sábado, 18 de febrero de 2012

CANTA, CIGARRA



Entre los grandes olvidados de nuestra literatura encontramos a un personaje del Siglo de las Luces, Félix María de Samaniego, que fue muy popular, sin embargo, en las aulas españolas entre los años cuarenta y ochenta del pasado siglo, después nada se ha sabido de él. Samaniego representa uno de esos casos tan comunes en nuestra pertinaz pseudo-cultura; el de un escritor del que todo el mundo ha oído hablar y nadie ha leído. Los escolares que ya tengan cierta edad recordarán alguna de sus fábulas, junto a las de su contemporáneo Tomás de Iriarte, en los libros de lengua de EGB, pero la entrada de la LOGSE lo arrumbó en el rincón del ostracismo, y lo más curioso es que lo hizo gracias a un monumental malentendido. Como explica Ernesto Jareño en una de las pocas ediciones que se pueden encontrar de su obra de corte edificante, Samaniego no es el moralista que las escuelas religiosas quisieron ver en él, sino más bien, acorde con los más adelantados de su siglo, un volteriano convencido, un ilustrado agnóstico y más bien anticlerical, un caballero amante de la buena vida campestre y un tanto libertino (véase su poesía erótica recogida en “El jardín de Venus”, tan difícil de encontrar en papel como accesible en la red). En cuanto a sus famosas fábulas, sigue a La Fontaine y a Esopo con la pretensión de formar o al menos aconsejar a los jóvenes pupilos de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, la primera de muchas instituciones de este tipo que intentaron limpiar los pueblos de supersticiones, revitalizar la economía e insertar en la dura mollera española el pensamiento de las luces. La intención de sus fábulas fue captada claramente por los lectores de finales del siglo XVIII y principios del XIX, no así por sus nietos. Quizá uno de los ejemplos más elocuentes lo constituya su versión de la antigua fábula de la cigarra y la hormiga. Hoy por hoy, todo el mundo está de acuerdo en considerar el texto una defensa del trabajo y del ahorro que personifica la hormiga a la par que una crítica de la vida fácil de mantenida de la cigarra. Pero lo que se lee en el texto de Samaniego es algo diferente. Al igual que La Fontaine, el autor alavés parece ponerse en contra de la hormiga, a quien trata de codiciosa, criticando su egoísmo al no querer prestar parte de sus provisiones a la cigarra, a pesar de que le sobran para vivir. En un dístico especialmente emotivo para un escéptico como Samaniego dice de la cigarra que “Nunca conoció el daño, / Nunca supo temerlo”, dejando en ella más bien un retrato de la inocencia de los jóvenes más que de un holgazán adulto, ejemplo de parásito social, que es la interpretación que siempre ha triunfado. La fábula es singular, pues carece de moraleja, y termina con un testimonio de la crueldad de hormiga, cuando condena a la cigarra: “Pues ahora, que yo como, / Baila, pese a tu cuerpo”. Los adolescentes bien formados en los ideales de la Ilustración, a los que se dirigía esta fábula, sí entendieron el mensaje tal y como Samaniego lo dejó escrito, no así nosotros, que siempre hemos dado por supuesta la versión ya desvirtuada de la fábula, popular en el siglo XX. Aquellos loables principios que alimentaron los selectos grupúsculos de ilustrados españoles han desaparecido; por eso, en una sociedad vacía de valores, donde el espíritu volteriano que animó a Samaniego se ha convertido en una especie de costumbre antigua que se sigue por inercia, es muy difícil entender que la fábula de la cigarra y la hormiga fuera un aviso a jóvenes incautos que podrían verse perjudicados por los codiciosos sin moral. En los tiempos que corren, más nos valdrá seguir el consejo del olvidado Samaniego, ahora que nos han apagado las luces de la fiesta.

1 comentario:

  1. Publicado originalmente el 13 de octubre de 2011 en Siete Días.

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