabe más que una oncóloga sobre los recursos disponibles para la lucha contra el cáncer es algo que no podemos llegar a saber leyendo el comentario. Viendo tales comentarios, no es de extrañar que este vídeo cuente con 5.000likes a día 28 de marzo de 2017 y se haya compartido 2.408 veces, en algunos casos añadiendo comentarios como totalmente de acuerdo.

4) Quisiera destacar, como tercer caso, una concreción del modo anónimo de difusión de la imbecilidad que merece una atención especial. Se trata de aquellas publicaciones que son asumidas por los usuarios de Facebook como confirmación de sus prejuicios y que, sin embargo, no son sino prejuicios también.
4.1) Hace unos días ha estado circulando por las redes un vídeo que decía mostrar a un musulmán golpeando a dos enfermeras españolas. El vídeo aparecía con la leyenda “Musulmán dando las gracias por su acogida en Europa”. Según cazahoax.com, el vídeo fue puesto en circulación junto con esta leyenda por la cuenta de Twitter @SoydeDERECHAS. En cualquier caso, lo realmente alarmante es ver la rapidez con la que se propagó. Lo encontré en el muro de un amigo, y ya tenía un comentario que decía: normal, es que son moros, es decir, gentuza. Dejemos de lado la torpe confusión de musulmán y moro (marroquí). Lo realmente interesante es que, en cuanto se entraba en el vídeo, era evidente que no había absolutamente ningún elemento para poder creer que estuviera grabado en España. Lo poco que podía oírse no sonaba ni a marroquí, ni a árabe, ni a español. Es más, de hecho, apenas se oía nada, porque el sonido había sido previamente distorsionado. Poco tiempo después de su primera publicación se supo que se trataba de un sujeto ruso en un hospital de Rusia (ver enlace). Sin embargo, como decíamos, existe gente ávida de motivos que justifiquen sus prejuicios racistas y xenófobos, por lo que cualquier supuesta demostración les resulta convincente. Como decíamos más arriba, el imbécil no atiende a razones: no le importa la solidez de la demostración; para que sea válida, basta con que demuestre lo que él quiere ver demostrado. Esto supone una renuncia de la razón en favor de la autoconfirmación.

4.2) Veamos otro caso. Una noticia de www.esdiario.com ponía en alerta a sus lectores ante una posible estafa informativa por parte de los medios. Según el artículo de esdiario, los medios habían difundido que dos diputadas de Podemos y una de Compromís habían viajado a la sede de la ONU, desde donde habrían vuelto expresamente y de forma adelantada para votar contra la reforma del sector de la estiba. El título de la noticia reza: “La vergonzosa historia de la foto de las tres diputadas que fulmina a Podemos”. La cabecera del texto en su publicación de Facebook por la página Anti-podemos dice: Se ha vendido que las parlamentarias podemitas adelantaban sus vuelos para poder tumbar el decreto del Gobierno de los estibadores. Pero la realidad es distinta: viaje de lujo, gratis total. La más mínima noción de lógica evidencia que no existe ninguna relación entre lo que supuestamente se está demostrando y lo que de hecho se expresa: se intenta demostrar que no es cierto que las diputadas hayan vuelto expresamente para la votación exponiendo que su viaje fue lujoso. En este caso, todavía más que en el anterior, el desarrollo del argumento es tan arbitrario y ruin, que aceptarlo como prueba de algo exige una firme voluntad de hacerlo. Para que se vea la torpeza con más claridad, pensemos que nadie aceptaría un argumento de tal tipo en su vida cotidiana. Si construimos un argumento paralelo, con la misma estructura lógica, podríamos decir, por ejemplo: tu amigo dice que ha venido para verte, pero en realidad viene en coche. A pesar de ello, la publicación cuenta con 2.400 “me gusta” y se ha compartido 2.186 veces.

CONSIDERACIONES FINALES

- He de reconocer que, en un primer momento, pensé que el rasgo que permitía que los imbéciles imperasen en Facebook era cuantitativo. Sin embargo, ni siquiera en un escrito tan poco serio como este podemos pasar por alto el hecho de que saber si el uso de Facebook se atiene en más casos al modo de proceder de la imbecilidad o al crítico requiere de un sondeo serio, lo cual sobrepasa la implicación a la que estoy dispuesto aquí. Además, habría que prefijar unos criterios de análisis que no son evidentes: ¿habría que atender a los perfiles en que mayoritariamente se actúa desde la imbecilidad, a los casos concretos de un perfil dado, seguir el periplo de difusión de una materialización concreta de la imbecilidad (como las que hemos visto arriba? Podemos afirmar, sin embargo, que es un aspecto cualitativo el que se lo pone fácil a los imbéciles: el modo en que se difunden las ideas en Facebook; las herramientas por las que se difunden y las dinámicas habituales de uso.

