sábado, 18 de febrero de 2012

LA EMERGENCIA DEL ESTADO-SIMULACRO



Escribo esta columna un primero de noviembre, durante la festividad de Todos los Santos, antigua advocación ya totalmente derruida; desde el año mil por el llamado Día de Difuntos, desde hace dos décadas por el mediático rito irlandés de Halloween, importado a Europa a través de Estados Unidos. Reflexiono sobre las múltiples metáforas superpuestas que sugiere el momento. Recuerdo ahora el ensayo “Perspectivas para la democracia”, publicado en Londres por Eric Hobsbawm en el año 2000. En él se clarifica ya la profunda contradicción en la que viven las democracias liberales, ligadas al llamado estado-nación, modelo en franca decadencia. La democracia neo-liberal actual se encuentra embarcada en un proceso irreversible de autodestrucción puesto que sus dos pilares son conceptos opuestos. Como observa Hobsbawm, el planteamiento básico del sistema actual, basado más en “convicciones teológicas que en pruebas históricas” es que “todo servicio que pueden proporcionar las autoridades públicas es, bien indeseable, bien redundante, pues el mercado puede prestarlo mejor, con mayor eficacia y a menor coste”. La progresiva privatización de servicios tales como correos, prisiones, servicios sociales, jardines, transportes se ha acelerado en los últimos años. Tal es el caso que “el modus operandi de la empresa privada, centrada en la maximización de beneficios, se ha convertido en el modelo al que aspira incluso el gobierno”. En la época de la hiper-modernidad, con el ciudadano transmutado en consumidor, el sufragio de las viejas democracias republicanas ha caído en descrédito, de forma que se considera más efectivo y fiable el sondeo de mercado que el “burdo recuento de papeletas electorales”. Siguiendo una cita del propio Hobsbawm, Francis Fukuyama argumenta que la elección del consumidor de comprar en un supermercado en lugar de un comercio local supone una “elección democrática” con la que los ciudadanos reclaman la soberanía del consumidor. Llegados a este punto, la incompatibilidad del sistema neo-liberal con las democracias clásicas es insostenible, por lo que los gobiernos sólo pueden concluir su propia autodisolución, ya pactada de hecho. Los llamados recortes es una fase más de ese suicidio. Tal acto no puede cometerse de manera inmediata, de modo que la forma de vencer la contradicción hasta que sea posible la desaparición completa de la democracia liberal es el modelo que Baudrillard llamaría estado-simulacro, un organismo falso que oculta al estado democrático clásico y le impide actuar y que en realidad funciona mediante los mecanismos del mercado neoliberal. Este estado simulado es la lápida bajo la que se entierra el estado clásico ya cadáver; nosotros vivimos ocultos bajo esa losa. A partir de aquí, las metáforas. Enlacemos imágenes.
Un quinto de la población española es ya incinerado tras la muerte, mientras que un quinto de nuestra economía está enterrado, o sumergido, oculto tras un simulacro. La figura del vampiro como un ser ni vivo ni muerto se convierte en el paradigma preferido de una juventud estancada, inerte, que sabe que ya ha perdido su futuro. Recordamos España en 1936, cuando se convirtió en un campo de pruebas, con una guerra-ensayo de la Segunda Guerra Mundial que causó centenares de miles de muertos. Grecia es el campo de pruebas del enterramiento no sólo del estado del bienestar, sino del estado tal y como lo conocemos. El estado griego entrará en bancarrota hasta que alguien lo compre y provoque su muerte efectiva y su transformación completa en estado-simulacro. Esta especie de hipnosis del estado –y del ciudadano- recuerda el caso de Míster Valdemar, en el cuento de Poe. Valdemar es hipnotizado en el momento justo de morir, de forma que se prolonga artificialmente su vida durante meses. Finalmente, cuando se le despierta, su cuerpo se convierte de inmediato en un horrible caos putrefacto. El estado-nación ha sido mesmerizado por el capitalismo neoliberal mientras se busca una alternativa rentable al viejo modelo; cuando finalmente la hipnosis (la existencia simulada) concluya, el ciudadano convertido en consumidor (acaso un espejismo más) se enfrentará sin remedio a la obscenidad (reverso del simulacro) del cuerpo putrefacto, realización total del hecho socio-político. No existe comunicación, tan sólo contaminación.

1 comentario:

  1. Publicado originalmente el día 3 de noviembre de 2011 en Siete Días.

    ResponderEliminar