sábado, 18 de febrero de 2012

LOS OJOS DEL ÉXODO




Nuestro país ha sufrido tradicionalmente un castizo desprecio por la educación como valor primordial en la sociedad. Las pocas iniciativas históricas a favor de un posicionamiento serio de carácter público por la renovación de la educación, entre las que cabe recordar la labor de la Institución Libre de Enseñanza a principios del siglo XX, han sido un grito en el desierto de ese rechazo secular. Todavía hoy, muchos escolares conservan una actitud de desprecio por todo aquello relacionado con la escuela que a la sociedad española le llega a parecer natural, relacionándola con los problemas de la adolescencia, cuando en realidad es un problema marcadamente español; el llamado fracaso escolar no existe en la mayoría de países centroeuropeos, por lo que hemos de concluir que es, como sus otros síndromes asociados (léase la alta tasa de paro) un problema cultural.
Por eso hoy dirijo mi vista hacia lugares lejanos y recuerdo las fotografías que Sebastiâo Salgado tomó en su célebre ciclo titulado Éxodos, donde aparecían las efigies de miles de desplazados de distintas partes del mundo, personas que tuvieron que abandonar su hogar por hambrunas, epidemias, guerras o represiones políticas. Dentro de este ciclo, Salgado tuvo la sensibilidad de dedicar un apartado a los llamados Niños del Éxodo, que, junto a sus familias, tomaron el camino de la deportación a temprana edad. El fotógrafo brasileño eligió una forma de retratar estas tragedias tan original como efectiva: animó a los niños a que se pusieran ante la cámara junto a los objetos e indumentarias más queridos por ellos y, para sorpresa suya, aquellos desfavorecidos desfilaron, en sitios tan alejados entre sí como Natinga, en Sudán o Tyre, en el sur del Libano, donde se encontraban sus campos de refugiados, mostrando sus humildes vestidos con una dignidad inaudita y presentando ante nuestros ojos sus cuadernos escolares, rotos y reutilizados en escuelas improvisadas sin apenas medios: ésos eran sus objetos más queridos, aquellos que les ayudaban a aprender, a educarse y acceder a una cultura que los hiciera más libres, más humanos y, si cabe, más dignos. Las niñas en especial, del campo de Sakhi, al norte de Afganistán o del asentamiento de Barra do Onça, en Brasil, o de tantos lugares olvidados nos decían con los ojos fijos en el objetivo qué era lo que apreciaban, lo que dotaban de valor, lo que consideraban digno de aparecer junto a las vestiduras con que cubrían el cuerpo desnutrido: esas hojas manuscritas con sílabas inseguras.
Esas imágenes hoy son imposibles en la sociedad occidental, y más concretamente en España; es más, consideraríamos a alguien que se retratara en esa guisa como un presuntuoso o un ingenuo, y nos haría recordar aquellos retratos escolares del desarrollismo. Aquí, los niños prefieren fotografiarse con sus ídolos, a los que emular en un futuro: magnates del fútbol y cantantes prefabricados. Sus objetos de culto son el balón y el micrófono. Los libros del colegio son excrecencias que sólo sirven para emitir juicios sobre sus precios desorbitados. No hurgaremos en la herida; la sociedad occidental es ante todo susceptible, resumiremos tan sólo la situación: unos esclavos que luchan por su libertad frente a otros que ansían aumentar su esclavitud.
Pero de algún modo esta actitud parece estar cambiando, nuevamente a resultas de la presión del pensamiento único neoliberal, que aprovecha la crisis para recortar derechos, una estrategia antigua que incomprensiblemente todavía engaña a muchos ciudadanos. Ante la presión de los distintos gobiernos, padres, alumnos y profesores parecen acercar posturas, establecer relaciones que antes definiríamos como frías. Una de las últimas iniciativas es la creación de bancos de libros y material escolar, que existía en contados centros educativos y que ahora parece contemplarse como una necesidad. Aquellos libros que a final de año se desechaban (yo vi en mi infancia a escolares patear cuadernos y prender hogueras con los textos), ahora se atesoran como grano para el invierno, a la espera de que otro los aproveche. Como en tantas ocasiones, nos damos cuenta tarde de todo lo que estamos a punto de perder y que en el pasado hemos derrochado sin valorar.

1 comentario:

  1. Publicado originalmente el 20 de octubre de 2011 en Siete Días

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