- No creo que haya fundamentación suficiente para decir que Facebook es, de hecho, el imperio de los imbéciles. Lo único que podemos afirmar es que el modo en que funciona Facebook favorece a quien asume esos modos poco razonados de pensar, argumentar y difundir ideas. Es su imperio porque no se puede vencer a un imbécil en Facebook desde la crítica racional. Se puede demostrar que, sin lugar a dudas, una idea que se difunde en un post es falsa sin que eso impida que mucha gente siga compartiendo el post e identificándose con él. Es su imperio porque las leyes del mismo están hechas a su medida. 

- En ningún momento he pretendido defender que Facebook es un lugar de imbéciles. No me explayaré trayendo aquí los muchos halagos que creo que le debo por sus múltiples virtudes. Simplemente, añadiré que la situación de Facebook es, a mi parecer, bastante satisfactoria: si se selecciona bien a los amigos, se puede aprender y estar informado sobre cuestiones a las que una persona por sí misma es difícil que llegue (tanto en profundidad como en variedad), y tener debates y coloquios profundos, interesantes y respetuosos.

 - ¿Qué se puede hacer para combatir la imbecilidad en un sitio como Facebook? A mi parecer, aunque la batalla está perdida, sí cabe a posibilidad de crear prácticas y hábitos paralelos, haciendo al menos tres cosas:
1) Intentar responder cada estupidez que se publique sin más. Es importante no perder de vista que no hablamos de combatir ideas equivocadas, sino una actitud. Tod@s nos equivocamos. Lo que intentamos conseguir luchando contra la imbecilidad es que convirtamos en hábito la necesidad de pensar antes de aceptar o criticar una idea y de difundirla, y de tomarse en serio el intento de pensar con rigor. Sin duda es un trabajo que cansa, pero merece la pena: el prurito de islamofobia que recorrió Francia tras los atentados de Charlie Hebdo demuestra que la imbecilidad esconde actitudes y pensamientos que pueden activarse en cualquier momento.

2) Procurar cuidar el formato de las ideas fundamentadas e intentar hacer contra-campañas contra las campañas de imbecilidades que funcionan a menudo. Asimismo, creo que es importante hacer partícipes a nuestros contactos de las aberraciones contra la razón que encontramos a menudo en redes, en periódicos, en televisión... Toda persona ve de vez cuando con claridad aspectos que al resto (o a much@s) se les escapan. Si compartimos esas ideas, estaremos contribuyendo a visibilizar un uso sano y agudo de la razón.

3) Probablemente, lo más importante: no actuar como imbéciles. Es deber de toda persona el verter razón en el mundo (y en Facebook) para, al menos, compensar la imbecilidad. Esto es especialmente importante en debates y diálogos. A nadie le gusta perder un debate, es cierto. Sin embargo, no hay mayor contribución a la actitud crítica y racional que acostumbrarse, por un lado, a intentar fundamentar todo aquello que defendamos, así como reconocer nuestra ignorancia en aquellos temas que no dominemos; por otro, a aceptar que podemos equivocarnos y asumir sin problemas ante la otra persona que tiene razón. Si lo aceptamos, nos hemos repensado, nos hemos corregido y hemos mejorado, así que, l@s verdader@s ganadores/as somos nosotr@s.   

Juan José Gómez falcón
Filósofo y Antropólogo

sábado, 11 de febrero de 2017

MANIPULACIÓN MEDIÁTICA Y ENERGÍA NUCLEAR



Estamos acostumbrados a escuchar el término manipulación de la realidad asociado a los media, es un lugar común que de vez en cuando se regurgita sin plantear nunca en la opinión pública en qué términos reales se presenta. No vamos a estudiar aquí un fenómeno que ha llenado tesis enteras en el ámbito académico, pero sí al menos recordaremos tres estrategias básicas de destrucción y deformación de las noticias que generan las agencias o los reporteros. La primera es la más simple: la omisión de la noticia de determinado acontecimiento, o en todo caso su ocultamiento de las portadas de prensa o de los horarios de máxima audiencia. La segunda, más sutil, consiste en generar una noticia pantalla que logre modificar o desactivar el efecto de las noticias indeseadas que hayan podido filtrarse. La tercera trata de sacar ventaja de la desinformación de la audiencia, introduciendo conceptos ambiguos o directamente distorsionados y erróneos sin que nadie lo perciba. La mayoría de los medios de comunicación  tiene unas líneas rojas perfectamente claras que no se han de cruzar, unos temas tabú que no deben ser tratados, y los métodos descritos son sólo parte de los medios utilizados a modo de guadaña para no cruzar los límites impuestos.

