martes, 21 de febrero de 2012

OBSOLETOS



En su última novela, “El mapa y el territorio”, Michel Houellebecq se interna en las contradicciones de los sistemas productivos del capitalismo actual. El escenario es una Francia convertida en parque temático para el turismo donde la industria ha dejado de existir. La explotación de la belleza de su pasado y de la riqueza gastronómica es su única materia exportable. El propio Houellebecq aparece como personaje y se lamenta de la desaparición de productos de alta calidad industrial que él considera irrenunciables en pos de la “espera de novedades” del consumidor, dentro del dictado “irresponsable y fascista de los responsables de las líneas de producción”. El escritor cita diversos objetos “perfectos” que jamás debieron dejar de fabricarse y sin embargo sucumbieron en poco tiempo a esta sed de cambio sin horizonte. En otro nivel de lectura, la novela expresa una profunda nostalgia por lo que Francia fue y ya no es, iniciada con las fotografías exasperadamente perfeccionistas de productos primorosamente manufacturados y de los mapas de la guía Michelín realizadas por el protagonista principal, un artista moderno. En una tercera etapa Jed Martin, el artista, posa su mirada sobre los productores, no ya sobre el producto: aquí comienza la gran intuición de esta obra merecedora del premio Goncourt.

El lector pasea por las frías y globalizadas calles vistiendo una camisa fabricada en Myanmar, un jersey tejido en Turquía, un pantalón proveniente de Sri Lanka realizado con algodón anónimo, una chaqueta sport producida en Marruecos, prendas todas de calidad aceptable, compradas a precios moderadamente altos, tejidas en condiciones paupérrimas, en condiciones laborales prácticamente esclavistas y no se percata de que lleva sobre los hombros su futuro. Si seguimos los análisis de la socióloga Saskia Sassen, la época del consumo de masas ya ha pasado, y el clásico consumidor, que sustituyó como figura social al ciudadano allá por los años ochenta, está en trance de desaparecer. El capitalismo financiero sustituyó a su vez al capitalismo productivo, de forma que la calidad de los productos, fruto de la ética de la artesanía y la industria del mundo protestante, no se considera ya un valor. Para Sassen, en Occidente hemos llegado ya a un nivel de salarios que hacen inviable la economía de consumo. Por otra parte, sobran consumidores, que el sistema no puede ni quiere admitir. La producción se centra a partir de ahora en una fina capa social que acaba en la clase media, que a su vez está siendo atacada de forma que su poder adquisitivo se reduzca sin remedio. Ante este panorama, los personajes de Houellebecq, usted y yo, sabemos que ya no contamos como consumidores, que nuestro futuro laboral es la precariedad. Usted y yo, y por supuesto el artista de la novela de Houellebecq, que deja de fotografiar objetos para fotografiar productores, sabemos que estamos ya obsoletos, sabemos que a partir de ahora pasaremos de consumidores a productos excedentes.

1 comentario:

  1. Publicado originalmente el 2 de febrero de 2012 en Siete Días.

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