               Todos conocemos algunas de esas líneas rojas, que son muchas, pero pocas veces se nos brindan ejemplos claros del uso de estos férreos cortafuegos. Vamos a exponer un caso muy claro que ha llenado los foros de opinión durante la semana pasada.

               El pasado 3 de febrero se filtraba en las redes sociales un grave acontecimiento en la central nuclear de Fukushima. En realidad no se trataba de un nuevo accidente, sino de la consecuencia extrema del producido el 11 de marzo de 2011 cuya noticia recorrió el globo. En esta nueva vuelta de tuerca, los gestores de la central japonesa reconocían que había un agujero de uno o dos metros (según las fuentes) de diámetro en la cubierta metálica bajo el recipiente del reactor nº 2 y que "no sabían" donde estaba el combustible (ver enlace). La radiación alcanzó en la zona de protección la cifra de 530 sieverts por hora, muy superior al máximo pico de 73 sieverts por hora,  posterior al accidente de 2011. la cifra es desorbitante, porque los grados de daño biológico en humanos se miden en microsieverts, con lo que más de 10 sieverts es la muerte segura.

               La noticia, de la máxima gravedad y trascendencia no alcanzó a ningún medio de comunicación generalista de occidente, circunscribiéndose a las redes sociales y a medios alternativos, por los que se extendió como un mal sueño (ver enlace). Según los informes filtrados, el combustible radiactivo podría haber alcanzado el mar. Si el colapso se confirmaba y la gravedad del mismo aumentaba, nos encontraríamos ante el mayor accidente nuclear de la historia, muy por encima de Chernobil. Entre los comentarios de los aficionados al seguimiento de los niveles radioactivos de Fukushima se ha empezado a filtrar la idea de que Tepco, la empresa que gestiona Fukushima, podría haber tirado la toalla y plantearse el extremo de dejar que el combustible acabe llegando al mar con la esperanza (fúnebre idea en este contexto) de que el agua del océano la diluya. Si esto se llegara a producirse, o si se está produciendo ya, significaría la destrucción del hábitat de grandes zonas del Pacífico y las consecuencias serían sufridas por toda la humanidad.
Lo inaudito, lo increíble, es que nadie en televisión -el medio más efectivo hoy en día- dijo una sola palabra sobre el acontecimiento. La autocensura fue absoluta. Estamos ante la estrategia del ocultamiento.

               Entretanto, en España, las declaraciones del ministro de energía Álvaro Nadal (ver enlace),  advirtiendo a los ciudadanos de que tendrían que acostumbrarse a que el precio de la energía eléctrica tuviera picos de subida, preparaban una nueva noticia que, esta vez sí, sería propagada por las televisiones generalistas a diestro y siniestro: la reapertura de la central de Garoña (ver enlace) El Consejo Nacional de la Energía Nuclear, habitado por burócratas que no son expertos en la materia, dio el visto bueno el 9 de febrero a reabrir la central nuclear más vieja de España, obviando los numerosos informes en contra y dejando en manos del gobierno una decisión que afecta de manera capital a la seguridad de todos los españoles. En este caso, la noticia pantalla fue la declaración del ministro de energía apenas un tres días antes, que modificaba el sentido de la reapertura de Garoña, haciéndola parecer una medida que podría abaratar el precio de la electricidad.

               El toque final, tan sólo un día después, se produjo a raíz del accidente en la central nuclear de Flammaville, en Francia, de la que en parte nos alimentamos los españoles. La noticia (ver enlace) fue venteada con alegría con bastantes medios. La razón radica en que en esta ocasión se trataba de un accidente benigno, lejos del reactor y sin riesgo de fuga radiactiva. La noticia quería contraprogramar los rumores filtrados sobre Fukushima al tiempo que convencer de que este tipo de accidentes son los comunes en la energía nuclear y que el reactor siempre se encuentra fuera de peligro, con lo que no existe el riesgo radiactivo. Estamos ante la principal forma de manipulación pura en los medios: aprovechar la ignorancia colectiva sobre el tema y dar un versión distorsionada.


               La triste verdad es que un solo accidente nuclear con fuga radiactiva ya es demasiado. En las centrales nucleares del mundo se producen cientos de accidentes menores a lo largo del año, pero bastaría uno solo en el que la fuga radiactiva no pudiera ser controlada como para golpear gravemente a todo el planeta. Por eso es tan importante dar a conocer la amenaza de colapso en Fukushima de la que nadie parece haberse enterado.